Capítulo 21
Inés había intentado varias veces preguntarle a Hugo qué tenía pensado hacer para Nochevieja, no había podido olvidar la frase que le había dicho de que quería que se divirtiera.
Si ya la simple idea de pasarla con él trabajando en el bar era una diversión para ella, la posibilidad de algo adicional la llenaba de expectación, pero Hugo se había limitado a pedirle que confiara en él, sin aclararle nada más.
Cuando llegó a Alveares, como cada día a las ocho de la tarde, se encontró el local adornado con guirnaldas y tiras de espumillón.
—Veo que has estado ocupado.
—¿Te gusta?
—Sí, mucho.
En la cocina encontró nueve cuencos de cristal con doce uvas cada uno.
—¿Los clientes van a tomar las uvas aquí? Creía que vendrían después de las doce solo a tomar copas.
—No todos los clientes, pero sí vamos a tener compañía para las uvas.
Inés no pudo evitar sentirse un poco decepcionada. Había esperado que estuvieran solos, poder disfrutar de Hugo para ella durante un rato, sobre todo en el momento especial del cambio de año, pero al parecer Alveares iba a estar abierto al público durante toda la noche. Trató de que él no notara su decepción; se había tomado muchas molestias para complacerla.
La tarde anterior él le había pedido que no se pusiera el uniforme habitual de trabajo y ella, tras pasarse un buen rato ante el armario, se había decidido por una falda corta negra, consciente de que tenía unas piernas muy bonitas y un top rojo muy sexy. Le hubiera gustado complementarlo con unos tacones altos pero tendría que trabajar hasta altas horas de la madrugada y los zapatos de tacón le supondrían un auténtico suplicio a medida que avanzara la noche. No obstante no se puso los zapatos planos de siempre sino unos de salón de tacón bajo, cómodos y bonitos.
Hugo estaba espectacular también con su pantalón y camisa negros y un chalequillo rojo oscuro —el uniforme de gala de los camareros según le dijo—, en vez de su camiseta negra habitual.
Inés tuvo ganas de abalanzarse sobre él y quitárselo todo, pero se contuvo.
—Estás impresionante, hoy vas a romper muchos corazones.
—Anda que tú. Cuidado al agacharte o…
—¿O qué? —preguntó ella.
—O los clientes te saltarán encima.
—No será para tanto.
—Soy un tío, sé lo que digo.
Inés ignoró el comentario y continuó hablando.
—Vamos a inaugurar un año nuevo... ya sabes… año nuevo, vida nueva, y hay que hacerlo con glamour, aunque tengamos que trabajar.
—Estoy de acuerdo. Y no se puede negar que tú tienes glamour esta noche; estás preciosa, Inés. Y ahora vamos a cenar antes de que llegue nadie más. La cosa está tranquila hasta que se acerquen las doce.
—¿Y después qué?
Él le guiñó un ojo.
—No pasarás la Nochevieja sola con tu tía, no lo voy a permitir; este año, no.
Inés pensó que no era lo mismo pasarla con su tía en el pueblo que en Alveares con él, pero no lo dijo. Fuera lo que fuera lo que Hugo había planeado, lo hacía por ella y eso le agradaba.
Todavía a puerta cerrada, él entró en la cocina y sacó una bandeja con chacina cortada y una empanada de apetitoso aspecto.
—Cenemos. Sé que es temprano pero quiero comer tranquilo por si a alguien se le ocurre pasar por aquí antes de las doce.
Colocó todo en una de las mesas y, sacando una botella de vino blanco de la cámara, empezó a descorcharla.
—Puedo, ¿no? —preguntó con la botella en la mano—. La pagaré de mi bolsillo.
—No seas tonto, Hugo. Invita la casa. Tú pones la cena y yo el vino.
—Genial. Ahora siéntate y déjate mimar.
Se sentó mientras él cortaba la empanada y servía el vino en sendas copas. Luego alzó la suya.
—Por la primera Nochevieja de Inés Montalbán fuera del pueblo.
Inés cogió la suya y la chocó con la de él.
—Por que no sea la última.
Y bebió un largo sorbo. El vino era ligeramente afrutado y chispeante y le dejó un agradable regusto en el paladar.
—Come, doña Inés. Disfrutemos de la tranquilidad mientras dure.
Cenaron en agradable compañía. Hugo no podía dejar de sonreír viendo la cara de ella iluminada de felicidad y disfrutando como una cría de la cena improvisada, y se alegró mucho de haberla preparado. Más tarde llegaría el momento de las uvas. Ella no pasaría esa Nochevieja encerrada con una vieja en un pueblo perdido y viendo la televisión, aunque tuviera que trabajar. Iba a ser una entrada de año especial.
Apenas les dio tiempo a terminar de comer cuando una cara se asomó al cristal y golpeó con los nudillos al verlo cerrado. Hugo se levantó dando por terminada la cena y se dispuso a abrir mientras Inés hacía desaparecer los restos de la comida llevándolos a la cocina.
Durante un par de horas algún que otro cliente pasó por Alveares a tomar una cerveza. Luego, pasadas las diez y media se volvieron a quedar solos.
—¿Te importa si cerramos hasta después de las uvas? —preguntó Hugo.
—No, claro que no.
—La entrada de año va a ser una pequeña fiesta privada. Luego abriremos al público y nos sumaremos a la alegría general.
—Perfecto.
Inés entró una vez más en la cocina y contempló los nueve recipientes con uvas alineados uno detrás de otro, no sabía para quién.
Charlaron durante un rato, sentados en los taburetes hasta que a las once y media de nuevo unos ligeros golpes en el cristal les hicieron levantar la cabeza. Allí estaban Susana y Fran, Inma y Raúl, Sergio, Marta y Javier. Y con ellos dos, nueve en total. Tuvo que reconocer que no había nadie con quien le apeteciera más compartir esa entrada de año, su primera en Sevilla.
Miriam y Ángel estaban todavía de viaje de novios, pero sabía que si se hubieran encontrado en la ciudad, también habrían acudido a Alveares aquella noche.
Pidieron unas copas, Inés se sentía algo achispada porque había bebido bastante de la botella de vino, pero no obstante se dejó servir una cerveza, como a Sergio. Javier prefirió vino y Hugo también colocó delante de Inma una copa de vino dulce.
—Esta noche nada de poleo-menta, Inma. Es una noche especial.
—Por supuesto —concedió la aludida.
A su madre le sirvió un Malibú con piña, una bebida que hacía tiempo había dejado de estar de moda, pero a la que ella seguía fiel. Susana era mujer fiel a sus afectos, fueran estos cuales fueran.
Inés se sentía de nuevo arropada por la familia Figueroa, como un miembro más de ellos.
A las doce menos cuarto Sergio sintonizó en el móvil una cadena de radio que retransmitía las campanadas y todos se mantuvieron casi en silencio a la espera. Inés sentía una expectación similar a cuando era niña y aguardaba el momento mágico, como si al filo de las doce fuera a suceder algo especial. Para ella ya estaba sucediendo, aquella era una noche muy, muy especial.
Al fin llegaron las campanadas, se fueron desgranando una a una mientras las uvas desaparecían de su recipiente y se alegró de ver que había seguido la secuencia y campanadas y uvas se terminaron a la vez. Después todos se abrazaron; se vio arrastrada de unos brazos a otros, Hugo la enterró en los suyos con fuerza y ella aspiró su olor y se sintió un poco más embriagada de lo que ya estaba. Cuando levantó la cara de su pecho observó que todas las parejas se estaban besando. La agachó de nuevo, pero la mano de Hugo le levantó la barbilla y al alzar la mirada se encontró con los ojos de él clavados en los suyos.
—En mi familia todos se besan al filo de las campanadas. Si le hubieras dicho a tu chico que viniera, tú también podrías estar haciendo lo mismo.
—No podía venir —dijo bajando la vista de nuevo.
Hugo agachó la cabeza y le susurró al oído:
—Él se lo pierde. Si quieres yo puedo hacer los honores. Supongo que no es lo mismo, pero tendrás tu beso. Una mujer tan bonita como estás tú esta noche se merece un beso y mucho más.
Inés sintió que enrojecía hasta la raíz del pelo. ¿Habría adivinado sus pensamientos?
—Vale —musitó bajito y sin pensárselo dos veces.
Él sonrió y tiró de su mano hasta la cocina, y una vez allí, a salvo de miradas indiscretas, la abrazó de nuevo. Llevaba deseando hacerlo toda la noche, la posibilidad de besarla llevaba revoloteando en su mente desde hacía rato y se habría sentido muy decepcionado si ella hubiera rechazado su oferta. Agachó la cabeza y apoyó los labios sobre los de Inés. Sabían a uvas y a vino, a dulzura como todo en ella. Se deleitó lamiéndolos y apenas ella los entreabrió deslizó la lengua entre ellos y la besó, con un beso dulce y tierno al que Inés no dudó en responder, alzando los brazos hasta su cuello lo que hizo que sus cuerpos se acercaran más.
Hubo algo especial en aquel beso carente de pasión, pero plagado de otras cosas, de algo que Hugo no supo identificar. Para los dos duró demasiado poco, hubieran querido prolongar la caricia durante mucho más tiempo. No obstante siguieron abrazados, incapaces de soltarse el uno al otro. Aspiraba el olor de Inés con la nariz hundida en su pelo, un olor dulce que le recordaba a la colonia que su madre le ponía a su hermana cuando era un bebé. Un olor que le recordaba a infancia y a familia y que nunca había encontrado antes en una mujer.
—Feliz año nuevo, doña Inés —susurró contra su pelo.
—Feliz año nuevo, Hugo.
A duras penas encontró fuerzas para soltarla.
—Ya hemos cumplido con la tradición —dijo carraspeando y tratando de librarse del sentimiento tierno que le embargaba.
—¿Es tradición? —preguntó Inés alzando los enormes los ojos castaños y buscando su mirada.
—En mi familia, sí.
—Ah...
—Salgamos o se preguntarán qué demonios hacemos tanto tiempo aquí dentro.
Salieron de la cocina, uno detrás del otro, pero en el bar nadie parecía haberse percatado de su ausencia. Raúl escanciaba cava en copas y las repartía entre todos.
—¿Cava, Inés? —preguntó.
—Sí, por favor —aceptó ella sin poder ni querer ocultar el brillo que iluminaba su mirada. No le importaba si la familia de Hugo sospechaba el motivo de su ausencia minutos antes; ese beso que ella no le había pedido, le había sabido a gloria. El año no podía haber empezado mejor.
Brindaron por el año nuevo y después abrieron el bar al público que ya empezaba a llegar.
Fue una noche dura de trabajo, pero a Inés no le importó y a Hugo tampoco. De vez en cuando él le servía una nueva cerveza que ella bebía a pequeños sorbos; era una noche diferente y se estaban divirtiendo a la vez que trabajando. Inés en ningún momento fue consciente de la mirada de Hugo que le recorría las piernas esbeltas y desnudas con frecuencia; estaba en una nube particular provocada por la euforia de todo lo acontecido durante la noche y no quería bajar de ella.
Al filo de las ocho de la mañana el bar empezó a vaciarse y al fin pudieron sentarse a tomar un merecido café.
Los familiares de Hugo hacía rato que se habían marchado y, acomodados a una mesa con el bar ya cerrado y con un café con churros delante, ambos se resistían a dar por finalizada la noche. Inés comía con deleite y él se dijo que era un placer verla disfrutar de la comida y la bebida sin preocuparse de calorías ni kilos de más. Había nacido para disfrutar de las cosas buenas de la vida y él estaba feliz de haber contribuido a ello esa noche. No obstante, le preguntó:
—¿Qué tal el balance de tu primera Nochevieja fuera del pueblo?
—Genial —dijo terminando de masticar un churro que acababa de mojar en la taza, y una gota de café se le escurrió por la barbilla. Hugo tuvo que hacer un gran esfuerzo para no acercarse y lamerla. Inés la enjugó con la servilleta y continuó hablando:
—Ha habido de todo… cena, uvas, cava…
—Y beso —añadió él.
—Sí, también beso.
—Solo ha faltado baile para que la noche fuera perfecta.
—No ha faltado nada, Hugo, la noche ha sido perfecta. Gracias.
—De nada, doña Inés, ha sido un placer.
Terminaron de desayunar y después de limpiar, ordenar y recolocar todo, cuando ya Alveares había recobrado su aspecto habitual, Hugo le propuso:
—Recoge tus cosas, voy a pedir un taxi para llevarte a casa.
—No hace falta, puedo ir perfectamente en el autobús.
—A estas horas no hay más que borrachos por las calles, te acompaño yo.
—¿En taxi?
—No voy a coger la moto, he bebido y la ciudad estará plagada de controles de alcoholemia. Además de que con esa falda ibas a provocar un accidente de tráfico montada en la moto.
—No será para tanto…
—Sí lo será. Anda, vamos.
Inés entró al guardarropa a recoger el abrigo y salió con el cartel de «Cerrado por descanso del personal» que colocaban los martes.
—Hoy Alveares cerrará al público, tenemos que descansar. No veo el momento de meterme en la cama y dormir muchas horas seguidas.
—¿Sola? —preguntó Hugo.
Por un momento Inés pensó que le estaba proponiendo acompañarla y el corazón se le aceleró.
—Sola.
—¿Tu chico no va a celebrar contigo el año nuevo?
Ella negó con la cabeza.
—No. Él tiene otros planes.
—Pues cuando lo veas, dile de mi parte que es un tonto.
Inés estuvo a punto de decirle si quería hacer los honores como había ocurrido con el beso, pero luego pensó que si la rechazaba iba a estropear la noche y no quiso arriesgarse.
Mientras esperaban el taxi Hugo sintió alivio de que ella fuera a pasar sola y durmiendo el día de Año Nuevo. Lo mismo que él. No había querido llamar a nadie, sabía que la noche sería agotadora y lo único que le apetecía en aquel momento era una buena ducha y muchas horas de sueño reparador.
Media hora más tarde, dejaba a Inés en la puerta de su casa y luego el taxi lo llevó hasta la suya.