18

Pocas horas antes...

Para MaryAnn, aquel día transcurrió en una nebulosa. Las clases, los exámenes y los amigos fueron como pitidos tenues que sonaban en su cabeza. Riley la había ignorado, aunque tenían el mismo horario. Aquello fue más que un pitido, pero no la causa de su disgusto.

Sólo quedaban dos días para que el maleficio de las brujas surtiera efecto. Si acaso sucedía. En lo referente a la salud, todavía se sentía bien. Y sin embargo, nunca había estado más desesperada. No dejaba de hacerse preguntas. ¿Y si dentro de dos días se acostaba, se dormía y no volvía a despertar? ¿Y si su corazón dejaba de latir? ¿Y si la atropellaba un coche?

Si tenía que reunir a todas las brujas de la zona y convocar la reunión ella misma, lo haría. Y si tenía que... Eh. Un momento. Tal vez pudiera hacer eso. ¿Y si usaba sus... capacidades para sentir la magia y encontrar a las brujas, y las obligaba a reunirse a todas en un mismo lugar?

Por fin, una pregunta que le gustaba.

Sin embargo, ¿serviría de algo la reunión si la convocaba ella? ¿O sólo sería una manera de granjearse la ira de unas cuantas mujeres muy poderosas?

Merecía la pena correr el riesgo. Y, además, ya se había ganado su ira. Así pues, siguiente pregunta: ¿Por dónde podía empezar? Aden estaría ocupado la mayor parte de la noche. Tenía una sesión de terapia y después una cena en el rancho. Sin embargo, Riley y Victoria, e incluso Lauren, podían ayudarla. De todos modos ya habían quedado, pero si ella se adelantaba, podía encontrar a las brujas, llamar a sus amigos y seguir con su plan. Claro que, Victoria y Lauren se preguntarían cómo era posible que Mary Ann sintiera a las brujas ahora, y Riley le había dicho que no le hablara a nadie sobre su nueva habilidad. Y con razón.

Demonios. Victoria y Lauren quedaban fuera. Mary Ann tendría que contar con Riley. Sólo con Riley. Se le encogió el estómago. Él estaba enfadado con ella otra vez. Después de todo, no le había dicho nada del posible asesinato de Aden. Además, había roto con él, y no iba a cambiar de opinión. «No llores», se dijo.

De todos modos, eso no significaba que no pudieran ser amables el uno con el otro, y que no pudieran trabajar juntos amigablemente para salvar sus vidas. ¿No podrían? Sí. Sí, podían. La próxima vez que lo viera se lo diría. Incluso le gritaría, si era necesario.

Él les había ordenado a sus hermanos, al lobo blanco y el lobo dorado, que la acompañaran a casa aquella tarde, y se había ido. Mary Ann no sabía adónde. Se lo había preguntado a sus hermanos, pero ellos le habían hecho caso omiso, y se habían limitado a seguir caminando con ella.

En aquel momento entró en su casa y les cerró la puerta en las narices a aquellos dos. Su padre apenas podía tolerar a Riley, así que ella no iba a presentarle a dos lobos más, a dos lobos a quienes ella no conocía, aparte de todo. Lobos que, claramente, no querían que los conociera.

-¿Cuántos años tenéis? -les había preguntado durante el camino, después de intentar sonsacarles, sin éxito, dónde estaba Riley.

Nada.

-¿Vuestros padres son los mismos que los de Riley?

Nada.

-¿Estáis nerviosos por el maleficio que le han echado?

Nada.

Al final, ella había dejado de hablar con ellos. Su relación con el hermano de aquellos lobos había terminado, «en serio, no llores», y era lógico que la odiaran y no quisieran saber nada de ella.

Suspiró. Su padre todavía estaba trabajando, y la casa estaba muy silenciosa. Mary Ann subió corriendo las escaleras hacia su habitación. Se sentó al escritorio, sacó el teléfono móvil de su mochila y se dispuso a mandar un mensaje de texto. justo cuando había escrito la primera palabra, sonó el teléfono de casa. Miró la identificación en la pantalla. Era Penny.

-Hola -dijo.

-Hola -respondió Penny-. Hoy has salido corriendo del instituto antes de que pudiera hablar contigo.

-Perdona. Es que... -¿qué? No podía decirle la verdad.

-Ya casi no te veo. A menos que estés dispuesta a escaparte, claro. Por eso te llamaba.

El tono de Penny era de alegría, y Mary Ann no tuvo ninguna duda sobre lo que estaba pensando su amiga.

-No puedo escaparme más -mintió. Se sintió muy mal por hacerlo, pero no quería que Penny se viera involucrada en la caza de aquella noche-. Tengo que descansar.

-Ah. Bueno, pues es una pena, porque he oído decir que un grupo muy grande de chicos va a ir a la ciudad esta noche.

Mary Ann gruñó.

-Eso me parece poco seguro.

-Las cosas divertidas nunca son seguras.

-¿Vas a ir tú?

-No. Si tú no vas, no. El bebé...

-¿Sigues mareándote?

-Un poco. Aunque ya no sólo por las mañanas, sino también por las noches. Y alucina con esto: creo que he visto a Tucker hoy.

Mary Ann se irguió.

-Yo también. Ayer, quiero decir. Aunque no estaba segura de que fuera él.

-Te entiendo. Estaba entre los árboles cuando yo salí del instituto. El muy idiota ni siquiera se molestó en venir a hablar conmigo. Y se marchó tan rápidamente, que ni siquiera sé si era él de verdad.

¿Qué estaba haciendo Tucker acechando de ese modo? Después de que lo salvaran del ataque de los vampiros, había prometido que iba a portarse bien.

-Penny, ten cuidado, ¿de acuerdo?

-Claro. Un beso, MaryAnn.

-Un beso también para ti, Penn.

Cuando colgó, Mary Ann vio una barrita energética sobre el escritorio. La desenvolvió y la olisqueó, pero no sintió hambre. Llevaba sin comer más de una semana, salvo el mordisco que le había dado a la barrita cuando estaba con Riley, y que había vomitado inmediatamente. Qué mortificante.

«Su opinión no cuenta. No puedes estar con él. No llores».

Tragó saliva, dejó la barrita a un lado y tomó el móvil. Con las manos temblorosas, siguió escribiéndole el mensaje de texto a Riley. Él apenas usaba el teléfono, pero ella no iba a preocuparse por ello. Si no veía el mensaje, sólo él tendría la culpa.

Dentro de dos horas voy a ira cazar brujas. Puedes venir conmigo si quieres. De cualquier modo, voy a ir sin los demás.

Para bien o para mal, tenía que intentarlo, y tenía que salir de casa antes de que llegara su padre. Así podría dejarle una nota diciéndole que estaba estudiando con unos amigos y podría librarse de su interrogatorio.

«¿De verdad vas a hacerlo?».

Sí. Iba a hacerlo. Aunque su temblor aumentó, apretó el botón de «Enviar».

Aden estaba tumbado de nuevo en el diván del doctor Hennessy, en penumbra, con la misma música suave de fondo. Esperó... deseando obtener respuestas...

-¿Has tomado hoy la medicación? -le preguntó el médico.

-Sí -mintió.

-Entonces, ¿por qué no tienes las pupilas dilatadas?

-No lo sé. No tengo conocimientos médicos.

«Bien dicho», dijo Caleb.

Julian se echó a reír.

«Comportaos», les advirtió Elijah. «Tenemos que ir con cuidado».

-¿Sientes afecto por las almas, Aden? ¿Es ése el motivo de que rechaces mi ayuda?

¿Ayuda? ¡Ja! Por una vez, Aden le respondió al médico con sinceridad.

-En realidad, doctor Hennessy, lo que pasa es que usted no me gusta nada.

-Entiendo.

-¿Qué me hizo la última vez que estuve aquí?

-Lo que hago siempre. Hablarte y escucharte.

Y un cuerno.

-¿Y tiene pensado volver a hablarme y escucharme esta tarde?

-Por supuesto. El señor Reeves está muy complacido con tus progresos. Dice que te llevas bien con los otros chicos del rancho, que haces los deberes y que has im presionado favorablemente a tus profesores. Pero también dice que sigues hablando solo, y tú y yo sabemos lo que significa eso, Aden. ¿No?

Aden se puso muy tenso, aunque el diván blando que tenía debajo le invitaba a relajarse.

-Dígamelo usted -respondió.

Tenía que actuar pronto. No podía arriesgarse a que lo durmiera otra vez. No podía saber lo que iba a hacerle en aquella ocasión.

-He conocido a los de tu clase más veces, ¿sabes?

-¿A los locos?

-No. A los... ¿cómo te denominaste tú mismo? A los imanes.

Y Aden creía que se había puesto tenso antes. Él nunca le había dicho al doctor Hennessy que se considerara un imán sobrenatural, pero lo había pensado. Se lo había contado a Mary Ann y a los demás, pero ninguno de ellos había hablado con el médico. Eso significaba que aquel hombre se lo había sonsacado sin que él se diera cuenta.

¿Qué más habría averiguado?

«Todavía no. Tranquilo», pensó. Quería obtener toda la información posible antes de actuar.

-¿No me vas a decir mentiras? Vaya, Aden, qué novedad.

-Ha dicho que ha conocido a otros.

-Sí.

-¿A quiénes? ¿Cuándo? ¿Qué podían hacer?

Aden no creía al doctor Hennessy, pero podía comprobar si decía mentiras e intentar verificar la información.

«Bien. Hazle hablar», le dijo Elijah.

-¿Qué sabes de tus padres? -preguntó el médico, en vez de responderle.

No mucho. Sabía que, durante una temporada, vivieron en la casa de al lado de la de los padres de MaryAnn. Que la madre de Mary Ann estaba embarazada al mismo tiempo que la suya. Que Mary Ann y él habían nacido el mismo día, en el mismo hospital. Que la madre de Mary Ann había muerto justo después de dar a luz, y que él, de algún modo, había atrapado su alma en su cabeza, junto a la de otras personas, gente que seguramente había muerto en aquel hospital aquel mismo día.

-Nada -respondió.

El doctor Hennessy suspiró.

-Tal vez, algún día consigas confiar en mí.

Las almas soltaron un resoplido al unísono.

Sí, claro.

-¿Y los demás? ¿Confiaban en usted?

Nuevamente, el doctor ignoró su pregunta.

-Es hora de que te relajes, Aden, y de que olvides tus problemas.

Sutil. Claramente, no iba a haber más conversación. Por lo tanto, tenía que actuar ya. Se irguió y se levantó.

-Vuelve a tumbarte, Aden.

-Dentro de un minuto.

Se acercó al doctor y lo agarró por la muñeca. En cuanto tocó la piel fría del médico, Caleb se puso en acción.

Aden gimió de dolor cuando se transformó en una neblina y se deslizó al interior del doctor Hennessy. Se apoderó de su cuerpo y de su mente. Como siempre que sucedía aquello, Aden sintió un asombro sin límites.

-Gracias -dijo Aden, hablando con la voz nasal del doctor Hennessy.

«De nada», respondió Caleb con orgullo.

Aden evaluó la situación. El cuerpo del médico estaba frío, vacío y hambriento... muy hambriento, pero bajo el frío, el vacío y el hambre, había poder, un poder sobrenatural que brillaba como aquella máscara extraña que Aden había visto alguna vez bajo el rostro del médico.

El doctor Hennessy no era humano.

Entonces, ¿qué era? «Ya averiguarás ese misterio más tarde». Aden miró el reloj de la pared. Faltaban treinta y tres minutos para el final de la sesión. Tenía que ponerse manos a la obra. Revisó las carpetas de los expedientes, pero sólo había algunas fuera del archivador, y ninguna era la suya. El doctor Hennessy, no obstante, escribía notas interesantes.

¿Qué significaba aquello? Intentó abrir los armarios archivadores para poder leer otros expedientes, pero no lo consiguió, y comenzó a buscar una llave.

El escritorio estaba limpio y ordenado. Sobre él había muy pocos papeles, y sin importancia.

Dentro de los cajones sólo había gomas, bolígrafos y clips. Ni fotos, ni escritos personales. Ni bebida, ni comida. Y, por supuesto, no había ninguna llave. Comenzó a revisar las estanterías. Para su sorpresa, halló cajones escondidos al fondo. ¿Y dentro de ellos? Una máquina de hacer tatuajes; había de todo, desde las agujas, hasta la tinta y los guantes. ¿Por qué?

Aden se aseguró de que dejaba todo tal y como lo había encontrado para que el doctor Hennessy nunca supiera lo que había hecho. Tal vez lo sospechara, pero no encontraría pruebas.

«Tienes que abrir los armarios archivadores», le dijo Julian. «La grabadora que te puso debajo de la nariz tiene que estar ahí».

-Lo sé. Elijah, ¿se te ocurre alguna idea?

«Lo siento, pero no».

Aden contuvo su frustración y se sentó de nuevo en la silla del escritorio. Si no podía conseguir los expedientes y la grabadora, tal vez pudiera conseguir la información viajando al pasado del doctor Hennessy. Después de todo, conservaba aquella habilidad.

No obstante, era Eve la que manipulaba el tiempo. Ella sólo tenía que visualizar una escena y podía transportar a Aden allí. Con Shannon, Aden no había tenido ningún control, y se había visto trasladado de un momento a otro como si lo arrastrara una cadena invisible. Pero iba a intentarlo.

-Preparaos, chicos. Voy a intentar volver a la última sesión y verla a través de sus ojos.

Elijah gruñó.

«Esto no me gusta».

«Puedes hacerlo, tío», le dijo Caleb.

Julian suspiró.

«Que Dios nos ayude».

Aden cerró los ojos y puso la mente en blanco. Tomó aire y lo expulsó despacio varias veces. Recordó, llenando el espacio oscuro de mente con imágenes de la última vez que había estado allí, tendido en el diván, mirando al techo. El doctor Hennessy estaba tras él, y de fondo sonaba una música suave. Poco a poco, la oscuridad había ido apoderándose de él.

Aden sintió un cosquilleo en la piel, y un mareo, y de repente, estaba cayendo en un pozo sin fondo, agitando los brazos en busca de algún asidero. Lo estaba haciendo. Estaba retrocediendo en el tiempo, y tenía el control.

Cuando por fin se detuvo, cuando el mareo disminuyó, abrió lentamente los ojos. Sin embargo, no vio nada salvo la iluminación de la electricidad estática... No había oficina, ni escritorio, ni diván. Como mínimo, debería haberse visto a sí mismo tumbado.

Frunció el ceño. Cerró los ojos, agitó la cabeza y volvió a mirar. Sin embargo, no vio nada salvo el vacío estático, como si alguien hubiera desenchufado el cable de la televisión.

«¿Qué pasa?», preguntó Julian. Parecía que tenía miedo.

«No veo nada, como cuando estás con Mary Ann», dijo Caleb.

«Tengo un mal presentimiento», anunció Elijah. «Algo no va bien».

-Ya lo sé.

Pero... ¿qué? Aden apretó los puños mientras la respuesta lo eludía. No podía imaginarse otra escena, porque no conocía otros detalles de la vida del doctor Hennessy. Y no había fotografías en la habitación, así que no podía estudiarlas y usarlas como guía.

Como no sabía lo que podía hacer, regresó al presente. A medida que la oscuridad se aclaraba, vio la consulta a través de los ojos de Hennessy. Las cosas no habían cambiado. Seguía sentado frente al escritorio. Miró el reloj, y vio cómo iban transcurriendo los minutos hacia el final de la sesión de terapia. Cuando terminó, dirigió a Hennessy hacia su silla de nuevo, y lo sentó. Después salió de su cuerpo y recuperó la forma sólida, y se tumbó en el diván. Esperando. Con miedo.

Hubo un momento de silencio.

Hennessy sólo sabría que había pasado un periodo de tiempo, pero no sabría lo que había ocurrido durante aquel periodo.

-Ya es la hora -dijo Aden.

-Bien, hoy ha sido muy productiva, ¿no te parece? -dijo el médico, con la misma falta de emoción de siempre. Se puso en pie y se colocó frente a Aden. Lo miró fijamente y dijo-: Antes de que te marches, tengo que hacerte una advertencia: Si vuelves a invadir mi mente y mi cuerpo, sacaré las almas de tu cabeza, una a una. ¿Está claro?

Aden y las almas no tuvieron tiempo de sentir pánico. Todo su mundo se hundió en aquel negro, negro mar.