Capítulo 3

Inés había tenido una mañana desastrosa. Un cliente habitual se había quejado de que el café no estaba a su gusto, de que no tenía la cantidad exacta de leche ni la temperatura adecuada.

Cuando ya pensaba que le estaba cogiendo el truco, ese comentario desabrido la desanimó. Miró a Hugo que se acercó con rapidez al oír la voz un punto más alta de la cuenta preguntando solícito:

¿Qué ocurre?

—Que hoy mi café no se puede tomar, está repugnante. No sé dónde habéis encontrado a esta niña que ni siquiera sabe preparar un café decente.

Hugo tomó la taza y la retiró.

—No se preocupe, en seguida le preparo yo otro. La señorita es nueva y todavía no conoce los gustos particulares de cada cliente, discúlpela.

Inés entró en la cocina necesitando un momento de respiro. En verdad el hombre había sido muy grosero y se había sentido humillada por sus gritos en medio del local lleno de gente. En los días que llevaba trabajando había confundido varias comandas y Hugo había tenido que repetir la consumición, pero nadie había sido desagradable al quejarse.

¿Qué ocurre? —le preguntó Encarna al verla entrar con un brillo sospechoso en los ojos.

—Me he vuelto a equivocar… el cliente está muy enfadado y ha empezado a gritarme. Estoy empezando a pensar que no sirvo para esto.

—Claro que sirves, Inés, solo tienes que acostumbrarte. Los cafés son un mundo aparte, cada persona lo prefiere de una determinada manera, y hay algunos bastante tiquismiquis con eso. Y otra cosa que debes aprender si quieres trabajar tras una barra es que además de camareros somos confidentes y a veces también el saco de boxeo donde descargar las frustraciones. Tienes que endurecerte, niña, no puedes echarte a llorar porque a un cliente no le guste el café que le has preparado.

—Es que no es solo el café, el otro día le serví churros a una señora que pidió tostada integral… me miró como si hubiera cometido el mayor de los pecados. A veces me desanimo, ¿sabes? Sobre todo cuando Hugo me mira con cara de: «Te lo dije, no sirves para esto».

—Si te dice algo recuérdale el primer café con leche condensada que preparó.

El rostro de Inés se animó.

¿Se confundió?

—Lo sirvió como si fuera un café con leche normal. Mitad de leche, mitad de café y además le añadió azúcar. Estaba tan dulce que el cliente apenas pudo tragarse el primer sorbo.

—Entonces no es tan perfecto.

—Hugo no es en absoluto perfecto, lo que tiene es mucha práctica. Lleva años aquí y conoce a los clientes, nada más.

El aludido apareció en la cocina.

—Dos de churros, Encarna. Y tú, Inés, basta de cháchara, hay mucha gente ahí fuera esperando desayunar.

¿Se ha marchado?

—No, pero a ti eso te da igual. Sal y haz tu trabajo, y ya luego te contaré un par de cosillas de ese cliente.

—Vale.

Salió dispuesta a poner toda su atención en no equivocarse, cosa que consiguió solo a medias.

Después de que el bar se quedara vacío, y cuando se disponía a marcharse, Hugo la detuvo.

—Hoy se incorpora Marieta después de sus vacaciones, creo que deberías quedarte para conocerla.

—Claro —dijo sin muchas ganas.

Los días anteriores Hugo se había quedado hasta las tres y ella solía marcharse sobre las once y media o doce, hora en que se terminaban los desayunos. Después de las tres el bar se cerraba y volvía a abrirse a las ocho de la tarde.

Cuando se quedaron solos, Hugo se sentó junto a ella en un taburete y mirándola a los ojos, comentó:

—Respecto a lo de hace un rato…

Inés apretó los puños esperando la regañina.

—No ha sido culpa tuya.

¿No? —preguntó abriendo mucho los ojos.

—No.

—Pensaba que me ibas a echar la bronca por haberme equivocado.

—En primer lugar eres mi jefa, no te puedo echar ninguna bronca, pero este cliente tiene esas cosas. El café puede estar perfecto, pero hay días que despotrica hasta con su sombra. Tiene problemas personales y cuando eso sucede todo el que está alrededor lo paga. No obstante es un cliente habitual y hay que aguantarlo. Cuando eso te ocurra, y te aseguro que pasará más veces, llévate el café o la tostada o lo que sea que no le agrade y vuele a ponérselo, ni se dará cuenta de que es el mismo. Solo necesita pagar su frustración con alguien.

—De acuerdo.

—Y ahora, ¿quieres tomar algo mientras llega Marieta? Aún falta un buen rato, no entra hasta la una.

—No, no me apetece. Me distraeré dando una vuelta por los alrededores.

—De acuerdo.

Paseó conociendo el entorno. En la amplia avenida donde estaba situado el bar descubrió un par de tiendas interesantes en las que se entretuvo, se acercó hasta un parque situado en la misma zona y una hora más tarde, regresó. Hugo seguía solo tras la barra y no pudo evitar acordarse del primer día que cruzó aquella misma puerta, más o menos a la misma hora, en que le había parecido tan intimidante. Ahora todavía le imponía un poco, pero menos.

Se situó junto a él tras la barra y aguardó. A los diez minutos la puerta se abrió y entró una chica alta y rubia, teñida sin lugar a dudas, puesto que las cejas eran marrones así como los ojos. Tenía la cara alargada y un rictus desagradable en las comisuras de la boca, el cuerpo esbelto, aunque nada espectacular.

—Ahí está —dijo Hugo.

—Buenos días —saludó.

Inmediatamente su mirada se posó en Inés.

—Vaya, caras nuevas.

—Ella es Inés, nuestra jefa. Marieta —dijo Hugo con cierto regocijo.

¿Jefa? ¿Han nombrado una encargada por encima de nosotros?

Hugo sonrió. Había escogido cuidadosamente las palabras consciente de que a Marieta le molestaría de tener un superior en el bar.

—No, es la dueña.

¿Alveares ha cambiado de dueño?

—Lorenzo ha fallecido e Inés es su heredera.

—Vaya —dijo poniendo su mejor sonrisa forzada—. Estupendo, espero que seamos amigas.

Hugo se dijo que Marieta no tenía amigos, salvo que sirvieran a sus fines. Y sus fines de momento eran hacerse la encargada de Alveares y tomar decisiones, además de llevárselo a él a la cama, cosa que no iba conseguir. No le agradaba Marieta, la había calado casi desde el momento en que había empezado a trabajar allí, y si por él fuera hacía tiempo que estaría despedida. Pero era eficiente en su trabajo, a eso no le podía poner ninguna pega y tampoco entraba en su cometido despedir a nadie.

—Por supuesto —respondió Inés, esperando encontrar en ella a una amiga, tal como había ofrecido. Alguien que contrarrestara la sensación de desasosiego que le producía Hugo y su mirada crítica con todo lo que hacía.

—Voy a cambiarme y después charlamos, Inés.

—Ella tiene que marcharse ya —intervino Hugo—. Te estaba esperando para conocerte, nada más.

—Bien. Entonces hasta otro momento.

Marieta se perdió en el guardarropa e Inés comentó.

—Es simpática.

Hugo enarcó las cejas y añadió.

—Sí, seguro.

—Bueno, me marcho ya. Hasta mañana.

—Adiós, doña Inés, que tengas un buen día.