16

En las profundidades de una tronera situada en el tercer piso brillaban un par de penetrantes ojos inyectados en sangre, enmarcados en un rostro cubierto por una oscuridad negra como boca de lobo y un halo de pelo enmarañado. El rostro ceñía la amplia banda de una corona deslustrada, corona que parecía a punto de deslizarse sobre sus ojos. Aquello fue lo único que pudo distinguir Azoun de la criatura, desde el lugar donde se ocultaba en la carretera. Esperó a que desaparecieran los ojos rojos, y después se apartó de la cortina junto a la que había espiado los movimientos de la criatura.

—Es la ghazneth, sin duda. —Hizo un gesto de incredulidad, y después se volvió hacia Merelda Marliir—. Cuenta usted con toda mi gratitud por tener tan buen ojo, lady Marliir… Y por permitirnos utilizar su morada para espiarla.

Merelda, enjoyada y enfundada en un vestido de noche pese a ser mediodía, se inclinó profundamente ante el rey.

—No se merecen, sire. Después de oír la descripción que hizo Dauneth de esa malvada criatura, apenas pude creer que pudiera verla posarse sobre la Torre Blanca.

—¿Y estás segura de que llevaba a la reina, madre? —preguntó Dauneth. Al igual que Azoun y los restantes miembros de la compañía reunidos en el espacioso vestidor de lady Marliir, el guardián llevaba puesta la armadura de combate.

—Reconocería a la reina en cualquier parte… aunque no estuviera tan radiante como de costumbre —respondió Merelda, mirando contrariada a su hijo, antes de volverse al rey y observarlo con una expresión de preocupación dibujada en el rostro—. De todos los lugares de Arabel, no se me ocurre por qué razón esa estúpida criatura ha decidido elegir éste. Según he oído, es la armería de los magos guerreros.

—Lo cierto es que parece increíble que esa ghazneth haya cometido la estupidez de mostrarse abiertamente en cualquier lugar de la ciudadela —dijo Azoun, esquivando la pregunta que había insinuado Merelda. Dada su amabilidad a la hora de permitir la entrada de una compañía entera de Dragones en su propio vestidor, el rey no tenía ninguna intención de insultar a la dama mintiéndola, pero tampoco quería confirmar la localización secreta de la armería, uno de los rumores más extendidos del reino—. Pero sería una equivocación considerar estúpido a nuestro enemigo. Después de todo, ha conseguido burlarnos durante diez días.

Azoun llamó la atención de Dauneth con la mirada, y luego se dirigió a la puerta.

—Lamento pedirte esto, madre, pero estoy seguro de que lo entenderás —dijo el guardián a su madre, comprendiendo las intenciones del rey.

—¿De qué se trata? —preguntó lady Marliir, adoptando una expresión cauta.

—En realidad no tiene ninguna importancia. Llevamos todo el día discutiendo la estrategia que vamos a adoptar, y nuestras gargantas están completamente secas. Me preguntaba si serías tan amable de traernos algo de beber. —Sin esperar la respuesta, el guardián cogió a su madre del brazo y la acompañó hacia la puerta—. Enviaría a los sirvientes, por supuesto, pero vamos a hacer planes y no puedo permitir que nadie que no sea de la mayor confianza se acerque a la habitación.

—Debí haberme dado cuenta. —Lady Marliir miró radiante a su hijo por el halago que acababa de hacerle—. Vaciaré esta ala del castillo.

—Sí, le agradeceremos mucho su prudencia —intervino Azoun. Apenas pudo contenerse hasta que la mujer hubo abandonado la estancia, antes de volverse a Merula el Portentoso—: ¿A cuántos podría llevar a la armería?

—¿De golpe? —Merula miró a su alrededor, estudiando las armaduras pesadas con que iban ataviados sus compañeros, cerró los ojos y realizó una serie de operaciones mentales—. No más de cuatro sin contarme a mí, pero podría llamar a…

—¡No! —exclamó Azoun—. Eso exigiría recurrir a la magia o disponer de tiempo, y cualquiera de ambas cosas podría costar la vida de la reina.

El rey se volvió hacia los hombres que formaban a su espalda. Aunque no había pedido voluntarios, descubrió en los ojos de aquellos hombres la ferviente esperanza de que los eligiera para ir con Merula a la torre. Azoun puso su mano sobre el hombro de Dauneth, e hizo una seña a dos Dragones Púrpura de cuya destreza con la espada tenía sobrada constancia, por no mencionar que manejaban la ballesta a la perfección.

—¿Qué le parecen estos hombres? —preguntó Azoun a Merula.

—Tan buenos como cualquier otro —respondió el mago—. ¿Qué me decís del cuarto hombre?

—Está usted hablando con él, evidentemente.

—Pero, sire —protestó Merula, abriendo unos ojos como platos—, es muy arriesgado…

—Es mi reina —replicó Azoun—. Es más, es mi esposa.

—Sí, pero vos mismo habéis señalado la sagacidad de la ghazneth —dijo—. Podría tratarse de una trampa.

—Merula, no le estoy pidiendo su opinión.

—Y aunque no lo fuera —añadió el mago, sin dejarse intimidar por el tono inflexible del rey—, con toda seguridad sufriremos el aturdimiento posterior a la teletransportación. Durante unos segundos estaremos prácticamente indefensos.

—¡Merula! —gritó el rey.

El mago guardó silencio, pero no parecía arrepentido de lo que había dicho. Mungan Kane, uno de los clérigos de Chauntea que habían acompañado a Owden, dio un paso al frente antes de dirigirse al rey:

—Sire, si me lo permitís, Merula tiene razón.

El mago lo miró con cierta desconfianza, mientras Azoun lo hacía con los ojos desmesuradamente abiertos.

—¿Acaso se han propuesto desafiarme todos?

—Jamás se me ocurriría tal cosa. —Mungan levantó las palmas de las manos para tranquilizar al rey—. Pero habéis obrado el Misterio con la reina Filfaeril, y lo correcto es que vayáis a rescatarla, pero el aturdimiento posterior a la teletransportación será sin duda un problema. Si la ghazneth no os mata de buenas a primeras, a vos o cualquier otro, podría huir.

—Tiene usted razón —admitió Azoun, después de considerarlo—. Mi agradecimiento. —Quitó la capa de hombros de Merula y se volvió hacia sus hombres—. Necesito un voluntario para hacer guardia en lo alto de la Torre Blanca. Quizá tenga que enfrentarse a solas con la ghazneth.

Todos levantaron la mano. Azoun inclinó la cabeza en señal de agradecimiento, y tendió la capa a un capitán de los Dragones al que conocía por ser perspicaz y ágil con la espada.

—¿Sabe usted cómo debe utilizar la capa?

—Así es, sire —asintió el capitán—. He servido en más de una ocasión con los magos guerreros. —Se puso la capa sobre los hombros e hizo una profunda reverencia—. La ghazneth no pasará llevándose a la reina. Si lo intenta, será un honor para mí morir para impedírselo.

Azoun asintió con gesto severo, y puso su mano en el hombro del capitán antes de volverse a Merula.

—Hay otro asunto importante, sire —dijo Mungan Kane, al dar de nuevo un paso al frente—. Yo debería acompañaros.

—¿Para asegurarse de que el templo real esté representado en la batalla? —preguntó Merula con ironía.

—Para asegurarme de que esa criatura maligna no le prive a usted de su inteligencia… como hizo con Vangerdahast —replicó Mungan.

—Yo no malgastaría mi magia… —repuso Merula con la mirada febril.

—Es mi magia —interrumpió Azoun—. A menos que los magos guerreros ya no sirvan a las órdenes del rey.

—Eso no sería posible, majestad. —Merula se inclinó ante Azoun, aunque mantuvo su mirada clavada en el clérigo—. Agradezco al rey el que me haya hecho comprender el error de mi afirmación.

—No se preocupe —dijo Azoun—. No podemos olvidar los valiosos servicios proporcionados por el maestre de agricultura Owden y sus colaboradores, cuando fue necesario recuperar la salud mental del mago supremo… y la mía. Quizá volvamos a requerir sus servicios para la reina.

—Por supuesto —admitió a regañadientes Merula—. Si el rey desea prescindir de uno de los Dragones Púrpura por un simple clérigo…

—Ése no es el caso. —Azoun se volvió a Mungan—. El combate depende de los primeros minutos, y son más necesarios las espadas que la cordura. Mucho me temo que tendremos que recurrir a nuestra cordura lo suficiente como para que el resto del contingente de tropas llegue sin necesidad de la teletransportación.

—Si no puedo estar con vos —dijo Mungan, acongojado—, quizá permitáis que la Madre os acompañe en mi lugar. —Rebuscó en su túnica y desenvainó cinco amuletos de madera tallados en forma de unicornio, que tendió a Azoun y a cada uno de los hombres que lo acompañaban—. Esto les protegerá hasta que pueda reunirme con ustedes.

Merula observó el amuleto con el gesto torcido, y lo rechazó.

—No me servirá de nada.

—Procurará la protección del rey —objetó Mungan, que se negó a recuperar el amuleto.

—Es para procurar a Chauntea el favor del rey. —Merula tiró el amuleto al suelo, antes de volverse hacia Azoun—. ¿Confío en que mi lealtad no dicte aún mi fe?

Al rey no se le escapó el énfasis que puso el mago en la palabra «aún». Miró a los hombres que lo acompañaban. Todos le observaban expectantes con el amuleto en la mano, esperando a ver qué hacía él. Azoun suspiró cansino. En gratitud a Owden, quizás empezaba a mostrarse más generoso de lo conveniente con la Iglesia de Chauntea.

—Que cada uno haga lo que le dicte su conciencia. —Devolvió el amuleto a Mungan—. Creo que podré mantenerme en mis cabales hasta que llegue usted.

—Quizá sea así… pero ¿de veras queréis arriesgar la vida de la reina, dependiendo de ello? —Mungan ató la cuerda del amuleto en la vaina de Azoun, y después retrocedió—. Lo llevaréis ahí por si lo necesitáis.

Los Dragones Púrpura inclinaron la cabeza ante la muestra de sabiduría del clérigo, e hicieron lo propio con sus amuletos, excepto Dauneth Marliir. El guardián fue el único que se lo puso alrededor del cuello.

Filfaeril yacía junto a la ghazneth, que apretaba su cuerpo desnudo contra la reina, envuelta por una de sus alas y cubierta con una tela asquerosa. La estancia empezaba a parecerse más a un dormitorio que a una armería, y la reina era incapaz de imaginar qué podía retener tanto a Azoun. Las capas sobre las que yacían el monstruo y la reina parecían un lecho de plumas cubierto de seda, y unos grabados lascivos aparecían paulatinamente en las paredes que formaban la prisión.

La reina reprimió un temblor. Había aprendido por el camino duro que las ilusiones de Boldovar siempre reflejaban sus deseos ocultos. Sin embargo, exhaló un suspiro, acarició la oreja puntiaguda de la criatura y después deslizó la yema de los dedos por las arrugas infestadas de piojos de su pecho. Le había llevado días y días de sutil manipulación engañar a su secuestrador para atraerlo al lugar donde los magos guerreros podrían sorprenderlo, y estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para distraer a la ghazneth hasta que llegara Azoun.

Boldovar abrió los labios y escupió un puñado de anillos, grises y feos a aquellas alturas, después de absorber toda su magia. Filfaeril hizo un esfuerzo por soltar una risita (no le costó mucho mostrarse un poco demente), cogió uno de los anillos de comandante que había apilados junto a ella y lo sostuvo ante la boca de la ghazneth.

—¿Otro?

Los ojos rojos de Boldovar observaron la tronera desde la que se dominaba la mansión de los Marliir, y Filfaeril pensó que aún estaba demasiado tenso para salirse con la suya.

—¿No lo quieres? —Deslizó el anillo entre sus pechos, y lo introdujo profundamente para que la turquesa titilara desde el escote como un solitario ojo azul—. En tal caso, lo guardaré.

La ghazneth clavó la mirada en sus pechos: más concretamente, en el anillo mágico. Lo contempló impávido durante largo rato, y Filfaeril se preguntó si no habría delatado sus intenciones. A lo largo de los últimos días se había mostrado más y más amistosa, recurriendo a toda su fuerza de voluntad, pero hasta entonces no había intentado engañarla.

Quizás había arriesgado mucho. La ghazneth podía ser muchas cosas, pero era astuta e inteligente. Lo había demostrado en muchas ocasiones a lo largo de aquellos últimos diez días, al trasladarla de un escondite a otro, además de tender emboscadas a los magos guerreros el doble de veces. Al principio, Filfaeril no pudo imaginar por qué su secuestrador permanecía en Arabel. Si lo único que quería era sentar a una reina de verdad en un trono imaginario, pudo establecerse en un lugar más seguro, en cualquiera de sus guaridas ocultas. Entonces empezó a darse cuenta de que el monstruo seguía un plan preconcebido. Si la ghazneth no era atacada antes de media jornada, sus ilusiones empezarían a desvanecerse. Después de pensarlo detenidamente, la reina se dio cuenta de que su captor se alimentaba de la magia con la que le atacaban. Empezó por decirle dónde podría encontrar objetos mágicos, tanto para asegurar su propia supervivencia como para prepararlo para el día en que pudiera arrastrarlo a la Torre Blanca.

Por fin había llegado ese día. ¿Dónde estaba el grupo de rescate? Una letanía de pensamientos absurdos desfilaron por la mente de Filfaeril a causa de su unión con Boldovar. Quizá su esposo había abandonado las tareas de búsqueda, persuadido de que, dada su incapacidad para huir, prefería estar con Boldovar. Después de todo, la ghazneth era mucho más poderosa que Azoun, y, después de haber sobrevivido durante más de un millar de años, podía ofrecerle cosas que no estaban al alcance de un simple rey humano. Pero no, eso era imposible; Azoun la amaba. ¿La amaba? Era el rey, y ella era la reina. El suyo había sido tanto un matrimonio político como romántico: Filfaeril no era sorda ni ciega. Había oído los rumores que hablaban del parecido increíble que tenían algunos jóvenes con su marido, y había tenido ocasión de comprobar personalmente que dichos rumores no eran infundados.

Filfaeril sacudió la cabeza, intentando librarse de la locura de Boldovar que emponzoñaba su mente. Por muchas barbaridades que hubiera podido hacer, Azoun no la abandonaría jamás, ni en un millar de años.

—¿Te pasa algo, querida? —sonrió la ghazneth, enseñando sus colmillos amarillentos—. ¿Te inquieta la noche de nuestra consumación?

Boldovar sacó una lengua roja con la que acarició los pechos de Filfaeril hasta recuperar el anillo y llevárselo a su asquerosa boca.

Azoun y sus compañeros salieron de la atemporal oscuridad para encontrarse no en la armería mágica de la Torre Blanca, sino en un vestidor húmedo, cuyas paredes lucían frescos de indescriptibles violaciones contranatura a mujeres. Lo primero que pensó el rey fue que Merula el Portentoso los había teletransportado al jardín secreto de algún noble lujurioso (probablemente de uno de los Illance o de los Bleth). Entonces vio a la ghazneth, que yacía tumbada en una cama con sábanas de seda, situada en el extremo opuesto de la estancia; hundía el rostro en el pecho de una figura cubierta de gasa, que cubría con una de sus alas. Al reparar en ello, aún se sintió más confuso. No podía ser Filfaeril. A la mujer no parecía desagradarle el contacto; además, la reina jamás hubiera permitido que sucediera nada parecido: ¡Nadie la abrazaría, excepto su marido!

—¡Moveos, señor! —gritó alguien.

Azoun sintió que un par de manos lo empujaban del hombro. Recordó su plan y se arrojó rodando al suelo, seguro de que todo volvería a cobrar sentido cuando se recuperara de los efectos secundarios de la teletransportación. Se incorporó con el escudo en una mano y su nueva espada, forjada en hierro, en la otra. Vangerdahast le había advertido que no debía emplear un arma mágica contra la ghazneth. Azoun se volvió hacia la cama cubierta de seda.

El fantasma parecía forcejear con su compañera. Ésta se había sentado sobre una de sus alas, agarrada al cuello de la criatura mientras gritaba para protegerla de los hombres que pretendían asesinarla. Lastrada por el histerismo de la mujer, la criatura no pudo levantarse y arrojarse contra el rey y sus hombres. Unos rayos dorados cruzaron la estancia en dirección al abdomen de la ghazneth, que desembarazó el ala tan deprisa como siempre, para impedir las caricias de la magia.

—¡No… magia no! —gritó la mujer, volviéndose hacia Merula y levantando la mano en señal de advertencia.

Entonces fue cuando Azoun la reconoció: estaba desnuda, salvo por una tela de gasa lo bastante indiscreta como para avergonzar a cualquier furcia de Arabel. Se sintió tan aturdido que estuvo a punto de soltar la espada. Esa mujer era su esposa.

Dauneth y los Dragones Púrpura emprendieron la carga a través de la estancia, mientras la ghazneth conseguía soltar a la reina de su cuello y arrojarla al suelo. Azoun cargó tras ellos, confuso, rabioso e incapaz de creer que Filfaeril lo hubiera traicionado por… ¿qué era? ¿Una especie de demonio?

Dauneth y los Dragones se arrojaron sobre la ghazneth, y sus espadas de hierro trazaron curvas en el aire. La primera hoja mordió el brazo de la criatura, venció su guardia y permitió que el guardián de las marcas la hiriera después en el abdomen. Un tercer ataque la alcanzó desde arriba, tenía la suficiente fuerza como para separar la cabeza de los hombros de un ogro.

Filfaeril permanecía agachada a un lado de la ghazneth, contemplando el combate con una expresión de terror en el rostro. Azoun se dirigió hacia ella con el corazón en un puño, consumido por los celos y presa de una rabia asesina.

—¡Furcia!

Filfaeril abrió los ojos desmesuradamente, y al echarse hacia atrás las garras negras de la ghazneth pasaron por encima de su cabeza para alcanzar el brazo de uno de los Dragones. El soldado perdió la espada, que pasó lejos del cuello del fantasma, yendo a caer sobre un armario de roble. Entonces la ghazneth le arrancó el brazo a la altura del hombro y golpeó el yelmo de otro Dragón con él. Ambos hombres cayeron al suelo: uno aullaba de dolor y el otro permanecía en silencio, inmóvil.

Azoun pasó junto a Dauneth, intentando evitar la refriega para alcanzar a Filfaeril, pero encontró a su paso una enorme ala negra. Se agachó para evitarla, y después oyó el rugido de la ghazneth cuando el arma del guardián se hundió de nuevo en su abdomen. Cuando el rey se puso detrás de la criatura, lanzó un tajo con la espada con intención de partir su espalda. Aunque el golpe hubiera quebrado el espinazo de cualquier hombre, la hoja de hierro no penetró más de un dedo en la dura piel de la ghazneth.

Azoun oyó una voz. Al bajar la mirada vio a Filfaeril en el suelo, con el rostro anegado en lágrimas y la sucia gasa de furcia enrollada alrededor de la cintura.

—¿Azoun? —susurró.

—¡Zorra traidora!

El rey libró el hierro de la espalda de la ghazneth y se dirigió hacia Filfaeril, momento en que una súbita oscuridad se cernió sobre él. No tuvo tiempo de agacharse o levantar la espada, para evitar que el ala lo alcanzara en pleno rostro y lo arrojara al otro lado de la estancia. Dio contra un armario abierto y después cayó al suelo, mientras el contenido del armario (compuesto de capas y brazaletes de combate) se desparramaba a su alrededor.

Dauneth se escabulló por el otro flanco de la criatura, dispuesto a acercarse a Filfaeril, pero sólo consiguió trastabillar pasando de largo cuando el fantasma golpeó inesperadamente su yelmo con el dorso del puño. El guardián se detuvo frente al tapiz roído que colgaba de la pared. Pese al golpe, el hecho de que gruñera y sacudiera la cabeza daba fe de que seguía con vida.

Ahora que no había nadie que entretuviera a la ghazneth, Merula se destacó para lanzarle un rayo acompañado por un trueno ensordecedor. El ala trazó un arco en el aire en busca de protección. El hechizo la alcanzó y formó una cascada de luz cegadora que finalmente se disipó a lo largo del apéndice de cuero, dando paso a un abanico de luz plateada. Sin embargo, la fuerza del impacto bastó para desequilibrar a la ghazneth.

Filfaeril se puso en pie y echó a correr hacia el mago con las manos extendidas.

—¡No… No utilice la magia! —gritó.

—¡Cuidado con ella, Merula! —gritó Azoun—. Nos ha traicionado.

La advertencia bastó para que Filfaeril se detuviera en seco. Se volvió hacia Azoun, cuando, de pronto, desapareció envuelta en una telaraña blancuzca.

—¡Eso mantendrá quieta a la furcia! —gritó el mago.

La ghazneth dio un salto y se impulsó por la estancia hasta situarse entre Filfaeril y sus atacantes. Merula dio una palmada con las manos y lanzó dos abanicos de fuego mágico contra el enemigo. El fantasma levantó el ala y se volvió de lado. Cuando las llamas alcanzaron la superficie del ala, simplemente chisporrotearon y se fundieron, y el apéndice de cuero empezó a emitir un intenso fulgor carmesí. La ghazneth se dirigió entonces hacia Merula, protegiéndose a sí misma y a la reina.

Azoun se puso en pie como pudo y rodeó a la carrera el flanco de la criatura, pero tropezó con Dauneth, al que cogió del brazo.

—No parece que esté en condiciones, guardián. Merula y yo nos ocuparemos de distraer a ese demonio. Usted encárguese de la furcia. —Azoun señaló con la mano la figura envuelta en telaraña que correspondía a su mujer.

—¿Furcia? Majestad, habéis perdido la… —Dauneth observó la cintura de Azoun, donde encontró el amuleto del unicornio colgado de la vaina de la espada—. ¡Ponéoslo!

—No es el momento… —repuso Azoun, haciendo un gesto de negación.

—¡Haced lo que os digo! —Sin esperar a que le diera permiso, Dauneth rodeó el cuello de Azoun con la tira de cuero del amuleto, del que tiró hacia abajo para que pasara por el yelmo—. Y ahora, ¡que Chauntea nos guarde!

—¿Quién se cree usted que…? —preguntó el rey, ceñudo.

—¡Decidlo!

Dauneth abrió unos ojos como platos al darse cuenta del tono con que se había dirigido a su rey, momento en que Merula llamó al soberano desde la otra punta de la estancia.

—¿Majestad? ¿Necesitáis ayuda?

Azoun miró hacia donde estaba el mago, pero sólo pudo ver la parte anterior del ala de la ghazneth. Se volvió para pedir ayuda de Dauneth, pero éste se limitó a cogerlo del cuello de la coraza.

—Por favor, sire.

—¡De acuerdo! —Azoun apartó la mano de Dauneth, y después se volvió hacia la ghazneth gritando—: ¡Que Chauntea nos proteja!

Instantáneamente, al levantar la espada para defenderse, la estancia cambió su aspecto y el dormitorio se convirtió en una armería. Los grabados que cubrían los armarios de roble desaparecieron, y entonces comprendió el plan de Filfaeril: cómo había empleado la única arma que tenía a su disposición para proporcionar al grupo de rescate todo el tiempo posible y poder recuperar el sentido de la orientación después de teletransportarse al interior de la estancia, y cómo debió dolerle que su propio marido la acusara de ser una furcia y una traidora.

—¡Dauneth, la reina! —Azoun se echó hacia atrás, agachándose para evitar el ala de la ghazneth, pero se encontró frente a frente con sus garras—. ¡Salve a la reina!

Al tener al rey tan cerca, la ghazneth se vio obligada a olvidarse de Merula. Azoun bloqueó los ataques del brazo herido de la ghazneth, y después del sano, momento en que se las ingenió para alcanzar con la hoja de hierro la clavícula de la criatura.

La ghazneth profirió un rugido y se arrojó sobre él, decidida a aplastarlo y burlar su guardia. Superada la confusión, el rey se arrojó a su vez contra las patas de la criatura y rodó por el suelo produciendo un fuerte estruendo metálico con la armadura. Dio contra un armario que cubría la pared, desparramando sobre él su contenido. Convencido de que su oponente lo alcanzaría antes de que pudiera incorporarse, apartó las cosas de encima de su pecho y levantó la espada a ciegas para defenderse.

El golpe no se produjo. En lugar de ello, un gorgoteo extraño surgió de la boca de la criatura, y el rey se puso de rodillas para encontrarla a unos pasos de distancia. Merula estaba encima del hombro del demonio, y se esforzaba por esgrimir la hoja de la daga de hierro para cortar la garganta de la ghazneth. Azoun apartó la espada, puso una rodilla en tierra y se tiró a fondo como pudo, pero no alcanzó el abdomen de la criatura por escasos centímetros.

La ghazneth trastabilló hacia atrás entre rugidos, intentando sacudirse a Merula de encima. Azoun vio por el rabillo del ojo que Dauneth corría hacia la reina con la capa de un mago guerrero sobre los hombros. Según el plan, debía ser el guardián, o cualquiera de los Dragones, el encargado de rajar la garganta de la criatura, mientras Merula se las ingeniaba para huir con ella, pero el rey se sintió más tranquilo al ver que Dauneth se acercaba a ella, la cogía de la telaraña y hundía la mano en el interior del bolsillo de huida de la capa.

En aquel momento escuchó un clamor metálico de armaduras procedente de los pisos inferiores de la torre. El rumor llamó la atención de la ghazneth, que volvió la mirada hacia la puerta de roble que conducía al interior de la armería. Estaba cerrada por dentro y un listón de madera aseguraba la puerta de un lado a otro, pero la criatura sabía tan bien como Azoun que la puerta tan sólo aguantaría hasta que alguno de los magos utilizara el conjuro adecuado. Tras proferir una maldición, el fantasma levantó la mano y golpeó a Merula en la frente. Se produjo un crujido seco, los ojos del mago dieron vueltas alrededor de sus órbitas y cayó hacia atrás.

La ghazneth se volvió hacia Dauneth. Azoun se disponía a cortarle el paso cuando el guardián encontró el bolsillo de huida y desapareció llevándose a Filfaeril.

Azoun se dirigió hacia la puerta atrancada, pero la ghazneth, impulsada por las alas, llegó antes que él.

—¡Ladrón de reinas! —masculló—. ¡Usurpador!

Azoun se puso en guardia y la rodeó de manera que no pudiera encarar la puerta cuando llegara Mungan. Aunque la ghazneth tenía una docena de heridas, de las que manaba una sangre oscura y rancia, la criatura diabólica apenas parecía afectada.

—¿Quién eres? —preguntó Azoun—. ¿Qué eres?

—Boldovar, rey de Cormyr.

Su respuesta parecía tan increíble como la propia criatura, pero no había tiempo para discutir. El clamor cesó al llegar al piso que había al otro lado de la puerta. Azoun se arrojó hacia ella.

—¡Ahora, Mungan!

La voz de Mungan resonó en el hueco de la escalera, y un instante después un rayo mágico y terrorífico reventó la puerta. La ghazneth se volvió para enfrentarse a la acometida del grupo de rescate, profirió un rugido y se hizo la oscuridad en la estancia.

Un tumulto de voces angustiadas se extendió por la armería. Azoun se puso en pie y apoyó la espalda contra la pared, mientras trazaba con la espada una serie de arcos defensivos. Sabía que no podría bloquear ninguno de los ataques de la ghazneth con una simple espada, pero quizá pudiera ganar el tiempo necesario para esquivarla o rodar por el suelo.

La cacofonía continuó haciéndose más y más alta durante un tiempo. Pareció durar una eternidad, aunque quizá no fuera más que unos segundos. Los cuerpos caían al suelo con alarmante regularidad, y al hacerlo reverberaba un golpe seco en las paredes de la estancia. En dos ocasiones Azoun se batió en retirada cuando tocó con la espada algo que no podía ver. Dio por sentado que llegaría el momento en que la ghazneth hundiría las garras en su armadura, pero el golpe no llegó. El rumor de la batalla cesó, después los hombres empezaron a arrastrarse por la habitación llamándose por sus nombres, y finalmente alguien dio con un anillo de comandante y al pronunciar la palabra adecuada la estancia volvió a iluminarse.

Estaba cubierta de muertos y heridos. A juzgar por sus heridas, la mayoría habían caído abatidos por una espada. Tan sólo Mungan y dos hombres que se encontraban tras él yacían con las gargantas abiertas en el dintel de la puerta, degollados, al parecer, por la ghazneth. No había ni rastro del fantasma, pero al sentir una fría corriente de aire, Azoun comprendió que no necesitaba levantar la mirada para saber que había huido por la trampilla del techo.