7
Tucker Harbor se acurrucó en un rincón de una cripta oscura y húmeda. Notó algo como una araña subiéndole por la mano, y ¿era eso el chillido de un ratón? Hubiera dado cualquier cosa por poder ver.
No, nunca había querido ir allí. Estaba tendido en la camilla de un hospital, enganchado a varios monitores, recibiendo medicinas para paliar el dolor. Y sin embargo, aquella voz lo llamaba, resonaba en su cabeza, y sin querer, él se había levantado y se había desenganchado de todos los aparatos, y empezó a caminar, y finalmente a correr. Sólo sentía desesperación por estar donde la voz quería que estuviera.
Por desgracia, llegar hasta allí no había sido tan difícil. Nadie había intentado detenerlo, y sus dones, por llamarlos de alguna manera, no estaban mermados. Tucker había creado ilusiones para los demás, como llevaba haciendo durante toda la vida. Lo que viera en su mente, podía crearlo a su alrededor. O, más bien, conseguir que la gente pensara que estaba a su alrededor.
Si se imaginaba una alcantarilla, parecía que estaba dentro de una alcantarilla. Si se imaginaba un circo, aparecería un circo, y él estaría en el centro. Al salir del hospital se había imaginado a sí mismo como si fuera la pared que tenía a su lado. Fuera, se había imaginado como si llevara unos vaqueros y una camiseta, en vez de aquel camisón fino como el papel.
Así que allí estaba. De nuevo, presa del dolor, debilitado por los mordiscos de los vampiros, que había soportado pocos días antes, o tal vez pocas horas antes, ya no lo sabía. El tiempo era sólo... tiempo. Pasaba, pero ya no formaba parte de su conciencia. Tal vez porque no le importaba.
Y no lo entendía. Lo habían atado a una mesa como si fuera un postre, y los vampiros, chupasangres de verdad, se inclinaban para morderlo donde quisieran. Él sólo quería morirse. Pero entonces, mientras succionaban su sangre, mientras su cuerpo iba enfriándose y su mente iba apagándose, había sentido el deseo de vivir.
Entonces, Aden Stone y Mary Ann habían ido a rescatarlo. Se había sentido muy agradecido. Había pensado que iba a darle un giro a su vida, y que no iba a volver a crearle problemas a nadie. Cuando quisiera hacer algo malo, como dar puñetazos y oír gritos de dolor de los demás, o robar y pelearse, o hacerle daño a su madre diciéndole cosas horribles sólo para verla llorar, iba a ignorar esos impulsos.
Sin embargo, en aquel momento, sin la amenaza de muerte pendiendo sobre su cabeza, sin la impotencia, sin las medicinas, quería hacer todas aquellas cosas otra vez. Y no podía ignorar el impulso. De camino hacia allí, le había dado un puñetazo a un señor y había sentido los nudillos chocar con sus dientes, y se había echado a reír. Se había reído porque le gustaba infligir dolor.
«Soy un monstruo».
Los únicos momentos en los que dejaba de sentir aquellos impulsos eran cuando estaba con Mary Ann. Habían salido durante varios meses, y durante aquel tiempo, Tucker se había sentido increíblemente feliz. Por supuesto, después se las había arreglado para echarlo todo a perder.
Mary Ann había salido sola una noche, así que él había visitado a la vecina y mejor amiga de su novia, Penny Parks. Penny y él se habían tomado unas cervezas y habían acabado teniendo relaciones sexuales sin preservativo, como unos estúpidos. Y ahora, Penny iba a tener un hijo suyo. O por lo menos, eso decía.
Y una parte de él la creía. La parte humana de él, la que odiaba que se comportara como un maníaco. La otra parte de él, la parte donde se generaban todos aquellos impulsos, no quería creerla.
Necesitaba otra vez a Mary Ann. No como novia. Sólo como amiga. No estaba seguro de haberla querido de un modo romántico alguna vez. Sólo le gustaba cómo se sentía cuando estaba con ella. Ella podía arreglarlo, volverlo bueno de nuevo. Y tal vez pudiera ser un padre mejor para su hijo de lo que su padre lo había sido para él.
En la oscuridad, se oyó el roce de la ropa contra la piel. Después, una voz dura y desprovista de emoción.
-Has venido. Buen chico.
«La voz». Pero en aquella ocasión, no estaba dentro de su cabeza.
Tucker se irguió, con el corazón acelerado y fuera de control. No veía nada; en aquella cripta no había ni un solo rayo de luz, y el ambiente estaba lleno de polvo. De polvo y de muerte.
-Sí-sí. Intento serlo -dijo. Intentaría todo lo que quisiera aquel hombre-. ¿Quién es usted?
-Soy tu rey.
Tres palabras muy sencillas. Pero cambiaron la vida de Tucker irrevocablemente. Sí. Él le pertenecía al dueño de aquella voz. Era fuerte, poderosa, casi como si la magia irradiara de cada una de las sílabas y las convirtiera en puro control. Más que ser lo que quisiera aquel hombre, él estaba dispuesto a hacer lo que le pidiera, cuando se lo pidiera. Y alegremente.
-Vlad -dijo.
Conocía el nombre en lo más profundo de su alma. Inclinó la cabeza de modo reverente, aunque no pudiera ser visto. ¿O podía Vlad atravesar aquella oscuridad con la mirada?
-Sí. Soy Vlad. Y hay más a quien tú conoces, Tucker. Alguien que me interesa mucho. Aden Stone.
Era una afirmación, no una pregunta, pero Tucker respondió de todos modos, sin poder evitarlo.
-Sí -dijo. Debía agradar a Vlad. Agradar siempre a Vlad-. Lo conozco.
-Vas a vigilarlo.
-Sí.
Sin titubeos.
-Y me vas a contar todo lo que averigües.
-Sí.
Todo. Cualquier cosa.
-Muy bien. Cuento contigo, Tucker. No me falles. Porque, verás, él se ha quedado con mi corona, y cuando llegue el momento apropiado, yo la recuperaré.
Las siguientes horas de la vida de Aden pasaron de una manera borrosa. Shannon se dio cuenta de que le ocurría algo, e intentó distraerlo, contándole cosas del instituto y del señor Klien, su profesor de química, que le había sacado a la pizarra a hacer ejercicios de estiramiento de dedo por haber dejado caer un tubo de ensayo.
Al mismo tiempo, Thomas continuó acribillándolo a preguntas sobre por qué no podía verlo nadie, y por qué había caído en un agujero negro después de que la muchacha vampiro y el hombre lobo se hubieran marchado.
Al mismo tiempo, Elijah quería que hablaran de la asamblea de vampiros que se avecinaba. Tenían que hacer planes. ¿Y si había una rebelión y alguien trataba de destronarlo?
Al mismo tiempo, Caleb detalló lo que debía ponerse Aden para impresionar a Victoria y conseguir besarla. Cuero negro, sobre todo.
Al mismo tiempo, Julian le dio indicaciones sobre cómo pedirle disculpas a Victoria y explicarle que sentía mucho haberla echado de aquella manera de su habitación.
Y, en medio de todo aquello, a Aden le parecía incluso que oía a los lobos aullando de fondo.
Le dolía la cabeza. No podía soportar tanta charla, y las palabras estaban empezando a hacer algo más que entremezclarse. Estaban creando un zumbido cada vez más intenso que repercutía por su cráneo.
Finalmente, se rindió. Cerró los ojos, se colocó boca abajo e intentó bloquearlos a todos. Paz. Sólo necesitaba un poco de paz.
Pronto, debido al agotamiento, se sumió en un sueño agitado. No, «sueño» no era la palabra adecuada. No estaba dormido, pero no podía moverse. Ni siquiera pudo responder o moverse cuando Shannon lo zarandeó. Era como si alguien le hubiera atado de pies y manos a la cama. Como si le hubieran abierto los párpados y no le permitieran pestañear, aunque tuviera los ojos secos y ardientes.
¿Qué le ocurría?
Vagamente, notó que Shannon salía de la habitación y volvía con Dan, que lo miró con preocupación. Dan intentó hablar con él mientras lo desnudaba y lo metía bajo la sábana, pero Aden seguía sin responder. No le respondía la mandíbula, y además, no podía abrirse camino entre las voces.
Además, Dan iba a pensar que estaba loco, como todos los demás, si le respondía a algo incorrectamente.
Al final, Dan se marchó y él suspiró de alivio. Un alivio muy efímero. Las almas seguían charlando sin parar. Thomas seguía acribillándolo a preguntas. Entonces, Dan volvió con el doctor Hennessy, el nuevo psicólogo de Aden, y aumentó el caos.
El doctor Hennessy lo miró con el ceño fruncido. Era un hombre bajo y calvo, de ojos castaños y mirada fría, y nunca demostraba emoción alguna. Era clínico, impersonal y astuto.
Le hicieron varias preguntas. Aden sólo pudo descifrar dos palabras: catatónico y regresión.
¿Estaban hablando de él?
Claro que sí. Le metieron pastillas en la boca, y él trató de escupirlas. El doctor Hennessy le tapó la nariz y le sujetó la mandíbula con un propósito claro: si Aden quería respirar, tendría que tragar. Y finalmente, cuando sus pulmones comenzaron a gritar y sintió convulsiones en la garganta, tuvo que hacerlo. Un segundo después, pudo respirar.
Inspiró bocanada tras bocanada de aire, pero su felicidad por poder respirar se desvaneció al darse cuenta de lo que había tragado. Aquellas pastillas siempre le adormecían la mente, y dejaban a las almas aletargadas, cosas que odiaba. Además, aquella noche precisamente necesitaba tener la cabeza clara. Necesitaba... La barrera cerebral se rompió casi al instante, y el aturdimiento se apoderó de él.
La neblina que temía apareció detrás de sus ojos y cubrió todos sus pensamientos.
-Lo siento -dijo. Su mandíbula había vuelto a responder-. Lo siento muchísimo.
Julian fue el primero en quedarse callado. Después Caleb, y luego Elijah, que fue quien más luchó por seguir haciéndose oír.
«Me vas a necesitar, Aden. Esta noche es... Esta noche es...».
Incluso Thomas, que estaba junto al doctor Hennessy, fulminando a Aden con la mirada, comenzó a temblar, a titilar, como si estuviera allí pero no estuviera allí, un contorno sin sustancia.
-Tendrá que venir a mi consulta mañana por la mañana, a primera hora -le dijo el doctor a Dan.
Dan cruzó los brazos por encima de su enorme pecho. En su juventud fue jugador de fútbol americano profesional, y era alto, ancho, intimidante, con sus ojos oscuros y el pelo rubio.
-Tiene instituto. Si está lo suficientemente recuperado, creo que no será necesario. Siempre se recupera rápidamente.
-Pero puede perder un día de escuela.
-No, en realidad no puede. Sus estudios son tan importantes como su terapia.
«Gracias», quiso decir Aden, pero no permitió que las palabras salieran de sus labios. No había ningún motivo para llamar la atención, ni para admitir que entendía lo que estaban diciendo. A Dan le importaban de verdad los chicos que vivían en el rancho. Incluso le importaba Aden, tal y como demostraba su insistencia.
-Lo llevaré a su consulta después de clase -continuó Dan-. ¿Qué le parece?
-Le recomiendo que lo piense bien. Este chico no debe estar en el instituto, con los chicos normales. Podría hacerme cargo de su...
-Disculpe, señor Hennessy -respondió Dan con tirantez-. Puede que no tenga una licenciatura en medicina, pero conozco a Aden mejor que usted. Es un buen chico con un gran corazón, y está haciendo bien las cosas. Está sacando muy buenas notas en el instituto, ha hecho amigos nuevos y ha ganado seguridad en sí mismo. Las cosas van mejor que nunca, y no voy a interrumpir ese progreso.
-Sí, pero todavía habla solo. Y hoy, bueno... Está perdido dentro de su propia mente. Yo no diría que eso es «estar mejor que nunca», señor Reeves. ¿Y usted?
Dan se metió las manos en los bolsillos, con una expresión de exasperación que Aden conocía bien.
-Todos tenemos recaídas de vez en cuando, pero el chico está cada vez mejor.
-Es por las pastillas.
-Es por la fuerza de voluntad del chico.
Lentamente, Aden se relajó. Se pasó la mano por la cara. Todavía tenía la visión borrosa y sus movimientos eran torpes, pero por lo menos, su mente estaba silenciosa. Todavía. Pobres almas.
Los dos hombres continuaron su conversación un rato más, hasta que finalmente se decidió que Aden iría a clase y después, Dan lo llevaría inmediatamente a la consulta del doctor para recibir una sesión de terapia.
Estupendo. Aquellas sesiones sólo eran una pesadez. El buen doctor siempre quería tocarlo. Nada demasiado evidente, y nada demasiado horrible, sólo le tomaba la mano para sentirlo piel a piel. Eso, unido al hecho de que tuviera que ir a terapia, enfadaba más a Aden.
Por fin, los dos hombres se marcharon, y Aden se sentó cuidadosamente. Le ardía el estómago como si tuviera un incendio dentro, y aquel ardor ascendía por la garganta hasta su cerebro. Más niebla, más mareo. Cerró los ojos, y en la distancia, oyó el aullido de un lobo.
Así que no se había imaginado el aullido. Riley debía de estar cerca.
-Lo-lo siento, Aden -dijo Shannon.
Abrió los ojos y vio a su amigo junto a la cama, agachado frente a él, con una expresión preocupada.
-No-no quería ir a bu-buscar a Dan, pero no se me ocurría ot-tra cosa. Esta-tabas muy mal. Nunca te-te había visto así.
-No te preocupes -dijo él, pestañeando para enfocar la vista-. ¿Qué hora es?
-Las diez y media.
¿Tan tarde? Vaya. Riley iba a llegar en cualquier momento. ¿Y cómo iba a arreglárselas Aden para escabullirse? Dan iría a verlo aquella noche, para asegurarse de que estaba bien. Aden lo sabía. Parecía que aquello era lo que hacía la gente a la que uno le importaba. Iba a asegurarse de que uno estaba bien. Era algo nuevo y maravilloso, pero muy malo para la vida social.
Sonó algo contra la ventana, y Shannon y Aden se volvieron. El cristal subió, y Riley pasó a través del hueco con suavidad. Llevaba un traje negro, estaba recién afeitado y tenía el pelo peinado en punta. Llevaba la bolsa de un traje entre los brazos.
-Shannon -dijo a modo de saludo, con un asentimiento seco.
Shannon, que estaba acostumbrado a los visitantes nocturnos de Aden, asintió también.
-Riley.
-Me voy a llevar a nuestro chico durante un rato.
Shannon frunció el ceño.
-Se ha puesto enfermo, y tiene que descansar.
Riley también frunció el ceño, y miró a Aden.
-¿Otra vez enfermo? ¿Qué ha ocurrido?
-¿Otra vez? -preguntó Shannon, mirando a Aden-. ¿Te has puesto enfermo antes? ¿Qué te ocurrió?
Oh, sí. Aden no había explicado nada, o había mentido, así que Shannon no tenía ni idea de lo raras que habían sido las cosas para él.
-Shannon -dijo una voz femenina al otro lado de la ventana. Victoria acababa de llegar-. Estás cansado. Ahora vas a dormir.
-Dormir -murmuró el chico, bostezando-. Sí, estoy muy cansado.
Se subió a su cama y se tumbó en ella. Segundos después estaba roncando suavemente.
Cuánto poder en una voz tan suave, pensó Aden. Era una voz que ella usaba a su antojo, pero siempre para ayudarlo, así que no quería quejarse. Aunque algunas veces, no podía evitar temer que ella usara su voz contra él. ¿Cómo combatiría aquel impulso de hacer lo que ella quisiera si, por ejemplo, Victoria se enfadaba con él y le ordenaba que hiciera algo trágico?
«No pienses eso. Ella te quiere».
Aden culpó a las drogas de aquellos pensamientos negativos.
Ella, que seguía fuera, retrocedió dos pasos, aunque continuó en el área iluminada por la luz que salía de la habitación. Tenía el pelo oscuro recogido en un moño alto, y le caían varios rizos alrededor de la cara pálida. Se había pintado la raya de los ojos negra y se había puesto sombra negra brillante en los párpados. ¿Lo que más le gustaba a Aden? Victoria tenía los labios pintados de rojo sangre.
Llevaba un sedoso vestido negro de tirantes, con el escote marcado. Otra de sus cosas favoritas, pensó Aden. Le gustaban incluso las bandas de metal que llevaba enroscadas en los bíceps, como si fueran delgadas serpientes.
Estaba deslumbrante.
«Mía». Aquel pensamiento era suyo, y de nadie más. Porque ella era suya.
-Aden -dijo Riley-. ¿Has estado enfermo?
Aden asintió, y tuvo que pestañear porque se sintió muy mareado de nuevo. Porquería de pastillas. Explicó lo que había ocurrido y lo que le habían hecho. Cómo lo habían drogado.
Riley cabeceó.
-De todos modos, no sé cómo te las arreglas para so portar esas voces. Pero no te fustigues por ello. Un error en, ¿cuánto? ¿Un año, o más? Eso es un motivo de celebración. Ya sabes, en una mansión de vampiros. Como por ejemplo, ahora.
Por lo menos, el lobo no le estaba gruñendo.
-Ayúdale a vestirse, y yo me aseguraré de que Dan no se acerca a esta habitación durante el resto de la noche -dijo Victoria desde la calle. Después, se marchó.
Riley abrió la bolsa del traje.
-Espero que no me obligues a hacer todo el trabajo -dijo.
-Por favor... -respondió Aden-. Tendría que estar muerto para permitir que me pusieras las manos encima.
Aden se puso en pie, tambaleándose, pero consiguió mantenerse erguido y extendió las manos. Riley le entregó varias prendas.
Se vistió rápidamente, y se dio cuenta de que se había puesto un traje idéntico al de Riley. Negro, sedoso, caro. Se lavó los dientes y se peinó, y después extendió los brazos en silencio para someterse a inspección.
-Mejor, pero todavía no has terminado -dijo Riley.
Le mostró algo en la palma de la mano.
Al verlo, Aden retrocedió.
-No. Ni hablar.
-Tienes que ponértelo.
Era el anillo de Vlad, que brillaba bajo la luz de la habitación. Eso era una mala idea.
-La coronación se celebrará dentro de trece días y...
-Si es dentro de trece días, ¿por qué tengo que ponérmelo ahora?
-Como símbolo de tu poder.
¿Poder? Por favor... Él no tenía ningún poder. Ninguno que importara.
-Tenemos que irnos -dijo Victoria, que había apare cido de repente en la ventana-. Todo el mundo está esperando.
Riley arqueó una ceja.
-Tú eres el rey, con o sin ceremonia, y el rey vampiro lleva este anillo. Siempre. Tu gente no te va a tomar en serio sin él, y de todos modos ya te va a costar que te respeten, siendo humano.
-Gracias por los ánimos -dijo Aden.
De mala gana, tomó el anillo y se lo puso. Era un ópalo muy grande con matices de todos los colores. La mente aturdida de Aden podría haberse quedado mirando aquellos brillos para siempre.
-Vamos -dijo Riley, y le dio un suave empujón.
Aden se tambaleó hacia la ventana.
Al salir, el aire frío lo envolvió. A pocos metros del rancho había aparcado un sedán de color azul oscuro, escondido entre los árboles. Sin duda, robado. Ellos no tenían coche, así que Victoria tomaba prestado alguno cada vez que era necesario. Durante todo el tiempo, siguieron oyendo a los grillos, y también a los lobos, que no dejaban de aullar.
-Hay duendes por ahí esta noche -explicó Riley, mientras se sentaba tras el volante-. Aunque están disminuyendo, y creo que pronto serán contenidos.
Duendes. Pequeños monstruos a quienes les gustaba comer carne humana. Aden no se había cruzado todavía con ninguno, pero había oído historias sobre dientes afilados que rasgaban los cuerpos humanos como cuchillos entrando en la mantequilla. No era de extrañar que quisiera posponer lo máximo posible aquella presentación.
Aden y Victoria se colocaron en el asiento trasero. Ella había intentado sentarse delante, pero Aden la tomó de la mano y tiró de ella suavemente. Victoria podría haberse negado, pero se lo permitió, en silencio.
Cuando ya estaban en la carretera, ella sacó un frasco de colonia de la consola central y perfumó a Aden de pies a cabeza. Pronto, él estaba tosiendo a causa del fuerte olor que impregnó el aire.
-Ya está bien -dijo él, agitando la mano delante de la cara.
-Esto es necesario. Créeme, es mejor que no huelas a hada delante de mi gente.
-Entonces, ¿todavía huelo a él?
-Sí -dijeron al unísono Riley y Victoria.
Estupendo. No estaba en su mejor estado mental, y además apestaba. Qué nochecita.
-¿Y dónde está Mary Ann?
-En casa -dijo Riley, furioso. Eso significaba que Aden acababa de mencionar algo peliagudo-. No hay ningún motivo para que ella se involucre en esto -prosiguió el lobo-. Además, sacó algunos libros de la biblioteca y ahora los está leyendo para aprender todo lo posible de las brujas. Y, hablando de MaryAnn, ¿por qué la estabas pegando hoy?
Vaya. Demonios.
-Estoy seguro de que se lo has preguntado a ella, y estoy seguro de que te ha contado que la estaba enseñando a defenderse.
-No, no se lo he preguntado a ella. Me imaginé lo de la defensa propia yo solito, gracias, pero quería hablar de ello contigo. ¿Es que tenías que ser tan duro? Ella sólo es una humana.
-Yo también soy sólo un humano. Y sí, tenía que ser duro. Es la única manera de aprender.
-No, no lo es. De hecho, yo me voy a hacer cargo de sus lecciones.
¿De verdad?
-Lo siento, pero ella no te lo ha pedido a ti. Me lo pidió a mí. Así que yo seguiré siendo su profesor.
Aquella afirmación le valió un silencio ensordecedor.
Aden suspiró y apoyó la cabeza en el asiento trasero. Aquella noche necesitaba que Riley estuviera de su lado. Además, tenía muchas preguntas que hacerle. ¿Cómo iba a ser aquella reunión? ¿Qué era lo que se esperaba de él? ¿Había algo que debía, o no debía decir? ¿Algo que debía, o que no debía hacer? Sin embargo, mientras estaba allí sentado, mirando al techo del coche, dejando vagar la mente, lo único que le importaba era Victoria.
Durante su conversación con Riley, ella se había mantenido en silencio, rígida, como si no se atreviera a respirar porque pensara que iba a perderse algo. ¿Estaba celosa porque él hubiera pasado un rato con Mary Ann? Él sentía celos, a menudo, de que ella pasara tiempo con Riley. ¿O acaso estaba herida por lo de antes? ¿O las dos cosas?
Fuera lo que fuera, a Aden no le gustaba.
Había soñado con Victoria durante seis meses antes de conocerla, y en aquel tiempo, ella se había convertido en lo más importante de su vida. Una parte que necesitaba, que anhelaba. Como Mary Ann, ella lo había aceptado desde el principio tal y como era. Aunque su propia gente lo considerara indigno, como la de él. Victoria entendía cómo se sentía uno cuando lo consideraban diferente. Ella era una princesa, y estaba apartada de los demás. Y, ¿no había prometido él que iba a hacer reír a aquella princesa aquel mismo día?
-Sólo para que lo tengas en cuenta -dijo Riley con los dientes apretados-, si vuelves a hacerle daño...
-¿Me vas a insultar? -replicó Aden-. ¿O les vas a decir a tus amigos que no me acepten?
Sabía que no debía provocar al lobo. Riley, con sus garras, podía deshacerlo en un abrir y cerrar de ojos.
Riley gruñó. Era de esperar. Victoria se echó a reír. La carcajada le salió del alma.
-Lo siento -dijo ella, cuando Riley le lanzó una mi rada fulminante-, pero eso ha sido gracioso. Tienes que reconocerlo.
-Como tú digas -respondió Riley, aunque su tono no tenía nada de divertido.
Aden se hinchó como un pavo. Lo había conseguido incluso sin intentarlo. Pero entonces, la risa de Victoria cesó, y de nuevo, ella se negó a mirarlo.
«Más». Necesitaba más.
-Victoria -dijo-. Con respecto a lo que ocurrió...
-Lo sé -respondió ella con una exhalación temblorosa-. Ya me he imaginado tus motivos para echarme del rancho.
Oh, Dios. ¿Iba a ponerse a llorar?
-Yo no te eché, te lo juro.
-Bueno, eso también lo sé.
Él se quedó desconcertado. En aquella ocasión no había habido ningún temblor.
-Espera. Acabas de decir que te he echado. Entonces, ¿no estás enfadada conmigo?
-Al principio sí, pero después ya no. ¿No lo entiendes? -dijo ella sonriendo, dando palmaditas como si se sintiera muy orgullosa de sí misma-. Te he estado tomando el pelo desde que hemos ido a recogerte. Estaba exagerando. Como una humana. ¿Lo he hecho bien? ¿Te he engañado?
Él frunció los labios de alivio y placer. Tenían mucho que trabajar en el área del humor, pero no iba a decírselo.
-Lo has hecho muy bien -respondió. Y era cierto. Victoria estaba intentando desprenderse de aquel aire sombrío por él-. Estás muy guapa, a propósito.
-Gracias. Tú también. Prácticamente comestible.
Él volvió a fruncir los labios. «Comestible». La mayor forma de alabanza para un vampiro.
Ella posó la mano sobre la suya, y sus dedos se entre lazaron. Como siempre, la piel de Victoria era suave, caliente. Perfecta.
-Gracias por todo lo que hiciste con el hada -dijo ella, que de repente se había puesto muy seria.
-De nada.
-Ojalá pudiera recompensarte, pero en vez de eso, te estoy llevando a una zona en guerra. ¿Estás asustado?
-No -dijo Aden. Sin embargo, debería estarlo, y lo sabía-. Las drogas que me han dado me hacen estar un poco distante.
-Tal vez eso sea una bendición. El miedo puede olerse, y a la mayoría de los vampiros les gusta ese olor.
Él resopló.
-Nena, aunque estuviera asustado, creo que nadie podría oler nada salvo mi perfume.
Ella volvió a reírse. Su risa era como el sonido de unas campanillas. Aden sonrió; dos veces en un día. Se sentía muy orgulloso.
-Como ya te he dicho, mis hermanas están en la ciudad -le comentó Victoria. Después comenzó a explicarle algo sobre el periodo de trece días de espera.
Él no le dijo que ya había conocido a sus hermanas en una visión. Aunque no recordaba mucho, en realidad. Sin embargo, con aquella idea se formó otra. Había algo que tenía que decirle, algo que era urgente, pero no podía recordarlo.
-Lauren es...
-Inflexible -dijo Riley, acabando la frase en lugar de Victoria.
Ella puso los ojos en blanco.
-No es cierto. Riley dice eso porque antes salían juntos, pero Lauren rompió con él. Lauren es fuerte y dice lo que piensa con claridad. Y está decidida a que le caigas mal. Es una guerrera, y la más feroz de todos nosotros. Sin embargo, entrará en razón. Stephanie, mi otra her mana, es muy humana. Antes se escapaba de casa a menudo, y mi padre se enfurecía porque ella socializaba con la comida, como él solía decir. Tal vez ella se convierta en tu mayor apoyo.
-Me alegro de saber que tengo alguno. ¿Ha llegado ya tu madre?
Aden sabía que su padre había encerrado a su madre como castigo por haber revelado secretos de vampiros a los humanos. Después de la muerte de Vlad, él había decretado que la liberaran. Su primera orden como rey.
Aquel título hizo que agitara la cabeza. Era raro, y no era adecuado para él. Apenas podía controlar su propia vida.
-No -respondió Victoria-. Ella no puede teletransportarse, como yo, así que tendría que venir hasta Crossroads por medios humanos. Pero no lo ha hecho; ha preferido quedarse en Rumania.
Aden se preguntó si lo había hecho para protestar por su reinado.
-Nunca había ocurrido nada como esto, ¿sabes? -prosiguió Victoria-. Mi padre siempre nos había gobernado. Fue el primero de todos nosotros, después de todo, y él pensaba que los humanos servían de alimento o como esclavos de sangre, pero nada más -dijo, y le dio un golpecito con el dedo en la barbilla-. Lo siento, pero eso es lo que piensa la mayoría de la gente a la que te vas a enfrentar esta noche.
El coche aminoró la velocidad al llegar a la puerta de hierro de la verja. Había un lobo a cada lado de la entrada, observando. ¿Eran guardias? Más arriba había una mansión de cinco pisos, enorme, de ladrillo negro y ventanas oscuras, que cumplía con todos los estereotipos. Tal vez lo hubieran hecho a propósito para mantener alejados a los humanos.
El tejado se elevaba hacia el cielo en varias partes. La luna había desaparecido, como si tuviera miedo de asomarse a aquella casa. Seguramente, era lo mejor.
La última vez que Aden había estado allí, un vampiro había intentado asesinarlo. El mismo vampiro había asesinado a un conocido suyo. Se preguntó qué era lo que le esperaba dentro de aquella casa en aquella ocasión.