Capítulo 31

Los últimos doce días se le habían hecho interminables encerrado en casa. En general no paraba en ella y el encierro forzoso lo tenía desquiciado. Eso, y el no saber nada de Inés. La había llamado dos veces, pero en ambas ocasiones su tía había respondido a la llamada diciéndole que estaba descansando y que no la podía molestar.

Hugo sabía que era mentira, pero aunque hubiera sido verdad, si le hubiera dicho a Inés que la había llamado, esta le habría telefoneado más tarde. Estaba seguro de que la mujer le estaba filtrando las llamadas y eso le molestaba mucho. Había hecho a Miriam ir a verla y esta le había contado que se encontraba muy recuperada y que estaba planeando reabrir Alveares en unos días. Hugo se maldecía por no poder estar con ella cuando lo hiciera, por tener que permanecer en su casa; aunque ya no debía hacer un reposo tan exhaustivo, el médico había sido muy tajante. Nada de pasar mucho rato de pie ni hacer esfuerzos. Y se había reiterado en el mes de baja.

Su familia se turnaba para ir a verle, para llevarle comida y hacerle compañía, pero su malhumor no menguaba por ello. Lo único bueno era que tanto Marieta como sus compinches habían sido detenidos y Fran estaba agilizando los trámites para que se los juzgara sin posibilidad de salir bajo fianza. Esa zorra iba a pagar por su delito.

Aquella tarde de domingo después de que Inma y Marta se hubieran marchado, su hermana le telefoneó.

—Buenas noticias, Hugo. El dragón ha vuelto a su cueva y Alveares está abierto desde el viernes.

¿En serio?

—Sí, Inés me ha llamado para decírmelo, y para preguntarme por ti.

¿En serio? ¿Y por qué coño no me ha llamado para preguntármelo a mí?

—Cálmate, piensa que estás pasando de ella, no sabe nada de tus llamadas.

¿Y tú no se lo ha dichos?

—No, creo que preferiría que se lo dijeras tú.

—Sí, supongo que sí. La llamaré luego, imagino que ahora estará en el bar.

—Casi seguro.

¿Y un WhatsApp para que lo vea más tarde?

—Mejor la llamas.

—De acuerdo. Supongo que tú sabes cómo os gustan las cosas a las mujeres.

—A cierto tipo de mujeres, sí.

—Vale.

¿Y mi sobrina?

—Muy bien. Estamos aquí leyendo.

¿Leyendo? Hace una tarde preciosa, ¿qué hacéis encerradas?

Ángel no tiene ganas de salir.

—Vaya por Dios. ¡Qué poquita sangre tiene ese marido tuyo, Miriam! Espero que al menos en la cama tenga más vitalidad.

Miriam ignoró el comentario. El tema de Ángel y la cama prefería olvidarlo, porque no la había tocado desde la noche de bodas. No sabía si con el embarazo no la encontraba atractiva o temía hacerle daño a la niña, pero la verdad era que nada más meterse en la cama se quedaba dormido y ella se volvía hacia el otro lado tratando de justificar su comportamiento con mil excusas.

—A los dos nos apetece descansar, Hugo. La semana de trabajo pasa factura.

—Supongo. Yo me subo por las paredes de estar aquí encerrado.

—Lo sé, pero debes tener paciencia. Ahora te dejo, es hora de ir organizando la cena, tu sobrina reclama comida. Nunca en mi vida he estado tan hambrienta.

—Vale, que os aproveche, preciosa.

Aguantó como pudo la tarde y la noche, pero a las doce y media pasadas cogió el móvil y llamó a Inés. Si estaba aún en el bar, un domingo por la noche habría poco público, y al menos necesitaba oír su voz. Ella respondió al segundo timbrazo.

—Hola, Robocop.

¿Hugo?

¿A cuántos otros les permites llamarte así?

—Nadie más que tú se burla de mí.

—Ni que yo me entere. Es una prerrogativa solo mía, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

¿Cómo estás? Un pajarito me ha dicho que has vuelto a abrir Alveares.

—Sí, el viernes; pero Encarna insiste en que cerremos temprano, porque no hay mucha gente y dice que debo descansar. Ya estoy en casa.

—Tiene toda la razón. ¿Y tus grapas, cómo van?

—Ya no las tengo, me las quitaron hace un par de días.

¡Vaya por Dios, yo que me moría de ganas de verlas!

—No pensaba enseñártelas.

¿Ah, no? ¿Y eso por qué?

—Porque son algo íntimo.

¿Íntimo? —Hugo sonrió. Su malhumor se disipaba por momentos. ¡Cómo había echado de menos las salidas de Inés, su forma de entender las cosas!—. Permíteme recordarte que he visto partes tuyas mucho más íntimas.

—No me lo recuerdes.

—Pues yo no quiero olvidarlo.

Se hizo un breve silencio. Hugo estuvo a punto de soltarlo todo, que estaba enamorado de ella, que se moría de ganas de tenerla en sus brazos de nuevo… pero se dijo que no iba a decírselo por teléfono, que quería tenerla delante cuando lo hiciera y ver esa cara adorable sonrojarse. De modo que cambió de tema.

—No has venido a verme.

¿Por qué debería haber ido?

—Porque estoy convaleciente y te he echado mucho de menos. —Maldición, otra vez estaba a punto de decirlo—. Y tú puedes moverte y yo no. Ni siquiera has devuelto mis llamadas.

¿Qué llamadas?

—Las que te he hecho estos días para saber cómo estabas. Siempre se ponía tu tía y me decía que estabas descansando, que ya me llamarías cuando te despertases. Pero no lo hiciste.

¿De verdad me has llamado? No me ha dicho nada.

—Pues claro que te he llamado, ¿cómo puedes dudarlo?, pero me imagino que no soy santo de su devoción y por eso te lo ha ocultado.

Inés sintió que algo se le expandía dentro. La tristeza que le producía pensar que él ni siquiera se había molestado en preguntar cómo estaba le había impedido llamarle a su vez.

—Pensabas que estaba pasando de ti, ¿verdad?

—No, solo que estarías muy ocupado. Todo el día recibiendo visitas…

—Lo de las visitas es cierto, mi familia y la de Marta se han estado turnando para hacerme compañía este tiempo.

Inés calló para no decirle que no se refería a ese tipo de visitas, sino a sus muchas amigas.

—Aparte de ellos, he estado bastante aburrido. Viendo películas, jugando a la consola… pero aburrido a muerte. Te he echado de menos, Inés.

—Yo también… he estado muy aburrida. Jugando a las cartas con mi tía todo el tiempo. Ojalá hubiera tenido una consola.

¿Te gustan los videojuegos?

—Mucho, pero hace tiempo que no los disfruto. En el bar del pueblo había un par de ordenadores con algunos juegos anticuados y a veces los pedía y echaba un rato. Ahora estoy esperando a que salga la nueva consola para comprármela.

Hugo cambió de tema, no quería hablar de videojuegos.

¿Vas a venir a verme entonces?

—Claro… si quieres… Puedo pasarme mañana después del mediodía un rato.

¿Y por qué no mejor el martes, que no trabajas? Podrías venir a pasar el día conmigo… Te invito a comer y luego jugamos un rato a la consola. La mía no es la última, pero seguro que es mejor que el ordenador del bar de tu pueblo. Si no tienes otros planes, claro.

—No, no tengo otros planes.

—Entonces ¿te espero?

—De acuerdo.

—Le diré a Manoli que nos prepare algo rico. Y no te entretengo más, que mañana debes madrugar. Hasta el martes.

—Hasta el martes, Hugo.

Él colgó y mirando el móvil con sorna pensó: «Que te crees tú que vamos a jugar a la consola».

Parecía un adolescente en su primera cita. Desde el amanecer estaba despierto y en su interior se agolpaban multitud de sentimientos contradictorios: nervios, impaciencia e incluso inseguridad, algo que nunca había sentido antes. En vano trataba de decirse que ella lo quería, que se lo había confesado hacía apenas unas semanas; su mente no dejaba de tejer inseguridades. ¿Y si ya no sentía lo mismo? ¿Y si no quería empezar una relación con alguien con quien trabajaba a diario? ¿Y si su fama de follapavas, como le llamaba Miriam, la asustaba hasta el punto de no querer una relación con él?

Luego, la imagen de Inés corriendo a defenderle con el casco en la mano se imponía y se tranquilizaba un poco. Para volver a comenzar un rato después.

Susana llegó como cada mañana a traerle comida, esa comida especial que él le había encargado a Manoli el día anterior y le encontró nervioso e inquieto, más de lo habitual. Le ayudó a preparar la mesa con mantel, copas y servilletas pulcramente dobladas, y luego se despidió de él con un beso y una recomendación:

—Escucha a tus costillas… si empiezan a protestar, hazles caso.

¿A qué viene eso?

Ella le guiñó un ojo.

—Tú sabes a qué viene. Si necesitas algo, llama,

—Gracias, mamá.

—De nada, cariño.

Inés llegó sobre la una. A esa hora ya la impaciencia lo estaba matando, había cogido el móvil tres veces para llamarla y preguntarle si iba a tardar mucho o si se lo había pensado mejor y no iba a ir, pero cuando al fin el timbre sonó el alivio le hizo respirar hondo. Se apresuró a abrir.

—Hola, doña Inés... pensaba que ya no venías…

¿Llego tarde? Creí que habías dicho que viniese a almorzar. Me he entretenido en preparar un postre.

—Sí, sí… es que la paciencia no es lo mío, no me gusta esperar. Y no era necesario que trajeras nada.

La hizo pasar. No podía dejar de mirarla, parecía que en vez de unos pocos días llevara meses sin verla.

«Calma, Hugo… acaba de llegar. No le saltes encima a las primeras de cambio».

—Ponte cómoda —dijo.

Inés se quitó la chaqueta y se quedó en vaqueros y jersey, un jersey ajustado y sexy que hizo que se le secara la boca. Le alargó un recipiente rectangular.

—Es un tiramisú, espero que te guste.

—Seguro que sí.

—No sabía tus preferencias en cuestión de postres, solo sé cómo te gusta el café y la cerveza.

—Ya lo irás aprendiendo…

Inés lo miró. El tono de voz de Hugo era suave y cálido y su mirada… se sentía incapaz de sostener esa mirada oscura y penetrante que no se había apartado de ella ni un segundo desde que había llegado. Sintió el rubor subir por su cara una vez más, y también una vez más se maldijo por ello.

¿Cómo te encuentras? —preguntó para aliviar la tensión que de pronto se había instalado entre ambos.

—Estoy mejor. El médico ya me ha autorizado a moverme por la casa, aunque sin hacer esfuerzos. Y me ha cambiado el vendaje compresivo por una faja que me puedo quitar para dormir.

—Eso es estupendo. Debía resultarte muy incómodo.

—Supongo que igual que tus grapas.

Ella se encogió de hombros con un gesto muy suyo que lo volvió loco. ¿Cómo no se había dado cuenta antes de esos pequeños gestos tan adorables?

—Quiero verla.

¿Las grapas? Ya te dije que no las tengo.

—La cicatriz.

—No… no, Hugo.

—Sí, Inés —dijo con voz firme.

Le dio la vuelta y ella no opuso resistencia. Levantó con cuidado el pelo hasta encontrar la zona recién afeitada y la línea rojiza e irregular y se inclinó a besarla. Como el día del hospital, se limitó a poner los labios sobre ella, pero el contacto leve le provocó a Inés un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo.

Se separó con brusquedad, y se apartó. Estaba empezando a pensar que no había sido buena idea ir a pasar el día con él, por mucho que le hubiera alegrado su invitación.

—Bueno, ya la has visto —dijo sacudiéndose el pelo para ocultarla.

—Sí, y no me basta.

¿No… no te basta? ¿Qué significa eso? ¿Acaso quieres verla otra vez? Es horrorosa, Hugo, la he mirado en el espejo. Me da mucha vergüenza que la veas… que la vea nadie, quiero decir.

—Me da igual el resto el mundo, pero te vas a tener que acostumbrar a dejarme ver tus intimidades, doña Inés… incluidas las cicatrices.

—Estás… muy raro… ¿es por el aburrimiento? Podemos jugar a la consola un rato, si quieres.

—No, no quiero. Tengo otros juegos en mente —dijo acercándose, y agarrándole la cara entre las manos la besó. Esta vez no se limitó a posar sus labios sobre los de ella sino que la obligó a abrirlos y se apoderó de su boca con un beso tierno y lleno de sentimientos. Sentimientos que nunca había tenido antes al besar a una mujer. Inés trató de resistirse, aquello no era lo acordado, se suponía que iban a mantener su relación en el terreno puramente laboral, que no iban a volver a enrollarse. Hugo debía estar muy desesperado para acudir a ella… la estaba utilizando para aliviar su aislamiento.

Al notar su resistencia Hugo se separó y ahondó en su mirada, aterrado ante la posibilidad de que ella ya no sintiera por él lo mismo que antes.

¿Qué ocurre, Inés?

Ella bajó la mirada, incapaz de sostener la de él.

—Sabes bien lo que ocurre… dijimos…

—Es eso… lo que dijimos… no es que no me quieras…

—Claro que te quiero… ya lo sabes. Te lo confesé en un momento de debilidad y no debí hacerlo… pero eso no significa que puedas utilizarme para aliviar tu aburrimiento o lo que sea que te pasa. No tienes derecho. No voy a permitir que te burles de mí en esto.

Él avanzó dos pasos para acercarse de nuevo a ella, y le agarró la barbilla para obligarla a mirarle.

—Mírame, Inés. No te he hecho venir para aliviar mi aburrimiento. ¿Cómo se te ocurre semejante cosa? Si te he pedido que vengas es porque no aguanto más tiempo sin verte, porque cuando te vi tirada en el suelo sentí que me moría… que si tú no despertabas la vida dejaba de tener sentido para mí. En aquel momento me di cuenta de lo que de verdad sentía por ti, cuando pensé que podía perderte. Quise decírtelo en el hospital, pero apareció tu tía. Estoy loco por ti, doña Inés.

—Hugo… no me hagas concebir esperanzas si no estás seguro… Yo puedo tomarme tus palabras muy en serio y…

Vio terror en los ojos de ella, auténtico pavor a dejar salir sus sentimientos y que él solo la considerase una distracción. Una más de sus mujeres.

—Tómatelas en serio; estoy enamorado de ti, Inés. Créeme, por favor… Nunca he sentido algo así por nadie. Ni siquiera por Marta, que fue el amor de mi juventud. Ninguna de las mujeres que han pasado por mi cama han significado nada… Tú eres la primera… La única.

Había tanta emoción en su voz que Inés sintió que se le formaba un nudo en la garganta y se abrazó a él sin acordarse de las costillas lastimadas. Pero a Hugo no le importó, la estrechó con fuerza y percibió el temblor que recorría el cuerpo de la chica. Permanecieron abrazados mucho rato, en silencio, con la emoción contenida de los sentimientos recién expresados. Después ella levantó la cabeza y buscó la boca de Hugo.

Fue un beso largo, intenso, lleno de sentimientos y de pasión a la vez. Cuando se separaron, ella vio un brillo travieso en los ojos de Hugo. Él le susurró al oído:

—Espero que estés depilada, doña Inés.

Un ramalazo de excitación la recorrió de arriba a abajo.

¿Por?

—Porque si no lo estás me importa un bledo. Vamos a comer y luego te voy a llevar a la cama estés como estés. Y no te voy a dejar salir de ella hasta mañana.

—Estoy perfecta. Pero tú no, tú no puedes hacer esfuerzos; tienes tres costillas rotas, recuérdalo.

—No los haré… En cuestiones de sexo solo te he enseñado lo básico… hay muchas cosas que aún no hemos experimentado y en las que yo no tengo que hacer esfuerzo alguno. ¿Qué me dices?

—Que estoy deseando aprenderlas.

—Vamos a comer entonces… Me encantaría saltarme el almuerzo, pero debo tomarme una maldita pastilla que no debo ingerir sin comida. Y tengo mucho interés en curarme cuanto antes. No puedo dejar a mi chica sola en la barra de un bar de copas con tanto salido suelto.

—Tu chica ha colocado una barra de hierro en el guardarropa y otra detrás del mostrador, y se ha apuntado a defensa personal.

Hugo la miró divertido.

¿En serio?

—En serio.

¡Esa es mi Inés!

Se metieron en la cama inmediatamente después del último bocado de una exquisita comida que apenas pudieron saborear. La mirada de uno perdida en la otra, las manos abandonaban el tenedor para acariciarse con demasiada frecuencia, el amor y el deseo pintado en cada gesto. Un nudo de impaciencia cerraba sus estómagos y a mitad del primer plato desistieron y dejando los restos de la comida sobre la mesa se fueron a la cama cogidos de la mano como dos adolescentes. Se desnudaron el uno al otro e Inés no pudo evitar un gesto de dolor al contemplar los moretones que aún quedaban en el cuerpo de él.

—Dios mío, tienes cardenales por todo el cuerpo… ¿Cómo voy a tocarte sin hacerte daño?

—Cuando era pequeño mi madre y Manoli besaban mis rasguños para que dolieran menos. Puedes hacer lo mismo.

—Hay mucho que besar entonces.

—Y no pienso permitir que te saltes ninguno.

—No lo haré… todos y cada uno de tus golpes tendrán mi atención —dijo inclinándose a besarle las costillas.

—Ven a la cama, estaremos más cómodos. Yo también he puesto sábanas limpias —dijo guiñándole un ojo.

¡No te burles!

—Lo siento, Inés, pero eso no lo vas a conseguir. Disfruto con ello casi tanto como besándote y no pienso renunciar a ninguna de las dos cosas. De modo que ve haciéndote a la idea de que voy a burlarme de ti el resto de tu vida.

Ella levantó los ojos hacia él y preguntó con una nota de emoción en la voz:

¿El resto de mi vida?

—Es mi intención. Si no te encuentras capaz de soportarlo…

—Lo soportaré… soy una chica fuerte.

—Eso espero —dijo tendiéndose con cuidado en la cama y acomodando a Inés a su lado—, porque te espera una dura tarde de trabajo. Recuerda que yo estoy convaleciente.

¿Por dónde empiezo? —preguntó con picardía.

¿Qué te parece por besar los moretones? Luego puedes seguir con el resto de mis partes lastimadas.

Inés empezó a besar cada uno de los golpes. A medida que pasaba el tiempo se sentía más y más desinhibida, más audaz y necesitaba menos indicaciones de Hugo. Le hizo el amor sentada a horcajadas sobre él descubriendo el placer de tomar el mando, aprendió muchos puntos erógenos que desconocía en el cuerpo de ambos, a usar las manos y la boca. Al final de aquella tarde había tenido más sexo que en el resto de su vida anterior.

Las sombras habían invadido ya la habitación y mientras la mano grande y morena recorría despacio su vientre, Inés supo que nunca iba a tener suficiente de Hugo Figueroa, que siempre iba a querer más de él. Más besos, más sexo… más amor. Y ella iba a entregarse a aquella relación en cuerpo y alma, a conseguir que él nunca volviera a desear a otra mujer.

—No te preocupes por eso. Los Figueroa una vez hemos encontrado a la mujer de nuestra vida, somos fieles hasta la muerte, no importa lo que hayamos sido antes.

Ella levantó la cabeza de la almohada y lo miró perpleja. Estaba segura de no haber expresado sus pensamientos en voz alta.

—Sigues siendo transparente para mí, aunque esté oscuro. Tranquila, cariño, que este Don Juan ya ha encontrado a su Doña Inés.