2

Tanalasta recorrió el salón familiar de la mansión Marliir con una mano en el repulgo de la falda y la otra en la cintura del vestido. El corredor se le antojó larguísimo, había una interminable fila de columnas blancas que sostenían las correspondientes arcadas rematadas en voladizos y el centenar de puertas de roble que se alineaban a ambos lados del corredor. De camino por High Heath, había ordenado detener el carruaje tantas veces para salvar las plantaciones arruinadas, que habían llegado con un día de retraso. Aquella misma mañana descubrió que el traje de baile que había ordenado que se le enviara desde Suzail era una talla más que la suya. No había podido encargarse del regalo de cumpleaños de su padre, pero confiaba en que lo hubiera hecho el maestre de agricultura Foley.

Finalmente, Tanalasta llegó ante la puerta custodiada por dos Dragones Púrpura, que se pusieron firmes, dieron el taconazo de rigor y se llevaron la alabarda al hombro. Tanalasta se detuvo y levantó los brazos por encima de la cabeza.

—¿Algún problema, caballeros? —preguntó mientras daba una vuelta sobre sí, lentamente—. ¿Alguna hebra fuera de lugar, alguna cosa que no debería enseñar?

Los guardias intercambiaron una mirada azorada, pero guardaron silencio.

—¿Qué ocurre? —insistió Tanalasta bajando la mirada. El vestido era de seda de amatista, con un corpiño ahusado y un escote generoso, de modo que imaginó que enseñaba más de lo que debería mostrar una princesa modesta—. Respondan.

El guardia más joven extendió el brazo, y devolvió la alabarda a la posición de guardia.

—Nada en absoluto, alteza. —Una leve sonrisa cruzó fugaz por sus labios—. Tenéis un aspecto… En fin, increíble. Yo en vuestro lugar me guardaría mucho de que me viera la reina.

Tanalasta lo miró boquiabierta.

—¿Cómo?

—Os ruego que le disculpéis, alteza —dijo el más veterano, adoptando la posición de guardia—. Lundan no pretendía ofenderos. Es que hace tiempo que no os vemos por Suzail, y por lo visto habéis… esto… habéis cambiado mucho.

—¿De veras? —Tanalasta los obsequió con una amplia sonrisa, se puso de puntillas y besó a ambos en la mejilla—. ¡Que Chauntea os bendiga!

Desató el lazo que recogía su melena castaña y los largos rizos de su pelo cayeron como el agua de una cascada sobre su espalda. Acto seguido inclinó la cabeza.

Los guardias, aturdidos, abrieron la puerta que conducía al salón, y Tanalasta entró en la estancia, donde encontró a Dauneth Marliir de pie ante la chimenea de mármol, en compañía de su padre y de Vangerdahast. Los tres hombres estaban enfrascados en una animada conversación, con un vaso de licor en la mano y riendo alguna gracia que Tanalasta confió en que no guardara relación con su tardanza. Sorprendentemente, Vangerdahast no se había esforzado lo más mínimo en vestirse para la ocasión. Había peinado los largos pelos de la barba en una masa compacta como una nube blanca, y su corpulencia quedaba oculta por una túnica color añil con unos cometas amarillos que, de hecho, parecían deslizarse a gran velocidad por la seda. Dauneth llevaba un jubón ribeteado en oro, que era el complemento perfecto al vestido amatista de Tanalasta, coincidencia que (estaba segura de ello) no era fruto del azar. El rey Azoun vestía una túnica de lino y una capa de terciopelo del color de la realeza, el púrpura, y ceñía al costado Symylazarr, la regia espada del honor, en una vaina enjoyada. Con una expresión fría y una mirada penetrante de sus ojos castaños, su padre estaba tan atractivo como de costumbre, aunque su real barba parecía más surcada de vetas grises que hacía un año.

—¡Por el señor de la mañana! —La exclamación no provenía de la chimenea, sino de la pared que quedaba a la izquierda de la puerta—. ¿Es posible que ésta sea mi Tanalasta?

La princesa se volvió para ver a su madre, que se incorporaba de una silla elegante con remates de pan de oro. Pese a la advertencia de los guardias, Tanalasta comprendió enseguida que nunca llegaría a eclipsar a su madre. La reina lucía un vestido sencillo color violeta, que tan sólo servía para enfatizar la belleza de su cuerpo, por lo que Filfaeril estaba tan atractiva como siempre. Con su mirada gélida y azul, la piel de alabastro y el pelo color miel era la mujer más bella de la estancia, aunque no lo pretendiera pero en aquella ocasión ponía todo su empeño en conseguirlo.

La reina cogió a Tanalasta de los hombros y la miró de arriba abajo.

—Las montañas te sientan de maravilla, querida. ¡Aunque Dauneth dijo que habías cambiado, nunca pude imaginar que el cambio fuera tan radical!

La princesa fingió sentirse decepcionada.

—¿No? Yo que tenía la intención de despistarlo con mi atuendo de viaje polvoriento. —Tanalasta abrazó con fuerza a su madre, y susurró—: Y ya que hablamos del buen guardián de las marcas orientales, ¿qué hace aquí? Pensaba que en esta sala sólo se reuniría la familia.

—Me temo que ha sido idea de Vangerdahast —susurró la reina en tono confidencial, pero acto seguido retrocedió un paso y preguntó—: ¿Algún problema?

—No, en realidad no —respondió Tanalasta después de lanzar un suspiro—, pero quería hablar a solas con vos y con el rey. Hay algo que debo contaros…

—¡Princesa, estáis bellísima!

Tanalasta volvió la mirada y vio que Dauneth apartaba a su padre y a Vangerdahast de la chimenea. Abandonada toda esperanza de poder disfrutar de un momento de intimidad, sonrió y tendió su mano para que la besara.

—Gracias, Dauneth, pero ¿qué dijimos acerca de mi nombre?

El guardián se sonrojó como un tomate mientras besaba su mano.

—Disculpadme, Tanalasta.

Las miradas de aprobación que cruzaron Vangerdahast y Azoun no pasaron desapercibidas a la princesa que, tras inclinarse ante su padre, dijo:

—Mis disculpas por el retraso, pero hicimos algunos descubrimientos alarmantes durante el trayecto.

—Sí, sí, Dauneth me lo ha explicado todo acerca de las cosechas arruinadas. —Azoun tomó la mano de su hija y la obsequió con una sonrisa en la que había cierto reproche no exento de cariño—. Ninguna princesa debería preocuparse por tales asuntos. Para eso tenemos a los magos, como sabrás.

—¿Cómo? —Tanalasta observó a Vangerdahast, que la inspeccionaba de arriba abajo, como si estuviera examinando a un caballo—. Quizás el mago supremo haya averiguado la naturaleza del problema.

—El mago supremo tiene asuntos más importantes de los que preocuparse, además de la cosecha de la cebada —repuso Vangerdahast—, pero Merula el Portentoso me ha asegurado que esta plaga no reviste tanta importancia como para hacer esperar a un rey.

—¿Merula? ¿Qué sabrá ese agitador de varitas sobre cosechas? —Pese al tono de su voz, Tanalasta se sintió aliviada. Si el mago supremo hubiera descubierto la naturaleza del problema, el valor de su regalo hubiera sido inferior. Sonrió a su padre y añadió—: Si queréis saber qué es lo que sucede, debéis preguntárselo al maestre de agricultura Foley…

—Eso es precisamente lo que pienso hacer —interrumpió Azoun—, si eres tan amable de presentármelo… después de la fiesta.

—Por supuesto —dijo Tanalasta, que se sentía halagada aunque no lo mostró abiertamente. Ni siquiera ella podía presentar a alguien al rey sin la aprobación previa del mago supremo, y la aceptación del monarca de conocer a Owden Foley sin habérselo consultado a Vangerdahast era un buen augurio para su obsequio.

»Dudo que las plagas aneguen Cormyr durante la celebración —concedió—. Mis disculpas por haberos hecho esperar.

—¿Esperar? —sonrió el rey—. No me había dado cuenta, y si hubiera tenido que esperar, habría merecido la pena. —Se volvió a Vangerdahast—. ¿O no, anciano mago?

El mago de la corte observó a Tanalasta con expresión agria, y respondió:

—Ha perdido peso, y personalmente no creo que sea bueno en una mujer ser tan huesuda, especialmente a la edad de Tanalasta.

Filfaeril dio una palmada en el hombro al mago.

—¡Vangerdahast! Tanalasta no estaba gruesa cuando se fue.

—No es necesario que me defendáis, madre —dijo Tanalasta. Hizo un esfuerzo por sonreír y dio una palmadita afectuosa al mago en la barriga—. Vangey y yo nos entendemos perfectamente, ¿verdad, vuestra corpulencia?

Vangerdahast la miró con los ojos abiertos como platos.

—Veo que habéis ganado en desparpajo lo que habéis perdido en otros lugares. Si me disculpáis, tengo que atender un asunto importante.

El mago se dirigió a un sofá color burdeos, donde se sentó, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Filfaeril sonrió con aprobación, pero a juzgar por la expresión del rostro de Azoun, el rey parecía algo dolido.

—No deberías enfrentarte a él de esa manera, Tanalasta. Después de todo, será tu…

—Mi mago, lo sé. —Tanalasta respiró profundamente, y dio la respuesta que había preparado—: Aunque a todos nosotros nos vendría bien recordar que es el mago el que sirve a la corona, y no al contrario, no hay ninguna necesidad de recordarme las virtudes de Vangerdahast. El respeto que siento por él es tan profundo como el que siento por vos, aunque no me limite a responderle que sí a todo.

El rey enarcó una ceja, pero Tanalasta hizo de tripas corazón al observar la sorpresa dibujada en la reina, y decidió no dar su brazo a torcer. Después del asunto abraxus, Vangerdahast y ella habían pasado algunos meses viajando juntos, y la experiencia bastó para convencer a la princesa de que no debía permitir que el mago supremo la intimidara. Aunque la había enseñado cómo funcionaban las cosas en el mundo, y la había ayudado a olvidar la humillación sufrida a manos de Aunadar Bleth, también había hecho lo posible por aplacar el interés creciente de la princesa por Chauntea, para encauzarla hacia intereses más propios de su condición. El viaje terminó mal cuando la princesa se rebeló y declaró su decisión de entrar en la Casa de Huthduth. Seguro que Vangerdahast había contado a sus padres todo lo relativo a su decisión, pero también estaba convencida de que se había mostrado más discreto sobre el papel que él había desempeñado en dicha decisión.

Finalmente, el rey apoyó su mano en el hombro de la princesa:

—Veo que has encontrado hierro en esas montañas —dijo—. Eso es bueno, pero si quieres forjar un puño con ese hierro, no debes olvidar el terciopelo con el que debes cubrirlo.

Tanalasta inclinó la cabeza, decidida a no protestar y poner al rey de mal humor después de aquella recomendación tan suave.

—Tendré en cuenta vuestro consejo, padre.

—Bien. —El rey sonrió, y después la condujo del brazo al sofá, donde Vangerdahast permanecía sentado con la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados—. Veamos ahora si podemos encontrar a tu hermana y empezar las celebraciones.

El mago levantó la cabeza.

—Me temo que tendremos que empezar sin Alusair.

—¿Empezar sin ella? —preguntó Filfaeril. La reina abrió sus pálidos ojos—. ¿Dónde está?

—Esto… yo, no lo sé exactamente —respondió, rojo como la grana. Vangerdahast se levantó—. Puede que siga en las Tierras de Piedra. Acabo de ponerme en contacto con ella, pero lo único que me ha dicho es: «Ahora no, viejo fisgón».

—¡Pues ve a buscarla! Hemos decidido celebrar la fiesta de cumpleaños del rey en Arabel, de modo que… —Filfaeril se mordió la lengua y miró a Dauneth, para después proseguir—: Cuando decidimos aceptar el amable ofrecimiento de Raynaar Marliir como anfitrión, fue para facilitar la asistencia de nuestras hijas.

—Así es, majestad —dijo Vangerdahast, inclinando la cabeza—, pero me temo que Alusair ha vuelto a quitarse el anillo.

Tanalasta vio que Dauneth clavaba la mirada en los anillos de sello que lucían los miembros de la realeza.

—Qué sed tengo, Dauneth. —Cogió el brazo del guardián y lo empujó hacia la puerta—. ¿Serías tan amable de traerme un poco de jerez?

—No es necesario que lo hagas salir, Tanalasta —reprendió el rey mientras jugueteaba con el anillo de sello—. Creo que podemos confiar en que Dauneth guarde nuestro pequeño secreto. Además, el guardián conoce mucho mejor que tú la situación.

Como para corroborar las palabras del rey, Dauneth se volvió a Tanalasta y dijo:

—Emperel ha desaparecido.

—¿Desaparecido? —preguntó Tanalasta, que se sintió menospreciada por no haberle escrito su padre a Huthduth comunicándole la noticia. Emperel era el guardián confidencial de la «Espada Durmiente», una camarilla secreta de valientes jóvenes nobles, a los que se había sumido en estado de hibernación, como medida de precaución contra una antigua profecía que anunciaba la destrucción de Cormyr. Que el rey hubiera confiado a Dauneth la desaparición era una prueba palpable de su confianza en él, y también del convencimiento de que no tardaría en convertirse en su suegro—. ¿Cómo ocurrió?

—Eso es lo que Alusair fue a investigar —respondió Azoun. Se volvió a Vangerdahast y preguntó—: ¿Tenemos motivos para preocuparnos por ella?

—¡Por supuesto! —exclamó el mago—. Esa muchacha nunca aprenderá. Sabéis muy bien que le he dicho mil veces que no se quite el anillo. ¿Y si hubiéramos necesitado comunicarle algo importante?

—Es importante —recalcó Filfaeril—. Se trata del sexagésimo tercer cumpleaños de Azoun. La ausencia de Alusair es inexcusable, y serán muchos los que reparen en ella.

—Procuremos no sacar las cosas de quicio —pidió el rey—. Estoy convencido de que tiene una buena razón para no estar aquí.

Tanalasta se mordió la lengua, consciente de que cualquier cosa que dijera le haría parecer más celosa de lo que en realidad estaba. Daba lo mismo que Alusair desapareciera en las Tierras de Piedra y olvidara su fiesta de cumpleaños sin una sola palabra de disculpa, pero el hecho de que la princesa de la corona hablara a Vangerdahast de según qué forma era motivo de reprimenda. No debía resultar tan extraño que Tanalasta se sintiera más a gusto en la austeridad de Huthduth que en el palacio de su propia familia.

El rey ofreció su brazo a Filfaeril, y después se volvió hacia la puerta doble que conducía a la sala de baile.

—Vangerdahast, tendrá usted que entrar solo —dijo el rey—, y no deje de intentar ponerse en contacto con Alusair. Estoy convencido de que se pondrá en contacto con usted si necesita ayuda, pero después de la desaparición de Emperel…

—No os preocupéis, que así se lo diré cuando consiga hablar con ella —respondió el mago.

Vangerdahast hizo un gesto con la mano señalando la puerta, e inmediatamente sonaron unos golpes en la misma. Enseguida oyeron las órdenes que el guardia apostado al otro lado daba a voz en cuello, y el rumor ahogado de las trompetas que precedió a la apertura de las puertas. El rey y la reina traspasaron el umbral en olor de multitudes.

Dauneth se situó junto a Tanalasta y le ofreció el brazo.

—Si me lo permitís.

—Por supuesto.

Tanalasta deslizó la mano bajo el brazo del noble, y juntos entraron en la famosa sala Rhodes de la mansión Marliir. La gigantesca sala de baile estaba tan atestada de nobles que no pudo ver ninguno de sus afamados tesoros, salvo los capiteles de pan de oro de las columnas y la bóveda luminiscente de su cúpula de alabastro. Sus padres les precedían a diez pasos de distancia, caminando por la alfombra púrpura que delimitaba el pasillo de cortesía, un pasillo que tan sólo podía ser utilizado por los miembros de la realeza, quienes se limitaron a inclinar levemente la cabeza a diestro y siniestro, a medida que pasaban junto a los nobles de rango inferior situados al fondo de la gran sala, pero su avance se tornó lento cuando empezaron a intercambiar los saludos de rigor con los nobles más importantes que estaban situados a ambos lados de la tribuna real.

Tanalasta se esforzó por sonreír y siguió a sus padres, consciente de las cejas enarcadas y las miradas que la estudiaban a medida que avanzaba por la alfombra. Estaba segura de que hasta el barón de menor rango de entre los presentes sabía lo bien que Aunadar Bleth la había engañado hasta enamorarla, con la única intención de hacerse con el trono. Su aplauso fue correcto pero forzado, muestra palpable del temor que sentían ante lo que podía esperar a Cormyr cuando ella ocupara el lugar de su padre. La princesa continuó sonriendo e inclinando levemente la cabeza, recordando las montañas cubiertas por prados verdes, todo con tal de mantener la compostura, la tranquilidad. El primer paso para recuperar su reputación consistía en aparentar seguridad en sí misma, y para ello debía conseguir la serenidad interior.

A medida que avanzaban por el pasillo de cortesía, los tabardos de lana y las blusas de lino de los nobles más modestos dieron paso a las capas bordadas y los vestidos de tul. Empezó a distinguir broches de peltre y cierres de bronce en puntos estratégicos, a menudo decorados con brillantes de ojo de gato o fantasmagóricos cristales de luna. Dauneth saludó a estos hombres y mujeres por sus nombres, y Tanalasta se limitaba a decir lo mucho que le agradaba conocerlos. Nunca faltaba la sonrisa acompañando una expresión algo sorprendida como respuesta a sus palabras, lo cual hizo pensar a la princesa que quizás estaba causando mejor impresión de lo que había previsto.

Tanalasta y Dauneth llegaron al extremo de la sala donde se hallaban los nobles importantes, donde todo olía a aceite de lavanda y agua de lilas. La estancia parecía iluminada por la luz que despedían los rubíes y zafiros, y el eco de la vanidad reverberaba en la boca de su estómago. Los hombres iban tocados con gorras emplumadas y jubones de seda brillante, mientras que las mujeres se habían ataviado de metros y metros de encaje y gasa. Al contrario que los nobles de rango inferior, que estaban situados en un extremo de la sala, los lores y las señoras que se reunían allí conocían bien a la familia real, y no titubearon a la hora de alabar el aspecto de la reina o de felicitar a Azoun por cumplir un año más. Tanalasta visualizó los arroyos que discurrían entre las montañas, y amplió su sonrisa a medida que se acercaba.

Primero se volvió a las familias de cinco jóvenes nobles que la habían intentado asesinar durante el asunto abraxus, tanto para demostrar que no les guardaba rencor como para demostrarles que no los temía. Los duques se las apañaron para tartamudear sus saludos, pero las duquesas estaban tan aturdidas que apenas pudieron responder. Tanalasta se despidió de ellos con elegancia, después lanzó un suspiro de alivio y condujo a Dauneth por el pasillo hasta un lugar más cómodo. Ahí estaban sus amigos, los Wyvernspur: Cat resplandecía con su vestido blanco perla, y Giogi la vio acercarse tan elegante y afable como de costumbre, tocado con un traje púrpura con ribetes de oro.

—¡Por la Señora, alteza! —Giogi abrazó afectuosamente a la princesa, y después retrocedió un paso para admirarla con una mirada lasciva—. ¿Qué me he perdido? ¡Os habéis convertido en una auténtica belleza!

—¡Giogi! —Cat dio una palmada en el hombro a su marido, después se acercó al borde de la alfombra púrpura para abrazar también a Tanalasta—. Disculpad a mi esposo, alteza, ya sabéis lo zoquete que puede llegar a ser.

—Prefiero los cumplidos de Giogi a la adulación de Bleth —rió Tanalasta, que tiró de Dauneth—. Seguro que recuerdan ustedes al buen guardián.

Los ojos de Cat titilaron al reparar en el jubón con guarniciones de oro que lucía Dauneth, consciente de lo bien que encajaba con el vestido de amatista de Tanalasta, y lo cerca que estaba la tela color añil del púrpura de la realeza.

—Tan atractivo como de costumbre. —Cat estrechó la mano de Tanalasta, y a continuación se inclinó hacia ella para susurrar—: Sois una mujer afortunada, querida.

Tanalasta enarcó una ceja ante el comentario de su amiga, pero guardó silencio.

—Más tarde tendremos ocasión de conversar, Cat.

—Espero ansiosamente que llegue ese momento. —Cat soltó su mano y se inclinó ante ella doblando las rodillas—. Me encantaría que me contarais todas vuestras aventuras en Huthduth.

—¿Aventuras? —preguntó Giogi, confuso—. Pero ¿no es un monasterio?

—Así es. —Cat descargó un codazo en sus costillas—. Despídete, Giogi.

—Hasta luego, alteza. —Giogi se inclinó.

Tanalasta respondió al saludo inclinando leve y amistosamente la cabeza, y después reemprendió el camino por el pasillo de cortesía. Se encontraban a cinco pasos de la tribuna de la realeza, donde a Tanalasta le alegró mucho distinguir la figura de pelo blanco de Alaphondar Emmarask, de pie y algo separado de la multitud. En calidad de sabio de la corte, Alaphondar era el tutor de Tanalasta en materia de leyes, filosofía, historia y casi todo lo demás. Después de tres décadas de sesudos estudios, ambos se profesaban una profunda amistad, pero no de la forma que algunos murmuraban en los salones de la realeza. Con la esperanza de hacerle partícipe, ni que fuera someramente, de la plaga que había retrasado su llegada de Huthduth, tiró suavemente de Dauneth, aunque cuando se disponía a saludar al sabio una mujer de baja estatura irrumpió en el pasillo de cortesía y le bloqueó el paso.

—Princesa Tanalasta, vuestra belleza excede incluso las alabanzas más alocadas de mi hijo.

Tanalasta estaba tan sorprendida que necesitó algunos segundos para comprender lo que había sucedido. Aquella mujer iba vestida con organdí y perlas, lucía zafiros que colgaban de los lóbulos de la oreja y los rubíes titilaban en todos y cada uno de sus dedos, incluso en los pulgares. Su pelo empolvado formaba una torre que se alzaba en espiral, y que se mantenía en su lugar gracias a la ayuda de diez alfileres de diamante dispuestos en forma de luna creciente. Por supuesto, aquella mujer pertenecía a la nobleza del reino, se había comportado como si bloquear el paso a una princesa fuera lo más normal del mundo.

Una pareja de guardaespaldas se adelantaron a la princesa y tomaron posiciones a ambos lados de la mujer, a la espera de recibir alguna señal para resolver la situación. Tanalasta miró a Dauneth, cuyo rostro sonrojado le confirmó la identidad de la duquesa, y decidió no pedir a los guardias que se llevaran a la mujer. El guardián se separó de Tanalasta para ponerse junto a su madre.

—Alteza, permitid que os presente a mi madre, lady Merelda Marliir.

Tanalasta fue consciente del silencio que se adueñó de la sala cuando la mitad de los nobles presentes se volvieron para centrar su atención en el trío, lo cual les serviría para calibrar el progreso de Dauneth en el cortejo de la princesa. Tanalasta no permitió a la duquesa incorporarse, pues se había inclinado ante ella, pero tampoco pidió a los guardias que se la llevaran a un lugar más apropiado.

—Lady Marliir, qué amable por su parte presentarse usted misma. —A medida que hablaba, reparó en que sus padres la observaban sorprendidos, al pie de la tribuna—. Estaba buscándola, y me gustaría expresarle mi gratitud por servir de anfitriona en la fiesta de cumpleaños de mi padre.

—No se merece. —Merelda se sonrojó de puro gozo—. El placer es mío —añadió incorporándose sin que la princesa le diera permiso, y si escuchó las exclamaciones que ahogaron los nobles que la rodeaban, su sonrisa carnosa no dio muestras de ello—. ¡Me complace tanto conoceros, querida! ¡Dauneth me ha hablado tanto de vos!

—¿De veras?

—Oh, sí. —Sin reparar en la frialdad de Tanalasta, Merelda miró a su alrededor para asegurarse de contar con la atención de los nobles, cogió la mano de su hijo y dio un paso al frente—. Habla de vos continuamente, y del modo más favorable, os lo aseguro.

El rostro de Dauneth se volvió tan rojo como los rubíes que lucía su madre en los dedos.

—Madre, por favor. —Apretó su mano con fuerza e intentó inútilmente llevarla al borde de la alfombra, donde Raynaar Marliir observaba lo sucedido con una expresión de impotencia dibujada en el rostro—. ¿Por qué tanto empeño en dejarme mal en presencia de su alteza?

Su pregunta provocó una sonora carcajada en todos los presentes, salvo en Tanalasta. Por su parte, la princesa estaba perdiendo la paciencia con lady Marliir. Evidentemente, aquella mujer creía que podía doblegar a Tanalasta con la misma facilidad que lo hiciera el traidor de Aunadar Bleth. La princesa se volvió hacia sus padres, a quienes pidió ayuda con la mirada para evitar tener que hacer un feo a la anfitriona. El rey hizo ademán de dirigirse a la tribuna, lo cual daría rienda suelta a los clarines, después se volvió mirando más allá de Tanalasta, hacia donde se encontraba Vangerdahast, y al hacerlo se detuvo.

—Estoy tan deseosa de…

—No lo diga, se lo ruego —advirtió Tanalasta. El tono seco de su voz se debió tanto a su ira ante el hecho de que Vangerdahast hubiera impedido que su padre la ayudara, cómo a su impaciencia con lady Marliir—. Sería muy embarazoso…

—¿Embarazoso? Querida, que yo sepa Dauneth baila de maravilla. —Merelda levantó la barbilla, se unió al resto de nobles que habían prorrumpido de nuevo en carcajadas, y a continuación cogió la mano de la princesa—. Pero si no os gusta cómo baila, estoy convencida de que tendréis tiempo de sobra para enseñarle, ¿verdad?

El silencio se adueñó de pronto de la estancia, un silencio tan denso que podía cortarse con el filo de una espada, y a Tanalasta le fue imposible controlar la rabia acumulada. Si el rey insistía en permitir a Vangerdahast contravenir los deseos de su propia hija, que cargara él con las consecuencias. La princesa libró su mano de las garras de la duquesa y adoptó la más inocente de sus sonrisas.

—Lo siento, duquesa Marliir. No alcanzo a comprender a qué se refiere. ¿Acaso tiene la impresión de que Dauneth y servidora estamos prometidos?

Un leve murmullo se extendió por toda la estancia, y la sonrisa de lady Marliir se aguó. Su mandíbula empezó a moverse sin ton ni son, intentando dar un orden coherente a una ristra de sílabas que acudían a sus labios para dar una explicación, pero Tanalasta se negó a ofrecer una oportunidad a la mujer para que pudiera disculparse o profundizar en el tema. Miró a los guardias, aunque Dauneth ya tiraba de su madre para dejarla en manos del pasmado de su marido. El duque Marliir cogió a su esposa del hombro y se volvió hacia la salida más cercana.

En cuanto el rey Azoun comprendió lo que sucedía, dirigió una mirada fugaz a su hija, tan rápida que sólo los observadores más astutos pudieron advertir el reproche que la acompañaba. Tanalasta respondió a la mirada con un inocente encogimiento de hombros. No tenía ninguna intención de incomodar a su padre, y menos aún porque podía afectar el modo en que éste recibiera el regalo de cumpleaños que le había traído de Huthduth, pero debía mantenerse firme. Si con ello causaba algún problema, mejor achacar la responsabilidad a Vangerdahast, y no a ella.

Los labios de Azoun dibujaron una sonrisa tensa, y después se separó de Filfaeril.

—Lady Marliir, un momento por favor.

Los Marliir se detuvieron y se volvieron lentamente. Raynaar estaba rojo como la grana y su esposa, pálida de vergüenza. Merelda se inclinó levemente y esta vez no se incorporó.

—¿Ma… majestad?

El rey se acercó hacia ellos y cogió a la duquesa de la mano.

—Acabo de darme cuenta de que he cometido una pequeña injusticia con los dos —dijo mientras ponía a Merelda de pie—. El chambelán encargado del protocolo real debió invitarla tanto a usted como a lord Marliir a que caminaran por la alfombra en nuestra compañía.

La mujer le observó con los ojos abiertos como platos por la sorpresa, y otro murmullo, menos ahogado que el anterior, llenó la sala de baile.

—¿De veras?

—Pues sí —respondió Azoun—. Una anfitriona debe ser honrada por sus invitados, sobre todo cuando ha organizado un baile tan espléndido y regio. Espero que disculpe usted mi descuido. Me consta que el chambelán encargado del protocolo es una persona muy rigurosa, y sería una pena que tuviera que pasar el resto de la velada, y las próximas semanas, encerrado en un calabozo.

Aquella broma obtuvo la respuesta apropiada por parte de quienes se encontraban lo bastante cerca como para oírla. Lady Marliir se sonrojó y miró a su alrededor para asegurarse de que todos se habían dado cuenta de que acababa de recuperar la reputación. Azoun besó su mano y volvió junto a Filfaeril. La princesa de la corona esbozó una diplomática sonrisa e intentó no traslucir la rabia que bullía en su interior. Se había evitado un escándalo inesperado a costa del prestigio de Tanalasta. Su única esperanza estribaba ahora en que su padre reparase el daño que le había hecho, cuando le entregara el regalo de cumpleaños.

Dauneth regresó junto a Tanalasta, a quien ofreció su brazo algo envarado. Se sentía tan incómoda como él cuando deslizó la mano bajo su brazo, y siguió a sus padres hasta la tribuna real. Sonaron las trompetas, llamando al orden a los asistentes, y todos guardaron silencio a medida que la princesa y Dauneth subían las escaleras.

La rabia de Tanalasta dio paso a la reflexión, y empezó a preguntarse si alguien había sugerido a la pobre mujer que sacara el tema a colación. Por supuesto, sus sospechas no tardaron en recaer en la persona de Vangerdahast. El anciano mago no era de los que dejan las cosas en manos del destino, sobre todo cuando era el destino de Cormyr lo que dependía de ello.

Subieron a la tribuna y encontraron cuatro tronos con cojines púrpura, flanqueados por un par de sillas para Dauneth y Vangerdahast. Azoun y Filfaeril se sentaron en los tronos centrales, mientras que Tanalasta lo hacía a la derecha de su padre. El mago supremo retiró el otro trono con una palabra mascullada y un gesto de la mano, y después empujó su silla hasta situarla junto a la reina, para a continuación dejarse caer en ella. Ni siquiera miró en dirección a Tanalasta.

En cuanto todos se hubieron sentado, Dauneth dio la bienvenida oficial a los invitados a la mansión familiar, imponiéndose a lo sucedido hacía unos instantes con un chiste bien recibido acerca de la sordera de las abuelas. La noticia de la ausencia de la princesa Alusair fue recibida con un murmullo de profunda decepción, pero el guardián no tardó en despertar el entusiasmo de los asistentes al pedirles que se unieran a él a la hora de lanzar sesenta y tres hurras (uno por cada uno de los años que cumplía el rey Azoun). Se levantó tal estruendo, que Vangerdahast no pudo evitar lanzar una mirada inquieta a la cúpula de alabastro de la sala de baile.

Una vez terminados los vítores, Dauneth pidió a los nobles de alta alcurnia que despejaran el espacio situado ante la tribuna, donde a continuación una compañía de acróbatas cantarines ejecutaron diversas piruetas. Al cabo de unos minutos, toda la concurrencia, desde el señor de menor rango hasta el propio monarca, lloraban de la risa. Aunque Tanalasta no pudo olvidar el comportamiento improcedente de lady Marliir, descubrió que era capaz de perdonarlo, sobre todo desde que había intercedido un miembro de la realeza. Para cuando terminó el espectáculo, los espectadores estaban tan agotados de tanto reír que muchos se retorcían por los suelos con las manos en el estómago.

Cuando los miembros de la compañía recogieron los bártulos y abandonaron la sala, Dauneth invitó a los nobles más importantes a que subieran a la tribuna para entregar sus regalos al rey. Después de la diversión proporcionada por los acróbatas, la nobleza tuvo ocasión de solazarse y relajarse, y un zumbido suave se extendió por la sala mientras Azoun abría los regalos envueltos con tanto cuidado. En su mayor parte, los obsequios reflejaban la idiosincrasia de las familias que los habían realizado. De los Dauntinghorn, marinos, un serení en todo su detalle hecho de oro puro, con velamen de seda que se recogía y extendía mediante una ruedecita con una cadena diminuta. Los Hawklin le obsequiaron una espada antigua forjada en la olvidada Netheril, demasiado antigua y débil como para esgrimirla en combate, pero que constituía una valiosa pieza para la colección que el rey tenía en Suzail. Cat y Giogi Wyvernspur le obsequiaron un alce blanco que habían capturado en su bosque de Hullack: estaba domesticado hasta el punto de que podía comer de la mano de un hombre, pero seguía siendo tan orgulloso que tan sólo permitía acercarse al rey.

Azoun agradeció profusamente cada uno de los regalos, sin escatimar elogios, y dando amplias muestras de su interés por todos los obsequios, de manera que nadie pudiera dudar de lo mucho que le había encantado recibirlos. Tanalasta pasaba tan pronto de la sorpresa a la exclamación, y después al aplauso que requería una pequeña fracción de toda su atención: rutina que compartía con tantos otros nobles de condición elevada que circulaban por la sala, enfrascados en conversaciones varias, eso cuando no se felicitaban mutuamente por la sabia elección de sus respectivos regalos. Al pie de la tribuna, Merelda era el centro de atención, incluso entre los reservados Huntsilver, y los Illance, que tenían por costumbre mostrarse envidiosos.

En cuanto se hubo encarrilado la entrega de regalos, Dauneth volvió a ocupar su asiento y se inclinó levemente para cruzar unas palabras con Tanalasta.

—Disculpad el comportamiento de mi madre. Como podéis ver, estaba muy ilusionada con nuestro matrimonio.

—Doy por sentado que no le habrás dicho nada que pueda haberla animado a actuar de esa forma —dijo Tanalasta con voz serena y esbozando una sonrisa forzada, pese a la furia que sentía.

Dauneth cedió posiciones, consciente del tono irónico de Tanalasta.

—¡Jamás se me hubiera ocurrido tal cosa!

—¿De veras? —La princesa Tanalasta fingió hacer pucheros—. ¿Y qué me dices de todos esos «alocados comentarios» tuyos acerca de mi belleza? ¿De veras quieres hacerme creer que tampoco eres responsable de ellos?

Dauneth parecía confundido.

—Pues claro que sí, os encuentro increíblemente bella, pero en verdad…

—No digas nada más, Dauneth. Hay ciertas cosas que una princesa no debería oír. —Tanalasta rió un poco y después apoyó la mano en su brazo. Vio por el rabillo del ojo que lady Marliir llamaba la atención de Alaslyn Rowanmantle para que observara su gesto, pero no por ello retiró la mano. Si de veras pretendía tranquilizar a Dauneth, primero debía tranquilizarse ella—. Además, no creo que tu madre sea la única empeñada en empujarnos al altar.

—Estoy seguro de que todos desean veros felizmente casada —dijo Dauneth, dirigiendo una mirada incómoda a sus padres y a Vangerdahast.

—¿De veras? Tenía la impresión de que Vangerdahast tan sólo quería verme casada, felizmente o no. —Tanalasta volvió a reír—. Créeme si te digo que estas conspiraciones me parecen demasiado obvias.

Dauneth evitó cruzar la mirada con el mago supremo.

—Lo único que le preocupa es el bienestar del reino.

—¡De modo que ha sido él!

—¿Qué? —preguntó Dauneth.

—El que convenció a tu madre para que se comportara así. —Sin soltar el brazo de Dauneth, Tanalasta sonrió en dirección a Merelda—. Conozco la reputación de lady Marliir, Dauneth. No creo que sea ella quien deba cargar con la culpa.

Dauneth parecía tan aliviado como sorprendido, y Tanalasta supo que dado su empeño por defender a su madre mordería el anzuelo. Guardó silencio mientras seguía mirando en dirección a Merelda, e inclinó la cabeza complacida cuando lady Marliir esbozó una sonrisa intrigada.

—Ahora que lo mencionáis —dijo Dauneth finalmente—, la vi conversando con el mago de la corte esta mañana. Debió de decirle que se comportara como si estuviéramos prometidos.

—Y a ti ¿qué te dijo? —preguntó Tanalasta, con indiferencia.

—¿Disculpad? —preguntó Dauneth, rebulléndose en su asiento.

—Tenía entendido que seríamos sinceros el uno con el otro, mi buen guardián. —Tanalasta retiró la mano de su brazo, y añadió—: Conozco demasiado bien a Vangerdahast como para creer que se limitaría a ejecutar la mitad del plan. ¿Cuándo se supone que deberías pedírmelo?

Dauneth cerró los ojos durante un momento, y a continuación suspiró.

—Durante el baile. Debía susurraros la petición al oído. Pero no sabía nada de lo de mi madre. Eso me ha sorprendido tanto como a vos.

—Lo cual no sirve de excusa para tu comportamiento. —Tanalasta lanzó una mirada furiosa a Vangerdahast, que permaneció impasible ante aquella muestra de malhumor, y que observaba divertido cómo el monarca jugueteaba con un gato de cuerda que parecía dispuesto a perseguir con encono a un ratón dorado—. ¿Por qué, Dauneth?

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué te avienes a esto? —Tanalasta se esforzaba por no derramar lágrimas de la rabia que sentía—. Sé que no lo haces por el trono, sobre todo teniendo en cuenta la lealtad que demostraste durante el asunto abraxus. ¿Por qué me traicionas de esta manera?

—Yo… —Dauneth apartó la mirada.

Tanalasta observó que varios nobles los observaban desde la pista de baile, pero hizo caso omiso de sus miradas.

—Dímelo.

Cuando Dauneth volvió a mirarla, su rostro no delataba ninguna emoción.

—No os he traicionado. Si aquí hay algún traidor, ésa sois vos.

—¿Yo? —preguntó Tanalasta, frunciendo el entrecejo.

—Faltáis a vuestro deber —acusó Dauneth—. Si no concebís un heredero, el asunto abraxus no será nada comparado con lo que pueda suceder tras la muerte de vuestro padre.

—Mi reino será lo que suceda a la muerte de mi padre —dijo Tanalasta.

—Y sin un heredero, vuestro reino estará sembrado de intrigas y conspiraciones, pues hasta la última casa noble conspirará para reclamar el trono a vuestra muerte. Tarde o temprano, cualquiera de ellos considerará lo conveniente que sería asesinaros, y Cormyr tendrá por rey a un usurpador, o se verá inmerso en una guerra civil.

—¿Y tú has decidido que la mejor forma de impedirlo consiste en tener un hijo conmigo? No, de ninguna manera. Tendré un marido en quien pueda confiar, o no me casaré nunca.

El dolor afloró en los ojos de Dauneth.

—No pretendía ofenderos, mi señora, ni hablar en propio provecho, sino convenceros de que debéis casaros, y pronto. Si estáis molesta conmigo, tenéis muchos entre los que escoger. —Señaló a la multitud de caras que había en la sala—. Ahí tenéis, sin ir más lejos, a Amanthus Rowanmantle, eso si os acomoda un hombre atractivo; o cualquiera de los muchachos Silversword, si lo que buscáis es ingenio; quizás incluso Dier Emmarask, si preferís a alguien que comparta vuestra pasión por el saber.

—Te agradezco tus sugerencias —dijo Tanalasta, sorprendida ante lo absurdo que resultaba el hecho de que el propio Dauneth le recomendara a sus rivales—. Si tuviera que escoger un marido al que no amara, lo más probable es que fueras tú. Aunque no pueda confiar en ti, eres leal a Cormyr, y eso es lo que cuenta.

—Gracias, señora. —Un atisbo de esperanza iluminó la mirada de Dauneth—. ¿De veras tenéis tiempo de considerar el amor? Debemos pensar en Cormyr.

—Estoy pensando en Cormyr —repuso Tanalasta; dispuesta a reprender al guardián por intentar discutir con ella que debía casarse, pero se dio cuenta de que no tenía ningún sentido hacerlo. No amaba a Dauneth, y no iba a casarse con él—. Siempre pienso en Cormyr.

—Si eso fuera cierto, vos…

—Dauneth, por favor, no intentes decirme qué necesita o deja de necesitar Cormyr.

El guardián se sonrojó y apartó la mirada, consciente de que había estado haciendo eso todo el rato. Tanalasta quería explicárselo, hablar con él de la visión que había tenido en Huthduth, pero ¿cómo podía esperar que comprendiera algo si ella era incapaz de expresarlo con palabras? La revelación había constituido una de tantas cosas incomprensibles que una mente aguda puede retorcer a su antojo, con tal de atribuirle un millar de significados distintos, pero en los que un corazón leal tan sólo percibía uno. ¿Cómo podía confiar en que Dauneth comprendiera sus sentimientos, cuando acababa de demostrarle que no podía confiar en él?

—Lo siento, Dauneth, pero debe ser por amor. Te aseguro que no puedo conformarme con menos.

El guardián miró exasperado a la princesa, pero enseguida asintió con la cabeza y dijo:

—Muy bien, mi señora. Mañana por la mañana me enamoraré de vos.

Tanalasta lo miró boquiabierta, antes de reparar en el tono burlón de su voz.

—Ya me gustaría a mí que todo fuera tan sencillo, buen guardián —repuso la princesa sonriendo—. De veras que sí. —Enseguida borró su sonrisa y le cogió de la mano—. Pero me temo que no podría corresponder a tus sentimientos. En el fondo, no me respetas, y después del lío en que te ha metido Vangerdahast, no podría confiar en ti como una esposa debe confiar en su marido. Disculpa que sea tan franca, pero te mereces toda la sinceridad del mundo. Te la has ganado por tu lealtad a Cormyr.

Dauneth torció el gesto y, conmocionado ante las palabras de Tanalasta, retiró la mano. Los nobles no parecieron reparar en ello, pues observaban con atención a Azoun, que en ese momento les mostraba un dragón de un metro de altura, esculpido en un único trozo de cristal de amatista. A continuación aplaudieron a Ayesunder Truesilver cuando descendió de la tribuna con una sonrisa de oreja a oreja, después de que el rey lo obsequiara con unas palabras que daban fe de su real gratitud por el obsequio.

Al ver que no había más nobles al pie de la tribuna, Dauneth Marliir recompuso el gesto y se levantó para expresar su admiración ante los muchos tesoros que se habían ido acumulando en la tribuna. Después de comentar que sería necesaria toda una cohorte de magos guerreros para transportar semejante cantidad de regalos a Suzail, animó a Alaphondar Emmarask para que hiciera entrega de su regalo. El sabio supremo subió a la tribuna y obsequió al rey Azoun con un volumen enorme que estaba encuadernado en piel, titulado El vuelo del dragón, un relato completo y fiel de la vida de Azoun IV de Cormyr, volumen sesenta y dos.

Al comentar Filfaeril su esperanza de que el relato no fuera tan completo, los nobles rieron a gusto; después, Vangerdahast se incorporó para presentar su regalo, limitándose a sacar un simple bastón de sauce de entre la túnica. El rey aceptó el regalo con una mirada de perplejidad.

—Os agradecemos el obsequio, mago —dijo Azoun—. ¿De qué clase de varita se trata?

—No es una varita, majestad. Es simplemente un bastón —respondió Vangerdahast mirando a Tanalasta, antes de añadir—: Creo que no tardaréis en necesitarlo.

Para sorpresa de Tanalasta, la seca respuesta del mago arrancó las carcajadas de la concurrencia. Poco podía hacer ella, excepto fingir que disfrutaba del chiste y renegar para sus adentros. Como Vangerdahast no podía doblegarla mediante trucos y jugarretas, recurría a la burla directa para minar su prestigio.

La princesa pensó que aquella especie de campaña podía continuar hasta que muriera su padre, y fuera como fuese no conseguiría más que debilitar su derecho a la corona cuando ascendiera al trono. El viejo zarandeador de varitas creía ser el único capaz de comprender lo que Cormyr necesitaba. Y así parecía ser, al menos por el momento, pero de ser cierto la princesa Tanalasta tendría que casarse con Dauneth en un abrir y cerrar de ojos. Pero en esta ocasión el mago supremo de la corte estaba equivocado; no debía decidirse el futuro de Cormyr con la cabeza, sino con el corazón, y no estaba segura de que Vangerdahast tuviera uno.

En cuanto cesaron las risas, Dauneth se volvió a la princesa y enarcó una ceja. Aunque se las ingenió para mantener su habitual expresión agradable, el resto de su rostro parecía luchar con su ancha sonrisa. Con la esperanza de que nadie pudiera entrever con la misma facilidad que ella lo decepcionado que se sentía, Tanalasta le devolvió la sonrisa e inclinó levemente la cabeza.

Dauneth extendió el brazo.

—Damas y caballeros, permítanme presentarles a la princesa Tanalasta Obarskyr.

Tanalasta respiró profundamente y se levantó en olor de multitudes, para después acercarse hasta el centro de la tribuna.

—Gracias. —La princesa Tanalasta solamente necesitó una palabra para silenciar los aplausos—. Como bien saben todos, el pasado año disfruté de un retiro en Huthduth. Pese a que el mago supremo pueda temer que los monjes humildes de Chauntea me hayan corrompido… —Tanalasta fue interrumpida por algunas risillas nerviosas cuando señaló el bastón que su padre seguía sosteniendo entre las piernas—, deseo asegurarles que nada está más lejos de la verdad. En las montañas pude disfrutar de una paz y una armonía sin igual, y para mi obsequio al rey Azoun IV me he limitado a traer conmigo parte de ese tesoro incomparable, tesoro que espero se extienda a toda Cormyr —concluyó.

Tanalasta señaló con el brazo la entrada a la sala de baile, donde Owden Foley permanecía de pie bajo la arcada, junto a una caja envuelta en seda del tamaño de una choza de campesino. Cuando los nobles se volvieron para mirar en aquella dirección, el maestre de agricultura agarró una cuerda dorada y arrastró el regalo por el piso. Al principio avanzó lenta y trabajosamente, obligándose a descansar tras arrastrar la caja unos pocos centímetros. Algunos nobles de los más modestos se ofrecieron a ayudarle, y el hombre aceptó de buen grado.

Los nobles tiraron con fuerza de la cuerda, y la caja se les vino encima cayendo caóticamente al suelo. El silencio se adueñó de la sala, hasta que Owden Foley volvió a coger la cuerda. Afirmando que los condes y los barones eran demasiado torpes para tan arriesgada empresa, Owden los apartó animado por las carcajadas, antes de volver a tirar de la cuerda y avanzar lentamente por el piso de la sala en dirección a la tribuna. Sin embargo, ahora la caja parecía tener voluntad propia, y se le echó encima a tal velocidad que a duras penas pudo evitar ser arrollado; a continuación tiró y tiró con fuerza pero la caja no se movió un ápice por mucho que tiró de ella, pateándola y maldiciéndola. Para cuando llegó al pie de la tribuna y subió la escalera para tender la cuerda a la princesa Tanalasta, los reunidos en la sala no podían reprimir las carcajadas.

Los labios de Tanalasta dibujaron una amplia sonrisa, puesto que el numerito estaba acordado de antemano con Owden (habían pasado los últimos diez días de estancia en Huthduth practicando hasta el último movimiento). Agradeció el esfuerzo al maestre de agricultura, y después tendió a su vez la cuerda a su padre, que se había sumado a la alegría generalizada.

—Tendréis que tirar vos mismo de la cuerda, sire.

—¡Eso será si puedo! —respondió Azoun riendo. Se incorporó y asentó los pies como si fuera a realizar un esfuerzo considerable, y después tiró de la cuerda.

Las paredes de la caja se desplomaron, y en su interior apareció una docena de monjes con mirada culpable, subidos a una especie de carrito lleno de ollas de barro de gran tamaño. Cuando la concurrencia estalló de nuevo en carcajadas, dos monjes saltaron del carrito y colocaron un par de ollas al pie de la tribuna, antes de dirigir una rápida plegaria a Chauntea. Cuando terminaron, otros dos monjes colocaban otro par de ollas en el primer peldaño.

Cuando esta pareja rezó la plegaria, un par de arbolitos brotaron de las dos primeras ollas y empezaron a crecer ante la mirada atónita de la concurrencia. Otro equipo de monjes subió por la escalinata y colocó otro par de ollas en el tercer peldaño, y así continuaron hasta que cada peldaño tuvo sus correspondientes ollas. Los árboles se cubrieron de flores al crecer, dejando a todos los presentes boquiabiertos, excepto al mago Vangerdahast, que observaba el número con cierto aire de cansina impaciencia.

Acababan de brotar las últimas flores, cuando las ramas del primer árbol se cargaron de frutos. Sonriendo complacido, el rey descendió tres peldaños y arrancó una pera de una de las ramas. Después la mordió complacido.

—¡Es la fruta más sabrosa que he probado jamás! —exclamó Azoun. El rey recurrió a la bocamanga para limpiar el jugo de la barba, y después volvió a subir a la tribuna para dirigirse a Tanalasta—. Es un regalo excelente, princesa Tanalasta. ¡Os agradecemos sobremanera tan portentoso frutal!

Tanalasta sonrió y se inclinó levemente ante su padre.

—No se merecen, majestad, pero me temo que los árboles no tardarán en marchitarse tan pronto como crecieron. Mi obsequio no es el frutal, sino los monjes.

La sonrisa de Azoun se oscureció.

—¿Los monjes? —Paseó la mirada de su hija al maestre de agricultura Owden Foley y de éste a la docena de monjes que esperaban el momento de recoger los árboles marchitos. Finalmente se inclinó al oído de su hija para murmurar—: No comprendo, querida. ¿No pretenderás obsequiarme una docena de esclavos?

—De ninguna forma. —Animada por la exitosa entrada de Owden, Tanalasta le respondió de forma que todos pudieran oírla—: He convencido al maestre de agricultura Owden Foley y a sus monjes para que regresen a su hogar con nosotros y establezcan el templo real de Chauntea.

La expresión de Azoun pasó de la confusión a la conmoción, mientras Vangerdahast se acercaba para situarse junto al rey.

—¿El templo real de Chauntea? —preguntó el anciano mago—. ¡No lo diréis en serio!

—Hablo muy en serio. —Tanalasta ignoró la airada exclamación de Vangerdahast, y se dirigió directamente a los nobles—. El templo real se establecerá para asegurar la salud de todas las tierras de Cormyr. Empezaremos por los campos afectados por la plaga, situados en el límite norte de la nación.