Capítulo II
El punto de partida
LAS fuentes del sufrimiento se hallan en nuestro interior, y sólo resolveremos el problema del sufrimiento cuando comprendamos que esto es verdad. «Conócete a ti mismo», ha sido el consejo unánime de los sabios, porque nunca podremos resolver nuestros problemas ni los problemas del mundo a menos que empecemos por conocer "nuestra propia naturaleza.
¿Qué es lo que en realidad sabemos de nosotros? Cada uno está convencido de su propia importancia, de su singularidad, pero lo que cada uno sabe de sí mismo es puramente superficial, y en cuanto profundizamos ya no sabemos absolutamente nada.
El Buda examinó el fenómeno del ser humano examinando su propia naturaleza. Dejando a un lado toda idea preconcebida, exploró la realidad interior y descubrió que cada ser es un compuesto de cinco procesos, cuatro de ellos mentales y uno físico.
La materia
Comencemos por el aspecto físico, que es la parte más obvia y aparente, la que es percibida por todos los sentidos con mayor facilidad, y, aun así, ¡qué poco sabemos de ella! Podemos controlar someramente el cuerpo, moverlo y actuar conforme al deseo consciente; pero en otro nivel, todos los órganos internos funcionan con independencia y fuera de nuestro control, sin nuestro conocimiento. En un plano aún más sutil, no sabemos absolutamente nada, por nuestra propia experiencia, acerca de las reacciones bioquímicas que se producen incesantemente en cada célula del cuerpo. Pero esto tampoco es la realidad última del fenómeno material, como colofón tenemos que el cuerpo que nos parece sólido está compuesto de partículas subatómicas y espacios vacíos, y, lo que es aún más, ni siquiera estas partículas subatómicas tienen una solidez real; la duración de la existencia de cada una de ellas es menor de una trillonésima de segundo. Las partículas surgen y se desvanecen constantemente, entrando y saliendo de la existencia como un flujo de vibraciones. Ésta es la realidad última del cuerpo, de la materia, descubierta por el Buda hace 2.500 años.
Los científicos modernos han reconocido y comprobado con sus propias investigaciones esta realidad última del universo material y, sin embargo, ni se han liberado ni se han iluminado. Han investigado la naturaleza del universo llevados por la curiosidad, utilizando su inteligencia y confiando en los instrumentos para verificar sus teorías. Por contraste, el Buda no fue motivado sencillamente por la curiosidad, sino por el deseo de encontrar una salida al sufrimiento; no utilizó más instrumento para la investigación que su propia mente, y la verdad que descubrió no fue el resultado de un proceso intelectual, sino de su propia constatación; ésta es la razón por la que pudo liberarlo.
Descubrió que todo el universo material estaba compuesto de partículas —llamadas kalapas en pali— o «unidades indivisibles». Estas unidades exhiben en una variación infinita las cualidades básicas de la materia: masa, cohesión, temperatura y movimiento, que se combinan para formar estructuras que aparentemente tienen alguna permanencia, pero que en realidad están compuestas de minúsculos kalapas que surgen y desaparecen constantemente. Ésta es la realidad última de la materia: una corriente constante de ondas o partículas. Eso es el cuerpo al que llamamos «yo».
Mente
El proceso físico va unido al proceso psíquico, la mente, que, aunque no puede ser tocada o vista, parece estar aún más íntimamente conectada con nosotros que el cuerpo; podemos concebir una existencia futura sin el cuerpo, pero no podemos ni imaginar ninguna clase de existencia sin la mente. No obstante, ¡qué poco sabemos de la mente y cuán incapaces somos de controlarla! ¡Con cuánta frecuencia se niega a hacer lo que queremos y hace lo que no queremos! El control que tenemos sobre la mente consciente es muy tenue, pero el inconsciente parece estar totalmente fuera de nuestro alcance o comprensión, lleno de fuerzas que puede que no aprobemos o de las que ni siquiera estamos enterados.
Al examinar el cuerpo, el Buda examinó también la mente y encontró que, en términos amplios y globales, constaba de cuatro procesos: consciencia (viññana), percepción (sañña), sensación (vedana) y reacción (sankhara).
El primer proceso, la consciencia, es la parte receptora de la mente, el acto de conciencia indiferenciada o cognición. Se limita a registrar la ocurrencia de cualquier fenómeno, la recepción de cualquier dato físico o mental. Registra una experiencia escueta, pero no asigna etiquetas ni hace evaluaciones positivas o negativas.
El segundo proceso mental es la percepción, el acto de reconocimiento. Esta parte de la mente identifica cualquier cosa que haya sido notada por la consciencia. Distingue, etiqueta y clasifica los datos escuetos que llegan y los evalúa como positivos o negativos.
La parte siguiente es la sensación. En realidad, la sensación, la señal de que algo está pasando, surge tan pronto como se recibe cualquier dato. Sucede que hasta que éste es evaluado, la sensación permanece neutra, pero en cuanto se le asigna un valor al dato que acaba de llegar, la sensación se convierte en agradable o desagradable, según la evaluación que haya recibido.
Si la sensación es agradable, se forma el deseo de prolongar e intensificar la experiencia, pero se deseará pararla y expulsarla si es una sensación desagradable. La mente reacciona con agrado o desagrado10. Por ejemplo, cuando el oído está funcionando normalmente y se oye un sonido, comienza a trabajar la cognición; cuando se reconoce el sonido como palabras, con connotaciones positivas o negativas, comienza a funcionar la percepción y de inmediato entra en juego la sensación. Si las palabras son de alabanza, surge una sensación agradable; si son ofensivas, surge una sensación desagradable. La reacción surge inmediatamente, y, si la sensación es agradable, comienza a gustarnos y queremos más palabras de alabanza. Si la sensación es desagradable, comienza a desagradarnos y queremos detener las ofensas.
Se suceden los mismos pasos cuando cualquiera de los otros sentidos recibe un dato: consciencia, percepción, sensación, reacción. Estas cuatro funciones mentales son todavía más breves que las efímeras partículas que componen la realidad material. Cada vez que los sentidos entran en contacto con algún objeto, los cuatro procesos mentales se suceden a la velocidad del rayo y se repiten en cada momento de contacto subsiguiente; lo hacen a tal velocidad que no tenemos conciencia de lo que sucede, esta conciencia sólo se desarrolla hasta llegar al nivel consciente cuando una reacción determinada se ha repetido durante un largo periodo de tiempo y ha tomado una forma pronunciada e intensa.
El aspecto más impresionante de esta descripción de un ser humano no es lo que incluye, sino lo que omite. Se sea occidental u oriental, se sea cristiano, judío, musulmán, hindú, budista, ateo o cualquier otra cosa, ceda uno de nosotros tiene la seguridad congénita de que hay un «yo» en alguna parte dentro de nosotros, una identidad continua. Operamos con la irreflexiva asunción de que la persona que existió hace diez años es esencialmente la misma que existe hoy y que existirá dentro de diez años, e incluso, quizá, que seguirá existiendo en una vida futura tras la muerte. No importa cuál sea la filosofía, teoría o creencia que tengamos por cierta, la verdad es que todos nosotros vivimos con la profunda convicción de que «yo era, yo soy, yo seré».
El Buda cuestionó esta afirmación instintiva de identidad, y al hacerlo no estaba exponiendo una opinión especulativa más para combatir las teorías de otros, sino que enfatizó repetidamente que no estaba pergeñando ninguna opinión sino, simplemente, describiendo la verdad que había experimentado y que cualquier persona ordinaria podía experimentar. «El Iluminado —dijo— ha desechado todas las teorías porque ha visto la realidad de la materia: sensación, percepción, reacción y consciencia, su surgir y desaparecer»11. Vio que, a pesar de las apariencias, cada ser humano no es sino una serie de acontecimientos separados pero interrelacionados. Cada suceso es el resultado del precedente y le sigue sin ningún intervalo. La progresión ininterrumpida de acontecimientos conectados íntimamente produce una sensación de continuidad, de identidad, pero únicamente es una realidad aparente, no la verdad última.
Podemos darle nombre a un río, pero en realidad no es más que un flujo de agua que nunca detiene su curso. Podemos pensar que la luz de una vela es algo constante, pero, si la miramos más de cerca, vemos que en realidad es una llama que surge de una mecha que arde un instante para ser reemplazada inmediatamente por una llama nueva, instante a instante. Hablamos de la luz de una bombilla, pero no nos paramos a considerar que, en realidad, es, como el río, un flujo constante, en este caso un flujo de energía ocasionado por las oscilaciones de altísima frecuencia que tienen lugar dentro del filamento. A cada instante surge algo nuevo que es un producto del pasado y que es reemplazado por algo nuevo al momento siguiente. La sucesión de acontecimientos es tan rápida y continua que hace muy difícil distinguirlos. No podemos decir que lo que ocurre en un punto particular del proceso sea lo mismo que antes, pero tampoco podemos decir que no lo sea. No obstante, el proceso discurre.
De forma similar, el Buda comprendió que una persona no es una entidad acabada e inmutable, sino un proceso que fluye a cada momento. No hay ningún «ser» real, sino un flujo en marcha, un proceso continuo de devenir. Por supuesto que en la vida cotidiana debemos tratar los unos con los otros como personas con una naturaleza más o menos definida e inalterable, tenemos que aceptar la realidad externa, la apariencia, porque en otro caso no podríamos funcionar. La realidad externa es una realidad, pero nada más que superficial; en un nivel más profundo la verdad es que todo el universo, animado o inanimado, es un estado constante de devenir, de surgir y desaparecer, cada uno de nosotros es, de hecho, una corriente de partículas subatómicas en cambio constante, junto a las cuales los procesos de consciencia, percepción, sensación y reacción cambian todavía más rápidamente que el proceso físico.
Ésta es la realidad última del ser con el que todos nos sentimos tan implicados. Éste es el curso de los acontecimientos en el que nos vemos envueltos. Si logramos comprenderlo adecuadamente por medio de la experiencia directa, encontraremos la pista que nos llevará a la extinción del sufrimiento.
PREGUNTAS Y RESPUESTAS
PREGUNTA.—Cuando usted dice «menté», no estoy seguro de lo que quiere decir. No puedo encontrar la mente.
S. N. GOENKA.—Está en todas partes, en cada átomo. Cada vez que sientes algo, la mente está ahí. La mente siente.
P.—Entonces, ¿cuando dice «mente» no se refiere al cerebro?
S.N.G.—No, no. En Occidente creéis que la mente está solamente en la cabeza, eso es una idea equivocada.
P.—¿La mente está en todo el cuerpo?
S.N.G.—¡Sí, todo el cuerpo contiene a la mente. ¡El cuerpo entero!
P.—Usted sólo habla de la experiencia del «yo» en términos negativos ¿Es que no tiene un lado positivo? ¿No hay una experiencia del yo que llene a la persona de alegría, paz y arrobamiento?
S.N.G.—La meditación te enseñará que todos esos placeres sensoriales son impermanentes, vienen y se van. Si realmente hubiera algún «yo» que los disfrutase, si fueran «mis» placeres, ese «yo» debería tener algún dominio sobre ellos, pero ellos surgen y desaparecen sin control posible, ¿qué «yo» hay ahí?
P.—No hablo de placeres sensoriales, sino de un nivel muy profundo.
S.N.G.—En ese nivel, el «yo» no tiene ninguna importancia. Cuando se alcanza ese nivel, el ego se disuelve; sólo hay alegría. La cuestión del yo no se plantea.
P.—Bien, entonces en vez de «yo» digamos la experiencia de una persona.
S.N.G.—La sensación siente; no hay nadie que la sienta. Las cosas simplemente suceden. Eso es todo. Por ahora tienes la impresión de que debe haber un «yo» que sienta, pero, si practicas, llegarás al punto en el que se disuelve el ego. En ese momento desaparecerá tu pregunta.
P.—Vine aquí porque «yo» sentí que necesitaba venir.
S.N.G.—Sí, cierto. A efectos prácticos, no podemos evitar un «yo» y un «mío», pero si nos apegamos a ellos, si los tomamos como reales en última instancia, sólo obtendremos sufrimiento.
R-Me estaba preguntando si hay gente que nos hace sufrir.
S.N.G.—Nadie te hace sufrir. Tú mismo te ocasionas el sufrimiento al generar tensiones en la mente. Si sabes cómo evitarlo, resulta fácil estar en paz y ser feliz en cualquier situación.
P.—¿Qué sucede cuando alguien nos causa algún perjuicio?
S.N.G.—No debes permitir que la gente te perjudique. Cuando alguien hace algo injusto, daña a otros, pero al mismo tiempo se daña a sí mismo. Si les permites que se comporten mal, los animas a seguir haciéndolo. Debes usar toda tu fortaleza para detenerlos, pero con buena voluntad, compasión y simpatía hacia esa persona. Si actúas movido por la rabia o la ira, agravas la situación. Lo que pasa es que no puedes estar lleno de buena voluntad hacia esa persona a menos que tu mente esté en calma y tranquila. Así pues, practica para desarrollar paz en tu interior y podrás resolver el problema.
P.—¿Qué objeto tiene desarrollar paz interiormente si no hay paz en el mundo?
S.N.G.—El mundo sólo podrá estar en paz cuando los habitantes del mundo estén en paz y sean felices. El cambio tiene que comenzar por el individuo. Si la jungla está marchita y quieres que recobre su lozanía, tienes que regar cada uno de los árboles de esa jungla. Si quieres paz mundial, no tienes más remedio que aprender a estar tú en paz. Sólo entonces podrás llevar la paz al mundo.
P.—Entiendo que la meditación ayuda a la gente inadaptada e infeliz, pero ¿qué pasa con los que se sienten satisfechos con su vida, con los que ya son felices?
S.N.G.—Quien se sienta satisfecho con los placeres superficiales de la vida es porque permanece ignorante de la agitación que hay en lo más profundo de la mente. Está bajo la ilusión de que es una persona feliz, pero sus placeres no son permanentes, y las tensiones que se generan en el inconsciente siguen creciendo y aparecerán tarde o temprano en el plano consciente. Cuando sucede eso, la llamada persona feliz se convierte en desgraciada. Así pues, ¿por qué no empezar a trabajar ahora mismo para prevenir dicha situación?
P.—¿Su enseñanza es Mahayana o Hinayana?
S.N.G.—Ninguna. La palabra yana significa en realidad «vehículo que te llevará a la meta final», pero hoy día ha adquirido connotaciones sectarias. El Buda nunca enseñó ningún sectarismo, enseñó el Dhamma, que es universal. Fue esta universalidad lo que me atrajo a las enseñanzas del Buda, lo que me benefició, y, por eso, lo que ofrezco a todos y cada uno con todo mi amor y compasión es este Dhamma universal. Para mí, el Dhamma ni es Mahayana, ni es Hinayana, ni es una secta.