21
La piedra imán osciló en la palma de la mano de Vangerdahast, señalando al otro lado de la esquina, hacia la oscuridad envolvente que engullía la parte baja de la torre. El mago flotó hasta la pared exterior para echar un vistazo al siguiente tramo del corredor. Cuando vio que no le habían tendido ninguna emboscada —sólo había los habituales insectos y serpientes—, avanzó por el pasadizo. Con tres hechizos distintos que lo protegían de cualquier daño, no le preocupaba demasiado la posibilidad de que lo atacaran, pero un cazador sabio aprende a respetar a su presa.
El corredor continuaba a lo largo de media docena de puertas, todas tan podridas y cubiertas de moho como la primera que había visto. La atmósfera era más cálida y fétida que nunca, aunque por suerte el mago ya se había acostumbrado y no se sentía tan mal. Antes de separarse, Owden había insistido en formular algunos hechizos de cosecha propia e invocar a Chauntea para que protegiera al mago contra la enfermedad, el veneno y el mal que impregnaba en el lugar. Para sorpresa de Vangerdahast no tardó en recuperar las fuerzas, e incluso ese humo amarillo se apartaba de su camino cuando recorría el corredor. Esta pequeña ayuda no le haría cambiar de opinión sobre el templo real de Tanalasta, por supuesto, pero cuando volvieran a Suzail tenía planeado ofrecerle una o dos plegarias de agradecimiento.
A medida que Vangerdahast se acercaba a la siguiente esquina, la piedra imán que tenía en la mano se volvió hacia él. Esto le dejó perplejo, hasta que dobló la esquina y la pieza de madera volvió a oscilar y después giró sobre sí misma para señalar de nuevo hacia la esquina que acababa de doblar. El mago se volvió y descendió un poco para inspeccionar el área. Había cambiado la varita luminosa por el anillo de comandante de Alaphondar, a fin de tener ambas manos libres para luchar, pero la luz del anillo era más débil que la de la varita. Tuvo que descender casi hasta la altura del suelo para percatarse de las franjas de humo amarillo que trazaban una espiral descendente, y que se filtraban a través de un montón de serpientes.
Vangerdahast golpeó el suelo con la maza. Advirtió un leve temblor y una resistencia momentánea, pero la maza atravesó el suelo y se perdió de vista. Vangerdahast frunció el ceño, preguntándose si aquélla sería la «puerta del pantano» a la que se había referido Xanthon cuando asumió la fisonomía de Tanalasta. Obviamente, la ghazneth había intentado engañar a sus «rescatadores» para llevarlos a una trampa, y el mago supremo sospechaba que aquel propósito había estado en la mente de todas las ghazneth desde hacía algún tiempo… al menos desde que había regresado de Arabel.
Pero ¿por qué? La razón le pareció obvia: la religión de Tanalasta era la séptima plaga de la profecía de Alaundo, «la que estaba por llegar», y tan sólo Vangerdahast podía impedir a la princesa que abriera «la puerta que ningún hombre podría cerrar». Decidido a librarse de la única persona que podría detenerlas, las ghazneth habían tendido una trampa al mago. La explicación le pareció pertinente y lógica, y estaba decidido a impedir que las ghazneth dispusieran de una sola oportunidad de convertir a la princesa en una de ellas.
Vangerdahast arrancó la maza del suelo y la colgó del cinto; después sacó una semilla de manzana del bolsillo de la capa y la dejó caer. Cuando aún no había tocado fondo, realizó un pase mágico con ambas manos y pronunció algunas palabras de naturaleza arcana. De pronto se formó un remolino en el suelo, y se abrió un agujero del tamaño de un hombre. Vangerdahast escogió una de sus varitas, lanzó una bola de fuego por si a alguien, o a algo, se le ocurría tenderle una emboscada, y siguió a las llamas a través de la oscuridad.
La bola de fuego pareció caer y caer hasta el centro de la tierra; se hizo más y más pequeña al alejarse de Vangerdahast. Aunque el mago no llegó a tocar ninguna pared, tenía la sensación de atravesar un pozo para adentrarse en un vacío ardiente y lóbrego, impresión confirmada por el hecho de tener la espiral de humo amarillo a tan poca distancia. Finalmente, cuando la bola de fuego había quedado reducida al tamaño de apenas un pulgar, tocó fondo y se expandió formando un disco de luz rojiza que iluminó fugazmente una plaza rodeada por toscos muros de piedra, además de algunas entradas cuadradas a túneles.
Como no se había deshecho de la piedra imán, Vangerdahast siguió descendiendo hasta que el hedor acre de su propio hechizo de fuego alcanzó su olfato y el humo amarillo se perdió en la oscuridad. Se detuvo flotando a unos metros de un suelo llano y fangoso, acompañado por el goteo del agua y el zumbido constante de los insectos. No había nada por encima de su cabeza, excepto una oscuridad total, no había ni rastro del pozo por el que había descendido. Alargó la mano hacia arriba y tocó algo blando: al empujarlo, cedió bajo la presión de su mano; no era agua, era demasiado elástico para que fuese barro, pero era mucho más sólido que el pozo por el que había descendido.
—Hay muchas formas de entrar, pero sólo una de salir —siseó Xanthon Cormaeril. A juzgar por el tono de su voz, estaba tan enfadado como dolorido—. Pero ¿por qué preocuparse? ¡Seguro que un gran mago como tú puede encontrar el camino de vuelta a casa!
Vangerdahast se volvió raudo hacia la voz y vio una red tosca que volaba en el diminuto radio de acción de su hechizo de luz. Reaccionó sin perder un segundo, bajó la varita y pronunció la palabra mágica. La bola de fuego atravesó la red y explotó al chocar contra el pecho de la silueta oscura, arrojándola hacia atrás hasta que topó con una pared de piedra. El estruendo reverberó en la estancia, y a continuación los restos de la pared impulsaron con fuerza al mago contra el techo, y después, al rebotar, lo arrastraron hacia una pared.
Vangerdahast cayó boca abajo sobre el suelo fangoso, y al estirar los pies descubrió que topaba con otra pared, postura dolorosa para un hombre de su edad. No perdió el tiempo en cambiar de postura, pero empujó la varita a través de la red y rodó sobre sí mismo mientras se extendía el fuego.
Las llamas no alcanzaron a Xanthon, pero iluminaron toda la plaza. Era un círculo enfangado que no mediría más de diez pasos, estaba lleno a rebosar de insectos y abundaban las chozas destartaladas que habían servido de hogar a los trasgos hacía mucho tiempo. Los edificios compactos presentaban una fachada sólida de piedra apilada, sólo quebrada por las ventanas entrecerradas y los dinteles de las puertas que llegaban a la cintura de un hombre. En mitad de la plaza había una depresión con agua estancada.
Cuando el fulgor de los proyectiles de fuego lanzados por Vangerdahast empezó a desaparecer, Xanthon se incorporó de entre los restos de las chozas y asomó la cabeza por encima de un muro. A aquellas alturas, cualquier parecido con Tanalasta había desaparecido. El rostro de Xanthon había adquirido una monstruosidad esquelética, su nariz parecía la punta de una flecha y una barba de días asomaba de vez en cuando por entre la nube de insectos que lo rodeaban. Apenas era visible la herida de daga que Vangerdahast le había infligido: no era más que una cicatriz oscura.
—¿Qué sensación de libertad te proporciona toda esa magia, viejo amigo? —preguntó Xanthon.
Vangerdahast apuntó de nuevo con la varita y disparó otro proyectil ígneo que recorrió la plaza hasta alcanzar su objetivo. Xanthon levantó la mano y atrapó el proyectil, pero desapareció tras el muro a causa de la fuerza del impacto.
Vangerdahast desenvainó la daga de hierro, empezó a cortar la red y entonces se dio cuenta de que aquella cosa estaba construida con serpientes vivas. Aunque sus colmillos eran incapaces de atravesar su coraza mágica, las supervivientes lo atacaban con denuedo. Al verlas, no pudo evitar proferir un grito.
Xanthon apareció entre las ruinas, al otro lado de la plaza con el proyectil mágico de Vangerdahast en la palma de la mano.
—¿Sabías que esto es ambrosía para mí?
Xanthon echó la cabeza hacia atrás y engulló el resto del fuego. Vangerdahast dejó de cortar la red y se incorporó, rogando para que aquel lugar no absorbiera la magia como lo hacía la torre. Descubrió aliviado que podía remontar vuelo, pero al hacerlo rebotó contra el techo.
—La magia no te salvará, viejo estúpido —advirtió Xanthon, engullendo el fuego—. Ven aquí y solventaremos la cuestión como hombres.
—Uno de nosotros ya no es un hombre. Uno de nosotros es un traidor… y no sólo ha traicionado a este país.
—Soy lo que el rey hizo de mí —respondió Xanthon, haciendo un gesto de indiferencia.
La ghazneth se acercó al mago. Vangerdahast levantó la daga de hierro y, cegado por la rabia, empezó a recitar el conjuro de un hechizo que hundiría el arma en el ojo del traidor.
Pero Xanthon estaba preparado. La ghazneth se refugió en uno de los túneles abiertos en las paredes de la plaza y desapareció, privando al mago de un objetivo. El mago supremo interrumpió el conjuro, y profirió una obscenidad. Sólo podía emplear aquel hechizo tres veces al día, y acababa de malgastar la segunda.
Vangerdahast sacó la maza del cinto y pasó el siguiente cuarto de hora inspeccionando la plaza, mientras esperaba a que Xanthon volviera. Finalmente, se dio cuenta de que la ghazneth le había amenazado en vano, de que había jugado de farol y confió aún más en sus posibilidades de éxito. El traidor estaba asustado, porque de lo contrario habría regresado para concluir el combate. El mago pasó otro cuarto de hora buscando la piedra imán que había utilizado para seguir el rastro de su presa, después descendió flotando y se adentró en el mismo pasadizo por el que había desaparecido el fantasma.
El portal conducía a los confines de una callejuela de los trasgos… un túnel minúsculo que no era más ancho que los hombros de Vangerdahast, y que apenas llegaba a su cintura. Tuvo que avanzar flotando con la cabeza por delante, mientras el humo amarillento lo hacía a unos pasos delante de él. El suelo hedía a barro y moho, y en las paredes resonaba el vuelo de los insectos. El mago intentó no pensar en la cosa roja que recorría el techo, y que en una ocasión le rozó la espalda.
Vangerdahast persiguió a su presa doblando una docena de corredores y un centenar de puertas entreabiertas, después salió a otra plaza y se dio cuenta de que no necesitaba la piedra imán para seguir al fantasma. Incapaz de volar, Xanthon dejaba un rastro muy claro en el barro. Es más, una corriente imperceptible arrastraba el humo amarillo a través de varios túneles, y al parecer la ghazneth seguía al humo. El mago guardó la piedra imán, cogió la varita de repulsión en una mano y la daga de hierro en la otra.
Xanthon intentó tenderle una emboscada tres plazas más adelante, arrojando sobre él una pared que cayó a sus espaldas cuando salía del túnel. El mago se limitó a tocar el costado de la ghazneth con la punta de la varita, y la envió volando hasta la otra pared; después, la siguió al interior de otro túnel. El mago consultó la piedra imán mágica antes de entrar en la plaza. En dos ocasiones logró sacar ventaja a su adversario, y acercarse a él por la espalda para atacarle. En la segunda ocasión consiguió propinarle un buen golpe con la maza que le había prestado Owden.
Xanthon logró escurrirse por los pelos en el siguiente túnel. Después, Vangerdahast pudo mantenerse a la distancia adecuada para oírlo. Lo siguió por el ruido característico que hacía al arrastrarse por los pasadizos fangosos. A medida que se alargaba la persecución, el sonido fue haciéndose más y más imperceptible y menos constante. Finalmente, cesó por completo, y cuando el mago se detuvo para consultar su piedra imán mágica, el brazo de la ghazneth surgió de la puerta contigua y le arrebató la varita de repulsión.
Vangerdahast quedó tan sorprendido que se alejó una docena de pasos de la puerta. Cuando finalmente se aseguró de que la ghazneth no le atacaba, Xanthon ya había vuelto a escurrirse por los túneles, moviéndose con mayor rapidez que nunca. El mago encontró su varita a unos centenares de pies de distancia, estaba deslustrada y hundida en el barro. Había desaparecido toda su magia, y el fantasma se había alejado tanto que ni siquiera podía oírlo.
El mago decidió dejar su magia a salvo en el interior de sus bolsillos, y reemprendió la caza. Con el tiempo, Vangerdahast tuvo que renovar su hechizo de vuelo, después los hechizos de protección y por último continuar a pie la persecución. Estuvo a punto de renunciar y teletransportarse al interior de la torre de barro, pero no podía permitir que Xanthon no recibiera el justo castigo por su traición.
La persecución continuó hasta que Xanthon empezó a acusar el cansancio y Vangerdahast escuchó sus resoplidos y sus pasos torpes en el fango. Decidido a no cometer el mismo error que antes, el mago tomó la iniciativa y apretó el paso tras el fantasma. Cayó sobre su espalda y extendió los brazos para hundir la daga en su garganta.
Pero por muy cansado que estuviera Xanthon, seguía siendo más rápido que el mago supremo. Cogió a Vangerdahast del brazo y lo arrojó contra el barro con la cabeza por delante, hundiendo la daga en su propia clavícula, pero librándose de encajar el tajo en el gaznate.
Vangerdahast se vio sacudido por un peculiar hormigueo cuando la magia empezó a abandonar sus hechizos de protección. Cogió a Xanthon del pelo e intentó tirar su cabeza hacia atrás para liberar su brazo, pero su fuerza no era nada en comparación con la de la ghazneth. La criatura cerró sus mandíbulas alrededor del antebrazo del mago, pero no pudo penetrar con sus colmillos su magia de protección, aunque, por supuesto, Vangerdahast sabía que eso cambiaría cuando la ghazneth absorbiera toda su magia.
Vangerdahast rodó de lado y libró parcialmente su brazo de la presión de la ghazneth, ganando al mismo tiempo espacio para maniobrar. Deslizó la mano en la capa y cogió una varita del bolsillo, después tocó a la ghazneth en la cabeza y pronunció una única palabra de origen arcano.
Un destello silencioso de luz mágica y dorada iluminó el túnel, cegando momentáneamente a Vangerdahast y arrojándolo contra la pared. Al aflojar la ghazneth sus mandíbulas pudo liberar su brazo, y propinó un tajo al pecho de Xanthon. Rogó para que su hechizo de vuelo tuviera la magia suficiente como para aguantar el tiempo necesario, y se impulsó hacia el techo.
Xanthon aún no se había sacudido la luz mágica de los ojos, pero cayó de espaldas mientras movía los brazos a la defensiva, apenas a unos centímetros de la nariz de Vangerdahast. Las nuevas heridas del fantasma empezaron a sanar: gracias, sin duda, a la dosis de magia que acababa de absorber. Los hechizos de protección mágica de Vangerdahast desaparecían rápidamente, y no podría renovarlos hasta que descansara y tuviera ocasión de estudiar su libro de hechizos. Consciente de que había desperdiciado la oportunidad de vencer al fantasma en un combate físico, Vangerdahast decidió que lo mejor era retirarse para salvar el pellejo y poder luchar otro día.
Cerró los ojos y evocó una imagen del patio del palacio de Arabel. Mañana regresaría en busca de Alaphondar y Owden, y volvería a la carga con otra compañía de Dragones Púrpura. A veces era posible retrasar la justicia del rey, pero nunca eludirla… no cuando el mago supremo decidía que era asunto suyo aplicarla. Un gruñido le dio a entender que Xanthon se había librado de la ceguera, y Vangerdahast decidió formular el conjuro de teletransportación.
Experimentó esa sensación familiar de caer a un pozo sin fondo, después sintió algo blando y pegajoso en las suelas de sus botas. El aire parecía estancado y húmedo, y tuvo la horrible sospecha de que conocía la fuente de ese zumbido intenso. El mago intentó aclararse las ideas, y se encontró de pie ante una cuesta fangosa, observando un estanque de agua sucia y una serie de chozas destartaladas, construidas por los trasgos. Por un momento creyó haber vuelto a la misma plaza por la que había entrado a la ciudad abandonada, pero tras una inspección rápida de la zona, comprendió que no había ni rastro de la pared en la que se había escudado Xanthon. El mago supremo se había perdido.
—Hay muchas formas de entrar, pero sólo una de salir. —La voz de la ghazneth reverberó a través de los túneles hasta llegar a la plaza, tan ronca y sibilante como el siseo de una serpiente—. Tú o yo, estúpido viejo… y ahora yo soy el cazador.
En algún lugar en el interior de la torre se produjo un golpe seco ahogado, y después la puerta de bisagras de hierro se abrió, formando remolinos en el agua fétida, y apartando los cadáveres chamuscados de media docena de Dragones Púrpura. El olor a moho y piedra húmeda llegó hasta la nariz de Tanalasta, produciéndole unas irreprimibles arcadas. Había sentido esa sensación más de una vez durante los últimos dos días, en los momentos más inesperados. Por ejemplo, cuando encontraron el caballo de Alaphondar atado al pie de una colina, pero no cuando vadearon el pantano lleno de cadáveres en avanzado estado de descomposición. La princesa empezaba a pensar que mentir a Alusair le había afectado los nervios más de lo que pensaba. Aunque había vuelto a tener fiebre, nadie más en la compañía parecía sufrir esos accesos de náuseas.
Alusair apareció en la puerta, de pie sobre los escalones negros y recortada su figura en color plata contra el interior en penumbra de la torre.
—Nada… aquí no están.
—¿Está vacía? —Tanalasta cerró el catalejo roto de Alaphondar y añadió—: Esto no tiene sentido.
Habían encontrado el catalejo en las rocas, no muy lejos de donde Alaphondar había dejado el caballo hambriento. El catalejo estaba partido en dos mitades, una junto a la otra. Al parecer el sabio había estado observando la torre, que no distaba ni kilómetro y medio de la orilla, medio hundida en el pantano y rodeada de los cadáveres flotantes de los miembros de la compañía de rescate al mando de Vangerdahast. Una inspección más exhaustiva del área circundante no ofreció ninguna prueba de que los hubieran matado. Casi tan intrigante como eso era el hecho de que, después de registrarlo todo a conciencia, no habían encontrado los cadáveres de Vangerdahast, Alaphondar u Owden. Era como si se hubieran desintegrado.
Tanalasta subió las escaleras para entrar en la torre y descubrió el lugar oscuro y mohoso que había previsto. A la izquierda había una escalera que conducía al piso superior, y un corredor que daba a una puerta después de doblar a la derecha. Había insectos por todas partes y más serpientes de las que desearía ver, cosa que le pareció normal en un lugar así; además, ninguna parecía especialmente peligrosa. Los hombres de Alusair estaban por todas partes, golpeaban las paredes e inspeccionaban el suelo en busca de pasadizos secretos.
Tanalasta caminó por el recibidor hacia la derecha.
Alusair la siguió de cerca produciendo aquel ruido metálico característico de las armaduras cuando rozan las paredes de piedra.
—Hay un dormitorio corrido y siete celdas individuales arriba, y media docena de almacenes en esta planta. No hemos podido encontrar una entrada a las mazmorras, pero probablemente se haya inundado hace tiempo.
Tanalasta dobló la esquina y echó un vistazo a la primera habitación. La luz cálida de la tarde se filtraba por una gran brecha, del tamaño de una ventana, abierta en la pared opuesta. Los bordes estaban redondeados por el paso del tiempo y cubiertos de moho.
—¿Alguna señal de Rowen? —preguntó Tanalasta a su hermana en un tono normal y sin mirarla.
—Rowen puede cuidar de sí mismo. —Aunque Alusair también respondió como si le preguntaran por el tiempo que hacía, cogió a Tanalasta del hombro y le dijo—: Lo más probable es que nos esté esperando en la montaña del Trasgo con Vangerdahast y Alaphondar.
—Si de veras Vangerdahast está allí, dudo que Rowen esté con él —respondió Tanalasta.
Cuando la princesa estaba a punto de dirigirse a otra habitación, escucharon un susurro apenas perceptible.
—¿Tanalasta? —preguntó una voz que le era familiar.
Tanalasta se volvió rápidamente, y en apenas un segundo su hermana entró en la habitación, espada en mano.
—¡Identifíquese! —exigió Alusair, que, ante la mirada atónita de Tanalasta, levantó la punta de la espada para amenazar a una cabeza sin tronco que surgía de un diminuto círculo oscuro que había en el techo. Era una visión tan espeluznante, que Tanalasta tardó unos segundos en reconocer el rostro de Owden Foley.
Owden no quitaba ojo a la espada de Alusair.
—Ma… maestre de agricultura Owden Fo… Foley, a vuestros pies.
Alusair bajó la espada, pero siguió observando al clérigo con desconfianza, hasta que Tanalasta se adelantó situándose entre ambos, y Owden pudo soltar un suspiro de alivio.
—Gracias, querida. —Sonrió a Tanalasta, y después inclinó la barbilla ante Alusair—. Es un honor para mí conoceros, princesa Alusair. Por favor, os ruego que me consideréis a vuestros pies.
Owden sacó un brazo del círculo flotante y acercó la mano a Alusair, que se limitó a observar aquel brazo que había surgido de la nada, sin intención alguna de estrechar su mano.
—¿Podría decirme exactamente qué es usted? —preguntó.
Owden se sonrojó y bajó la mirada. Finalmente comprendió el aspecto que debía de tener.
—¡Disculpadme! Vangerdahast nos pidió que esperáramos aquí dentro hasta que volviera.
De pronto, el círculo negro que había detrás de la cabeza de Owden se hizo más grande, mostrando un bolsillo enorme que flotaba en pleno aire. El clérigo volvió a desaparecer en su interior, aunque de inmediato cayó al suelo con los pies por delante. Volvió a inclinarse ante las princesas y se acercó a Tanalasta.
—¡Por la semilla, cuánto me alegro de veros! —La abrazó cálidamente, y después miró hacia el pasadizo—. ¿Dónde está ese viejo gruñón?
—Esperábamos que usted nos lo dijera.
—Se fue tras Xanthon Cormaeril, para impedir que abriera la puerta de Alaundo —dijo Owden, cuya alegría se difuminó inmediatamente.
—¿Cuánto hace de eso? —preguntó Alusair.
Owden se encogió de hombros, haciendo un gesto vago para señalar el bolsillo oscuro que colgaba encima de su cabeza.
—Unos minutos después de que Alaphondar se pusiera en contacto con Tanalasta.
—Hace dos días —dijo Tanalasta, después de intercambiar una mirada de preocupación con su hermana.
—Y ahora, ¿qué? —preguntó Alusair.
—Daremos por sentado que se ha perdido, siempre con la esperanza de equivocarnos —dijo una voz familiar. Un momento después, la anciana cabeza de Alaphondar apareció en la boca del agujero flotante. Tenía los ojos hundidos y cansados, y su piel estaba tan pálida como el alabastro—. ¿Qué otra opción tenemos? Ya habéis leído mi nota.
—¿Qué nota? —preguntó Tanalasta.
—La del tubo —respondió señalando el catalejo—. En la que decía a quien la encontrara que despertara la Espada Durmiente.
—No había ninguna nota. —Tanalasta separó las dos piezas del catalejo—. Así es como lo encontramos.
—Al menos sabemos qué ha sido de Rowen. Debió partirla de un tajo —dijo Alusair al coger los pedazos del catalejo e inspeccionarlos.
—¿Y ese tal Rowen sabe dónde encontrar la Espada Durmiente? —preguntó Alaphondar.
Alusair guiñó un ojo a Tanalasta.
—No tenía ningún motivo para mencionarlo —dijo Tanalasta.
—Entonces debe de estar de camino para informar a tu padre —suspiró Alaphondar—. Y puesto que no sabemos dónde está Vangerdahast, cualquier retraso supondría un desastre para Cormyr. Debemos informar al rey.
Alaphondar asomó de pronto la mano para cerrar el broche.
—¡Espere, Alaphondar! —exclamó Tanalasta, consciente de que su engaño resultaría evidente en cuanto el sabio se entrevistara con el rey—. Hace dos días informé de sus temores a su majestad.
—¿Y os dijo si despertaría a la Espada Durmiente? —preguntó el sabio.
Tanalasta sintió una sensación de vacío en la boca del estómago, puesto que sabía cuál iba a ser la reacción del sabio en cuanto respondiera. Además, había demasiado en juego como para intentar convencerle de lo contrario.
—No, no exactamente.
—En tal caso, debemos asegurarnos.
Alusair gritó unas cuantas órdenes después de asomarse por la puerta, y ordenó a la compañía que se preparara por si el envío del mensaje llamaba la atención de una ghazneth.
—Póngase en contacto con la reina, en lugar de con el rey —dijo Alusair a Alaphondar—. Ella conocerá sus planes, y no debemos atraer a las ghazneth a su posición si ya estuviera en las Tierras de Piedra. Si aún no se ha marchado, dígale que con su caballo podría plantarme en un día en cualquier parte.
—Alusair, debo decirte una cosa —dijo Tanalasta a su hermana, incapaz de seguir soportando los remordimientos.
—Ahora no, Tanalasta. Esto es importante.
—También lo que debo decirte. —Tanalasta se preparó para la tormenta que iba a desatar—. Quizá te haya dado la impresión de que…
—¡Después!
Alusair se apartó de ella, impidiendo a su hermana revelar la verdad. Alaphondar abrió los ojos unos segundos después.
—La reina nos asegura que el rey Azoun llegará antes que nosotros a la Espada Durmiente. —El sabio se volvió a Alusair con expresión de extrañeza—. Estaba un poco nerviosa. Parece pensar que a estas alturas deberíais estar cerca de la montaña del Trasgo.
—¿La montaña del Trasgo? ¿Y por qué iba a creer algo así? El rey en persona nos pidió que investigáramos… —Alusair dejó colgada la frase y se volvió como un rayo hacia Tanalasta, lívida de rabia—. ¡Voy a cortarte la lengua, zorra mentirosa!
Vangerdahast despertó sin permitirse el placer de recordar lo que había sucedido. Supo la verdad en cuanto oyó el zumbido de los enjambres de insectos y olió el aire estancado que reinaba en el interior de los túneles. Su libro de hechizos de emergencia seguía abierto por el último hechizo que había estado estudiando, un hechizo poderoso de viento que esperaba emplear para alejar a los insectos si no le permitían conciliar el sueño. Al parecer, no había sido necesario.
El mago no tenía forma de saber cuánto había dormido, pero a juzgar por la rigidez de sus articulaciones y el dolor de huesos, había sido bastante. Su estómago rugía de hambre y no tardaría mucho en tener tanta sed que sería capaz de beber el agua estancada que había en mitad de la plaza, pero al menos el sueño le había rejuvenecido mentalmente. Ya no se sentía disperso ni confundido como cuando había intentado teletransportarse a Arabel, e incluso empezaba a formular algunas teorías para encontrar la salida. O bien había seguido a Xanthon a un plano distinto, o no podía teletransportarse a causa de una especie de barrera mágica que se lo impedía. Lo único que tenía que hacer era imaginar cuál, después empezar a trabajar en el problema de determinar dónde estaba o cómo superar la barrera.
Y si eso fallaba, siempre podía recurrir al anillo de los deseos, aunque los hechizos de deseos eran muy peligrosos, y había aprendido por la dura experiencia que era mejor evitarlos en lo posible, excepto en circunstancias muy controladas. Si un simple hechizo de teletransportación no funcionaba allí dentro, no podía ni imaginar qué sucedería si intentaba utilizar un hechizo de deseo.
Vangerdahast cerró el libro de hechizos y volvió a guardarlo en el interior de su capa, después comprobó el estado de las armas de hierro y se levantó para desperezar su cuerpo rígido. Al incorporarse, escuchó un ruido metálico, procedente de la otra parte del muro contra el que se había apoyado. Dio un salto del susto y se volvió hacia la pared, donde vio un par de ojos rojos que lo observaban a través de una ventana entreabierta.
—¿Has descansado? —susurró Xanthon.
Vangerdahast olvidó de pronto el dolor de huesos y empezó a correr por la plaza, entrando en el primer túnel que encontró. Cayó en plancha sobre la barriga y se deslizó unos cinco pasos por el suelo embarrado, volviéndose después como pudo sobre sí. El mago continuó arrastrándose por el pasadizo, con tanta rapidez como sus viejas piernas le permitían, mientras formulaba un conjuro para guardarse las espaldas.
El techo se vino abajo con un estruendo ensordecedor, y el túnel se llenó de una nube negra de polvo. Vangerdahast rompió a toser, después se recuperó y consiguió formular el hechizo de vuelo, por si acaso. Se impulsó del suelo y se deslizó flotando por el estrecho corredor tan rápido como se atrevió a hacer por no contar con los hechizos de protección. Hasta que no llegó a la siguiente plaza, no se le ocurrió pensar que, en caso de haber estado en peligro, a aquellas alturas ya estaría muerto.
Una de las últimas cosas que había hecho cuando se dio cuenta de que estaba a punto de quedarse dormido, fue lanzar un hechizo sencillo de protección contra el mal, prolongando su duración con un par de hechizos de ampliación. Había contado con ese hechizo para mantener alejado a su enemigo el tiempo suficiente para despertar y huir, pero al parecer el hechizo había impedido a Xanthon ponerle la mano encima. Ni siquiera una ghazneth podía absorber una fuerza mágica que no pudiera tocar.
Empezaba a comprender cómo podía derrotar al fantasma, y Vangerdahast se detuvo para formular otro hechizo y protegerse de forma permanente. No había recogido todos los ingredientes de su bolsillo, cuando oyó que Xanthon se acercaba. El mago guardó los ingredientes que tenía en la mano y se dirigió hacia otro túnel.
—¡Espera! —gritó Xanthon—. Tenemos algo de que…
Vangerdahast derrumbó el techo como había hecho antes, ahogando las protestas de la ghazneth en mitad de la frase. Después, siguió corriendo por el pasadizo, en dirección a la siguiente plaza.
Cincuenta pasos después, Xanthon apareció ante él en un cruce de caminos. Se puso de cuclillas y levantó las garras en una grotesca imitación de una demanda de tregua.
—Detente y escúchame, que siempre tendremos tiempo de luchar.
—No me interesa nada de lo que puedas decir. —Pese a la réplica, Vangerdahast no hizo ademán de atacarle o huir; se limitó a mover los dedos en un gesto que concluyó lanzando una rociada—. Dudo que quieras entregarte a la justicia del rey.
—Y haces bien… Además, eso no sería posible, porque tal justicia no existe. —Xanthon señaló con una garra los pases mágicos del mago, y esperó a que terminara de mover la mano—. Más bien pensaba en todo lo contrario.
—¿Que yo me rinda? —se burló Vangerdahast—. Creí que el loco era Boldovar.
—De hecho —sonrió la ghazneth ante el comentario del mago—, no sería una rendición. Necesitamos un séptimo miembro, y Luthax asegura…
—¿Luthax? —preguntó Vangerdahast, sin aliento. Luthax había sido un antiguo señor del castillo de la Guerra de los Magos en Cormyr, el único miembro de elevada posición en la hermandad que había traicionado al reino—. ¿Lo has resucitado?
—¿Yo? —Xanthon se echó a reír—. No, en absoluto. El señor… digamos que yo sólo soy una pieza más del engranaje.
—¿De qué?
—Ya conoces la profecía —dijo Xanthon como quien habla con un niño al que es necesario repetir las cosas cientos de veces—. «Siete azotes… cinco del pasado, uno del presente, uno que está por venir…». ¿De veras necesitas tantas explicaciones?
—¿Y quieres que sea yo? —Incapaz de dar crédito a sus oídos, Vangerdahast miró por encima del hombro. Sin duda la conversación tenía que ser una jugarreta para distraerlo—. Eso es un insulto.
—Yo preferiría matarte —confesó la ghazneth haciendo un gesto de resignación—, pero… si me dices que no, sin duda habrá otro candidato. En Cormyr no escasean los traidores… seguro que no hace falta que te lo recuerde.
—¿Yo, un traidor? —Vangerdahast estuvo a punto de empuñar una varita, pero hizo un esfuerzo por contener su ira. Sólo había una explicación posible para el comportamiento de Xanthon: intentaba engañar a Vangerdahast para que actuara con violencia de una vez—. ¿Qué ha pasado con el «tú o yo, estúpido viejo»?
—Olvidas eso de que «hay muchas formas de entrar, pero una sola de salir» —replicó Xanthon—. Tenías que comprender la inutilidad de tus esfuerzos. Sólo hay un modo de salir de aquí… y consiste en hacerlo con nosotros.
—¡O por encima de tu cadáver! —gritó Vangerdahast, incapaz de aguantar por más tiempo que lo insultaran de ese modo—. Ya tienes mi respuesta.
El mago retrocedió corriendo por el túnel, y lo hizo porque no se atrevía a atacar hasta haberse protegido con toda su magia de protección. Asaltar a la ghazneth tan sólo disiparía el hechizo de protección contra el mal, y pese a la rabia que lo inundaba, seguía decidido a salir de aquella situación con vida. Cuando alcanzó la siguiente intersección, eligió un túnel al azar y corrió por él a toda velocidad. Ya no le importaba en qué dirección huir. Estaba perdido girara por donde girara.
Pero a Xanthon sí le importaba. La ghazneth había empezado a seguir tan de cerca a Vangerdahast que podía oír sus pasos, a pesar de encontrarse fuera del alcance del anillo luminoso del mago. De vez en cuando el fantasma aparecía en una intersección para burlarse de Vangerdahast con ruegos teatrales en los que le pedía que reconsiderara su decisión. El mago ni siquiera se molestaba en contestar. Simplemente se limitaba a retirarse hasta la última intersección por la que había pasado y lo intentaba por otro lado. Xanthon procuró mantenerlo siempre en movimiento, para impedir que formulara un hechizo y mantenerlo alejado de las plazas y otros lugares donde pudiera tener espacio suficiente para luchar con cualquier otra arma que no fuera la magia.
Vangerdahast intentó en varias ocasiones distanciar a su perseguidor derribando el suelo sobre su cabeza, pero Xanthon siempre advertía sus emboscadas y se adelantaba para absorber la fuerza mágica del hechizo. El mago no tardó en comprender que no hacía más que saciar la sed de magia de su oponente, y guardó las varitas para concentrarse en procurarse la magia de protección. Perdió dos hechizos debido a sendas interrupciones (uno que lo protegería contra el veneno, y otro contra las armas de contusión), pero se las apañó para formular un hechizo que lo protegiera de las garras y los colmillos. De hecho, lo consideró toda una victoria.
Al cabo de un tiempo, expiró el hechizo de protección contra el mal. Xanthon empezó a volverse más atrevido, a veces incluso intentó tender una emboscada a Vangerdahast cuando éste pasaba por los cruces de caminos; otras se abalanzó por la espalda del mago para repetirle su «invitación». El mago resistió la tentación de renovar su hechizo. Percibía el nerviosismo creciente de la ghazneth, y sabía que la batalla estaba a punto de alcanzar un punto crítico. Cuando eso sucediera, debía disponer de un par de sorpresas guardadas en la manga para sacar ventaja de la situación.
Vangerdahast vio su oportunidad cuando los corredores angostos desembocaron en una genuina avenida de los trasgos, un pasaje cubierto de lodo, lo bastante ancho como para que pudieran caminar tres hombres juntos, con una altura de más de tres metros (tal y como pudo comprobar cuando se impulsó hacia arriba y de pronto se golpeó contra un techo negro, blando y amorfo). Xanthon se detuvo al salir por uno de los túneles más pequeños, y levantó la mirada para observar al mago con odio mal disimulado.
—Escóndete ahí arriba todo el tiempo que quieras —susurró—. Cuando empieces a morirte de hambre, quizá te unas a nosotros.
—Me temo que voy a decepcionarte. —Vangerdahast rebuscó en sus bolsillos—. Estaba pensando que quizá vaya siendo hora de castigar tu traición.
El mago sacó un pellizco de hierro explosivo del bolsillo y lo dispersó por encima de su cabeza pronunciando el conjuro apropiado. Los ojos de Xanthon adquirieron un fulgor escarlata, y se retiró en el túnel siseando y soltando un enjambre de avispas zumbonas en el interior de la avenida. El mago rió y bajó al suelo para renovar su hechizo de protección contra el mal (el encantamiento requería dibujar con polvo de plata especial un círculo en el suelo), después añadió un par de ampliaciones por si acaso, y se dirigió hacia el túnel por el que había desaparecido Xanthon. Había llegado el momento de convertirse en el cazador.
Xanthon intentó en dos ocasiones saltar sobre Vangerdahast para absorber toda su magia de protección. En ambas ocasiones, el fantasma se vio rechazado por el hechizo de protección contra el mal, que le impedía tocar al mago. Vangerdahast pisaba los talones de su presa, sin dejar de hablar de los castigos que iba a imponerle por su traición. Durante media hora, Xanthon no pudo hacer otra cosa que huir. Una hora después empezó a trastabillar. La desesperación hizo presa en él e intentó detener a su perseguidor con enjambres de insectos y redes de serpientes, pero todo ello le restaba fuerzas, y el mago no tenía que hacer más que apartarlas de su camino con un simple ademán de la varita.
Finalmente, Xanthon volvió a la avenida de los trasgos, que atravesó a toda prisa en un intento desesperado por alejarse de Vangerdahast. La estrategia hubiera funcionado si la carretera principal de los trasgos no hubiese desembocado también allí, en una enorme plaza en mitad de la ciudad subterránea. El círculo era, con mucho, el mayor de toda la ciudad, rodeado de edificios destartalados con pilares de mármol y pórticos de piedra arenisca, cuyos techos alcanzaban casi los dos metros y medio de altura.
En el centro de la plaza había un estanque de unos dos metros, cuyo contorno estaba delimitado por una amplia franja de arena dorada. Estaba lleno de un agua negra y brillante, tan estancada que cuando Xanthon corrió hacia ella ni siquiera se hundió. La superficie simplemente se agitó un poco como gelatina sólida, y sus pies se pegaron a la superficie en cuanto los puso encima. Dos pasos más y se detuvo en seco en medio del estanque.
Vangerdahast ni siquiera aminoró el paso al verlo. Se limitó a sacar del cinto la maza de Owden, y se arrojó sobre su enemigo para propinarle un mazazo en la nuca. Se escuchó un crujido, seguido de un chorro de sangre negra. Xanthon cayó de rodillas hacia adelante.
Vangerdahast pasó por el borde dorado del estanque y se volvió para contemplar a su oponente arrodillado en el centro. El cráneo de Xanthon estaba medio quebrado, tenía un aspecto de hueso roto y negro que asomaba por la herida formando ángulos imposibles, un ojo colgando de la cuenca y una sonrisa torcida en un rictus burlón.
—Última oportunidad —dijo Xanthon—. Si me dejas ir, podrás cambiar de opinión.
—¿Y qué te hace pensar que te dejaré ir? —preguntó Vangerdahast, descargando un nuevo golpe con la maza.
Xanthon sonrió y se arrojó hacia adelante, para desaparecer entre la brea lanzándose de cabeza. Vangerdahast logró golpearle en un pie, a la altura del tobillo, antes de que las piernas de la ghazneth desaparecieran por completo. Ya había visto a la ghazneth desaparecer a través de un suelo de piedra, por lo que no se sorprendió de que también pudiera desaparecer en un estanque lleno de brea.
Vangerdahast ni siquiera consideró la posibilidad de permitir la huida del fantasma. Xanthon Cormaeril era un traidor de la peor calaña y, algo que era tan importante como eso, era la mejor opción que el mago tenía para regresar a Cormyr antes de que los azotes arruinaran el reino. Sacó dos anillos de la capa, uno para respirar bajo el agua (si eso era aquella cosa tan negra) y otro para permitirse la libertad de movimientos que necesitaría en ese medio. Después se hundió de cabeza en medio del estanque.
El mago estaba apenas a unos centímetros de hundirse en el agua, cuando una capa perlada de magia apareció sobre el líquido oscuro. Apenas tuvo tiempo de levantar la cabeza y ganar la superficie antes de golpearse contra ella. Sintió un golpe que recorrió todo su cuerpo, y que llenó de angustia todo su ser. Entonces volvió a flotar hacia el techo.
Vangerdahast recuperó el control poco a poco, y después aprovechó el respiro para sacudir la cabeza y ver si estaba herido. El golpe había dejado su viejo cuerpo para el arrastre, pero lo peor había sido el susto, aparte del hombro dislocado. Voló en círculos sobre el estanque y descendió lentamente.
Cuando se acercó a treinta centímetros del agua, volvió a aparecer la barrera de color perla. Sin duda se trataba de un hechizo diseñado para impedir la entrada a seres de intenciones honorables, a personas leales.
—¡No te saldrás con la tuya, Xanthon! ¿Me oyes? —Vangerdahast intentaba recordar las palabras arcanas que dispersarían la barrera mágica—. ¡Voy a por ti!
Después de tres días sin levantarse de la silla de montar, Azoun no dio crédito a sus ojos cuando al cabalgar por los estrechos confines del cañón de la Cimitarra encontró un caballo flacucho que permanecía a la entrada de la caverna secreta de la Espada Durmiente. El impresionante caballo tenía la mirada vidriosa y estaba agotado después de su incesante cabalgar por los caminos. También estaba cubierto de espumarajos, después de haber cabalgado casi hasta reventar, de manera que a duras penas conseguía mantenerse de pie. Sin embargo, el rey hubiera reconocido al noble animal en cualquier parte.
—¡Cadimus!
Azoun tiró de las riendas de su agotado caballo para frenar el paso. Saltó de la silla y antes de acercarse al caballo del mago supremo, entregó las riendas a uno de los Dragones que lo acompañaban.
—¿Cómo estás, viejo amigo? —preguntó al tiempo que acariciaba cariñosamente al caballo.
Cadimus respondió con un relincho suave, y después movió la cabeza para señalar su silla de montar. El rey vio sangre en ella, mucha sangre, la mayoría seca y de color marrón, pero no era sangre reciente.
—¡Kuceon! —llamó Azoun a una de las clérigos de Owden Foley—. ¡Venga aquí, rápido!
La muchacha se acercó al trote hasta la vanguardia de la compañía, y saltó de la silla antes de que el caballo se detuviera. Dejó las riendas en manos de quien pudiera cogerlas, se acercó hasta donde estaba Azoun y tocó con las yemas de los dedos la sangre incrustada.
—Está herido. Lo más probable es que se haya infectado, y sin duda es una herida grave.
El rey iba a preguntar si la víctima pudo haber conjurado un hechizo de teletransportación, cuando cayó en la cuenta que Vangerdahast nunca habría hecho tal cosa desde ese lugar en particular, sin tener en cuenta la cercanía de las ghazneth. Con el corazón en un puño, escogió a una docena de Dragones y a un par de magos guerreros para que entraran con él en la caverna, después hizo un gesto para pedir a uno de sus hombres que encendiera las antorchas para iluminar el camino. Estuvo tentado de ponerse un anillo de comandante de Dragones Púrpura e invocar la luz mágica que proporcionaba, pero habían pasado los últimos tres días cabalgando día y noche precisamente para evitar que el uso de la magia pudiera atraer a las ghazneth al lugar donde reposaba la Espada Durmiente. Hubiera lo que hubiese en su interior, podría esperar a que encendiera las antorchas.
El rey cogió la primera antorcha encendida y se dirigió hacia unas piedras que alguien había movido no hacía mucho, situadas en la entrada de la caverna. El aire hedía a podredumbre y muerte, y Azoun supo antes de dar el tercer paso que algo terrible había sucedido a los Señores Que Duermen.
—¿Vangerdahast? —llamó a voz en cuello.
No hubo respuesta, de modo que doblaron la esquina que desembocaba en la Caverna de la Cimitarra.
El lugar se parecía a cualquier otra cripta que pudieran haber visitado. Estaba a rebosar de huesos, trozos de armaduras herrumbrosas y pedazos de tela. Era lo único que quedaba de los quinientos valientes caballeros que se habían prestado voluntarios para la hibernación, en espera de que llegara el momento en que fueran necesitados. Sólo encontró una capa, intacta pero ensangrentada, correspondiente al real cuerpo de exploradores.
—¡Sire! —gritó Kuceon, incapaz de pronunciar una palabra más.
Consciente del efecto que su reacción tendría en quienes le acompañaban, Azoun contuvo la desesperación y cogió la capa ensangrentada, antes de volverse a la joven clérigo que se encontraba a su lado.
—Encárguese de proporcionar a estos hombres un entierro decente —ordenó—. Aunque nunca llegaron a luchar, todos eran unos héroes de los pies a la cabeza.
Vangerdahast rodeó lentamente el estanque, con la voz vacilante y los brazos temblorosos al moverlos por encima de aquella capa de magia perlada. Hacía décadas que no se enfrentaba a muerte con nadie, y ahora que sentía próxima la victoria estaba tan nervioso que apenas podía entrelazar los dedos para formular un simple hechizo de disipar magia. Xanthon debía de estar muy malherido, porque de lo contrario nunca se hubiera refugiado en el estanque, arriesgándose a que Vangerdahast descubriera el modo de salir de la ciudad de los trasgos. La ghazneth era demasiado inteligente para quedarse atrapada, por lo que tenía que haber un portal oculto bajo la superficie. Con un poco de suerte, en el otro extremo lo esperaba Cormyr, el lugar ideal para hacer caer la justicia del rey sobre su presa.
El mago permaneció inmóvil en medio del estanque y extendió las manos para repetir las sílabas arcanas de su hechizo una y otra vez, recurriendo para ello a las postreras reservas de magia de que disponía. La barrera mágica parpadeó, siseó y empezó a vacilar, permitiendo a Vangerdahast atisbar la oscuridad abismal que ocultaban las negras aguas. Recitó el conjuro una vez más, extendiendo los brazos al mismo tiempo. La superficie mágica desapareció. El mago juntó ambas manos y se hundió en el agua en persecución de Xanthon.
Una membrana amarilla se deslizó por el estanque y bastó para detener en seco a Vangerdahast. Una larga serie de taponazos reverberaron en el interior de su cerebro, después rebotó en el aire y se encontró de espaldas al techo de la estancia. Le dolían terriblemente el cuello y los hombros, y sentía las manos flojas y adormiladas. La maza empezó a deslizarse por entre sus dedos.
—¡Por el colmillo púrpura! —maldijo Vangerdahast.
Hizo un esfuerzo para apretar los dedos e impedir que el arma cayera al agua, y lentamente extendió las extremidades para recuperar el control de su cuerpo. Entonces advirtió la sensación de vacío que tenía en el estómago, en cómo reverberaba acompasado a un latido extraño que ni siquiera alcanzaba a oír. Al principio achacó esa sensación al haberse golpeado con la membrana amarilla, pero empezó a sentir la vibración en los huesos y los dientes, y no tardó mucho en comprender que era debido a un rumor intenso, un rumor demasiado bajo y sonoro para que el oído humano pudiera captarlo.
Vangerdahast se sintió mareado. Echó el cuello hacia atrás y pensó que la caverna se le caía encima. El rumor siguió aumentando su intensidad, hasta convertirse en un gruñido ominoso y apenas audible que le recordó vagamente al de un gato, o a un terremoto oído en la lejanía. Volvió a dirigirse al techo y encontró el paso bloqueado por la misma sustancia esponjosa. La tocó. Estaba inmóvil. Como el aire de un ataúd.
Vangerdahast observó la superficie del estanque. La membrana amarilla había dividido el centro y se había retirado hasta los bordes opuestos del estanque, confiriéndole un aspecto similar al de un ojo. El centro conservaba su color negro habitual y estaba tan inmóvil como un espejo, permitiendo a Vangerdahast ver el reflejo de sí mismo flotando en el techo. Estaba ojeroso, tenía las mejillas hundidas y bolsas rojas de cansancio bajo los ojos. También había algo más, algo que había experimentado muy a menudo desde que se enfrentaba a las ghazneth: miedo.
Vangerdahast siguió contemplando la imagen hasta que finalmente cesó el rumor. Entonces cayó en la cuenta de que no había pensado en lo que haría a continuación, en que no había recuperado fuerzas y que en ese momento no hacía nada útil. Simplemente había titubeado. Sacudió la cabeza en una silenciosa reprimenda por haberse comportado como un novato. Era el mago supremo de Cormyr, y los magos supremos no podían permitir que el miedo los paralizara.
Vangerdahast torció la cabeza con la intención de estirar los músculos del cuello dolorido, y después cerró los dedos en torno a la empuñadura de la maza. No tenía las mismas fuerzas que antes, pero probablemente sería muy capaz de propinar dos o tres golpes antes de perder el arma.
En el interior de su mente, Vangerdahast imaginó el rostro terrible de Xanthon, y después cerró el broche de la capa. Para alivio del mago, la imagen enarcó una ceja sorprendida.
Vangerdahast recurrió al habla del pensamiento, para preguntar:
«Dime qué debo hacer». Huelga decir que el mago no tenía la menor intención de unirse a las ghazneth, pero no sería la primera vez que ganaba una batalla recurriendo al engaño. «No traicionaré a Cormyr, pero podría unirme a…».
«Demasiado tarde —dijo la voz de Xanthon, cada vez más distante—. Ya lo has hecho, viejo idiota… la has traicionado y te has unido a nosotros».
Xanthon soltó una risotada estridente que cesó de inmediato, dejando a Vangerdahast completamente solo en la oscuridad de la ciudad de los trasgos. El corazón del mago empezó a latir con fuerza, pero se esforzó por reprimir el pánico que se adueñaba de él y se concentró en la siguiente opción. Clavó la mirada en el estanque, intentando descubrir más allá de la superficie negra de sus aguas las profundidades estigias donde Xanthon había desaparecido. Apretó con fuerza la maza una vez más, e introdujo la mano en el bolsillo de huida.
Sobrevino ese instante atemporal de caída, seguidos de unos segundos de aturdimiento sosegado en los que Vangerdahast se limitó a recordar adónde iba y de dónde venía, y después vio un par de membranas amarillas cubiertas de escamas que surgieron de ambos lados opuestos del estanque que había bajo él. Se deslizaron por la superficie hasta encontrarse brevemente en el centro y replegarse, cubriendo las aguas de una capa de color negro brillante. Vangerdahast volvió a observar su propio reflejo. Se vio solo y débil, y ni siquiera se dio cuenta de que la maza resbalaba de su mano y caía en las aguas del estanque. Las membranas amarillas volvieron a tocarse, y la maza golpeó contra la superficie rebotando en el suelo.
Cuando las membranas volvieron a formar el dibujo de un ojo, el reflejo de Vangerdahast vaciló en la superficie del estanque oscuro durante un segundo, volviendo a situarse en el centro. No gritó.
El mago supremo de Cormyr era demasiado orgulloso como para gritar.