2
Aden se despertó de golpe, con un grito de dolor atascado en la garganta, intentando orientarse con una mirada salvaje. Estaba en un dormitorio. Había un escritorio. Una cómoda. Paredes blancas y desnudas. Suelo de madera.
Entonces, estaba en su habitación del rancho.
Vivo. Estaba vivo, no chamuscado. Gracias a Dios. Pero...
¿Seguía intacto? Se palpó el cuerpo. ¿Piel? Suave y cálida. ¿Dos brazos? Sí. ¿Dos piernas? Sí. Y lo más importante, ¿se había convertido en una chica? No. Gracias a Dios, gracias a Dios, gracias a Dios. Exhaló un suspiro de alivio, se dejó caer sobre el colchón y revisó todo lo demás.
Estaba empapado en sudor. Tenía el pelo aplastado contra la cabeza, y los calzoncillos pegados a la piel. Le ardían las mejillas. Si Shannon, su compañero de cuarto, lo viera así, le tomaría el pelo diciéndole que había tenido un sueño húmedo. Aunque de buen humor. Eso era lo que hacían los amigos. Sin embargo, no, gracias...
Miró hacia la cama de su amigo y abrió unos ojos como platos. Había muescas profundas en los listones de madera, como si él la hubiera arañado y pateado. Se miró las uñas, y era cierto. Estaban rotas y ensangrentadas, y tenía astillas bajo ellas.
Estupendo. ¿Qué más había hecho mientras estaba inconsciente a causa de la sangre de vampiro?
«Preocúpate de eso más tarde».
-¿Elijah? -preguntó. Hora de hacer recuento.
«Presente», respondió el vidente, que ya conocía el procedimiento.
Uno.
-¿Julian?
Aquél era el que despertaba a los muertos. Con dar un solo paso en un cementerio, hola, muertos vivientes.
«Aquí».
Muy bien. Dos. Sólo quedaba uno.
-¿Caleb?
El que podía poseer a los cuerpos.
«Yo».
Magnífico. Estaban todos.
Hacía tiempo, Aden quería que se marcharan. Los quería, pero también hubiera querido algo de privacidad. Sin embargo, después había perdido a Eve. Tal vez ella se llamara Anne en la vida real, pero para él siempre sería Eve.
Echaba de menos a aquella figura maternal que podía viajar en el tiempo. La echaba de menos terriblemente. Y ya no estaba seguro de que pudiera enfrentarse al hecho de perder a los demás. Eran parte de él. Sus mejores amigos. Sus compañeros constantes. Los necesitaba.
Como siempre, pensar aquello hacía que se sintiera culpable. Ellos se merecían tener su libertad, y querían tenerla. Tal vez. Desde que Eve se había marchado, ellos no habían vuelto a pedirle que averiguara quiénes habían sido antes de alojarse en su cabeza, como si tuvieran miedo de que lo consiguiera y ellos también tuvieran que experimentar lo desconocido.
Ninguno sabía adónde había ido Eve. Sólo sabían que había desaparecido y no había vuelto.
«Bueno, ¿y qué está pasando?», preguntó Julian.
«Lo que quiere decir», intervino Caleb, «es que hemos pasado mucho calor. Y no del bueno. Nos hemos quemado, tío. Quemado».
«Y normalmente, la mayoría de nosotros no compartimos tus sueños», añadió Julian.
Bueno, Elijah sí, pero porque él era vidente, y sus visiones eran las de Aden. Lo de la noche anterior no había sido ninguna visión, sin embargo. Había sido algo real. Aunque Aden estaba empezando a perder recuerdos. Se acordaba de haber visto a Victoria, de sentir las llamas y de haber conocido a... ¿sus hermanas? Sí, sus hermanas. Pero no había nada más que destacara. El resto de lo sucedido se desdibujaba, como si su mente no pudiera procesarlo. ¿Por qué recordaba entonces que lo habían quemado vivo? ¿Por qué todos se acordaban de eso? ¿No debería ser eso lo que se les olvidara, por ser algo demasiado doloroso como para recordarlo?
«¿Y bien?», preguntó Julian. «Sería agradable que nos dieras alguna explicación».
-La sangre de vampiro -les recordó él. No podía pensar sus respuestas porque ellos no oían su voz interior entre tanto caos-. Lo vimos a través de otros dos pares de ojos.
«Ah, sí. Y hablando de vampiros», dijo Caleb, «¿dónde está la nuestra?».
Se refería a Victoria. Aden tuvo ganas de dejar bien claro que Victoria era solamente suya, pero no lo hizo. Caleb, el Pervertido, no podía contenerse. Vivía para las chicas.
-Se supone que va a venir a buscarnos para que vayamos juntos al colegio.
¿Qué hora era?
Antes de que pudiera mirar el despertador, se abrió la puerta de su habitación y aparecieron Seth y Ryder.
-A Shannon no le va a importar -decía Seth.
Seth Tsang. Era un apellido asiático, aunque uno no podía distinguir su procedencia al mirarlo. Tenía el pelo negro, pero lo llevaba teñido de rojo, y tenía los ojos azules y la piel blanca.
Ryder Jones, que estaba detrás de él, arqueó una ceja. Él también tenía el pelo oscuro, pero sus ojos eran castaños.
-¿Estás seguro? Ya sabes lo posesivo que es con sus cosas.
Aden se tapó con la sábana.
-Hola, chicos. ¿No sabéis llamar a la puerta?
Ellos lo ignoraron.
-Bueno, ¿y qué estáis buscando? -preguntó Aden con un gruñido.
De nuevo, lo ignoraron. De hecho, ni siquiera lo miraron.
-Vamos, mira en su escritorio -le dijo Seth a Ryder, y el otro chico obedeció.
Aden frunció el ceño. Antes, aquellos dos lo odiaban. Antes, pero ya no. Habían llegado a una tregua después de que echaran a su cabecilla, Ozzie, del rancho. Además, al final los vampiros lo habían dejado seco. Aunque Seth y Ryder no conocían aquella parte. Sabían tan poco del «otro mundo» como sabía él unos días antes.
Entonces, ¿por qué no le dirigían la palabra?
-¿Dónde está? -murmuró Seth. Se había agachado en el armario y estaba revolviendo entre la ropa.
-¿Dónde está qué? -preguntó Aden, sentándose en la cama.
Y de nuevo, ellos le hicieron caso omiso.
Lanzaron camisas y vaqueros por encima del hombro, y también zapatos. Ryder se acercó al escritorio y arrugó papeles. Pasaron varios minutos. Aden siguió diciendo que aquella broma no tenía gracia, y que le hablaran, pero no sirvió de nada. Al final se puso en pie, dejando caer la sábana, y se acercó al escritorio.
Alargó el brazo para agarrar a Ryder, pero su mano atravesó el cuerpo del chico.
No era posible.
AAden se le aceleró el corazón. Intentó agarrara su compañero, temblando en aquella ocasión. De nuevo, su carne atravesó la de Ryder, y él se quedó con los ojos muy abiertos, sin comprender nada. ¿Cómo era posible? ¿Cómo demonios era posible? Acababa de quemarse vivo, sí, pero en el cuerpo de otro. Él había pensado que... Había supuesto que... ¿También había muerto? ¿No iba a poder volver?
No. Eso no era posible. Sin embargo... Con la sangre helada en las venas, se acercó a Seth.
-Lo encontré -dijo Seth, que se incorporó con un libro en las manos. Lo agitó triunfalmente por el aire. Era un libro de vampiros-. Shannon es raro, tío. Siempre está leyendo estas porquerías. Nos ahorra un viaje a la biblioteca, sí, pero... por favor. Yo nunca he escrito un ensayo sobre chiflados con colmillos y no quiero empezar ahora.
-El señor Thomas es el raro. Se supone que tenemos que escribir cómo son los vampiros, como si fueran de verdad, o algo así. No puedo tomármelo en serio, ¿sabes? Seguramente suspenderé, pero no me importa.
Aden, que temblaba cada vez más, intentó agarrar a Seth de la muñeca. Nada. No hubo contacto sólido. Sintió el ardor de la bilis en la garganta, y dio un paso atrás, tambaleándose.
Estaba muerto. Muerto de verdad. Aquello era lo único que tenía sentido.
Los chicos salieron corriendo de la habitación, murmurando sobre los nuevos tutores estúpidos que tenían, y sobre los deberes absurdos. Aden se quedó allí, inmóvil. ¿Iba a ser fantasma durante el resto de la eternidad?
Dios, ¿así era como se sentían las almas? ¿Atrapadas, sin control, perdidas?
-Chicos -susurró Aden, sin saber por dónde empezar-. Creo que... yo... Esto es...
-Hola, Aden.
Oyó una voz masculina a sus espaldas y se giró. Allí, en el umbral, estaba el nuevo tutor del rancho. No era tutor suyo, ni de Shannon, porque ellos dos iban a clase al instituto, sino de los demás. El señor Thomas había aparecido en el rancho el día del Baile Vampiro, y Dan lo había contratado inmediatamente. Eso era algo completamente atípico del dueño del rancho. No había hecho investigación alguna de su pasado, ni una entrevista intensiva. Sólo había dicho: «¡Es
Más raro todavía, los chicos se comportaban como si lo conocieran de toda la vida, y ya se sentían cómodos quejándose de él. Aden no lo había conocido oficialmente, pero Victoria se lo había señalado. Resultaba que el señor Thomas no era un tutor. Era un hada, el peor enemigo de Victoria, y había ido allí para averiguar quién la estaba ayudando.
El hombre no correspondía a la idea que Aden pudiera tener de un hada. No era pequeño, delgado, mujer y con alas. Era un hombre alto, delgado, de piel dorada y un poco brillante. Bueno, aquello último sí era propio de las hadas. Y Aden jamás había visto un rostro tan perfecto. No tenía un solo defecto. Los ojos perfectos, azules, a la distancia perfecta, la nariz perfecta, los labios perfectamente formados, ni demasiado gruesos ni demasiado delgados.
-¿Me ves? -le preguntó, tragando saliva-. ¿Me oyes?
-Sí.
-¿Estoy... muerto? -preguntó Aden. Hacer aquella pregunta le resultó incluso más difícil que pensarla. ¿Y cómo podía ver y oír el hada lo que Seth y Ryder no habían podido oír?
El hada se echó a reír, y su risa fue como el sonido de un tambor.
-No. Estás... en otra parte.
Ojalá pudiera consolarse con eso.
-¿En otra parte? ¿Dónde? ¿Qué está pasando?
«Aden», dijo Elijah, en tono de advertencia. «Esto me da muy mala espina».
Al instante, Aden sintió pavor. Cuando algo le daba mala espina a Elijah, era malo.
-Cuántas preguntas -dijo desdeñosamente el hombre, y le señaló la silla del escritorio-. Siéntate, por favor. Intentaré responderte. Después de que tú me respondas a mí, claro.
Lo que debería haber sido una simple petición, a Aden le pareció una amenaza. Y eso, unido a la desconfianza de Elijah, le hacía pensar que pronto iba a haber una pelea. Pensó en sus armas. No llevaba ninguna encima, pero tenía dagas escondidas en las botas. Botas que no llevaba puestas, y que tal vez no pudiera ni tocar. Botas que estaban... colocadas debajo de la cama.
-Siéntate, Aden.
Dos palabras, pronunciadas con autoridad.
En aquella ocasión, Aden se sentó. Sin lanzarse hacia las dagas. No tenía por qué sacar aquel as potencial a menos que fuera estrictamente necesario.
«Va a correr la sangre antes de que termine esta reunión», dijo Elijah.
«¿La nuestra?», preguntó Caleb, en tono de miedo. «Porque nuestra sangre me gusta, y no me gusta derramar ni una sola gota».
-Soy el señor Thomas -dijo el hombre, antes de que Elijah pudiera responder. Caminó hacia delante y se co locó ante la silla de Aden. Se puso las manos detrás de la espalda y separó las piernas. Una postura de guerra.
Aden la conocía bien. Se había colocado así muchas veces antes de abalanzarse hacia la persona que lo estaba amenazando. «Concéntrate». Aquel nombre común y corriente no encajaba en absoluto con los rasgos suaves de aquel hombre, y tenía que ser un alias.
-Quieres respuestas -le dijo-, pero antes tendrás que decirme lo que quiero saber. Primero, ¿cómo es que estamos aquí pero no estamos? ¿Cómo es que estoy vivo, pero soy invisible?
-Tu gente diría que estamos en otra dimensión, aunque verdaderamente, es el Reino de las Hadas -respondió el hombre con calma.
El reino de las hadas. ¿Y... otra dimensión? ¿Era eso posible? En cuanto aquella pregunta se le pasó por la mente, puso los ojos en blanco a causa de su propia estupidez. Después de todo lo que había visto, debería saber que cualquier cosa era posible.
-Entonces, ¿no estoy muerto?
-Esta constante necesidad de reafirmación es latosa, así que escúchame, porque no voy a repetir nada. Estás vivo, pero estás en otra dimensión. Por eso, los humanos no pueden verte ni oírte.
Si debía creer a Thomas, no se había convertido en un fantasma. Podría volver con Victoria y con sus amigos.
-¿Y tú me has traído aquí?
-Sí.
-¿Porqué?
Hubo una pausa llena de tensión. Claramente, conseguir respuestas iba a ser como sacar muelas.
-Porque había conocido a todos los estudiantes, salvo a ti -respondió el hombre, con una mirada de furia y disgusto.
«Oh, sí. Va a correr la sangre», dijo Elijah con un suspiro tembloroso.
-¿De una daga?
«No lo sé», fue la respuesta. «Sólo veo un río de sangre».
-¿Qué quieres decir con «De una daga»? -preguntó Thomas.
No debía de saber que Aden tenía la reputación de que hablaba solo.
-Disculpa. No estaba hablando contigo.
-¿Con quién estabas hablando?
Aquella pregunta se la habían hecho mil veces, mil personas distintas.
«Tal vez debiéramos salir corriendo», sugirió Caleb, que había perdido toda la bravuconería. «Antes de que sangremos».
«Estoy con Caleb. No sabemos luchar contra un hada».
Caleb se echó a reír de repente. Parecía que se había olvidado de su angustia.
«Luchar contra un hada. ¿Te has oído, Jules?».
-Silencio, por favor -les dijo Aden, y Thomas tomó aire con un siseo.
-No me hables así, muchacho.
En vez de explicarse, Aden se frotó la sien para intentar detener el dolor de cabeza que se avecinaba.
-No hay ningún motivo por el que tengas que conocerme. No vas a ser mi tutor.
No podía salir corriendo, como había sugerido Caleb. ¿Adónde iba a ir? Además, todavía no estaba ansioso. Tenía aquellas dagas. Tal vez.
-No -dijo Thomas, y dio un paso hacia delante, mirándolo pensativamente-. Pero te voy a matar.
Bien, ahora sí que estaba ansioso. Aden se puso en pie de un salto. Si Thomas le lanzaba otra amenaza, o se acercaba más, se tiraría a por las botas. Y si no podía hacerse con las dagas que había dentro, saldría corriendo, pese a la falta de dirección.
-Ni se te ocurra saltar, Haden Stone.
-Nadie me llama así -dijo él. Nadie, desde que, cuando era niño, había pronunciado mal su nombre sin querer, y todo el mundo había seguido llamándolo Aden-. Maté al último tipo que lo hizo. Y es cierto.
Thomas no se dejó intimidar.
-Siéntate -ladró-. Yo he respondido a tus preguntas. Ahora, tú vas a responder las mías.
No. Aden no iba a esperar a que hiciera otra amenaza. El nivel de ira de aquella hada se había elevado un punto más.
-Claro.
Aden hizo un movimiento hacia la izquierda, y Thomas lo siguió, y después rápidamente se giró hacia la derecha, esquivó al tutor y se lanzó a por las botas. Intentó meter la mano en una de ellas, pero la carne traspasó el cuero.
Aden soltó una maldición entre dientes mientras echaba a correr hacia la puerta, sin permitirse vacilar por la decepción ni el miedo. Sin embargo, se encontró con una especie de muro invisible. Chocó contra él violentamente, y el impacto reverberó en su cuerpo y lo lanzó hacia atrás. Thomas estaba frente a él un segundo más tarde. Lo tiró al suelo y puso una de sus botas en el cuello de Aden.
Aden, instintivamente, le rodeó el tobillo con las manos e intentó quitársela de encima. La bota permaneció en su sitio.
Aquellos ojos azules lo atravesaron.
-Hace varias semanas hubo una gran descarga eléctrica en mi mundo, y se creó una puerta hacia el tuyo. Es una puerta que no podemos cerrar. Y el rastro de esa descarga nos ha traído a este rancho. Y hacia ti. Siento la energía que irradia de ti, que me atrae sin remedio. Incluso incrementa mi poder -dijo. Aquello último fue un susurro drogado. Un susurro de necesidad.
¿Que incrementaba su poder? Entonces, ¿por qué quería matarlo?
Aden intentó responder, pero no emitió otra cosa que un jadeo para intentar tomar aire. Continuó forcejeando, empujando la pierna del hombre. Tenía que respirar...
No podía morir allí, en aquella dimensión. Nadie se enteraría de lo que había pasado; pensarían que Aden, el loco, había tenido una recaída y se había esfumado.
«La asfixia no causa hemorragia», le dijo Elijah. «Mantén la calma. No es así como vas a morir. Lo sabes».
«¡Patéale el trasero!» , gritó Caleb.
«Dale duro», convino Julian.
Necesitaban a Eve, la voz de la razón. Sin embargo, algo de lo que le había dicho Elijah penetró en su pánico. El fin que había predicho para él no era la asfixia. Thomas sólo quería asustarlo.
-Teníamos la esperanza de dejarte con vida, para que nos ayudaras a cerrar por fin esa puerta -continuó el tutor-. Y sin embargo, ¿qué me encuentro cuando entro a tu habitación para presentarme? El hedor a vampiro. Nuestro mayor enemigo, la raza que una vez intentó aniquilarnos.
-Seguro... que tenían... un buen motivo.
El hada apretó la mandíbula.
-Dime, Haden Stone, ¿los estás ayudando? ¿Vas a guiarlos hasta esta dimensión para que puedan atacarnos?
¿Y cómo iba él a guiar a los vampiros hasta allí, si no tenía ni idea de cómo había llegado?
-Ya... no... puedo... hablar...
La presión se aflojó en su cuello.
-No es necesario que me respondas. Ya sé la verdad. Estás ayudando a los vampiros, y por eso debes morir.
Aden no apartó las manos del tobillo de Thomas. Pensó frenéticamente de qué modo podía liberarse, y entonces, oyó la recomendación de Elijah:
«Usa las manos para hacerle perder el equilibrio».
Aden tiró de la bota del hada con todas sus fuerzas, y pudo tirarlo al suelo. Un momento más tarde, él estaba en pie y había adoptado la misma posición de guerra que Thomas tenía antes.
-Eso no ha sido inteligente por tu parte, chico.
Aunque él no había visto moverse al hada, la voz sonaba a su espalda. Muy cerca. Notó una respiración caliente en la nuca, y se encogió. Lentamente, Aden se dio la vuelta, sabiendo que un movimiento repentino haría que Thomas atacara. Se encararon. Aden era alto para su edad, medía más de un metro ochenta centímetros, pero Thomas lo superaba en estatura.
-No me gusta ver sufrir a los humanos, y habría terminado contigo sin dolor. Pero... te dije que no lucharas conmigo. Has desobedecido. Ahora no tendré piedad.
«Sangre», jadeó Elijah.
Entonces, aquél era el verdadero final.
De repente, la única ventana de la habitación se rompió y por ella entró un borrón negro y gigante. Aquel borrón, Riley en forma de lobo, aterrizó con los ojos verdes brillantes, los labios fruncidos hacia atrás y los dientes blancos a la vista. Su rugido furioso reverberó con fuerza por las paredes.
«Retrocede, Aden».
Aquél era un mandato de Riley, una orden que le había dictado directamente en la cabeza.
-¿Me ves? -preguntó, aunque sabía que el lobo estaba demasiado ocupado como para responder. Entonces, ¿Riley podía ver también a Thomas? ¿Podía Thomas ver a Riley?
-Has cometido un error, lobo -dijo Thomas, volviéndose hacia Riley con una expresión asesina.
Parecía que la respuesta a todas las preguntas de Aden era la misma: sí.
Sin más palabras, Riley y Thomas se abalanzaron el uno sobre el otro y chocaron en mitad de la habitación, y cayeron en un enredo de garras, dientes, luces extrañas y dagas resplandecientes que aparecieron de la nada.
No había duda; tal y como había dicho Elijah, iba a correr la sangre.
Aquella pelea era a muerte.