12

En el rancho, Aden comió un sándwich. O cinco. Después se duchó, mientras el señor Thomas permanecía fuera de la ducha, gritándole. Él apoyó las manos a cada lado del grifo y dejó que el agua caliente le cayera directamente en la cara, intentando no preocuparse por el hecho de que su primera ducha en pareja fuera con un tipo.

-Hueles como mi hermana -rugía el hada-. ¿Dónde has estado?

Así que la señora Brendal no mentía.

-Háblame de ella. De tu hermana -le ordenó Aden.

- -¡No se te ocurra tocarla! ¿Me oyes? Antes te mataré.

-Te oigo. Aunque sé que te va a resultar difícil cumplir con tu amenaza, porque tú eres el que está muerto.

No debería animar aquella conversación, pero tenía la esperanza de que Thomas aceptara lo que era y se callara.

-De todos modos, que conste que no tengo intención de hacerle nada a tu hermana.

Hubo una pausa. Corta, como siempre.

-Quiero marcharme. ¿Por qué no puedo hacerlo?

-Para poder irte de este mundo tienes que hacer en la muerte lo que lamentas no haber hecho en vida -dijo Aden, dándose la vuelta. Eso lo sabía con seguridad, porque así era como había perdido a la dulce y maternal Eve.

Thomas se cruzó de brazos.

-Mi último deseo era matarte.

-Entonces, supongo que estamos condenados a vivir juntos, porque tú no puedes agarrar un arma -dijo Aden, y cerró el grifo. Salió de la ducha y tomó una toalla.

Thomas continuó despotricando, pero Aden se aisló con facilidad. Y no por efecto de ninguna medicación.

Durante el trayecto de vuelta a casa, Dan le había dicho que continuara tomando las nuevas pastillas para prevenir cualquier susto como el del día anterior. Incluso había acompañado a Aden a su cuarto, y le había observado mientras él se ponía la píldora en la lengua y bebía agua. Por supuesto, en cuanto Dan se marchó, Aden escupió la pastilla. Debía de estar mejorando mucho en su capacidad de meter en compartimentos cada una de sus distracciones, como había hecho con Shannon en el bosque. O tal vez estuviera demasiado distraído como para escuchar.

¿Qué le había hecho el doctor Hennessy? Había comenzado a contarle a Dan lo de la hipnosis forzada, pero había cambiado de opinión en cuanto Dan se había mostrado partidario de que tomara las pastillas.

Aden se secó y se sujetó la toalla en la cintura. Fue a su habitación y la encontró vacía. ¿Dónde estaba Shannon? Oyó murmullos en la otra habitación, aparentemente de enfado, pero la puerta estaba cerrada y no distinguió quién estaba discutiendo con quién. A aquellas horas de la noche, los chicos se encerraban en sus habitaciones y hablaban con sus compañeros.

Con un suspiro, Aden se puso sus acostumbrados pantalones vaqueros y una camiseta.

-¿Vas a salir otra vez? -gritó Thomas, exigiendo su atención. El fantasma se paseaba de un lado a otro de la habitación-. ¿Adónde vas? ¡No puedes dejarme aquí!

«Ponte algo más sexy», le recomendó Caleb a Aden. «Vamos a ver a Victoria».

«Déjalo en paz», dijo Elijah. «Tenemos cosas más importantes en las que pensar. De veras, nadie ha mencionado desde hace días a los padres de Aden. ¿Cuándo vamos a empezar a buscarlos? El hecho de encontrarlos nos beneficiaría a todos».

Sus padres. Él había conseguido no pensar en ellos durante aquellos días, y el recordatorio de Elijah fue como si lo empujaran delante de un autobús en marcha.

Ellos lo habían abandonado cuando apenas sabía andar, y nunca habían vuelto a interesarse por él. Los odiaba por haber hecho eso; sin embargo, tenía que hablar con ellos cuanto antes. Tal vez ellos supieran por qué era como era. Tal vez tuvieran un pariente que se pareciera a él.

Y tal vez pudiera dar con información valiosa sobre Caleb, Elijah y Julian mientras los buscaba. Como por ejemplo, quiénes eran en vida y cuál había sido su último deseo. Entonces, podría liberarlos. Si todavía querían irse.

«¿Estás ansioso por morir, o algo así?», le preguntó Julian al vidente.

Aden había temido aquella conversación, porque tenía miedo de las respuestas.

«Sí. No. No lo sé. Tengo curiosidad por saber quién era. Tal vez, como Eve, yo conocía a los padres de Aden. Tal vez hice algo maravilloso en mi vida. Saberlo sería agradable. Y como mínimo, cuanto más podamos averiguar sobre las habilidades de Aden, mejor equipados estaremos para ayudarlo a enfrentarse con lo que está ocurriendo a su alrededor estos días».

«Bueno, yo tengo hambre», dijo Caleb. Aden supuso que el alma estaba tan asustada como él. «Hazme un favor y ve a ver si la señora Reeves tiene sándwiches de sobra en la cocina».

-Un minuto -dijo Aden, mientras se ponía las botas.

-Te he hecho una pregunta -rugió Thomas-. ¿Adónde vas? ¡Respóndeme!

-¿O qué? ¿Me vas a dar una torta? -preguntó Aden con sarcasmo.

Se abrió la puerta, y entró Shannon. Se detuvo y miró a Aden.

-Estás muy bien -dijo, y se ruborizó, como había hecho antes-. No-no qu-quería...

-Lo sé -dijo Aden, riéndose-. No te preocupes.

Thomas se quedó callado e inmóvil, escuchándolo todo.

-Me-me alegro de haberte alcanzado.

Shannon cerró la puerta y se apoyó contra ella con los ojos cerrados. Suspiró con cansancio.

-¿Ocurre algo?

Shannon abrió los ojos lentamente. Tenía los ojos muy verdes, llenos de aprensión.

-Ne-necesito de-decirte una c-cosa. Tienes que sabberlo, y yo no puedo callárme-melo más...

-Entiendo -dijo Aden. Los secretos podían angustiarlo a uno. La prueba: Aden estaba lleno de agujeros-. Puedes contármelo, sea lo que sea. No voy a juzgarte. Como si yo pudiera -añadió, y se apoyó en el escritorio con los brazos cruzados. Miró a Thomas, que seguía escuchando, y decidió continuar de todos modos-. Soy Aden el Loco, ¿no te acuerdas?

-Tú no est-tás loco.

-Gracias.

Shannon tomó aire.

-Somos compa-pañeros de habitación, y si lo averiguas más tarde, que-querrás mata-tarme.

«Parece algo grave. ¿Crees que...?», gruñó Caleb. «¿Crees que se le ha insinuado a Victoria?».

«No. Seguro que asesinó a su último compañero de habitación», dijo Julian.

- ¡Dímelo! -exclamó Aden. No quería ser brusco, pero al pensar en que Shannon y Victoria hubieran podido estar juntos, se...

-Soy... Soy gay... -dijo Shannon. Pronunció las palabras con vergüenza, remordimiento y culpabilidad.

Gay. Aden pestañeó. ¿Eso era todo? ¿En serio?

-Bueno.

-Pero... ¿es que no me has entendido? Soy rarito.

Aden puso los ojos en blanco.

-A mí no me lo pareces. A veces eres una pesadez, pero yo no diría que eres raro.

-Ya sabes lo que quiero decir -replicó Shannon.

-Entonces, ¿es demasiado pronto para bromear sobre ello?

Shannon frunció el ceño.

-Shannon, de veras. Eres gay, no eres un enfermo. No pasa nada. No me preocupa.

El gesto ceñudo desapareció, porque Shannon se había quedado asombrado.

-Pero... Compa-partimos hab-bitación.

-¿Y qué? ¿Te da miedo que me ponga demasiado cariñoso?

Eso hizo que Shannon sonriera tímidamente y perdiera bastante tensión.

-¿De verdad no te imp-porta?

-Sí, de verdad.

-Gracias.

-¿Soy el único que lo sabe? -preguntó Aden-. ¿Quieres que te guarde el secreto?

-Ryd-der lo sabe.

Aquel día en el bosque, el rubor, el hecho de que Ryder no mirara a Shannon... Ah. Todo había cobrado sentido.

Shannon se miró los pies, tomó aire de nuevo y golpeó suavemente la cabeza contra la puerta, una, dos veces.

-Pe-pensaba que él también lo era, pe-pero no. Él no es gay.

Estaba claro que Shannon había albergado aquella esperanza.

-¿Tus padres te echaron de casa por el hecho de ser gay? -preguntó Aden.

Shannon asintió.

-Es uno de los mot-tivos. Habían oído hablar de-del rancho de Dan, y lo llamaron. Yo me hab-bía metido en líos, algún rob-bo, borracheras, ese tip-po de cosas. Sólo po-podía venir aquí, o ir a parar a la calle. Vine aquí.

-Buena elección.

Otra sonrisa.

-Yo también lo pienso.

Alguien tocó la ventana, y Thomas siseó. Shannon se irguió, y Aden se dio la vuelta. Allí, más allá del cristal, había una muchacha rubia. Era la hermana de Victoria.

Aden se preocupó al verla. Caminó hasta la ventana y la abrió todo lo rápidamente que pudo. El aire frío de la noche entró en la habitación.

-¿Stephanie?

Ella hizo un globo de chicle. La luna iluminaba la palidez de su piel.

-La misma.

-Otra princesa de Vlad. Debe morir -dijo Thomas, y se arrojó hacia ella con intención de atacarla. Sin embargo, se chocó con el mismo muro invisible que Aden se había encontrado en el mundo de Thomas. Cuando se dio cuenta de que estaba atrapado, golpeó la pared con las manos.

Aden se concentró en la muchacha vampiro.

-¿Qué haces aquí? ¿Es que le ocurre algo a Victoria?

-Físicamente no, pero yo soy una de las chicas a las que han elegido para que salga contigo. Así que mentalmente sí, sí le ocurre algo.

A él no le gustó oír aquello.

-Llévame con ella. Necesito...

-Tranquilo, vaquero. Estará bien.

Eso no era suficiente.

-De todos modos, llévame con ella. Y para que lo sepas, no vamos a salir juntos.

-Porque tú sólo quieres a Vic. Sí, sí, ya lo sé -dijo Stephanie, y miró al cielo con resignación-. También sé que a ella le gustas tú, y que no quiere que ninguna extraña se te acerque, sobre todo porque no puede fiarse de que no te muerdan y te esclavicen. Así que aquí estoy yo. Elegida, y sin resistirme a ello.

En aquel momento, la chica abrió los brazos y le ofreció una vista completa de su camiseta roja y su minifalda microscópica.

-Yo, en todo mi esplendor. ¿Sabes lo afortunado que eres? Lauren y yo estábamos comprometidas con otros, pero con la muerte de Vlad, todo se ha anulado, y ahora tú tienes una oportunidad conmigo. Y tal vez prefieras retirar tu orden, rey todopoderoso, porque si te llevo a su lado ahora, me quitarán de la lista, y es mejor para todo el mundo que esté en ella.

A él se le formó un nudo en el estómago.

-Entonces, ¿las cinco chicas ya están elegidas?

-Sí. El consejo no quería que salieras con otra de las chicas de Vlad, pero la mayoría de las otras muchachas no quieren estar contigo. Lo siento, pero es que eres humano, y todo eso. Aunque sus padres sí quieren emparentar con la casa real. A propósito, conozco a todas las chicas de la lista, y la verdad es que he cambiado de opinión. No eres tan afortunado.

-No me había dado cuenta -ironizó él.

Stephanie se echó a reír, y su carcajada fue muy musical.

Aquélla era la risa que quería oír de Victoria, por lo menos algún día. Pronto, pensó con melancolía. Entonces se sintió culpable. Victoria era perfecta tal y como era. Era lista, leal y comprensiva con él y con su pasado. No lo juzgaba, y lo aceptaba. Y a él no le importaba tener que trabajar para conseguir una de sus preciosas sonrisas. Incluso le gustaba hacerlo. Se sentía orgulloso y excitado cuando se ganaba una. Salvo que ella se merecía ser feliz todo el tiempo, y en aquel momento, seguramente él era la causa de que estuviera triste.

Por lo menos, Aden esperaba que lo estuviera, aunque sólo fuera un poco.

Sintió más culpabilidad. No debería querer que ella tuviera celos, pero prefería los celos a la indiferencia que le había demostrado en la mansión de los vampiros.

-¿No vas a invitarme a pasar? -preguntó Stephanie.

É1 miró hacia atrás. Shannon todavía estaba apoyado en la puerta, y tenía una expresión de curiosidad. Thomas continuaba aporreando el muro invisible.

-En realidad -dijo Aden, volviéndose hacia ella de nuevo-, voy a salir ahí contigo.

Había quedado con Victoria, Riley y Mary Ann en el bosque, de todos modos. Dentro de... dos horas, pensó, al mirar el reloj. Faltaba mucho. Le caía bien Stephanie, pero estaba muy incómodo en aquella situación.

-Shannon... -dijo.

-Sí, ya-ya me lo sé. Vete. Yo te cubriré.

-Gracias.

Aden metió las dagas en las fundas de los tobillos y Stephanie dijo:

-Que no se te olvide el anillo.

El anillo de Vlad. Oh, sí. Sacó el ópalo del cajón donde lo había guardado después de volver de la mansión, se lo puso en el dedo y salió por la ventana. Dios, hacía frío. Cada vez que exhalaba se le formaba una nubecita de vaho delante de la cara.

Caminaron juntos hacia el bosque, pero antes de llegar a la línea de árboles, Stephanie lo agarró del brazo y lo detuvo.

-Ahí dentro están los duendes y los hombres lobo -dijo ella, y sus palabras fueron confirmadas por un aullido. El aullido fue seguido, inmediatamente, de un chillido espantoso que no podía haberse originado en una garganta humana. Aden se encogió.

-¿Y adónde vamos? -preguntó.

-Podemos ponernos románticos y sentarnos aquí a mirar las estrellas. Tengo que dar un informe cuando vuelva, ¿sabes? Así que tenemos que procurar que esto parezca lo más real posible. Mira -dijo Stephanie, y señaló hacia abajo.

Aden miró, y vio una manta negra extendida en el suelo. Así que iban a ponerse románticos de verdad. Con un suspiro, Aden se tendió en la manta y miró al cielo. Las estrellas brillaban como diamantes.

Stephanie se tumbó a su lado.

-Bueno, ¿y de qué quieres hablar?

«Me apuesto lo que quieras a que es muy suave», dijo Caleb.

«Nos vas a meter en un lío», replicó Elijah.

-Quiero hablar sobre Victoria -dijo Aden.

Ella soltó un resoplido.

-Me asombras. ¿De verdad? Bueno, ¿y qué quieres saber?

-Je parece bien que yo salga con ella?

-¿Por qué no? Eres mono.

Un cumplido. Algo sorprendente.

-Sí, pero tu otra hermana me odia.

-Pues sí. Como si fueras un sarpullido.

Aden sonrió. No pudo evitarlo.

-Gracias por no herir mis sentimientos.

-De nada.

-Eres... distinta -dijo él. Entrelazó los dedos por detrás de la cabeza, con la esperanza de calentarse las manos-. No eres como las demás.

-Lo sé. ¿No te parece maravilloso? -preguntó ella, dándole un golpecito con el hombro. Irradiaba un calor que envolvió a Aden.

Él sonrió todavía más.

-Victoria dice que te escapabas mucho.

-Sí. Cada vez que podía.

-¿No tenías miedo de tu padre?

-Claro que sí. Todos lo teníamos. Creía que castigar a una persona era la única manera de enseñarle algo, y ese hombre quería entrenarnos para que fuéramos el ejército invencible que siempre deseó tener cuando era humano. Sin embargo, su favorita era Lauren, así que a quien más atención prestaba era a ella, casi siempre. Yo... no tenía demasiado interés, supongo, pero él quería que mi madre estuviera contenta. Las mujeres eran su debilidad, aunque él nunca lo admitiera. No reconocía ninguna debilidad. De todos modos, se desentendió de mí. Ni siquiera me asignó un guardián lobo, y me dejó al cuidado de mi madre.

Hablaba como si aquel abandono de su padre no le importara, como si Vlad le hubiera hecho un favor.

-¿Y Victoria?

-¿Qué?

-¿También se desentendió de ella?

-No tenemos la misma madre, y a Vlad no le importaba hacer feliz a su madre. Así que no, no se desentendió de ella -dijo Stephanie, y se giró para mirarlo-. La presionaba para que se convirtiera en la siguiente Lacren. Si se reía, la castigaba. Si lo contradecía, la castigaba.

No era de extrañar que Victoria estuviera siempre tan seria, y que casi nunca se relajara. De repente, Aden se alegró de que Vlad hubiera muerto.

En aquel momento, al pensar aquello, hubo algo que le causó una gran inquietud. Se le puso el vello de punta y sintió una punzada de dolor en la cabeza. Siempre que pensaba en Vlad le ocurría aquello. ¿Por qué?

-Bueno, ¿y qué planes tienes para nosotros? -preguntó Stephanie-. Para nosotros los vampiros, quiero decir.

-Encontraros un nuevo rey -respondió Aden con sinceridad-. Antes de encontrarlo, no lo sé.

Stephanie abrió unos ojos como platos.

-¿De verdad no quieres ser rey?

-De verdad.

-Vaya. Eso es... asombroso. ¿Quién no quiere regir a los mejores vampiros del planeta?

-Yo.

Ella hizo un globo de chicle.

-Supongo que es una postura inteligente. Sólo eres un humano. Sin embargo, mientras, si llegas al día de la coronación, tengo unas cuantas sugerencias para ti.

-Espera. Recuérdame cuándo se va a celebrar la coronación.

-Dentro de doce días, amigo mío. Doce largos días. Durante ese tiempo eres el jefe, así que tu palabra es la ley. ¿Vas a escuchar mis sugerencias, o no?

-Oigámoslas.

-Primero, nada de togas negras. No te pusiste furioso cuando me quité la mía, y ahora no has dicho nada de que mi ropa sea inadecuada. Te lo agradezco. Sin embargo, necesitamos color. Mucho color. No sólo yo, sino todos. Pero todo el mundo tiene miedo del castigo que puede recibir por actuar sin la debida aprobación.

-Colores. Hecho -dijo él. Sabía que a Victoria le encantaba el color rosa, aunque lo mantuviera en secreto.

Stephanie dio unas palmaditas de alegría.

-Excelente. Se lo diré a todo el mundo cuando vuelva. Ahora, la segunda sugerencia -dijo. En aquel momento volvió a sonar uno de aquellos horribles gritos inhumanos, muy cerca, y Aden se levantó. Stephanie también-. Eh... Tal vez debiéramos trasladar la manta más cerca del rancho.

Se oyó un tercer grito, y los dos se pusieron en pie de un salto. Aden se sacó las dagas de las botas. A pocos metros, las hojas y las ramas comenzaron a crujir. Mientras él se situaba frente a Stephanie, un hombre pequeño y deforme salió de entre los arbustos y se dirigió directamente hacia Aden.

-Un duende -gritó Stephanie.

Entonces, no era un hombre. La criatura le llegaba a Aden por las rodillas. Tenía las orejas terminadas en punta, la piel amarilla y los ojos rojos como el fuego. Y lo peor era que tenía los dientes afilados como sables. Aunque iba vestido, tenía la ropa hecha jirones, y en el lugar donde debería haber estado su corazón había un agujero.

Estupendo. No sólo era un duende, sino un duende muerto.

-Julian -murmuró Aden.

Si el alma estaba cerca de un muerto, el cadáver se despertaba. Siempre. Y entonces, por supuesto, el muerto atacaba a Aden para intentar alimentarse de su carne. Siempre.

«Lo siento», dijo Julian.

Aden había luchado contra muertos vivientes muchas veces, y sabía que la única manera de acabar definitivamente con ellos era decapitarlos. No obstante, nunca se había enfrentado a un muerto viviente no humano. ¿Funcionaría la decapitación en aquella ocasión? Tendría que averiguarlo.

Cuando la criatura llegó hasta él, Aden lanzó una cuchillada hacia su cuello, pero justo antes de poder cercenárselo, el duende le mordió la rótula.

A Aden se le escapó un aullido de dolor. Al instante notó un fuego en la pierna, que se le extendía hacia arriba. La adrenalina se le disparó por las venas, también, sofocando las llamas y manteniéndolo en pie. Le dio un puñetazo a la criatura en la sien y consiguió que descla vara los dientes de su rodilla, pero desgarrándole los pantalones y la carne. El pequeño demonio salió volando y cayó de costado.

El duende se quedó quieto un momento, mascando el pedazo de carne de Aden con cara de éxtasis. Aden se abalanzó sobre él y dio una cuchillada doble, cruzando los brazos como si fueran las aspas de una tijera. Sin embargo, el duende rodó por el suelo y escapó rápidamente de aquel movimiento mortal.

«¡Dale duro!», le animó Julian.

«Puedes con él», dijo Caleb. «Tal vez».

«Tranquilo», intervino Elijah. «Si eres capaz de inmovilizarlo...».

El duende saltó hacia él. Aden hizo un viraje brusco y la criatura pasó de largo y cayó al suelo. Se puso en pie de nuevo mientras Aden se cernía sobre él con las dagas alzadas. En aquella ocasión iba a conseguirlo. Nada podría detenerlo.

O tal vez sí.

Un lobo oscuro apareció de entre los árboles, pasó volando de un salto a su lado y aterrizó sobre el duende, a quien mordió en el estómago. Eso no paralizó al duende, sin embargo. La criatura gritó con ira, sin preocuparse del dolor. A los cadáveres nunca les importaba. Quizá ni siquiera lo sintiesen.

El lobo arañó con las garras la cara del duende. La carne chisporroteó, quemándose de verdad, y de las heridas brotó una sangre negra.

-Así no lo vas a matar -gritó Aden, corriendo hacia ellos.

El lobo lo miró con irritación. Tenía algunos desgarrones en el pelaje castaño oscuro y dorado de la cara, y también tenía un ojo hinchado, casi cerrado. Emitió un gruñido de advertencia.

«¡Apártate!».

Aquella voz masculina y grave resonó en la cabeza de Aden. Le resultó desconocida... Tal vez.

-No lo sueltes -dijo Aden.

Aunque sospechaba que el lobo podía atacarlo por interferir, alzó las dagas y las abatió sobre la criatura. Por fin. Lo consiguió. La cabeza del duende se separó de su cuerpo y rodó por el suelo. El cuerpo se retorció, y finalmente quedó inmóvil.

Aden estaba jadeando.

-Buen trabajo, chicos -dijo Stephanie mientras se acercaba a ellos-. Por un momento he llegado a pensar que estábamos perdidos.

El lobo clavó sus ojos azules en Aden. Entonces, él se dio cuenta de que se trataba de Nathan, el hermano de Riley. Acto seguido, el lobo se concentró en Stephanie. Pasó un momento en silencio.

Ella palideció y negó con la cabeza.

-No.

El lobo gruñó de nuevo.

Stephanie dio un paso atrás. Después otro.

-Pero si se supone que tengo que estar aquí. El consejo me lo ordenó...

Hubo más silencio. Otro gruñido.

-Muy bien -dijo ella, y se desvaneció.

Muy bien. ¿Qué era lo que acababa de ocurrir?

Nathan clavó la mirada en Aden.

«He matado a esa cosa, pero ha vuelto a la vida minutos después. ¿Cómo?».

El lobo estaba hablándole dentro de su cabeza. A Aden no le gustó aquel ruido extra, pero no iba a quejarse.

-Fue culpa mía -admitió-. Despierto a los muertos, pero sólo cuando estoy cerca de ellos -dijo-. Así que si matáis más duendes en el bosque esta noche, yo me desharía rápidamente de ellos si estuviera en tu lugar.

Nathan asintió.

«Gracias por proteger a la princesa».

La alabanza fue hecha de mala gana.

-Ha sido un placer. Pero, eh... ¿qué le has dicho para conseguir que se marchara?

Sabía que el lobo le había dicho algo, y no entendía por qué motivo los vampiros continuaban obedeciendo a los lobos, cuando se suponía que los vampiros eran los jefes.

«Te darás cuenta de que los lobos somos las criaturas más temidas del mundo. Incluso por parte de nuestros aliados. Y ahora, por favor, márchate de esta zona. Por si acaso».

Después, Nathan se alejó rápidamente.

-Tiene razón -dijo Riley, cuya voz sonó junto a Aden de repente-. Nuestras garras producen el mismo je la nurse que contiene tu anillo. Por eso los vampiros tienen buen cuidado de no enfurecernos. También es ése el motivo por el que intentamos no usar las garras para atacar a otras criaturas. No queremos que se hagan con el veneno.

Aden se volvió. Riley, Victoria y Mary Ann se acercaban a él. Los tres tenían el ceño fruncido. Riley tenía expresión de urgencia, Mary Ann de miedo y Victoria de... ¿preocupación?

-Y, sin embargo, ¿estáis a su servicio? -preguntó Aden.

-Sí -respondió Riley, sin dar más explicaciones-. Ahora debemos irnos -dijo-. Tenemos muchas cosas que hacer, y no precisamente secuestrar a una bruja. Lauren ya ha atrapado a una.

Victoria teletransportó a todo el mundo al sitio en el que estaba la bruja. Primero a Mary Ann y después a Riley. Finalmente, sólo quedó Aden. Cuando ella intentó tomarlo de la mano, él retrocedió. Sintió un terrible dolor en la rodilla, pero no dejó entrever su sufrimiento.

-Antes quiero hablar contigo -dijo.

-Aquí no estamos seguros -replicó ella.

Tras ellos, entre los árboles, aulló un lobo. Nathan. ¿Era una señal para que Victoria supiera que estaba protegida, y que no había cadáveres cerca? Eso esperaba Aden, porque si el aullido era un aviso para que salieran corriendo porque había despertado a otros cuerpos, no le habría importado. Aquello era demasiado importante. Lucharía contra cualquiera con tal de tener la oportunidad de resolver aquello con Victoria.

-No nos va a pasar nada.

-Pero éste no es momento para hablar -dijo ella, y le hizo una seña para que se acercara.

«Bésala primero, y después habla», le dijo Caleb.

«Yo estoy con Caleb», dijo Julian.

Aden hizo caso omiso de sus recomendaciones. Se apoyó contra el tronco de un árbol y se cruzó de brazos. Aquel movimiento, aunque fue muy leve, le provocó otra ráfaga de dolor en la rodilla. Le había mordido un cadá ver; eso le había sucedido muchas veces antes, así que sabía que aquello sólo era el comienzo. La saliva de los muertos vivientes era venenosa, y aquel veneno ya estaba actuando en él, abrasándolo.

Al día siguiente iba a desear estar muerto. Otra vez.

Estuvo a punto de echarse a reír. ¿Acaso nunca iba a tener un respiro?

-Aden -dijo Victoria. Su voz lo sacó de aquellos pensamientos.

-Por supuesto que es buen momento para que hablemos -dijo él-. Los demás estarán interrogando a la bruja, y para eso no nos necesitan.

Victoria alzó la barbilla.

-Muy bien, hablemos. ¿Por qué no comienzo yo?

Ella también se cruzó de brazos. La luz de la luna iluminaba su piel perfecta. Tenía los ojos, tan azules, clavados en él, y un mohín en los labios rojos que lo atraía sin remedio. No era de extrañar que los chicos quisieran besarla primero y hablar después. Era preciosa.

-Cuéntame cómo ha sido la cita con mi hermana -le ordenó ella.

Ay. Debía habérselo esperado.

-Yo no lo llamaría cita. Hemos hablado de los posibles cambios para beneficiar a tu gente. Como que el rosa se convierta en el nuevo negro. Después hemos hablado de ti -dijo Aden. O, lo habrían hecho de no haber sido por la aparición del duende-. Sobre lo mucho que... te quiero.

Por fin lo había dicho. Si había algún momento adecuado para hacerlo, era aquél. Aden no quería que Victoria se sintiera insegura acerca de lo que él sentía por ella.

-Eres valiente, y cariñosa, y me ves como un igual, no como un estorbo. Me siento mejor cuando estoy contigo. Mejor conmigo mismo, y con todo lo demás.

Ella se quedó boquiabierta.

-¿Me quieres?

-Sí. Te quiero -repitió él-. Pero tú no tienes que decírmelo a mí. Entenderé que no hayas llegado todavía ahí.

Sí, lo entendería, aunque no estaba seguro de que fuera a gustarle.

La expresión de Victoria se suavizó; se miró los pies, y se retorció las manos. Tenía las mejillas suavemente rosadas. ¿Se había ruborizado? ¿Acaso le avergonzaba la confesión que acababa de hacerle él? ¿O se había alimentado recientemente? ¿Y de quién?

Aden sintió una punzada de celos en el pecho.

«Tienes que superar eso», se dijo. «Es una chica vampiro. Es lo que tiene que hacer para sobrevivir».

-Yo... también te quiero, Aden.

Gracias a Dios. Los celos desaparecieron. Victoria lo quería. Lo quería de verdad.

-Dilo otra vez.

Nadie lo había querido antes. Nadie.

-Yo también te quiero. Mucho. Eres fuerte y leal, y me entiendes mejor que yo misma. Así que te quiero, sí -repitió Victoria.

Aden nunca se cansaría de oír aquellas palabras.

-Y como te quiero tanto -prosiguió ella suavemente-, tengo que decirte que las otras chicas no van a permitir que te limites a hablar con ellas. O más bien, sus padres. Tendrás que ser romántico. Con ellas, no con sus padres. Dios, lo estoy liando todo. Lo que quiero decir es que no hay manera de librarse de ello. Tienes que salir con ellas de verdad.

-No. Claro que no. Me niego a verlas -dijo él. Tan sencillo como eso: él la quería, y ella lo quería a él.

No, nunca se cansaría de aquellas palabras.

-No puedes. Te lo he dicho. Eso causaría problemas. Problemas violentos.

-Me da igual. Tú eres más importante.

Victoria alzó la cabeza durante un instante, yAden percibió un brillo de esperanza en sus ojos. Sin embargo, ella enmascaró sus emociones rápidamente y volvió a mostrarle una expresión vacía. Un vacío que él desdeñaba.

-En realidad, no, no lo soy -respondió Victoria-. Ahora tú eres el rey, y tú eres el más importante para mi gente.

Aden frunció el ceño.

-Mira, no tengo mucho tiempo, Victoria, y no quiero malgastarlo discutiendo. Y menos ahora.

-Eso es lo que he dicho yo, pero después tú has dicho que...

-Me refiero a que no me queda mucho tiempo de vida -la interrumpió él-. Esta noche no.

Aquel recordatorio silenció a Victoria. Conocía la predicción de Elijah. Sabía que la vida de Aden llegaría pronto a su fin.

-Oh.

-De todos modos, tu gente necesitará un rey nuevo, y yo voy a encontrárselo.

Tal vez Riley. Los vampiros estaban dispuestos a permitir que los gobernara él, un humano. Entonces, ¿por qué no podría hacerlo un hombre lobo a quien, además, ya respetaban? Asintió; le gustaba aquella idea. Mucho. Era un plan perfecto, salvo que... Sintió una punzada de irritación al pensar en renunciar al título. ¿Por qué? No tenía sentido.

Se concentró en aquel momento. Había luchado por poder disfrutar de él, y no iba a estropearlo.

-Como ya te he dicho, no quiero pasar estos minutos peleándome contigo. Y no quiero pasármelos rechazado por motivos que desconozco.

Victoria se quedó inmóvil, observándolo en silencio. Intentando averiguar... ¿Qué? Aden no lo sabía. Finalmente, ella suspiró.

-¿Qué es lo que quieres saber? Te lo explicaré.

-¿Qué sientes en este momento acerca de que tenga que salir con esas chicas?

Caleb se echó a reír.

«¡Tío! Pareces una chica, con eso de querer saber de sus sentimientos y todo ese rollo».

«Es un principio básico de la seducción. Compórtate como una chica, y conseguirás a la chica. ¿Es que no lo sabes, Caleb? Yo pensaba que tú eras el experto», le respondió Julian.

Ella se frotó las palmas de las manos contra los muslos.

-Bueno, estoy... furiosa.

¿Con él?

-No lo parece. Y tu voz no suena a furia.

-Estoy conteniendo mis sentimientos. Es lo que diría Stephanie.

-Pues libéralos. Te sentirás mejor, te lo prometo.

Ella negó agitadamente con la cabeza.

-Es demasiado peligroso.

-¿Para quién?

-Para ti.

-Inténtalo -le dijo Aden. A menos que... -. El monstruo que tienes dentro...

Victoria tragó saliva y dio dos pasos atrás.

-¿Qué pasa con él?

-¿Crees que el monstruo me haría daño si me lo contaras? ¿Es eso?

-No. Tengo las marcas. Aunque de todos modos yo nunca corro riesgos con mi bestia. Eso no lo hacemos ninguno.

-Entonces, ¿todos los vampiros alojan un monstruo?

-Sí.

-¿Y alguno de ellos ha perdido alguna vez el control sobre su monstruo?

-Sí. Es espantoso. No hay palabras para describir los daños que ocurren.

Así que... el misterio estaba por fin resuelto. Pese a que lo hubiera negado, el miedo de Victoria tenía su origen en lo que ella pensaba que podía hacerle aquel monstruo enigmático.

-Háblame de esos monstruos. Dime por qué te dan tanto miedo, y por qué yo también debería sentirlo.

-¿Estás seguro de que quieres saberlo?

-Sí. Completamente seguro.

-Muy bien. Entonces, te lo contaré. Nosotros no podemos cambiar de forma como los hombres lobo. No adoptamos otras formas. Sin embargo, el monstruo sale de nosotros como una entidad separada, y cuanto más tiempo permanece ese ser fuera de nuestros cuerpos, más sólido se convierte su cuerpo. Y, a medida que su cuerpo se hace más sólido, se debilita la fuerza que lo encadena a nosotros.

-¿Y no sería una ayuda poder liberarte de esa bestia?

-¿Una ayuda? -preguntó ella con una carcajada seca-. No. A medida que se solidifica y se fortalece, nosotros nos convertimos en objetivos de lo que antes era nuestra mitad más oscura. Nos culpan por haberlos tenido atrapados en nuestros cuerpos, y nadie está seguro. Y deberías saber que mi bestia ha estado golpeándome la cabeza desde que te conocí, y cada vez que estoy contigo lo hace con más fuerza, porque quiere salir.

Estaba bien saberlo. Y era horripilante, también. Sin embargo, él no iba a permitir que su miedo le impidiera seguir avanzando hacia Victoria, y seguir demostrándole que podía enfrentarse a cualquier cosa que ella le planteara. Aunque eso significara que tenía que ser un príncipe azul y matar a su dragón. Literalmente.

-¿Y ese monstruo habla contigo?

-No. Normalmente está silencioso, y no pronuncia palabras. Algunas veces ruge, y cuando tengo hambre, siento su sed de sangre. Últimamente hemos tenido mucha hambre.

La mente de Aden comenzó a trabajar febrilmente. ¿Cómo habían atrapado los vampiros a aquellas criaturas en su interior? Lo más probable era que Victoria hubiera nacido con la suya. Era hija de vampiros, y no una humana transformada en vampiro al beber sangre como su padre y algunos de sus seguidores. Y nadie había conseguido experimentar esa transformación desde hacía muchos años.

¿Eran los monstruos el motivo por el que habían cambiado, y habían sobrevivido a aquel cambio, cuando otros no lo habían conseguido durante varios siglos?

-Je he asustado tanto que te has quedado sin palabras? -preguntó Victoria fríamente.

-Pues no.

Aden se dio cuenta de que eran mucho más parecidos de lo que él pensaba. Ella también sabía lo que era tener una batalla de ruido en la cabeza. Y ella también sabía lo que era tener miedo de perder el control.

-Sin embargo -dijo-, tenemos que aclarar una cosa.

Victoria lo miró con sorpresa. Aden nunca había usado un tono tan autoritario con ella. Sin embargo, Victoria lo había ayudado a aceptarse a sí mismo, y él iba a ayudarla a hacer lo mismo.

-¿Soy tu rey? -le preguntó.

Caleb soltó un grito de entusiasmo.

«Oh, esto me encanta», dijo.

«Ten cuidado, o su monstruo te va a comer», le advirtió Julian a Aden. Después preguntó: «¿Tienes algo que decir al respecto, Elijah?».

«Lo siento, pero estoy en blanco».

Victoria frunció el ceño debido a la confusión.

-Sí. Sabes que sí.

-¿Y tienes que hacer todo lo que yo diga?

-Sí -respondió ella, esa vez entre dientes. Claramente, sabía lo que iba a decirle Aden.

-Pues, como rey tuyo, te ordeno que liberes aquí mismo tus sentimientos. Ahora. Vamos, suéltalos.

Al principio ella no reaccionó. Después dijo:

-Te vas a arrepentir de haber dado esta orden.

Entonces, gritó de una manera horrible. Fue un grito largo, altísimo. Aden pensó que debían de sangrarle los tímpanos, pero no se permitió ni el más mínimo escalofrío. No quería inhibirla.

Cuando Victoria cesó de gritar, estaba jadeando. Miró a su alrededor con los ojos muy abiertos, y después se acercó a una enorme piedra y la levantó como si no pesara más que una pluma. Un segundo después la lanzó hacia el bosque, y la piedra chocó contra el tronco de un árbol y lo partió en dos. La copa cayó al suelo con un gran estruendo.

Aden permaneció en silencio, pero... Tal vez aquello no hubiera sido tan buena idea. Alguien podía oír el ruido y acercarse hasta allí con un arma. Y Aden no podría explicar aquello.

«Dios santo», dijo Julian. «Qué fuerza».

«Estoy pensando, no sé, en echar a correr como alma que lleva el diablo», dijo Caleb. «Sólo es una sugerencia para que salvemos la vida».

Elijah estaba tan silencioso como Aden.

Victoria se volvió hacia el árbol más cercano y, con el ceño fruncido, le dio un puñetazo.

-No puedo salvarte -dijo, y dio otro puñetazo en el tronco-. Vas a morir. Vas a dejarme. Esas chicas... son guapas e inteligentes. ¿Y si te gustan más que yo? Ahora dices que me quieres, pero no has estado con ellas todavía. Podrían embelesarte. Son más... humanas que yo. 0... ¿y si te hacen daño? Tendría que matarlas. Las mataré. ¡Eres mío!

-Hay una cosa en la que tienes razón. Soy tuyo. En eso no voy a cambiar de opinión. No me importa lo guapísimas que sean, ni lo humanas que sean. Te quiero a ti.

Victoria no lo oyó, o no lo creyó. No dejó de dar puñetazos. Aquel árbol se partió igual que el otro, y su copa también cayó al suelo. Entonces, por fin, ella clavó sus ojos azules en él.

«Aden, escúchame, amigo. Sal corriendo, por favor». Era la primera vez que Caleb le hacía una súplica. «¿Y si ella dirige toda esa furia a tu miembro viril? ¡Podríamos perder nuestra parte del cuerpo favorita! ».

Victoria jadeaba intensamente. Seguramente el aire le estaba quemando los pulmones. Caminó hacia él, lentamente, con una expresión amenazante. No tenía ni un solo corte, ni una sola magulladura en las manos.

-Aden -gruñó con una voz que él no reconoció. Tenía varios timbres, como si hubiera dos personas hablando a la vez. Eran unas voces roncas, iracundas, poderosas. ¿Su monstruo?

Aden mantuvo una expresión neutra, pero sintió miedo. Sin embargo, él mismo había pedido aquello. Lo había ordenado. Y tenía que aceptar lo bueno y lo malo.

-¿SP

-No deberías haberme exigido esto -dijo ella mientras continuaba acercándose a él. Más, y más cerca...

Aden abrió mucho los ojos. ¿Aquello era...? ¿Podía ser...? Sí, lo era. Tenía que serlo. Victoria estaba a medio camino hacia él, pero sobre ella, sobre sus hombros, se erguía algo monstruoso. Aden tragó saliva al ver la forma de unas alas brillantes extendidas por encima de los hombros de Victoria, y sobre su cabeza vio un hocico enorme con grandes ventanas en la nariz. Tenía escamas negras y unos ojos de pesadilla, llenos de fuego, de lla mas anaranjadas que crepitaban y prometían una muerte dolorosa.

El demonio estiró sus garras hacia Aden. Sin embargo, él se dio cuenta de que su gesto no era de amenaza, sino de... ¿súplica? No, no podía ser.

Aden pensó que iba a ser seccionado en dos en cuanto Victoria se acercara a él. Lo que no esperaba era que su novia lo tomara de la mano y tirara de él hacia sí, hacia el calor de su cuerpo. Al tocarla, el mundo se desvaneció y, mientras sus pies perdían contacto con el suelo, su mente buscaba una explicación para lo que estaba ocurriendo.

De repente, un coche se materializó a su alrededor. Victoria estaba a su lado, en el asiento del acompañante. Todavía seguía jadeando, y el monstruo, que seguía sobre sus hombros, intentaba alcanzarlo. Sus garras rasgaban el aire.

¿Qué ocurriría si aquella criatura se solidificaba, como ella le había advertido?

-Eh... creo que tus marcas se han gastado -dijo Aden. Las almas estaban gritando de preocupación en su cabeza.

Sin decir una palabra, Victoria se quitó la camisa y el sujetador, y quedó desnuda de cintura para arriba. Aden se quedó boquiabierto. Dios santo. Sobre su corazón había dos diminutos tatuajes de color negro y rojo, que él habría podido seguir mirando para siempre.

Caleb se desmayó.

Elijah y Julian emitieron una exclamación ahogada.

-No. Siguen aquí -dijo ella. Su voz seguía desdoblada-. Ahora bésame -le ordenó.

Se giró en el asiento y se sentó sobre el regazo de Aden. No tenían mucho sitio, con el volante a la espalda de Victoria, pero a él le encantó. Ella le apretaba la cintura con las rodillas, y metió los dedos entre su pelo, y le clavó las uñas en la piel.

Entonces lo besó, y su lengua, que él acogió con toda su alma, entró en su boca. Él la estrechó entre sus brazos y posó las palmas de las manos en sus hombros, y las bajó por su espalda. Tanto calor... La piel de Victoria era tan caliente como su lengua, y él quería quemarse.

Aquel beso continuó y continuó, hasta que Aden sólo la respiraba a ella. Hasta que sólo podía pensar en su sabor a cerezas. Hasta que Victoria estaba ronroneando y gimiendo suave, dulcemente. Las ventanillas del coche se habían empañado hacía tiempo.

Elijah y Julian estaban callados, sin darle consejos sobre cómo hacer que aquello fuera más placentero para ella, sin decirle lo que estaba haciendo mal. Seguramente estaban tan impresionados como él. Tan perdidos como él.

-¿Tienes hambre? -consiguió preguntarle, cuando ella comenzó a besarle la mandíbula y el cuello, y se detuvo a lamerle el pulso. Aden abrió los ojos y se dio cuenta de que el monstruo ya no era visible.

-No -respondió ella, y volvió a lamerle la piel.

Él sintió celos otra vez.

-¿De quién has bebido?

-De nadie. He estado comiendo de bolsas.

La tensión desapareció. Aquella dulce muchacha. Sabía que él odiaba que posara sus maravillosos labios en cualquier otra persona.

-Eso no puede saber tan bien como la sangre fresca.

-No.

-Pues bebe de mí.

Por favor.

-Quiero saber que estás conmigo porque me quieres, no porque te hayas vuelto adicto a mis mordiscos.

Bien, no podía culparla por eso. El hecho de ser deseado por lo que uno era, no por lo que podía hacer, era algo extraño y maravilloso. Aden lo sabía porque había cono cido la otra cara de aquella moneda. Durante toda su vida había sido rechazado por lo que podía hacer, y nunca lo habían tomado en cuenta como persona.

-Más besos -dijo ella.

Y él no se lo discutió. Sus labios volvieron a unirse, y él se perdió en ella de nuevo y dejó que sus manos vagaran y exploraran su cuerpo. Ella hizo lo mismo, y Aden pensó que era la primera vez que probaba el cielo.

Poco después, Victoria se apartó de él. Tenía los labios muy brillantes.

-Ahora... Ya estoy calmada. Siento al monstruo dentro de mí. Deberíamos parar.

Aden apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y la miró. La sangre le corría por las venas salvajemente, ardiendo, abrasándolo todo, y sus pulmones se habían vuelto ceniza.

-¿Me has besado para calmarte? -le preguntó él.

Ella asintió.

En parte, Aden se sintió enfadado. La otra parte de él estaba feliz de que aquello hubiera ocurrido.

-Bueno, pues tenemos que hacer que liberes tus sentimientos más a menudo -le dijo, intentando relajar el ambiente.

Ella se echó a reír, pero se tapó la boca con la mano como si no pudiera creer que le hubiera resultado gracioso aquel tema tan horrible.

A Aden no le importó. Se hinchó de orgullo. Había conseguido que Victoria se riera de nuevo, tal y como esperaba. Eso lo deseaba tanto como los besos.

-¿Y por qué nos has teletransportado a un coche? No lo necesitábamos, ¿no?

-Rileyyyo siempre estamos el uno cerca del otro, por si acaso, pero no, no lo necesitamos. Quería tener un poco de intimidad.

-Muy lista -respondió él, y le tomó la barbilla con la palma de la mano-. No vuelvas a dejarme a un lado, ¿de acuerdo? Creo que he demostrado que soy capaz de dominar a tu bestia.

-No lo haré -respondió ella-. Pero, Aden, tendrás que salir con esas chicas para salvaguardar la paz, y eso me va a enfurecer.

-Tal vez no debieras decirme eso. A mí me gusta tu furia.

Otra risa musical se oyó en el coche.

-Por favor, ponte serio.

-Ya estoy serio. Yo no soy tu padre. No quiero que tengas miedo de expresar lo que piensas y lo que sientes. Además, no le tengo miedo a tu monstruo.

De hecho, Aden todavía pensaba que le había gustado a la bestia, que el monstruo había querido acariciarlo, o ser acariciado por él. Lo cual era una locura.

-Y escucha. Te juro una cosa: no voy a hacer nada con esas chicas vampiro. Tú eres la única a la que deseo.

Ella le pasó la yema del dedo por la nariz.

-¿Cómo es posible que seas tan maravilloso, Haden Stone?

A él le encantó oír su nombre de labios de Victoria.

-La maravillosa eres tú. Ahora, vístete y vamos a reunirnos con Riley. Seguramente estará preocupado por ti.

Ella puso los ojos en blanco y se pasó al otro asiento. Entonces, se puso la camiseta.

-Pero se preocupa por ti, de todos modos -insistió Aden.

La pérdida del peso de Victoria, de su calor, y de la visión de su piel desnuda le provocaron un gemido de pena. Solamente pudo seguir hablando con un gran esfuerzo.

-Riley se va a ganar una patada en el trasero si no tiene cuidado, y yo se la daré.

-Por favor. Te cae bien, y lo sabes.

Por fin, Caleb recuperó el conocimiento.

«¿Qué ha ocurrido? ¿Qué es lo que me he perdido?».

«Tío. Te has perdido el Santo Grial», respondió Julian con reverencia. «Yo nunca me habría ausentado».

Caleb gimoteó.

Aden sintió otra punzada de celos.

-Chicos, por favor. Es mía.

-¿Las almas? -preguntó Victoria con una sonrisa.

Aden asintió.

-He estado pensando una cosa -dijo ella, y le dio unos golpecitos en la barbilla con una uña pintada de plateado. Bueno, no de plateado, sino del mismo metal de su anillo de ópalo. De ese modo, podía hundir la uña en je la nurse sin dañarse-. Las marcas que tengo mantienen al monstruo a raya. ¿Y si te tatuara las marcas a ti? Tal vez eso mantuviera calladas a las almas.

Durante un momento, Aden sintió la tentación de probar. Tener a Victoria para él solo, besarla sin interferencias...

Las almas comenzaron a protestar inmediatamente.

-No -dijo-. Gracias por el ofrecimiento, pero los quiero, y no quiero hacerles daño.

Ellos se calmaron, aunque sólo ligeramente.

«Tal vez sea mejor buscar otra novia», dijo Elijah con un resoplido.

Victoria le acarició la barbilla de nuevo.

-Entonces, tal vez tengamos que tatuarte marcas contra las brujas. No podemos protegerte de todos sus hechizos, porque no tienes suficiente piel para tantas marcas, pero podríamos protegerte de los hechizos más peligrosos. A Mary Ann también. No se puede proteger a nadie de un maleficio que ya ha sido pronunciado, pero después de la reunión, cuando haya desaparecido el peligro de muerte, podemos protegerla de otros maleficios mortales. Hasta entonces, sería inteligente protegerla de otras maldiciones diferentes.

A Dan le daría un ataque si Aden volviera a casa lleno de tatuajes. Y el padre de Mary Ann sufriría un infarto si ella se tatuara cualquier cosa, incluso una inocente flor, en la piel.

-Lo pensaremos. Entonces, ¿por qué tú no estás protegida contra los maleficios? ¿Y Riley? -preguntó, mientras la tomaba de la mano.

-Algunos vampiros lo están, pero nosotros no nos acercamos a las brujas lo suficiente como para preocuparnos de eso. Normalmente, las evitamos, y ellas nos evitan a nosotros. Sin embargo, los lobos no pueden ser protegidos. Su forma animal no retiene la tinta, así que es inútil intentar tatuarlos. En cuanto cambian de forma, sus marcas desaparecen. Supongo que podríamos proteger a Riley contra ciertos maleficios que pudieran pronunciar contra nosotros durante la reunión, porque él tomará su forma humana. Conociéndolo, se empeñará en ir contigo.

Él alzó su mano y le besó la muñeca.

-No entiendo por qué Riley no se hace cargo del clan vampiro. Sería un magnífico rey.

Y... otra vez. La punzada de ira que siempre sentía al hablar de coronar a un nuevo rey. En serio, ¿qué era eso?

-Los lobos son más leales que cualquier otra raza. La necesidad de proteger está arraigada en ellos.

-Bueno, ser líder es otra forma de proteger. Sin embargo, hablaremos de esto en otro momento. Vamos a protegerlo a él, para variar. ¿Qué te parece? -preguntó Aden. Estaba conteniendo el impulso de colocársela en el regazo otra vez. Si se quedaban allí, iba a besarla de nuevo-. Seguramente, esa bruja lo está poniendo de los nervios.

Victoria asintió, y un momento más tarde, el mundo que los rodeaba desapareció.

Una cabaña aislada, a kilómetros de distancia de la ciudad. De cualquier otra cosa. En ella sólo había vampiros, lobos y armas. Bueno, y una bruja maniatada a una silla y con los ojos vendados, en el centro de la habitación. No era Marie; MaryAnn se había dado cuenta nada más verla. Aquella bruja tenía el pelo corto y de un rubio oscuro. No supo si eso la aliviaba o la inquietaba.

Riley había comenzado a interrogarla rápidamente.

-¿Dónde va a celebrarse la reunión entre los tuyos y Aden Stone?

-Vete al cuerno.

-Tal vez más tarde. ¿La reunión?

-Muérete.

-Ya he muerto una vez. Ahora, elige entre hablar o perder una parte del cuerpo.

-¿Puedo sugerirte un dedo?

-Claro. Después de que te quite una de las manos.

-Mira, chucho, los mayores habrán llegado aquí cualquier día de éstos. Tenían pensado ponerse en contacto contigo, pero después de esto, la invitación se va a perder en el correo.

Al oír aquello, la frustración se extendió por la cabaña. Mary Ann se sintió muy culpable. Aquello había sido idea suya, pero les había perjudicado en vez de beneficiarlos.

La misma conversación inútil se repitió tres veces más.

-Deja que lo intente yo -dijo Lauren.

Se colocó detrás de la bruja y le posó las manos en los hombros. Sus colmillos se habían prolongado un poco más de lo normal, y en sus ojos había tanta hambre, que Mary Ann sintió dolor. En aquel momento estuvo dis puesta a ofrecerle el brazo a la vampira y dejar que se diera un festín. Sin embargo, recordó lo que le había dicho Victoria el día anterior. La sangre de bruja era una droga para los vampiros. Cuando Lauren hubiera probado la de aquella muchacha, no habría manera de apartarla de ella. Y entonces Victoria, cuando llegara, seguramente se uniría al banquete.

-Sólo voy a darle un mordisquito -dijo Lauren, arrastrando las palabras.

-¡No! -gritó Riley.

En aquel mismo instante, Victoria yAden aparecieron por fin. Los dos estaban ruborizados, y tenían los labios enrojecidos e hinchados.

Ah. Se habían estado besando.

Al contrario que Rileyy ella, pensó Mary Ann con tristeza. Apenas habían vuelto a hablar desde la discusión del cuarto de limpieza del instituto. De hecho, apenas se miraban el uno al otro.

Él le había hecho más caso a Lauren que a ella durante la media hora que llevaban allí, así que Mary Ann temía que a él le gustara la distancia que se había creado entre ellos. Y, oh, eso dolía. Lauren era fuerte y segura de sí misma. Además, iba armada hasta los dientes, y estaba claro que sabía usar aquellas armas. Era feroz, valiente, fiable, capaz de cuidar de sí misma. No como MaryAnn.

¿Había perdido a Riley? Sintió ira e indefensión, tristeza y dolor. Con todas aquellas emociones, notó que la envolvía una brisa cálida y dulce. Inspiró profundamente y captó aquella brisa en los pulmones, y notó que le traspasaba las venas y que calmaba todas las partes de su ser. Era como lo que había sentido aquella noche en el centro de la ciudad, como aquella misma mañana con Marie, y agradeció aquella sensación. Y el sabor... como el de un dulce. Azucarado, chispeante, ácido.

Riley les contó a Aden y a Victoria lo que había ocurrido mientras obligaba a Lauren a separarse de la bruja.

-¿Por qué no usas tu voz de autoridad para obligarla a que hable? -le sugirió Aden a Victoria-. Ya sabes, la voz poderosa.

-Las órdenes de voz no funcionan con las brujas -respondió Victoria-. Su magia lo impide.

Magia. Sí. Eso era lo que saboreaba Mary Ann. Magia era lo mismo que poder, y lo que notaba, aquella brisa embriagadora, era el poder. Cerró los ojos y siguió deleitándose. Sintió más de aquel calor, más de aquella dulzura, y ambas cosas la consumieron.

No necesitaba a Riley, pensó. Aquello. Aquello era lo único que necesitaba. Nutría. Completaba. No cambiaba de opinión.

No sabía cómo conseguía empaparse de aquella magia, y no le importaba. Siempre y cuando no cesara nunca, se sentiría feliz.

-Muy bien, preguntaré, pero después hay que calmarse -dijo Aden con un suspiro. ¿Estaba hablando todavía con Victoria? ¿O con una de las almas?-. ¿Has conocido alguna vez a un hombre llamado Caleb? -le preguntó a la bruja.

-No -respondió la chica-. ¿Es que debería?

-¿Conociste alguna vez a un hombre que podía poseer otros cuerpos? ¿Un tipo que murió hace unos dieciséis años?

Hubo una pausa llena de tensión.

-¿Quién eres tú? ¿El chico que nos ha llamado? No lo niegues, siento la atracción. ¿Por qué quieres informarte sobre el poseedor?

De repente, Aden se puso nervioso.

-Entonces, ¿lo conociste?

-Yo no he dicho eso -le espetó ella-. ¡Y ahora dime lo que quiero saber!

-Antes vamos a aclarar ciertas cosas. La llamada fue accidental. Yo no quería...

Antes de que él pudiera terminar la frase, la bruja gruñó, y aquel gruñido fue mucho más intimidante que el de los lobos.

-¿Eres tú el que se está alimentando de mi magia en este momento? ¡Dímelo! ¡Exijo que me lo digas! ¡Y exijo que dejes de hacerlo en este mismo instante, o en cuanto me vea libre maldeciré tu piel y tus huesos! ¿Me oyes? ¡Alto!

Todos se quedaron inmóviles en la habitación. A alguno se le escapó un jadeo de horror.

-¿Alimentarnos de tu magia? -preguntó Lauren con el ceño fruncido-. Nadie se atrevería a hacerlo. No hay ningún Embebedor entre nosotros, bruja. Ya habríamos matado al criminal.

¿Embebedor? ¿Muerto?

«Alimentarse». Ésa era la palabra que había usado Marie. No anular, sino alimentarse. Succionar como una aspiradora.

Mary Ann se mordió el labio inferior. «No, yo no puedo ser». Pero... Aquel calor, y la dulzura. Aquella magia que la llenaba y la consumía. «Si soy yo, ¿querrán matarme? ¿Por qué?».

Se estremeció, y dio un paso atrás. Su espalda topó con algo sólido. Se dio la vuelta y vio a Riley, que se había colocado tras ella. ¿Cuándo se había movido? Ella no había visto que se alejara de Lauren. Tenía el ceño fruncido, y estaba vibrando de furia. ¿Por ella? ¿Porque pensaba que ella era una... Embebedora? Apenas podía analizar el significado de aquella palabra. Fuera lo que fuera, los vampiros mataban a los Embebedores, y las brujas los odiaban. Así que no, ella no podía ser una Embebedora.

-Victoria -dijo Riley con la voz tirante. Su mirada fé rrea no se apartó de MaryAnn ni un segundo. Era una mirada que nunca le había dedicado a ella, sino sólo a los que hacían daño a la gente a la que él quería-. Intenta razonar con la bruja. Mary Ann y yo necesitamos un respiro.

No le dio opción a protestar. La agarró de la muñeca y la sacó fuera.