Capítulo 23
Por primera vez en su vida Hugo no pudo disfrutar del martes de descanso. La idea de Inés y Manuel en el cine, y lo que podría suceder después, le amargó todo el día. Incapaz de aguantarse el malhumor llamó a la amiga con la que había quedado y canceló la cita, no le apetecía en absoluto fingir ni disimular su estado de ofuscación.
No se podía quitar de la cabeza la frase de Inés de que quería practicar. ¡Como si esas cosas funcionaran así! El sexo no se hacía para eso, sino porque alguien te gustaba mucho, o porque estabas cachondo o… por muchas razones, pero no para coger experiencia. Pero en realidad eso era lo que había hecho con él, aunque en su momento no lo viera así.
A medida que pasaba el día se sentía peor, más irritado, más nervioso. La sola idea de imaginársela arreglándose para su primo le alteraba hasta el punto de desear golpear algo con todas sus fuerzas, sobre todo la cara de Manuel.
Para calmar su desasosiego y su malhumor se puso ropa de deporte y salió a correr. Hacía tiempo que no lo hacía, el bar absorbía toda su energía y los días de descanso empleaba esta de otra forma más agradable. Pero aquel día ni de eso se sentía capaz.
Corrió como un demonio, como si le fuera la vida en ello, hasta que el cuerpo ya no le respondió y el corazón parecía que fuera a estallarle. Regresó a su casa trotando apenas para recuperar el aliento y después de una larga ducha cayó desplomado en el sofá. Pero su mente traidora no le dejó en paz por mucho que hubiera agotado su cuerpo. Las imágenes de Inés y Manuel en el cine besándose quizás, o practicando después le quitaron hasta el apetito.
Se dijo a sí mismo que era Manuel y la rivalidad que siempre había existido entre ellos lo que le provocaba ese enfado y no otra cosa. Su primo, que una vez más había conseguido fastidiarle el día.
Manuel e Inés llegaron casi a la vez al centro comercial Nervión Plaza donde habían quedado, y él sonrió al verla arrebujada en su grueso anorak. Los adornos navideños ya habían sido retirados y las tiendas ofrecían sus mercancías rebajadas tras el afán consumista de las fiestas.
—¡Has venido! —comentó él.
—Claro que he venido, habíamos quedado ¿no?
—Pero pensé que pondrías alguna excusa a última hora y no aparecerías.
—¿Y por qué no?
—Porque creí que habías aceptado mi invitación para picar a mi primo.
—¿Y por qué iba yo a querer picar a Hugo?
—Dímelo tú.
Inés sacudió la cabeza.
—No, para nada. Y tú… ¿Me has invitado para lo mismo? Él piensa que sí.
Manuel la miró sonriente.
—Eres muy bonita, Inés, y te habría invitado de todas formas, pero la verdad es que el hecho de que Hugo no quiera que salgas conmigo me ha hecho insistir más aún. Y ahora, pregunto: ¿por qué has aceptado tú? Y no me digas que yo te gusto porque los dos sabemos que no es así.
—Porque quiero divertirme un poco. Me aburro mucho, apenas salgo, solo una noche fui de marcha con Miriam y Marta desde que estoy en Sevilla. Trabajo en Alveares mañana y noche y no tengo más que los martes libre. No tengo muchas ocasiones de hacer amigos, y el cine me encanta. La verdad es que me agarré a tu propuesta como a un clavo ardiendo.
—En ese caso, vamos. Busquemos una película de aventuras.
—Si tú prefieres ver otra cosa…
—Me gusta la aventura, la vivo cada día. Y es estupendo hacerlo desde la butaca de un cine cuando es otro quien se juega la vida y no tú.
Subieron hasta la última planta del centro comercial donde estaban situadas las salas de cine. Escogieron película y se sentaron a verla cargados de palomitas y refrescos.
Manuel se comportó; después de los comentarios de Hugo, Inés casi esperaba que le saltara encima apenas se apagaran las luces, pero no fue así. Se limitó a ver la película que Inés disfrutó como una cría. El cine era una de las pocas diversiones que había en el pueblo y no se perdía una película, casi siempre acompañada de su tía. Mientras contemplaba la pantalla y disfrutaba de la proyección se dijo que aunque fuera sola, volvería a retomar la afición que había tenido abandonada durante meses.
Cuando terminó se quedaron a tomar unas tapas por los bares del centro comercial, lleno a aquellas horas a pesar de que las tiendas ya habían cerrado, pero la oferta gastronómica era variada. Desde el consabido McDonald’s hasta un asador, había donde elegir.
Se sentaron en un Gambrinus donde compartieron un combinado de varias tapas y sendas jarras de cerveza. Inés no pudo dejar de pensar en que no estaba tirada ni la mitad de bien que las de Hugo.
Disfrutó de la cena y de la compañía, era la primera vez en su vida que salía con un hombre y este era muy interesante además de atractivo. Se parecía mucho a su padre, no demasiado alto, pero moreno y fuerte, con el pelo muy corto como correspondía a su profesión. Era un gran conversador, Inés disfrutó de su charla y de las anécdotas que le contaba de sus viajes y sus misiones, hasta donde el secreto profesional lo permitía.
La velada se le hizo muy corta, y antes de que se diera cuenta habían terminado de cenar. Él propuso tomar una copa, pero era tarde e Inés no quiso arriesgarse a no llegar puntual al bar a la mañana siguiente. Quería demostrarle a Hugo que su salida con Manuel no iba a afectar a su trabajo en absoluto. Rehusó la copa, y también la oferta de acompañarla a casa, prefiriendo un taxi.
Manuel la acompañó hasta la parada cercana y mientras caminaban le dijo:
—Me encantaría invitarte otra vez el martes que viene, pero me temo que me voy el sábado.
—¿Ya te vas? ¿Dónde?
—No puedo decírtelo porque todavía ni yo mismo lo sé. Lo único que sé es que será una larga ausencia.
—Vaya… lo siento.
—No lo sientas, es mi profesión y me gusta. ¿Puedo llamarte a la vuelta, si las cosas siguen como ahora?
—¿Si las cosas siguen como ahora? ¿A qué te refieres?
—Si tú no lo sabes, no seré yo quien te lo diga. Solo me gustaría pedirte una cosa.
—¿Qué cosa?
—Si mañana mi primo te pregunta si ha pasado algo entre nosotros esta noche, dile que sí.
—No voy a mentirle a Hugo.
—No tienes que mentirle, pero no le digas que nos hemos limitado a ver la película y charlar. Dile que no es asunto suyo o algo así; hazte la interesante.
—¿Y eso por qué?
Manuel le guiñó un ojo.
—Tú hazme caso.
—¿Quieres fastidiarle?
—No, aunque sé que no le va a gustar.
—¿Qué te pasa con él? ¿Por qué os lleváis tan mal?
—Te voy a confesar una cosa, Inés, y que quede entre nosotros. Hugo es mi primo favorito, pero tenemos la misma edad y los dos somos muy competitivos. Desde pequeños hemos estado siempre tratando de quedar uno por encima del otro, de picarnos mutuamente, pero nos queremos a rabiar.
—Pues dejadme a mí fuera de vuestros piques, no me pilléis en medio, por favor.
—No estás en medio. Y tú no destroces mi fama de malote contándole a Hugo que me he comportado como un caballero, ¿vale?
Inés sonrió.
—No lo haré. Si me pregunta me haré la interesante.
Hacía rato que habían llegado a la parada. Manuel se inclinó y la besó en la mejilla antes de dejarla subir al taxi.
—Buenas noches, Inés. Ha sido un verdadero placer conocerte.
—Buenas noches, Manuel.
A la mañana siguiente Hugo llegó al trabajo más temprano de lo habitual. Su malhumor no había mejorado un ápice desde el día anterior, más bien había empeorado tras una noche de sueño inquieto y entrecortado. Si Inés se retrasaba, aunque fuera solo unos minutos, estaba dispuesto a echarle le bronca por muy jefa suya que fuera, pero ella fue puntual. Llegó envuelta en una enorme bufanda y con el anorak cerrado hasta la barbilla y Hugo escrutó en su cara tratando de adivinar lo ocurrido la noche anterior, pero la encontró como siempre.
—Buenos días, Hugo. ¡Qué frío hace hoy!
Él ni siquiera se había percatado de la bajada de la temperatura, absorto como había estado en sus pensamientos.
—Buenos días, Inés. ¿Un café calentito?
—Sí, por favor —dijo entrando al guardarropa a cambiarse.
Hugo se había propuesto no hacerle ninguna pregunta, pero no pudo contenerse. Nada más salir ya preparada para el trabajo y mientras se tomaban el primer café de la mañana, le preguntó:
—¿Saliste ayer con Manuel?
—Sí.
—¿Y…?
—Pues fuimos al cine y luego a tomar unas tapas...
—¿Y después?
—Hasta ahí voy a contarte, Hugo. El resto no te incumbe.
Hugo sintió que el aire se le atascaba dentro, y siguió preguntando incapaz de parar.
—Entonces sí pasó algo, ¿no?
—No voy a decirte nada más. Yo nunca te he preguntado qué haces tú con tus amiguitas. Lo de aquella noche no te da derecho a invadir mi intimidad ni me obliga a contarte todo lo que hago.
Él tuvo que reconocer que tenía razón, que se estaba comportando de una forma irracional.
—Es cierto… tienes razón… pero es que se trata de mi primo.
—No sé qué pasa con vosotros, pero sea lo que sea, a mí dejadme fuera de vuestras rencillas.
—Vale, vale… ya no pregunto más.
Dijo dándose la vuelta y encendiendo la cafetera.