Introducción

IMAGINA que tienes la oportunidad de librarte de todas tus responsabilidades mundanas durante diez días en un lugar tranquilo y aislado en el que vivirás protegido de toda perturbación, que en este lugar tienes satisfechas las necesidades materiales básicas de alojamiento y manutención, que habrá gente a mano cuidando de que estés razonablemente cómodo y que, a cambio de ello, únicamente se espera de ti que evites el contacto con los otros y, aparte de las actividades esenciales, pases todas tus horas de vigilia con los ojos cerrados, manteniendo la mente fija en un objeto de atención dado. ¿Aceptarías la oferta?

Supon que simplemente has oído que tal oportunidad existe y que hay gente como tú que no sólo lo desea, sino que está ansiosa de pasar su tiempo libre de esa manera. ¿Cómo describirías su actividad? ¿Mirarse el ombligo —dirías— o contemplación? ¿Escapismo o retiro espiritual? ¿Autointoxicación o autoinvestigación? ¿Introversión o introspección? Ya sea positiva o negativa la connotación, la impresión común es que se trata de un retiro del mundo y, desde luego, que hay técnicas que funcionan así. Pero la meditación no tiene por qué ser un escape, puede ser también un medio para enfrentarse con el mundo, para comprenderlo a él o a nosotros mismos.

Todos los seres humanos estamos condicionados para creer que el mundo real está fuera, que la única forma de vivir la vida es manteniéndonos en contacto con la realidad exterior, buscando estímulos —físicos y mentales— fuera de nosotros. La mayoría nunca habíamos tomado en consideración la posibilidad de cortar los contactos exteriores para ver qué es lo que sucede dentro. La idea de hacerlo sonaría probablemente a pasarse las horas muertas contemplando la carta de ajuste del televisor. Optaríamos por explorar la cara oculta de la luna o el fondo del océano antes que las profundidades escondidas dentro de nosotros mismos.

Pero lo cierto es que el universo existe para cada uno tan sólo cuando lo experimentamos con el cuerpo o con la mente, no está en ninguna parte, está siempre en el aquí y el ahora, y la exploración de nuestro aquí y ahora es la única forma en la que podemos explorar el mundo, porque, a menos que exploremos el mundo interno, nunca podremos conocer la realidad, tan sólo conoceremos nuestras opiniones sobre ella o nuestra concepción intelectual de ella. Sin embargo, si nos observamos a nosotros mismos, podremos llegar a conocer la realidad directamente y podremos aprender a manejarla de una forma positiva y creativa.

La meditación Vipassana que enseña S. N. Goenka es un método para explorar dicho mundo interno, es una forma práctica de examinar la realidad del propio cuerpo y de la propia mente, para descubrir y resolver cualquier problema allí enterrado, para desarrollar el potencial infrautilizado y canalizarlo en provecho propio y ajeno.

Vipassana significa «visión cabal» en el antiguo lenguaje pali de la India. Constituye la esencia de la enseñanza del Buda, la experimentación real de las verdades de las que él habló. El mismo Buda alcanzó ese conocimiento a través de la práctica de la meditación y, por tanto, lo que enseñó en primer lugar fue meditación. Sus palabras son la expresión de su experiencia en la meditación y son también unas instrucciones detalladas de la forma en que se ha de practicar para llegar a la meta que él alcanzó: la experiencia de la verdad.

Todo esto se acepta sin discusión, el problema estriba en el cómo se han de interpretar y seguir las instrucciones que dio el Buda. No existe hoy día ninguna teoría capaz de ofrecer pruebas históricas de lo que el Buda enseñó que haya sido conservado desde su tiempo por una cadena ininterrumpida de maestros y discípulos; el paso de los milenios ha destruido cualquier evidencia que pudiera haber, y en tanto que las palabras del Buda se han conservado en textos de autenticidad reconocida, la interpretación de sus instrucciones meditacionales se hace difícil fuera del contexto de una práctica efectiva.

Pero si existiera una técnica que hubiera sido mantenida por generaciones desconocidas, que ofreciera los mismos resultados descritos por el Buda, ajustada a sus instrucciones y que elucidara aquellos puntos que durante mucho tiempo parecieron oscuros, en ese caso, esa técnica merecería ser investigada. Dicho método es la Vipassana, una técnica extraordinaria por su simplicidad, por su carencia de dogma y, sobre todo, por los resultados que ofrece.

La meditación Vipassana se aprende en cursos de diez días, y está abierta a todo el que desee sinceramente aprender la técnica y esté capacitado física y mentalmente para hacerla. Los participantes permanecen en el lugar en el que se celebra el curso y no tienen ningún contacto con el exterior durante los diez días. Se abstienen de leer y escribir y suspenden cualquier otra práctica, religiosa o no, trabajando exclusivamente conforme a las instrucciones que se les van dando. Siguen, durante todo el curso, un código ético básico que incluye el celibato y la abstención de todo tipo de intoxicantes; también mantienen silencio entre ellos durante los nueve primeros días, aunque pueden hablar sobre los problemas de la meditación con el profesor y sobre los problemas materiales con los responsables del curso.

Los participantes practican un ejercicio de concentración mental durante los tres días y medio primeros; este ejercicio sirve de preparación para la técnica de Vipassana propiamente dicha, a la que son introducidos el cuarto día. Los siguientes pasos de la técnica se van dando día a día, de tal manera que al final del curso se ha expuesto la totalidad de la técnica. El silencio finaliza el día décimo, y los meditadores inician el retorno a una forma de vida más extrovertida. El curso finaliza en la mañana del día undécimo.

A medida que van pasando los días, la experiencia va deparando un buen número de sorpresas al meditador, la primera es que... ¡la meditación es un trabajo duro! Se comprueba enseguida que la idea de que la meditación es una especie de inactividad o relajación es errónea. Se requiere un esfuerzo constante para dirigir conscientemente los procesos mentales de una forma determinada. Las instrucciones nos dicen que hay que esforzarse de lleno, pero sin tensión, y, hasta que se aprende la forma de hacerlo, el ejercicio puede resultar frustrante e incluso extenuante.

Otra sorpresa inicial es que las penetraciones psicológicas que se consiguen con la autoobservación no tienen por qué ser agradables y maravillosas; normalmente somos muy selectivos en las opiniones sobre nosotros mismos. Cuando nos miramos en un espejo, tenemos buen cuidado de adoptar la pose más favorecedora y la expresión más agradable y, de la misma manera, cada uno de nosotros tiene una imagen mental de sí mismo que enfatiza las cualidades admirables, minimiza los defectos y omite radicalmente algunos aspectos de nuestro carácter. Vemos la imagen que queremos ver, no la realidad. Pero la meditación Vipassana es una técnica para observar la realidad desde todos sus ángulos, y el meditador, en vez de encontrar una imagen de sí mismo primorosamente presentada, se topa sin censuras con la verdad más cruda, algunos de cuyos aspectos son muy duros de aceptar.

A veces, parece que en vez de encontrar paz interior lo único que proporciona la meditación es agitación. Parece que todo lo que hay en el curso es impracticable, inaceptable: desde el duro horario, las instalaciones, disciplina, instrucciones y consejos del profesor, hasta la misma técnica.

Sin embargo, otra sorpresa es ver que las dificultades pasan. Llega un punto en el que los meditadores aprenden a realizar los esfuerzos sin esfuerzo, a mantener la atención de una forma relajada, un compromiso desapegado. Se absorben en la práctica en vez de pelear con ella, las incomodidades de las instalaciones carecen de importancia, la disciplina se convierte en una poderosa ayuda, las horas pasan rápidamente, sin sentir, la mente se vuelve tan calmada como un lago de montaña al atardecer que refleja perfectamente su entorno y al mismo tiempo descubre sus profundidades a aquellos que lo miran más de cerca. Cuando llega esta claridad, cada momento está lleno de afirmación, belleza y paz.

Así es cómo el meditador descubre que la técnica funciona de verdad; cada uno de los pasos parece un salto enorme y, sin embargo, se ve que se es capaz de darlo, y al final del curso se aprecia claramente lo largo que ha sido el viaje desde que comenzó el curso. El meditador ha sufrido un proceso semejante al de una operación quirúrgica o a la cura de una herida infectada. El proceso de abrirla y apretar para sacar el pus es doloroso, pero a menos que se haga, la herida no se curará. Una vez que hemos limpiado el pus y nos libramos de él y del sufrimiento que nos ocasionaba, estamos en condiciones de recuperar totalmente la salud. De igual manera, al ir pasando por un curso de diez días, el meditador descarga de la mente algunas de sus tensiones y disfruta de una mayor salud mental. El proceso de Vipassana ha producido cambios profundos en el interior, cambios que persisten cuando el curso termina y el meditador ve que cualquiera que fuese la fortaleza mental que consiguió durante el curso, cualquier cosa que haya aprendido, puede aplicarla a la vida diaria en beneficio propio y ajeno. La vida se vuelve más armoniosa, fructífera y feliz.

La técnica enseñada por S. N. Goenka es la que él aprendió de su maestro, el difunto Sayagyi U Ba Khin de Birmania, que aprendió Vipassana de Saya U Thet, un maestro de meditación famoso en Birmania en la primera mitad de este siglo. A su vez, Saya U Thet fue alumno de Ledi Sayadaw, un famoso monje y erudito de finales del siglo XIX y principios del XX. No hay ningún registro anterior de nombres de los maestro de esta técnica, pero los que la practican creen que Ledi Sayadaw aprendió meditación Vipassana de maestros tradicionales que la habían conservado generación tras generación desde los tiempos más antiguos, cuando la enseñanza de Buda llegó por primera vez a Birmania.

No hay duda de que la técnica coincide con las instrucciones del Buda sobre meditación, con el significado más simple y más literal de sus palabras, y, lo que es más importante, da resultados buenos, personales, tangibles e inmediatos.

Este libro no es un manual de «hágalo usted mismo» para la práctica de la meditación Vipassana, y las personas que lo utilicen así lo harán totalmente bajo su propia responsabilidad. El aprendizaje de la técnica debe hacerse exclusivamente en un curso, con el ambiente adecuado para sustentar la meditación y un profesor correctamente preparado. La meditación es un asunto muy serio, especialmente la técnica Vipassana, que va a las profundidades de la mente, y no debe ser abordada nunca con ligereza o frivolidad. Si la lectura de este libro te inspira para probar la técnica de Vipassana, puedes dirigirte a las direcciones que se incluyen al final del libro para averiguar cuándo y dónde se celebran cursos.

Nuestro propósito es, simplemente, dar un boceto del método de Vipassana tal y como lo enseña S. N. Goenka, con la esperanza de que ampliará la comprensión de las enseñanzas del Buda y de la técnica de meditación que constituye su esencia.

La Vipassana. El arte de la meditación budista
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