REINA RENEGADA DE ORIENTE
«Los treinta tiranos», Historia Augusta, 30. 1
En la segunda mitad del siglo III de nuestra era, Roma tenía abundancia de enemigos. La Galia se había separado para formar un imperio independiente en Occidente. Procedentes del norte, las invencibles hordas godas se internaban a través de las defensas fronterizas y saqueaban las tierras romanas del interior del Imperio. La desesperada necesidad de dinero y soldados que tenía Roma provocó la inestabilidad de todo el Imperio, y los usurpadores aprovecharon esta inestabilidad para reclamar, y algunas veces obtener, la púrpura imperial.
Los persas se sentían muy confiados después de su victoria ante Valeriano y ya albergaban arrogantes sueños de control de todo el oriente romano. El poder que competía con ellos no era Roma, sino una pequeña ciudad desértica conocida por los romanos como Palmira, cuyo auge dominaría brevemente toda la región.
Los habitantes de Palmira, una mezcla de pueblos siríacos y árameos, con un pequeño componente de comerciantes griegos, llamaban a su ciudad Tadmor. Era una ciudad muy antigua, construida alrededor de un grupo de oasis, con una historia de asentamientos que se remontaba hasta el séptimo milenio a. C. (Damasco, al sudoeste, tiene casi la misma antigüedad, y actualmente es la ciudad habitada de manera permanente más antigua del mundo.) Originariamente dominada por el Imperio Seléucida, Palmira se convirtió en una entidad semiautónoma a fines del siglo I a. C, y tuvo su primer contacto con la civilización romana cuando Marco Antonio intentó infructuosamente saquear el lugar en el año 41 a. C.
Para la época del emperador Tiberio, Palmira estaba bajo soberanía romana, no mediante conquista, sino por la aceptación palmirena del dominio romano. Los romanos estacionaron tropas en la ciudad e instituyeron un sistema fiscal pero, por lo demás, se le permitió a Palmira prosperar por su cuenta bajo la paz romana.
Y prosperó. Palmira era sobre todo una ciudad comerciante, como demuestran sus dos divinidades, Arsu y Azizu. Estos dioses, montados sobre un camello y un caballo respectivamente, protegían las caravanas que traían riquezas a la ciudad desde el este y el oeste. Palmira era el lugar donde hacían negocios los imperios rivales de Roma y Partia. Palmira comerciaba con las ciudades costeras de la Siria romana, e importaba especias y sedas de Arabia, China y otras partes del Lejano Oriente. En la otra dirección, enviaba un flujo constante de oro romano, aunque retenía un buen porcentaje para sí misma.

Como mercaderes, los palmirenos traían los frutos de la India y Arabia desde Persia. Ellos los vendían en territorio romano.
Apiano, Guerras Civiles, 5. 1.9
Palmira se construyó con una mezcla característica de los estilos helenístico y parto, combinando un ágora griega y una arquitectura romana con bajorrelieves persas; uno de los mayores templos de la región estaba dedicado al dios semítico Baal. El emperador Adriano visitó la ciudad aproximadamente en el año 129 d. C. y encontró una floreciente cultura híbrida unida en la búsqueda del comercio y el beneficio.
La crisis del siglo III hizo que muchos palmirenos se replantearan su lealtad a Roma. Los impuestos romanos suponían una carga cada vez mayor, y la paz y seguridad que ofrecían a cambio eran conceptos cada vez más tenues. Con la derrota de Valeriano ante los persas sasánidas y la fractura y división del Imperio Romano entre diversos y, a menudo rivales, imperatores, los palmirenos buscaron otros protectores.
La mezcla de Oriente y Occidente que caracterizaba Palmira se personificó en su líder de aquel momento, un hombre llamado Septimio (un buen nombre romano) Odenato (un nombre árabe que significa «oreja pequeña»). Al parecer, Odenato no era un monarca por derecho de herencia, sino más bien el líder de una de las casas comerciales que luchaban por el predominio en aquellos tiempos turbulentos. Con el respaldo de la población palmirena, Odenato decidió ofrecer una alianza al rey persa Shapor (véase capítulo anterior). En respuesta, el persa reprochó bruscamente a Odenato su impertinencia. Sólo el vasallaje absoluto de Odenato satisfaría al arrogante monarca, de modo que Palmira volvió a su fidelidad a Roma.
En aquel momento, Roma era gobernada por Licinio Galieno, el hijo de Valeriano, el emperador derrotado. Galieno estaba intentando con todas sus fuerzas mantener unidas las regiones centrales de sus dominios, y estaba casi dispuesto a ceder el control de las áreas periféricas, siempre que los usurpadores actuasen en nombre de Roma.
De esta forma, Odenato se convirtió en dux Romanorum, un líder militar romano, y como tal emprendió la guerra contra el enemigo persa. Palmira poseía dos formidables armas: los arqueros y los catafractos, que eran un rasgo distintivo de los ejércitos orientales. Los soldados utilizaban otra palabra para describir la armadura que llevaban bajo el asfixiante calor del desierto: clibanus, la palabra latina para «horno».
Odenato era un buen general y disponía de tropas bien pagadas y motivadas. Pronto recuperó las estratégicas fortalezas de Carras y Nisibis, y llegó incluso a someter a un breve asedio al rey persa dentro de su propia capital. Después de estas victorias, Odenato comenzó a hacerse llamar «Rey de Reyes», probablemente para insultar al rey persa que solía adoptar este título. Mientras tanto, un encantado Galieno nombraba a Odenato vir consularis y le confiaba el grandilocuente, aunque básicamente vacío, título de corrector totius orientis («supervisor de todo el este»).
Una repentina incursión de los godos en Capadocia durante el año 267 d. C. obligó al corrector totius orientis a marchar a toda prisa hacia el norte para enfrentarse a la nueva amenaza. Poco después llegó a Palmira la noticia de que Odenato había muerto, y no lo había hecho combatiendo en una batalla, sino asesinado. También había muerto Septimio Herodes, el hijo de Odenato, y el autor del crimen era un sobrino de Odenato llamado Meonio, que alegó que había vengado una ofensa recibida del rey, aunque la muerte de Septimio Herodes demuestra que Meonio tenía la ambición de hacerse con el trono.
Esta ambición duró muy poco. En Palmira, Zenobia, la esposa de Odenato, reclamó el trono para su hijo Vallábate (aunque, según algunas fuentes, Vallábate fue precedido brevemente por otro hermano llamado Herodiano). Actuando como regente, Zenobia capturó rápidamente a Meonio y se cobró su vida como sacrificio en memoria de su esposo.
Muchas veces se ha planteado la posibilidad de que Meonio fuese un peón de una de las potencias rivales de la región. Quizá los persas le ofrecieron tener buenas relaciones con él si eliminaba de la escena al formidable Odenato, o puede que Cocceio Rufino, gobernador romano de Siria juzgase (correctamente) que el poder palmireno había crecido tanto que se había convertido en una amenaza para Roma.
Pero las sospechas principales han recaído sobre la propia Zenobia. El heredero asesinado de Odenato, Septimio Herodes, era fruto de otro matrimonio y, hasta su muerte, era casi imposible que los hijos de Zenobia accediesen al trono. Ahora, por medio de su hijo, Zenobia controlaba un imperio que se extendía desde los montes Tauro en el norte hasta el golfo de Arabia en el sur, e incluía Cilicia, Mesopotamia, Arabia y partes de Siria.

Zenobia ha fascinado a los historiadores casi desde el momento que accedió al poder. Las reinas orientales eran escasas, pero hubo varios ejemplos. Los contemporáneos de Zenobia habrían recordado a Semiramis, legendaria reina de Asiría, y también a Artemisia, reina de Halicarnaso durante el siglo V a. C. De manera deliberada, Zenobia cultivó su imagen exótica, haciéndose llamar la «Reina del este». Tomó como modelo a otra reina famosa, Cleopatra, de quien pretendía ser descendiente lejana (una pretensión bastante improbable, aunque no imposible, pues Cleopatra fue una reina helenística y Palmira había formado parte de un reino helenístico posterior, aunque sucesor de Seleucia más que de Egipto).
De vez en cuando, Zenobia se presentaba ante sus tropas vestida con la armadura de combate y se dirigía a sus soldados con voz alta y (según algunas fuentes poco favorecedora) muy masculina. Sin embargo, se trataba de la misma reina que reunió en su corte una escuela de los filósofos neoplatónicos de moda, y que hizo de uno de ellos, Longino, su principal consejero.
Al parecer, Zenobia dedicó el primer año y medio en el poder a consolidar su posición dentro de los territorios palmirenos. Tomó buena nota de la muerte de Galieno en el 268, asesinado mientras combatía contra el usurpador Aureolo en Milán. El sucesor de Galieno, Claudio Gótico, tuvo que dedicar todos sus esfuerzos a contrarrestar la invasión goda contra la que se había enfrentado el difunto esposo de Zenobia. Con la atención de los romanos en otro lugar, Zenobia decidió que era un momento apropiado para la expansión. A comienzos del año 270 d. C, sus tropas entraron en acción. Sus primeras misiones se concentraron en intentar absorber Bostra, en el sur, destruyendo durante los combates el templo de Júpiter Hammón.
Poco después, Palmira se hizo con el control de Antioquía, que Zenobia consideraba con cierto descaro la «ciudad ancestral» de Vallabato. Puesto que Antioquía era una ciudad fundada en época helenística, esta afirmación ponía en relación a Zenobia con unos supuestos antepasados macedonios. En esta misma línea, Zenobia helenizó el nombre de su padre, al que a partir de entonces llamó Antíoco, igual que los reyes seléucidas de Siria. Los palmirenos también intentaron extender su control en dirección al Mar Negro, un movimiento que provocó confusión y fricciones entre los oficiales romanos que no sabían cómo tratar a aquella aliada tan decidida.
Claudio Gótico infligió una gran derrota a los godos y consiguió estabilizar la frontera nororiental romana. No sabemos qué pretendía hacer a continuación, porque poco después falleció víctima de la peste. Quintilio, su sucesor, apenas se había instalado en el trono cuando fue depuesto por Aureliano, uno de los generales de Gótico. Zenobia se aprovechó de esta situación de caos para proclamarse reina de Egipto, en este caso no por una supuesta herencia, sino por derecho de conquista. Este acto supuso una ruptura definitiva con Roma. Galieno había animado a Palmira y Gótico la había tolerado porque la ciudad actuaba claramente a favor de los intereses de Roma. Pero al fomentar la inestabilidad y enviar tropas a Egipto, Zenobia demostró que había cometido un error fatal al juzgar al nuevo emperador de Roma.
Zenobia intentó hacer creer que seguía siendo una fiel aliada del Imperio. Las monedas acuñadas en las regiones bajo su control llevaban la efigie del emperador en el reverso y la de Vallabato en el anverso, este último con la corona de laurel de un romano en lugar de la diadema típica de los potentados orientales. Pero estas demostraciones de lealtad no podían disculpar la incursión de los ejércitos palmirenos en una provincia romana, una afrenta que Roma no podía tolerar.
En aquella época, Egipto era un foco de inestabilidad. Una gran facción, liderada por un tal Timagenes, se situó de manera entusiasta en el bando palmireno. La historia de la lucha por el control de Egipto es confusa. Nuestra mejor fuente es la Historia Nova del historiador Zósimo, con alguna ayuda suplementaria de la Historia Augusta, aunque esta última es una mezcla de especulaciones y chismorreos. Existe también una tradición árabe que se conserva en la Crónica de Tabari (839-933), que describe las hazañas de una tal Zebba, probablemente Zenobia, pero es demasiado fantasiosa para servir de verdadera ayuda. Algunos papiros de dudosa veracidad también ofrecen versiones diferentes -e incluso contradictorias- de los hechos.
Parece que el gobernador de Egipto, un individuo llamado Probo, respondió con energía a la incursión palmirena. Había combatido contra los piratas godos, pero ya se encontraba de vuelta en Egipto, y consiguió rechazar completamente a los ejércitos de Zenobia. Según la Historia Augusta, Probo persiguió a los rebeldes hasta Gaza, donde el superior conocimiento de la región por parte de los palmirenos les permitió tender una emboscada a Probo en la que éste perdió la vida. Sin embargo, otras fuentes afirman que este Probo fue el futuro emperador del mismo nombre, de manera que la cuestión sigue abierta.
De lo que no cabe duda es de la reacción del emperador Aureliano. Se trataba de uno de los fuertes gobernadores de los Balcanes que habían enderezado el timón de la zozobrante nave romana -unos hombres conocidos como los «emperadores ilirios»-. Como se deduce claramente de su sobrenombre, Manu ad ferrum («mano en la espada»), Aureliano no era un hombre paciente ni diplomático. Tras estabilizar la frontera del Danubio, decidió ocuparse de una vez por todas de las aspiraciones de poder de Palmira en Oriente.
Después de consolidar las defensas de Roma (incluyendo la construcción de las Murallas Aurelianas, que aún hoy pueden verse en la ciudad), Aureliano se dirigió al este en 272, y fue aumentando su ejército a medida que pasaba por los Balcanes. Ahora no había duda de que se consideraba a Palmira como enemiga de Roma. Las monedas palmirenas reflejan este hecho, pues ya no aparece en ellas la efigie de Aureliano, mientras que Vallabato pasa a recibir la denominación de Imperator y Zenobia la de Augusta, madre del emperador.
No está claro dónde se enfrentó por primera vez el ejército de Aureliano a los palmirenos. Zósimo sugiere tres batallas, aunque la segunda pudo ser una continuación de la primera. En su relato, ambos bandos se encontraron cerca de Immae, un pueblo en la meseta cerca de Antioquía. Zenobia había reunido un gran ejército para la ocasión y había puesto al mando a su mejor general, un hombre llamado Zabdas. Para conseguir la victoria, los palmirenos contaban con su caballería pesada, que parecía demasiado rival para los jinetes ligeros dálmatas de los que disponía Aureliano. Sin embargo, el emperador sabía que una táctica de golpeo y huida agotaría rápidamente a los jinetes palmirenos, ya de por sí bastante acalorados dentro de su armadura bajo el sol del desierto. Con los catafractos enemigos desmoralizados y exhaustos, Aureliano golpeó con todas sus fuerzas, obligando a los palmirenos a refugiarse en Antioquía.
Una vez en la ciudad, Zabdas ganó tiempo para realizar una retirada ordenada paseando por las calles a un hombre de quien afirmaba era el propio Aureliano a quien había capturado. Zabdas dejó también un contingente en retaguardia en el suburbio de Dafne, que se encontraba sobre una colina, para retrasar en lo posible la llegada del auténtico Aureliano. En respuesta, Aureliano marchó contra el suburbio con sus legionarios en la famosa formación de testudo -los soldados del centro de la unidad cubrían las cabezas de sus compañeros, de manera que, al avanzar, las tropas parecían una enorme tortuga, invulnerable ante los proyectiles lanzados desde las alturas-. Dafne fue capturado y la retaguardia aniquilada, pero Aureliano esperaba que otras ciudades se pusieran de su parte, de modo que evitó el saqueo de Antioquía, e incluso realizó algunas ofrendas en sus templos.
Con el ejemplo de Antioquía muy presente en sus retinas, Apamea, Larissa y Aretusa se rindieron rápidamente. Sin embargo, a las afueras de Emesa Aureliano encontró una decidida resistencia de los palmirenos. Esta vez la caballería palmirena se enfrentó a los jinetes romanos y, rodeándolos, los derrotó. No obstante, antes de que la victoriosa caballería pudiera celebrarlo, Aureliano lanzó contra ella un cuerpo especial de guerreros palestinos. Estos soldados iban armados con unas enormes mazas con la punta de hierro que impactaban con gran fuerza contra las mallas flexibles de los catafractos y destruían su valiosa protección. Los catafractos sufrieron una derrota aplastante y el ejército de Palmira se vio obligado a retirarse una vez más. Esta derrota resultó especialmente amarga para Zenobia, puesto que en Emesa Aureliano se apoderó de su tesoro, y con él se evaporaron las posibilidades de sufragar una campaña cada vez más costosa.
A Zenobia no le quedaba más remedio que hacer que sus tropas se retirasen hasta la propia Palmira, además de pedir la ayuda de los antiguos enemigos de su esposo, los persas. Shapur no la rechazó abiertamente, y la esperanza en una intervención persa sostuvo a los palmirenos durante su difícil retirada a través del desierto. La Historia Augusta sugiere que el propio Aureliano estuvo en peligro debido a los arqueros y las escaramuzas de la caballería ligera. Esta misma obra sugiere que las escaramuzas fueron contra «bandidos sirios», aunque resulta poco verosímil que unos bandidos tuvieran el atrevimiento de enfrentarse a un ejército romano en campaña. En cualquier caso, tanto Aureliano como su ejército estaban hartos de luchar en el desierto cuando se presentaron ante las murallas de Palmira.
Quizá por esta razón, Aureliano hizo a Zenobia una propuesta que podría considerarse muy magnánima. Vospico, el hombre que se supone redactó los acontecimientos de esta campaña en la Historia Augusta, ofrece esta versión del inicio de las negociaciones por parte de Aureliano:
De Aureliano, Emperador de Roma y restaurador del Oriente; a Zenobia y aquellos que combaten a su lado en esta guerra. No has cumplido las órdenes que te di cuando te escribí la última vez. No obstante, si te rindes, te prometo que vivirás. Zenobia, tú y tu familia podréis vivir en el palacio que pediré a nuestro reverenciado senado que os garantice. A cambio, deberás entregar tus joyas, tu plata, tu oro, tus trajes de seda, tus caballos y tus camellos al tesoro de Roma. Los derechos del pueblo de Palmira serán respetados.
Vospico «Vida de Aureliano», Historia Augusta, 26
Si Aureliano esperaba que Zenobia aceptase alegremente su oferta, debió de sentirse muy defraudado, pues ni siquiera recibió de la reina una respuesta cortés y, en su lugar, ésta le respondió enérgicamente:
Zenobia, Reina del Este, a Aureliano Augusto. Nadie sino tú podría pensar en pedirme algo como esto en una carta, cuando lo que se necesita sobre todo es coraje. ¿Rendirme? Como si no supieras que la reina Cleopatra prefirió morir antes que vivir de manera diferente a una reina. Los persas no nos han abandonado y están de camino para rescatarnos. Los sarracenos y los armenios están con nosotros. Si incluso los bandidos de Siria han derrotado a tu ejército, Aureliano, ¿qué ocurrirá cuando lleguen hasta aquí los refuerzos procedentes de todas partes? Entonces cambiarás el tono que empleas para ordenar mi rendición como si ya hubieras obtenido una victoria completa.
Vospico «Vida de Aureliano», Historia Augusta, 27
Y así quedaron las cosas por el momento. Los romanos no estaban dispuestos a intentar un asalto, y los palmirenos carecían de fuerzas para realizar una salida. Hubo algunas escaramuzas entre arqueros, pero, básicamente, ambos bandos se limitaron a esperar que desaparecieran los abastecimientos o la moral del contrario.
Aureliano se había presentado como «restaurador del Oriente». Si fracasaba en su intento de tomar Palmira, su credibilidad quedaría seriamente dañada. El emperador era muy consciente de que, al ser también él un usurpador, únicamente el éxito podría conferirle la legitimidad necesaria para protegerse de otros usurpadores. Por lo tanto, no resulta exagerado afirmar que aquel asedio era para él una cuestión de vida o muerte.
Para los palmirenos, la cuestión era qué harían los romanos si se ponía a prueba su paciencia. En un tiempo anterior a la caballería andante, una ciudad podía esperar clemencia si se rendía rápidamente, pero no si resistía con bravura. Aureliano había prometido piedad, pero cuanto más tardase en ponerla en práctica, ésta sería de peor calidad. En estas circunstancias, no debe sorprendernos que Zenobia se viese obligada a realizar el siguiente movimiento. Desesperada ante la tardanza de la ayuda persa, salió a escondidas de la ciudad y realizó una incursión por las tierras persas del otro lado del Eufrates.
Fue una apuesta al todo o nada, y perdió. Zenobia y un grupo de compañeros a lomos de camellos ya casi habían llegado al río cuando fueron interceptados por la caballería romana. Zenobia fue capturada y, cuando la noticia llegó a Palmira, la ciudad abrió sus puertas a los romanos. Fiel a su palabra, Aureliano ahorró a los palmirenos el sufrimiento de un saqueo y les perdonó la vida. A pesar de apoderarse del tesoro de la ciudad, recibió no obstante numerosos presentes de palmirenos acaudalados que se mostraron encantados de que la rebelión hubiera terminado con un coste tan insignificante para ellos.
Zenobia y sus colaboradores más cercanos fueron conducidos a Emesa para someterlos a juicio. La soldadesca de Aureliano, que todavía recordaba las duras jornadas de combates en el desierto, exigía con modales violentos su ejecución, mientras que la propia Zenobia había abandonado la idea de morir como Cleopatra y rogó a Aureliano por su vida:
Tú [Aureliano], sé que eres un auténtico emperador porque consigues victorias. Galieno, Aureolo y otros, no creo que fuesen emperadores. [La diosa] Victoria era mujer como yo, y yo pretendía equipararme a ella en poder regio, si es que hubiera suficiente tierra en la que poder alcanzarlo.
«Los treinta tiranos», Historia Augusta, 30
Haciendo gala de una gran injusticia, Zenobia intentó culpar de su conducta a sus consejeros, especialmente al filósofo Longino, que soportó las acusaciones con una dignidad que hizo avergonzarse a su reina.
Aureliano ejecutó a aquellos que parecían mas claramente implicados en la revuelta palmirena, pero respetó la vida de Zenobia, aunque no mostró tantos miramientos respecto a su dignidad. Durante su regreso hacia Occidente, Aureliano exhibió a Zenobia como prisionera en todas las ciudades por las que pasaba. Según una de nuestras fuentes, fue paseada por las calles de Antioquía encadenada a un dromedario, y luego exhibida durante tres días sobre una plataforma de madera construida especialmente para ese propósito. No se trataba únicamente de un afán de venganza por parte del emperador. Zenobia había cultivado un poderoso culto a su personalidad, y la mejor forma de acabar con él era mostrar a la carismática Reina del Desierto como una prisionera romana degradada y humillada.
No sabemos qué ocurrió con Vallabato, el joven rey en cuyo nombre aseguraba reinar Zenobia. Es posible que muriera en el momento que se rindió Palmira o quizá, como asegura otra fuente, murió cuando el barco que le transportaba hasta Roma naufragó frente a las costas de Iliria. Asimismo, en la primavera del año 272 d. C, la ceca de Alejandría volvió a emitir acuñaciones de monedas romanas, de donde se deduce que también Egipto había vuelto al redil romano.
En el 273 Aureliano dirigió su atención al oeste, en concreto hacia Tétrico I, un senador díscolo que dirigía entonces el rebelde «Imperio de la Galia». Los partidarios de Zenobia en Palmira aprovecharon la oportunidad para alzarse de nuevo en armas y expulsar de la ciudad a la facción prorromana. Según Vopisco, también mataron a los soldados de la guarnición que Aureliano había estacionado allí.
Como gobernante eligieron, probablemente, al padre de Zenobia, Antíoco, aunque otras versiones mencionan únicamente a «Aquiles, un pariente». Aureliano no tenía intención de dejar que la situación de Palmira se degradara a su espalda y rápidamente regresó hasta allí. Palmira no había conseguido que oriente se sumase de nuevo incondicionalmente a la causa de Zenobia, de manera que esta vez Aureliano apenas encontró resistencia. Ni siquiera la propia Palmira se le resistió durante mucho tiempo. Puesto que no merecía la pena malgastar su magnanimidad con los desagradecidos, Aureliano ordenó saquear Palmira y derribar sus murallas.
Aunque Aureliano acabó para siempre con Palmira como potencia política exterior, no destruyó la ciudad por completo, y ésta pudo continuar su existencia como modesto centro comercial. Bajo el emperador Diocleciano, que ascendió al trono imperial en el 284 d. C, se reconstruyeron las murallas. Otros emperadores posteriores también restauraron la ciudad, que permaneció dentro del Imperio Romano hasta que fue conquistada por los árabes en el 634.
La rebelión de Zenobia fue un fracaso. De hecho, se ha llegado a discutir hasta qué punto fue una auténtica rebelión. Cuando Odenato llegó al poder, Roma parecía tan débil que la cuestión parecía ser si sería Persia o Palmira la que gobernaría en el este. Galieno animó a Odenato a asumir tanta responsabilidad como estuviera a su alcance, y premió sus éxitos con honores. Claudio Gótico, si bien no fue tan efusivo como su predecesor, toleró al menos las aspiraciones de Palmira de convertirse en una gran potencia, aunque no está claro si, de no haber muerto, lo hubiera permitido durante más tiempo.
El hecho es que los romanos consideraban a Palmira un estado-tapón. Los palmirenos eran bárbaros a los que concedieron una soberanía temporal hasta que Roma fuese suficientemente fuerte como para reclamarla. Esto no significa ignorar las provocaciones de Zenobia, pues sus actos en Egipto sobrepasaron claramente la línea divisoria entre un aliado y un rebelde, pero siempre queda la sospecha de que Aureliano estaba dispuesto a reclamar Oriente para Roma sin importarle el posible comportamiento de Zenobia.
Aureliano, conquistador del Oriente y el Occidente, murió en el año 275 mientras regresaba una vez más al este a combatir contra los persas. Era un hombre tan duro que, cuando sorprendió a su secretario Eros en una maldad, el hombre removió cielo y tierra para evitar el castigo. Confeccionó una lista de los funcionarios más cercanos a Aureliano, y fue a cada uno de ellos afirmando que Aureliano creía que estaba conspirando contra él. Estos hombres también conocían a su comandante, y pensaron que su única esperanza consistía en asesinar a Aureliano y luego solicitar la misericordia de los soldados. Al descubrir que habían sido engañados, mataron a Eros, pero para entonces el hombre que había reunificado el Imperio estaba muerto, asesinado en parte por su propia reputación.
¿Y Zenobia? Aunque su destino no se conoce con certeza, las fuentes más fiables dicen que fue exhibida en Roma en compañía de Tétrico, el ex-emperador de los galos, durante el triunfo de Aureliano tras derrotar al Imperio Galo. Según una de las versiones, la cargaron con unas cadenas de oro tan pesadas que necesitó de ayuda para mantenerse en pie.
Era una tradición romana que aquellos líderes que marchaban por las calles detrás del carro del triunfador fuesen arrojados a continuación a las mazmorras de la prisión romana cercana al foro, donde eran estrangulados mientras su conquistador degustaba el banquete de la victoria. Tétrico no corrió esa suerte. Quizá en reconocimiento a la deserción temporal de su ejército, el ex-emperador fue restituido al rango de la aristocracia romana, recibiendo incluso un puesto administrativo en Lucania.
También Zenobia salvó la vida, y se estableció en una hacienda campestre cerca de la famosa villa de Adriano. Se cuenta que posteriormente contrajo matrimonio con un senador romano, y acabó sus días viviendo como una dama provinciana. A diferencia de Tétrico, Zenobia siguió siendo una rebelde de corazón hasta el final. Que no fuese ejecutada por su traición tiene menos que ver con la caballerosidad que con la política real. Aureliano había observado el sentimiento pro-Zenobia que recientemente había provocado otra revuelta en Palmira, y también en Egipto seguía existiendo simpatía por aquella mujer. Se trataba de puro cálculo político: ¿estarían más dispuestos los pueblos del Oriente romano a rebelarse en memoria de una reina guerrera martirizada en su lucha por la libertad, o de una matrona romana viva, casada y cómodamente instalada en su casa cerca de Tívoli?