29

Otra llamada.

Tucker intentó resistirse con todas sus fuerzas, pero la voz de Vlad lo llamaba, y sus pies se movieron antes de que él se hubiera dado cuenta de que iba a dar un paso.

Bajó de un salto del tejado de la casa de su madre y su padrastro. Había estado mirando a su hermano de seis años, que estaba jugando bajo la llovizna, con la nariz roja y el abrigo empapado, temblando de frío mientras hablaba con un amigo invisible.

Tucker había estado a punto de mostrarse un par de veces. Sin embargo, en ambas ocasiones había conseguido convencerse de que Ethan estaba mejor sin él, y había seguido escondido. En aquel momento, mientras se alejaba, sintió un dolor agudo en el lugar donde debería estar su corazón. No iba a volver nunca. Ethan era muy bueno, y tenía un futuro muy brillante. Tucker sólo le había causado dolor.

Era hora de marcharse.

El dolor se intensificó.

«Es lo mejor».

Dejó la mente en blanco mientras se alejaba de su barrio y se adentraba en la ciudad, donde parecía que todo el mundo estaba de fiesta. Había algunos chicos conduciendo y lanzando botellas de cerveza contra los edificios. Otros estaban en la calle, bailando con una música que nadie oía. Entre ellos flotaba una mujer bellísima, con el pelo rubio y la piel brillante.

Miró a un chico a los ojos y le habló. El chico negó con la cabeza, pero ella volvió a hablar, y él se agachó y recogió la suciedad que lo rodeaba. Después, la rubia se fue a hablar con otro chico.

Había anochecido un buen rato antes. Los mitos sobre los vampiros y el sol no eran ciertos, puesto que Victoria podía estar a la luz del día sin consecuencias negativas. Vlad, sin embargo, ¿se quedaría reducido a cenizas? Ojalá.

«Ven conmigo...».

Estaba cada vez más cerca, y sintió miedo. Vlad ya no permanecía en su tumba, sino que se había escondido en la ciudad.

Tucker torció la esquina de la lavandería, pero sólo vio una caja de cartón, y frunció el ceño. Sabía exactamente, como parecía que sabía siempre, dónde estaba Vlad. Miró dentro de la caja y lo vio allí, con un humano muerto en el regazo, y con la barbilla manchada de sangre.

La mayoría del cuerpo del rey estaba carbonizado todavía, pero ya se le veían partes de carne blanca y suave.

-La próxima vez que me hagas esperar me alimentaré de ti -dijo el rey con calma-. ¿Lo entiendes?

Tucker se echó a temblar.

-Sí. Lo entiendo.

-Bien. ¿Qué más has averiguado?

-Las brujas han atrapado a Aden.

Vlad se echó a reír con tanta violencia, que terminó con un acceso de tos. Cuando se calmó, contrajo los labios y mostró sus colmillos rojos de sangre.

-Ve con ellas, pero que no te vean.

¿Con las brujas?

-¿Y cómo voy a encontrarlas? Desaparecieron.

-Sientes la atracción de Aden, ¿no? Todos la sentimos.

De mala gana, Tucker asintió.

-Bien. Ha llegado el momento de que lleves a cabo tu tarea más importante. Tienes que matar a Aden. Apuñálalo en el corazón, como si fuera un sacrificio de bruja.

-Yo... no puedo.

-Sí puedes. Escucha atentamente, y yo te explicaré cómo...

Mary Ann estaba muy asustada. Parecía que Aden había secuestrado a la bruja secuestrada y nadie sabía dónde estaban. Todavía. Victoria le había dicho a Riley lo que había pasado, lo que había planeado Aden, y después se había teletransportado, antes de que Riley pudiera gritar. También, antes de que Riley hubiera podido contarle que su padre seguía con vida. ¿Adónde había ido la princesa? ¿A ayudar a Aden?

Y, Dios, ¿cómo iba a reaccionar a la noticia de que Vlad seguía vivo? Mary Ann no había llegado a conocer al antiguo rey de los vampiros, y todavía estaba tambaleándose. Después de descubrir la verdad, Riley y ella habían recorrido el jardín en busca de Vlad, pero no habían hallado ni siquiera una pista.

Riley estaba angustiado. Mary Ann nunca lo había visto tan disgustado. Su nuevo rey, y la princesa, se encontraban en peligro, y él no los había protegido. Por lo menos, tanto sus hermanos como él todavía sentían la atracción de Aden. Bueno, siempre y cuando no estuvieran con Mary Ann. Cuando Mary Ann estaba con ellos, y él estaba a su lado, todavía sentían aquella atracción, pero con menor intensidad. Así pues, tenían que iniciar la búsqueda de Aden. Sin ella.

Mary Ann había pensado en buscar a Victoria durante aquel tiempo, pero su idea había sido descartada rápidamente. ¿Por dónde iba a empezar a buscarla? No podía ir sola a la mansión de los vampiros, y el hecho de conducir por la ciudad no habría servido de nada.

Así que allí estaba, en casa. Riley la había llevado en coche y la había dejado junto a la puerta después de darle un rápido beso. Ella se había pasado la última hora con su padre, abrazándolo, queriendo decirle que lo quería mucho. Él se reía y bromeaba con ella, y parecía que habían retrocedido en el tiempo, al momento anterior a que ella hubiera averiguado la verdad sobre su madre. La voz de autoridad de Victoria debía de haber funcionado a la perfección, porque él no le había preguntado dónde había estado ni una sola vez.

Sin embargo, Mary Ann se sentía más y más nerviosa a cada minuto que pasaba. ¿Estaría bien Aden? ¿Estarían bien Riley y Victoria? ¿Era aquélla su última noche con vida?

-Te has distraído otra vez -le dijo su padre con una sonrisa de impaciencia.

Estaban sentados a la mesa de la cocina jugando a las cartas. Ella robó un naipe de la baraja para continuar con la partida.

-¿No vas a contarme lo que te pasa?

-Estoy bien, papá. No me pasa nada.

-¿Tienes algún problema con Riley?

Riley, su dulce Riley. Aquel chico con el que iba a salir una vez más, y con el que no volvería a hablar nunca. Al pensarlo, se le encogió el corazón.

-Papá, ¿qué hace uno cuando sabe que no es bueno para la persona a la que quiere?

Su padre la miró con atención. Después suspiró y dejó las cartas a un lado.

-No sabía que Riley y tú habíais llegado a la etapa de estar enamorados.

Ella se ruborizó.

-No nos lo hemos dicho todavía, no.

Él se relajó un poco.

-¿Y por qué piensas que él no es bueno para ti, cariño? -le preguntó con suavidad.

Mary Ann se movió con incomodidad en el asiento. No podía decirle que era al revés. Que era ella la que no le convenía a Riley. Su padre no se lo creería.

-¿Qué le dirías a un paciente que te hiciera la misma pregunta?

Él sonrió.

-Veo lo que estás haciendo. Eludir la pregunta. Te he enseñado bien. ¿Me estás preguntando lo que le diría a un paciente que no quiere hacerme partícipe de los detalles?

Ella asintió.

Su padre volvió a suspirar.

-Le diría que se hiciera una pregunta muy importante. ¿Le va a causar daños esa persona, en el plano emocional, o daños físicos? Si la respuesta es afirmativa, siempre les digo a mis pacientes que deben terminar con esa relación. Siempre. Ya. ¿Es que tengo que sacar la escopeta? ¿Qué ha hecho ese chico?

Ella se echó a reír.

-Tú odias las armas y no tienes escopeta. Además, Riley no me ha hecho daño de ninguna manera. Nunca me lo haría. Es muy protector.

«Y yo tengo que ser protectora con él».

-¿Ése es el problema? Puedes contármelo. Esto es un espacio seguro.

Ella se rió de nuevo, aunque en aquella ocasión fue una risa forzada.

-Tal vez eso sea cierto con tus pacientes, pero nunca ha sido así conmigo -respondió MaryAnn. Lo entendía. Al fin y al cabo, ella era su hija. Todo era personal-. Bueno, de todos modos -dijo, cambiando de tema rápidamente-, también me estaba preguntando otra cosa. Si tuvieras un día más de vida, sólo uno, ¿qué querrías hacer?

-¿Es que has pensado en matarme?

Ella puso los ojos en blanco.

-Vamos, no te lo tomes a broma.

-Nunca me habías hecho una pregunta tan morbosa, pero creo que puedo seguirte la corriente -dijo su padre-. Contrataría un seguro de vida millonario para que tú tuvieras de todo, y después me pasaría el resto del día aquí, contigo.

A ella se le llenaron los ojos de lágrimas.

-Gracias.

-Y querría contarte una cosa, porque he aprendido muy bien la lección sobre guardar secretos.

La mente de Mary Ann se concentró en una sola palabra: «secretos». Sintió pánico, y el corazón se le aceleró.

-¿Có-cómo?

-Bueno, he conocido a alguien -dijo su padre, y se ruborizó.

Mary Ann abrió unos ojos como platos.

-¿De verdad? ¿Quién es? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¡Cuéntamelo todo!

Él se echó a reír.

-Cuántas preguntas a la vez. Sí, de verdad. La conocí ayer en el supermercado. Y, bueno... le pedí una cita.

- ¡Papá!

-Hace siglos que no salgo con nadie, pero no pude resistirme. Ella es muy inteligente, y también muy guapa.

Mary Ann se alegraba. Su padre se merecía ser feliz. Sobre todo, si ella... si ella... No, no quería pensar en eso. Él se merecía ser feliz, sin más.

-No me estás contando los detalles. ¿De qué hablasteis? ¿Cómo es? ¿Dónde la vas a llevar?

Sonó el timbre, y ambos se sobresaltaron.

Su padre sonrió con timidez.

-Retomaremos esta conversación enseguida. Voy a abrir la puerta.

Se levantó de la silla y salió de la cocina mientras Mary Ann recogía las cartas y se maravillaba por el giro que habían dado las cosas. Su padre iba a salir con una mujer. Bueno, había salido una o dos veces durante aquellos años, pero nada serio, y nada que le iluminara la cara como aquello. Su interés siempre había sido mínimo.

Segundos después, Mary Ann oyó una voz femenina y una risa. Era la risa de su padre, y tenía una cualidad dulce. ¿Qué estaba pasando allí?

-Mary Ann -dijo su padre-. Ven, cariño.

Ella fue al salón con las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros. Su padre estaba allí, sonriendo como un bobo y diciéndole algo a una mujer rubia, joven y guapísima, que llevaba una blusa y una falda blancas. Tenía un cutis perfecto, casi demasiado perfecto. Tenía unos rasgos adorables. ¿Sería aquélla la misteriosa mujer del supermercado?

Mary Ann carraspeó.

Su padre la miró, irradiando tanto entusiasmo, que ella tuvo que apartar la mirada.

-Mary Ann, ésta es la mujer de la que te estaba hablando.

La rubia asintió a modo de saludo, aunque no apartó la mirada de su padre. Le estaba dando unas palmaditas en la mejilla, como si fuera un cachorrito.

-Mary Ann, he oído hablar mucho de ti.

¿En una conversación en el supermercado? «Vamos, no seas mala». Aquello era algo muy positivo.

-Me alegro de conocerla -dijo Mary Ann.

Por fin, la recién llegada se volvió hacia ella, y Mary Ann jadeó de espanto. Aquellos ojos tan brillantes, tan grandes, castaños... y la piel resplandeciente... Aquella mujer no era humana.

Aquella mujer era un hada.

-Deje en paz a mi padre -ladró Mary Ann-. Él no ha hecho nada...

-Mary Ann -dijo él, que se había quedado horrorizado y decepcionado por su comportamiento-. Esto no es...

-Sé bueno y ve a tu habitación -le dijo el hada-. Quédate allí, oigas lo que oigas.

-Por supuesto -respondió él, y se marchó sin decir una palabra más. Subió las escaleras sin mirar atrás.

Mary Ann tuvo ganas de echar a correr, pero se mantuvo en su sitio. Protegería a su padre fuera como fuera. Sin embargo, nunca se había enfrentado a un hada, y sólo sabía lo que le habían dicho Riley y Victoria.

No podían controlar a la gente con la voz, como los vampiros, pero los humanos se quedaban tan subyugados con ellas, que obedecían sin cuestionar nada. Anhelaban el poder, y no podían soportar que alguien fuera más fuerte que ellas. Por dentro eran frías como el hielo, y ansiaban el calor con desesperación.

Pese a todo eso, o quizá por eso, se consideraban protectoras de la humanidad. Mary Ann era parte de esa humanidad. Tal vez. Con su habilidad...

Abrió la boca para decir algo, aunque no sabía qué.

-No llames a tu novio -le dijo el hada-. En este momento, los lobos están muy ocupados luchando contra una horda de duendes. Yo me he asegurado de ello. Y sólo conseguirías distraerlos. ¿Quieres tener su sangre en las manos?

Mary Ann tragó saliva.

-No iba a gritar. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

-Me llamo Brendal, y creo que el motivo por el que estoy aquí es evidente. Quiero que vengas conmigo.

-¿Por qué?

-Las respuestas llegarán más tarde.

-No. ¿Has engañado a mi padre para llegar hasta mí?

-Claro. Hacemos lo que es necesario.

Sin pizca de remordimiento. Arpía. Mary Ann sintió ira.

-Vamos, ven -dijo Brendal, y le hizo un gesto para que la siguiera.

Mary Ann alzó la barbilla. Ella no sentía ningún impulso de obedecer al hada. Tal vez fuera por su habilidad de anular los poderes de las otras criaturas. Tal vez, aunque su padre había subido las escaleras sin rechistar. «Recuerda lo que te dijo Victoria, que tu habilidad no funciona en alguien que tenga habilidades naturales».

-Creo que me voy a quedar aquí, gracias.

El hada entrecerró los ojos.

-Deseas respuestas. Bien. Quiero que me sigas porque eres útil para mí. Tú repeles, mientras que tu amigo Aden atrae. Tú anulas, mientras que él magnifica. Tú también eres un arma, aunque seguramente no te des cuenta.

-Tendrás que esforzarte más.

-Él los atrae, y tú los aniquilas.

Sí, claro.

-¿Y a quién tengo que aniquilar?

-Al enemigo, por supuesto.

Según las hadas, los enemigos eran los vampiros y los hombres lobo.

-¿Por eso has venido? ¿Piensas que voy a ayudarte?

-A mí no. ¿Acaso no deseas ayudar a tu amigo Aden?

A Mary Ann se le encogió el estómago.

-¿A qué te refieres?

-Las brujas lo han atrapado, y no están muy contentas con él. Y sí, sé que es necesario que convoquen una reunión, y que seguramente vas a morir mañana. Sin embargo, Aden te quiere, y se niega a darles a las brujas lo que quieren hasta que convoquen la reunión para salvarte la vida a ti y a vuestros amigos. También se niega a darme a mí lo que yo quiero.

-¿Y qué es lo que quieres tú?

-Saber lo que le pasó a mi hermano. Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa para averiguarlo. Incluso... traicionar a mis aliadas. Por eso tienes que venir conmigo, Mary Ann.

Ella negó con la cabeza. No podía permitirse el lujo de confiar en aquella hada.

-No. Ya te he dicho que me voy a quedar aquí.

Brendal arqueó una ceja.

-Si le dijera a tu padre que se suicidara, él obedecería rápidamente. Tal vez tu habilidad para aminorar mi influencia lo detuviera, pero yo podría llamar a otros de mi raza. Ellos pueden sacarte de aquí, y entonces...

Mary Ann tuvo el impulso de lanzarse hacia el hada y destrozarla por amenazar a su padre, pero la promesa de que Brendal llamaría a otros para que la ayudaran la detuvo.

-¿Y cómo quieres que te ayude, exactamente?

-Ya te lo he dicho. Ven conmigo. Tú debilitarás a las brujas mientras yo consigo al chico.

-¿Y eso es todo?

-Sí.

-¿Y qué harás con Aden?

-En cuanto me diga lo que quiero saber, lo liberaré.

O intentaría asesinarlo. Porque Mary Ann sabía cuál era la respuesta a la pregunta de aquella hada, y sabía que no iba a gustarle. Su hermano estaba muerto, yAden era el motivo.

-¿Lo liberarás, pase lo que pase?

Ella asintió.

-Pase lo que pase.

-¿Y cómo voy a confiar en ti?

-No tienes otra opción.

Dios, ojalá Riley estuviera allí para decirle si las hadas cumplían sus promesas o no.

-¿Y qué pasa con la reunión de las brujas?

-Yo no puedo obligarlas a que la convoquen.

Por lo menos, en eso había sido franca.

-Está bien. Te ayudaré.

Después de eso...