17
Dos voces llamaban a Aden. Las dos eran voces femeninas, y cargadas de preocupación.
-Intenta otra cosa.
-¿El qué? ¡Lo he intentado todo! Gritarle, zarandearlo, darle bofetadas...
-Está dentro de ese cuerpo. ¡Sácalo!
-¿Y qué quieres que haga? ¿Meter las manos en su pecho y sacarlo?
-¡Sí!
-¡Eres una pesada! ¿Cómo es posible que te aguante Aden? Está bien, lo haré. Lo intentaré.
Un segundo después, Aden se vio fuera del cuerpo de Shannon, sentado en la cama junto a Mary Ann, con su mano sobre la de ella.
Mary Ann estaba jadeando, cubierta de sudor, exhausta y con una mirada de conmoción.
-¿Lo has visto? -preguntó entre jadeos-. No puedo creerlo. ¡Acabo de hacerlo! ¡Dime que tú también lo has visto!
-¿Qué ha ocurrido? -preguntó él con la voz entrecortada. Estaba muy dolorido, como si lo hubiera atropellado un camión.
Victoria se sentó al otro lado de Aden, con la boca abierta.
-Estás bien. Ahora vas a ponerte bien.
¿Estaba intentando convencerlo a él, o convencerse a sí misma?
-¿Qué ha pasado? -preguntó Aden otra vez.
-Ella... te ha sacado del cuerpo de Shannon. Ha tirado de ti. Al principio eras como un fantasma, no tenías una forma sólida, y al segundo estabas aquí. Yo nunca... había visto nada igual.
¿Había daños colaterales? Aden se revisó. Le dolía mucho la rodilla y estaba temblando, pero no estaba vomitando, ni estaba paralizado. El veneno ya había salido de su organismo, gracias a Dios. Estuvo a punto de desmayarse de alivio.
Elijah, Caleb y Julian ya no gemían, ni balbuceaban de manera incoherente. Estaban en silencio, como si se hubieran quedado agotados después de aquella prueba y necesitaran reposo.
Pese a la cercanía de Mary Ann, el señor Thomas también estaba presente. No era más que una silueta tenue, pero Aden lo veía. Estaba sentado en el escritorio, con los brazos cruzados sobre el estómago y con una expresión de descontento. Sin embargo, no podía disimular su interés. Estaba observándolo todo y catalogando todos los detalles.
Lo extraño era que... Riley no estaba presente, así que MaryAnn debería haber anulado completamente sus habilidades. ¿Por qué no había sucedido eso?
-Eh... Ad-den -murmuró Shannon, mientras se sentaba lentamente y miraba a su alrededor por la habitación. Se pasó la mano temblorosa por la cara y preguntó-: ¿Qué es lo que acaba de ocurrir? Estaba delante de ti, ¿no? ¿Cómo es que estoy en la cama?
Entonces, Shannon no sabía que Aden había estado dentro de él, de su mente. Gracias a Dios por eso también.
-Te has desmayado -dijo Aden. Fue lo único que pudo inventar su cerebro aturdido en aquel momento.
-¿Por q-qué? -preguntó Shannon, mirando el reloj de la mesilla. Sacudió la cabeza y se frotó los ojos-. Son las nueve y cuarto. ¿Cómo es posible? Yo he intentado despertarte a las seis y media. Debería estar en el instituto. ¡Voy a llegar muy tarde! Dan se va a enfadar. Me va a...
-Dan piensa que estás enfermo -dijo Aden, recordando la visita de Dan y lo que él le había dicho-. Y has estado enfermo de verdad, durante un rato.
Shannon se calmó. Miró a las chicas y frunció el ceño.
-¿Qué estáis haciendo aquí? ¿Y cuándo habéis venido? Dios, todo esto es muy raro. Yo nunca me había desmayado.
-Shannon -dijo Victoria. De repente, su voz sonaba intensa, poderosa...
La voz. Aden la agarró de la muñeca y, cuando ella lo miró, él negó con la cabeza.
-No lo hagas.
Shannon se había sentido indefenso durante toda su vida. Nunca había tenido el control de lo que le sucedía, ni lo más mínimo, y Aden no quería aumentar aquello, aunque existiera el peligro de que su amigo se diera cuenta de lo que estaba sucediendo.
Aunque se quedó desconcertada, Victoria asintió.
-Shannon, ¿te sientes lo suficientemente bien como para ir al instituto? -le preguntó Aden.
-Si, me encuentro bien. Salvo por lo del desmayo.
-Todavía puedes llegar al instituto si quieres.
Shannon arqueó una ceja.
-¿Tú no vas a ir?
Aden hizo un gesto negativo con la cabeza.
-Todavía no me encuentro del todo bien -dijo. Si seguía así, no iba a conseguir tener unos buenos estudios en la vida.
-De-de acuerdo. Yo m-me voy -dijo Shannon. Después lo miró con la cabeza ladeada-. Pe-pero tal vez, algún ddía c-confíes en mí y me c-cuentes tus secretos. Hasta luego -añadió, antes de que Aden pudiera responder.
Shannon se puso en pie lentamente, tomó su mochila y salió de la habitación, y después del barracón. La puerta se cerró tras él.
Así pues, Shannon sospechaba que estaba ocurriendo algo.
«Preocúpate de eso más tarde», se dijo Aden.
Sólo llevaba puestos unos calzoncillos sudados, y tenía la rodilla manchada de sangre seca. Estaba pálido, y su piel tenía un tinte grisáceo. Muy guapo.
-Chicas, ¿podéis esperar a que me duche?
-Claro -dijo Victoria.
-Sí -asintió Mary Ann. Se estaba mirando las manos, girándolas bajo la luz de la ventana-. Pero antes, ¿podrías contarnos un poco lo que ha pasado? Sólo algún detalle para calmarnos, antes de que podamos freírte a preguntas.
-Yo... he viajado al pasado de Shannon -dijo Aden mientras tomaba ropa del armario, unos vaqueros y una camiseta gris.
-Ésa era la habilidad de Eve, no la tuya -dijo Victoria.
-Ya lo sé. Puede que quizá, aunque se marchara, me dejara su habilidad. O tal vez me la regalara, incluso. Un último regalo, por si acaso alguna vez necesito arreglar algo que se hizo mal.
-O puede que hayas viajado al pasado tantas veces en tu vida, que tu cuerpo ha aprendido a hacerlo sin ella -dijo Mary Ann-. ¿Has oído hablar de la memoria del músculo? Cuando se repite un movimiento una y otra vez, se crea un recuerdo en el músculo para realizar esa tarea específica, y pronto, una persona puede realizarla sin ser consciente de ello.
Eso tenía sentido. O al menos, tanto sentido como tenía su vida aquellos días.
-Tú, Mary Ann, eres un genio.
Ella sonrió.
-Ya lo sé.
Él se marchó apresuradamente al baño, se duchó y se vistió. Cuando volvió a su habitación, Riley estaba allí, sentado al borde de la cama, rígido e incómodo. Mary Ann estaba lejos de él, apoyada en la puerta del armario, sin mirarlo. Claramente, el problema que aquellos dos hubieran tenido la noche anterior no se había resuelto todavía.
La única cosa por la que podían haberse peleado era aquel asunto de las clases de defensa propia. ¿Acaso Riley todavía estaba enrabietado de celos? Era infantil por su parte.
Victoria estaba sentada junto al escritorio. Había recuperado la compostura. Thomas se había situado junto a la ventana. Ya no era una silueta tenue, sino una figura tan brillante como de costumbre.
-Oh, bien. Ya has vuelto. He encontrado esto -le dijo Victoria, tendiéndole una hoja de papel-. Es de Dan, para ti. No te preocupes. No se ha dado cuenta de que estábamos aquí. Me aseguré de ello.
Aden leyó la nota.
Aden:
Tienes otra sesión de terapia con el doctor Hennessy esta tarde. Siento haberte avisado tan tarde. Me llamó esta mañana, y yo creía que estabas enfermo, así que le dije que no. Entonces me encontré con Shannon, que se sentía mejor e iba a clase. Me recordó que tú también estabas mejor, y que ya estabas en el instituto, así que volvía llamar al médico. Me alegro de que te hayas recuperado. Espero que hagas tus tareas después de la escuela. Otra cosa, he contratado a una tutora nueva y va a venir esta noche a cenar para conocer a todos los chicos. Será después de la hora de terapia, así que no te preocupes. Aunque ella no va a ser tu profesora, me gustaría que vinieras para darle la bienvenida entre todos.
Dan.
Estupendo. Más doctor Hennessy. ¿Y otra tutora? Aden miró al señor Thomas. ¿Sería la próxima tutora un hada, también? ¿Sería la mensajera de la muerte que había prometido Thomas? Aden supuso que iba a averiguarlo aquella misma noche. Arrugó el papel y lo tiró a la papelera que había debajo del escritorio.
-¿Y qué te ha pasado? -preguntó Mary Ann-. Danos todos los detalles, esta vez.
-Érase una vez un duende que me mordió la rodilla...
Les contó todo lo que había averiguado, salvo lo referente al pasado de Shannon. Aquél era un secreto que Shannon debía compartir, y no él. Ya no le importaba que Thomas escuchara lo que decía. El fantasma no podía hacer nada, de todos modos, con la información que obtuviera.
-Siento no haberos protegido, mi rey -dijo Riley, que se había puesto en pie con la cabeza inclinada-. Acepto la responsabilidad por vuestra horrible experiencia.
-No soy tu rey. Y la responsabilidad es mía.
-Gracias por la exoneración, mi rey -contestó Riley, en aquel tono rígido, formal, molesto-. Os prometo que esto no volverá a suceder nunca.
Aden puso los ojos en blanco.
-Eres un idiota, Riley -dijo.
Victoria lo abrazó y apoyó la cabeza en su hombro. Su cuerpo estaba caliente como el fuego.
-Has recibido demasiadas heridas últimamente. No me extraña que Elijah piense que vas a morir pronto.
-¿Cómo? -inquirió Riley.
-Ooh -dijo Victoria, encogiéndose-. Lo siento.
-Parece que tengo algo más que contar.
Con un suspiro, Aden le explicó a Riley lo que había predicho Elijah: que Aden iba a morir pronto en una calle oscura, con un puñal atravesado en el corazón. Aunque lo intentó, no pudo evitar que el miedo se reflejara en su tono de voz.
-Oh, Aden -dijo Mary Ann, con los ojos llenos de lágrimas-. Yo ya lo sabía, pero de todos modos, es...
-Jú lo sabías? ¿Lo sabías y no me lo habías contado? Gracias por tenerme al día, cariño -dijo Riley, que estaba prácticamente vibrando de rabia.
-En primer lugar, no lo supe hasta hace pocos días. Y en segundo lugar, teníamos muchas cosas en la cabeza. Tenía pensado contártelo después de que pasara esta semana infernal.
El lobo aceptó la explicación con un asentimiento lleno de tirantez.
-Nadie te va a hacer daño durante mi guardia, eso te lo aseguro -le dijo a Aden.
-Gracias.
Más tarde, Aden le explicaría que no podían hacer nada. Aunque en realidad, él sí había pensado hacer algo al respecto, pero no quería darle falsas esperanzas a Riley. Más tarde, sin embargo. Siempre más tarde. Como había dicho Mary Ann, aquella semana ya tenían suficientes preocupaciones.
-Bueno, ¿y cuál es el plan de hoy? -preguntó, cambiando de tema.
-Tenemos que ir al instituto -dijo Riley, que todavía estaba conteniendo sus emociones-. Mis hermanos están diciéndole a todo el mundo que tenemos a una bruja en nuestro poder. Eso significa que los fuegos artificiales van a empezar esta noche. Hoy debéis poneros al día en vuestras clases. Seguramente mañana estaréis demasiado... doloridos.
En otras palabras, iba a haber una batalla. Estupendo. Y lo peor era que no podían hacer nada en aquel momento, salvo esperar. Y tener esperanza. Y rezar.
Durante todo aquel día, Aden estuvo temiendo que saliera una bruja de cualquier parte y lo atacara. Y si no era una bruja, cualquier otra cosa. Un duende rabioso, o un vampiro con alguna queja. Incluso un hada que quisiera decapitarlo.
Sin embargo, llegó al colegio a la hora del almuerzo, comió, fue a las tres clases siguientes y se marchó a casa de nuevo. No ocurrió nada.
Casi se sintió decepcionado por la falta de lucha. Sólo faltaban dos días más para que el maleficio pudiera causar la muerte de sus amigos. Y era demasiado poco tiempo como para que él pudiera estar cómodo. Un año hubiera sido demasiado poco tiempo. Tenía que hacer algo.
Victoria lo acompañó a casa y lo dejó en el rancho, tan silenciosa y distraída como él. En la habitación, Aden encontró otra nota de Dan, en la que le decía que no se olvidara de hacer las tareas y de que tenía que ir a una sesión de terapia. Como si pudiera olvidarlo. Aden se dirigió al establo para limpiarlo y dar de comer a los caballos. A Aden le encantaban los caballos, y lamentaba no haber podido estar más tiempo con ellos aquellos días. Algunas veces, como premio especial por buen comportamiento, Dan permitía a los chicos, incluido él, que montaran un poco.
Las almas también adoraban a los caballos, y arrullaban a los animales mientras Aden trabajaba. Y, sí, a él le estaba resultando extraño hacer cosas normales. Comportarse de forma normal, con los otros chicos trabajando a su lado. R.J., el pelirrojo, y Seth, el punki. Shannon, Ryder, Terry y Brian. R.J. iba a cumplir dieciocho años la semana siguiente, y Terry, poco después. Aden los había oído hablar de conseguir un apartamento propio. Dan les había pedido que se quedaran, que terminaran los estudios, pero ellos dos estaban decididos a aprobar el examen de Desarrollo Educativo General y ser libres.
¿Y qué era la libertad, realmente? Antes, Aden creía que conocía la respuesta: estar solo, sin las almas, poder hacer lo que quisiera sin preocuparse de las consecuencias. Ahora tenía amigos y novia, y todo lo que él hacía afectaba a los demás. Las consecuencias tenían importancia.
Nadie podía ser libre de verdad si quería a alguien, y no merecía la pena vivir la vida sin amor. Así pues, ¿qué era la libertad? Era algo que la gente valoraba en exceso. Él prefería tener a Victoria, a Mary Ann y a Riley, y a las almas.
«¿Y cómo los vas a salvar de las brujas?», se preguntó. Las almas seguían hablando con dulzura a los caballos, y tal vez los caballos estuvieran oyéndolos, porque estaban más calmados de lo normal, aunque hubiera tanta actividad en el establo. Ojalá pudiera él dejar la mente en blanco. No podía.
Aden suspiró. Una vez que un encantamiento era pronunciado por una bruja, cobraba vida propia. Por lo tanto, él no podía detener la magia que ya se había desatado, ni siquiera amenazando a la bruja a la que tenían de rehén.
Demonios, tal vez debieran liberarla como gesto de buena voluntad. A Riley le daría un ataque, por supuesto, pero haría lo que le dijera Aden. Después de todo, Aden era el rey de los vampiros.
Sí. El rey. El título era suyo y... Aden movió la cabeza y se quitó aquella idea de la mente. No era rey y no quería ser rey. Punto y final.
Cuando el establo estaba limpio, los chicos se marcharon al barracón para ducharse y vestirse. Tenían que ir a cenar con la nueva tutora. Seth se quedó rezagado, miró hacia atrás y dijo:
-Eh, Ad, ¿tú no vienes o qué?
Aden se quedó asombrado, una vez más, de lo mucho que habían cambiado las cosas. Pocas semanas antes, aquel chico lo trataba como si fuera un leproso.
-Dentro de un minuto -respondió. Sólo había una ducha en el baño, así que habría que esperar de todos modos. Y él prefería esperar allí. Además, le gustaba pensar que iba a ir a la sesión de terapia oliendo a estiércol de caballo.
Seth se detuvo. Apoyó las manos en el quicio de la puerta del establo y se mantuvo de espaldas a Aden.
-¿Puedo hacerte una pregunta?
-Claro -dijo Aden, aunque sintió miedo. Clavó el rastrillo en el suelo y se apoyó en el mango-. Pregunta.
-He oído que Shannon le contaba a Ryder que algunas chicas van a vuestra habitación tarde, por la noche.
Bueno. No era un tema demasiado terrible.
-Sólo dos chicas, y sí.
Seth se volvió hacia él con una sonrisa.
-¿Estás saliendo con las dos?
-Solamente con una, pero la otra también tiene novio -respondió Aden. «Y Riley te destripará si te acercas a ella».
-Ah -dijo Seth, y se le hundieron los hombros-. A lo mejor podías invitar a alguna más, y, no sé... presentárnoslas.
Aden estuvo a punto de sonreír.
-Puede que la semana que viene.
-¿De verdad?
-Sí. Conozco a una chica, Stephanie. Es muy guapa. Y tiene cuatro amigas que, seguramente, también son muy guapas -dijo. No se le ocurría mejor forma de librarse de aquellas chicas con las que tenía que salir que cediéndo selas a los otros chicos-. Todavía no las conozco, pero seguro que os gustarán.
-Eso sería estupendo -dijo Seth. Sonrió de nuevo, y se marchó.
-Por fin solos -dijo entonces una chica, a espaldas de Aden.
Aden se dio la vuelta mientras uno de los caballos relinchaba. Al final del establo había una chica a quien no conocía. Llevaba una camiseta roja y unos vaqueros negros ajustados. Las chicas del instituto de Crossroads iban vestidas de un modo muy similar todos los días, pero en ella, el atuendo resultaba extraño, como fuera de lugar. Parecía que estaba incómoda.
Tenía el pelo castaño, por los hombros, los ojos oscuros y rasgados y la piel pálida. Estaba sonriendo, pero la suya no era una sonrisa de felicidad. Por debajo de su labio superior asomaban dos colmillos que revelaban su naturaleza depredadora.
«Por favor, dime que tu próxima cita es con ella», le pidió Caleb, que por fin se dignó a hablar con Aden.
¿Su próxima cita? Aden contuvo un gruñido.
La chica parecía unos diez años mayor que Victoria, pero Aden supuso que seguía siendo muy joven para ser una muchacha vampiro.
-Veo que estás observando mi ropa -dijo ella-. Stephanie me comentó que ahora podemos vestir con colores, y que tú los prefieres. ¿Qué te parece?
La muchacha giró sobre sí misma.
-Estás guapa -dijo él, y era cierto. Estaba muy guapa. Simplemente, no era su tipo-. ¿Cómo te llamas?
-Draven.
Era un nombre poco corriente, y bonito.
-Yo soy Aden Stone.
-Ya lo sé -respondió ella, y se acercó a él flotando con gracilidad. Cuando pasó junto a los caballos, corcovea ron, pero la chica no les prestó atención-. Nos han presentado, ¿no te acuerdas? Yo estaba presente el día en que conociste a mi... a tu gente. Me dijiste que estabas encantado de conocerme.
Oh, oh.
-Eh... Sí, ahora lo recuerdo -mintió Aden. Demasiadas caras, demasiados nombres. Ninguno destacaba sobre los demás. Y en realidad, aquello se lo había dicho a todo el mundo.
«Dile que es guapísima y que nunca podrías olvidar a alguien como ella», le indicó Caleb.
«No estamos buscando ligues», dijo Julian. «Ya tenemos novia».
«En realidad, soy yo el que tiene novia», pensó Aden, pero ellos no pudieron oírlo.
-He venido porque todos los reyes necesitan una reina, y tú también. Tengo que ser sincera; al principio no me gustaba nada la idea de unirme a un humano, pero ahora pienso que haríamos una pareja perfecta -dijo ella. Su voz se había convertido en un susurro, y su mirada estaba fija en el pulso del cuello de Aden-. Siento tu atracción, y me resulta deliciosa.
A él le gustaba mucho que Victoria le dijera eso, pero... ¿que se lo dijera Draven? No tanto.
«Qué suerte tienes», dijo Caleb. «Es un monumento, y te desea».
-En realidad... -Draven alargó el brazo y le pasó un dedo cálido por el contorno de la mandíbula-, vas a descubrir que soy mucho mejor para ti que Victoria. Yo -prosiguió mientras se inclinaba hacia él y lo olisqueabaharé cualquier cosa que me pidas. Cualquier cosa.
Aden no era tonto. Sabía lo que quería decir, y las almas también.
«¡Yo le tomaré la palabra!» , exclamó Caleb.
«Y conseguirás que nos apuñalen y nos maten en un abrir y cerrar de ojos», refunfuñó Elijah. «Está sedienta de poder. Es una devoradora de hombres».
«Mejor todavía», opinó Caleb.
«Tío», intervino Julian en tono de fastidio, «¿es que en tu otra vida eras un pervertido? Como ya he dicho, nosotros tenemos a Victoria. No necesitamos a esta chica para nada. ¿Y no te acuerdas de los árboles que cortó Victoria? Si flirteamos con esta chica, eso es lo que hará con nuestra cabeza».
«¿Nosotros?», pensó Aden. Él tenía a Victoria, y ellos tenían que empezar a recordarlo.
-Eres muy amable por tu ofrecimiento -respondió Aden, aunque se sentía muy incómodo- de hacer cualquier cosa, pero... eh... no será necesario.
«Creo que en este momento te odio», refunfuñó Caleb.
«Deberías darle las gracias», replicó Elijah con un suspiro.
Draven entornó los ojos.
-Bueno, si cambias de opinión... la oferta no tiene límite de tiempo. Y ahora, ¿qué vamos a hacer en nuestra cita? -preguntó ella. Aden sintió su respiración caliente en la cara, y retrocedió-. Sé que a los humanos les gusta salir a cenar juntos. Podríamos comer -dijo. Su atención volvió a centrarse en el pulso de Aden. Después, Draven se echó a reír-. O yo podría comer.
-Preferiría no ser el plato principal, gracias. Ni el postre -añadió él, antes de que lo dijera ella.
Draven se encogió delicadamente de hombros.
-Entonces, conozcámonos mejor -dijo con un ronroneo-. Después de todo, he venido para eso.
«No puede ser más evidente», dijo Elijah con desagrado. «Quiere ser la reina, nada más. Si te casas con ella, te hará pedazos».
-Sí, eso ya lo había deducido yo -murmuró Aden. En primer lugar, él no iba a casarse con nadie. Ni siquiera con Victoria. Todavía no. Sólo tenía dieciséis años. Bueno, casi diecisiete. En segundo lugar... No, no había nada en segundo lugar.
-¿Que habías deducido qué? -preguntó Draven, con el ceño fruncido y una expresión de desconcierto.
-Eh... Nada. Escucha -respondió él, y dio unos cuantos pasos hacia atrás para situarse a una distancia a la que ella no pudiera alcanzarlo de un puñetazo-. Para nuestra cita podríamos sentarnos aquí, en el heno -dijo, y señaló uno de los boxers vacíos-, y hablar de cualquier ley que quieras que se cambie.
Fácil. Inocente.
El rechinar de sus dientes resonó por las paredes del establo.
-Sentarse en el heno y hablar de leyes no es romántico.
-Yo nunca he prometido que habría romanticismo.
Dios, quería que aquello terminara. ¿Sabría Victoria que estaba allí Draven? De ser así, ¿estaría conteniendo sus sentimientos? Eso esperaba Aden. Conseguir que los liberara era muy divertido.
-Con Stephanie observaste las estrellas -dijo Draven con irritación-. Cuando ella se reunió con nuestro consejo, alabó las virtudes de ese pasatiempo. Ahora, a mí también me gustaría observar las estrellas.
Las candidatas tenían que dar un informe de sus citas con él. ¡Eso sí que era embarazoso!
-Ahora no hay estrellas. Si quieres verlas, tendrías que volver esta noche -dijo él, sabiendo perfectamente que no iba a estar disponible. Primero tenía la terapia. Luego, la cena. Después, iría a la ciudad con sus amigos, a cazar-. Sin embargo, no está permitido tomar sangre de los humanos que viven aquí, y eso es... una orden de tu rey.
«¿Estás aceptando tu puesto de soberano?», le preguntó Elijah.
No. Sí. Demonios. Era un momento de desesperación, y todo eso. Estaba dispuesto a decir lo que fuera necesario.
Draven inclinó la cabeza para aceptar la orden.
-No haré daño a tus amigos. Tienes mi palabra.
-Gracias.
-Pero no puedo venir esta noche. Tal vez no sepas esto, pero alrededor de nuestro hogar hay guardias apostados noche y día. Hacemos turnos para proteger lo nuestro. Esta noche, desde la medianoche hasta las seis, debo patrullar por la finca. A menos que tú me liberes de mi deber... -dijo Draven. Entonces, le pasó un dedo por la clavícula. De nuevo estaba muy cerca de él, tanto como para tocarlo, pero Aden ni siquiera la había visto moverse.
Tuvo que arquear la espalda hacia atrás para romper el contacto.
-Me temo que eso no puedo hacerlo. No sería justo para las demás -dijo.
Imparcialidad, sí. Era su lema.
Ella bajó la mano.
-Muy bien -dijo con tirantez-. Entonces, pospondremos nuestra cita.
Si él se salía con la suya, no habría ninguna cita.
-Estupendo. Lo estoy deseando -dijo.
-Hasta otro momento, entonces.
Draven se dio la vuelta y salió flotando del establo. Lo dejó solo, y con una súbita sensación de fatalidad.