17
Tanalasta yacía en brazos de Rowen, dolorida y febril, confortada por la luz del sol que penetraba a través de las retorcidas ramas de un castaño. Alusair estaba ocupada preparando los caballos supervivientes para partir, y uno de los clérigos se encargaba del entierro de Emperel. Tanalasta tenía la mente tan confusa que no dejaba de dar vueltas al mismo asunto. Tenía agarrada contra su pecho la bolsa en la que Emperel llevaba los mensajes, y recordaba vagamente que debía llevarlos a Alaundo. Sin embargo, le costaba mucho recordar por qué… Y estaba tan agotada que era incapaz de encontrar la solución.
Un guantelete de acero apareció flotando en el aire sobre Tanalasta, a la altura de sus ojos. Pensó que se trataba de una aparición, que era la mano de Iyachtu Xvim que había ido para llevarla a su Bastión del Odio, momento en que se agarró con fuerza al brazo de Rowen.
—No me dejes. —Le tendió la bolsa de Emperel—. Lleva esto a Alaundo. Háblale de los signos… y de Xanthon.
—No estáis tan enferma, alteza. —Rowen se negó a aceptar la bolsa.
El guantelete se acercó aún más, calentó el rostro de Tanalasta y se interpuso ante su mirada de tal forma que no podía ver más allá. Estaba demasiado asustada para desviar la mirada.
—No discutas. —Tanalasta levantó la barbilla—. Bésame. Quiero morir…
—No creo que os estéis muriendo, alteza. —Rowen parecía sentirse insultado—. Y os aseguro que no vais a morir en mis brazos. Ahora quedaos quieta, y dentro de un minuto Seaburt se encargará de que os sintáis mejor.
—¿Seaburt?
Tanalasta vio la gruesa muñeca que surgía del guantelete, y que lentamente le ayudó a comprender que no se trataba de la mano de Iyachtu Xvim. Era el símbolo de Torm el Fiel, el dios al que adoraba Alusair y el que reverenciaban los dos clérigos de su compañía. Seaburt depositó el guantelete en la frente de Tanalasta y murmuró una rápida plegaria a su dios, solicitando la ayuda de Torm para «esta entregada hija de Cormyr». Al recordar sus discusiones con Vangerdahast y el rey, Tanalasta pensó con preocupación que quizá la deidad no la encontrara digna de su magia curativa, y siguió apretando la bolsa contra Rowen. Su piel empezó a erizarse al sentir la magia, después sintió a través de su frente que el guantelete se enfriaba y se secaba. La cabeza le dolía más que nunca y profirió un gemido involuntario.
—Sed fuerte, princesa —dijo Seaburt. Con una barba de meses y negras bolsas bajo los ojos, el clérigo no tenía mejor aspecto que Tanalasta—. Torm os librará de esa fiebre, pero os dolerá hasta que abandone vuestro cuerpo.
«¿Dolor?». Tanalasta hubiera gritado si hubiera tenido fuerzas. Se sentía como si alguien acabara de abrirle la cabeza con un hacha. Cerró los ojos, escuchó los latidos de su corazón que reverberaban en sus oídos, y suplicó a Chauntea que le concediera la fuerza necesaria para resistir la curación de Torm. El temblor de sienes arreció, y pensó que su cerebro iba a estallar en su cabeza. Hacía lo posible por contenerse, cuando el guantelete volvió a calentarse y sintió un tacto húmedo en su frente. El guante despidió una luz intensa, de tal forma que hasta ella misma pudo verla pese a tener los párpados cerrados. Unos segundos más tarde, sintió una oleada de frescura que recorrió hasta la última fibra de su cuerpo.
Tanalasta abrió los ojos y se encontró mirando a través del brillo perlado del guantelete. Seaburt apretaba con fuerza la mandíbula, y con la mirada perdida observaba más allá de los muros abandonados del torreón. Vio en su rostro surcos de sudor, un sudor que goteaba de su barba para caer sobre el guantelete y fundirse con un susurro. Tanalasta se sentía más fuerte. La niebla desapareció de su mente, y ya no se sintió tan mareada. Se esforzó por sentarse, pero Seaburt la obligó a seguir tendida y la retuvo así hasta que el fulgor desapareció por completo del guantelete.
Cuando finalmente el clérigo lo levantó y sacó la mano de su interior, tenía la piel roja e hinchada.
—Aún estáis débil —dijo Seaburt—. Bebed cuanto podáis y os sentiréis mejor.
—Ya me siento mucho mejor, gracias. —Tanalasta se sentó, pero estuvo a punto de desmayarse cuando intentó incorporarse—. Aunque ahora comprendo a qué se refiere con lo de sentirse débil.
Sonó un silbato al otro lado del patio, donde su hermana le hacía un gesto con la mano. Junto a Alusair se encontraban los supervivientes de la compañía: el segundo clérigo, una docena de ojerosos caballeros y quince caballos flacuchos. Aunque los caballos tenían los correajes correspondientes, habían quitado las sillas a las pobres bestias para no cargarlas demasiado.
—Ha llegado el momento de irse. —Rowen pasó un brazo por la axila de Tanalasta y la ayudó a incorporarse—. Lo siento, pero parece que tendréis que caminar. Los caballos están demasiado débiles para llevaros.
A medida que se acercaban a Alusair y los demás, Tanalasta observó a las débiles bestias con una simpatía justificada por su propio cansancio.
—¿Qué necesidad hay de obligar a estos pobres animales a que nos acompañen? —preguntó a su hermana—. Si les permitimos descansar aquí, tendrán más posibilidades de sobrevivir… Y si no, al menos morirán en paz.
—¿Y de qué iba a servirnos eso? —preguntó Alusair—. Si mueren por el camino, no habremos perdido nada. Si se recuperan, nos ahorrarán cinco o seis días de camino.
Alusair se volvió para dar la orden de partida a la comitiva, pero Tanalasta se sintió asustada ante la perspectiva: un ahorro de cinco o seis días supondría llegar a la montaña del Trasgo bastante antes que Rowen, y no se hacía ilusiones sobre lo que tal cosa supondría. Alusair se encargaría de que un mago guerrero la teletransportara a Arabel de inmediato, y sus padres, que considerarían cualquier relación con un Cormaeril poco menos que un desastre político en comparación con el desaire de Dauneth, se encargarían de que Rowen no se acercara jamás a menos de diez kilómetros de ella.
—¿Qué sucede? —preguntó Rowen, ofreciéndole la mano—. Si estáis demasiado cansada para caminar, yo os llevaré.
—No. —Tanalasta lo retuvo hasta que los demás se hubieron alejado unos pasos—. Rowen, no puedes abandonarme mañana.
—Pero debo hacerlo. —No hizo el menor esfuerzo por guardar silencio—. Vangerdahast no tiene ni idea de…
—Vangerdahast no tardará en imaginarse lo sucedido —susurró Tanalasta—. Y aunque no lo hiciera, ese viejo fisgón es capaz de cuidar de sí mismo.
—Quizá deberíamos hablar de esto más tarde —dijo Rowen, observando inquieto la espalda de Seaburt—. Aún estáis muy débil.
—¡No! —Tanalasta cogió sus manos—. Rowen, debes saber lo que siento por ti… y lo que espero que sientas por mí.
—Por supuesto —respondió con una sonrisa tímida—. En ningún momento se me ha ocurrido pensar que erais el tipo de princesas que besan al primero que pasa, mientras se enfrentan a una ghazneth.
—Así es —replicó la princesa, sin corresponder a su sonrisa—, pero no rehuyas el tema.
—Estáis muy por encima de mi posición social… pero, sí, os considero más como una mujer que como una princesa.
—¿Debo entenderlo como un sí? —preguntó Tanalasta, ceñuda. Cuando Rowen asintió, la princesa añadió—: Entonces no podemos permitir que Alusair nos separe. Ya sabes lo que pretende hacer.
—Dudo que nosotros seamos el motivo de sus preocupaciones.
—Claro que no —dijo Tanalasta—. También le preocupa el momento en que el rey se entere de nuestros sentimientos, porque lo más probable es que el peso de la corona recaiga en ella, en lugar de en mí.
—¿Vuestro temor es una posibilidad o está fundado en sólidas razones? —preguntó Rowen, con expresión enigmática.
—Sí, la desgracia en que ha caído tu familia —dijo Tanalasta al advertir el dolor que le había causado, y decidir que merecía una respuesta honesta— causaría algunos problemas al trono. Las familias leales considerarían cualquier favor mostrado hacia ti como una afrenta a sus intereses, y las familias neutrales podrían echar en cara al trono su falta de reciprocidad.
—En tal caso, el rey no tendría elección en este asunto —supuso Rowen—. Se vería obligado a nombrar heredera a Alusair.
—No es posible predecir lo que hará o dejará de hacer el rey. —Tanalasta se encogió de hombros—. Puede ser una persona muy sorprendente, y sabe reconocer cuándo es mejor retirarse que perder. Nuestras partidas de ajedrez le han enseñado eso y mucho más.
Mientras Rowen lo consideraba, Seaburt volvió la mirada desde la retaguardia de la línea.
—Si la princesa se siente demasiado débil para caminar…
—La princesa se siente lo bastante fuerte para caminar —replicó Tanalasta—. No se preocupe por nosotros. Si necesitamos ayuda, se la pediremos.
—Por supuesto. —Seaburt frunció el entrecejo y siguió caminando—. Estaré atento a vuestra llamada.
Tanalasta clavó la mirada en la espalda del clérigo y experimentó una repentina sensación de rechazo. Cuando se hubo alejado lo suficiente, cogió a Rowen del brazo y siguieron tras la compañía.
—Sabes lo que sucederá cuando lleguemos a la montaña del Trasgo —dijo en voz baja—. Alusair enviará un mensaje y, cinco minutos después, una docena de magos guerreros se presentarán para llevarme de vuelta a Arabel.
—¿Debo lamentar el que os pongan a salvo? —preguntó el explorador.
—Sí, si eso significa que no volvamos a vernos.
—¿No estáis exagerando un poco? Soy muy capaz de encontrar el camino de vuelta a Arabel por mis propios medios… Y también a Suzail.
—¿Cuándo? ¿Entre una y otra misión de exploración en Anauroch o entre las misiones de espionaje a las que te destinarán en Llanura de Dun? Mi padre y Vangerdahast te mantendrán tan ocupado que no verás una ciudad cormyta hasta que me case y cargue con el hijo de otro hombre.
Aunque Rowen permaneció impasible, al menos tuvo la cortesía de torcer el gesto.
—Si desobedeciera a Alusair, pasaría los próximos diez años de mi vida en las mazmorras del castillo de Crag… sin la menor esperanza de poder redimir el nombre de mi familia.
La compañía empezó a abrirse en abanico a lo largo del páramo. Los hombres se dispusieron a llevar a uno de los caballos más o menos hacia el oeste, dejando un reguero de pistas falsas antes de volver hacia el sur. Tanalasta guardó silencio durante un rato, consciente de que Rowen tenía razón. No tenía autoridad para anular la orden dada por su hermana, y Vangerdahast tenía un carácter lo bastante implacable como para encerrar al explorador con el menor pretexto de desobediencia.
—Tienes razón, por supuesto. No puedo pedirte que desobedezcas a Alusair. —Tanalasta mantuvo la cabeza gacha mientras hablaba, observando la maleza por si descubría serpientes u otros obstáculos—. Por lo tanto, te acompañaré.
—¿Qué? —gritó Rowen, atrayendo la mirada curiosa y reprobatoria de Seaburt. El explorador moderó el tono de su voz, y después continuó diciendo—: Es lo que más me gustaría, pero Alusair nunca lo permitirá.
—Alusair puede darte órdenes a ti, pero no a mí —dijo Tanalasta—. Ni siquiera es mi hermana mayor.
—Por favor, Tanalasta… No puedo. Hacer lo que me pedís me convertiría en una persona muy parecida a Gaspar y Xanthon.
—Nunca serás como ellos.
—No lo creo: basta con que anteponga mis deseos a mi juramento como Dragón Púrpura. —Rowen ayudó a Tanalasta a rodear un arbusto de uña de gato, apartándola al mismo tiempo de un alacrán dispuesto a atacar—. Todos tenemos un deber que cumplir. Yo soy explorador, y mi deber es desplazarme con rapidez para encontrar a Vangerdahast. Vos sois la persona más instruida que conozco, y vuestro deber es ir a Arabel para informar al rey de lo que habéis descubierto.
—Y así lo haré —dijo ella—. Pero contigo.
—Estaréis más segura con Alusair —respondió Rowen, haciendo un gesto de negación.
—¿De veras? —Tanalasta observó a los hombres que lideraba su hermana—. Más bien creo que a las ghazneth les resultará más fácil encontrar a un puñado de hombres maltrechos, que a dos personas que se muevan rápida y sigilosamente.
—Quizá. —Rowen calló unos segundos para pensar y añadió—: Podría ser como decís si estuvierais en buenas condiciones, pero con esa fiebre… Estáis muy débil.
—La fiebre remitirá. Seaburt ha dicho…
Tanalasta no completó la frase al comprender lo que significaba el silencio de Rowen. Había estado a su lado mientras Seaburt la curaba por lo que había oído las palabras del clérigo. Trastabilló al dar dos pasos más, se detuvo y se volvió hacia el explorador.
—Tú no quieres que te acompañe.
A juzgar por la expresión culpable de Rowen, así era. Tanalasta comprendió que su suposición era acertada. Libró su brazo del explorador y siguió caminando sin ayuda. Rowen se adelantó para alcanzarla.
—Por favor, Tanalasta, no es lo que pensáis. Confío plenamente en vuestras habilidades…
Tanalasta lo detuvo en seco levantando la mano, la barbilla y apartándose de él.
—Ya es suficiente, Rowen. Y por cierto, cuando se dirija a mí, puede usted tratarme de alteza si eso le hace sentirse mejor.
Un ruido ahogado de pasos surgió entre los pinos, y reverberó a través del valle, de una a otra ladera hasta que Vangerdahast no supo distinguir si procedía de un lado o de otro. Tiró de las riendas de Cadimus para que se detuviera y levantó un brazo, ante lo cual los componentes de la real compañía expedicionaria también se detuvieron. El lugar se inundó al instante con el rumor y los murmullos de los magos y los Dragones que se preparaban para presentar batalla. Durante el último día y medio, la compañía había perdido docenas de hombres y caballos en las emboscadas que los orcos y las ghazneth les habían tendido, por lo que, en aquel momento, incluso el quiquiriquí de un gallo les obligaba a buscar refugio.
—¿Van a guardar silencio de una vez? —preguntó Vangerdahast, volviéndose en la silla.
Los miró fijamente hasta que remitió el estruendo, momento en que volvió a observar el terreno que estaban a punto de recorrer. El valle era uno de esos cañones serpenteantes, cubiertos por una franja ondulante de terreno pantanoso y paredes altas cubiertas de pinos. Al frente no podía ver ni a cincuenta pasos de distancia, y a ambos lados menos aún. Al cesar el ruido, reparó en que había árboles en todas direcciones, por lo que daba la impresión de que el tamborileo provenía de todas partes. En ocasiones parecía el ruido producido por los cascos al hundirse en la hierba; en otras, el rumor de unas alas al batir el aire.
Cadimus levantó el hocico para husmear el aire cuando una yegua de color bermejo surgió al galope ante el mago, con el pecho cubierto de espuma, los ojos salidos de sus órbitas y, las riendas y estribos sueltos. Recorrió el valle a galope tendido, al parecer sin reparar en la presencia de Cadimus, Vangerdahast y la compañía de expedicionarios que esperaban detrás. Cerca de la yegua volaba a ras de suelo una ghazneth, con las alas negras como boca de lobo completamente extendidas, y los brazos dispuestos a coger los flancos del caballo.
Vangerdahast apuntó al fantasma con el dedo y pronunció una sola palabra. Una docena de rayos de mágica luz dorada alcanzaron a la ghazneth. El impacto la arrojó contra los pinos, arrancando ramas y hojas. Al cabo de un instante, reverberaron en el valle los cascos y gritos de los Dragones y los magos guerreros que picaron espuelas en sus monturas para emprender la carga. Si algo había aprendido la real compañía expedicionaria a lo largo de los dos últimos días, era que uno nunca debía titubear al enfrentarse con una ghazneth. Vangerdahast tiró de las riendas de Cadimus para volver grupas tan deprisa como pudo, para emprender la persecución de la yegua que galopaba sin jinete.
El caballo de Tanalasta era una yegua de color bermejo.
El caballo no resopló, no se quejó, ni siquiera relinchó. Se limitó a caer de rodillas y cerrar los ojos, antes de desplomarse sobre unos arbustos. Tanalasta observó cómo Alusair, aturdida por el cansancio y una fiebre recurrente, tiraba de las riendas del animal e intentaba reemprender la marcha. Cuando el caballo no se movió, Alusair maldijo su pereza y, sin volverse, tiró de las riendas con más fuerza.
Tanalasta guardó silencio, satisfecha de ver que, para variar, no era ella la que cometía una estupidez. La princesa no podía creer que hubiera interpretado tan mal los sentimientos de Rowen. Su beso parecía sincero, pero creía recordar haber leído en alguna parte que los hombres experimentan sentimientos más intensos con su cuerpo que con su corazón. Quizás ése había sido su error. Quizás había interpretado una simple lujuria como algo más… duradero. El afecto que había percibido sólo fue la atracción carnal que un hombre siente por una mujer. La princesa casi deseó no haberse mostrado tan virtuosa. Si Rowen la hubiera utilizado, al menos Tanalasta tendría alguna justificación para enfadarse. Pero tal y como estaban las cosas, lo único que podía hacer era sentirse incómoda e intentar evitarlo hasta que partiera en busca de Vangerdahast.
Finalmente, Alusair dejó de tirar de las riendas del caballo, y con el entrecejo fruncido dio una vuelta completa alrededor del animal. Era el segundo que había muerto en las últimas diez horas de marcha. Profirió una maldición ininteligible y se volvió hacia Tanalasta.
—Pudiste haberme avisado.
—Creí que se levantaría —dijo Tanalasta, extendiendo las manos.
Alusair la miró fijamente, y después llamó la atención de los demás con un silbido quedo. Cuando la tropa se reunió a su alrededor, señaló el caballo muerto.
—Vamos a quitarnos los yelmos.
Los hombres cansados gruñeron y procedieron, a regañadientes, a quitar el forro de cuero que recubría el interior de sus yelmos. Después de que muriera el primer caballo, habían pasado casi una hora enterrándolo para evitar que el cadáver pudiera atraer a los buitres, y su presencia delatara la ruta que habían seguido. Nadie tenía ganas de repetir la experiencia, sobre todo teniendo en cuenta que la noche se acercaba y que había trece caballos más, dispuestos a seguir en cualquier momento a los otros dos.
Cuando Rowen se arrodilló para ayudar a los demás, Tanalasta intentó evitar su mirada, pero después se dio cuenta de que no podía mostrarse tan reservada. Puesto que Alusair tenía fiebre y los miembros de la compañía estaban rendidos por el cansancio, recaía cierta responsabilidad sobre sus hombros. Tanalasta cogió a Rowen del brazo.
—Usted, no —señaló hacia una línea borrosa y oscura que se recortaba contra el horizonte, hacia el oeste—. Yo diría que eso es un barranco. Mire a ver si encuentra un arroyo y un lugar seguro donde acampar.
—Espera un momento. —Alusair estaba tan débil que apenas tenía fuerzas para llamar la atención de Rowen con un gesto—. Tanalasta, tú no das órdenes a los miembros de mi compañía.
—Lo hago cuando tú no estás en condiciones de cuidar de su seguridad. —Tanalasta miró a su hermana a los ojos, que estaba más agotada que enfadada, y señaló con el brazo a los caballos supervivientes—. Si no procuramos que estas bestias beban un poco de agua, y pronto, mañana tendremos que enterrarlos a todos: después podremos empezar por tus hombres. —Miró a uno de los guerreros que aún se esforzaba por quitarse el yelmo.
—La princesa Tanalasta tiene razón. —Alusair recibió el comentario de Rowen con una mirada glacial, pero el explorador no se dejó intimidar—. Si hubierais estado en posesión de todas vuestras facultades, hace un par de horas que me hubierais enviado a buscar agua… Y no sólo para los caballos.
—Puede ser, pero sigo siendo la comandante de esta compañía. —Alusair frunció de nuevo el entrecejo, aunque su expresión parecía más dolida que enojada.
—Entonces harás bien en recordarlo y permitir que Seaburt ponga remedio a tu fiebre —dijo Tanalasta.
Puesto que Seaburt y su compañero clérigo tan sólo podían recurrir a la suficiente magia curativa como para que un tercio de los miembros de la compañía recuperaran las fuerzas, todos y cada uno de ellos estaban gravemente enfermos uno de cada tres días. Por desgracia, como Alusair había descubierto al quedar atrapada en la torre de los trasgos, la enfermedad tendía a recuperar fuerzas al segundo día. Hasta entonces, había rechazado rotundamente la posibilidad de privar a alguien de la curación para poder recuperarse ella.
—Quizá no conozca el ejército —dijo Tanalasta a Alusair—, pero sé de liderazgo. Como escribió el gran estratega Aosinin Truesilver: «Si alguien envía a sus soldados a la muerte, al menos debe hacerlo sobrio».
Alusair frunció aún más el entrecejo dispuesta a discutir, pero Rowen se lo impidió.
—Princesa, permitid que Seaburt ponga remedio a vuestra fiebre —insistió Rowen—. Si lo hacéis, todos tendremos más oportunidades de salir de ésta con vida.
Alusair paseó la mirada sobre todos y cada uno de sus hombres. Cuando vio que todos compartían la opinión del explorador, profirió un suspiro.
—Muy bien, Rowen, vaya a ver si encuentra agua —dijo Alusair—. Y ustedes ya me explicarán por qué razón no han enterrado todavía al caballo.
Los miembros de la compañía empezaron a cavar el terreno duro con los yelmos. Seaburt se llevó aparte a Alusair, y empezó a prepararla para el hechizo… el último que podía realizar hasta la mañana siguiente. Rowen se dirigió hacia el horizonte en dirección oeste, pero se detuvo al dar una docena de pasos y levantó la mano para protegerse los ojos del intenso sol poniente.
Tanalasta, contrariada, se acercó a él y señaló la línea borrosa.
—Está ahí. Podrá ver usted la sombra que proyecta.
—Bien. Ya la veo.
Tanalasta se dio cuenta de que Rowen la observaba, y al volverse hacia él comprobó que el explorador no observaba el barranco, sino sus ojos.
—Disculpad este engaño infantil —dijo—. Sólo quería disculparme.
—¿Disculparse? —repuso Tanalasta con frialdad—. No tiene por qué disculparse.
—Me temo que os he dado motivos de sobra para despreciarme.
—Tonterías. Has sido muy valeroso. El rey sabrá de tu valor. —Tanalasta hizo una pausa, después decidió que era necesario dar una muestra de su magnanimidad, aparte del hecho de tutearle—. Lo cierto es que no me extrañaría que te concedieran esa propiedad que tanto ansías.
—¿De veras creéis que ésa es la razón de que esté aquí? ¿Porque voy en busca de un pedazo de tierra?
Tanalasta retrocedió ante la amargura de su voz, y después bajó la barbilla para adoptar una altura menos regia.
—No, por supuesto que no. Sólo quería que supieras que no pienso seguir comportándome como una estúpida contigo.
—¿Como una estúpida, alteza?
—Sí. —Tanalasta apartó la mirada—. Te he estado provocando como una furcia de taberna, y tú te has comportado con la suficiente honorabilidad como para no aceptar mi afecto bajo falsas pretensiones. —Miró a Rowen de reojo y añadió—: Aunque hubiera sido preferible que hubieras dicho desde el principio, que estaba comportándome como una estúpida.
—¿Y cómo queríais que lo hiciera? No era eso lo que sentía. —Rowen se atrevió a cogerla de la mano, y cuando la princesa la retiró, el explorador volvió a intentarlo—. Si mis sentimientos son distintos de los vuestros, es sólo porque son más firmes. Desde el momento en que os conocí no he sido indiferente a vuestra presencia.
Tanalasta se sentía demasiado confusa como para retirar la mano. De nuevo él le decía lo que ella quería oír, pero ¿cómo podía creerle cuando sus acciones parecían decir todo lo contrario? Hizo un gesto de negación.
—Eso no puede ser cierto, o jamás me dejarías con Alusair… Sobre todo teniendo en cuenta que Vangerdahast dispone de todos los recursos del reino para asegurarse de que no volvamos a vernos.
Rowen cerró los ojos durante un momento, y después volvió la mirada hacia el horizonte.
—Quizá fuera lo mejor.
—¿Cómo? —Tanalasta agarró a Rowen por el brazo—: No me trates como a una idiota. Si no quieres hacerme la corte, entonces espero como mínimo que tengas el coraje de admitirlo sin rodeos. He oído a los demás decir una cosa y pensar otra durante toda mi vida, y si quieres que te dé mi opinión, tú no sirves para ello.
—Me expreso lo mejor que sé y puedo, princesa Tanalasta —replicó Rowen, cuya mirada echó chispas ante el menosprecio de la hija del rey—. Mis sentimientos son tan sinceros como firmes, pero soy hijo de una familia que ha caído en desgracia. De cortejaros, lo único que lograría sería debilitar la corona.
Tanalasta experimentó una alegría repentina en su corazón, y el enfado fue dejando paso a la comprensión. Permaneció de pie e inmóvil durante algunos segundos, y finalmente empezó a comprender cuánto debían haber herido sus palabras al explorador.
—Rowen, lamento todo lo que te he dicho —dijo Tanalasta, acercándose un poco más a él—. Ahora que me has explicado tus reservas, comprendo que has sido honesto… muy honesto, al menos contigo mismo.
—Disculpad, princesa. No era eso lo que pretendía.
—¿De veras? —preguntó Tanalasta, enarcando una ceja—. En tal caso, ¿estás preparado para hacer valer tus argumentos por encima de los de la diosa?
—Por supuesto que no, pero si os referís a vuestra visión, ¿cómo podremos tener la seguridad de que soy yo el elegido?
—Lo sé —replicó Tanalasta—. Y tú también.
Rowen parecía compungido y no dijo nada.
—Seguro que no faltarán quienes lamenten mi decisión —dijo Tanalasta al advertir la oportunidad de convencerlo—, pero sucedería lo mismo si eligiera a otro. Si me decantara por un Silversword, los Emmarask se enfadarían. Si eligiera a un Emmarask, los Truesilver lo desaprobarían. Si me decidiera por un Truesilver, los Hawklins murmurarían, y cualquier otro pretendiente constituiría un menosprecio para los Marliir. Más vale que respete los dictámenes de mi corazón y elija al hombre que deseo, una persona honesta, leal y de confianza… Ese hombre, Rowen, eres tú.
—¿Aunque eso os cueste la corona? —preguntó—. Y de no ser así, ¿aunque os costara la lealtad de la alta nobleza del reino?
—Tú eres sólo una de las muchas decisiones que podrían costarme la corona. —Tanalasta se encogió de hombros—. Sin embargo, son decisiones que debo tomar, y no me importa sufrir las consecuencias. —Lo miró de hito en hito—. Si mi frente debe ceñir la corona, disfrutar de la fortaleza de tu carácter a mi lado compensará con creces la pérdida de la lealtad caprichosa de cualesquiera familias.
—Pero ¿cuántas lealtades de familias nobles vale un hombre como yo? —preguntó Rowen, después de considerar la cuestión durante un rato—. Seguro que ni la mitad de ellas. Es normal que los miembros de la realeza tomen sus propias decisiones, pero no deben ignorar los problemas que se derivarán de ello. La gente no me considerará mejor que Aunadar Bleth; pensarán que me aprovecho de vuestra generosa naturaleza para recuperar la posición de mi familia, y la estabilidad de la corona se resentirá.
—¿Tan bajo concepto tienes de mí? —preguntó Tanalasta—. ¿Das por sentado que la gente sólo me cree capaz de atraer a aprovechados y arribistas?
—No era eso lo que yo quería… —se disculpó el explorador, lívido.
—¿Y a qué otra cosa podías referirte? Quizá tengas razón y haya sido mejor no seguir por este camino. —Tanalasta señaló el horizonte—. Allí tienes el barranco, Rowen. Acércate a ver si encuentras agua.
La yegua relinchó tres veces, y al arañar el suelo con las pezuñas estuvo a punto de aplastar el pie de Vangerdahast. El mago supremo profirió una maldición y asió con fuerza las riendas, obligándola a bajar la cabeza a la altura de su rostro.
—Suavemente, amigo mío. El animal ha sufrido mucho —pidió Owden, levantando la mano.
—Y lo que sufrirá, si no empieza a comportarse como es debido —gruñó Vangerdahast—. Dígaselo.
—No creo que… —replicó, contrariado, Owden.
—Dígaselo —ordenó Vangerdahast—. Quizá le aclare las ideas.
Owden suspiró, pero se volvió hacia el caballo y empezó a relinchar como él. La yegua tensó las orejas y clavó uno de sus ojos redondos en el rostro del mago, que a su vez entrecerró los ojos y contrajo la boca en una mueca. La yegua apartó la mirada y emprendió una rápida sucesión de relinchos y resoplidos, interrumpidos de vez en cuando por algún que otro gemido, o un relincho agudo, de Owden. Cuando terminó la conversación, Owden asintió y acarició el cuello del animal para tranquilizarlo.
—¿Y bien? —preguntó Vangerdahast.
—He conseguido extraer cierta información, pero los caballos no recuerdan las cosas igual que nosotros. —Owden cogió las riendas de manos de Vangerdahast—. Lo único que me ha dicho de interés es que las ghazneth la persiguen desde el «amanecer del amanecer».
—¿Y?
—Y que la princesa se fue con «su semental» —dijo Owden mientras se deslizaba entre el mago y la yegua.
—¿Su semental? —exclamó Vangerdahast—. ¿Qué ha querido decir con eso?
El barranco resultó ser una ribera tortuosa más llena de sauces que de agua. Sin embargo, encontró un arroyuelo a no mucha distancia, y Tanalasta pudo oír a los caballos chapotear mientras hacían lo posible por secar por completo el arroyo. Permanecía arrodillada en una elevación, reuniendo unas cuantas hojas podridas en una pila de barro, como preparativo para su ofrenda. Aunque estaba agotada después de caminar todo el día, el trabajo alejaría a Rowen de sus pensamientos, y cualquier cosa que hiciera para conseguirlo le parecía poco.
La princesa no estaba enfadada con él, pero sí decepcionada. Sabía mejor que nadie lo que pensaban de ella. Muchos nobles, quizá la mayoría, acusarían a Rowen de aprovecharse de su carácter manipulable. No obstante, pensarían lo mismo de cualquier persona a la que eligiera como consorte. La única forma de cambiar su opinión consistía en mostrarse paciente y demostrarles, observando una buena conducta (tanto la propia, como la del elegido), lo equivocados que estaban. No se sentía dolida porque Rowen hubiera señalado lo que pensarían los demás de su relación, sino porque no confiaba en ella para hacer que cambiaran de opinión. Si no confiaba en que se impondría a los demás, ¿cómo iba a confiar en sí misma?
Tanalasta cogió del suelo una piedra del tamaño de un puño, y se volvió para colocarla a un lado del montoncito, cuando encontró un par de botas de explorador de cuero blando, de pie a su lado. Reprimió un grito de sorpresa y colocó la piedra junto a las demás.
—¿Sólo querías disculparte? —preguntó Tanalasta sin levantar la mirada, con un puñado de hojas secas en sus manos, que diseminó por el montoncito que había formado en la tierra—. ¿O quizás has decidido perseguir esas tierras que tanto ansías?
—Supongo que merezco todo lo que podáis decir de mí. —Rowen se arrodilló a su lado, y empezó a dar forma a un puñado de hojas—. La verdad es que he venido de nuevo a disculparme. Me he comportado como un pisaverde del tres al cuarto.
—Supongo que no esperarás que lo niegue.
—No. Cuando dije todo eso, me comporté como un cobarde. Sólo pensaba en mí, en cómo vuestro amor podría afectar mi reputación.
—Dijiste que pensabas en el bien de la corona —recordó Tanalasta.
—Quizá pensara en ambas cosas. —Rowen se encogió de hombros—. O quizá no pensaba en nada. En cualquier caso estaba equivocado. No me corresponde a mí decidir qué conviene a la corona. Os ruego que me perdonéis.
Tanalasta hundió los dedos en el barro y lo esparció del revés sobre el humus de las hojas que había depositado en el suelo. Por muy sincera y humilde que fuera la disculpa de Rowen, poco podía atemperar su enfado. No había hecho ninguna alusión a su capacidad para granjearse la confianza de sus súbditos, ¿y qué futuro podía esperarle con un hombre que no creía en ella?
—Gracias por aclarar el asunto, Rowen —dijo Tanalasta, en un tono de voz sarcástico—. Temía que al comportarme como una idiota, también te hubiera cargado con los deberes de mi posición.
—Ahora sois vos quien juega con mis palabras, princesa —dijo Rowen, enfadado—. He venido a deciros que estoy de acuerdo con vos. ¿Por qué no queréis escucharme?
—Te he escuchado. —Tanalasta quiso decir que no le había gustado lo que había oído, pero lo pensó mejor y, en lugar de recriminarle con acidez su comportamiento, se limitó a sacudir la cabeza—: No creo que tenga sentido seguir con esto, Rowen. Quizá debieras irte.
—Si lo deseáis —dijo Rowen después de mirarla con incredulidad durante un buen rato. Ella siguió triturando con sus manos el humus.
—Así… —Recordó que partiría a la mañana siguiente, y que, con toda probabilidad, sería la última vez que lo vería. Tanalasta estuvo a punto de decir que no, que no era lo que quería… Pero ¿de qué iba a servir? Aún no creía en ella. Hizo acopio de toda su fuerza de voluntad y completó la frase—: Así es.
Rowen se volvió para alejarse de la princesa, pero de pronto se detuvo.
—No.
—¿No? —preguntó Tanalasta, más confusa que contrariada.
El explorador se acercó a ella e hizo que se levantara.
—La verdad, Tanalasta, es ésta.
Después de rodearla en sus brazos con tanta fuerza que la levantó del suelo, la besó apasionadamente. La princesa estaba tan asombrada que no pudo negarse a aquel beso. Había imaginado aquel momento desde que había conocido a Rowen, y era él quien por fin había tomado la iniciativa. Su sentido de la oportunidad era típicamente masculino, pero pese a ello el cuerpo de Tanalasta reaccionó con tanta pasión como en su anterior beso en la torre de los trasgos. Una sensación de gozosa ansia recorrió todo su cuerpo, tanto que se preguntó cómo una sensación tal podía ser fruto de otra cosa que no fuera la diosa a la que ambos veneraban. Antes de que pudiera darse cuenta tenía las manos en su cintura, lo atraía hacia sí, y una sensación de calidez sagrada fluyó por su cuerpo, alejando de sí toda ansia mientras ahondaba en su decisión. Deseaba disfrutar del momento, acariciar con sus manos cada centímetro de su piel, y responder a la llamada de la pasión con todas sus consecuencias, pero aún no podía entregarse al carnal abandono… no mientras su mente siguiera enfrentada a su corazón.
Tanalasta deslizó una mano entre ellos y empujó a Rowen por el pecho. El explorador la besó si cabe más apasionadamente, y con una de sus manos acarició su pecho y le causó un placer sin igual. Ella cerró los ojos durante un solitario latido de corazón, momento en que mordió al explorador en el labio, quizá con más fuerza de la necesaria para llamar su atención, y logró quitárselo de encima.
—¡Rowen! —La voz de Tanalasta transmitía más pasión que enfado, más de lo que hubiera deseado. Tragó saliva y dijo—: ¿Qué significa esto?
—Creo que ya lo sabes. —Rowen se llevó un dedo al labio donde ella le había mordido, y después la miró directamente, enfadado—. No pensaba en la princesa de la corona, sino en la mujer que conozco y a la que amo.
—¿Que amas? —La palabra no sonó tan hueca como había esperado. De hecho, sonaba muy bien—. Eres tú el que está tan preocupado por las consecuencias que nuestra relación puede tener para la corona. ¿Qué piensas hacer al respecto?
—La verdad es que no lo sé —respondió, haciendo un gesto de negación—, y tampoco puedo decir que me importe mucho, siempre y cuando puedas protegerme de Vangerdahast. —A juzgar por el tono de su voz, se trataba de una mentira a medias—. Preferiría no vivir lo que me queda de vida convertido en sapo.
Tanalasta lo miró largamente; quería ganar tiempo para llegar a la misma conclusión que su propio corazón. La princesa conocía demasiado bien al explorador para creer que, de pronto, se había olvidado de su deber para con la corona. Simplemente, había llegado a la misma conclusión que ella hacía ya tiempo.
—¡Estarás muy enamorado si crees que puedo protegerte de Vangerdahast! —sonrió la princesa. Cogió a Rowen por el broche de la capa y atrajo su rostro hacia ella—. Aunque te diré una cosa: he leído que una princesa puede besar a cualquier sapo que le venga en gana.
Acarició el labio herido con su lengua, y después la deslizó en su boca para darle un beso largo y profundo. Rowen respondió al beso tirando de ella hacia atrás, con suavidad, para que se tumbara en el suelo. Tanalasta se apretó contra él ardiendo de puro deseo. Las manos del explorador acariciaron sus hombros y pechos, encendiendo chispas de pasión allí donde la tocaba, y la última sombra de duda desapareció de su mente. Rowen era el hombre de su visión. Lo sabía por el modo en que su piel se encendía al tocarlo, y supo que nunca querría separarse de él.
Apartó los labios lo suficiente para besar su cuello y susurrar entre beso y beso:
—Rowen… —Tuvo que parar para recuperar el aliento—. Necesitamos un plan.
—Tengo un plan.
Rowen desabrochó el cinturón de Tanalasta y hundió la mano en la piel desnuda que ocultaba la túnica. Ella tembló de puro gozo y cerró los ojos como si fuera a perder el conocimiento del placer que le proporcionaba.
—No…
Cuando titubeó la mano de Rowen, ella la cogió por la muñeca y guió su palma hasta que dio con uno de sus pechos desnudos.
—Es decir, sí —dijo—. Pero ¿qué me dices del futuro?
—No puedo dejar que me acompañes —respondió él, con la mano crispada. Hizo ademán de retirarla, pero lo pensó mejor cuando Tanalasta se lo impidió al apretar el brazo con su hombro. Una sonrisa cruzó por la expresión de Rowen que, de algún modo, logró contener su deseo lo suficiente como para añadir—: No sé cuánto tardaré en encontrar a Vangerdahast, y…
—Y yo debo mostrarle al rey lo que he descubierto, tan pronto como sea posible… Lo sé. —Tanalasta acercó su otra mano al cinturón, y empezó a desatar la hebilla. Estaba tan nerviosa (¿o excitada?) que le temblaban las manos—. ¿Cómo te lo quito?
—Es como el tuyo.
Rowen arqueó la espalda para darle más margen de maniobra, y finalmente pudo desabrochar la hebilla del cinturón. Tanalasta cogió el dobladillo de su túnica y se la quitó por los hombros. No podía estar más nerviosa, y decidió que era la princesa más afortunada de toda Faerun. Se inclinó de nuevo para abrirse paso a besos por su cuello.
Rowen lanzó un gemido quedo, después permaneció inmóvil y en silencio. Por un momento, Tanalasta temió estar haciendo algo mal… o, al recordar el temblor que agitaba sus manos, pensó que, quizás, él se había excitado demasiado rápido: había leído al respecto en el Tratado de la buena esposa, de Miriam Buttercake, que a veces los hombres sufren tales decepciones, pero no era el caso. Tan pronto como se había quedado quieto, Rowen atrajo su boca hacia sí y la besó de nuevo apasionadamente.
—Hay una cosa que ni siquiera pueden dictar los reyes y las reinas, y que sólo nosotros podemos controlar —dijo, mirándola a los ojos cuando terminó de besarla.
—Lo sé.
La princesa empezó a quitarse la túnica, pero Rowen se lo impidió al cogerla de un brazo.
—No. Me refiero a que hay un modo de que no puedan separarnos… aunque sólo si estás realmente segura de que estás dispuesta a arriesgar la corona.
—Tengo treinta y seis años —dijo Tanalasta sin titubear—. Si a estas alturas no puedo tomar una decisión, ¿qué clase de reina sería?
Rowen sonrió, se puso de rodillas y cogió la bolsa de semillas que había junto al montoncito de tierra y hojas que la princesa había preparado. Cogió una sola semilla de columbina y la colocó en la palma de su mano. Tanalasta la contempló durante algunos latidos de corazón. Estaba más nerviosa que nunca: en su oído oía la sangre que corría por sus venas, sentía el corazón como si hubiera subido hasta su garganta.
—¿La semilla de la ceremonia? —preguntó finalmente, cuando recuperó el dominio de sí misma.
—Si vas a tenerme —asintió Rowen.
—¿Estás haciendo esto por mí… o por el reino? —preguntó Tanalasta al ponerse también de rodillas.
—Por ninguno de los dos. —Rowen siguió sosteniendo la semilla en su mano—. Lo hago por mí.
El corazón, la sangre que golpeaba en su oído, desaparecieron, y los latidos de Tanalasta recuperaron un ritmo normal, como si hubiera vuelto a su pecho, al lugar al que pertenecía.
—Buena respuesta.
Extendió la palma de su mano para posarla encima de la de Rowen, y empezaron a entonar la invocación.
—Bendícenos, oh, Chauntea, tal y como nosotros bendecimos esta semilla, para que toda crianza crezca sana y fuerte.
Con las manos libres, Tanalasta y Rowen cavaron un agujero en el montón que ella había preparado. Después, la princesa cogió la cantimplora y regó el suelo.
—Preparamos este lecho con amor y alegría —dijo Rowen.
Juntos, colocaron la semilla en el agujero y la enterraron.
—En el nombre de Chauntea, que las raíces de lo que hoy plantamos arraiguen en lo más hondo… —empezó Tanalasta.
—Y que el tallo brote con fuerza…
—Y que la flor florezca radiante…
—Y el fruto sea abundante.
Terminaron juntos, después volvieron a regar el suelo y se besaron. En esa ocasión, fue Rowen quien quitó la túnica a Tanalasta.