Capítulo 15

Inés no podía pegar ojo. Desde que un rato antes se despidiera de Hugo con un «hasta mañana» los nervios se habían apoderado de su estómago y ni siquiera le habían permitido tomar algo al llegar a casa. Hasta mañana no era una frase como la de cada noche, la próxima vez que se vieran sería para irse a la cama. Cuándo él le había preguntado «¿tu casa o la mía?», no había dudado. No quería ir a su casa, si se encontraba allí la huella de alguna otra mujer podía venirse abajo, y esa noche era suya, solo suya, de ella y de Hugo, aunque para él no se tratara más que de una lección práctica de sexo. Para ella sería su primera vez, la que nunca se olvida, y por supuesto su «única vez» con Hugo Figueroa, porque no se hacía ilusiones al respecto; una vez él hubiera cumplido su promesa de ayudarla, su experiencia juntos quedaría sepultada entre tantas otras, y a lo sumo la recordaría como una anécdota divertida que contar en el futuro. Si es que la recordaba.

Pero ella estaba dispuesta a disfrutar de cada instante, de cada caricia y cada beso y en ningún momento iba a pensar que él no estaba allí porque se sintiera atraído por ella, sino para hacerle un favor. Sonaba fatal eso del favor y se prometió a sí misma no pensarlo. Hugo, ese hombre del que se había enamorado casi sin darse cuenta, estaría con ella, serían sus manos las que la acariciaran, su boca la que la besara y su cuerpo fuerte y perfecto el que le hiciera cruzar la línea de niña a mujer. Hugo, el que poblaba sus noches, sus sueños y sus desvelos. Hugo, el que al día siguiente sería suyo, por una noche, o por unas horas, pero solo suyo.

Dio una vuelta más en la cama y trato de pensar en cómo lo recibiría y una oleada de inseguridad la asaltó. ¿Vestida para que él la desnudara? ¿Desnuda para ponérselo fácil? No quería que se diera cuenta de lo que esa noche significaba para ella, prefería que creyese que era solo un paso necesario para alcanzar sus fines, que no había nada personal en ello.

A medida que pasaban las horas se sentía más confusa y más nerviosa, y decidió pedir ayuda a la única persona que conocía lo suficiente para hacerlo.

A media mañana, y tras dudarlo y rechazar la idea un par de veces, llamó a Miriam.

—Hola, Inés.

—Hola, Miriam… ¿estás muy ocupada?

—No, estoy entre clase y clase, y aún me falta un rato para la próxima.

—Es que me gustaría preguntarte algunas cosas… Son un poco particulares… Íntimas. Pero no conozco a nadie más a quien consultarle.

—Claro, lo que quieras. Espera un momento que me voy a un sitio donde nadie oiga la conversación.

—Gracias.

Pasados unos segundos volvió a hablarle.

—Dime.

—Verás, hoy es mi día libre y esta noche… he quedado con un hombre. Estoy de los nervios y no sé cómo comportarme.

¿Qué pensáis hacer? ¿Cenar, tomar copas, cine…?

—Acostarnos.

—Pero eso será si surge, ¿no? Antes haréis algo.

—No, bueno, no lo sé. Hemos quedado en mi casa para acostarnos.

Miriam respiró hondo, alarmada.

—Inés… No habrás quedado con nadie por Internet para echar un polvo, ¿verdad? Sé que ahora está muy de moda, que hay páginas dedicadas a eso, pero es peligroso.

—No, no, es alguien conocido. Un vecino… —mintió de nuevo.

¿Y habéis salido ya antes? ¿Habéis tenido algún contacto?

—Algún beso. Pero esta noche hemos quedado para acostarnos; es mi primera vez y no sé qué hacer.

—Bueno, algo es algo. Pues yo lo que te recomiendo es que prepares una cenita romántica y que dejes surgir las cosas de forma natural.

—No puede ser, porque entonces él pensaría que es una cita. Y no lo puede pensar.

¿Por qué no?

—Porque no. Solo hemos quedado para lo que hemos quedado.

¿Así en frío? Uf, yo no podría.

—Nosotros tendremos que poder. Y eso es lo que te quería preguntar. ¿Le recibo vestida, desnuda, semidesnuda?

—Ponte algo sexi.

¿Y no pensará que quiero provocarle?

—Es que le quieres provocar… si os vais a acostar juntos tendrás que animarle un poco… No puedes ponerte la bata de estar por casa o el uniforme de trabajo.

¡No, no, el uniforme no! —dijo tajante.

¿Qué tienes en el armario?

—Poca cosa… Una falda vaquera corta y algunas camisetas con un poco de escote, no mucho.

—En serio que tú y yo vamos a salir un día y te vas a hacer con un vestuario completo.

¿Cuándo?

¿Tienes tiempo hoy? Puedo recogerte en un par de horas, sobre la una y media.

—Vale, ya pasé ayer por el centro de estética para depilarme, he limpiado la casa y cambiado las sábanas esta mañana… y no sé qué más hacer para matar el tiempo hasta la noche.

—Pues sesión de compras…

—De acuerdo. Y comemos juntas si te parece.

—Perfecto.

A las siete de la tarde Inés era un manojo de nervios. Miriam y ella habían pasado por tiendas de ropa, de lencería, zapaterías y perfumerías, y se había gastado una pequeña fortuna, que por suerte se podía permitir, porque en los casi seis meses que llevaba trabajando en Alveares sus únicos gastos habían sido en comida, alquiler y autobús, lo que le permitía ahorrar una buena parte del sueldo, además de los beneficios que el local le proporcionaba. Ordenó las compras y se metió en el baño, dudando si hacer caso a Miriam y echar las sales perfumadas que habían comprado o utilizar su gel habitual. Su amiga todavía pensaba que era una cita por mucho que tratara de explicarle lo contrario. Pero por supuesto no podía decirle que había quedado con su hermano para que la ayudara a librarse de su virginidad. Así, sin anestesia.

Se dijo que las sales le infundirían confianza y que él ni siquiera se daría cuenta, de modo que se metió en la bañera y trató de ignorar el temblor de las manos y el pellizco en el estómago.

Se bañó, se alisó el pelo, se maquilló un poco, sin estridencias, y se puso el vestido corto que se había comprado esa tarde, cerrado detrás con una cremallera y fácil de quitar, como había observado Miriam. Las medias negras resaltaban las piernas y la tela que se ajustaba a su cuerpo sin pegarse demasiado le daban un aire elegante y sexi. Respiró hondo. Parecía una cita, dijera Miriam lo que dijera, y con toda seguridad Hugo se daría cuenta, pero no iba a enfrentarse a él y a su primera vez con la ropa de todos los días y el pelo sin arreglar.

Paseó arriba y abajo durante media hora, temerosa de sentarse y arrugar la ropa, de despeinarse o estropearse el maquillaje. Al fin el timbre de la puerta sonó. Respiró hondo y se acercó a abrir.

En el umbral estaba Hugo sonriéndole. También se había arreglado; llevaba puesta su consabida cazadora de cuero con protecciones para la moto, abierta sobre un jersey marrón chocolate ajustado y un pantalón de un tono más claro. El pelo limpio y brillante le caía sobre los hombros y en la mano llevaba una botella de cava.

La miró de arriba a abajo y sonrió con aprobación haciéndole subir los colores una vez más.

—Estás muy guapa, doña Inés.

—Ejem… no me parecía bien recibirte sin arreglar.

—Por supuesto. La ocasión lo merece.

—Sí.

¿No vas a invitarme a entrar? No pensarás que lo hagamos aquí, ¿verdad?

—No, no… claro… —dijo apartándose de la puerta—. No sé en qué estaba pensando.

Él le guiñó un ojo.

—Creo que yo tengo una ligera idea.

—Sí… bueno…

Hugo entró y cerró la puerta, alzando la botella.

—He traído esto para luego, para celebrarlo, pero no sé si debería descorcharla ahora, te noto muy nerviosa.

—Un poco, lo confieso.

—Bien, trae unas copas, un trago te calmará los nervios. ¿Has cenado?

—Sí —mintió—. ¿Y tú?

—No, pero estoy acostumbrado a cenar tarde.

—Si quieres puedo prepararte algo…

¿Y estropear ese bonito vestido? No, no te preocupes. Si luego tenemos hambre podemos pedir una pizza o alguna otra cosa.

—De acuerdo.

Entró en la cocina y sacó dos copas. Ya Hugo se había quitado la cazadora y había abierto la botella con mano experta. Sin derramar una sola gota de líquido, y tras llenarlas, le tendió una. Alzó la suya y dijo:

—Por doña Inés, que en un rato dejará atrás el convento y pasará a ser Inés a secas.

Ella bebió un largo trago, apurando el líquido burbujeante casi en su totalidad y esperando que le calmara los nervios.

Hugo se sentó en el sofá y con una mano indicó el sitio a su lado. Inés se sentó dejando un poco de espacio entre ambos, lo que le hizo sonreír.

—Doña Inés… venimos a lo que venimos… cuanto más cerca te sientes más fácil me lo pondrás.

—Sí, claro —dijo acercándose un poco más.

Él le quitó la copa casi vacía y le agarró las manos temblorosas, mirándola a los ojos, ahora sin un atisbo de burla en los suyos.

—Relájate, Inés… déjame a mí, ¿vale? Tú solo tienes que dejarte llevar.

Ella asintió perdiéndose en la mirada oscura y profunda.

—Olvida el pudor y la vergüenza y yo te prometo que cuando me marche de aquí esta noche serás una mujer nueva… experimentada, desinhibida y capaz de darle a tu chico todo lo que te pida. Todo lo que desees.

Y a continuación se inclinó y la besó. Deslizó los labios sobre los de ella rozándolos apenas, tranquilizándola, una y otra vez hasta que Inés entreabrió la boca justo como él le había enseñado semanas antes. El beso se hizo más profundo, más intenso y, sin pensarlo, Inés olvidó todos sus nervios, sus miedos y sus inseguridades y respondió. Disfrutó de aquello que había estado deseando durante semanas, apartando de su mente la idea de lo que en realidad él estaba haciendo allí.

Hugo la besó una y otra vez, sin tocarle más que las manos que aún tenía agarradas, solo sus bocas hablaban hasta que al fin decidió arriesgar un poco más y soltándola, levantó una de las manos y la alzó hasta los pechos, la palma abierta completamente, cubriendo el seno con ella. Le molestó la rigidez del sujetador tan de moda en aquellos tiempos y no pudo evitar acordarse del que había visto en la estantería del guardarropa de Alveares días atrás. Aquel se adaptaría al pecho perfectamente y no al revés como sucedía con este. Deslizó la otra mano por la espalda y después de bajar la cremallera hasta la cintura, con un pequeño movimiento soltó el broche para tener acceso al pecho liberado de su coraza. Deslizó los hombros del vestido por los brazos a la vez que el sujetador, de encaje y aros de color rojo oscuro, y la dejó desnuda hasta la cintura.

Inés se encogió un poco ante la mirada apreciativa y él se apresuró a tranquilizarla.

—Tienes unos pechos preciosos, a tu chico le gustarán…

—Algo pequeños…

—No le importará, estoy seguro —dijo cubriendo uno con la mano. El pecho firme y redondeado desapareció dentro de la palma morena, mientras ella trataba de respirar con regularidad ante el cúmulo de sensaciones que le estaba provocando. El calor se extendía por todo su cuerpo centrándose entre sus piernas.

Inés no sabía fingir y Hugo era consciente en todo momento de lo que ella estaba sintiendo, todo se reflejaba en su cara y la respuesta física de él fue mucho mayor y más inmediata de lo que había esperado. No es que tuviera dudas de estar a la altura, pero creía que iba a aguantar más tiempo manteniendo el control de su cuerpo. Porque Inés ni era su tipo ni le gustaba especialmente como mujer. «¡Joder con la vírgenes!», pensó mientras se removía incomodo tratando de ajustar los pantalones. No quería desabrochárselos todavía, prefería que ella estuviera más excitada.

No lo consiguió, de modo que propuso:

—Creo que estaremos más cómodos en la cama, ¿no te parece?

—Sí… —susurró ella levantándose para dirigirse al dormitorio. El vestido cayó al suelo quedándose en braguitas. La mirada de él la hizo enrojecer—. He… he puesto sábanas limpias esta mañana.

Hugo sonrió pensando en lo adorable que era.

—No tenía ninguna duda sobre eso… —comentó para relajar un poco la tensión del ambiente mientras recogía el vestido y lo colocaba en el sofá—. Y veo que también te has depilado…

—Sí, también…

La siguió hasta una habitación espaciosa pintada de malva con un armario empotrado blanco y una cama con un cabecero del mismo color como único mueble, cubierta por una colcha en tonos morados rojos y naranjas. Un dormitorio acogedor y muy femenino.

Se agachó a quitar el cubrecama mostrándole una estupenda vista del trasero pequeño y firme cubierto apenas por las braguitas de encaje y se dispuso a doblarlo con cuidado, pero Hugo no la dejó, se lo quitó de las manos y lo sacó de la habitación. Cuando regresó Inés estaba destapando las sábanas que olían a suavizante.

—Huelen de maravilla —dijo aspirando con fuerza.

Inés se volvió a mirarle y susurró:

—No te burles… solo quería…

Él sintió que no se podía contener más por mucho que quisiera, Inés estaba allí vestida solo con unas pequeñas braguitas que dejaban poco a la imaginación, los pechos al aire, tratando de alisar las arrugas de las sábanas, esas sábanas que en un rato estarían revueltas y sudadas y le pareció una de las imágenes más bellas que había visto nunca. En dos zancadas se acercó a ella y abrazándola con fuerza empezó a besarla de nuevo.

—Deja las sábanas, doña Inés, están perfectas —susurró sobre sus labios. Ella le echó los brazos al cuello y se apretó contra él. Notar su erección la sorprendió y trató de separarse un poco, pero la mano de Hugo sobre su trasero se lo impidió.

—Quédate cómo estás… familiarízate con mi cuerpo…

Su erección se hizo un poco más intensa. Volvió a besarla una y otra vez hasta que, separándose unos centímetros, le susurró:

—Estoy esperando…

¿Esperando qué?

—A que tú también hagas algo. Si te limitas a dejarme a mí tomar las riendas no aprenderás nada.

¿Qué quieres que haga?

—Todavía estoy vestido… podrías empezar a desnudarme…

—Vale —dijo levantando el jersey para sacárselo por la cabeza. Él se agachó un poco para facilitarle la tarea, quedándose desnudo de cintura para arriba. Inés contuvo el aliento como le sucedía siempre que lo veía sin ropa.

—Vamos, mujer, no es la primera vez que me ves así.

—Ya… pero hoy… es diferente.

Él le cogió una mano y la colocó sobre su pecho desnudo.

—Toca.

No se lo hizo repetir; deslizó la palma abierta una y otra vez sobre los músculos del pecho y el abdomen haciéndole contener la respiración.

¿Así está bien?

—Así… está perfecto… —Hugo jadeó empezando a acusar los efectos de las caricias sobre su piel.

Inés fue consciente del efecto que estaba causando en él y se envalentonó. Se dijo a sí misma que si no aprovechaba la ocasión, no iba a tener otra y decidió realizar todas las fantasías que había imaginado noche tras noche. Colocó la boca sobre su pecho liso y le dio un beso tímido… y luego otro y otro… Hugo tiró de las braguitas y las hizo caer. La separó un poco mientras Inés se deshacía de ellas y se desabrochó los pantalones deslizándolos hacia abajo, comprendiendo que iba a reventar por la presión si tenía que esperar a que ella se decidiera a quitárselos.

—Los calzoncillos son tuyos…

¿Quieres que te los quite yo?

—Ajá… cuando estés preparada para ello. Te aseguro que lo que hay debajo no muerde; como mucho querrá que lo muerdas tú.

¿Yo? ¿No esperarás que yo… hoy…?

—Yo no espero nada, haz solo lo que quieras hacer, Inés. Y no permitas que nunca nadie, ni yo, ni tu chico ni ningún otro hombre te haga hacer algo que no desees.

Decidida a acabar con la ropa superflua, Inés alargó las manos y deslizó el bóxer negro hacia abajo. Se quedó parada mirándole ante ella, erguido y sin ropa; nunca había visto nada más hermoso que el cuerpo de Hugo en toda su desnudez. Sabía que nunca iba a olvidar esa imagen.

—Vamos a la cama —susurró él cogiéndola de la mano y llevándola hasta el lecho. Se tendió a su lado y empezó a acariciarla con dedos hábiles. Los hombros, los pechos, las caderas. Cada roce provocaba en ella sensaciones nuevas y diferentes que trataba de ocultarle, temerosa de que se diera cuenta de lo que sentía por él. Pero Hugo sabía exactamente lo que provocaba con cada caricia y los leves intentos de ella de ocultárselo solo conseguían excitarlo más.

—Tócame, Inés… —volvió a pedir y ella se dio cuenta de que sus manos agarraban con fuerza las sábanas. Las deslizó por la espalda de Hugo y ambos se enredaron en un juego de caricias compartidas que la excitó hasta límites insospechados. Después, fue la boca de él la que tomó el mando apoderándose de los pezones de forma alternativa mientras su mano cogió una de las de Inés cerrándola alrededor de su pene. Lo acarició despacio como si temiera romperlo, pero unos ligeros tirones de los dientes de él en su pecho la excitaron tanto que apretó con fuerza haciendo comprender al chico que no iba a aguantar mucho más si ella seguía tocándole.

Tanteó entre sus piernas para asegurarse de que ella estaba preparada y deslizó un dedo en su interior. El gemido de sorpresa de Inés le hizo sonreír y mirándola a los ojos empezó a mover la mano en un lento vaivén. El jadeo de Inés se hizo más intenso cuando introdujo un segundo dedo.

—Es para prepararte y que te duela menos —comentó también él en un susurro ahogado. La experiencia le estaba sobrepasando, la cara de Inés, su respiración entrecortada lo excitaba como hacía mucho tiempo que no le ocurría y dudaba que pudiera contenerse mucho tiempo más.

Ella no dijo nada, no podía. Los dedos de Hugo en su interior le estaban produciendo sensaciones desconocidas hasta entonces, nada comparado a lo que sentía cuándo se masturbaba ella misma.

Al fin Hugo se puso un preservativo ante la mirada expectante de Inés y empezó a penetrarla despacio. Ella contuvo la respiración por un momento.

—Si te hago daño dímelo y pararé.

Ella negó con la cabeza. Se moriría antes de pedirle que parase. En vez de ello levantó las caderas para salirle al encuentro y Hugo se hundió hasta el fondo con un suspiro contenido.

¿Todo bien? —preguntó cauteloso mirándola fijamente a los ojos.

—Sí —respondió Inés con la mirada vidriosa y enturbiada de placer.

Hugo sonrió y empezó a moverse despacio, demasiado despacio al principio, para permitirle adaptarse a él, pero poco a poco la propia Inés, alzando las caderas a su encuentro, le obligó a acelerar el ritmo. Hacía ya mucho rato que había olvidado qué estaba haciendo allí, y se había entregado al deseo y al placer como hacía mucho tiempo que no se entregaba.

Observó su cara en todo momento, supo cómo las sensaciones se arremolinaban en el interior de ella y el momento exacto en que iba a empezar a correrse y se movió incansable y conteniéndose hasta que dejó de sentir los espasmos de ella a su alrededor. Cuando Inés se dejó caer contra la almohada exhausta por un orgasmo devastador se sintió eufórico y continuó moviéndose hasta alcanzar el suyo propio, con una intensidad que pocas veces había alcanzado. Apenas podía respirar y los brazos le temblaban por el esfuerzo de no dejarse caer, pero no se decidía a salir de su cuerpo. Inés lo contemplaba sobre ella, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada, el pelo negro cayéndole a ambos lados de la cara y no tuvo ninguna duda de que él había disfrutado tanto como ella. Y se sintió la mujer más feliz del mundo.

—Gracias —susurró cuando él abrió los ojos.

—No hay de qué… jefa.

Hizo hincapié en la palabra para recordarse a sí mismo quién era y que su cometido en aquella cama ya estaba cumplido. Para no inclinarse a besarla y comenzar de nuevo en cuanto se hubiera recuperado. Porque su mente le susurraba que aún tenía muchas cosas que enseñarle.

Haciendo un esfuerzo se separó y se tendió a su lado. Se sentía pletórico y pensó que al fin entendía el encanto de hacer el amor con una virgen, el por qué muchos hombres pagaban una fortuna por ese privilegio. Volvió la cabeza y contempló a Inés que lo miraba a su vez. Le sonrió.

¿Cómo te sientes?

—Rara.

Alargó los brazos y la rodeó con ellos.

—Ven aquí… Has estado magnífica. En absoluto parecía que fuera tu primera vez cuando cogiste confianza.

—Menos mal. Espero que no te haya resultado…

¿Qué?

—Molesto… desagradable. Ya sé que no te apetecía hacer esto, que lo has hecho por protegerme de…

—Calla —dijo besándola. Inés se entregó de nuevo al beso considerándolo como un regalo añadido.

Después, y consciente de que iban a volver a enredarse de nuevo si no hacía algo por evitarlo, Hugo propuso:

¿Qué tal si encargamos una pizza? Me muero de hambre. El sexo siempre me abre el apetito.

—Sí, yo también estoy hambrienta.

—Tú tampoco has cenado, ¿verdad?

—Estaba demasiado nerviosa, no me entraba la comida.

—Bien, ¿de qué quieres la pizza? —preguntó cogiendo el móvil.

—Me gustan todas, elige tú —contestó eufórica porque él no se hubiera vestido nada más terminar y se hubiera marchado—. Voy a darme una ducha rápida mientras llega la pizza.

—Vale.

Inés entró en el baño y salió poco después envuelta en una bata corta y sexy que Miriam había insistido en que comprara, y ahora entendía su utilidad. Hugo se había puesto los pantalones, pero seguía con el torso desnudo, y ella se alegró de tener calefacción centralizada que mantenía una temperatura agradable en la habitación sin necesidad de vestirse demasiado.

Compartieron la pizza que llegó en pocos minutos y una tarrina de helado que Inés guardaba en el congelador. Después se hizo un extraño silencio.

¿Qué quieres que haga ahora? —preguntó él mirándola serio—. ¿Deseas que me quede o prefieres que me vaya a casa y te deje sola?

Inés se encogió de hombros.

—Lo que quieras.

Él comprendió que aún se sentía extraña y vulnerable y dijo:

—La verdad es que no me apetece mucho coger la moto ahora. Si no te molesta preferiría quedarme. Si me prestas un trozo de tu cama prometo no molestarte más esta noche.

—No ha sido una molestia.

—Me alegro. Entonces me quedo.

—Bien —dijo con una sonrisa.

Recogieron los restos de la cena y se metieron en la cama de nuevo. Se acostaron cada uno dándole la espalda al otro, manteniendo las distancias y tratando de recuperar la relación que habían tenido hasta la tarde anterior. Pero sin saber muy bien cómo, amanecieron dados la vuelta y enredados uno en brazos del otro.

Inés se despertó primero y se quedó quieta, sin atreverse casi ni a respirar para no romper el contacto. Disfrutó mucho de sentir los largos brazos morenos alrededor de su espalda y la pierna de Hugo sobre la suya. Pero no duró demasiado. En un rato él cambió de posición y abrió los ojos. Le sonrió y ella tuvo que contener las ganas de besarle.

—Buenos días, doña Inés.

—Anoche dijiste que hoy ya sería Inés a secas.

—Sí, es cierto —respondió revolviéndole el pelo que le caía sobre la cara—. Buenos días, Inés a secas. Hay que levantarse que tenemos un bar que abrir en un rato y muchos desayunos que servir. ¿Me prestas tu ducha?

—Claro.

—Vamos allá —dijo saltando de la cama y ofreciéndole una última y estupenda vista de su trasero desnudo.