9

Con la cabeza alta, Victoria condujo a Aden por delante de una fila muy larga de vampiros elegantemente vestidos. Las mujeres llevaban togas de terciopelo negro e iban enjoyadas, y los hombres llevaban pantalones y camisas de seda. El aire estaba impregnado de un perfume dulce que se hizo cada vez más intenso a medida que él avanzaba hacia el estrado sobre el que descansaba el trono de ébano. Un perfume que, afortunadamente, apagaba el suyo.

El trono estaba lleno de grabados. Eran unos símbolos extraños que irradiaban poder. Aquel poder lo envolvió al sentarse, y lo aprisionó en el asiento como si le hubieran puesto unos grilletes en las muñecas y en los tobillos.

Victoria se situó a su derecha, y Riley a la izquierda, y la fila comenzó a avanzar. Hubo presentación tras presentación. Hombres, mujeres, jóvenes, viejos. Demasiados nombres y caras como para poder recordarlos. Y menos en el estado en que se encontraba.

Algunos lo observaban esperanzada mente, otros con desprecio. Varios miraron más allá del trono, hacia el gran tapiz que colgaba en la pared. Aden no tenía que volverse para saber cuál era la imagen que estaba allí tejida. Se le había grabado para siempre en la cabeza: Vlad el Empalador, luchando ferozmente contra una turba enfurecida. Ellos tenían horcas; él tenía una espada ensangrentada. A sus flancos había innumerables picas, y en cada una de ellas, una cabeza humana. ¿Era eso lo que esperaban aquellos vampiros de él, también?

Lo más probable. Eso debería preocuparle, pero en aquel momento no conseguía preocuparse por nada.

Mientras continuaban las presentaciones, Aden se puso a observar su entorno. Incluso sin Elijah, Julian y Caleb dando sus opiniones sobre todo a cada segundo, se sentía distraído e incapaz de concentrarse. Había una larga alfombra roja que se extendía desde el estrado hasta la puerta, y estaba decorada con los mismos símbolos que había grabados en el solio.

No había ninguna lámpara, sólo candelabros con velas encendidas que producían volutas de humo negro. A cada lado de la habitación había escaleras de piedra, como gradas, interrumpidas sólo por cuatro columnas redondas que ascendían hasta el techo. Las escaleras conducían hasta una plataforma, y en la plataforma había guardias uniformados con espadas en el cinturón.

En las gradas había humanos. Aden sabía que eran humanos porque tenían la piel de colores diferentes, desde el blanco hasta el negro. Además, sus rasgos faciales no tenían la perfección de los de los vampiros. Ellos también llevaban túnicas negras, pero no joyas. Las túnicas no tenían mangas, seguramente, para permitir mejor acceso a los vampiros a su pulso. No tenía que preguntarles si querían estar allí. Los humanos estaban observando a los vampiros con el anhelo reflejado en la mirada.

Esclavos de sangre. Victoria le había contado que los humanos se enganchaban rápidamente al mordisco de los vampiros. Aden no lo había creído, pero en aquel momento sí lo creía. Desde entonces, ella lo había mordido dos veces, y había sido algo... celestial. Los colmillos de Victoria producían algún tipo de sustancia química, o de droga, que anestesiaba la piel humana, y que después quemaba dulcemente su sangre.

-Y por fin -dijo Victoria, que estaba a su lado, yAden volvió al presente-, tengo el placer de presentarte a mis hermanas.

¿Ya habían llegado al final de la cola? ¿Cuánto tiempo llevaba paseando la mirada por la habitación?

-La primera -continuó ella- es la princesa Stephanie.

Se adelantó una preciosa chica rubia que inclinó la cabeza a modo de saludo. También llevaba una túnica, hasta que se la deslizó por los hombros y dejó que cayera al suelo, a su alrededor, formando un charco de seda a sus pies. Elevó la barbilla en un gesto desafiante, como si quisiera que Aden pusiera alguna objeción. Por lo menos, iba vestida debajo de la túnica. Llevaba una camiseta negra con un arcoíris en el centro, unos vaqueros de color negro y unas botas rojas hasta las rodillas. Iba muy maquillada.

Él no dijo nada acerca del cambio de atuendo, y ella se relajó.

Mientras masticaba su chicle, estudió a Aden.

-Es mono -anunció-. Y, vaya, irradias unas vibraciones muy poderosas. Me dan ganas de tocarte.

«Con los colmillos, seguro», pensó él.

-Eh... Gracias -dijo. Los demás sólo se habían dirigido a él con algo como «Mi rey», o no le habían dicho nada. Bueno, aquéllos a quienes él recordaba-. Por favor, no te ofendas, pero tengo que pedirte que no lo hagas.

Ella sonrió, aunque de una manera evasiva.

-Entonces, ¿tú eres quien derrotó a Dmitri?

-Eso parece.

Mientras luchaba con los puños y las dagas, Aden no sabía que era eso lo que le esperaba si vencía. Si lo hubiera sabido... No. Aunque lo hubiera sabido, habría hecho lo mismo. Su instinto se había hecho con las riendas de la situación, y sólo quería eliminar a la persona que había querido destruir a Riley y a Mary Ann. Y, de acuerdo, también quería eliminar al tipo que quería casarse con Victoria.

Stephanie arqueó una ceja.

-Entonces, ¿esperas gobernarnos, chico humano?

«Chico humano». Aden se encogió de hombros. Le habían llamado cosas peores.

-Sinceramente, no lo sé.

Ella sonrió de nuevo.

-Sinceramente. Me gusta. Es distinto.

¿Vlad les mentía a sus hijas? ¿Sobre qué?

-Bueno, escucha -dijo Stephanie-. Me gustaría mucho... brindar por tu triunfo. ¿Qué te parece si...?

Victoria se puso rígida, y Riley se rió suavemente.

-No bebemos de nuestro rey -dijo Victoria.

¿Cómo? ¿Stephanie quería brindar por su triunfo usándolo de bebida?

La princesa se cruzó de brazos.

-¿Nunca?

-Exacto -dijo Riley.

Ella hizo un mohín, y hundió los hombros.

-Muy bien, entonces, tengo que hacerle más preguntas a nuestro futuro rey. Por ejemplo...

-Éste no es el moento, y lo sabes -atajó Riley suavemente-. Más tarde.

Hubo un silencio.

-Está bien. Pero pronto formularé mis preguntas. Son importantes.

Riley no se amedrentó.

-Seguro que sí. Ahora, hasta luego.

Stephanie resopló y tomó su toga del suelo. Se envolvió en ella y salió de la habitación con un portazo.

Ya sólo quedaba una persona en la fila. La otra her mana, pensó Aden. Tenía una cara delicada que le resultaba familiar.

Victoria le hizo un gesto para que se adelantara.

-Te presento a la princesa Lauren.

La rubia de ojos de cristal inclinó la cabeza. Como Stephanie, se había quitado la toga ceremonial. Al contrario que Stephanie, llevaba un peto y unos pantalones de cuero negro muy ajustados. Tenía unas pulseras de alambre de espino de verdad, y armas prendidas a todo el cuerpo.

-Así que tú eres Aden Stone, ese humano del que he oído hablar tanto. Admito que ejerces cierta atracción, como ha dicho Stephanie, pero no eres como mi padre.

Él inclinó la cabeza.

-Gracias.

-No era un cumplido, tonto.

Él se encogió de hombros.

Ella entornó los ojos.

-Yo también tengo que hacerte preguntas, humano. Pero yo exijo que me des las respuestas esta noche.

-Rey -le dijo Riley-. Mi rey -repitió-. Así es como debes dirigirte a él desde este momento.

Ella alzó la barbilla, pero no apartó la vista de Aden.

-Dentro de trece días lo llamaré rey. Hasta entonces...

Durante un momento, Aden pensó que tal vez ella estuviera sopesando la posibilidad de lanzarle unas dagas al corazón, y se puso a sudar. Otro apuñalamiento no, por favor. Otra vez no.

Sin embargo, ella permaneció inmóvil y dijo:

-Además, no he decidido si voy a seguirlo o no.

Riley descendió del estrado y se puso ante ella, nariz con nariz.

-¿Eso es un desafío?

Los guardias de arriba se prepararon para saltar, aunque Aden no supo si sobre Riley o sobre Lauren.

-Ya está bien -dijo, sin saber qué otra cosa podía decir-. Hablaremos de esto más tarde. Ahora, por muy contento que esté de haber conocido a otro miembro de la familia de Victoria, las presentaciones han terminado. Puedes marcharte.

¿Sonaba aquello lo suficientemente majestuoso?

Sorprendentemente, sí. Lauren asintió con sequedad, le lanzó una mirada asesina y salió. De nuevo, sonó un portazo. Aden se dio cuenta de que los humanos también se habían marchado. Ni siquiera había oído que se movían.

-¿Y ahora qué? -preguntó mientras se ponía en pie. Tuvo un acceso de mareo, y se agarró a uno de los brazos del trono para mantener el equilibrio. ¿Cuánto tiempo llevaba allí sentado?

-Hay una recepción en tu honor -dijo Victoria, y le apartó el pelo de la frente con una caricia suave, cálida-. ¿Estás bien?

No. Sí. Tal vez.

-¿Qué hora es?

-Casi las tres.

Entonces, llevaban cuatro horas allí. Y dentro de otras tres tendría que despertarse para ir al instituto.

-Tengo que volver al rancho. Mañana hay clase, y no puedo faltar otra vez.

Sabía que ella podía arreglar las cosas con la voz, conseguir que todo el mundo pensara que estaba allí cuando en realidad no estaba, pero quería ir. Había tenido que luchar para poder ir a clase, y no iba a perder la oportunidad de aprender y de mejorar.

Sí, seguramente se quedaría dormido en las clases, porque estaba agotado, pero iba a ir. Tal vez las lecciones se le grabaran en el inconsciente.

-Sólo un poco más. Después te llevaré a casa.

Victoria le puso las palmas de las manos en los hom bros y después las deslizó hacia su nuca. Lo estrechó contra sí y susurró:

-Te lo prometo.

¿Iba a besarlo? Se habían besado antes, pero muy poco, muy brevemente. Él había deseado mucho más y, pese al estado en el que se encontraba, sabía que deseaba mucho más en aquel mismo momento. Quería saborearla, sentir su lengua y sus dientes.

Pasó un minuto, y después otro, pero ella se limitó a seguir abrazándolo. Aden intentó no dejar que lo invadiera la decepción. Por lo menos, ya empezaba a importarle algo.

-Este sitio es todo un estereotipo, ¿sabes? -dijo para intentar distraerse-. Tanto negro. Y las togas. El factor miedo.

-A mi padre le encantaban los estereotipos. Le encantaba jugar con ellos.

Su padre. Había algo que Aden debía saber sobre aquel hombre, pensó, algo que necesitaba decirle a Victoria... pero no conseguía recordarlo.

-¿Por qué le encantaba jugar con los estereotipos? -preguntó.

Ella se encogió de hombros con delicadeza.

-La gente que nos conoce piensa que sólo somos humanos jugando a ser vampiros. Nos consideran raros, pero no nos consideran una amenaza.

Aden lo entendió. A los raros se les evitaba, se les dejaba en paz. A las amenazas se les daba caza, se las eliminaba.

-Y lo mismo podría decirse de ti en este momento, Aden Stone -dijo Victoria en tono de diversión-. Mi gente te considera un bicho raro, en vez de una amenaza.

-¿Y cómo lo sabes?

-Nadie ha intentado matarte.

-Cierto -dijo Aden con una sonrisa.

-Y yo estoy orgullosa de ti, ¿sabes? -añadió Victoria con la voz ronca, mirando sus labios, y después su cuello.

¿Tenía sed? Por favor...

Riley tosió.

Ellos lo ignoraron.

-¿No te avergüenzas de que sea un débil humano? -preguntó él. Porque sabía que, aunque Victoria no quisiera admitirlo, así era como lo veía su gente. Como, probablemente, iban a verlo siempre.

Ella respondió con otra pregunta:

-¿Y tú no te avergüenzas de que yo sea un demonio que bebe sangre?

Mientras hablaba, su mirada volvió al pulso que latía en el cuello de Aden, que se le había acelerado. Victoria se humedeció los labios.

-¿Y tiene sed mi demonio en este momento? -preguntó él.

-No -respondió ella, y apartó los brazos. Rápidamente, retrocedió y puso distancia entre ambos.

-Mentirosa -dijo Aden, pero no la presionó. Ella se negaba a beber de él, porque no quería convertirlo en un esclavo de sangre. Aden lo entendía, pero odiaba pensar que ella posara su preciosa boca en otra persona.

Sin embargo, no iban a discutir de eso en aquel momento. No tenían tiempo.

-Vamos -dijo decididamente, y le tendió la mano a Victoria-. Tenemos una fiesta.

Entrelazó sus dedos con los de su novia, y permitió que ella lo guiara por la alfombra. Riley los siguió. Cuanto más se acercaban a las puertas, más se oía el ruido que había tras ellas. Sin embargo, cuando atravesaron los arcos de metal, Aden se dio cuenta de que no había nadie en el pasillo. Sólo había estatuas de alabastro de gente y de animales y arcones labrados, abiertos y vacíos. ¿Para qué eran?

Sin embargo, al pasar otra puerta arqueada, se encontró en un salón de baile atestado de vampiros, de sus guardias lobos y de humanos. Los vampiros hablaban y se reían, los hombres lobo, en forma animal, se paseaban, y los humanos estaban de nuevo al margen, esperando ansiosamente las llamadas.

Las paredes eran negras, y en ellas había colgados espejos ovalados muy largos. De nuevo, la única iluminación era la que proporcionaban las velas. Arriba, el techo era como una... Aden frunció el ceño. Como una telaraña. Claro. Una telaraña, de cuyo centro colgaba una lámpara de araña. Y esa lámpara tenía patas que se estiraban, como si una araña estuviera caminando por el techo.

Alguien lo vio, y las conversaciones cesaron. De repente se hizo el silencio y todas las cabezas se volvieron hacia él. Aden cambió el peso del cuerpo, con incomodidad, de un pie a otro. Pasaron varios minutos así, sin que nadie se moviera ni hablara. Sólo lo observaban y lo juzgaban.

¿Debía hacer o decir algo?

Ellos sólo habían tenido a Vlad como rey, así que debían de estar tan perdidos como él en aquella situación. Aunque en realidad, él no pensaba reinar sobre los vampiros. Pronto encontraría la manera de salir de aquel lío.

-¿Está listo para verlo? ¿Para saber? -murmuró alguien.

Las conversaciones comenzaron de nuevo, y su volumen aumentó rápidamente. AAden le pareció oír las palabras «bestia» y «horda», pero era evidente que no había oído bien.

-¿Esperamos hasta después de la coronación? -preguntó otro vampiro.

-¿Esperar a qué? -le preguntó Aden a Victoria por la comisura de los labios.

Ella se movió con incomodidad, como había hecho él, y susurró:

-Quieren contarte que... Quieren que sepas que... Oh, esto es muy difícil. Tenía la esperanza de no tener que contártelo nunca, pero se ha decidido que, al ser el rey, debes saberlo.

-¿Saber qué?

-Que no estamos... solos.

-¿Quieres explicarme a qué te refieres?

-No.

-Bueno, pero hazlo de todos modos.

Ella suspiró.

-Hay... algo con nosotros.

-Eh... Si voy a... dirigir las cosas -dijo Aden, aunque no pudiera creerse lo que acababa de decir-, necesito saberlo todo. Así que vamos a intentarlo de nuevo. ¿Qué es eso que hay con vosotros?

Victoria se ruborizó.

-Esto es muy vergonzoso. Tal vez salgas huyendo de mí cuando lo sepas.

-Te he visto comer, y no he salido huyendo.

-Sí, pero esto es peor.

Él no se rindió.

-Te prometo que no hay nada que pueda hacerme salir huyendo de ti -le dijo él, apretándole la mano-. Y sabes que me gustas tal y como eres.

-Bueno, pues no te olvides de eso -respondió victoria, y se miró los pies. Le dio una patadita a una piedra invisible y continuó-: Primero, te darás cuenta de que pese a los símbolos familiares que ves aquí, lo que crees que sabías sobre los vampiros de tus libros y tus películas no se acerca a la realidad.

-Lo tendré en cuenta -dijo él irónicamente.

Victoria abrió mucho los ojos.

-¿Puedes tomártelo en serio?

-Me lo tomaré en serio si tú te relajas.

Ella se pasó la lengua por los labios para humedecérselos. Por supuesto, no se relajó.

-Si insistes en saberlo...

-Pues sí.

-Entonces, allá va. La verdad. Nosotros... Somos algo más que vampiros -dijo, y alzó la barbilla en un gesto desafiante parecido al de su hermana-. Ya está. Ahora ya lo sabes.

-Pues no. Explícate.

De nuevo, ella se humedeció los labios.

-Aden...

-Victoria. Dilo. Vamos.

A ella se le hundieron los hombros.

-Muy bien. Somos algo más que vampiros porque tenemos... tenemos monstruos por dentro.

-Otra vez. No lo entiendo.

-Estamos poseídos. Espera... -Victoria sacudió la cabeza-. Te lo explicaré de otro modo. Pero primero, las buenas noticias.

Una maniobra dilatoria, Aden lo sabía, pero no la detuvo.

-Los dibujos que ves en las paredes... Bueno, todos nosotros los tenemos marcados en la piel.

-Jú tienes esas marcas? -preguntó Aden.

Había nadado con ella, y sólo llevaban puesta la ropa interior, pero no recordaba haber visto aquellas marcas en su piel. Y había mirado. Mucho.

-Sí, las tengo.

-¿Dónde? ¿Y por qué?

-En el pecho. Y son... defensas. Como cerraduras.

Aden ignoró la primera respuesta, porque sí, quería mirar aquella zona en cuestión, y se concentró en la segunda.

-¿Cerraduras?

-Como ya te he dicho, todos nosotros llevamos un monstruo dentro, y son como las bestias de las pesadillas. Supongo que para los humanos sería como si estuvieran poseídos por un demonio. Y las marcas mantienen a los monstruos encerrados dentro de nosotros, silenciosos, en vez de permitirles caminar por el mundo -dijo Victoria. En aquella ocasión, fue ella la que le apretó la mano-. Créeme, tú no querrías encontrarte con una de esas criaturas. Son salvajes, brutales, y desean la muerte de aquéllos de quienes bebemos. Sólo conocen la destrucción.

Él se quedó callado durante un momento, intentando asimilar sus palabras.

-¿Y cómo han llegado a vuestro interior? ¿Tú también tienes uno de ésos dentro?

Cuando ella iba a responder, cinco hombres se adelantaron y formaron una media luna alrededor de Aden, mirándolo con expectación. Tenían en las manos copas con piedras preciosas incrustadas, llenas de un líquido rojo. Sangre, sin duda. Aden percibió el olor metálico.

-¿Recuerdas a los miembros de tu consejo? -dijo victoria, en un tono que parecía de alivio por el hecho de que la conversación sobre los monstruos hubiera terminado.

Ni siquiera un poco.

-Claro -dijo él, pero la miró significativamente para darle a entender que iban a hablar de nuevo de los monstruos. Muy pronto.

Después se volvió hacia los consejeros. Todos eran mayores y se parecían mucho. Tenían el pelo plateado y la piel ligeramente arrugada. Además, sus colmillos estaban a la vista, porque sobresalían por debajo de su labio superior.

¿Tenían hambre? ¿De él? Tal vez, si hubiera tenido la cabeza más lúcida, se hubiera asustado. No iba a poder defenderse de cinco vampiros a la vez. Como siempre, llevaba las dagas escondidos en las botas, pero aquellas armas eran inútiles contra tales criaturas.

La única defensa útil que tenía era el anillo de Vlad. Se miró la mano derecha y vio el ópalo brillando a la luz de las velas. De repente, sintió gratitud hacia Riley por haberle convencido de que se lo pusiera.

-Ahora que Victoria os ha explicado lo de las bestias, debemos tratar temas más urgentes -dijo uno de los consejeros. Antes de que Aden pudiera preguntar qué podía ser más urgente que los monstruos, el vampiro continuó-: Debemos tomar muchas decisiones.

-Para empezar, ¿dónde viviréis? -preguntó uno de ellos-. ¿Aquí, o con vuestros humanos?

El resto también se lanzó a preguntar.

-Y si vivís con los humanos, ¿cómo podremos avisaros cuando os necesitemos?

-Además, tenemos que presentaros a nuestros aliados. ¿Cuándo puedo fijar esa reunión?

-Además, debéis elegir una reina.

-Y debéis...

-Dadle tiempo para asimilar las cosas -ladró Riley, y los silenció.

Aden se quedó sorprendido, porque de inmediato, los vampiros inclinaron la cabeza. Dos se disculparon, incluso. Riley era un guardia, no un príncipe ni un vampiro, pero ellos lo obedecieron sin rechistar. Muy interesante.

-Bueno, para responder a vuestras preguntas... Voy a vivir en el Rancho D. y M., como antes -dijo, y todos volvieron a mirarlo. Aden pasó el pulgar por encima del anillo-. Conoceré a vuestros aliados algún día de la semana que viene, pero tendrá que ser después del instituto. Sólo tenéis que decirme cuándo y dónde, y allí estaré. Con respecto a la reina, será Victoria.

No podía ser de otra manera. Aunque él no estuviera preparado para casarse. Ni tampoco iba a ser rey durante mucho tiempo.

De nuevo, ella le apretó la mano.

Los cinco consejeros lo miraron con una expresión ceñuda.

-No podéis elegir a la princesa Victoria sin más. Tenéis que conocer a nuestras otras damas -dijo uno de ellos.

-No necesito conocerlas -replicó él-. No voy a cambiar de opinión.

-Habrá quejas -dijo otro con irritación.

Aden se encogió de hombros.

-No me importa.

-Los padres de las muchachas en edad de casarse se rebelarán, porque querrán tener alguna oportunidad de aliarse con la casa real. No querréis provocar una rebelión tan pronto en vuestro reinado, ¿verdad? -preguntó el tercero.

-No, pero yo...

-Bien, bien. Entonces, decidido.

Los cinco sonrieron y alzaron las copas.

Él negó con la cabeza.

-No lo entiendo. ¿Qué es lo que está decidido?

-Conoceréis al resto de las muchachas para que sus padres no se rebelen.

Aden se pellizcó el puente de la nariz.

-No. No lo haré.

Los cinco consejeros comenzaron a murmurar entre ellos, y siguieron haciéndolo durante unos cinco minutos. Después asintieron y se volvieron hacia él. Su determinación era evidente.

-Vamos a llegar a un compromiso -dijo el más alto de todos-. Conoceréis a cinco muchachas vampiro y tendréis una cita con cada una de ellas, incluida Victoria. Cada una será elegida por un miembro del consejo. El día de la coronación nombraréis a vuestra favorita. Esa favorita será vuestra reina.

¿Eh? Él no quería salir con nadie. Y menos con cinco muchachas vampiro.

-Está de acuerdo con el compromiso -dijo Victoria, sin revelar un ápice de sus emociones.

Aden abrió la boca para negarlo, pero los hombres se alejaron, dándose palmadas en la espalda por haber hecho un buen trabajo.

-Aden -susurró Victoria.

Él se giró hacia ella con los ojos entrecerrados.

-No me importa lo que les hayas dicho. No voy a salir con nadie -dijo. Ella era la única chica a la que quería. La única con la que soñaba, la única a la que anhelaba...

-Ellos tienen razón -le dijo ella, soltándole la mano-. Si te niegas a salir con otras, las familias se quejarán, y esas quejas provocarán una rebelión. Una rebelión es un peligro. Y tú ya te estás enfrentando a suficientes peligros.

¿Acaso estaba intentando protegerlo de nuevo? ¿O de veras no le importaba que él saliera con otras chicas? Porque él se abalanzaría sobre cualquier otro chico que la mirara, y lo convertiría en polvo. Y después escupiría sobre aquel polvo.

-Prefiero enfrentarme al peligro -dijo entre dientes.

-Pues yo no -respondió ella.

-No me importa.

-Tienes que hacerlo, Aden.

-No. Yo...

-Estupendo. Una pelea de enamorados. Vamos a relacionarnos con los demás, mejor -dijo Riley, y lo empujó suavemente-. Y discutiréis luego.

Aden y Victoria se fulminaron con la mirada durante un instante. Después ella asintió con tirantez y él hizo lo mismo. Sin embargo, aquel tema no estaba zanjado. Él no iba a salir con ninguna otra chica, y ella iba a discul parse por haber actuado como si no le importara. Aunque tal vez no hubiera sido una actuación; tal vez a los vampiros no les pareciera mal salir con más de una persona.

¿Qué sabía él?

Después de todo, Victoria lo había besado mientras estaba comprometida con Dmitri. Sin embargo, ella odiaba a Dmitri y no quería tener nada que ver con él. Era posible que también estuviera viéndose con otro en aquel momento. Y si ése era el caso, Aden no sabía lo que iba a hacer. Aparte de meterse en una buena pelea.

-Hablaremos más tarde de esto -dijo en voz baja, con ferocidad, y se dio la vuelta.

Ella asintió nuevamente, con rigidez.

En silencio se mezclaron con la multitud. A Aden lo tocaron muchas manos. Alguien le tendió una copa y Aden la agarró antes de que se cayera al suelo. «Que no se te olvide lo que hay dentro, no vaya a ser que bebas accidentalmente».

-¿No huele a... hada? -preguntó de repente alguien, con un gruñido.

Él se quedó inmóvil. Victoria y Riley lo flanquearon.

Todos comenzaron a abrir las ventanas de la nariz exageradamente. Muchos vampiros se estremecieron. De nuevo, todos se quedaron en silencio, y todos clavaron los ojos en él. Sin embargo, en aquella ocasión lo miraban con horror y con odio.

Estupendo. La colonia debía de estar perdiendo intensidad.

Los vampiros se apartaron de Aden, hasta que sus amigos y él quedaron en mitad de un círculo. Riley estaba tenso, preparado para atacar. Victoria, por fin, mostraba una emoción: el miedo. Hasta que los hombres lobo se abrieron paso entre la gente y se reunieron con Riley, enfrentándose a los vampiros, rugiéndoles para que retrocedieran.

Le dieron su apoyo incondicionalmente, sin vacilación. Qué extraño.

Un vampiro de pelo oscuro, y que aparentemente tenía la misma edad que Aden, dio un paso adelante, ignorando a los hombres lobo. Lo miraba con frialdad.

-¿Eres ya un traidor que se revuelca con el enemigo?

Aden se echó a reír sin poder evitarlo. Si escapar de varios intentos de asesinato podía considerarse un revolcón, entonces sí, lo era.

-Je atreves a reírte? -preguntó el muchacho con estupefacción.

-¿Y tú te atreves a cuestionar a nuestro líder? -inquirió Riley.

El chico irguió los hombros y la barbilla. Aunque le hablaba a Riley, no dejó de mirar a Aden.

-Yo digo lo que la mayoría de nosotros pensamos. Es demasiado débil para liderarnos. Cualquiera de esta habitación podría esclavizarlo en cuestión de minutos.

Por fin. Las amenazas que se esperaba.

-Cualquiera de esta habitación podría intentarlo -dijo.

Palabras valientes, palabras estúpidas, pero las decía de verdad. Sin duda, podía perder, pero iba a luchar hasta el final. Así había sido siempre para él.

-Nuestros enemigos pensarán que somos tan débiles como tú, y nos atacarán -continuó su adversario-. Nunca deberías haber aceptado el trono.

¿Aceptarlo? ¡Ja! Lo habían arrojado al trono, yél no lo quería. Sin embargo, aquél no era el mejor momento para buscar un sustituto. Los vampiros pensarían que lo hacía porque de verdad era débil.

-Por lo que yo sé, las hadas protegen a los humanos. Tal vez esas hadas deseen aliarse con vosotros, ahora que vuestro líder es uno de esos humanos tan débiles a los que ellos quieren tanto.

Su oponente no desistió.

-¿Y los duendes? ¿Sabes cómo vas a tratar con ellos?

-Sí. Como hacía Vlad. Enviándoles a los lobos por las noches, al bosque, para que luchen contra ellos.

-¿Y cómo vas a enviar a los lobos a luchar contra ellos si tú mismo nunca lo has hecho? Eso es una cobardía.

-Tal vez no haya luchado contra un duende, pero he luchado contra un vampiro. ¿Tengo que recordarte cuál fue el resultado de esa lucha?

Hubo murmullos. El círculo era cada vez más estrecho. Los hombres lobo mostraron los dientes.

Finalmente, el chico asintió y se reunió con el resto de los vampiros. Comenzaron a conversar de nuevo, y el círculo se abrió. Crisis evitada, pensó Aden, pero no sintió alivio. ¿Cuánto tiempo iba a durar aquella tregua?