CAPÍTULO VI

De la CANTIDAD

Las formas de cierta magnitud, aunque estén malformadas, siempre llamarán nuestra atención y suscitarán nuestra admiración, debido a su enormidad.

Enormes rocas informes suscitan una especie de horror placentero[1] y el inmenso océano nos impone respeto con su abrumadora extensión. Cuando las formas de la belleza se presentan ante la vista en grandes magnitudes, el placer se acrecienta en la mente y el horror se suaviza hasta convertirse en reverencia. ¡Qué solemnes y agradables son los bosques de grandes árboles, las grandiosas iglesias y palacios! ¿Y no tiene también carácter venerable el roble frondoso que ha alcanzado su plenitud?

El castillo de Windsor es un noble, ejemplo del efecto de la magnitud. La enormidad de sus poco diferenciadas partes sorprende a la mirada por su inusual grandeza, tanto de lejos como de cerca. Aquí es la magnitud, junto con la sencillez, la que le convierte en uno de los objetos más elegantes del reino, aunque carezca de cualquier orden arquitectónico regular.

La fachada del viejo Louvre en París es también destacable por su magnitud. Tan sólo este fragmento es reconocido como el edificio más elegante de la arquitectura francesa, a pesar de que muchos otros lo igualan, cuando no lo superan, en todos los demás aspectos, excepto en lo que a la magnitud se refiere.

¿Quién no ha sentido placer al representarse mentalmente los inmensos edificios que una vez adornaron el bajo Egipto, imaginando el conjunto completo adornado con estatuas colosales?

Los elefantes y las ballenas nos gustan por su inconmensurable grandeza. Incluso los personajes corpulentos, por el mero hecho de serlo, nos imponen respeto. Es más, la magnitud le añade a la persona, lo que a menudo le falta a su figura.

Los trajes de estado se hacen siempre grandes y amplios, pues dan la apariencia de grandeza adecuada a las profesiones más distinguidas. Los trajes de juez manifiestan una dignidad imponente, debido a su magnitud. Cuando arrastran la cola, una noble línea ondulante desciende desde los hombros del juez hasta la mano del mozo que la sostiene. Y cuando la cola se desplaza suavemente hacia un lado produce generalmente una gran diversidad de pliegues que llaman nuevamente y fijan la atención de la mirada.

La grandeza de los vestidos orientales, que sobrepasa con mucho la de los europeos, estriba mucho más en su tamaño que en lo costosos que estos puedan ser.

En una palabra: es la magnitud la que añade magnificencia a la gracia. Pero deben evitarse los excesos o la magnitud se convertirá en algo recargado, pesado o ridículo. Una peluca espesa como la melena de un león, tiene algo de noble en sí y le proporciona al semblante no sólo mayor dignidad, sino incluso un aspecto más inteligente. Pero si fuese aún mayor se convertirá en algo ridículo. Lo mismo que si el que la lleva es una persona inadecuada resultará igualmente ridícula.

plate 9

Cuando nos encontramos con excesos inadecuados o incompatibles nos producen siempre risa. Especialmente cuando las formas de tales excesos son poco elegantes. Esto es, cuando están compuestas por líneas poco variadas. Por ejemplo, la figura 17 (L. I, inf, dcha.) representa el grueso rostro de un hombre adulto, tocado con un gorrito infantil y con un traje de niño tan bien dispuesto bajo su barbilla que parece corresponderle a dicha cara. Esta es una broma que he visto en la feria de San Bartolomé[2] y que siempre provocaba las carcajadas. La figura siguiente (18, L. I, inf. dcha.), un niño con peluca y sombrero de hombre, es de la misma clase. En ellas vemos alteradas las ideas de juventud y vejez bajo formas carentes de belleza.

Así un general romano (fig. 19, L. I, int. dcha.) vestido para la tragedia por un sastre y un peluquero modernos, resulta una figura cómica. En ella se mezclan los atuendos de la distintas ¿pocas y las líneas que la componen son rectas o curvas simples.

Los maestros de danza, representando deidades en sus grandes ballets en el teatro, son no menos ridículos. Véase por ejemplo el Júpiter de la fig. 20 (inf. dcha., L. I).

A pesar de todo, la costumbre y la moda vuelven aceptable a la mirada cualquier cipo de absurdo o lo hacen pasar desapercibido con el paso del tiempo.

Esta es la misma conjunción de ideas opuestas que nos hace reímos del búho o del asno. Pues bajo su tosca apariencia, parecen estar gravemente concentrados y meditabundos, como si tuvieran el entendimiento de los seres humanos. Del mismo modo el mono, cuyos gestos y figura recuerdan tan extraordinariamente a los humanos, resulta igualmente muy cómico, y más cuando se le coloca un abrigo, convirtiéndole así en la mejor sátira del hombre.

Hay algo extremadamente curioso y cómico en las greñas de un perro de lanas. Las ideas aquí conectadas son las de la figura inanimada y poco elegante de una escoba desgreñada y la de un animal sensible y cariñoso. Lo cual es fatuo una burla del perro, como el mono con su abriguito lo es del hombre.

¿Qué otra cosa, sino la falta de elegancia de esta figura hace que todo el mundo prorrumpa en carcajadas al ver el costal del molinero saltando por el escenario en el Doctor Fausto?[3] Si fuera un jarrón bien formado el que apareciese en la misma situación, produciría igual sorpresa, pero no haría reír a todo el mundo, pues la elegancia de su forma lo evitaría. Y es que cuando juntamos formas diferentes que sean por sí solas elegantes y que estén compuestas de líneas agradables, lejos de hacernos reír, entretienen nuestra imaginación, y procuran satisfacción a la vista. La esfinge y la sirena han sido admiradas en todos los tiempos por su carácter ornamental. La primera representa la conjunción de fuerza y belleza, y la segunda, belleza y velocidad, en sus formas agradables y graciosas.

El grifo es un jeroglífico moderno, que significa fuerza y velocidad, unidas en la noble forma del león y el águila. También el antiguo centauro poseía una salvaje grandeza además de belleza. Podría decirse de ellos que son monstruos, lo que es cierto, pero expresan ideas tan nobles y tienen una forma tan elegante que ello compensa en buena medida aquella unión contra natura.

plate 10

Debo mencionar todavía un ejemplo más de este tipo. El más extraordinario de todos es el de la cabeza de un niño, como de dos años de edad, con un par de alitas de pato colocadas bajo su barbilla, como si estuviera volando y entonando salmos eternamente (ver fig. 22, ext. dcha., L. I.)[4]. Ningún pintor podría representar el cielo sin una multitud de estos pequeños seres absurdos revoloteando o flotando sobre nubes. Y sin embargo, hay algo tan agradable en sus formas que la vista se reconcilia con lo absurdo pasándolo por alto. Además los encontramos en las tallas y cuadros de casi todas las iglesias. Por ejemplo, San Pablo está llena de ellos.

Como los principios precedentes son el fundamento de lo que viene a continuación, para reconocerlos más fácilmente vamos a referirnos a ellos en el uso que de ellos hacemos todos los días, tal y como puede verse en cada traje que nos ponemos. Y encontraremos que no sólo las damas a la moda conocen sus efectos sin considerarlos como principios, sino también todas las mujeres de cualquier clase social, que visten con gracia.

I. La adecuación es lo primero que tienen en cuenta, pues saben que sus trajes deben ser manejables, cómodos, acordes con sus diferentes edades, o bien ricos, ligeros y holgados, de acuerdo con la imagen que deseen ofrecer al público con su indumentaria.

II. La uniformidad en el vestir obedece principalmente a la adecuación y no parece extenderse más allá de llevar ambos brazos iguales y los zapatos del mismo color. Pues cuando algún vestido carece de esta excusa de la adecuación o de la conveniencia para su uniformidad, las damas siempre dicen de él que es demasiado formal. Por esta razón, cuando son libres de adornar su persona de la manera que les place, las de mejor gusto optan por lo irregular, por ser esto más atractivo. Por ejemplo, jamás elegirán dos lunares del mismo tamaño o colocados a la misma altura —ni siquiera uno sólo en medio de alguna parte de la cara—, a no ser que se trate de ocultar alguna imperfección. Se ponen generalmente a un lado de la cabeza alguna pluma o una flor o una joya, y si se la colocan en la parte central, la sujetan atravesada para evitar la formalidad.

En cierta ocasión estuvo de moda llevar dos rizos del mismo tamaño, pegados a la frente a la misma altura, imitando probablemente el encantador efecto de los rizos cayendo libremente sobre la cara. Un bucle del cabello, cayendo así entre las sienes, rompiendo la regularidad del óvalo, produce un efecto demasiado tentador como para ser decente. Como bien saben las mujeres disolutas y de baja clase. Sin embargo, al emparejarlos de una manera tan rígida, como hacían antiguamente, perdían el efecto deseado y a duras penas conseguían ser sugerentes.

plate 11

III. La variedad en el vestir, tanto en el color como en la forma, es objeto de preocupación constante entre los jóvenes y la gente jovial.

IV. Pero para que el falso oropel no pueda destruir el efecto propio de la variedad, se apela a la sencillez para suprimir lo superfluo. A menudo es muy ingenioso el uso que se hace de esta sencillez para sacar mayor partido de la belleza natural. No be conocido a nadie que se haya destacado más en este principio de la simplicidad o sencillez, que los cuáqueros.

V. La magnitud o amplitud en el vestir ha sido siempre un principio muy apreciado, hasta el punto de que a veces esas partes del vestido que pueden agrandarse mucho se llevaron a tales excesos que, durante el mandato de la reina Isabel, se promulgó una ley para frenar el crecimiento de las gorgueras. El enorme tamaño de los polisones actuales, no es una prueba menos importante del extraordinario amor a la magnitud en el vestir, más allá de toda conveniencia o elegancia.

VI. La belleza de la complejidad consiste en idear formas sinuosas, tales como las de las antiguas tocas, que adornaban la cabeza de la esfinge (fig. 21, int. izda. L. I) o como las de las tocas modernas cuando caen hacia delante. Todas las partes de un traje que admiten la aplicación de este principio consiguen gracias a él un cierro aire (como se le ha denominado). Y aunque requiere habilidad y gusto componer correctamente estas sinuosidades, las encontramos diariamente puestas en práctica con éxito.

Este principio recomienda igualmente modestia en el vestir, de modo que se mantengan nuestras expectativas y que no parezca que pueden ser satisfechas excesivamente pronto. Por ello el cuerpo y los miembros deben estar lo suficientemente cubiertos, de modo que no se perciba de ellos a través de la ropa más que algunos de sus rasgos.

La cara ha de tener una apariencia uniforme, sin ayuda de ninguna máscara o velo, pues siempre atrae y mantiene nuestra curiosidad, debido a que la gran diversidad de circunstancias cambiantes atrapan la mirada y el espíritu en un juego constante, siguiendo los innumerables cambios de expresión de los que ésta es capaz. ¡Qué rápido se nos vuelve insípida una cara que carece de expresión, por muy linda que sea!

El resto del cuerpo, al carecer de las ventajas de la cara, si estuviera expuesto constantemente, saturaría de inmediato la mirada y no nos produciría más efecto que el de una estatua de mármol. Pero, al estar ingeniosamente vestido y adornado, la mente reanuda su imaginaria búsqueda a cada movimiento del cuerpo. Así, si se me permite el símil, el pescador prefiere no ver el pez que está pescando, hasta no tenerlo debidamente atrapado.