12

El mago supremo de la corte despertó atado y desnudo, cubierto tan sólo con una sábana ensangrentada, rodeado por los enemigos del reino. A su izquierda se encontraba Owden Foley, con un trapo húmedo en la mano y un cuenco de bronce en la otra. Alaphondar Emmarask y Merula el Portentoso lo observaban al pie de la cama con ojos pequeños y brillantes, siempre atentos a la menor señal de que el mago supremo pudiera leer sus pensamientos. Así era, por supuesto, pero no podía permitirse el lujo de que lo supieran. De otro modo lo matarían sin piedad.

A la izquierda del mago permanecía de pie Azoun IV, con el brazo en cabestrillo y el hombro cubierto con un vendaje empapado en sangre. Bien. Al menos Vangerdahast había hecho lo posible antes de caer, aunque no recordara cuándo ni cómo… Ni por qué.

Le dolía horrores la cabeza desde el puente de la nariz hasta la nuca. Recuperaba el hilo de sus pensamientos lentamente y durante breves períodos de tiempo. Tenía la cabeza llena de costras, inflamada, y la piel peculiarmente tensa, y el dolor lo sacudía de derecha a izquierda. Tenía una fiebre muy alta. Estaba hambriento, tanto que se hubiera comido un oso, aunque por supuesto sabía que era mejor no pedir nada de comer. Haría lo que fuera para no rogar a sus captores ni un mendrugo de pan.

Por supuesto, Owden ejercía de torturador. El clérigo había dejado sus herramientas sobre una mesita que habían acercado a la cama, y las había dispuesto en ordenadas filas: cuchillos, agujas y lazos de hilo. Consciente de que había dejado su instrumental a la vista con la sola intención de intimidarlo, Vangerdahast apartó la mirada. De no tener las manos atadas al dosel de la cama, habría cogido cualquiera de los cuchillos para demostrar a los traidores su error. Aunque de haber tenido las manos desatadas no habría necesitado un cuchillo. Después de todo, era un mago.

Eso si pudiera recordar alguno de sus hechizos.

Mientras que buena parte de los hechizos que conocía requerían gestos complejos e ingredientes especiales, por no mencionar el hecho de recitar palabras místicas, había alguno que otro que sólo necesitaba un conjuro. Sin embargo, los supuso preparados para ello. Los enemigos del reino eran tan inteligentes como perseverantes. Si Vangerdahast quería huir y salvar la corona, tenía que mostrarse tan inteligente como ellos. Levantó la cabeza y miró a Merula.

—Ayúdeme y le perdonaré esta traición —dijo—. ¡Use su magia y le perdonaré cuando la corona esté en mis manos!

Merula palideció y miró a Owden.

—Disculpad, majestad —dijo el maestre de agricultura al cruzar la mirada con Azoun—. Vos mismo mencionasteis el modo en que las señoras Rowanmantle y Hawklin desconfiaron de sus respectivos hijos, cuando…

—¡Sí, sí! —Azoun levantó la mano para silenciar al clérigo—. Estoy muy familiarizado con los pensamientos enajenados que provocan las heridas de la criatura.

—¿Pensamientos enajenados? La locura reside en estas ataduras. —Vangerdahast tiró con fuerza de las correas que inmovilizaban su brazo izquierdo—. Desatadme y os garantizo que os conduciré a salvo al exilio en tierras extranjeras.

—Espero que no tarde en sanar de esta locura. —Azoun miró disgustado a Owden. Volvió la mirada a Vangerdahast, lo cogió del brazo y dijo—: Amigo mío, sé que sus pensamientos están confundidos, pero intente responderme: ¿Qué le ha sucedido a mi hija? ¿Está a salvo la princesa?

—¿Tanalasta? —En lo más hondo de su locura, el mago sintió una punzada de culpabilidad.

—Sí, la princesa Tanalasta —asintió Azoun—. No volvió con usted.

De pronto recordó la batalla en el cañón, y al hacerlo sintió una intensa rabia.

—¡Ella me desafió! —Las sienes de Vangerdahast temblaban de la furia que lo corroía—. ¡Ramera descarada!

—¿Ramera? —repitió Azoun—. ¿Significa eso que la acompaña el joven Cormaeril?

—¡Consentida! —escupió Vangerdahast—. Es una consentida.

—Pero ¿está a salvo?

Vangerdahast intentó sentarse y había levantado la cabeza de la almohada cuando las correas tiraron de él. Empezó a mover la cabeza de un lado a otro, intentando en vano recordar cualquier hechizo que pudiera liberarlo. Azoun apoyó la palma de su mano en la frente del mago y empujó hacia abajo para mantener inmóvil al mago.

—¡No me asfixiéis! —gritó Vangerdahast—. ¿Cómo voy a contestaros si me asfixiáis?

—No pretendo asfixiar a nadie. —Azoun aflojó la mano.

—¿Y por qué iba a creeros? —Vangerdahast permaneció inmóvil y miró con desconfianza al rey.

—Vangerdahast, yo jamás le haría daño.

—Decidme que no me queréis quitar de en medio.

—No quiero quitaros de en medio —sacudió la cabeza el rey—. Usted es el consejero en quien más confío y mi mejor amigo. Por favor, intente recordar. Hábleme de Tanalasta.

—Desatadme. —Vangerdahast se inclinó para señalar las correas que sujetaban su muñeca izquierda—. Sólo ésta… y os lo diré.

Azoun lanzó una mirada inquisitiva a Owden.

—De todos modos, no os lo dirá —dijo el clérigo, haciendo un gesto de negación—, y es demasiado peligroso. Podría despedazarnos a todos con uno de sus hechizos.

—¡No prestéis atención a ese labrador! —Vangerdahast sacudió la cabeza en un intento por recordar cualquier hechizo que pudiera ayudarle a escapar—. Teme mi poder.

—Y con razón —replicó Owden.

Vangerdahast se volvió para mirarlo. Owden sacó del bolsillo unos polvos de color trigo, pero Vangerdahast actuó con rapidez y cerró los ojos antes de que el clérigo actuara.

—¿Sabe usted dónde está, Vangerdahast? —preguntó Owden—. ¿Recuerda lo que le sucedió a su cabeza?

—Me duele. Usted debió de hacerme alguna cosa —respondió el mago sin abrir los ojos.

—No, yo no —negó Owden—. Fue la cosa que lo acompañaba cuando volvió.

—¡Usted! —insistió Vangerdahast.

—Le golpeó en la cabeza, y después se arrojó sobre Azoun…

—¡No!

Finalmente, afloró a su mente el conjuro correspondiente al hechizo de ceguera. No serviría para liberarlo, y sólo afectaría a una persona… pero si elegía a la persona adecuada, quizá pudiera crear la confusión necesaria para hacerse con uno de los instrumentos de tortura de Owden dispuestos en la mesita, a un lado de la cama.

Vangerdahast volvió la cabeza hacia Azoun y empezó a repetir el conjuro, después olió un aroma fuerte y vio que Owden arrojaba unas gotas sobre su rostro. Cacareó una sílaba más, todo a su alrededor se sumió en la oscuridad y de pronto tuvo la sensación de que caía por un precipicio sin fondo.

Al cabo de un rato, Vangerdahast despertó atado y desnudo, cubierto tan sólo con una sábana limpia, rodeado por los enemigos del reino, todos ellos ojerosos. A su izquierda se encontraba Owden Foley, con un trapo húmedo en la mano y un cuenco de bronce en la otra. Alaphondar Emmarask y Merula el Portentoso lo observaban al pie de la cama con ojos pequeños y brillantes, siempre atentos a la menor señal de que el mago supremo pudiera leer sus pensamientos. Así era, por supuesto, pero no podía permitirse el lujo de que lo supieran. De otro modo, lo matarían sin piedad.

A la izquierda del mago permanecía de pie Azoun IV, con el brazo en cabestrillo y el hombro cubierto con un vendaje empapado en sangre.

Vangerdahast no pudo recordar cómo había llegado a caer prisionero de los enemigos del reino. No recordaba nada, salvo un olor confuso que desaparecía de su memoria cuando intentaba recordarlo. La única cosa que le pareció vagamente familiar fueron las vigas y planchas de madera que había sobre su cabeza: el techo de su celda o el suelo del piso superior. En realidad dependía de la perspectiva de cada uno, y le pareció que podría servirle como vía de escape, eso si consiguiera recordar el hechizo adecuado.

—¿Vangerdahast? —preguntó el clérigo, cuyo rostro se parecía al de una rata—. ¿Sabe usted dónde se encuentra?

Vangerdahast sabía perfectamente dónde estaba (en una torre de prisioneros), pero no estaba dispuesto a conceder a sus secuestradores el placer de admitirlo. Sintió que alguien le tocaba el hombro y volvió la mirada para ver al rey a su lado.

—Viejo amigo, ¿me recuerda?

—Por supuesto. —Vangerdahast optó por ganar tiempo, con la esperanza de recordar el hechizo que necesitaba—. ¿Cómo podría olvidar el rostro del usur… del rey?

—¡Gracias sean dadas a la Madre! —exclamó Azoun, visiblemente relajado—. ¿Recuerda a mi hija? ¿Me puede usted decir qué recuerda de Tanalasta?

Los recuerdos de la batalla librada en el cañón afloraron a su mente como una exhalación: la primera ghazneth lo tiró del caballo con el cuerpo destrozado de un orco, y al abrirse las puertas de acero apareció ante su mirada la segunda ghazneth, desnuda y con los ojos inyectados en sangre, que salía en persecución de Tanalasta y el explorador, que logró apartarse a tiempo, seguido de cerca por esa ramera de princesa que…

—Es todo tan… confuso. —Vangerdahast sacudió la cabeza e intentó sentarse. Cuando las correas se lo impidieron, levantó la mano izquierda y preguntó al rey—: ¿Creéis que podríais…?

—Por supuesto.

Azoun hizo ademán de desenvainar la daga para cortar las correas, pero Owden se inclinó sobre la cama para impedírselo.

—Aún no, majestad.

—¿Aún no? —gritó Vangerdahast. Se volvió hacia el clérigo y chilló—: ¡Suélteme! ¡Suélteme ahora mismo, o juro que lamentarán este día cuando me haga con la corona!

El rey profirió un gruñido de cansancio, y Vangerdahast comprendió de pronto que acababa de perder cualquier esperanza que pudiera haber concebido de engañar a sus captores para que lo soltaran. Entonces se volvió hacia el rey.

—Creo que empiezo a recordar. —Cerró los ojos, concentrándose, aunque en lo único que se estaba concentrando era en recordar un hechizo que pudiera lanzar sin contar con las manos—. Quizá si me soltarais al menos una mano, podría mesarme la barba. Sí, eso es. Mesarme la barba siempre me sirve de mucha ayuda.

Azoun se limitó a sacudir la cabeza.

—¿Cuánto tiempo más hará falta? —preguntó a Owden.

—Estoy seguro de que vuestra majestad tampoco lo recordará —respondió el clérigo, encogido de hombros—, pero vuestra convalecencia resultó tan dura como ésta, y vuestras heridas no eran tan profundas como las sufridas por el mago supremo.

—Espere, ahora me encuentro mucho mejor. —Vangerdahast pestañeó varias veces.

—Me alegro —dijo Owden—. ¿Recuerda lo que le sucedió a la princesa?

Vangerdahast asintió, y de pronto recordó como una exhalación el conjuro del hechizo de puerta dimensional. Estaba compuesto por apenas una docena de sílabas, de modo que era rápido y sencillo. Seguro de que no tardaría en mirar las rejas desde el otro lado, fijó la mirada en el techo y empezó a recitar el conjuro, después olió un fuerte aroma vagamente familiar cuando la mano de Owden Foley apareció ante su campo de visión y un polvillo cayó sobre sus ojos.

Vangerdahast tuvo la sensación de que caía por un precipicio y la estancia se vio envuelta en una completa oscuridad. Despertó más tarde, estaba desnudo y atado, cubierto sólo con una sábana, rodeado por los enemigos del reino. A su derecha se encontraba Owden Foley, con un trapo húmedo en la mano y un cuenco de bronce en la otra. Alaphondar Emmarask y Merula el Portentoso lo observaban al pie de la cama, el primero con los ojos hundidos y enrojecidos de tanto leer, el otro vestido con una túnica polvorienta, con un aspecto cadavérico y las mejillas demasiado hundidas para alguien de su complexión. A la izquierda del mago se encontraba Azoun IV con una maltrecha armadura de combate, ya que el herrero había tapado un agujero situado a la altura de su pecho con una plancha de acero.

—¿Azoun? —boqueó Vangerdahast—. ¿Habéis estado luchando?

—¡Gracias sean dadas a los dioses! —El rey dio una palmada en el hombro del mago—. Por fin lo hemos recuperado.

—Eso es terriblemente presuntuoso por vuestra parte, ¿no creéis? —preguntó Vangerdahast, que miraba la mano que el rey apoyaba en su hombro. El mago levantó la mano para apartar al rey, pero descubrió que tenía la muñeca atada al dosel de la cama con una correa. Observó la correa como si no comprendiera nada y preguntó con voz autoritaria—: ¿Qué significa esto? ¡Desátenme enseguida!

—Quizá lo hagamos más tarde. —Owden Foley se inclinó sobre el mago y lo cogió del otro brazo—. ¿Sabe usted dónde está?

—¡Pues claro que sí! —exclamó, contrariado—. En mi habitación de… Estamos en el palacio de… —Contempló las tablas que tenía encima de la cabeza, pero fue incapaz de recordar en qué ciudad estaban. Consideró durante un instante su situación, y llegó a la única conclusión posible—: ¡Ustedes me han secuestrado!

Azoun masculló una maldición a la diosa Chauntea, y se dirigió hacia la puerta. Owden levantó un dedo.

—Un minuto, sire.

—Un minuto —repitió el rey, mirando al clérigo—. Aún debo salvar a mi reina, aunque no sepa nada de mi hija.

—¿La reina? —preguntó Vangerdahast, levantando la cabeza.

—Sí, seguro que recordará usted a la reina —asintió Owden, más animado.

—¿Filfaeril?

—La reina Filfaeril —confirmó Owden—. ¿Recuerda usted lo que le sucedió a la reina?

—¡Pues claro! —Vangerdahast lo recordaba todo: la batalla en el cañón, a Tanalasta siguiendo a Rowen, el ataque en el establo cuando intentó librar a Filfaeril de las garras de la ghazneth—. ¿Se encuentra bien la reina?

—No podemos saberlo —respondió Azoun—. La última vez que la vi, estaba viva.

—¿La última vez que la vio? —preguntó Vangerdahast, con el corazón en un puño.

—Me temo que la secuestró la ghazneth —dijo Owden—. El rey consiguió volver a verla, cuando se acercó a la guarida de esa criatura, que se vio obligada a trasladarla a otro lugar.

—¡Por las escamas de Thauglor! —Vangerdahast hizo ademán de incorporarse, pero seguía atado a la cama. Contempló de nuevo las correas, confuso y aturdido, y dijo—: ¡Desatadme de una vez! Tenemos cosas que hacer.

—Sus cosas pueden esperar un poco más —dijo Owden—. No estará del todo curado hasta que se enfrente al demonio que lleva dentro.

—¿A qué demonio se refiere? —preguntó el mago.

—Cada uno de nosotros carga con su propio demonio —explicó Owden—. La mayoría lo mantenemos confinado en la parte más oscura y recóndita de nuestra alma, donde no pueda hacer daño. Pero cuando sufrimos un trauma terrible, como el que usted y el rey han sufrido, el demonio puede aflorar a la superficie.

—Pero ¿qué bobada es ésta? —preguntó Vangerdahast a Azoun.

—Vangerdahast, debería escucharle.

—¿Escuchar a este campesino? —se mofó el mago—. ¿Ya os ha convencido Tanalasta?

El dolor afloró al rostro del rey, que apartó la mirada sin responderle.

—Temo que tal cosa sea imposible —dijo Alaphondar, que intervino por primera vez—. No hemos podido convencerle a usted de que nos diga qué le ha sucedido a la princesa.

—¿Qué quiere decir con eso de que no han podido convencerme? —preguntó, contrariado, Vangerdahast—. Está con Rowen Cormaeril. Huyeron cuando yo me teletransporté aquí. —Paseó la mirada del rey a Merula—. ¿Acaso nadie va a explicarme qué ocurre?

—Por supuesto —dijo Owden—. Su demonio interior ha escapado, y debe capturarlo de nuevo.

—¿Capturarlo?

—Antes de que le consuma —prosiguió el clérigo—. Debe mirar en lo más profundo de sí mismo y enfrentarse a él, aquí, en presencia de testigos. Debe usted decirnos qué quiere el demonio, y entonces cobrará fuerzas para enfrentarse a él y controlarlo.

Vangerdahast desconfiaba de las palabras del clérigo. Intentaban arrancarle una confesión, pero ¿por qué? Después de todo lo que había hecho por el reino, ¿tenía Azoun miedo de él? ¿Estaba, quizá, celoso de su poder? El mago se volvió para echar en cara al rey su debilidad, y se dio cuenta de que eso era precisamente lo que quería Owden. Emprenderla con el rey tan sólo avivaría la suspicacia de Azoun y daría pie al resentimiento, mientras que admitir abiertamente que no creía en su derecho a la corona por el simple hecho de nacer hijo de rey, por muy rebuscado que pudiera parecer, impediría que Azoun volviera a confiar a ciegas en él. En cualquier caso, Owden seguiría ahí esperando, dispuesto a reemplazar a Vangerdahast en su papel de consejero real, además de reemplazar a los magos guerreros por su templo real de Chauntea.

—¡Maldito gusano! ¡Lengua de serpiente, de piel de escamas, mentiroso y ruin! ¿De veras crees que puedes entrometerte en los asuntos de la corona? Ya me encargaré yo de que pases el resto de tu vida recogiendo champiñones en lo más profundo de un calabozo. ¡Vas listo si crees que voy a hablarte de mis demonios! —exclamó Vangerdahast, volviéndose hacia el clérigo.

Vangerdahast recordó un hechizo que podría conjurar sólo con la voz y empezó a mascullar las palabras adecuadas. Owden rebuscó algo en su bolsillo, pero el rey levantó la mano y se lo impidió.

—Yo diría que Vangerdahast vuelve a ser el de siempre.

El mago terminó el hechizo, y un segundo después seguía tumbado en la cama después de adoptar la forma de un pequeño visón. Rodó sobre sí mismo y se escurrió a cuatro patas por las sábanas, pasando por entre Alaphondar y Merula hasta llegar a una de las esquinas de la estancia. Una vez en la esquina, se detuvo y volvió a adoptar su forma humana, después se volvió para enfrentarse a sus compañeros, que no podían disimular su nerviosismo.

—¿Van a seguir ahí plantados, mirándome boquiabiertos, o me acercarán la túnica? —preguntó—. Tenemos trabajo que hacer.

—No puede usted hacerlo —dijo Owden mientras se acercaba hacia él—. Aún no está preparado.

—Maestre de agricultura Foley, si vuelve a mencionar a mis demonios una sola vez, le juro que pasará toda la vida esquivando tordos en los jardines de palacio.

Owden se detuvo al llegar al pie de la cama y miró a Azoun, que se limitó a sonreír y encogerse de hombros.

—¿Qué puedo decir? Vangerdahast siempre tuvo algo demoníaco. —Observó a Merula, y añadió—: Ya ha oído usted al mago supremo. Déle una túnica.

Cuando Merula se apresuró a obedecer al rey, Vangerdahast se inclinó ante el soberano y dijo:

—Gracias, sire. Me alegra comprobar que hay alguien que no ha perdido la cabeza.

El mago se alisó la barba, y después se pasó la mano por lo que le quedaba de pelo, y al hacerlo se percató de las heridas que tenía en la cabeza. Las acarició con las yemas de los dedos, y comprobó que habían cicatrizado por completo.

—¡Por Thauglor! —maldijo—. ¿Cuánto tiempo me han tenido durmiendo?

—Ha estado… durmiendo cinco días —respondió Azoun, a quien se veía incómodo.

—¿Y no pudieron despertarme? —Vangerdahast giró sobre sus talones para enfrentarse a Owden—. ¿Acaso ustedes, los clérigos, no sirven para nada?

Por el rostro de Owden cruzó una expresión colérica, pero antes de que el clérigo pudiera replicarle, Azoun cogió a Vangerdahast del hombro y lo llevó hacia la mesa y las sillas dispuestas a su alrededor.

—Mejor será que tomemos asiento y charlemos un rato, viejo amigo —dijo—. Debemos hacer muchos planes e ignoramos un montón de cosas sobre lo sucedido.