Epílogo

Tanalasta enjuagó el sabor acre de su boca, y después se lavó la cara con el agua fría del arroyo. Ya no tenía fiebre (Owden se había encargado de que todos los miembros de la compañía recuperaran la salud), pero era la tercera vez aquella mañana que cualquier olor un poco desagradable le provocaba ganas de vomitar. En aquella ocasión había sido la campanilla de montaña, antes un campo alfombrado de énula campana. Empezaba a preguntarse si su viaje a las Tierras de Piedra no le había provocado una fuerte alergia a las flores.

—¿Os encontráis mejor, querida? —preguntó Alaphondar a su espalda.

—No es nada —respondió Tanalasta—, sólo estás flores de montaña. —Volvió a enjuagarse la boca, se incorporó y se acercó al sabio—. ¡Su perfume es tan empalagoso!

—Extraña aversión para una hija fiel de Chauntea. —El anciano sabio estaba sentado a horcajadas sobre el caballo, mientras observaba pensativo a Tanalasta—. Muy extraña, sí señor.

—Estoy segura de que se me pasará si rezo —respondió Tanalasta, inflexible, porque no era la primera vez que el sabio la observaba de esa forma desde que partieron del pantano. Señaló el vendaje que tenía el sabio alrededor de las costillas—: ¿Y usted?

—Lo bastante bien como para caminar, lo cual cada vez se hace más necesario. —Señaló con la cabeza una pradera que había al final del valle, donde Alusair y el resto de la compañía permanecían tendidos sobre el campo de campanillas de montaña que había movido a Tanalasta al vómito—. Ayudadme a bajar, si sois tan amable.

La princesa le ofreció el hombro y el sabio se deslizó de la silla y la condujo de nuevo hacia las campanillas. A Tanalasta volvió a revolvérsele el estómago, pero como ya lo había echado todo, no creyó necesario volver a retirarse.

—… Seguro que son los cascos de Cadimus —dijo Alusair, sin prestar atención a su hermana—. Pero no sé por qué razón Rowen cabalgó hacia el norte, cuando estaba tan cerca de la montaña del Trasgo.

Después de escuchar la descripción que hizo Alaphondar sobre la huida de Cadimus del pantano durante la batalla, habían supuesto que Rowen había cogido el caballo para partir al galope y llevar el mensaje al rey.

—Quizá no tuvo elección —dijo Owden. Se incorporó en mitad del grupo, con un manojo de flores que tenían manchas marrones—. Esto es sangre.

—¡No! —Tanalasta se abrió paso hasta llegar a su altura—. Déjeme verlo.

Owden le tendió las flores, y después cogió sus manos.

—No hay mucha, por lo que no sabemos lo que significa.

—Yo sí —replicó Tanalasta. Pese a la magia que habían empleado en la torre, no vieron ni rastro de ninguna ghazneth, y todos los integrantes de la compañía se habían preguntado adónde podían haber ido los fantasmas—. Tenemos que ir tras él.

—No hables en plural —dijo Alusair—. Tú volverás a la montaña del Trasgo con los demás.

—No —dijo Tanalasta—. Rowen es mi esposo, y…

—Mi explorador —interrumpió Alusair, mirándola fijamente—. No discutas. Si fueras cualquier otra persona, tendrías que regresar a Arabel cargada de cadenas, después de la jugarreta que me hiciste… y ten en cuenta que siempre estoy a tiempo de cambiar de opinión.

—Si fuera cualquier otra persona, no hubiera tenido que engañarte como lo hice —replicó Tanalasta, que también la miró a los ojos sin perder la compostura. Aunque la princesa de la corona ardía en deseos de reprender con dureza a su hermana, hizo un esfuerzo para mantener un tono de voz sosegado—. Alusair, me disculpo por haberte engañado, pero ha llegado el momento de que tanto tú, como el rey, como Vangerdahast, me concedáis el mismo privilegio que siempre has exigido para ti.

—¿Y de qué privilegio se trata, si puede saberse? —preguntó su hermana con el entrecejo fruncido.

—Del privilegio de llevar su propia vida, por supuesto —señaló Alaphondar. El anciano sabio cogió a ambas hermanas de la mano y las apartó del corro que formaban los soldados y exploradores, y, por suerte, de las flores que tanto molestaban a Tanalasta—. Queridas mías, Cormyr se enfrenta a una crisis. Si queremos que el reino sobreviva, necesitará a sus dos princesas.

—Podrá contar conmigo —dijo Alusair.

—Estupendo, pero no podréis hacerlo sola —dijo Alaphondar—. Si el reino debe sobrevivir, es necesario que Tanalasta y vos trabajéis juntas… algo que no podréis conseguir si no confiáis la una en la otra.

—No soy yo quien ha mentido —repuso Alusair, mirando a su hermana con frialdad.

—Pero sí sois responsable de esa mentira —replicó Alaphondar con dureza—. Si no concedéis a vuestra hermana el respeto que merece y confiáis en ella para hacer lo que crea necesario, ¿qué otro remedio tiene que rebelarse o manipularos?

—O dejarme en paz —añadió Tanalasta. Ya de joven, Alusair se había cansado de las obligaciones inherentes a su condición de miembro de la realeza, de manera que prácticamente había abandonado el reino—. Y éste no es momento para eso.

—Estupendo. Puedes acompañarme, pero el resto de mi compañía… —dijo Alusair después de mirarla sorprendida y morderse el labio.

—Aún no he terminado —interrumpió Alaphondar. Levantó la mano para hacer callar a Alusair, y se volvió a Tanalasta—. Respecto a vos…

—Lo sé. Mi valor para el reino no estriba en mi habilidad con la espada.

—Muy astuta —alabó el sabio enarcando una ceja—, pero lo que quería decir es que como fiel a Chauntea creo que no os conviene vagabundear por las Tierras de Piedra con vuestra hermana.

—¿Y qué tiene que ver Chauntea con esto? —preguntó Tanalasta, confundida.

—Las náuseas, querida. Esta mañana las flores, ayer mi caballo y anteayer el olor que desprendían los pinos.

—He tenido náuseas, sí —admitió Tanalasta—. Por supuesto que sí. Si llevara usted un tiempo combatiendo las fiebres intermitentes y la gripe, también se sentiría mal de vez en cuando.

Alaphondar no añadió una sola palabra, y Alusair se limitó a mirar a su hermana con el entrecejo fruncido.

—¿Qué pasa? —preguntó Tanalasta—. ¿Por qué me miráis así?

La respuesta la encontró en cuanto acabó de formular la pregunta. Era la única persona de la compañía de Alusair que seguía quejándose de su salud, y la verdad es que ya no tenía fiebre ni ningún otro mal, ni siquiera estaba cansada. Sencillamente, su estómago se había vuelto impredecible, estaba mareada cada dos por tres y, de vez en cuando, vomitaba… sobre todo por la mañana.

—¡Por el arado! —exclamó.

—Sí, supongo que ésa es una forma de describir lo que pasó —dijo Alaphondar—. No creo que debáis viajar por las Tierras de Piedra en semejante estado.

Tanalasta apenas escuchó sus palabras, porque tenía la cabeza en otra parte y calibraba las consecuencias de su «condición». No podía haber elegido un momento peor. Vangerdahast había desaparecido, y los azotes estaban a punto de emprenderla con el reino, por lo que era vital para Cormyr mostrar un frente unido en los meses venideros. Las noticias de su embarazo no harían sino empeorar la situación. Si confesaba el nombre del padre, los nobles leales se sentirían insultados y podían mostrarse reticentes cuando llegara el momento de apoyar a la corona. Si no confesaba el nombre del padre, la gente dudaría de la legitimidad de la criatura, y cuestionaría su posición como heredero de la corona. Hiciera lo que hiciese, el rey se vería obligado a nombrar heredera a Alusair, precisamente cuando el reino más necesitaba de su destreza en combate para enfrentarse a las ghazneth y dar confianza al pueblo.

Tanalasta se sorprendió al descubrir que nada de todo aquello le importaba lo más mínimo. Se sentía bendecida, feliz e inundada por una calidez especial, y en el fondo de su corazón sabía que había hecho lo más adecuado para sí misma, para el reino y para su pueblo. Había adquirido la fuerza necesaria para que Cormyr afrontara la crisis, no pese al hijo que crecía en su interior, ni siquiera por él… sino a través de él. Aquél era el verdadero significado de su visión.

—¿Por qué sonríes de ese modo? —preguntó Alusair. Puso una mano en el hombro de su hermana, y añadió—: Cuando el rey se entere de esto, desearás estar en las Tierras de Piedra, perseguida por una horda de ghazneth.

—No lo creo —rió Tanalasta, volviéndose hacia su hermana—: Aquí, tú la guerrera de la familia. Por favor, ve a buscar a mi marido y no te olvides de decirle que va a ser padre.