Al reflexionar sobre sus experimentos a la luz de treinta y cinco años de experiencia docente, Alexander añadió:
De hecho sufría una ilusión prácticamente universal, la ilusión de que, dado que somos capaces de hacer lo que «queremos hacer» en actos que nos son habituales y que implican experiencias sensoriales familiares, también hemos de ser capaces de hacer lo que «queremos hacer» en actos que son contrarios a nuestros hábitos y que, por tanto, ponen en juego experiencias sensoriales con las que no estamos familiarizados.