Aden Stone se revolvió en la cama, y la sábana cayó al suelo. Demasiado calor. Estaba sudando tanto, que los calzoncillos, lo único que llevaba puesto, se le pegaban a la piel. Demasiado. Su cabeza... Oh, su pobre mente estaba destrozada. Tenía demasiadas imágenes sucediéndose en ella, mezcladas con una oscuridad absorbente, con un caos horrible y un dolor brutal.
«No puedo... soportar mucho más...». Era humano, pero en aquel momento tenía sangre de vampiro abrasadora corriéndole por las venas. Sangre poderosa de vampiro que le permitía ver el mundo a través de los ojos de su donante, aunque sólo fuera durante un rato. Eso ya lo había experimentado antes, así que no habría sido tan horrible si no hubiera ingerido sangre de dos fuentes distintas la noche anterior. Accidentalmente, por supuesto, pero eso no le importaba a su cerebro.
Una fuente era su novia, la princesa Victoria. La otra, Dmitri, el difunto novio de Victoria. O prometido. Lo que fuera.
Ahora, la sangre de ellos estaba manteniendo una batalla por hacerse con la atención de Aden. Un enfrentamiento tóxico. Nada del otro mundo, ¿verdad? Durante su vida había luchado contra muertos vivientes, había viajado en el tiempo y había hablado con fantasmas. De bería ser capaz de reírse por sufrir un poco de trastorno por déficit de atención con hiperactividad. ¡Pero no! Se sentía como si se hubiera bebido una botella de ácido en un vaso roto. Una cosa le quemaba, mientras la otra lo cortaba en pedacitos.
Y en aquel momento, iba a...
Cambiar de perspectiva otra vez.
-Oh, papá.
Oyó aquel susurro de Victoria de repente.
Se estremeció. Ella había suspirado, sí, pero demasiado alto. Los oídos de Aden estaban tan sensibles como el resto de su cuerpo.
Sin saber cómo, encontró la fuerza para abrirse camino entre el dolor y enfocar la mirada. Craso error. Demasiado brillante. La oscuridad del entorno de Dmitri había dejado paso a los colores que rodeaban a Victoria. Aden veía a través de sus ojos en aquel momento, y era incapaz de pestañear.
-Fuiste el hombre más fuerte del mundo -continuó ella en un tono solemne, y Aden se sintió como si fuera él quien hablaba, porque le escocía la garganta como si la tuviera en carne viva-. ¿Cómo es posible que te vencieran tan rápidamente?, «¿y cómo no me di cuenta yo de lo que estaba ocurriendo?», pensó Victoria.
El guardaespaldas de Victoria, Riley, su amiga Mary Ann y la misma Victoria habían llevado a Aden a casa la noche anterior. Victoria quería quedarse con él, pero él se había negado. No sabía cómo iba a reaccionar con dos tipos de sangre diferentes en su organismo, y ella tenía que estar con su gente para llorar al difunto. Durante un rato, Aden había intentado dormir, sin parar de dar vueltas por la cama, mientras su cuerpo se recuperaba de los golpes que había dado, y de los que había recibido. Después, casi una hora antes, había empezado el enfrentamiento. Gracias a Dios que Victoria se había marchado. Habría sido toda una pesadilla verse a sí mismo a través de sus ojos, en aquellas condiciones tan patéticas, y saber lo que estaba pensando.
Cuando Victoria pensaba en él, él quería que ella sólo viera la palabra «invencible». Si no podía ser eso, se conformaría con la palabra «guapísimo». Cualquier otra cosa no le valía, gracias. Porque él pensaba que ella era perfecta en todos los sentidos.
Perfecta, dulce y bella. Y suya. La imagen de la princesa le llenó la mente. Tenía una larga melena oscura que le caía por los hombros pálidos, y unos ojos azules que brillaban como cristales, y unos labios de color rojo cereza. Para ser besados.
Aden la había conocido unas pocas semanas antes, aunque tenía la sensación de que la conocía de toda la vida. Lo cual, en un sentido un poco retorcido, era cierto. Bueno, por lo menos desde hacía seis meses, según lo que le había dicho una de las almas que habitaba en su cabeza. Por si los vampiros y la sangre telepática no eran suficientemente extraños, Aden compartía su propia cabeza con otras tres almas humanas. Y además, cada una de aquellas almas poseía una habilidad sobrenatural.
Julian podía despertar a los muertos.
Caleb podía poseer otros cuerpos.
Y a través de Elijah, Aden había sabido que iba a conocer a Victoria antes de que ella llegara a Crossroads, Oklahoma. Un lugar que él había considerado el infierno en la Tierra, y que después había empezado a considerar Lo Más Formidable del Mundo, aunque fuera un criadero de criaturas supuestamente míticas. Brujas, duendes, hadas, todos ellos enemigos de Victoria, y por supuesto, vampiros. Y también hombres lobo, los protectores de los vampiros.
Y, bueno, eso eran muchas criaturas raras. Pero si un mito había resultado ser cierto, entonces tenía sentido que todos los mitos pudieran serlo.
-¿Qué voy a hacer con...? -empezó a decir Victoria de nuevo, y atrapó su atención.
Verdaderamente, Aden quería que completara la frase. Por desgracia, antes de que ella pudiera decir una palabra más, la perspectiva de Aden cambió de nuevo. De repente lo envolvió la oscuridad y su conexión con Victoria se interrumpió. Aden volvió a tener convulsiones, debido al dolor de vincularse al otro vampiro. Dmitri. El difunto Dmitri.
Quería abrir los ojos para poder ver algo, pero era como si tuviera los párpados pegados. Olía a tierra y a... ¿humo? Sí, era humo, un humo denso y asfixiante. Tosió y tosió, o, ¿era Dmitri quien tosía? ¿Estaba vivo todavía? ¿O acaso su cuerpo sólo estaba reaccionando porque los pensamientos de Aden estimulaban su mente compartida?
Intentó mover los labios de Dmitri para hablar, para llamar la atención de alguien, pero sus pulmones no admitieron el aire impregnado de cenizas, y de repente, no pudo respirar en absoluto.
-Quemadlo -dijo alguien con frialdad-. Vamos a asegurarnos de que ese traidor siga muerto.
-Será un placer -respondió otro, con un matiz de alegría.
Aden no podía ver a quienes hablaban en aquella oscuridad. No sabía si eran vampiros o humanos. No sabía dónde estaba ni... Las palabras del primer hombre empezaron a cobrar significado. «Quemadlo... ».
No. No, no, no. No, mientras Aden estuviera allí. ¿Y si sentía las llamas?
Quiso gritar, pero no consiguió emitir ningún sonido.
Alguien levantó el cuerpo de Dmitri. Aden oyó, muy cerca, el chasquido de las llamas. Sintió calor.
Quiso revolverse, luchar, pero el cuerpo continuó inmóvil. ¡No!
Un momento después, contacto. Y sí, lo sintió. Las primeras llamas prendieron en sus pies antes de extenderse. Agonía. Una agonía desconocida para él. La piel se derretía. Los músculos y los huesos se licuaban. La sangre se desintegraba. Oh, Dios.
De todos modos siguió intentando moverse, apartarse de allí y salir corriendo, pero su cuerpo inerte no obedecía. «¡No! ¡Socorro!». Imposible, la agonía se intensificaba... El fuego lo devoraba pedazo a pedazo. ¿Qué iba a ocurrir si permanecía vinculado a Dmitri hasta el final? ¿Qué ocurriría si...?
Unos puntos de luz aparecieron en la oscuridad. Aumentaron y se fusionaron, y una vez más, Aden estaba viendo el mundo a través de los ojos de Victoria. Otro cambio. Gracias a Dios. Aden estaba jadeando, empapado en sudor, y pese al cambio, el dolor residual siguió avanzando desde sus pies al cerebro, y tenía ganas de gritar.
Estaba temblando. No, era Victoria la que estaba temblando.
Sintió una mano suave y cálida en el hombro. En el hombro de Victoria. Ella miró hacia arriba con la visión borrosa por las lágrimas. La luna y las estrellas brillaban en el cielo, y había algunas aves nocturnas revoloteando sobre sus cabezas, llamándose las unas a los otras con... ¿miedo? Seguramente. Tenían que sentir el peligro que había debajo de ellas.
Victoria apartó la mirada del cielo, y Aden estudió a los vampiros que la rodeaban. Todos eran altos, pálidos y atractivos. Estaban vivos. La mayoría de ellos no eran monstruosos, como los pintaban los libros. Simplemente eran distantes, puesto que no podían permitirse sentir nada por los humanos, que para ellos no eran más que una fuente de alimento.
Después de todo, los vampiros vivían durante siglos, mientras que los humanos se marchitaban y morían. Exactamente igual que Aden, que iba a morir pronto.
Elijah ya había predicho su muerte. Aquella predicción era un espanto, sí, pero lo peor era el método que le iba a causar la muerte: un puñal afilado atravesándole el corazón.
Él siempre había rezado para que el método cambiara milagrosamente. Hasta aquel momento. Era mejor recibir una puñalada en el corazón que quemarse en un cuerpo que no le pertenecía. ¿Y cuándo iba a tener un descanso? Sin tortura, sin criaturas enfrentadas, sin tener que esperar el final, dedicándose sólo a hacer exámenes y a besar a su novia.
Aden hizo un esfuerzo por concentrarse y evitar la rabia. La mansión de los vampiros se alzaba detrás de la multitud, sombría y misteriosa, mezcla de casa encantada y catedral románica. Victoria le había dicho que la casa llevaba siglos allí en Oklahoma, y que su gente la había tomado prestada de su propietario cuando llegó por primera vez al país. Aden había interpretado que el antiguo propietario había proporcionado a los vampiros un delicioso bufé.
-Era poderoso, en eso tienes razón -dijo una chica, que parecía de la misma edad que Victoria.
Tenía el pelo claro como la nieve, los ojos verdes y la cara de un ángel. Llevaba una túnica negra que dejaba a la vista uno de sus pálidos hombros, un atuendo tradicional vampiro, pero que en aquel momento parecía... fuera de lugar. Tal vez porque ella acababa de hacer un enorme globo de chicle.
-Un gran rey -añadió otra chica, que estaba situada al otro lado de Victoria.
Otra rubia. Aquélla tenía los ojos casi transparentes, como Victoria, y la cara de un ángel, sí, pero de un ángel caído. Al contrario que las otras muchachas, llevaba un peto y unos pantalones de cuero negro. Tenía armas en el cinturón, y unas pulseras de alambre de espino. Y no, el alambre no era un tatuaje.
-Sí -respondió Victoria suavemente. «Queridas hermanas».
¿Hermanas? Aden sabía que Victoria tenía hermanas, sí, pero no las conocía. Durante el Baile Vampiro con el que se celebró el despertar de Vlad el Empalador después de su siesta de un siglo, ellas habían permanecido encerradas en sus habitaciones. Aden se preguntó si la madre de Victoria también estaba allí. Victoria le había contado que estaba encarcelada en Rumania por revelar secretos de los vampiros a humanos. Eran órdenes de Vlad. Un tipo muy agradable, el tal Vlad.
Aden era humano, y sabía más de lo que debía saber. Algunos vampiros, como Victoria, podían teletransportarse, viajar de un sitio a otro con sólo un pensamiento. Y si ya había llegado a Rumania la noticia de que el rey de los vampiros había muerto, tal vez la mamá vampiro se hubiera trasladado a Crossroads en cuestión de segundos.
-Sin embargo, era muy mal padre. ¿No? -continuó la primera muchacha, sin dejar de mascar chicle.
Las tres sonrieron con culpabilidad.
-Pues sí, lo era -dijo Victoria-. Inflexible, vengativo. Brutal con sus enemigos, y algunas veces con nosotras. Pero es muy difícil despedirse de él.
Miró los restos calcinados de Vlad. Él fue el primer humano que se convirtió en vampiro. Bueno, el primer caso conocido. Su cuerpo estaba intacto, aunque abrasado. Tenía la corona colocada sobre la cabeza sin pelo. Llevaba varios anillos, y tenía una tela de terciopelo negra tapándole el pecho y las piernas.
Su cuerpo permanecía allí donde lo había dejado Dmitri. ¿Acaso había algún tipo de protocolo para trasladar un cadáver real? ¿O acaso la gente todavía estaba demasiado conmocionada como para tocarlo?
Lo habían perdido la misma noche que debían reunirse con él. Dmitri lo había quemado hasta matarlo justo antes de la celebración, y se había declarado rey. Después, Aden lo había matado a él, lo cual significaba que era Aden quien se había convertido en rey de los chupasangre. Él, precisamente él de entre todos los humanos, lo cual era una locura. Iba a ser un rey muy malo, y no quería ni siquiera intentarlo.
Quería a Victoria. Nada más y nada menos.
-Pese a lo que sintamos, tendrá un lugar de honor incluso en la muerte -dijo Victoria, y miró más allá de sus hermanas, a los vampiros que las rodeaban-. Su funeral deberá celebrarse...
-Dentro de unos cuantos meses -dijo la segunda hermana.
Victoria pestañeó.
-¿Porqué?
-Es nuestro rey. Siempre ha sido nuestro rey, es el más fuerte de todos nosotros. ¿Y si está vivo todavía debajo del hollín? Tenemos que esperar y observarlo. Asegurarnos.
-No -respondió Victoria-. Eso sólo serviría para darle falsas esperanzas a todo el mundo.
-Unos cuantos meses es demasiado, sí -dijo la primera hermana. Se llamaba Stephanie, si Aden estaba leyendo correctamente el pensamiento de Victoria-. Pero estoy de acuerdo en que debemos esperar un poco antes de incinerarlo. Vamos a dejar que la gente se acostumbre a la idea de tener un rey humano. ¿Qué os parece si llegamos a un acuerdo? Podemos esperar un mes. Lo pondremos en la cripta que hay debajo de nosotras.
-Lo primero es que esa cripta es para nuestros difuntos humanos. Lo segundo, un mes es demasiado tiempo -dijo Victoria-. Si tenemos que esperar, entonces esperemos... medio mes.
Victoria quería haber dicho un día, tal vez dos, pero sabía que aquella sugerencia sería recibida con resistencia. Y, de aquel modo, Aden tendría tiempo para acostumbrarse a la idea de ser rey.
La otra hermana se pasó la lengua por los afilados y blanquísimos dientes.
-Muy bien. De acuerdo. Esperaremos catorce días. Y lo mantendremos en la cripta. Sellaremos la puerta para impedir que los posibles rebeldes le hagan más daño.
Victoria suspiró.
-Muy bien. Vosotras habéis aceptado mi estipulación, yo acepto la vuestra.
-Vaya. No hemos tenido que darnos puñetazos para ponernos de acuerdo. Parece que los cambios ya están favoreciéndonos -dijo Stephanie, e hizo otro globo-. Además, nuestro querido papaíto tiene suerte de haber muerto aquí, y de quedarse aquí. Si hubiera estirado la pata en Rumania, el resto de la familia hubiera escupido en su tumba.
Hubo un silencio muy grande, seguido de jadeos de indignación por parte de los congregados.
-¿Qué? -preguntó Stephanie, extendiendo los brazos con una expresión de inocencia-. Todos estáis pensando lo mismo.
Gracias a Dios que Victoria no tendría que marcharse a Rumania para asistir al funeral. Él no habría podido acompañarla, porque vivía en el Rancho D. y M., una casa para chicos descarriados, para delincuentes juveniles, donde todas sus acciones eran cuidadosamente monitorizadas.
Todo el mundo pensaba que era esquizofrénico porque hablaba con las almas que estaban atrapadas en su cabeza, lo cual le había deparado una vida de sanatorios mentales y medicación. El rancho era el último esfuerzo que hacía el sistema por salvarlo, y si echaba a perder aquella oportunidad, lo expulsarían e iría a parar a un manicomio para siempre.
Perdería a Victoria.
-Cállate, Stephanie, antes de que yo te obligue a callar. Vlad nos enseñó a todos a sobrevivir, y a que los humanos no supieran de nuestra existencia. La mayoría de ellos. Nos convirtió en una leyenda, en un mito, y también enseñó a nuestros enemigos a que nos temieran. Sólo por eso, ya tiene mi respeto -dijo la hermana de ojos azules, Lauren. Se llamaba Lauren-. Y ahora, pensemos, ¿qué vamos a hacer con el mortal durante estos catorce días?
-¿El Aden de Victoria? -preguntó Stephanie con el ceño fruncido-. Se llama así, ¿no?
-Haden Stone, pero la gente lo llama Aden, sí -respondió Victoria-. Pero yo...
-Seguiremos su mandato -dijo un hombre, interrumpiéndola-. Porque es nuestro dirigente -añadió. Era Riley, un hombre lobo, y también el guardaespaldas de Victoria. Se acercó a las chicas y le lanzó a Lauren una mirada de advertencia-. Él mató a Dmitri, así que él manda. Fin de la historia.
Lauren puso cara de pocos amigos.
-Ten cuidado con el tono de voz, cachorrito. Soy una princesa, y tú sólo eres un empleado.
Resonaron más jadeos.
De repente, la visión de Aden se llenó con la multitud de congregados, porque Victoria los observó con atención, preparada para ponerse en acción si alguien atacaba a su hermana. Claramente, a los demás no les había gustado que el lobo fuera insultado. Sin embargo, a ella tampoco. Los lobos merecían su respeto, mucho más incluso que el que se exigía para Vlad. Los lobos podían...
Aden maldijo, porque Victoria se concentró en lo que estaba ocurriendo a su alrededor y no siguió aquel pensamiento. ¿Los lobos eran más importantes que los vampiros?, se preguntó. ¿Más importantes que la realeza de los vampiros? ¿Por qué?
Riley se echó a reír con ganas.
-Se te notan los celos, Lore. Yo tendría cuidado si fuera tú.
Lauren lo ignoró en aquella ocasión y miró a Victoria.
-Trae a Aden mañana por la noche. Lo presentaremos oficialmente ante todo el mundo.
¿Y lo matarían antes de que pasaran los catorce días?
-De acuerdo -dijo Victoria, pero no dejó entrever ni con palabras, ni con su actitud, su repentino nerviosismo-. Muy bien. Mañana conoceréis a vuestro nuevo rey. Pero mientras, debemos llorar al difunto rey.
Con aquella reprimenda, la conversación terminó.
Victoria suspiró y miró el cadáver de su padre. Lo que significó que Aden miró al padre de Victoria. Estudió los restos quemados y especuló sobre cuál sería el aspecto del rey antes. Seguramente era alto y fuerte. ¿Tendría los ojos azules, como Victoria? ¿O verdes como Stephanie?
Los dedos de Vlad se crisparon. Después cerró el puño.
Aden se quedó paralizado, pensando que había tenido una alucinación. Y debía de ser cierto, porque Victoria no se había dado cuenta de nada de lo que él había visto a través de sus ojos.
Vlad abrió los dedos.
De nuevo, Aden se quedó helado, esperando, escrutando al rey, con el corazón golpeándole las costillas. Eso no se lo había imaginado. No podía habérselo imaginado porque mientras estaba pensando aquello, los dedos se movieron como si quisieran apretar el puño nuevamente. Movimiento. Movimiento verdadero, y el movimiento equivalía a la vida, ¿no?
¿Por qué no lo notaba Victoria? ¿Por qué no lo había notado nadie? Tal vez estuvieran demasiado perdidos en su tristeza. O tal vez el cuerpo de Vlad, que una vez fue inmortal, estuviera dando los últimos coletazos de su existencia. En cualquier caso, él tenía que decirle a Victoria lo que había visto.
«Victoria», proyectó con desesperación.
Nada. No hubo respuesta.
«¡Victoria!».
Ella acarició el brazo de Vlad antes de levantarse, y le ordenó al más grande de todos los vampiros que lo llevara dentro, para prepararlo para el entierro. Era evidente que no le oía.
Y entonces, fue demasiado tarde. Su mundo cambió, y la oscuridad volvió a apoderarse de él. No, la oscuridad no. La luz. Demasiada luz. Llamas azuladas que estaban devorando el cuerpo de Dmitri, y por lo tanto, también el cuerpo de Aden. Abrasándolo, reduciendo a cenizas lo que quedaba de él.
En aquella ocasión, Aden sí gritó.
Y se retorció.
También murió.