Capítulo 10

James llegó al Palace Yard a pie. Barker no lo sabía, por supuesto. Él le había dejado en la entrada del recinto media hora antes y se había ido con el carruaje, seguro de que su joven patrón iba a pasar directamente adentro. En vez de eso, James había aprovechado la posibilidad de dar una vuelta por las Casas del Parlamento. Examinó los edificios, evaluó el ritmo de los trabajos, percibió la atmósfera general en la obra. Aquella sería su última oportunidad de curiosear por el lugar de forma anónima y su intención era sacarle toda la ventaja posible.

Incluso desde la calle, le resultaba obvio que la obra estaba dirigida de un modo típicamente negligente, teniendo muy poco en cuenta las medidas de seguridad. Toda la organización, o más bien la falta de dicha organización, hablaba de la poca valía que se le daba a una vida humana. A menos que estuviese muy equivocado, Harkness no había puesto un límite al número de hombres que podían estar en el campanario al mismo tiempo, ni había tampoco ninguna norma específica sobre trabajar en andamios a gran altura, ni se realizaban inspecciones regulares del equipo. Aun así, aquello formaba parte de la práctica habitual. En sus propias obras, James poseía una reputación de ser bastante escrupuloso y sabía que muchos de sus colegas, especialmente los más mayores, como era el caso de Harkness, consideraban que se excedía.

Y sin embargo, por alguna razón, Harkness le había pedido que realizase aquella evaluación. Esa cuestión seguía preocupándole. ¿Era por su juventud? ¿Esperaba Harkness que eso se tradujera en inexperiencia, en docilidad? También estaba la conexión familiar. Harkness podía esperar una cierta deferencia por parte de James como consecuencia de esa conexión. Si cualquiera de esos supuestos era cierto, pronto se iba a llevar una gran sorpresa. James confiaba en su propia capacidad, sabía que confiaba en ella hasta el extremo de que algunos la consideraban arrogancia, y era incapaz de echarse atrás en algún punto si sabía que la razón estaba de su parte.

Pero tal vez estaba siendo demasiado cínico. Después de todo, había estado en la India durante casi un año y, por tanto, ignoraba los chismorreos del sector. Llegar sin ideas preconcebidas a un trabajo tan cargado de rumores como aquel sería una ventaja. O quizás Harkness simplemente quería ofrecerle un giro positivo y ayudarle a conseguir contactos, tal y como había dicho. James reprimió sus recelos y cruzó la puerta. Se estaba volviendo paranoico, eso era todo. Nada podía ser más simple que una evaluación de seguridad.

Al entrar en el recinto, un movimiento atrajo su atención: el mismo chico de los recados que había visto el día anterior. De nuevo, James percibió la extraña sensación de reconocerle. ¿Dónde había visto a aquel chico antes? Tras una segunda mirada, era obvio que aquel chico no se parecía en nada a Alfred Quigley. Era, por el contrario, dos o tres años mayor y de un tipo completamente diferente. Tal vez fuese el hijo de alguien a quien conocía, algún obrero al que había contratado. ¿Pero explicaría eso el inquietante aura de familiaridad que rezumaba aquel chico?

Se dio cuenta de que ahora estaba mirando al vacío. Sacudiendo la cabeza, llamó a la puerta de la oficina, algo más fuerte de lo que había pretendido.

—¿Harkness?

—¡Mi querido amigo! O, debería decir, mi querido Easton. Ahora es usted un colega.

La comisura de los labios de James se torció hacia arriba en respuesta a su repentino ascenso.

—Debe tener usted una buena relación con el Comisionado, señor: recibí su carta de nombramiento esta mañana a primera hora.

—No diría yo eso —repuso Harkness poniéndose colorado—. Es decir, esta es una tarea más bien urgente, como creo que le expliqué ayer, y el Comisionado es muy eficiente… —carraspeó ruidosamente y luego prosiguió: —Ahora, imagino que necesitará ayuda con su tarea…

—Puedo hacer el trabajo solo —se apresuró a decir James—. No habría aceptado el puesto si no estuviera completamente recuperado.

—No, no —rió Harkness—. No me refería a su salud, querido muchacho, sino a la ayuda de un chico para tomar medidas y ese tipo de cosas. Me tomé la libertad de… Bueno, permítame simplemente hacerle entrar —salió de la oficina antes de que James pudiera decir nada y reapareció un minuto después seguido por el chico del pelo oscuro—. Este es Mr. Easton, el caballero al que quería que conocieras —estaba diciendo—. Easton, este es uno de los chicos más despiertos que he tenido el placer de contratar. Creo que le encontrará bastante útil. Su nombre es Quinn, Mark Quinn.

James apenas escuchó la presentación; su mirada ya estaba clavada en el chico. El suelo se movió bajo sus pies, un pequeño terremoto que hizo que cada nervio de su cuerpo se estremeciese. Le resultaba imposible mirar a otro sitio que no fueran los ojos del muchacho. Hoy eran del color marrón de las nueces, aunque sabía muy bien que bajo ciertas luces se tornaban verdes. Estaban enmarcados por gruesas pestañas negras, cejas arqueadas y el cabello oscuro y despeinado. En la cara había plasmada una expresión de sorpresa y consternación que le fue instantánea e inconfundiblemente familiar.

James palideció, sintiendo que la sangre bajaba hacia sus pies. Su estómago se estremeció violentamente, aunque no de manera desagradable. Durante un momento, solo pudo permanecer allí, tontamente inmóvil y boquiabierto, mientras el chico le devolvía la mirada. En su rostro fueron encadenándose diferentes expresiones. Turbación. Pánico. Y algo más…

—¡Tú! —La palabra brotó de su cuerpo como en una bocanada de aire, un jadeo infantil que le molestó enormemente. También le provocó un ataque de tos. Se dobló hacia delante, maldiciendo su dañada salud y preguntándose si sería posible dar la impresión de estar calmado y ser autoritario mientras parecía que se le estaba rompiendo un pulmón. Cuando levantó la mirada, sus oídos le pitaban y delante de sus ojos veía diminutos puntos negros.

¡Mi querido muchacho! ¿Se encuentra usted bien?

Asintió, sin atreverse a arriesgarse a todavía. Una mirada furtiva a su pañuelo le confirmó que no había sangre, gracias a Dios. Los segundos iban pasando. Tenía que decir algo, maldita sea. Tuvo que hacer un gran esfuerzo, pero interrumpió el bien intencionado barboteo de Harkness diciendo:

—Solo es un poco de tos, nada que ver con la malaria —miró directamente a Mary mientras hablaba, pero ahora la expresión que ella tenía en la cara era neutra. Maldita sea. Le había dado el tiempo necesario para recuperarse de la sorpresa.

—Si usted lo dice, por supuesto… —Harkness no sonó muy convencido—. Como iba diciendo, Quinn le resultará una buena ayuda. Es un chico despierto e inteligente que desea aprender más cosas sobre el oficio. ¿No es así, hijo?

—Sí, señor.

—Bien pues, todo está arreglado. Supongo que le gustaría dar una vuelta por la obra, Easton.

Estaba tan cambiado que al principio ella se preguntó si le habría reconocido. Seguía siendo alto, por supuesto, pero sus hombros ahora parecían demasiado anchos para su delgado cuerpo. Estaba moreno por el sol, pero en lugar de tener un aspecto saludable y relajado, parecía que bajo la superficie algo le hacía estar tenso. Y sus facciones tenían una forma brusca que era nueva para ella. Siempre había parecido serio, incluso severo, pero aquella expresión melancólica era nueva. Entonces su mirada coincidió con la de él y sintió una profunda oleada de calidez enroscándose por todo su cuerpo. Por supuesto que le había reconocido, reconocería aquellos ojos en cualquier parte. Sintió que le faltaba el aire. Era difícil apartar la mirada ahora, pero consiguió hacerlo, y luego se preguntó si aquello había parecido un gesto de timidez.

El recorrido por la obra pareció durar horas. Harkness farfullaba nerviosamente, James asentía para mostrar que seguía su discurso y ella les acompañaba en silencio. Vaya un absurdo e improbable giro del destino encontrarse a James Easton aquí, disfrazada así. ¿Había pedido él un ayudante, o eso era cosa de Harkness? ¿Y, otra vez, qué significado tenía eso en cuanto a las intenciones de Harkness con ella? Él no podía saber la verdad sobre su disfraz.

¿No?

Y entonces se quedaron solos. Mary permaneció muy quieta, con los nervios tensándose, preparándose para el ataque de James. Su situación era incómoda y potencialmente escandalosa: la materia prima perfecta para el tipo de observaciones arrogantes y abrasivas que él adoraba hacer. Sin duda había estado elaborando durante el paseo por el recinto toda una serie de comentarios desdeñosos y falsamente inocentes para soltarlos ahora con su insolente voz cansina. Lo único que le sorprendía era que hubiera conseguido contenerse en presencia de Harkness.

Esperó.

Y esperó.

Y esperó un poco más.

Después de cinco minutos enteros de silencio, levantó los ojos hacia la cara de James. Él estaba mirando a los obreros que trabajaban en la base de la torre, pero se volvió hacia ella, como si hubiera sentido aquella interrogación no formulada.

—Creo —dijo en un tono coloquial —que empezaremos con los canteros. Eh… Quinn, ¿no es eso?

Continuó así toda la tarde. Observaron —o, más bien, James observó— a los obreros, inspeccionó andamios, examinó equipos de seguridad y tomó nota de las partes más difíciles o peligrosas del trabajo. Trabajó sin prisas, pero, sin embargo, cubrió un montón de terreno. Y mientras lo hacía la trató con remota cortesía, exactamente como haría con cualquier joven ayudante.

No le había visto en más de un año. No había esperado volver a encontrarse con él. Incluso siendo así, parecía imposible que sabiendo su apellido y viendo su cara, James se hubiera olvidado realmente de ella. Podría haber jurado que en aquellos primeros instantes cargados de nerviosismo la había reconocido de forma inmediata. Aquel jadeo… ¿no había sido un jadeo de sorpresa? Lo podía haber encubierto con un ataque de tos, pero estaba segura de que no se había equivocado al interpretar en sus ojos que la reconocía.

¿Y si se había equivocado? El sentido común le decía que si de verdad él no la recordaba, había que celebrarlo. Ese era desde luego el escenario más simple y seguro. Aun así, siendo totalmente honesta, ese simple y seguro escenario dañaba su orgullo. El… ¿qué es lo que era? Algo joven para ser un hombre, pero desde luego no era un chico, maldita sea, él, James, la había besado. Sí, había tenido una conmoción cerebral y estaba mareado por haber inhalado humo, y además sufría delirios, pero la había sujetado contra una pared y la había besado. Dos veces. Mary se estremeció de placer al recordarlo. Así que una parte de ella esperaba que James no se hubiera olvidado de Mark Quinn, a pesar de las complicaciones que eso crearía.

Otra posibilidad era que hubiera hecho la conexión, pero pensase simplemente que su cara le resultaba vagamente familiar. Eso la ofendía incluso más. ¿A cuántas chicas había besado James? A unas cuantas, a juzgar por aquellos besos. ¿Y cómo podrías saberlo tú?, le recriminó una voz interior. ¿Quién más te ha besado a ti? Sería mucho peor si James reconociera su cara pero no pudiera ponerle un nombre.

Sé racional, dijo la voz interior, serena y precisa esta vez. Aunque él la había visto una vez con ropas de chico, el no haberla reconocido ahora era realmente un halago hacia la excelencia de su disfraz. Y si sus rasgos le eran ligeramente familiares, seguramente pensaría que lo eran en el sentido en el que muchos niños lo son: para los adultos las caras aún no formadas del todo de los niños resultaban muy a menudo intercambiables de un niño a otro.

Solamente fue al final del día cuando James mostró indicios de verla como a una persona y no meramente como a una útil herramienta.

—Quinn.

Mary levantó la mirada… y contuvo la respiración. La estaba mirando directamente.

—Sssí, señor.

—Mr. Harkness mencionó que eres nuevo en el oficio.

Ella asintió lentamente.

Los ojos de James registraron su cabello toscamente rapado, el mugriento atuendo de chico. Una leve sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—¿Qué te trajo aquí?

—¿Señor?

—A esta obra. No es frecuente que un chiquillo encuentre trabajo en una obra en construcción sin tener experiencia previa contactos. Debes haber impresionado a Mr. Harkness.

—Él ha sido muy amable conmigo.

—Ya veo —su mirada pareció reparar en algo en algún punto a la altura de la cintura de Mary, que sostenía varios dibujos enrollados, y permaneció con la mirada clavada allí tanto tiempo que ella se sintió incómoda—. ¿Qué hacías antes de venir aquí?

Dudó. Una parte de ella quería gritar: ¡Como si no lo supieras!

—Un poco de todo, señor. Recados. Nada que pudiera llamarse un oficio —eso era suficientemente cierto… e impreciso.

—No. Eso está bastante claro.

Mary esperó a que James dijese algo más, pero no lo hizo.

—¿Por qué, señor? —preguntó finalmente.

James indicó con la cabeza los rollos de papel.

—Tus manos son suaves y pálidas, no son manos de trabajador —aquella leve sonrisa reapareció, y esta vez iba acompañada por un brillo en sus ojos—. Algunos podrían decir incluso que son manos de señorita.

Mary se quedó congelada, apenas capaz de respirar. Era el momento de soltar una réplica inteligente y cortante, pero también su ingenio se había quedado congelado. Lo único que logró hacer fue mirarle con cara de tonta y con la boca cerrada en vez de abierta.

James se encogió de hombros e hizo la pantomima de consultar su reloj.

—Ah, las seis en punto. No debo entretenerte más, joven Quinn.

Le llevó un momento que las palabras calasen hasta su cerebro. Cuando lo hicieron, se sintió furiosa. Y sin embargo, no había nada que pudiera hacer o decir sin correr riesgos aparte de:

—Sí, señor.

El muy condenado se limitó a sonreír.

—Nos vemos mañana, chaval.