Cuando se lo conté, y fue casi enseguida, mi única vendedora de tornillos, con lágrimas en los ojos, pero sin llantina, me dijo:
—Bueno, tranquila… Yo sabía que tenía que pasar. Incluso ha pasado más tarde de lo que esperaba…
—¡Pero yo a ti te quiero mucho, te querré siempre!
—Ya lo sé. Pero qué más da eso. El amor solo no hace milagros. Somos almas impuras… ¿no dices tú eso siempre?
—Ni siquiera sé si a ella llegaré a quererla tanto.
—Seguro que sí. Esta vez sí. Se te nota en la cara. Yo no te la había visto antes, esa expresión que tienes últimamente… Tranquila, no llores… No llores tú, ése es mi papel… Venga, tranquila, no pasa nada… Mira, el dolor no es más que dolor. Y cuando es sólo dolor, sin rabia, se pasa. Tarde o temprano se pasa… No llores, pequeña. Sobre todo, no llores por mí; ya lloraré yo sola, seguro que me basto… Venga… ven, siéntate aquí… Yolanda se llama, ¿no?, ¡pero, no, no llores, de verdad!… por favor… Verás tú, para que veas, te voy a decir lo que no te dije en su día: ¿Sabes por qué llegué yo más tarde que tú a Zaragoza? Me llamaste en plena siesta, ¿te acuerdas? Tú salías de Madrid, de mucho más lejos, y yo llegué, sin embargo, dos horas más tarde que tú. Pues porque me quedé en un área de servicio ni sé el tiempo. Llorando. Luchando contra lo que sabía que tenía que hacer: no acudir. No acudir por mi bien. No es que tuviera dudas; yo lo tenía y lo tengo claro: eres el gran amor de mi vida, salvo que ocurra un milagro en adelante. Pero sabía que no estabas enamorada de mí, y que no lo estarías nunca, ni aunque viviéramos juntas toda la vida. Si acudía, me aprovecharía de este tiempo que hemos estado juntas y sabía que yo sería feliz. Y que no sería un tiempo breve, además, porque eres mucho mejor persona, y mucho más sólida, de lo que imaginas… Pero si acudía, sabía también que el precio no podía ser más alto, el precio era tener que pasar por este momento, por este momento de ahora mismo, yo sola, a pelo, y que sería uno de los peores de mi vida… No, por favor, no llores, no llores… A lo que voy: que lo sabía y que acudí. Pensándomelo un montón, valorando seriamente el dar la vuelta…
Y si acudí fue porque decidí que merecía la pena. O sea que no me haces nada que no tuviera yo ya asumido. Nada malo me estás haciendo. De verdad, no te tortures. La vida es así.
Y puede que tú en algún momento de este tiempo hayas podido llegar a creer que estabas enamorada de mí, pero yo nunca. Tú puede que llegaras a creerlo porque no tenías con qué comparar un amor tan sincero como el que sé que me tienes, pero yo no me he despistado en ningún momento. Porque yo sí que tenía dónde comparar. Yo quiero a Marcela como tú me quieres a mí… y yo te quiero a ti como tú quieres a esa tal Yolanda…
Almas impuras, sí, templos del deseo, torres de lascivia, arcas de voluptuosidad, telas sin costura, hechuras de la piel, grietas en el sentido, abanicos para el sudor obsceno, la sal y el metal de la lengua, la onda que tumba el poder, los prados de la fantasía, las piedras en las que tropezar por gusto, la mies libre que cayó en ellas y no germinó para su señor, las túnicas del mármol, la lava de los labios inferiores y oscuros que sólo pueden ser sinceros, el rompiente de los muslos contra las consejas, la verdad de los jadeos, la cruz de la gestación, el reverso de los poetas sacros, la esterilidad de las culpas…
A nadie he querido tanto como a mi querida vendedora de tornillos, pero no la deseo.
Ha sido un grito escribir esa frase de más arriba. Y no quiero hablar más de eso, porque me duele.
Seremos amigas siempre, sin embargo, eso lo sabemos las dos. Como lo son ella y Marcela, efectivamente. Marcela me cae bien. Mañana, martes, por cierto, vamos al funeral de su madre. Me da pena no haber llegado a conocer a esta señora. Hace una semana que la enterramos.
Pero Yolanda, mi amada empresaria de hostelería, no sabe nada de Marcela, ni de la bondad de la que fue su madre; está en Pamplona, ajena a las pequeñas muertes de un pueblo al que un día, gajes de este oficio nuestro de la caballería mecánica, puedes tener que llegar a refugiarte de una nevada con las bragas en la cabeza.
No sabe nada y me reclama ir sabiendo quién es quién. El fin de semana que viene le llevaré a Pamplona estos cuadernos, por eso quería ponerles un final. Quizá así deje de fruncir el ceño cuando le hablo de mi querida vendedora de tornillos y quizá así deje también de preguntarme una y otra vez por qué dejé un trabajo tan bueno por uno tan… tan… ¿tan qué? ¿Qué le pasa a mi trabajo?
—Pues que no nos permite vivir juntas.
—El otro tampoco nos lo hubiera permitido. Tú aquí y yo en Madrid.
—A saber… Porque yo podría abrir otro restaurante en Madrid, una sucursal.
—¿Y después otro en Reus, cuando te enamores de una de Reus, por ejemplo? Así empiezan las cadenas, las franquicias, los imperios… Ahora que lo pienso, con lo mala comida que es, vete a saber si no fue también por amor por lo que empezó a extenderse MacDonals.
—Te quiero.
—Yo también. Te quiero, me gustas y te deseo. Le sé porque he tardado media vida en poder decir esto con todas sus letras.