33.

Al practicar la atención a la respiración, practicamos los cuatro esfuerzos correctos. Cuando nos sentamos y fijamos la atención en la respiración sin ningún pensamiento que se interponga, iniciamos y mantenemos un saludable estado de autoconsciencia. Nos impedimos caer en distracciones o desapercibimientos, perder de vista la realidad. Si surge un pensamiento, no lo perseguimos, volvemos una vez más la atención a la respiración. De este modo desarrollamos la aptitud de la mente para permanecer enfocada en un sólo objeto y resistir las distracciones, dos cualidades esenciales de la concentración.

Recta Atención

La observación de la respiración también es un método para practicar la Recta Atención. El sufrimiento procede de la ignorancia; reaccionamos porque no sabemos lo que estamos haciendo, porque no conocemos nuestra propia realidad. La mente pasa la mayor parte del tiempo perdida en fantasías e ilusiones, reviviendo experiencias agradables o desagradables y anticipándose al futuro con impaciencia o miedo; y mientras andamos perdidos en tales deseos y aversiones, somos inconscientes de lo que está sucediendo ahora, de lo que estamos haciendo ahora mismo, aunque lo más importante para nosotros es, con toda seguridad, el momento presente, el ahora, porque ni podemos vivir en el pasado que ya se ha ido, ni podemos vivir en el futuro que está fuera de nuestro alcance. Sólo podemos vivir en el presente.

Si somos inconscientes de nuestras acciones presentes, estamos condenados a repetir las equivocaciones del pasado y nunca podremos obtener lo que soñamos para el futuro. Pero si logramos desarrollar la capacidad de ser conscientes del momento actual, podremos utilizar el pasado como pauta para ordenar las acciones del futuro, de manera que nos sirvan para alcanzar nuestra meta.

El Dhamma es el camino del aquí y el ahora, por eso debemos desarrollar la habilidad para estar atentos al momento presente. Necesitamos un método para enfocar la atención sobre la realidad de este instante. La técnica de anapana-sati es dicho método; practicándolo, desarrollamos la autoconciencia del aquí y ahora: en este momento inspiramos, en este momento espiramos. Ejercitando la atención a la respiración, nos hacemos conscientes del momento actual.

Otra razón para desarrollar la conciencia de la respiración es el deseo de experimentar la realidad última, y el focalizar la atención en la respiración nos ayuda a explorar todo lo que ignoramos sobre nosotros mismos, a traer al plano consciente todo lo que hasta ahora había sido inconsciente. La respiración actúa como un puente entre la mente consciente y la inconsciente Porque funciona de ambas maneras. Podemos, a voluntad, respirar de una forma determinada, controlar la respiración; también podemos detenerla durante algún tiempo, y cuando dejamos de intervenir en ella, continúa sin ninguna ayuda.

Por ejemplo: podemos empezar a respirar un poco más fuerte intencionadamente, para fijar la atención con mayor facilidad, y, tan pronto como la sintamos clara y firme, dejar que la respiración se produzca de forma natural, ya sea pesada o suave, profunda o superficial, larga o corta, rápida o lenta. No hacemos ningún esfuerzo por regularla, el único esfuerzo consiste en ser conscientes de ella. Al mantenernos atentos a la respiración natural, hemos empezado a observar el funcionamiento autonómico del cuerpo, algo que normalmente es inconsciente. Partiendo de la observación de una realidad burda como es la respiración intencionada, hemos progresado hasta la observación de una realidad más sutil como es la respiración espontánea. Hemos comenzado a avanzar desde una realidad superficial hasta la consciencia de una realidad más sutil.

Una razón más para desarrollar la consciencia de la respiración es la liberación del deseo, la aversión y la ignorancia, dando previamente el paso de apercibirnos de todo ello. En este sentido, la respiración nos sirve de ayuda porque actúa como un reflejo del estado mental. Cuando la mente está tranquila y en calma, la respiración es regular y suave, pero en cuanto surge una negatividad, ya sea ira, odio, miedo o pasión, la respiración se hace más áspera, pesada y rápida. De esta manera, la respiración nos advierte dé nuestros estados mentales y nos ayuda a empezar a tratar con ellos.

Pero todavía nos queda otra razón para practicar la atención a la respiración. Puesto que nuestra meta es una mente libre de negatividad, debemos poner gran cuidado en que cada paso que demos hacia la meta sea puro y provechoso. Debemos utilizar un objeto de atención conveniente incluso en el estado inicial de desarrollo de samadhi, y la respiración es ese objeto porque no podemos sentir deseo o aversión hacia ella, y además es algo plenamente real, divorciado de toda ilusión o engaño. Todo ello la convierte en un objeto de atención adecuado.

En el momento en que la mente está enfocada por completo en la respiración, se halla libre de deseo, libre de aversión y libre de ignorancia. Por más breve que sea ese momento de pureza, es muy provechoso porque desafía todos los condicionamientos del pasado. Se remueven todas las reacciones acumuladas y comienzan a asomarse a la superficie en forma de dificultades diversas que entorpecen nuestros esfuerzos para desarrollar la consciencia. Puede que experimentemos impaciencia por progresar, lo que es una forma de deseo. Quizá la aversión surja en forma de enojo y depresión porque el progreso nos parece lento. A veces el sopor nos abruma y nos sentimos amodorrados tan pronto como nos sentamos a meditar. En algunas ocasiones estaremos tan desasosegados que nos azogaremos o encontraremos cualquier excusa para evitar meditar; en otras ocasiones el escepticismo minará el deseo de trabajar con dudas obsesivas e irracionales sobre el maestro, la enseñanza o nuestra aptitud para meditar. Cuando nos topemos súbitamente con todas estas dificultades, es muy posible que pensemos en abandonar la práctica por completo.

En esos momentos debemos comprender que todos estos obstáculos han surgido únicamente como una reacción provocada por el éxito obtenido con la práctica de la atención a la respiración, y desaparecerán gradualmente si perseveramos en ella. En cuanto lo hagan, el trabajo se verá facilitado; porque eso significará que algunas capas de condicionamientos han sido erradicadas en la superficie de la mente incluso en este estadio temprano de la práctica. De esta manera vamos limpiando la mente y avanzando hacia la liberación, incluso cuando practicamos la atención a la respiración.

Recta Concentración

La consciencia del momento presente se desarrolla fijando la atención en la respiración; el mantenimiento constante de esta consciencia, por un periodo de tiempo tan largo como sea posible, es Recta Concentración.

La concentración también es necesaria en las actividades cotidianas de la vida ordinaria, pero no es necesariamente la que llamamos Recta Concentración. Una persona puede estar concentrada en la satisfacción de un deseo sensorial o en la supresión de un temor. Un gato aguarda con toda su atención puesta en una ratonera, listo para saltar en cuanto aparezca un ratón. Un carterista está absorto en la cartera de la víctima esperando el mejor momento para quitársela. Un niño en la cama por la noche mira fijamente, lleno de miedo, al rincón más oscuro de la habitación, imaginando monstruos escondidos entre las sombras. Ninguno de estos ejemplos es Recta Concentración, la concentración que puede utilizarse para la liberación. Samadhi debe tener por núcleo un objeto que esté libre de todo deseo, de toda aversión y de toda ofuscación.

En cuanto empezamos a practicar la consciencia de la respiración, vemos lo difícil que resulta sostenerla ininterrumpidamente. A pesar de la firme determinación de mantener la atención fija en el objeto, se nos escabulle de una forma o de otra, vemos que somos como un borracho intentando caminar en línea recta y que, sin embargo, da bandazos de un lado a otro. De hecho, estamos embriagados con nuestra propia ignorancia e ilusiones, y no hacemos más que dar bandazos del pasado al futuro, del deseo a la aversión, no podemos mantenernos en el sendero recto que es la atención continua.

Debemos, como meditadores, ser sabios y no dejamos deprimir o desanimar cuando nos encaremos a estas dificultades, lo que tenemos que hacer es comprender que cambiar los hábitos mentales que se han ido enraizando profundamente durante años lleva tiempo y que sólo puede conseguirse trabajando con insistencia, continuidad, paciencia y perseverancia.

La tarea consiste sencillamente en devolver la atención a la respiración tan pronto como nos demos cuenta de que se ha extraviado. Si lo conseguimos, habremos dado un paso importante para enmendar los vagabundeos de la mente. A fuerza de repetir la práctica, cada vez se retoma la atención con más presteza; los periodos de olvido se acortan gradualmente y se van prolongando los de atención sostenida, samadhi.

A medida que se fortalece la concentración, vamos sintiéndonos relajados, felices y llenos de energía. La respiración cambia poco a poco y se vuelve suave, regular, ligera y superficial, a veces parece incluso que se ha parado por completo y, de hecho, cuando la mente se calma, también se calma el cuerpo y se lentifica el metabolismo, necesitando entonces menos oxígeno.

Algunos practicantes de la atención a la respiración pueden tener en esta fase diversas experiencias inusuales mientras están sentados con los ojos cerrados, como, por ejemplo, ver luces o tener visiones u oír sonidos extraordinarios. Todas estas llamadas experiencias extrasensoriales son meros indicadores de que la mente ha alcanzado un alto grado de concentración. Estos fenómenos no tienen ninguna importancia en sí mismos y no debe prestárseles ninguna atención. El objeto de la atención sigue siendo la respiración, cualquier otra cosa es un distraimiento. Tampoco debemos esperar dichas experiencias, pues en unos casos suceden y en otros no, todas estas experiencias extraordinarias son simples mojones que señalan el progreso en el camino y que a veces están escondidos a la vista. También puede suceder que estemos tan absortos en el camino que pasemos de largo sin advertirlos. Pero si tomamos dichos mojones como la meta final y nos apegamos a ellos, dejaremos totalmente de progresar. Después de todo, son muchas las experiencias extrasensoriales que se pueden tener. Los que practican el Dhamma no buscan esas experiencias, sino lograr la penetración en su propia naturaleza para alcanzar la liberación del sufrimiento.

Por tanto, seguimos prestando atención nada más que a la respiración. A medida que la mente aumenta el grado de concentración, la respiración se hace más sutil y es más difícil seguirla, exigiéndose un esfuerzo aún mayor para permanecer atento. De esta manera seguimos afilando la mente, agudizando la concentración para hacer de ella una herramienta que nos permita penetrar más allá de la realidad aparente para poder observar la realidad interior más sutil.

Hay muchas otras técnicas para desarrollar la concentración. Se puede aprender a concentrarse en una palabra a base de repetirla, o en una imagen visual, o incluso a iterar una y otra vez una determinada acción física. Haciendo todo eso es posible absorberse en el objeto de atención y conseguir un mirífico estado de trance, pero aunque no hay duda de que ese estado es muy agradable mientras dura, cuando termina nos encontramos de vuelta a la vida ordinaria con los mismos problemas de antes. Todas esas técnicas funcionan desarrollando una capa de paz y gozo en la superficie de la mente, pero los condicionamientos permanecen intactos en lo profundo. Los objetos que se utilizan en dichas técnicas para lograr la concentración no tienen ninguna conexión con nuestra realidad de cada momento; la bendición que se obtiene está sobreimpresa, creada a propósito en vez de surgir espontáneamente de las profundidades de una mente purificada. El Recto Samadhi no puede ser una intoxicación espiritual, debe estar libre de todo artificio, de toda ofuscación.

También con la enseñanza del Buda se pueden obtener diversos estados de trance —jhana—. El mismo Buda aprendió ocho estados de absorción mental antes de obtener la iluminación, y siguió practicándolos durante toda su vida. Sin embargo, los estados de trance no pudieron liberarlo por sí solos. Por ello, cuando enseñó los estados de absorción, enfatizó que su función era meramente el de escalones en el desarrollo de la visión cabal. Los meditadores no desarrollan la capacidad de concentración para experimentar estados de beatitud o éxtasis, sino para formar la mente y hacer de ella un instrumento con el que examinar su propia realidad y eliminar los condicionamientos que causan su sufrimiento. Ésta es la Recta Concentración.

PREGUNTAS Y RESPUESTAS

PREGUNTA.—¿Por qué enseña a los estudiantes a practicar anapana concentrándose en las ventanas de la nariz en vez de hacerlo en el vientre?

S. N. GOENKA.—Porque nosotros practicamos anapana como preparación para la práctica de Vipassana, y en este tipo de Vipassana se requiere una concentración particularmente fuerte. Cuanto más limitada sea la zona de atención, más fuerte será la concentración. El vientre es demasiado grande para desarrollar la concentración hasta el grado necesario, es más adecuada la zona de las ventanas de la nariz. Ésta es la razón de que el Buda nos enseñara a trabajar en esta área.

P.—¿Esta permitido contar las respiraciones mientras practicamos la atención a la respiración, o decir «dentro» cuando inspiramos y «fuera» cuando espiramos?

S.N.G.—No, no debe haber una verbalización continua. Si te pasas el tiempo añadiendo una palabra a la consciencia de la respiración, esa palabra gradualmente irá convirtiéndose en lo más importante y te olvidarás totalmente de la respiración. Lo que ocurrirá es que dirás «dentro» tanto si inspiras como si espiras, y dirás «fuera» tanto si espiras como si inspiras. La palabra se convertirá en un mantra. Estáte atento a la respiración, sólo a la respiración y nada más que a la respiración.

P.—¿Por qué la práctica de samadhi no es suficiente para obtener la liberación?

S.N.G.—Porque la pureza de mente que se desarrolla con samadhi se obtiene principalmente por la represión de los condicionamientos, no por su eliminación. Es como si alguien limpia un depósito de agua fangosa añadiendo un agente precipitante, alumbre, por ejemplo. El alumbre hace que las partículas de barro suspendidas en el agua se depositen en el fondo del aljibe dejando el agua como un cristal. De forma semejante, el samadhi deja los niveles superiores de la mente claros como un cristal, pero en el inconsciente sigue quedando un poso de impurezas. Para alcanzar la liberación, hay que eliminar las impurezas latentes. Para eliminar las impurezas de las profundidades de la mente, hay que practicar Vipassana.

P.—¿No resulta peligroso olvidarse totalmente del pasado y del futuro y prestar atención nada más que al momento presente? ¿No es ésa, al fin y al cabo, la forma en la que viven los animales? No hay duda de que quien olvida el pasado está condenado a repetirlo.

S.N.G.—Esta técnica no te enseña a olvidarte totalmente del pasado ni a despreocuparte del futuro. Pero el modelo de conducta actual de la mente es estar inmersa constantemente en recuerdos del pasado o en ambiciones, planes o temores para el futuro, ignorando el presente. Este hábito es nocivo y hace que la vida sea infeliz. Con la meditación aprendes a tener los pies bien asentados en la realidad presente. Con esta base sólida puedes tomar la orientación necesaria del pasado y hacer las previsiones adecuadas para el futuro.

P.—Cuando medito, y la mente se dispersa, surge un deseo; entonces pienso que se supone que no debo desear y comienzo a alterarme porque tengo deseos. ¿Cómo debo contender con esto?

S.N.G.—¿Por qué te alteras por tener deseos? Acepta el hecho: «Mira, hay deseo», eso es todo. Y saldrás de ello. Cuando veas que la mente se ha distraído, acéptalo: «Mira, la mente se ha distraído», y automáticamente volverá a la respiración. No crees tensiones porque surja un deseo o porque la mente se haya distraído; si lo haces, generarás nueva aversión. Acéptalo. Aceptarlo es suficiente.

P.—Todas las técnicas budistas de meditación ya eran conocidas en el yoga. ¿Qué es lo que verdaderamente hay de nuevo en la meditación que enseñó el Buda?

S.N.G.—Lo que hoy se llama yoga en verdad es un desarrollo posterior. Patanjali vivió unos 500 años después de la época del Buda y, como es natural, sus Yoga Sidras34 muestran la influencia de las enseñanzas del Buda. Es cierto que las prácticas del yoga eran conocidas en la India incluso antes del Buda, y él mismo experimentó con ellas antes de alcanzar la iluminación. Sin embargo, todas aquellas prácticas se limitaban a. sila y samadhi, concentración hasta el nivel del octavo jhana, el octavo estado de absorción, que todavía se halla dentro del campo de la experiencia sensorial. El Buda encontró el noveno jhana, y ése es Vipassana, el desarrollo de la visión cabal que llevará al meditador hasta la meta final más allá de la experiencia sensorial.

P.—Me doy cuenta de que minimizo muy rápidamente a otras personas. ¿Cuál es la mejor manera de trabajar con ese problema?

S.N.G.—Trabájalo meditando. Si el ego es fuerte, uno tratará de minimizar a los otros, de disminuir su importancia e incrementar la propia. Pero la meditación disuelve el ego de forma natural. Cuando se disuelva el ego, no podrás seguir haciendo nada que dañe a otro. Trabaja, y el problema se resolverá automáticamente.

P.—¿Por qué sigo fortaleciendo el ego? ¿Por qué sigo tratando de ser «yo»?

S.N.G.—Porque, debido a la ignorancia, la mente ha sido condicionada para hacerlo. Pero Vipassana puede liberarte de este perjudicial condicionamiento. En vez de pensar siempre en ti, aprende a pensar en los demás.

P.—¿Cómo se hace?

S.N.G.—El primer paso es reconocer lo muy egoísta y egocéntrico que se es. A menos que alguien comprenda bien esta verdad, no puede salir de esa locura que es el amor a uno mismo. A medida que vayas practicando, verás que incluso tu amor a otros es en realidad amor a ti mismo. Comprenderás: «¿A quién amo? Amo a alguien porque espero algo de esa persona, espero que se comporte de la forma que a mi me gusta; en el momento en que empieza a comportarse de otra manera, se va todo el amor. Entonces, ¿amo realmente a esta persona o a mí mismo?» La respuesta estará clara, no intelectualizándola, sino mediante tu práctica de Vipassana. Una vez que tengas esta constatación directa, empezarás a salir de tu egoísmo. Aprenderás entonces a desarrollar amor verdadero hacia los otros, un amor exento de egoísmo, una vía de dirección única: dar sin esperar nada a cambio.

P.—Trabajo en una zona donde hay un montón de mendigos que extienden la mano diciendo: ¿Tienes una moneda?

S.N.G.—¿También sucede en Occidente? Pensaba que la mendicidad sólo se daba en los países pobres.

P.—Sé que muchas de esas gentes de la calle son drogadictas. Me pregunto si dándoles dinero lo que hacemos no es sino animarles a tomar drogas.

S.N.G.—Ésa es la razón de que debas tener cuidado para que cualquier limosna que des sea usada de la forma correcta; en otro caso no ayuda a nadie. Harás un verdadero servicio a esas personas si en vez de darles dinero les ayudas a salir de su adicción. Cualquier cosa que hagas, debes hacerla con sabiduría.

P.—Cuando dice: «Sé feliz», la otra cara para mí es:«Estáte triste.»

S.N.G.—¿Por qué triste? ¡Sal de la tristeza!

P.—Correcto, pero yo creía que trabajábamos para obtener un equilibrio.

S.N.G.—El equilibrio te hace ser feliz. Si estás falto de él, estás triste. ¡Estáte equilibrado, sé feliz!

P.—Pero yo creía que era: «Estáte equilibrado, no seas nada.»

S.N.G.—No, no. El equilibrio te hace ser feliz, no ser «nada.» Te vuelves positivo cuando tienes una mente equilibrada.

La Vipassana. El arte de la meditación budista
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