18

Los huesos del mago supremo estaban a la altura de lo que podía esperarse de su edad. Después de más de diez días persiguiendo ghazneth, le dolía la espalda, tenía las caderas para el arrastre, y lo último que quería era ascender una ladera rocosa a cuatro patas para espiar la posición de una tribu de marranos. Para eso estaban los exploradores del rey… pero Vangerdahast se había quedado sin exploradores. Owden Foley había encontrado al último aquella misma mañana: reducido a un cuerpo ensangrentado y destripado, cubierto por un reguero de hormigas rojas. En aquella ocasión no se planteó la posibilidad de enterrarlo. Se limitaron a rociarlo con aceite inflamable y prender fuego a su cuerpo, después de encomendar su alma a Helm. Ahora el mago supremo tenía que apañárselas por sus propios medios para espiar las posiciones enemigas.

Vangerdahast coronó la cima de la colina, y observó una extensión enorme de terreno cubierta de niebla, que formaba parte del pantano del Mar Lejano. Hacia el horizonte era una extensión de hierba dorada y verde con canales de aguas broncíneas, que discurrían entre bosquecillos diseminados de chopos y píceas de pantano. El lugar estaba poblado por cormoranes y garcetas negras, todas tan chillonas como una banda de trasgos, además de nubes amorfas de insectos negros que sobrevolaban la hierba a gran velocidad.

En la costa cercana, varias tribus orcas habían formado un campamento conjunto sobre un saliente de tierra rocosa que asomaba del pantano aproximadamente un millar de pasos. Los machos habían formado en cuatro grandes compañías y se retiraron a un extremo de la pequeña península para formar cuadrillas y adiestrarse en el uso de las armas. Las hembras y los niños estaban situados alrededor de los fuegos tribales o paseaban por la orilla en busca de peces y crustáceos. Una torre de dos pisos, edificada con barro seco, se erigía en el extremo de un promontorio, y desde ella se dominaba el pantano por tres lados, y en tierra estaba protegida por un puente levadizo de madera. Su vasta arquitectura y las troneras redondas recordaban a las obras que solían hacerse antiguamente en Cormyr. De las ventanas del segundo piso emanaba una extraña aura de oscuridad que cubría el lugar como un sudario.

El agua que fluía alrededor de la torre relucía a causa de los peces de escamas plateadas que la poblaban. Las nubes de insectos sobrevolaban los campamentos orcos emitiendo un zumbido que enloquecía a Vangerdahast, pese a la distancia que lo separaba de ellas. Una extraña red formada por pequeñas grietas se extendía a lo largo del centro de la península, y despedía gruesas cortinas de humo amarillento que se elevaba en el aire. Toda la vegetación que había en cien metros a la redonda del promontorio se había marchitado, y una alfombra de moho gris se extendía por la base. La ladera que había entre el escondrijo de Vangerdahast y la costa estaba llena de restos de ciervo, todos tan podridos, que ni siquiera los orcos se los comerían.

El mago supremo de la corte hizo un gesto para llamar la atención de sus ayudantes, que rápidamente se reunieron con él. Eran el comandante en jefe de los Dragones Púrpura y el segundo de los magos guerreros. Alaphondar y Owden siguieron a la pareja, pese a que Vangerdahast no se lo había pedido, pero el mago no puso ningún inconveniente. El sabio supremo tomaría nota de lo que sucediera, mientras que las opiniones del maestre de agricultura Foley a menudo valían la pena, siempre y cuando Vangerdahast no se empeñara en contradecirle.

Vangerdahast señaló la torre de barro sin abrir la boca.

—¿Tanalasta está ahí dentro? —preguntó Owden.

—Lo sabré cuando entre.

—Supongo que es la única forma de descubrirlo —asintió Owden.

A Vangerdahast se le cayó el alma a los pies. Lo cierto es que ni siquiera sabía con seguridad si las ghazneth estaban allí, y esperaba que Owden tuviera una idea mejor para descubrirlo. En lugar de ello, parecía que tendrían que tomar la torre al asalto… y con menos de la mitad de la compañía que había partido de Arabel.

—Éste es mi plan —dijo Vangerdahast, después de respirar profundamente. Explicó rápidamente lo que pretendía, y pidió a los dos comandantes que lo repitieran palabra por palabra. Cuando lo hubieron hecho, se volvió hacia Owden para darle una última oportunidad de quedar en evidencia—. Doy por sentado que las ghazneth están ahí, ya que los orcos no suelen practicar con las armas.

—Ni comparten campamento, ni construyen torres que recuerdan el estilo arquitectónico de la antigua Cormyr —añadió Owden—, y también porque hace día y medio que no las vemos. ¿A qué esperamos?

—A nada, según parece. —Vangerdahast inclinó la cabeza ante sus comandantes, que se retiraron veinte pasos colina abajo para preparar a sus hombres.

—¿Supongo que ustedes dos se darán cuenta de que aquí hay más cera de la que arde a simple vista? —preguntó Alaphondar en cuanto se hubieron ido.

—¿Se refiere usted a la torre? —preguntó Owden—. No crea que se me ha escapado su significado.

—¿Qué significado? —preguntó Vangerdahast.

—Lo que supone esa torre —explicó Alaphondar—. Históricamente, las ciudadelas construidas en lugares tan desangelados sirven de cubil para espíritus que siempre están en guardia.

—Me parece una buena definición para referirse a una ghazneth —opinó Vangerdahast.

—Yo más bien diría que, como descripción, bien podría aplicarse al señor de todas ellas —dijo Owden—. Nos adentramos en el terreno del fantasma, amigo mío. Hará usted bien en escuchar la voz de su alma.

—Mi alma me dice que un antiguo espíritu no viviría en una torre construida con barro —replicó el mago, ofendido—. Con este clima, una construcción como ésta no tardará en derretirse.

—Por eso debemos considerar los motivos que haya podido tener la ghazneth para erigir la torre en un pantano como éste —señaló Alaphondar—. ¿Han leído el ensayo de Ali Binwar, titulado De las cuatro naturalezas?

—Lamentablemente he tenido cosas mucho más importantes que hacer que malgastar mi tiempo leyendo esos libros inútiles —respondió Vangerdahast mirando el cielo.

—Por suerte, yo no —dijo Owden—. ¿Se refiere usted al capítulo que habla de la amalgamación elemental?

—Exacto —respondió Alaphondar con un brillo en la mirada—. En el pantano tenemos la fusión entre la tierra y el agua, pero la ausencia del aire y el fuego. Los elementos pasivos están combinados, pero los activos están excluidos.

—Condiciones perfectas para la descomposición espiritual —admitió Owden—. Tendremos que andar ojo avizor.

—Por supuesto, pero no estaba pensando en usted. —Alaphondar señaló con la mano la ladera rocosa—. Hay un montón de piedras por aquí. ¿Por qué se ha construido una torre de barro?

—Porque el barro combina el poder de la tierra con las propiedades disolventes del agua —repuso Owden, abriendo unos ojos como platos.

—Sí… el medio ideal para la transformación. —Alaphondar señaló la torre de barro—. Dale forma, añade un poco de fuego y aire, y unos días después tendrás una torre.

—O proporciónale una chispa de vida, y tendrás una ghazneth —señaló Owden.

—¿De qué están hablando? —preguntó Vangerdahast, frunciendo el entrecejo. Al ver que ninguno respondía, su imaginación le dio la respuesta—. ¿Que pretenden hacer una ghazneth de Tanalasta?

—Eso podría explicar por qué motivo las ghazneth han estado trabajando tan duro para mantenernos apartados de este lugar —sugirió Alaphondar.

—¡No sea ridículo! —exclamó Vangerdahast, con una sensación de vacío en la boca del estómago—. La cripta de Boldovar no estaba precisamente cerca de un pantano.

—Muchos pantanos se han secado —replicó el sabio.

Vangerdahast quiso replicar a su vez que tampoco habían encontrado ni rastro de una torre, aunque desde luego un millar de años era mucho tiempo. Tantas estaciones de lluvias primaverales hubieran destruido cualquier rastro que pudiera indicar que la tumba había sido protegida por una fortaleza de barro.

—¿Y qué me dicen del árbol? Dudo que encontremos muchos poetas elfos en un campamento orco.

—Esa reflexión se me antoja contradictoria —dijo Owden—, claro que hay tantas cosas que ignoramos…

—Incluyendo el propósito de la torre. —Vangerdahast empezó a descender lentamente la ladera de la colina—. No pienso escuchar más conversaciones filosóficas sobre el tema. Podríamos estar discutiendo todo el día y no aclararíamos nada. Si Tanalasta está en esa torre, debemos rescatarla.

—Y si no es así, tendremos que obligar a la ghazneth que nos diga dónde encontrarla —dijo Owden.

El clérigo siguió los pasos de Vangerdahast, y Alaphondar se dirigió a gatas hacia el puesto desde donde vigilaría la posición, entre un montón de piedras. Nadie sugirió la posibilidad de emplear la magia para localizar a la princesa. Si aún no la habían hecho prisionera, la magia conduciría a las ghazneth hasta ella como una flecha.

Al separarse, Alaphondar se detuvo.

—Buena suerte, amigos míos, vayan con cuidado.

—No se preocupe por nosotros —aseguró Vangerdahast—. Es usted quien asume cierto riesgo al quedarse aquí solo. ¿Recuerda mi señal?

—La estrella fugaz —asintió Alaphondar. Hizo un gesto para señalar el bolsillo de huida que incluía su capa—. Me reuniré con la compañía en cuanto la vea.

—Estupendo. Si tenemos a la princesa, no podremos demorarnos mucho —dijo Vangerdahast—. Si no la rescatamos, significará que tampoco tenemos tiempo para preocuparnos de usted.

—Y si las cosas se ponen feas, Alaphondar, ni se le ocurra reunirse con nosotros —añadió Owden—. No podrá usted ayudarnos, y alguien debe informar al rey.

—Preferiblemente en persona. —Vangerdahast acercó la mano al broche de la capa de Owden—. De modo que no lo utilice, a menos que sea necesario. Debería vivir usted lo suficiente para que pudiera escribir la crónica de todo lo que hemos descubierto sobre esas criaturas.

—Lo sé, lo sé —respondió Alaphondar, a regañadientes—… Mi espada es la pluma.

Volvió a desearles buena suerte y después siguió gateando. Vangerdahast y Owden regresaron al lugar donde habían dejado los caballos y montaron. Los supervivientes de la real compañía expedicionaria estaban subidos a la silla, esperándolos; cada uno de los jinetes llevaba puesta una capa con el broche del cuello abierto. Aunque las capas eran para los magos guerreros, la compañía había perdido tantos hombres, que ahora todos, incluido el Dragón de rango inferior que los acompañaba, disponían de una.

Vangerdahast inclinó la cabeza y los componentes de la compañía cerraron sus broches. Los magos guerreros empezaron a animar las armas de los Dragones mediante su magia, y la atmósfera se llenó con el murmullo de los encantamientos mágicos a medida que entonaban los cánticos necesarios para proporcionar a todos un escudo mágico. El mago supremo hizo lo propio para Owden y él, antes de volverse hacia la cima de la colina. Alaphondar permanecía arrodillado entre unas piedras; entrecerraba los ojos para vigilar la torre, con el brazo en alto dispuesto a dar la señal.

—¡Preparados! —Vangerdahast emprendió el trote hacia la colina, animando a sus hombres a que lo siguieran—. Los rezagados lo pagarán.

Habían alcanzado la cima de la colina, antes que Alaphondar hubiera bajado completamente el brazo. Vangerdahast hincó los talones en los ijares de Cadimus, urgiendo al galope al caballo. La brisa trajo el ruido de los cascos. El clamor de una campana de alarma reverberó en el pantano, seguido por un tumulto de gritos y gruñidos.

El mago supremo coronó la cima de la colina y vio quinientos orcos que corrían hacia el istmo de la península. Delante de los marranos volaban cinco vetas oscuras, cuyas alas negras eran meros borrones al dirigirse a toda velocidad hacia la real compañía expedicionaria. A Vangerdahast se le cayó el alma a los pies. Hasta entonces jamás se habían enfrentado a más de tres ghazneth.

La carga emprendió el descenso de la colina y cobró velocidad. A Vangerdahast le dolían sus viejas rodillas de tanto hacer fuerza en la silla. Las ghazneth siguieron cobrando altura a medida que se acercaban, y se encontraban a unos treinta metros en el aire cuando la compañía cruzó el istmo de la península. El mago supremo deslizó una mano en el interior de su capa y encontró el bolsillo de huida, con el cuello inclinado para no perder de vista a las ghazneth. Finalmente, cuando calculó que debían de haber alcanzado los sesenta o setenta metros de altura, las ghazneth se inclinaron sobre un ala para caer en picado sobre la retaguardia de la compañía.

Vangerdahast miró al frente de nuevo y vio que los orcos formaban en apretadas filas en el istmo de la península, mientras sus oficiales se preocupaban de empujar y golpear a los cobardes, para evitar que abandonaran la posición. Los marranos iban armados con todo tipo de lanzas, espadas y picas, o cualquier otra cosa que llevaran en el momento en que sonó la alarma. Aunque no dispusieran de magia, romper las líneas les hubiera parecido cosa hecha, pero el mago supremo no estaba dispuesto a perder el tiempo enzarzándose en un combate cerrado con los marranos, sobre todo teniendo en cuenta que las ghazneth caían en picado por la retaguardia.

Vangerdahast clavó la mirada en uno de los campamentos tribales que distaba unos doscientos pasos de la torre, situado detrás de una línea larga de orcos que recorrían la península para frenar la carga. Apenas distinguía las siluetas lejanas, correspondientes a mujeres y niños, que volvían la mirada tras sus guerreros y hacían toda suerte de aspavientos para animarlos. Menuda sorpresa se iban a llevar.

Vangerdahast hundió la mano en el bolsillo de huida, y un gran cuadrado negro se dibujó ante su mirada. Cadimus relinchó e intentó evitarlo, pero no tuvo tiempo. Penetró en el portal al galope tendido, y Vangerdahast experimentó esa sensación tan familiar en la que la oscuridad y el vacío iban cogidos de la mano.

En un breve instante volvió a salir a la luz; la cabeza le daba vueltas y tenía un pitido intenso en los oídos, al que acompañaban los gritos y quejidos de sorpresa que resonaban a su alrededor. Cadimus dio un traspié, algo chilló y Vangerdahast recibió un golpe en la espinilla. Bajó la mirada, pero aún veía borroso y no pudo saber lo que había sucedido. El sonido de los cascos empezó a envolverlo, y el mundo estalló en una cacofonía indescriptible de resoplidos y relinchos. Cadimus topó con algo blando pero resistente, y a continuación con otra cosa igual de blanda y resistente en el otro lado. En ese momento Vangerdahast empezó a vislumbrar ante él la forma redonda de la grupa de un caballo.

El mago sacudió la cabeza para aclararse las ideas, recordando que estaba en plena carga de caballería. Empezó a distinguir las formas de los caballos desorientados y los hombres de mirada vidriosa que los montaban. Avanzaban a galope tendido, ignorando la torre gruesa erigida en un extremo de la península, a unos cincuenta pasos al frente.

—¡Alto! —Vangerdahast tiró de las riendas de Cadimus, procurando guardar distancias con el caballo que lo seguía—. ¡Alto! ¡Deténgase!

Lentamente, los miembros de la compañía empezaron a ejecutar sus órdenes. Para cuando Vangerdahast alcanzó la torre, la carga había perdido bríos y los caballos daban bandazos a ciegas, mientras los hombres que los montaban sacudían la cabeza para librarse de la confusión subsiguiente a la teletransportación. El terreno en el extremo de la península estaba lleno de grietas, de las cuales surgía un humo amarillo que impregnaba el aire de un hedor acre a sulfuro. Nubes de mosquitos, avispas y moscas volaban de un lado a otro a través del humo, sin dejar de morder y picar a diestro y siniestro. Vangerdahast podía oír su zumbido enloquecedor.

Obligó a Cadimus a volver grupas y se encontró ante los restos del campamento orco. Vio pieles y comida a medio cocinar dispersas por doquier, y a las hembras aterrorizadas que agrupaban a los jóvenes aturdidos empujándolos hacia el pantano. Cerca de dos docenas de machos y un número similar de fornidas hembras se acercaban a ellos, armados con lanzas de caza.

Vangerdahast condujo a Cadimus a través de un grupo de Dragones aturdidos y agitó la mano en dirección a la parte ancha de la península, mientras formulaba una serie larga y compleja de conjuros. Al contrario que la mayoría de hechizos, aquél no requería un componente material, pero sí medio minuto de compleja cantinela. Antes de que terminara, los ancianos orcos empezaron a arrojar las lanzas contra él, y las ghazneth aparecieron arriba, sobre el promontorio, surcando el cielo de regreso a la torre. Aunque no podía ver el cuerpo principal del ejército orco, estaba seguro de que estaría cargando península arriba para defender la torre.

Cuando Vangerdahast terminó el hechizo, un muro de un color muy vivo se levantó ante él, un muro que se extendía a lo largo de la península penetrando profundamente en el agua. No bastaría para detener a las ghazneth voladoras, por supuesto, pero el ejército orco se vería obligado a retroceder hasta el pantano para vadearlo. Cualquier guerrero lo bastante estúpido como para intentar escalarlo sería rechazado tan magullado que nadie podría reconocerlo.

Cuando Vangerdahast se volvió hacia la torre de barro, una lluvia de flechas orcas llovía de las troneras. La real compañía expedicionaria empezaba a recuperarse del aturdimiento y respondía al fuego enemigo, pero sin mucho éxito. El manto de oscuridad que parecía proteger el lugar, les impedía apuntar con efectividad, por lo que sus flechas eran, más o menos, tan efectivas como las de los marranos que alcanzaban las armaduras protegidas por escudos mágicos.

Vangerdahast cabalgó al frente para entrevistarse con los subcomandantes, que permanecían agrupados recibiendo órdenes de Owden. Con el entrecejo fruncido por la presunción del clérigo, el mago desmontó dejando a Cadimus en manos de uno de los Dragones más jóvenes, y se acercó a los oficiales.

—¡Dejen de perder el tiempo con el campesino! —Vangerdahast empujó al comandante de los Dragones Púrpura hacia el muro—. Las ghazneth llegarán en un par de minutos. Despliegue a los arqueros.

—A sus órdenes —respondió el otro, pálido.

Se dispuso a obedecer sin perder un segundo, y dio algunas órdenes a voz en cuello a los Dragones para que formaran en cuadro. Vangerdahast se volvió al comandante de sus magos guerreros y señaló las puertas de la torre. Para su sorpresa, tenía una capa de hierro negro. No comprendía por qué razón se le había escapado ese detalle desde la cima de la colina.

—¿Puede decirme por qué razón sigue la torre en pie?

—No. —El joven mago palideció—. La hemos atacado con fuego, rayos y deformación. Pero todo ha sido inútil.

—De hecho, los hechizos no hacen sino fortalecer las puertas. El hierro no apareció hasta que sus magos empezaron a hacer su trabajo —añadió Owden.

—¡Pues inténtenlo con las paredes! —bramó Vangerdahast—. ¡No hay tiempo que perder!

A medida que hablaba, el mago supremo sacó la piedra imán del bolsillo y cogió una pizca de polvo de la capa de Owden. Mezcló el polvo con la piedra imán, señalando la base de la torre, y murmuró un hechizo. Un rayo brillante y translúcido surgió de la punta de sus dedos, y envolvió el edificio formando un círculo de energía crepitante. El barro se volvió oscuro, liso, hasta el punto de que parecía estar a punto de fundirse cuando la magia del mago se desvaneció, y remitió hasta formar un disco liso de mármol negro.

Vangerdahast profirió entre dientes una maldición cuando la flecha de un orco rebotó tras alcanzarle en el pecho.

—Igual que la puerta —dijo Owden—. Me temo que Alaphondar comprende mejor la naturaleza de la torre de lo que cree. Es como si empleara nuestra propia magia contra nosotros.

—Obviamente —resopló Vangerdahast.

Decidió probar la táctica opuesta, apuntó con la mano la pared de la torre y masculló entre dientes un conjuro rápido para disipar magia. El círculo oscuro se hizo mayor.

Una ráfaga de flechas lanzadas por los Dragones anunció la llegada de las ghazneth. Vangerdahast observó el muro y vio que los cinco fantasmas caían en picado sobre el pantano, con el pecho y las alas atravesadas por flechas con punta de hierro. Le pareció que dos de las criaturas volaban más lentas de lo normal, y una de ellas esparcía a su paso el reguero de sangre oscura.

—Si la magia no sirve, recurriremos al trabajo duro —dijo Owden.

El maestre de agricultura empuñó la lanza de punta de hierro que un Dragón había clavado en tierra y cargó en dirección a la torre, apartándose del círculo de oscuridad animado por Vangerdahast.

Una auténtica lluvia de flechas cayó sobre el clérigo, procedente de las troneras de la torre. La mayoría no le alcanzaron, pero incluso las que lo hicieron rebotaron contra la armadura mágica sin causarle el menor daño. Vangerdahast lo miró con expresión hosca, pero finalmente comprendió lo que se proponía hacer el clérigo y ordenó a una cuadrilla de hombres que lo siguieran.

—¡Vayan a ayudar a ese loco! ¡Tanalasta me arrancará las orejas si le ocurre algo!

Una docena de Dragones empuñaron las lanzas y salieron tras Owden, seguidos de un puñado de magos guerreros que rápidamente crearon un escudo mágico sobre sus cabezas para desviar el diluvio de proyectiles orcos. Vangerdahast permaneció inmóvil unos segundos para observar la respuesta del enemigo, pero el aura de oscuridad que envolvía la torre le impidió ver lo que sucedía en su interior. La única reacción consistió en un leve receso de la lluvia de flechas, cuando los marranos se cercioraron de la futilidad de su defensa.

Las andanadas de flechas le hicieron tomar conciencia de la proximidad de las ghazneth. Al mirar a su alrededor, Vangerdahast vio a los Dragones Púrpura formados en líneas dispersas a lo largo de la costa, empeñados en llenar el aire de flechas para defenderse de las ghazneth que sobrevolaban el terreno a ras de suelo. Detrás de cada línea de Dragones Púrpura había un mago guerrero que levantaba el dedo por encima de sus cabezas mientras entonaba el conjuro correspondiente al muro mágico.

Cuando los magos guardaron silencio, surgieron unas cortinas onduladas alrededor de los márgenes de la península, encerrándola en un perímetro muy similar al que protege cualquier castillo formado por muros mágicos. Un par de ghazneth se dieron de cabeza contra estas barricadas, y en el lugar reverberaron sus gritos de dolor, aunque parecían más sorprendidas que heridas. Los otros tres fantasmas se dirigieron rápidamente hacia la costa para evitar los hechizos, y como un relámpago negro irrumpieron a través de una línea formada por algunos Dragones, para clavar sus garras en el mago guerrero situado en retaguardia.

Uno de los hechiceros lanzó rápidamente un hechizo de telaraña, uniéndose a su atacante en una especie de capullo formado por un filamento pegajoso y blancuzco. Los otros dos magos guerreros se vieron levantados del suelo; gritaron y agitaron brazos y piernas cuando las ghazneth remontaron el vuelo arrastrándolos a ellos. Una lluvia de flechas persiguió a los fantasmas superando el muro prismático como un relámpago de Vangerdahast, aunque eso no bastara para impedir que las criaturas soltaran a sus víctimas en medio del ejército orco. Después de un breve tumulto de magia apresurada, entre los gritos de los orcos, éstos lanzaron unos cuantos vítores, lo cual anunciaban la derrota de los magos guerreros ante un enemigo muy superior en número.

En la parte del muro que daba a Vangerdahast, una docena de Dragones se arrojó sobre la ghazneth que había quedado atrapada a la telaraña. Los filamentos empezaban a mudar su color, y los hombres emprendieron el ataque con reticencia. Finalmente, uno cogió su espada con ambas manos y la hundió en el capullo con todas sus fuerzas. El ataque fue sucedido de un grito estridente, pero cuando el soldado intentó recuperar la espada para volver a hundirla en el enemigo, ésta permaneció enganchada a la telaraña. Empezó a removerla de un lado a otro con la esperanza de agrandar la herida y causar todo el daño posible. Al ver que eso producía un rugido ensordecedor, varios de sus compañeros hundieron sus armas en la telaraña e imitaron la táctica. La ghazneth aulló de rabia y dolor, forcejeando con todas sus fuerzas, y los Dragones tuvieron que hacer verdaderos esfuerzos para no soltar la empuñadura de la espada.

De pronto, el fantasma dejó de forcejear. Un gran estruendo levantó a los Dragones del suelo cuando éste se abrió bajo sus pies, para dar paso a una columna de humo amarillento que los hizo volar por los aires. Los soldados trazaron un molinete como si estuvieran bailando una danza aérea, mientras golpeaban y gritaban al fantasma con la espada y el puño cubierto por el guantelete, enganchados a su enemigo por el hechizo de telaraña. Sus voces se volvieron roncas y rotas después de inhalar el humo amarillo y acre. Un par de guerreros se libraron de la telaraña y cayeron al suelo, mientras el humo desaparecía tan rápidamente como había aparecido.

La crisálida se hundió en el suelo arrastrando a hombres y armas, pero reapareció al cabo de un momento cuando una columna de fuego la arrojó de nuevo por los aires. El hechizo de telaraña se disolvió al arder. Los Dragones se desintegraron en una maraña compuesta por la armadura quemada y cenizas aullantes que se precipitó de nuevo en el abismo. La ghazneth surgió como una silueta llameante, y permaneció flotando en pleno vuelo, extendió las alas y profirió un largo graznido. Cayó sobre un ala dejando a su paso una estela de fuego, con intención de atrapar al mago guerrero que estuviera más cerca con sus garras ardientes, momento en que desapareció de la vista de Vangerdahast.

Las demás ghazneth llegaron sobrevolando por encima de los muros mágicos, procedentes de los cuatro puntos cardinales, con las garras extendidas y dejando a su paso goterones de sangre oscura. El estruendo de la magia y las flechas que rasgaban el aire las obligó a batirse en retirada al instante, momento en que el suelo empezó a temblar. Unas cortinitas de fuego surgieron a lo largo de la columna de la península. El hedor a sulfuro se volvió asfixiante, y los hombres empezaron a toser, ahogarse y llevarse las manos a la garganta. Los caballos de la compañía, asustados y libres de las riendas que sujetaban los jinetes, huyeron al galope por la línea de la costa, topándose de vez en cuando con las paredes invisibles de los muros mágicos, en su empeño por buscar una salida que les permitiera alejarse de la península.

Los magos guerreros despejaron la atmósfera con una ristra de vientos mágicos, lo cual no impidió que Vangerdahast profiriera una maldición.

Hasta el momento, las ghazneth nunca habían recurrido a poderes semejantes para combatir a la real compañía expedicionaria, y no podía evitar preguntarse qué otras sorpresas les tenían reservadas. Toda su estrategia se basaba en la necesidad de mantener controladas a las criaturas el tiempo necesario para acceder al interior de la torre; Vangerdahast empezaba a pensar que ni siquiera podría alcanzar ese objetivo tan sencillo.

El mago supremo vio una ghazneth envuelta en llamas que sobrevolaba el muro prismático que había creado, y a la que tuvo que obligar a retroceder mediante una tormenta de hielo. Después echó a correr para unirse a Owden y los demás que estaban junto a la torre. El maestre de agricultura y otros dos hombres formaban hombro con hombro, atacando el barro como posesos con la punta de hierro de la lanza, aunque sólo habían logrado arrancar algunos pedazos de barro. Se las habían ingeniado para practicar un túnel que penetraba unos sesenta centímetros hacia el interior de la torre, y el muro cedía cada vez que lo golpeaban con las lanzas. Dispuesto a impedir que el clérigo de Chauntea entrara primero, Vangerdahast se introdujo en el túnel y apartó a Owden de su camino.

—Deje pasar a los Dragones Púrpura —dijo el mago supremo—. Tanalasta no me perdonaría que le ocurriera a usted algo malo.

—Claro, sería tan lamentable como permitir que otro pudiera liberarla. —Owden se libró de la mano con que Vangerdahast lo cogía, pero se hizo a un lado y dejó de cavar—. Continúe con sus juegos si tanto lo desea. No creo que eso pueda alterar la decisión que ha tomado la princesa.

Vangerdahast se mordió la lengua para evitar replicar, consciente de que enfrentarse abiertamente a él sólo serviría para confirmar lo mucho que temía que el clérigo tuviera razón. Tanalasta siempre había sido una mujer perceptiva; ahora, que además se había vuelto tozuda, necesitaría algo más que un simple rescate para que reconsiderara sus convicciones.

Los soldados que cavaban la emprendieron con la pared de barro, y en cuestión de segundos lograron practicar un par de agujeros que daban al oscuro interior. Un olor a tierra húmeda inundó el túnel. Un zumbido extraño reverberó en el interior de la torre, cuando los Dragones gritaron y retrocedieron como pudieron, con las cabezas hundidas en sendas nubes de avispas negras.

Vangerdahast levantó una mano y sopló en la palma, dispersando las avispas con un rápido hechizo de viento: magia defensiva estándar para cualquier mago guerrero que se preciara de serlo. Los dos Dragones cayeron de espaldas, cubriéndose los ojos y gritando de dolor. Owden y algunos Dragones se las apañaron para apartar las manos del rostro, que lucían visibles muestras de picaduras. El clérigo rogó la piedad de Chauntea y empezó a rezar.

—Ahorre sus hechizos para Tanalasta —dijo el mago al poner la mano en su hombro—. Por mucho que lamente compartir su gratitud, la princesa podría necesitar de sus poderes curativos más que estos soldados.

Owden escuchó abatido sus argumentos. Vangerdahast no le dio elección, lo puso en pie y se volvió hacia el interior de la torre, de cuyo interior surgía una nube de avispas. Media docena de Dragones Púrpura se taparon la cabeza con la capa y cargaron contra el enjambre a la carrera. Superadas las avispas, golpearon la pared agujereada del túnel con el hombro por delante.

Los agujeros que habían practicado antes cedieron ante el empuje de los Dragones, y la pared se derrumbó para dar paso a un portal de apenas dos metros cuadrados. Dos guerreros cayeron de cabeza en la oscuridad, con la espinilla en el borde de la brecha que habían practicado. Allí donde sus piernas entraban en contacto con la pared, unos círculos de mármol negro empezaron a extenderse a medida que la torre absorbía la magia de sus capas y escudos mágicos. Las avispas cayeron sobre ellos, y los hombres empezaron a gritar y correr sin orden ni concierto.

Un mago guerrero dirigió una tormenta mágica hacia el agujero. Los bordes se volvieron de mármol oscuro, pero bastó para que el viento empujara a las avispas hacia lo más hondo de la torre. Varios Dragones se adentraron en la oscuridad y tiraron de sus camaradas por las piernas.

Una tempestad de flechas orcas surgió de la oscuridad a modo de recibimiento. La mayor parte golpeó contra su objetivo sin causar ningún daño, salvo dos que hicieron blanco y sus víctimas gritaron de dolor al encajar las puntas de flecha. Cuando sus camaradas los sacaron del túnel, uno de ellos tenía una flecha alojada en el hombro, y en el otro atravesaba la garganta. Vangerdahast sacó un anillo de comandante de su bolsillo y se lo puso lo suficiente como para activar su magia, después se lo quitó y lo arrojó al interior del túnel.

El anillo brillante atravesó el túnel, superó la brecha, y cuando cayó al suelo empezó a remitir su fulgor. La luz duró lo suficiente para permitir a Vangerdahast ver la nube de avispas que giraba en torbellino en la pared exterior, y a una docena de orcos que se dirigían hacia una puerta.

—¡Bolas de fuego! —exclamó Vangerdahast, tras comprobar que Tanalasta no estaba en la estancia.

—¿Bolas de fuego? —se extrañó Owden—. ¡Pero si eso es precisamente lo que quieren! Ese tipo de magia convertirá toda la torre en piedra.

—¿Y qué más da? Ya hemos abierto una brecha —respondió el mago, haciendo un gesto de indiferencia.

Mientras los magos guerreros que estaban bajo su mando preparaban los hechizos, Vangerdahast comprobó que el curso de la batalla en la península le era desfavorable. Una densa nube de humo, que brillaba aquí y allá debido a las cortinas mágicas de color escarlata, cubría el campo de batalla. Los Dragones Púrpura yacían en el suelo a docenas, con las manos alrededor de la garganta o completamente inmóviles. Los pocos que quedaban de pie apenas podían ver nada a través de las llamas y el humo, estaban solos en la costa, formando líneas maltrechas, tosiendo y asfixiándose debido al aire envenenado. No había ni rastro de los magos asignados para apoyar a los soldados, y los caballos de la compañía galopaban de un lado a otro de la costa, más enloquecidos que nunca. Por supuesto, Cadimus lideraba la carga. Cuando Vangerdahast no pudo distinguir ninguna ghazneth en el cielo, se preguntó si los fantasmas habrían caído, víctimas de las armas de hierro de los Dragones.

Pero su esperanza se quebró al observar que el fulgor mágico que despedía el muro empezaba a disiparse. Aunque sus propios hombres bloqueaban su campo de visión, tuvo la certeza de que las ghazneth se habían acercado al muro para absorber la magia. A su espalda había una horda de orcos dispuestos a pelear, esperando a vadear la orilla y acabar con los supervivientes de la real compañía expedicionaria.

Vangerdahast pensó que los marranos no encontrarían demasiadas dificultades. Sufrirían un momento de confusión cuando Cadimus y los demás caballos atravesaran la línea de orcos, pero después tendrían la victoria en sus manos. No disponía de suficientes Dragones vivos para contener al enemigo, y caerían todos en cuanto los orcos llegaran a su altura.

Del interior de la torre surgió un gran estruendo producido por una bola de fuego. Vangerdahast volvió la mirada y vio una lengua de fuego que salía del portal. Las paredes de barro sufrieron una transformación inmediata y adoptaron la textura del mármol negro, hasta la altura del segundo piso. Arrancó un trozo de la capa, lo enrolló formando un cono y se lo llevó a los labios. Susurró un conjuro rápido y se volvió hacia los supervivientes.

—¡Retirada a la torre!

Aunque pudo oír su propia voz sobre el estruendo de la batalla, los Dragones rompieron filas y corrieron hacia la torre tan deprisa como pudieron. Media docena cayó casi de inmediato, víctimas del humo amarillento y emponzoñado, o de las lenguas de fuego que surgían de las entrañas de la tierra. Vangerdahast comprendió que la mitad, quizás una veintena de soldados, conseguirían alcanzar la torre.

El mago supremo cogió al mago guerrero que tenía más cerca.

—Cuando entre en la torre, usted asumirá el mando. Bloqueé la brecha con un muro de hierro, pero, cuidado, que no toque el muro de la torre… déjelo a un milímetro de distancia. Después, reúna a los supervivientes y teletranspórtense de vuelta a Arabel.

—A sus órdenes —respondió el mago, obviamente aliviado.

—¿Y qué me dice usted de Alaphondar? —preguntó Owden—. No ha enviado usted esa estrella fugaz.

—Alaphondar está a salvo en su escondrijo —respondió el mago, observando la carnicería que se producía a su alrededor—. Nos teletransportaremos desde Arabel y lo recogeremos.

Vangerdahast volvió a concentrar su atención en la torre, de cuyo interior surgían las llamas de la última bola de fuego. Sacó una pluma de cuervo del interior de su capa y se acarició con ella mientras pronunciaba un conjuro. Sintió un cosquilleo en sus brazos. Empezó a sentirse muy ligero, entonces sus pies se levantaron del suelo y se elevó en el aire.

Cuando Vangerdahast completó el hechizo, llegaron corriendo los primeros Dragones procedentes de la costa. Hedían a sulfuro y tosían con fuerza. Hasta el último soldado tenía la cara llena de picaduras de insectos, rojas como tomates, y lucían la expresión de una persona aquejada de fiebre recurrente. Al ver que Vangerdahast flotaba en el aire, uno de los soldados intentó agarrarlo de la túnica.

—¿Adónde cree que va? —preguntó el soldado con voz aguda y desentonada—. ¡La real compañía expedicionaria no abandona a los suyos!

—¡Cobarde! —acusó otro de los soldados—. ¡Vuelva aquí y luche como un hombre!

Algunos hombres más se sumaron a las acusaciones y salieron tras el mago, con intención de agarrarlo por la capa como fuera. Vangerdahast desembarazó su brazo y se alejó de su alcance con un chasquido de los dedos.

—¿Cómo se atreven a acusarme de desertor? —preguntó el mago, cada vez más furioso. Sacó una varita del interior de su capa y añadió—: ¡Cómo se atreven!

—¡Vangerdahast, es la locura de la ghazneth! —exclamó Owden, después de dar un paso al frente y levantar los brazos para impedir el ataque. El clérigo señaló los rostros magullados de los soldados—. Están enfermos y heridos, igual que usted lo estuvo en Arabel.

—¡Pues manténgalos bajo control! —ordenó Vangerdahast, que se sentía como un idiota y algo asustado por todo lo que ignoraba de las ghazneth—. Nos veremos en Arabel.

—¿Yo? —preguntó Owden, sorprendido—. ¿A qué se refiere? Necesita que alguien vigile su espalda.

—¿Cómo? —Vangerdahast movió los brazos como un pájaro y flotó en dirección a la brecha humeante abierta en el muro negro de la torre—. A menos que pueda usted volar, que lo dudo, no sería más que un lastre para mí, además de que perdería usted la magia de su capa.

—¡Espere! —exclamó el mago al que Vangerdahast había abandonado el mando—. Creo que puedo ayudarle.

Vangerdahast miró hacia atrás y vio que el mago guerrero se reunía con Owden y que, después, ambos echaban a correr siguiéndolo por tierra. El hechicero acarició con una pluma de paloma los brazos del clérigo. Un puñado de Dragones enloquecidos trastabillaron de un lado a otro siguiendo a la pareja, maldiciendo a Vangerdahast, acusándolo de cobarde y prometiendo vengarse en la otra vida. Detrás de ellos, en la orilla más cercana a la península, las ghazneth habían terminado de absorber la magia del muro mágico. Cadimus trotó a través del agujero, liderando a los demás caballos, que de vez en cuando miraban con ojos desorbitados a las ghazneth que se encontraban en lo alto, sobre ellos.

Owden se elevó algo inseguro en el aire, bloqueando la línea de visión de Vangerdahast. Por eso no pudo ver cómo seguía la carrera de Cadimus.

—¡Preparado!

—¡Ya le avisaré yo cuando esté usted preparado!

Vangerdahast se volvió y se alejó flotando hacia la oscuridad marmórea que envolvía la torre.