9

La pendiente se extendía ante ellos, cubierta por una oscuridad tan impenetrable como la tinta. Vangerdahast cabalgaba en silencio, vigilando el cielo oscuro que se abría a sus espaldas, y lamentándose para sus adentros del constante rumor de los cascos de los caballos. Esperaba ver en cualquier momento a la ghazneth surgir de la niebla que cubría el Estanque del Orco, aunque su mayor temor, en realidad, era no poder verla, que apareciera agitando sus alas de algún oscuro rincón del cielo y que los desarmara antes de poder lanzar un hechizo. Sus dedos seguían trazando signos de protección. Sólo el saber que la magia atraía al fantasma como si encendieran un fuego en mitad de la noche le impedía vocalizar las palabras arcanas que darían pie a que se activaran sus encantamientos.

Finalmente, coronaron la cresta de una colina y empezaron a atravesar un claro desnudo iluminado por la luna, sin una sola piedra detrás de la que poder ocultarse. Ni siquiera podían escudarse en la polvareda, puesto que las colinas hacían del viento algo demasiado errático y disperso como para cargar con toda aquella arena. Los tres espolearon sus monturas y cruzaron el claro al trote.

Finalmente, Vangerdahast empezó a tranquilizarse cuando alcanzaron el otro lado del altozano y descendieron al abrigo de las sombras del barranco adyacente, aunque Rowen no parecía muy tranquilo. El explorador siguió espoleando su montura, conduciéndolos hacia la cima de una colina arenosa casi al galope durante varios minutos, para desmontar después y recorrer a pie el cuello de un lecho de roca. Volvieron a montar cuando alcanzaron la cumbre, cabalgaron al trote hacia otra cima, y repitieron la misma operación tres veces más antes de que Rowen, finalmente, descendiera hasta el fondo de un barranco donde soplaba el viento, con intención de hacer un alto en el camino.

El explorador observó el cielo una vez más, y después hizo señas a Vangerdahast y Tanalasta para que se unieran a él.

—Seguiremos barranco arriba hasta que nos conduzca a las llanuras de Gnoll —dijo Rowen—, después nos dirigiremos al sur hacia los Picos de las Tormentas. Allí nos espera una gran polvareda, pero amainará un poco cuando amanezca. Buscamos un par de montañas que Alusair denomina los Ojos de la Mula.

—Seguro que las reconoceremos cuando las veamos —dijo Vangerdahast. No preguntó por qué Rowen les informaba de la ruta que iban a seguir. Con la ghazneth siguiéndoles la pista, si se separaban lo mejor sería que cada uno supiera adónde dirigirse—. ¿Allí nos reuniremos con Alusair?

Rowen rebulló en la silla sin apartar la mirada del sendero que seguían.

—De hecho, no. Allí estaba hace tres días, cuando recibió el mensaje de Tanalasta.

—¿Y dónde está ahora? —preguntó Vangerdahast, convencido de que no iba a gustarle la respuesta.

—Habrá que verlo —se encogió de hombros Rowen, antes de volverse a Tanalasta—. Podéis seguir el sendero, ¿verdad?

—Sí.

Rowen asintió como si no hubiera esperado menos, lo cual arrancó una sonrisa de sorpresa de labios de Tanalasta. Al no observar el efecto que sus palabras causaban en ella, siguió dirigiéndose a la princesa e ignorando por completo al mago supremo.

—Alusair parecía algo… reacia a abandonar su búsqueda —explicó el Cormaeril—. Nos dirigiremos al último campamento y le seguiremos la pista desde allí.

—Eso significa que aún no ha encontrado a Emperel. —Vangerdahast se inclinó cogido a la perilla de la silla, con la esperanza de sumarse a la conversación—. ¿Y qué ha estado haciendo allí arriba?

—Siguiéndolo, por supuesto —dijo Tanalasta—. ¿Va a dejarle hablar, Vangey?

Vangerdahast miró ceñudo a la princesa, que no pareció darse cuenta de ello. Quizás estaba demasiado pendiente del explorador.

—Siga usted, Rowen.

—Como ordenéis, alteza.

—Le recuerdo que le ha pedido que la llame Tanalasta —gruñó Vangerdahast. Aquel muchacho se estaba granjeando la atención de la princesa demasiado deprisa con aquella deferencia con que la trataba—. ¿Y por qué no iba a hacerlo? Después de todo, ya ha visto las joyas de la corona.

—¡Vangerdahast! —Tanalasta le dirigió una mirada fulminante, y después se volvió a Rowen—. ¿Debo recurrir a Rowen para que le recuerde quién manda aquí?

Rowen se volvió con la mirada febril y los ojos muy abiertos, iluminados por la luz de la luna. Miró el espacio que mediaba entre Tanalasta y Vangerdahast, y como quien no quiere la cosa apoyó la palma de la mano en el pomo de su acero. El mago estaba a punto de advertirle de su error, pero se contuvo y lo pensó dos veces. Cuanto más se mofara del muchacho, más se pondría Tanalasta de su parte.

Vangerdahast apartó la mirada, dispuesto a disculparse, lo cual no era precisamente plato de su gusto.

—Espero que la princesa me perdone. Sólo intentaba que el muchacho se sintiera más a gusto.

—Se llama Rowen —recordó Tanalasta.

—Por favor, si el mago supremo desea llamarme muchacho, no me ofenderé —dijo Rowen—. A decir verdad, han pasado tantos años ya desde que me llamaban así que lo encuentro divertido.

—Entonces no me importa que le haga reír, Rowen —dijo Tanalasta—. A partir de ahora, el mago supremo puede llamarnos muchacho y muchacha, y nosotros lo llamaremos a él «abuelo».

—Estoy convencido de que la corte real considerará vuestra decisión muy divertida —replicó Vangerdahast, antes de morderse la lengua. Por mucho que confiaran en Rowen, Vangerdahast no iba a permitir que Tanalasta se enamorara de un Cormaeril. Después del asunto abraxus, equivaldría a comprometerse con un sembiano—. Si ya hemos terminado de hacer reír al joven Cormaeril, quizá pueda contarnos todo lo que sepa de Emperel.

Rowen miró a Tanalasta, esperando su asentimiento antes de responder.

—En realidad no hay mucho que contar. Encontramos su rastro a unos kilómetros al este de Halfhap y lo seguimos por el Sendero del Rayo de Piedra en dirección a Emboscada de Shouk, después fue como si de pronto hubiera encontrado el rastro de otra persona y lo hubiera seguido al sur, hasta una tumba al pie de unas colinas.

—¿Una tumba? —preguntó Vangerdahast.

—¿Muy antigua? —preguntó Tanalasta al mismo tiempo—. ¿De qué tipo?

—Era muy antigua, alteza —respondió Rowen—. Respecto al tipo, veréis, no soy precisamente un experto en la materia. Estaba situada bajo las raíces de un roble nudoso y viejo, de negra corteza y tan lleno de raíces que es una maravilla que se sostenga. Había unos signos antiguos grabados en el tronco, pero nunca los había visto en ninguna parte.

—¿Signos? —preguntó Tanalasta, cada vez más emocionada—. ¿Eran élficos?

—No sabría decirlo —respondió el explorador, encogido de hombros—. Eran sinuosos y elegantes.

—Parece élfico.

—Al igual que la tumba —admitió Vangerdahast.

—Piensa usted en el Árbol del Cuerpo…

—¿Pero retorcido y negro?

Rowen movía la cabeza entre uno y el otro, pero, aun así, no parecía comprender de qué hablaban.

—Nudoso y negro —dijo Tanalasta—. Sí, es muy interesante.

—Ningún elfo hubiera plantado nada parecido, y si se está pudriendo…

—Recuerde a los elfos malvados.

—Cierto, pero los elfos oscuros cultivan setas, no árboles —dijo Vangerdahast—. Y viven bajo tierra.

—Hablo de elfos del bosque, no de los elfos oscuros. ¿Ha olvidado usted el Año del Trueno Lejano?

—Si me per… —intervino Rowen, dirigiéndose hacia Tanalasta.

—La familia Bleth, cómo no —dijo Vangerdahast, interrumpiendo al explorador—, pero entonces Mondar estaba equivocado.

—Quizá se lo dijeron antes de matar a toda su familia —dijo Tanalasta—. Fue una matanza… una matanza élfica.

—¡Discúlpenme! —exclamó Rowen, que levantó la voz lo suficiente como para hacerse oír—. Lamento decepcionarles, pero los elfos no tienen nada que ver con esa tumba.

Tanto Vangerdahast como Tanalasta fruncieron el ceño.

—¿Seguro? —preguntaron al unísono.

—Descubrimos unos anillos antiguos muy llamativos, y un peine de plata —explicó Rowen—, y un estilete, oculto en el mango de un abanico de bronce.

—Eso no es precisamente élfico —dijo la princesa.

—Ni los avambrazos de la siguiente tumba —afirmó Rowen.

—¿Había otra tumba? —exclamó Vangerdahast—. ¿Dos tumbas?

—De hecho —respondió Rowen, sacudiendo la cabeza— había tres… al menos tres vimos nosotros. Todas abiertas. Emperel siguió a quienquiera que fuera a cada una de ellas. Creemos que allí es donde se topó con la ghazneth.

Vangerdahast y Tanalasta guardaron silencio, intentando encontrar un sentido a lo que el explorador les explicaba. Las tumbas que describía Rowen no pertenecían a la Espada Durmiente. Vangerdahast visitaba esa caverna con cierta regularidad, para inspeccionar su estado y renovar el hechizo de estasis que mantenía a los jóvenes señores en animación suspendida, por lo que estaba convencido de que no había ni un solo árbol a tres kilómetros a la redonda.

—Las tumbas —dijo Tanalasta—. ¿Eran similares?

—Unas parecían más antiguas que otras —respondió Rowen—. O al menos los árboles estaban más crecidos, y tenían los mismos signos grabados en el tronco. Pero las cosas que había en cada una de ellas eran diferentes. En la última había un broche de un mago guerrero.

El explorador señaló con el dedo los broches de las capas que llevaban puestas sus acompañantes.

—¿No llevará por casualidad encima ese broche? —preguntó Vangerdahast.

—Lo siento. La princesa Alusair dijo que…

—Ya imagino lo que dijo —replicó Vangerdahast.

—¡Silencio! —ordenó Tanalasta en un susurro.

La princesa se adelantó a sus compañeros, y los obligó a detenerse. Vangerdahast dirigió su mirada al cielo, y su mano se cerró en torno al broche de la capa. Si la ghazneth los había encontrado sin haber recurrido a la magia…

Tanalasta extendió la mano para cogerlo del brazo.

—Orcos —susurró.

Vangerdahast estuvo a punto de lanzar un suspiro de alivio, pero entonces se dio cuenta de que era imposible despistar a los orcos sin recurrir a la magia y, a la vez, revelar a la ghazneth su posición. Observó el contorno de las colinas, mientras planeaba una secuencia devastadora de hechizos en los que el fuego desempeñaba un papel preponderante. Si Tanalasta podía ver a esos marranos, también ellos podían verla. Los ojos de los orcos eran tan sensibles que percibían el calor que desprendía el cuerpo de una criatura en la oscuridad.

—¿Dónde? —preguntó Vangerdahast, al no advertir signo alguno de su presencia.

—No lo sé —respondió Tanalasta—, los huelo.

—¿Qué? —susurró Vangerdahast—. Si estuvieran tan cerca como para que pudiéramos olerlos, a estas alturas ya estaríamos muertos.

—Sí si dependiéramos de nuestro olfato —susurró Rowen—, pero Tanalasta se ha bañado, y puede oler algo más aparte de su propio olor.

El explorador desmontó y cogió un puñado de tierra, que resbaló entre sus dedos. En cuanto hubo determinado que la brisa soplaba por el barranco, condujo a Vangerdahast y a Tanalasta hacia la parte de la garganta de donde soplaba el viento y les pidió con un gesto que desmontaran. Los tres pasaron la siguiente media hora tropezando a oscuras, sin ver ni rastro de los orcos. Vangerdahast estaba a punto de insistir en que volvieran a montar, cuando un ruido lejano hizo eco en el barranco que había tras ellos. Se detuvieron para escuchar hasta que los orcos pasaron de largo, y después volvieron a montar y reemprendieron su camino barranco arriba.

Permanecieron en silencio durante otra media hora, hasta que alcanzaron la punta del barranco y ascendieron a la extensión de las Llanuras de Gnoll iluminada por la luna. Pese a las advertencias de Rowen, la polvareda no era tan intensa como había supuesto (al menos comparada con las llanuras cercanas al Sendero del Rayo de Piedra), pero Vangerdahast apenas podía distinguir en la distancia el muro oscuro de los Picos de las Tormentas. Por mucho que lo intentó, no vio ningún pico que le recordara a las orejas de una mula.

Se mantuvieron cerca del borde de la llanura, dispuestos a agazaparse tras el barranco en caso de que aparecieran los orcos o la ghazneth. Pasado el barranco, donde podían refugiarse, las vacías llanuras hicieron que Vangerdahast se sintiera desvalido e inseguro, y sólo pensar en cruzar aquel trecho a plena luz del día le impidió sugerir que acamparan al amparo de cualquier barranco.

Si la falta de abrigo inquietaba a Tanalasta y Rowen, no lo demostraron. Ambos cabalgaron uno junto al otro el resto de la noche, a tan poca distancia que sus piernas se rozaban de vez en cuando. Pese al cansancio y su petulancia habitual, Vangerdahast no estaba de humor para entrometerse en aquellos momentos, aunque fuera por el bien del reino. El explorador respetaba a la princesa por sus conocimientos y talento, y ella parecía responder a ese respeto con una amabilidad que no era precisamente forzada. Excepto Alaphondar y los miembros de su propia familia, nadie había tratado así a Tanalasta en palacio. Si había encontrado respeto en las Tierras de Piedra con Rowen Cormaeril, bien podía el mago supremo dejar a un lado los intereses de Cormyr durante un par de horas. Pese a los problemas que le causaba, Vangerdahast amaba a la princesa como a una hija, y quería que fuera feliz como una reina.

Sin embargo, Vangerdahast jamás permitiría que se casaran. Permitir que un miembro de los Cormaeril subiera al trono constituiría un insulto para las familias que habían sido leales durante el asunto abraxus, y daría pie a malentendidos entre quienes habían intrigado contra la corona, pero el matrimonio no era el único camino que conducía a la satisfacción carnal. Si su amistad seguía por ese camino, quizá pudiera hablar con Tanalasta acerca de disponer de cierto asunto. En más de una ocasión había hecho lo propio por Azoun, y quizá fuera el medio de conseguir que olvidara todo ese sinsentido del templo real.

Al este, el horizonte empezaba a clarear ante la proximidad del amanecer. Vangerdahast oyó a la pareja murmurar en voz muy baja. Se encogió de hombros y bajó la cabeza hasta dar con la barbilla en el pecho; después espoleó un poco su montura para que se acercara lentamente a fin de oír su conversación. Sus hechizos de fisgón eran mucho más efectivos y convenientes, pero con la ghazneth tan cerca, no tenía más remedio que recurrir a los métodos más convencionales.

—¿… Le llevó a adorar a la Madre? —preguntaba Tanalasta—. Chauntea no es una divinidad muy popular entre los miembros de la nobleza.

—Hasta que Gaspar nos deshonró, nosotros, los Cormaeril, no éramos una familia muy aficionada al politiqueo, sino a la tierra —respondió Rowen—. Chauntea consideró conveniente bendecir nuestras granjas, y nosotros la veneramos para corresponderla.

—Comprendo —dijo Tanalasta—. ¿Y usted aún la adora, pese a haber perdido sus tierras?

—Así es. —Rowen apartó la mirada, pero enseguida añadió—: Después de que redima mi nombre sirviendo al mando de la princesa Alusair, tengo la esperanza de que el rey, algún día, me conceda una pequeña propiedad.

Tanalasta extendió la mano para coger al explorador de la mano.

—No pierda la fe, Rowen. Chauntea siempre recompensa a quienes la sirven bien.

—Sí, quienes sirven a la Madre siempre obtienen su recompensa.

Aquel breve intercambio bastó para que Vangerdahast sintiera un escalofrío en el cuerpo. Golpeó los flancos del caballo con el tacón y se interpuso entre ambos, obligando a la princesa a retirar su mano.

—¿Ocurre algo? —preguntó el mago, fingiendo un bostezo. Comprendió que Rowen sería más peligroso como amante que como esposo—. ¿Algo va mal?

—Nada que un poco de consideración no pueda curar —respondió Tanalasta, contrariada.

—¿Interrumpo? —preguntó entonces el mago, mientras pestañeaba como si estuviera adormilado. Sin embargo, por su tono de voz había dado a entender que prefería que no fuera así, y entonces paseó la mirada de la princesa a Rowen—. ¿Otra vez en danza con las joyas de la corona?

—¡Vangerdahast! —Tanalasta levantó la mano como si tuviera intención de abofetear al mago, después sacudió la cabeza, frustrada—. Aquí el único que se ha comportado de una forma lamentable es usted… ¡Y estoy segura de que no es necesario que se lo diga!

—¿Y bien? —insistió Vangerdahast, mirando con unos ojos como platos a Rowen.

—Sería un crimen si le respondiera como se merece, señor mago —respondió el explorador, cuyo rostro se ensombreció—, pero debe usted saber que está mancillando mi honor. Tan sólo albergo sentimientos puros hacia la princesa.

—Excelente. —Vangerdahast miró a Tanalasta lo suficiente como para torcer el gesto ante la furia que traslucía su mirada, y después se volvió de nuevo a Rowen—. Ya puede suponer lo inadecuado que sería que ella se… esto… se encariñara de usted.

—¿Que se encariñara? —preguntó Rowen, confuso—. ¿De mí?

—No le haga caso —dijo Tanalasta—. Vangerdahast es famoso por su mente retorcida.

—Comprendo —dijo Rowen, que de pronto se había envarado en la silla de montar—. En fin, no hay peligro de que suceda tal cosa. Los gansos no persiguen a los cisnes.

—No, así es —apostilló Vangerdahast—. Mantienen la distancia, porque de lo contrario la gente empezaría a tratar al cisne como si fuera una gallina.

—Yo no soy ninguna ave de corral. —Tanalasta levantó la barbilla y golpeó el cuello de su montura con las riendas, saliendo al galope—. Les agradecería a ambos que…

Su frase quedó interrumpida cuando su caballo profirió un agudo quejido.

Temiendo que el caballo de Tanalasta pudiera haberse partido una pata, Vangerdahast hundió los talones en los ijares de Cadimus y salió disparado tras la princesa. Al acercarse, la princesa volvió grupas y pasó al galope en dirección contraria, inclinándose en la silla para coger algo que había caído al suelo. De pronto surgieron una serie de gritos y burlas en la llanura, y el mago comprendió que el quejido del caballo se había debido a algo más serio que una pata rota.

Vangerdahast empujó a Cadimus hacia el ruido y vio un muro formado por siluetas de orcos que ascendía hasta el borde de la llanura. Los marranos no se encontraban a más de un centenar de pasos de distancia, y sus gruesos hocicos y orejas puntiagudas se recortaban contra el horizonte púrpura. Más cerca, una docena de formas jorobadas se incorporaban después de haber permanecido ocultos en una zanja próxima al lugar donde se encontraba Rowen. El explorador se esforzaba por librarse del caballo para no quedar aplastado bajo su peso: la pobre bestia tenía cuatro lanzas alojadas en la caja torácica, y cada vez que intentaba ponerse de rodillas, parte de su aliento surgía en forma de vaho por los orificios de sus heridas.

Tanalasta detuvo su montura junto al caballo postrado y se inclinó para tender la mano a Rowen. Cuando éste aceptó la mano de la princesa, otra lanza atravesó al caballo, que profirió un nuevo gemido. Otra lanza, o quizás una flecha, pasó tras la espalda de la princesa, y dos más fueron a clavarse en la grava que pisaban los cascos de su caballo. El explorador volvió la mirada hacia las zanjas donde se habían emboscado los orcos, y soltó la mano de Tanalasta porque la primera docena de orcos apenas distaban unos diez pasos.

—No hay tiempo, princesa. ¡Marchaos!

—¿Y dejarle a usted aquí? ¿Qué clase de dama sería si hiciera tal cosa? —Tanalasta desmontó de la silla y miró a Vangerdahast—. ¡Haga algo!

Pero no era necesario dar órdenes al mago, que ya estaba empuñando una de sus varitas preferidas. En cuanto Tanalasta saltó de la silla para librar a Rowen del peso del caballo, el mago pronunció la palabra mágica y blandió la varita hacia el orco más cercano. El salvaje gritó conmocionado y rodó por el suelo sin poder evitar partirse la crisma en el terreno empedrado. El mago repitió tres veces más el mismo gesto, antes de que la princesa empujara el caballo lo suficiente para que Rowen pudiera soltar el pie del estribo. El explorador se libró del caballo muerto y se incorporó, bloqueando a Vangerdahast el ángulo de visión.

—¡Por el Dragón Púrpura! —Vangerdahast se movió para conseguir un buen ángulo de visión, y después hizo volar a otro orco. Los demás se acercaban por un flanco, y no tardarían en alcanzar la distancia adecuada para arrojar sus lanzas—. ¡Tanalasta, quitad de en medio a ese idiota!

—Medid vuestro lenguaje, Vangerdahast. —Tanalasta volvió a montar en su caballo, y cerró el broche de su capa—. Olvide su caballo, Rowen, ha llegado el momento de la retirada.

Vangerdahast se detuvo al otro lado del caballo de Rowen y despejó la zona con tres pases de varita, guardándola a continuación en la manga de la túnica, mientras con la otra mano buscaba algo en la capa. El tiempo que tardó en encontrarlo le pareció una eternidad, quizá porque no cesaba de otear el cielo del amanecer en busca de las alas oscuras de la ghazneth.

Rowen hundió la espada en la cabeza del caballo y cogió la mano que le tendía la princesa, montando en la grupa del caballo, tras ella. Lanzó un tajo a algo que había al otro lado, y un orco profirió un grito agudo. Tanalasta acarició el brazalete y despachó a otros cuatro orcos con cuatro rayos dorados mágicos. Después volvió grupas y hundió la mano en el bolsillo de huida. Se produjo una detonación casi inaudible, y Vangerdahast observó en el reflejo de los ojos del caballo muerto a tres orcos aturdidos ante lo que habían visto.

El mago soltó las riendas e hizo un gesto con la mano libre para que dos de ellos explotaran tras ser alcanzados por rayos mágicos, y en ese preciso momento encontró con la mano que rebuscaba en la capa una pequeña barra de hierro. Señaló con ella al tercer orco tembloroso y murmuró un rápido hechizo.

—Nada se mueve.

El orco dejó caer los brazos a los costados, y Vangerdahast rebulló en la silla para enfrentarse al contingente más importante de la horda que estaba a tan sólo unos treinta pasos de distancia. Cogió un pequeño vial del bolsillo de su capa, lo destaponó rápidamente y después señaló con la mano un punto situado a unos quince pasos. El mago empezó a recitar un largo encantamiento mientras vertía del vial un polvillo blanco. El polvillo, a medida que caía, se convertía en humo, y una llama diminuta cobró vida en el lugar donde había señalado.

Cuando terminó, los orcos habían empezado a arrojar lanzas contra él. La distancia seguía siendo considerable para que las armas resultaran efectivas, pero Vangerdahast no podía arriesgarse. Rodeó el caballo muerto de Rowen y esperó a que los primeros marranos alcanzaran la línea de llamas diminutas que había formado en el suelo para pronunciar la palabra mágica.

Entonces cobró vida un muro de luz cegadora, de llamas que se elevaron unos siete metros en el aire y se extendieron a lo largo de trescientos pasos en ambas direcciones. El silencio relativo que habían disfrutado hasta el momento se truncó ante los gemidos y gritos de los orcos moribundos, y el hedor a carne quemada se hizo insoportable. Unos bultos parecidos a espantapájaros envueltos en llamas se separaron del muro y trastabillaron confusos de un lado a otro durante algunos minutos, antes de caer inmóviles al suelo, donde continuaban ardiendo hasta quedar reducidos a cenizas.

Vangerdahast no bajó la guardia hasta que se hubo asegurado de que ninguno de los enemigos que había franqueado el muro de fuego continuaba con vida, y luego se volvió hacia el orco al que había ordenado permanecer inmóvil. El marrano seguía de pie en el mismo lugar, mirándose la punta de los pies con los ojos muy abiertos e inyectados en sangre. El mago cabalgó hasta su altura, lo desarmó de una patada y volvió a levantar la mirada hacia el cielo. El sol ya se había destacado en el horizonte, y una luz intensa se extendía hacia el oeste a través del cielo. El viento (como les había dicho Rowen) había amainado, y no había polvareda alguna que impidiera la visibilidad.

Vangerdahast estudió el cielo hasta estar seguro de que la ghazneth no se encontraba en el lugar, después desmontó y frotó un pequeño retal de seda sobre la armadura pegajosa del prisionero. El orco le espetó algo en su lenguaje gutural, probablemente suplicándole que dejara de jugar con él y terminara de una vez por todas con su suplicio. El mago se limitó a sonreír y susurró con voz suave un hechizo. Hundió el pedazo de seda en la boca de la criatura y volvió a montar en su caballo para alejarse cierta distancia antes de gritar:

—¡Huye!

El orco trastabilló un solo paso y recuperó la libertad de movimiento. Después de mirar brevemente a Vangerdahast, se dio la vuelta y echó a correr sin detenerse a recuperar la lanza. El mago volvió grupas al sur, en dirección a los Picos de las Tormentas, y vio que sus compañeros agitaban el brazo en el aire para llamar su atención desde la cresta de una pequeña estribación a algo más de un kilómetro de distancia. Tras ellos, el terreno pelado y duro de las Llanuras de Gnoll daba paso a un laberinto tortuoso de agujas de color pardo y cañones retorcidos, que lentamente se elevaban hacia las desiertas lomas de dos picos tan delgados como altos, que sólo podían corresponder a las Orejas de Mula.

Vangerdahast cerró el broche de la capa y hundió su mano en el bolsillo de huida. Una puerta negra surgió ante su mirada acompañada de un susurro, y sin perder un segundo espoleó al caballo para atravesarla. No podría recurrir al bolsillo durante el resto del día, pero disponía de otros medios para abandonar rápidamente un lugar. Además, Tanalasta ya había utilizado el suyo, y no tenía ninguna intención de ir a ninguna parte si no era con ella… sobre todo teniendo en cuenta que ahora Rowen montaba el mismo caballo.

Un instante después, Vangerdahast estaba sentado junto a sus compañeros, esforzándose por aclimatarse a su nueva ubicación. La teletransportación, aunque fuera a tan corta distancia, siempre le dejaba a uno aturdido durante unos minutos. Tanalasta lo cogió por el hombro y soltó el broche de la capa.

—¿Se encuentra bien, Vangey? —preguntó sin soltarlo del hombro—. Es usted un auténtico grano en el culo, por muy supremo que sea, pero lo último que querría es perderlo a manos de un orco.

—Estoy muy bien. —Vangerdahast pestañeó para sobreponerse a la confusión. Se encontraban mucho más cerca del laberinto de lo que había supuesto, y la boca de un cañón enorme cubierto de fango se encontraba apenas a unos cien pasos de distancia—. Apresurémonos. He perdonado la vida a un orco para imbuirle un poco de magia, pero con esta luz la ghazneth no tardará en descubrir el engaño.

Cuando Vangerdahast hizo ademán de adelantarse, Rowen se inclinó en la silla para coger al caballo del bocado.

—Éste es el camino que conduce a las Orejas de Mula. —Señaló hacia un cañón más pequeño que se encontraba a setecientos metros al este—. En cambio, en ese otro cañón sólo encontrará usted problemas y caminos que no llevan a ningún sitio.

—Entonces no perdamos el tiempo hablando de ello —gruñó el mago—. ¿Y por qué no cabalga usted conmigo? Cadimus es un…

Vangerdahast no se molestó en concluir la frase, porque Tanalasta ya había emprendido al trote el camino que conducía al cañón lejano. Espoleó su montura para seguirla, preguntándose con aire distraído si habría algún modo de convencerlos de que Chauntea no vería con buenos ojos que una pobre yegua tuviera que cargar con semejantes mocetones.