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III. Las tres campañas contra Amadeo Barletta

La vida de Amadeo Barletta Barletta, como la de cualquier persona, no carece de situaciones que den pie al legítimo debate sobre las opciones —acertadas o erradas, pero explicables— que adoptó en algún momento de su existencia. Sin duda, su simpatía inicial por el régimen de Mussolini, actitud compartida con la mayoría de los italianos durante años, es una de ella.

En efecto, sus negocios llegaron a ser incluidos en las llamadas listas negras de empresas italianas y alemanas (Proclaimed List of Certain Blocked Nationals) y tuvo algunas dificultades para obtener visados en EEUU por haber sido Cónsul de su país, como hoy les sucede a muchos funcionarios cubanos por su conexión con ese gobierno y/o el Partido Comunista. Esas sanciones colectivas fueron levantadas posteriormente.

Pero, como evidencian las pesquisas del propio FBI, más allá de prestar servicios consulares honorarios a Italia en República Dominicana45 , Barletta no estuvo involucrado en ningún acto criminal o de espionaje en esa época, cuando la inmensa mayoría de los italianos, y no pocos en el extranjero, profesaban su apoyo fanático al proyecto del Duce.46

El hecho de que los gobiernos democráticos de posguerra le concedieran algunas de las más altas condecoraciones de Italia a Barletta47 dicen de la positiva valoración que se tenía de este empresario que sirvió durante algunos años como Cónsul de Italia en dos países del Caribe durante parte del gobierno de Mussolini. Particularmente es significativo que en el caso de la «Orden de la Estrella de Solidaridad Italiana» fuese Winston Churchill la decimoquinta personalidad en recibirla48 y Amadeo Barletta la decimo sexta. El cuanto a la Orden de «Caballero al Merito del Trabajo» Barletta fue el primer italiano que sin haber residido por muchos años en su país la recibiese.

Los ataques lanzados contra la reputación de este empresario de origen italiano tuvieron poco que ver, sin embargo, con el debate legítimo que los historiadores pudieran sostener sobre la cercanía de Barletta al régimen de Mussolini.

El análisis pormenorizado de las acusaciones contra este y otros empresarios adquiere una importancia que desborda la obligación moral de proteger la imagen de sus víctimas. Su honra personal y la de la historia nacional republicana están ahora entrelazadas por una propaganda que pretende presentarse como historiografía para denigrar la de ambos.

Primera campaña contra Amadeo Barletta

En los últimos cincuenta años, la imagen de Amadeo Barletta ha sido agredida mediante tres campañas concertadas y/o auspiciadas por el gobierno de Cuba. La primera (1960) estuvo dirigida a justificar la intervención de las propiedades de Barletta, en particular del periódico y la estación de TV, sobre la única justificación que la ley permitía entonces para una confiscación: haberse enriquecido al amparo de la dictadura de Batista. En ese punto se centraron las acusaciones.

En aquel momento ya se extendía en toda la isla una guerra civil. La rebelión anticomunista llegó a tener miles de insurrectos y focos insurgentes en tres provincias. En ese contexto el gobierno necesitaba con urgencia una estación de TV de alcance nacional, como Telemundo, y un periódico de igual alcance, como El Mundo, para la difusión de su propaganda de guerra. Para arrebatárselos a Barletta era necesario presentarlo como batistiano.

Sin embargo, Barletta nunca se enriqueció a la sombra de Fulgencio Batista y Zaldívar en Cuba; sus intereses empresariales y propiedades fueron afectados en más de una ocasión y de manera sensible por ese político cubano. Ningún funcionario o familiar de Batista estuvo asociado a los negocios de Barletta, ni éste recibió financiamientos de las instituciones del Estado bajo su régimen dictatorial. El Administrador de Aduana del régimen de Batista le negó siempre a Barletta las exoneraciones que le correspondían, según la ley de 1957, para que los ensambladores de sus empresas importaran piezas. Como mencionara Amadeo Barletta en su alegato del 22 de marzo de 1960 ante el Tribunal de Cuentas en Cuba: «Lejos de gozar mis negocios de la protección del régimen de Batista, lo que encontré siempre fueron dificultades y aun franca hostilidad».49

Los terrenos adquiridos por Barletta en las afueras de la ciudad de La Habana (Boyeros) los compró entre agosto y septiembre de 1951, antes del golpe de Estado de Batista del 10 de marzo de 1952 por lo que el desarrollo urbano posterior a su adquisición no podía constituir evidencia de contubernio con el régimen del batistato. Igualmente falsas eran las acusaciones de que Barletta había evadido impuestos en 1957 como demostraba de forma detallada el alegato que presentó contra la confiscación de sus bienes, además de ser irónico que la misma revolución que había llamado a los empresarios a no pagar impuestos hasta la caída de la tiranía ahora pretendiera juzgarlo por ese hecho.

Tampoco colaboró Barletta con las persecuciones de los cuerpos de represión política de Batista. Por el contrario, hay testimonios de que proveyó empleo a personas incluso vinculadas al partido comunista, como el humorista Marcos Behmaras (cuyo contrato le supuso pagar de manera consciente una cantidad adicional de la cual se apropiaba el Partido Socialista Popular). Sus únicas transacciones con el Estado cubano consistieron en venderle productos de sus empresas (vehículos General Motors, principalmente) en términos competitivos. Pese a que el Tribunal Supremo dictaminó en su favor desde 1956 para que se le devolviese un edificio de su propiedad confiscado por Batista en 1942, ese dictador abandonó Cuba en enero de 1959 sin cumplir el fallo judicial.

El periódico El Mundo, propiedad de Amadeo Barletta, mantuvo siempre una línea editorial crítica al gobierno y favorable a una salida no violenta de la crisis nacional. En él laboraron personalidades como Raúl Roa, Carlos Lechuga, Manuel Bisbé y otros destacados revolucionarios.

Las acusaciones del periódico Revolución durante los días previos a la expropiación de sus propiedades sobre la base de supuestas relaciones de Barletta con Trujillo, sirvieron el mismo objetivo de contribuir a generar una opinión pública negativa en el momento en que se le confiscaran las propiedades. Pero la acusación fue igualmente ridícula. Amadeo Barletta nunca fue socio de Trujillo (o sus familiares), mucho menos su «Cónsul», sino su víctima y adversario. Incluso cuando la empresa tabacalera de Barletta competía con la que era propiedad de Trujillo se intimidaba a los consumidores dominicanos insinuando que fumar los cigarrillos manufacturados por la empresa del inmigrante italiano equivalía dar una señal de oposición al régimen trujillista cosa que nadie que quisiera preservar su seguridad querría hacer en aquellos años.

Su conflicto con Trujillo no cesó nunca desde que en 1930 alertara al Presidente Horacio Vásquez del golpe de estado que tramaba el futuro dictador vitalicio. Hay fichas sobre Amadeo Barletta en el Archivo privado de Trujillo que demuestran que el dictador le seguía los pasos donde quiera que estaba (Argentina, Cuba, Estados Unidos). Barletta mantuvo relaciones y ayudó financieramente a destacados exiliados dominicanos, como fue el caso del Dr. Juan Bosch durante el tiempo en que éste vivió en Cuba, por lo que una vez electo presidente, el agradecido dominicano le ofreció al hijo de Barletta la codiciada plaza de embajador en Washington, aunque éste la declinó.

Segundo ataque a Barletta

El segundo ataque a Amadeo Barletta tomo la forma de un exabrupto periodístico y ocurrió en 1971. Esta vez mediante un largo artículo en la página ideológica del periódico Granma. Fue en realidad una represalia, por la eficacia de las denuncias de su hijo, Amadeo Barletta Jr., ante la asamblea anual de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) sobre la situación del periodismo en Cuba. El artículo llevó la firma del periodista Pedro Luis Padrón bajo el título de «Amadeo Barletta, representante en Cuba de los negocios de la pandilla yanqui Cosa Nostra». 50

Es obvio que de haberse encontrado en 1960 la menor evidencia de una conexión de Barletta con el crimen organizado cuando las autoridades cubanas inspeccionaron minuciosamente sus oficinas y libros contables —la intervención se llevó a cabo de manera más «informal» durante un fin de semana, en enero de 1960, y luego con carácter oficial y definitivo en febrero de ese año—, ello habría ocupado el centro de atención, tanto de la campaña periodística en su contra, como de las acusaciones presentadas contra él por el Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados.

Sin embargo, no fue hasta 1971 que el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba asume la responsabilidad de acusarlo de «mafioso» al rechazar las denuncias formuladas ante la SIP por su hijo sobre la ausencia de libertad de prensa en Cuba. El uso peyorativo del término en dicho artículo coincide con el éxito internacional de la novela de Mario Puzo, El Padrino, por lo que bien podría suponerse que el periodista consideró un recurso de propaganda eficaz utilizarlo para denigrar en esta ocasión la integridad de los Barletta.

Tercer intento de asesinato de la reputación de Barletta

El tercer asalto a la imagen de Barletta se inicia en el contexto del IV Congreso del Partido Comunista en 1991. Aquel era el primer evento político de envergadura después del escándalo por narcotráfico del verano de 1989 que involucró a las instituciones militares cubanas. En esta ocasión los ataques a Barletta son en realidad el componente colateral de un objetivo oficial de mayor magnitud: hacer aparecer la República de Cuba previa a 1959 como un Estado controlado por la mafia internacional.

Esa tercera ola de ataques es iniciada desde entonces con los escritos de Enrique Cirules y es la primera que pretende vestir un ropaje académico. Esta sostenida campaña —ahora apoyándose en Internet— ha multiplicado el mensaje por medio de actores instrumentados y otros inocentes y ha incluido las peores falsedades sobre Amadeo Barletta.

El autor ha comprobado que los documentos citados por autores como Enrique Cirules como evidencias acusatorias contra Amadeo Barletta, no lo mencionan, ni prueban el supuesto vínculo de Barletta con la mafia. Cirules emplea la técnica de citar a favor de sus argumentos ciertas fuentes documentales, las cuales a su vez son referidas a otras fuentes, con lo cual el lector común se desanima a darles seguimiento. De rastrearse la fuente original, cualquier lector se percataría de que la documentación a la que se le atribuyen las evidencias contra Barletta no provee ninguna. Cuando se localiza el documento primario en el que basa su aseveración, o bien no tiene referencia alguna a Barletta, o no sostiene la afirmación que el autor intenta demostrar. El insigne historiador cubano, ya fallecido, Manuel R. Moreno Fraginals, siempre insistía en la necesidad de ir a las fuentes originales cuando se hacía una investigación. Su consejo no fue aplicado en este caso por aquellos que irreflexivamente se hicieron eco de los argumentos de Cirules, luego reproducidos por T. J. English.

Ese es el caso, por ejemplo, de las referencias en el libro El Imperio de La Habana a la supuesta administración de Barletta de los bienes de la familia Mussolini. En El Imperio de La Habana, su autor, Enrique Cirules, nos remite en ese tema a sus artículos en la revista Bohemia de octubre de 1991; donde, a su vez, nos remite al libro La Coletilla del fallecido ex embajador de Fidel Castro en Francia, Gregorio Ortega (1989), quien al mencionar esa afirmación no dice cuál es su fuente, pero mezcla el tema con una referencia al número de la Gaceta Oficial de Cuba donde se anuncia la confiscación de los bienes de Barletta. Y cuando, finalmente, se revisa el texto de la Gaceta allí no aparece el nombre de Mussolini o referencias a su familia en ninguna parte.51

Por su parte, el escritor freelance estadounidense T.J. English —actualmente acusado de plagio por Enrique Cirules— cita en sus aseveraciones sobre Barletta un documento del Organized Crime Bureau de Miami Dade, Departamento del Tesoro, de septiembre de 1961. Resulta muy difícil localizar en la actualidad ese texto porque esos archivos se dispersaron. Pero el autor de esta investigación pudo obtener una copia —cortesía del biógrafo de Santo Trafficante Jr., el señor Scott M. Deitche—, y resultó ser el expediente elaborado por esa institución sobre Trafficante Jr. y allí no aparece en ninguna parte una mención a Amadeo Barletta.

Los legajos acerca del Banco Atlántico depositados en el Archivo Nacional de Cuba —de muy difícil acceso a cubanos y a extranjeros— que son insistentemente citados por Cirules en su libro, como evidencia del vínculo mafioso de esa entidad bancaria propiedad de Barletta,52 tampoco van más allá de exponer las fallas o vulnerabilidades administrativas señaladas por los inspectores en las rutinarias auditorias anuales que efectuaba el Banco Nacional en todas las entidades financieras, y que posteriores inspecciones al Banco Atlántico declararon superadas. Un examen de todas esas actas según copias fotostáticas en propiedad del autor demuestra que las fallas indicadas fueron atendidas, y la última evaluación a esa entidad financiera fue declarada como satisfactoria.

Esas inspecciones de rutina nunca propusieron sanciones al Banco Atlántico de Barletta, aunque otras entidades financieras fueron incluso intervenidas exigiéndose la renuncia de los directivos como ocurrió a varios bancos cubanos en la década de los cincuenta. El Banco Hispano Cubano, una institución con cerca de ocho millones de dólares en depósitos y directamente vinculada a la esposa del presidente Batista, Marta Fernández, y a José López Vilaboy, un testaferro del dictador, quienes poseían entre ambos el 80% de las acciones, fue intervenido el 10 de septiembre de 1957 por graves irregularidades y conminados a venderlo en julio de 1958. Este hecho —ocurrido en el año más represivo de la dictadura de Batista— pone en entredicho la apreciación de Cirules de que las irregularidades que pudieran encontrar los inspectores del Banco Nacional en una entidad financiera eran resueltas con «palmaditas en la espalda» entre los gobernantes y la clase empresarial. La pretensión de que se ejerció algún favoritismo oficial hacia el Banco Atlántico carece de evidencias y de solidez.

La documentación oficial del Banco Atlántico tampoco muestra evidencia alguna de que Barletta sostuviera siquiera una relación de negocios o personal con el sector económico (turismo/juego) al que esos elementos mafiosos estuvieron vinculados en Cuba. Ninguno de sus accionistas o prestatarios tenía antecedentes criminales ni estaba vinculado al sector de turismo, hoteles y casinos.

El autor no pudo encontrar una sola evidencia que en modo alguno inculpase a Amadeo Barletta de las pretendidas acusaciones después de realizar más de una decena de entrevistas, visitar numerosos archivos (además de realizar una intensa pesquisa a través de terceras personas en el Archivo Nacional de Cuba) y de revisar decenas de libros y documentos originales.

Particular valor tuvieron en estas indagaciones los testimonios de los principales biógrafos de Santo Trafficante Jr. (Scott M. Deitche)y de Meyer Lansky (Robert Lacey)53 , así como de Gordon Wilson, principal responsable de los archivos históricos del Organized Crime Bureau de Miami Dade County.54 Todos ellos dedicaron largos años a sus pesquisas sobre estas personas y me aseguraron que nunca vieron el nombre de Amadeo Barletta en ninguno de los miles de documentos que inspeccionaron, ni lo escucharon en boca de los múltiples testigos que entrevistaron.

Tampoco pudo el autor encontrar nada incriminatorio contra la figura de Barletta en los siguientes lugares: Archivo Nacional de Cuba, Archivos del Palacio Nacional de Santo Domingo, Archivo Particular del Generalísimo (APN-APG), Santo Domingo; Archivos Nacionales de EEUU, Departamento de Estado, Maryland; Archivos de la General Motors, Denver; Archivos del Organized Crime Bureau de Miami Dade County; Archivos Personales de la familia Barletta, Santo Domingo; Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami; Biblioteca de la Universidad Internacional de Florida y la Colección de la Fundación Mary Ferrell.

Nada apareció que inculpase a Amadeo Barletta en los expedientes que sobre él le fueron entregados al autor por la CIA, el FBI y el servicio de inteligencia militar de EEUU bajo la Ley sobre la Libertad de Información (Freedom of Information Act, FOIA). Tampoco fue mencionado en las audiencias de la Comisión Kefauver a las que se refería el periódico Granma en 1971, ni sus expediente en el National Archive, en Maryland (incluyendo una referencia biográfica elaborada por la embajada de EEUU en La Habana en febrero de 1957 a propósito de una solicitud de visa) contienen referencia alguna de una conexión mafiosa.55

En una explicación contextualizada, tanto Robert Lacey como Scott M. Deitche, especialistas en temas de la mafia y en particular en las biografías de Lansky y Santo Trafficante, se refirieron al por qué descartaban la tesis acerca de la existencia de «familias» mafiosas organizadas en Cuba —que no equivale a decir presencia de mafiosos involucrados en negocios—, y a la pretensión de que se usaban bancos para «lavar dinero», cuyo origen de hecho era lícito al provenir del juego.

Es de especial interés la contribución de Robert Lacey, único biógrafo de Lansky que pudo acceder en Israel al expediente completo del gobierno de los Estados Unidos sobre ese personaje. Lacey había solicitado a través del FOIA el acceso los expedientes de las distintas agencias norteamericanas sobre Meyer Lansky y después de esperar por cierto tiempo le entregaron un expediente lleno de tachaduras y por lo tanto inservible.

El incansable biógrafo se trasladó entonces a Tel Aviv y solicitó a las autoridades israelíes que le dieran acceso a lo que tuviesen sobre el tema. Para su sorpresa los israelíes le entregaron adicionalmente el expediente completo estadounidense que Washington les había hecho llegar para sustentar su solicitud de que no le otorgasen la ciudadanía israelí a Lansky cuando aquel la solicitó.

El contenido de estos expedientes fue celosamente recopilado por todas las agencias del gobierno estadounidense ya que era su oportunidad de persuadir a Tel Aviv de que no le concediera la ciudadanía Lansky.

Según Lacey, los expedientes ocupan más de tres pies lineales de espacio y equivalen a dos gavetas de un archivero. Lacey detalla que las carpetas están repletas de telegramas, memos oficiales internos, informes de vigilancia así como de artículos de periódicos que fueron cuidadosamente recortados y agregados a documentos descritos como «hojas informativas» (fact sheets). En ninguno se menciona a Amadeo Barletta ni su supuesto liderazgo al frente de una «familia mafiosa» en Cuba.56 Vale la pena apuntar que Lacey también viajó a Cuba para investigar las actividades de Lansky; revisó en la Isla viejos archivos del Hotel Riviera y otros relevantes a su pesquisa. Tampoco en ellos había referencia alguna a Amadeo Barletta y la leyenda que le atribuye Cirules de supuesta asociación con Lansky y otros mafiosos.

A juicio de Lacey, Deitche y el historiador colombiano Sáenz Rovner, las grandes ganancias que provenían del juego no implicaban riesgo alguno ya que se trataba de una actividad legal, razón por la cual nadie que deseara permanecer en ese sector arriesgaría sus grandes tasas de ganancias para realizar operaciones paralelas y riesgosas, como el narcotráfico.

Es pertinente decir que la trayectoria de la formación del capital inicial de Amadeo Barletta y su posterior crecimiento está documentada desde que fundó la Santo Domingo Motors en República Dominicana y en ningún momento muestra una conexión con elementos del crimen organizado o a sectores como el turismo y los casinos vinculados a sus actividades.57

De haber existido alguna conexión criminal o de espionaje para el Eje se habría detectado en la antes citada investigación pormenorizada que el FBI hizo sobre Barletta y sus finanzas entre julio de 1941 y febrero de 1942. La pesquisa se desarrolló en Cuba, pero también en New York y Buenos Aires a donde Barletta viajó a residir después de renunciar a su puesto de Cónsul Honorario de Italia en La Habana. La indagación concluyó cuando el agente especial encargado del caso llegó a la conclusión de que el empresario italiano no estaba involucrado en actividades antiamericanas (un-American activities),58 concepto que en Estados Unidos ha sido lo suficientemente elástico como para incluir desde la actividad de un potencial espía hasta la del crimen organizado.

El autor conserva una extensa colección de fotocopias de toda la documentación relevante encontrada en los archivos, grabaciones de entrevistas realizadas a lo largo de la investigación y los mensajes cruzados con algunos especialistas extranjeros y cubanos en los temas abordados. También se realizó una investigación complementaria sobre el origen y trayectoria del Banco Atlántico accediendo a toda la documentación disponible en el Archivo Nacional de Cuba.

¿Qué motivaciones puede haber detrás de la campaña iniciada en 1989?

El análisis de esta campaña contra Amadeo Barletta le impone al investigador la necesidad de valerse de las mismas reglas metodológicas que emplea la historiografía al juzgar las fuentes, para poder determinar el valor de los artículos que promueven la obra de Cirules, y que han sido publicados en diversos sitios de Internet.

¿Quien afirma estas cosas? ¿Cuál es su trayectoria intelectual y/o política? ¿Qué motivaciones pueden existir para que alguien o algunos promuevan esa perspectiva en este momento? ¿Se trata de un esfuerzo concertado cuando se repiten los mismos argumentos sin someterlos a análisis, con la finalidad de imponerlos como parte del «sentido común»? ¿Puede esa fuente estar en condiciones de acceder a esa información y saber realmente lo que dice? ¿Qué acceso real a esas informaciones pudo tener la fuente? ¿Muestra un lenguaje retórico y parcializado en sus afirmaciones?

Esas preguntas generales conducen a otras específicas sobre este caso. ¿Por qué se produce este nuevo esfuerzo difamatorio después de casi dos décadas del exabrupto de Granma en 1971 en respuesta a las denuncias de Barletta Jr. en la SIP? ¿Se trata de la simple obra de una persona que por ausencia de rigor profesional lanza esas acusaciones? ¿Estamos ante un nuevo capítulo de las campañas organizadas con anterioridad contra esta persona? De tratarse de esto último, ¿qué la motiva y qué objetivos se persiguen en esta ocasión? Adelantaremos el criterio de que, más allá del papel, consciente o no, jugado personalmente por Cirules, la acogida positiva a su obra y el apoyo que instituciones estatales prestaron a su diseminación persiguieron un objetivo estratégico que rebasa la finalidad de denigrar nuevamente la figura de Barletta.

Hay razones para suponer que la intención de difundir los escritos de Cirules sobre este tema era promover su tesis de que el escándalo de narcotráfico destapado en 1989 —que concluyó con el fusilamiento del General Arnaldo Ochoa y otros altos mandos militares— fue un incidente aislado y excepcional en el proceso revolucionario, mientras que toda la prosperidad de la clase empresarial cubana en el capitalismo provino de la alianza entre la mafia, los servicios de inteligencia de EEUU y los políticos cubanos de aquella época.

En términos de propaganda, los artículos y obras de Cirules, a partir de 1989, sirvieron objetivamente a la necesidad del Estado cubano de justificar las revelaciones que estremecieron ese año a la opinión pública cubana e internacional sobre las relaciones del gobierno de Fidel Castro con el narcotráfico.59

Es particularmente curioso que entre el 4 y el 25 de octubre de 1991, de manera coincidente con la celebración del IV Congreso del PCC, la revista Bohemia publicase de manera destacada una serie de cuatro artículos de Cirules sobre el narcotráfico y la mafia en la época republicana. 60

Aquel fue el primer congreso que celebraban los comunistas cubanos después del escándalo por narcotráfico a mediados de 1989 y de la extensa purga de oficiales que se llevó a cabo en el Ministerio del Interior (MININT) a raíz de aquellos sucesos. En los artículos publicados en Bohemia, Cirules ya hace referencia al libro que tenía «en preparación» (El Imperio de La Habana) sobre el siempre best seller tema de la mafia.61

Cirules ha tenido una trayectoria profesional cercana a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) de Cuba. Cuando esa institución alentó a las instituciones del Estado a aplicar una política anticultural que luego ha venido a ser conocida como el «quinquenio gris» (1970-1975) Cirules fue designado director de una de las principales revistas del momento —Revolución y Cultura— que dirigió precisamente en ese nefasto periodo (1971-1975).62

Cuando colaboraba con el periódico de las FAR (Bastión) el escritor visitó Colombia en 198863 supuestamente en gira privada y regresó nuevamente en el verano de 1989 coincidiendo con el estallido en Cuba del escándalo por narcotráfico que ya se venía investigando desde el año anterior.

En ese segundo viaje, Cirules permaneció durante tres meses en Colombia, esta vez acompañado por su esposa.64 A su regreso, Bastión le publicó una serie de artículos dominicales sobre el narcotráfico, orientados a demostrar de forma implícita que el flagelo del narcotráfico era mundial y el escándalo recién ocurrido en Cuba no constituía parte de un fenómeno estructural endémico del sistema cubano, como sí sucedía en otras latitudes. 65

En 1991, como se ha mencionado anteriormente, el escritor cubano publicó cuatro artículos semanales sobre el tema en la revista Bohemia que fueron el preludio de sus libros posteriores (El Imperio de La Habana, en 1993, y La Vida Secreta de Meyer Lansky en La Habana, en 2004). En esas obras incorpora la figura del empresario Amadeo Barletta a sus narrativas sobre la presencia de la mafia en Cuba. La agresión a la dignidad de Amadeo Barletta fue en esta ocasión un daño colateral, no el objetivo central de los artículos. Nothing personal, diría el personaje central de Mario Puzo en El Padrino. El escritor cubano al parecer decidió en 1989 que podría disponer libremente del honor del empresario, fallecido en 1975, para construir libremente su fantasiosa trama sobre una República totalmente sometida por la mafia italoamericana de la que el General Fulgencio Batista era una suerte de ilustre empleado. En su narrativa Amadeo Barletta es presentado como el supuesto líder de una de las (inexistentes) cuatro familias mafiosas que a su juicio controlaban los destinos del país.

El autor de este artículo, sin embargo, no pudo encontrar una sola evidencia que en modo alguno inculpase a Amadeo Barletta y corroborase las pretendidas acusaciones en su contra después de realizar más de una decena de entrevistas, visitar numerosos archivos (además de desarrollar una intensa pesquisa de la documentación depositada en el propio Archivo Nacional de Cuba), revisar decenas de libros y analizar cientos de documentos originales en archivos oficiales y privados de Estados Unidos y República Dominicana.

En resumen: sometidas a escrutinio, las espectaculares afirmaciones de Enrique Cirules y de T. J. English sobre Amadeo Barletta demostraron carecer de toda base real.

IV. Debilidades metodológicas de Enrique Cirules

En los acápites anteriores se pasó revista a la falta de sustentación de las acusaciones lanzadas contra Amadeo Barletta en diferentes momentos. A continuación centraremos la atención en demostrar un conjunto de debilidades metodológicas que acompañan los trabajos de Enrique Cirules sobre el tema.

Examinemos las dos obras de Cirules referidas a las actividades de la mafia en Cuba, El imperio de La Habana y La vida secreta de Meyer Lansky en La Habana: la Mafia en Cuba. Ellas presentan un conjunto de dificultades entre las que se destacan las siguientes:

1. Deficiente manejo de las fuentes primarias como ocurre, particularmente, con su testigo estrella, el fallecido Jaime Casielles y el proponer interpretaciones arbitrariamente unívocas de hechos ambiguos.

En ningún momento Cirules tiene la deferencia de hacer un análisis de «crítica interna» sobre los testimonios ofrecidos —según él— por Jaime Casielles. El lector tiene derecho a esperar de Cirules que se formule preguntas respecto a su entrevistado, tales como: ¿Cuánto tiempo ha trascurrido desde el momento en que ocurrieron los hechos y qué capacidad de distorsión involuntaria pudiera tener Casielles al relatarlos? ¿Estaba Casielles realmente en posición de saber o de ser testigo directo de todos y cada uno de los hechos que narra siendo un simple valet según su propia descripción? ¿Se sintió presionado / obligado / estimulado a dar cierta versión tendenciosa de los hechos y los personajes a Cirules porque sabía que eso es lo que se esperaba de él?

Cirules no somete a sus testigos a las preguntas clásicas del investigador: ¿Quién? ¿Qué? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué?

El historiador debe preguntarse acerca de su fuente un conjunto de preguntas: ¿Quién recogió la información? ¿Tuvo acceso de primera mano a los hechos? ¿Qué dijo de las cuestiones bajo investigación? ¿A qué distancia de los hechos se encontraba? ¿Qué dice el testimoniante acerca de los hechos y actores que se investigan? ¿Cuándo se registraron los testimonios sobre esos hechos? ¿Inmediatamente después o años más tarde? ¿Por qué la fuente está dispuesta a ofrecer su testimonio? ¿Tiene motivaciones que lo conduzcan a ser tendencioso en sus apreciaciones?

El modo en que fue procesado por Cirules el testimonio de Jaime Casielles —quien trabajó por varios meses en 1958 de valet de Meyer Lansky en Cuba—, es de especial interés a la hora de valorar sus tesis y, en particular, sus afirmaciones sobre Amadeo Barletta.

Basta con apuntar desde el inicio que resulta poco creíble que una persona tan extraordinariamente reservada como Meyer Lansky, le ofreciera acceso a información sensible de sus negocios a alguien a quien, como Jaime Casielles, había conocido un mes antes por medio de un tercero y apenas fungía como simple valet para su estancia en Cuba.

En el caso de las menciones que Casielles hace de Barletta no hay una sola que permita deducir una conexión de Amadeo Barletta con Lansky o con su entorno. No hay un solo testimonio de Casielles en los libros de Cirules donde el ex valet de Lansky diga que vio a Barletta abrazar al gangster, o que condujo a su empleador a reuniones con el empresario italiano, o que hubiese escuchado una conversación sobre sus negocios conjuntos. De hecho pueden interpretarse de manera inversa las únicas dos anécdotas que Casielles dijo recordar en relación con Barletta y que son citadas por Cirules.

Una de ellas fue el gesto de desaprobación de Lansky que Casielles «creyó» captar, cuando se le dijo que habían alquilado un apartamento en el edificio de la Ambar Motors, propiedad de Barletta, para poner una escuela de croupiers como parte del proceso inversionista en una actividad tan legal como lo era el juego en aquel momento.66 La escuela, en efecto, estuvo en ese lugar —además de otra ubicada en el Edificio Odontológico durante pocos meses y funcionó sin incidentes. La aprobación de los inquilinos y el cobro de los locales alquilados no corrían a cargo de Amadeo Barletta, sino del sub administrador del edificio, Luis Allen.67 En el edificio de Ambar Motors radicaban oficinas de la embajada de Canadá y de varias firmas de abogados de alta reputación. La seguridad del lugar no hubiera aconsejado alquilarles locales a elementos del hampa dedicados a ejercer allí actividades de naturaleza ilegal.68

La otra anécdota que Casielles le refiriera a Cirules tuvo lugar durante la inauguración del Hotel Habana Riviera, cuando recuerda haber visto llegar al magnate azucarero Julio Lobo junto a Amadeo Barletta, y Lobo se separó de Barletta para saludar brevemente a Lansky en el lobby. 69 El breve saludo entre Lobo y Meyer no tiene tampoco ningún significado obligadamente siniestro, pero el hecho es que lo único concreto que testifica Casielles es que Amadeo Barletta nunca llegó a acercarse ni a saludar a Lansky.

El modo en que Cirules trata de interpretar y magnificar su versión de lo ocurrido en ambos casos es poco profesional para un historiador. Su enfoque se acerca más a las teorías conspirativas,

El otro paredón. Asesinatos de la reputación en Cuba
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