6

«Enterrado».

Aquella palabra penetró por entre la niebla que ocupaba la mente de Aden. Él se pasó una mano temblorosa por la cara. Aquello no podía estar sucediendo.

«Enterrado».

De nuevo colocó a Victoria tras él, pero Thomas lo atravesaba continuamente, intentando tocarla. No, no sólo tocarla. Matarla. El odio se reflejaba en los ojos del hada. La única noticia buena era que Thomas traspasaba con su mano a Aden y a Victoria en cada intento.

Riley había agarrado a MaryAnn y la había puesto tras él, cubriéndola con su cuerpo a modo de escudo. Su mirada de depredador recorría la habitación, vigilante, y él estaba preparado para actuar.

«Enterrado».

Sí, era posible, porque Aden había soportado el golpe mortal por él. Se estremeció al recordarlo. El dolor... Nunca había experimentado nada como aquel dolor. De hecho, no había palabra para describirlo. «Atroz» era demasiado suave.

Y así era como iba a morir él también.

Lo cual significaba que tendría que experimentar aquello de nuevo. La carne abriéndosele en el pecho, los órganos rasgados, la pérdida de sangre. El frío que lo consumía, que convertía sus huesos en hielo. No. No, no, no. Se negaba. Nadie debería tener que soportar aquella muerte. Y, ¿dos veces? No y no. Pensaría algo, haría algo, cualquier cosa, para evitarlo.

Sí, había intentado salvar a gente en el pasado, con la esperanza de burlar las muertes que le mostraba Elijah. Y sí, ellos habían muerto de otras maneras más dolorosas, incluso, que la que les estaba destinada. Sin embargo, para Aden no había nada más doloroso que recibir una puñalada en el corazón. Estaba dispuesto a aceptar cualquier otra cosa.

-¿Por qué no puedo tocarla? -rugió Thomas.

-Apártate. 0... -¿qué clase de amenaza podía hacerle a un hada?-. O lo lamentarás -dijo. No era fantástico, pero fue todo lo que pudo pensar su cerebro en aquel momento.

Finalmente, jadeante y bañado en sudor, el príncipe se quedó inmóvil.

-¿Qué me has hecho?

Buena pregunta.

-Déjala. No te acerques a ella -dijo Aden. Lentamente, se levantó de la cama y consiguió ponerse en pie. Extendió los brazos para bloquear cualquier nuevo intento-. Quiero que te marches.

Aden se quedó rígido al recordar algo que le había dicho Thomas antes de que la daga se hundiera en su pecho:

«Me las pagarás por esto, aunque tenga que conseguirlo desde la tumba». Pagar. Tumba. Tumba. Oh... mierda. ¿Se había ganado Aden la persecución de un hada fantasmagórica y vengativa?

-Aden, ¿qué ocurre? -le preguntó Victoria.

Justo en aquel momento, el príncipe gritaba:

-¡No puedo! ¡Ya lo he intentado!

Victoria se colocó delante de Aden antes de que él pu diera impedirlo, dispuesta a luchar contra sus demonios por él.

-Dime lo que tengo que hacer, y lo haré.

-Victoria... -dijo él.

No podía soportar pensar que le hicieran daño. Y, pese a todo, aquello podía ser un truco. ¿Qué sabía él sobre las hadas y la vida del más allá? Cabía la posibilidad de que Thomas estuviera esperando el momento más oportuno para dar su golpe. De verdad.

-No hay nadie más aquí, Aden. Sólo nosotros. El príncipe ha muerto. Riley lo ha enterrado. Sin embargo, ¿tú sigues viéndolo?

-Sí. ¿Vosotros no lo veis? ¿No lo oís?

Todos respondieron negativamente al unísono.

Así que nadie, salvo él, oía ni veía a Thomas, y Thomas no podía tocar a nadie. Tal vez, en ese caso, no fuera un truco. Además, Thomas quería ver muertos a Victoria y a toda su familia, y no hubiera esperado el mejor momento para golpear. Habría golpeado. Aden debería haberlo pensado antes.

El príncipe se había convertido en un fantasma.

«Por lo menos, no se te ha metido en la cabeza», dijo Julian.

«Colega», dijo Caleb, «como si eso fuera un gran consuelo».

Las almas habían estado en silencio desde que él se había llevado la puñalada en el corazón. Oírlos en aquel momento, como si no hubiera ocurrido nada, era a la vez un alivio y una maldición. Estaban vivos, y estaban bien, pero a él no le beneficiaba aquella distracción en aquel momento.

Thomas estaba allí para acabar con ellos.

Sintió un terrible malestar en el estómago. Él ya se había cruzado antes con fantasmas; de hecho, las almas que llevaba en su cabeza eran fantasmas sin cuerpo. Y sí, él ya se había dado cuenta de que Thomas no podía hacerle daño a Victoria, pero eso no aplacaba su preocupación. Aquel fantasma no era un simple humano muerto. No había forma de saber lo que podía hacer Thomas.

-Márchate -le dijo a Victoria.

La tomó del brazo, posó la mano sobre su espalda y la empujó suavemente hacia Riley.

-¿Qu-qué? -preguntó ella. Se había quedado tan asombrada por sus palabras y por sus acciones, que no ofreció resistencia.

-Tienes que marcharte -dijo él, sin apartar la vista de Thomas.

-No lo entiendo.

-Tú también, Riley. Llévate a Victoria.

Quería explicarles el porqué, pero no quería que Thomas oyera que Mary Ann podía bloquear las habilidades sobrenaturales, por si acaso había otras hadas por allí que pudieran oírlo. No quería que las hadas supieran que bloqueaba, incluso, las de él mismo. Que, cuando ella estaba con él, no oía las voces. Que no veía fantasmas ni despertaba a los muertos. Salvo cuando Riley estaba con ella. De alguna manera, Riley anulaba su habilidad para... bueno, para anular. Algún día, él averiguaría cómo. Hasta entonces...

-¡Por el amor de Dios, marchaos!

Riley frunció el ceño, pero asintió.

-Sí, mi rey. Mantendré a salvo a las dos chicas.

-Creo que te he dicho que no me llames así -dijo Aden. Él no era el rey de nadie-. Y Mary Ann tiene que quedarse.

-No -dijo Riley, clavándole los ojos verdes-. Mary Ann se viene conmigo.

¿Una discusión? ¿En aquel momento? Por una vez, Aden hubiera preferido la reverencia.

-No. Mary Ann se queda. Es una orden.

Hubo una pausa cargada de tensión. Finalmente, Riley gruñó:

-Sí, mi rey.

Aden frunció los labios para contener su respuesta. Iba a conseguir lo que quería, así que podía dejar pasar el sarcasmo.

-¿Aden? -dijo Victoria, y él percibió la pregunta: «¿Por qué haces esto?». Y peor todavía, también oyó el dolor.

De repente, sintió odio hacia sí mismo. Ella había soportado demasiado dolor últimamente, y él no quería aumentarlo.

«No seas tan duro con ella, Aden», le dijo Caleb. «Ya sabes que yo sólo quiero darle buenos momentos».

Buenos momentos. Sí. Eso era exactamente lo que quería Aden también. Siempre. Ella se había pasado la vida obedeciendo una regla tras otra, protegida, sin tener permiso para reír, y ahí estaba él, echándola sin explicaciones.

En cuanto estuvieran a salvo, le diría por qué. Y después le tomaría el pelo hasta que se riera. Sólo había oído una vez su risa, y todavía soñaba con oír aquel sonido tintineante de nuevo.

«Por favor, no me digas que ahora le haces caso a Caleb», le soltó Julian. «Tenemos que hacer un trabajo».

«Sí. Un trabajo sexy».

«Eres un pervertido».

«Chicos», dijo Elijah con un suspiro. «¿Es necesario que discutáis ahora?».

Parecía que Elijah había asumido el papel más maternal de todos, una vez que Eve se había marchado.

-Aden -repitió Victoria, y lo devolvió al presente.

Se sintió exasperado consigo mismo y apretó los dientes. Perdía la concentración incluso en momentos de peligro.

-Llámame después -dijo. No quería que Thomas pudiera oír sus explicaciones.

-Haré algo más: volveré a buscarte esta noche -respondió ella, y agarró de la mano a Riley antes de que el lobo pudiera protestar-. Mi familia desea conocerte, y sus deseos no se pueden ignorar.

Después, los dos se marcharon.

Un segundo más tarde, Thomas se desvaneció también. Y un segundo después, las almas jadearon, como hacían siempre que Mary Ann las anulaba, y se desvanecieron de su mente. Fueron a parar al agujero negro del que le habían hablado.

Ellos odiaban aquel agujero negro, pero no se quejaban. Querían a Aden. Querían que fuera feliz, y sabían que aquellos momentos privados eran necesarios para él.

Tan necesarios como el hecho de dejar que ellos se marcharan, pensó Aden, sintiéndose culpable de nuevo.

Se dejó caer al suelo, deslizando la espalda contra la pared. Sí, tendría que liberarlos, por mucho que quisiera estar con ellos. Primero, sin embargo, debía averiguar quiénes habían sido en vida. Después tenía que ayudarles a terminar lo que les estuviera manteniendo encadenados a la Tierra. A él.

Así era como había perdido a Eve. Cuando le dio lo que su ser humano había deseado más en el mundo, el hecho de poder pasar un día entero con su hija, Eve había desaparecido en un abrir y cerrar de ojos.

Tenía muchas cosas que hacer. Todo aquello era abrumador. Parecía que iba a conocer a la familia de Victoria. A las hermanas que ya había visto en su mente. Laurel y... no, no era correcto. Se estrujó el cerebro, pero sus nombres permanecieron fuera de su alcance.

-Es el hada... -dijo Mary Ann.

-Sí. Se ha ido.

Sin embargo, lo más probable era que Thomas volviera en cuanto Mary Ann se hubiera marchado del rancho. ¿Qué haría entonces Aden? No podía tenerla allí toda la noche y todo el día.

-Bien. No te ofendas por esto, ¿de acuerdo? -le dijo ella mientras se sentaba en el colchón-. Pero necesitas darte una ducha.

Él se miró y se ruborizó. Tenía el pecho lleno de salpicaduras de sangre, y el sudor se le había secado y le había pegado los calzoncillos al cuerpo.

-El baño está al final del pasillo. ¿Te importa quedarte aquí? Me daré prisa.

-Me quedo -respondió ella-. Vamos, menos charla y más ducha.

Aden se sentía muy débil, y tuvo que apoyarse en la pared para poder levantarse del suelo. Mientras tomaba la ropa limpia del armario se mareó. Sin embargo, al final consiguió llegar al baño y darse una ducha. Era la primera ducha privada que se daba en su vida. Aden se preguntó hasta dónde llegarían las habilidades de MaryAnn. Ojalá él pudiera disfrutar más de su soledad. Sí, disfrutar de verdad. Pero no podía, tenía que darse prisa, tal y como había prometido.

Cuando terminó, se puso unos vaqueros y una camiseta y volvió a su dormitorio. justo antes de llegar a la puerta, percibió un olor a sándwich de mantequilla de cacahuete que lo llevó hasta la cocina. Había un montón de ellos en una bandeja, pero no vio a ninguno de los chicos. Deberían estar allí, estudiando.

«Tú has matado a su profesor, ¿no te acuerdas?».

Con una nueva punzada de tristeza y de culpabilidad, Aden confiscó dos de los sándwiches, se los comió de dos mordiscos y buscó por el resto del barracón. Todas las tareas estaban hechas, así que los chicos habían estado allí. El suelo estaba fregado y encerado, la mesa de roble estaba reluciente y las sillas no tenían ni una mota de polvo. Las paredes también estaban limpias, y todo olía a jabón.

Sin embargo, los chicos no estaban por ninguna parte. ¿Estarían bien? ¿Dónde...?

De repente, oyó unas risas.

Se acercó a la ventana del vestíbulo, descorrió la cortina y vio a los chicos, jugando al fútbol en el campo que había entre la casa principal y el barracón, bajo el cielo cubierto y gris.

Aden sintió una punzada de celos.

Aquello era todo lo que él había querido tener. Amigos, juegos. Aceptación. Y en aquel momento lo tenía, pero también tenía demasiadas dificultades como para poder disfrutar de ello.

-Os vais a meter en un lío -les dijo, aunque no pudieran oírlo. Dan, el dueño del rancho, su tutor legal, no estaba. Aden no veía su camioneta por ningún lado. Sin embargo, Meg, su esposa, casi nunca salía de la casa principal, y le diría a su marido lo que había pasado.

Pero sin profesor, no había estudios, supuso Aden, y su sentimiento de culpabilidad aumentó. Dan tendría que encontrar a un profesor nuevo, y no tendría ni idea del motivo por el que se había marchado el señor Thomas, de una manera tan repentina como había aparecido.

AAden le caía bien Dan. Lo respetaba mucho. El hombre era honorable, y de veras quería darles a los chicos una vida mejor. Sin embargo, Aden siempre estaba haciendo que su vida fuera más difícil. «No pienses en eso ahora».

Al volver a su habitación, Aden encontró a Mary Ann en la cama todavía, apoyada en el cabecero, leyendo uno de los libros de Shannon. Cuando él cerró la puerta, ella alzó la vista.

-Mucho mejor -dijo, y asintió.

-Gracias por quedarte.

-De nada -respondió ella, y dejó el libro a un lado-. ¿Cómo te encuentras?

-Tan bien como huelo.

Ella se echó a reír, tal y como él quería que se riera Victoria.

-Jan bien?

-Siento que hayas tenido que quedarte.

-No me ha importado. De todas maneras quería hablar contigo de una cosa.

Él se sentó en el escritorio, maravillándose de que no hubiera absolutamente nada fuera de lugar. Después de que Riley y Thomas hubieran destrozado todo el edificio en aquella otra dimensión, lo cual todavía le causaba espanto, Aden se esperaba que hubiera alguna señal de lo que había ocurrido. Sin embargo, no había nada. Ni una salpicadura de sangre.

-¿Me estás escuchando? -le preguntó Mary Ann, riéndose de nuevo-. Creía que las almas se quedaban calladas cuando estabas conmigo.

Él sonrió con timidez.

-Lo siento. Estoy tan acostumbrado a estar dentro de mi cabeza, que a veces me pierdo allí.

-Bueno, estaba diciendo que tú sabes luchar.

-Sí -respondió él.

Había estado luchando toda su vida. Con otros pacientes de los sanatorios mentales, con médicos, con otros niños de acogida... Con muertos vivientes a los que Julian despertaba de su sueño eterno.

-Bueno -dijo MaryAnn, irguiendo los hombros-, pues quiero que me enseñes.

Él arqueó una ceja. No sabía si la había entendido bien.

-¿Quieres que te enseñe a patear traseros? ¿A luchar?

-Quiero aprender a defenderme y a atacar, sí.

Había una gran diferencia entre los movimientos de defensa propia y los movimientos de ataque. Una diferencia grande y peligrosa.

-A Riley no le va a gustar.

-Tendrá que acostumbrarse. Yo necesito hacer esto. No quiero seguir siendo un lastre.

Aden sí entendió aquello. Perfectamente.

-Te enseñaré.

Ella dio unas palmaditas de alegría.

-Gracias.

-De nada -dijo él-. ¿Cuándo quieres empezar?

-Todavía nos quedan unas cuantas horas hasta que tenga que volver a casa del instituto. No puedo creer que vaya a decir esto, en vez de salir corriendo a clase, pero... ¿por qué no empezamos ahora?

Los sándwiches le habían dado fuerza, pero todavía no estaba recuperado al cien por cien. De todos modos, asintió. Aquella chica había sido la primera persona que lo había aceptado tal y como era. Se lo debía.

-Tendremos que salir a la parte trasera. Los chicos están en la parte delantera, y es mejor que no nos vean.

-Me parece bien.

Fuera, el cielo estaba cada vez más encapotado, y el aire era frío y húmedo. Se avecinaba una tormenta.

Él situó a Mary Ann en la hierba, y se puso ante ella.

-Lo primero es la defensa. Y para hacerlo, tienes que aprender cómo te golpeará la gente. Eso significa que tengo que golpearte.

Ella asintió.

-De acuerdo. Estoy lista.

Las siguientes horas pasaron rápidamente, y al final, ambos estaban sudorosos, manchados de hierba y exhaustos, y también llenos de barro y mojados. Quince minutos antes había empezado a lloviznar. Mary Ann tenía bastantes moretones. Aden también. Había recibido puñetazos, golpes, codazos y empujones. Y, sí, él le había hecho lo mismo a Mary Ann. La experiencia era el único modo de aprender. Porque si ella temía el dolor, se aco bardaría cuando tuviera que actuar. Así que tenía que enseñarle que podía soportarlo todo.

Y sorprendentemente, ella lo había aguantado todo. Mucho mejor de lo que él esperaba.

-Bueno, dime lo que has aprendido hasta ahora -le dijo.

-Gritar es bueno. Y dar puñetazos a la gente en la garganta es mucho mejor que dárselos en la cara o en el estómago. Además, cualquiera, incluso las niñitas frágiles, puede dar un buen puñetazo en la garganta, porque no hace falta que sea muy fuerte para causar mucho daño. También, que debo usar los puños como si fueran martillos, o incluso golpear con la palma abierta.

-Bien. ¿Y qué más?

-Cualquier cosa puede usarse como arma. Una piedra. Una llave. El bolso.

Él asintió.

-¿Y qué más?

-No debo usar los dedos de los pies al dar patadas. No tienen suficiente fuerza. Debo usar la parte plana del pie. Y puedo darle un rodillazo a mi atacante en la entrepierna. No sólo está permitido, sino que es recomendable. Como meter los dedos en los ojos. No debo temer el hecho de causarle dolor a esa persona, puesto que su principal objetivo es causarme dolor a mí. Si estoy de espaldas a mi atacante, debo intentar darle un codazo en la cara. Eso duele mucho, y aturde, y me da la oportunidad de intentar huir.

-Muy bien. Ahora, vamos a poner a prueba esa información. Voy a atacar tu cuello -le advirtió Aden-. Tengo intención de ahogarte. ¿Te acuerdas de lo que tienes que hacer?

Mary Ann asintió.

-Tengo que poner mis brazos entre los tuyos todo lo rápido que pueda, y golpear tus codos con los míos.

-¿Y?

-Y darte un rodillazo en la entrepierna.

-Sí, pero eso último sólo vamos a fingirlo, ¿de acuerdo? Y, a propósito, un atacante no te explica sus planes normalmente.

Ella sonrió.

-Por mucho que yo deseara lo contrario.

La próxima vez, Aden no iba a explicarle lo que iba a hacer. Simplemente, actuaría, y ella tendría que arreglárselas sin tiempo para pensar de antemano.

-¿Lista?

-Lista...

Se oyó el crujido de la hojarasca a unos cuantos metros, y ambos se dieron la vuelta.

-¿Aden? ¿Mary Ann?

Shannon acababa de salir del bosque, con la mochila colgando de un brazo.

-Hola -dijeron ellos al unísono.

-No-no sabía dónde habías ido de-después de comer -le dijo Shannon a Mary Ann.

Ella se sintió culpable.

-Tenía que haberte dicho que me marchaba. Lo siento. Pero si estás en casa, significa que las clases ya han terminado y que tengo que irme -dijo. Se acercó a Aden y le dio un beso en la mejilla-. ¿Vas a estar bien? -le preguntó, y le dijo en un susurro-: Porque el hada va a volver. En cuanto yo me marche, volverá.

-Ya lo sé. Y sí, voy a estar bien -mintió Aden. No tenía ni idea de cómo enfrentarse a Thomas, ni sabía hasta dónde iba a llegar el fantasma. Le dio a Mary Ann un suave empujón hacia el bosque, y le dijo-: Márchate a casa antes de que tengas un problema con tu padre.

-Voy a llamarlo para decirle que me marcho a la biblioteca. Lo cual es cierto. Quiero buscar algunos libros sobre encantamientos y ese tipo de cosas. Te mantendré informado.

-Gracias.

-De nada. Gracias a ti por las clases. Aunque mi gratitud no te va a salvar de mi ira feroz durante la siguiente lección.

-Ésa es la actitud, chica -le dijo él entre risas-. Pero tal vez debieras pasar por casa a cambiarte antes de ir a la biblioteca -añadió, mirando sus pantalones llenos de barro.

-¡Creo que sí! -respondió ella, riéndose también. Después le dio un beso en la mejilla a Shannon y se alejó.

Cuando llegó a la línea donde comenzaban los árboles, un par de ojos verdes y unos dientes muy blancos resplandecieron por entre los arbustos.

«Un animal escondido». Al darse cuenta, Aden se sobresaltó y comenzó a correr. Pero entonces, Mary Ann volvió a reírse con alegría, con libertad.

Aden se dio cuenta de que era Riley, y se detuvo. Riley debía de estar enfadado, además. Aquel gesto ceñudo se lo había dedicado a él; Aden estaba seguro. ¿Había visto la clase de defensa propia? ¿O había visto a Mary Ann darle un beso en la mejilla?

Lo averiguaría más tarde. Aden sabía que, antes, Riley iba a acompañar a Mary Ann a casa.

«Gracias a Dios», dijo Julian. «Hemos vuelto».

«¿Qué ha pasado mientras no estábamos?», preguntó Caleb. «¿Por qué estamos fuera?».

«¿Estabais peleándoos?», preguntó Elijah.

-Chicos -murmuró Aden-. Os lo explicaré después.

Shannon lo alcanzó con cara de preocupación.

-¿Do-dónde has esta-tado hoy? Le di-dije a Dan quque ya te habías marchado al institu-tuto esta mañana, así que por eso no t-tienes que preocuparte.

-Gracias -dijo Aden.

Todavía le asombraba que Shannon y él se hubieran hecho amigos. No habían empezado así, pero con el paso del tiempo estaban bastante unidos. Y era agradable. Pero de todos modos, no podía decirle la verdad a Shannon. El chico no sabía nada del mundo real y de las criaturas que lo habitaban, y era lo mejor.

-Vamos a casa y te lo contaré todo.

Pero nada.

Pasaron al barracón, donde los demás ya estaban duchados y vestidos, viendo la televisión en el salón, como si hubieran terminado los deberes como chicos buenos.

Aden los saludó y siguió caminando. Shannon y él tenían que hablar, pero Aden todavía no sabía lo que iba a decir. Después, necesitaba pasar algo de tiempo a solas para hablar con las almas, aunque no sabía adónde iba a ir.

-Bien, bien -dijo una voz familiar cuando entraron en la habitación-. Mira quién ha vuelto. Yo.

«Fantástico», gruñó Caleb.

«Nada bueno», dijo Elijah con un suspiro.

Aden no tuvo que darse la vuelta para saber que el príncipe fantasma había vuelto. Apretó los puños con fuerza mientras se preguntaba si alguna vez podría tener una vida normal.

-¿Aden? -dijo Shannon-. ¿Estás bien? Los chicos te han preguntado si querías ver los deportes con ellos.

Al mismo tiempo, Thomas exigió saber:

-Dime lo que me has hecho. Dime por qué estoy aquí, y por qué mi gente no puede verme ni oírme. ¡Nadie puede, salvo tú! ¡Dímelo!

Todas las voces se mezclaron, y las palabras se volvieron ininteligibles. Aden sabía que no iba a poder tener una conversación con Shannon. Tampoco iba a encontrar un momento para hablar con las almas.

Sin saber qué otra cosa podía hacer, se tapó los oídos y se tiró al colchón para esperar a que pasara la tormenta.