Capítulo 18

Aquel domingo por la mañana los clientes se mostraban más perezosos de lo normal. La lluvia y el frío de primeros de diciembre los mantenía calientes en casa y con pocas ganas de salir a desayunar fuera. Hugo e Inés se sentaron a una mesa a tomar un segundo café después de que le dijeran a Encarna que se marchase a casa ante la escasez de parroquianos.

Desde que se acostaran juntos habían evitado todo contacto que no fuera de trabajo, pero aquella desapacible mañana invitaba a la intimidad.

¿Qué vas a hacer estas navidades? —preguntó él.

—Ni idea. Supongo que me quedaré aquí, en casa.

¿Sola?

Ella se encogió de hombros.

—Alveares no cierra ¿no?

—Nunca lo ha hecho. Es un bar y se hacen buenas ganancias en las fiestas.

—Entonces me tocará trabajar.

—Puedes irte al pueblo unos días si quieres. Ya sabes, eso de «vuelve a casa por Navidad».

—A mi tía le gustaría verme, hace meses que me vine y no quedamos en muy buenos términos, pero seguro que si regreso por unos días se alegrará. El teléfono no es un buen modo de solucionar diferencias.

—Nunca me has dicho que tuvieras problemas con ella.

—-Nunca te ha interesado mi vida en el pueblo. Más que para burlarte, claro.

—Es verdad; lo siento.

—Más que problemas, no nos separamos de forma muy amistosa. Ella pensaba que cometía una locura al venir aquí. Supongo que no quería quedarse sola, pero yo necesitaba salir de allí, y el tío Lorenzo me puso la solución en bandeja.

¿Y cuál es tu balance de estos meses? ¿Cuántos ya?

—Casi nueve.

¿Tantos? Parece que fue ayer cuando te vi entrar en el bar como si lo hicieras en la cueva del ogro.

—Estaba un poco nerviosa, sí. Me había perdido, había bajado del autobús varias paradas antes, llevaba un rato dando vueltas y acababa de dar un giro a mi vida que no tenía ni idea de cómo me iba a salir. Y bueno… no soy muy valiente.

¿Qué no? Pues claro que lo eres. Te has adaptado bien a esto, al bar, a la ciudad… Los cobardes se esconden de todo. Incluso has conocido a un chico.

Inés desvió la vista y dio un sorbo al café.

¿Todo bien con él?

—Sí, muy bien.

La escueta respuesta y la actitud evasiva de Inés, hizo que Hugo dejara de hacer preguntas. Y tampoco quería ahondar demasiado, intuía que no le iba a gustar lo que escuchara.

—¿Por qué no te vas unos días? Marieta se suele pedir libre la Nochevieja, puedes marcharte tú en Nochebuena y Navidad… aunque…

¿Aunque qué?

—No sé si mi hermana te ha comentado que se va a casar…

Los ojos de Inés se agrandaron por la sorpresa.

¿Miriam se casa?

¿No te lo ha dicho?

—No, hace bastante que no hablo con ella.

—Será porque está siendo un poco precipitado; está embarazada, ha sido una enorme sorpresa para todos. La boda es el 26 de Diciembre a las doce de la mañana.

¿En serio? Pero yo creía que ese tipo de cosas solo se daban en los pueblos como el mío. Quiero decir que en la actualidad ya el embarazo no es sinónimo de boda precipitada, salvo en algunos lugares.

—Es cosa de Ángel, él quiere casarse ya. Y se va a hacer más rápido para que pueda asistir mi hermano Javier que viene para Navidades. Todo se está preparando a marchas forzadas.

—Entiendo. Aunque supongo que no es tan precipitado, ¿no? Ella y Ángel llevan mucho tiempo saliendo juntos, según me ha parecido entender.

—Un montón de años. Seis o siete.

—El embarazo solo ha adelantado un poco la boda, entonces.

—Supongo que sí. El caso es… que me gustaría que vinieras conmigo.

¿Ir contigo a la boda de Miriam? —preguntó incrédula.

—Sí.

Hugo se preguntó porqué había dicho aquello. Miriam le había dado libertad para invitar a quien quisiera y en ningún momento había pensado en hacer uso de ello, hasta que se había sorprendido a sí mismo pidiéndoselo a Inés.

—Sí, quiero que vengas —recalcó pensando que era verdad, que le encantaría tenerla allí, a su lado.

—Pero Miriam… Ella no me ha invitado.

—Ella me ha dicho que podía invitar a quien quisiera y yo quiero llevarte a ti. Va a ser algo sencillo y familiar.

—Yo no soy de la familia.

Hugo alargó la mano y cubrió la de Inés, pequeña y blanca, con la suya.

—Pero todos te queremos como si lo fueras.

—Vaya… gracias —dijo turbada por la caricia espontánea.

—Miriam estará encantada de verte allí. Si no te ha invitado en persona es porque está desbordada, estoy seguro.

—Entonces claro que asistiré. Puedo irme al pueblo a pasar la Nochebuena y volverme el día de Navidad.

—Estupendo. Dejaremos que Marieta se divierta en Nochevieja y nosotros trabajaremos aquí. Nos tomaremos las uvas en Alveares y brindaremos por el nuevo año.

—Eso suena estupendo —dijo feliz. Y pensó que sería genial pasar la Nochevieja con Hugo a su lado. Incluso podría abrazarle para felicitarle el año nuevo.

¿Qué ocurre, Inés? —preguntó él advirtiendo su sonrojo.

—Nada, solo que pensaba que nunca he tomado las uvas fuera del pueblo ni de la casa de mi tía.

—Si prefieres cambiar el día y salir a celebrarlo, que se joda Marieta. Tú eres la dueña y tú mandas.

—No, no, si me gusta la idea. Es estupendo eso de hacer cosas nuevas y diferentes. Antes me preguntaste el balance de estos meses y ha sido genial. Estoy muy feliz de haber dado ese paso y de estar aquí.

—Me alegro mucho. Y ahora puedes irte a casa, yo esperaré a Marieta aunque más nos valdría cerrar. No va a venir nadie a tomarse una cerveza fría con este tiempo.

—No, me quedaré contigo. Organizaré las botellas —dijo sin ninguna gana de irse y dejarle solo en el bar. Pocas veces podía disfrutar de su compañía sin clientes y no iba a desaprovechar ninguna que se le presentara.

—Como quieras. Te ayudaré entonces.

—Gracias, Hugo. Eres un encanto.

—Me pagas por ello —dijo molesto ante el comentario. No estaba acostumbrado a ese tipo de halagos por parte de las mujeres. Que besaba bien, que follaba bien, sí, pero que era un encanto…

—Anda, vamos a ello —dijo levantándose y entrando en la barra de nuevo. Inés le siguió dispuesta a pasar la siguiente hora limpiando y recolocando botellas que estarían desordenadas de nuevo al terminar la noche, pero valía la pena.