INTRODUCCIÓN
«¿Qué es la técnica Alexander y cómo puede ayudarme?» He oído esta pregunta en centenares de ocasiones desde que yo mismo la formulé por primera vez en 1972. Enseguida descubrí que era más fácil averiguar lo que la técnica no era. Según unos amigos que habían estudiado la obra de Alexander, no era como el yoga, ni el masaje, ni la psico-filosofía oriental. No incluía la práctica de ejercicios, y era algo mucho más sutil y complejo que el entrenamiento postural o de relajación. Mis amigos me dieron a entender que jamás llegaría a comprender del todo de qué trataba la técnica, a menos que tomara unas cuantas clases. Así lo hice, y entonces empecé a explicarme sus dificultades para definir y describir la técnica.
La técnica Alexander elude una definición precisa porque se refiere a una experiencia nueva: la de liberarse gradualmente del dominio de los hábitos establecidos. Cualquier tentativa de traducir esta experiencia en palabras es por fuerza limitada, un poco como tratar de explicar qué es la música a alguien que no haya oído nunca una nota. Con todo, me pareció que el intento valía la pena, aunque solamente fuese porque las descripciones anteriores de la técnica me daban la impresión de ser más restringidas de lo necesario, y consideré que quizá fuera posible forzar un tanto los límites de la palabra impresa. El libro que he escrito es el libro que habría querido leer cuando comencé a estudiar la técnica.
Este libro empezó como una tesis que presenté para obtener mi doctorado, cuando además estaba estudiando para ser profesor de la técnica Alexander. La tesis estaba escrita en un estilo un tanto cauteloso, llena de expresiones como «creo que» y «podría decirse que». Desde que la presenté, me he graduado como profesor calificado de técnica Alexander y he reunido considerable experiencia. Mí comprensión de ella se ha profundizado y su práctica ha pasado a formar parte integral de mi vida diaria. Al repasar el original para su publicación, he añadido varias descripciones de mis experiencias como profesor y me he sentido sumamente complacido de poder eliminar todas aquellas frases cautelosas, pues donde antes había escrito «creo que», ahora encuentro que lo sé.
Entonces, ¿qué es la técnica Alexander...?
La mejor definición formal es la del doctor Frank Jones, antiguo director del Instituto de Investigaciones Psicológicas de la Universidad de Tufts, quien describió la técnica como «un medio para cambiar pautas de reacción estereotipadas mediante la inhibición de ciertas tendencias posturales»{1}. La describió asimismo como «un método para ampliar el campo de la conciencia de modo que no sólo incluya la excitación, sino también la inhibición (es decir, el "no hacer" tanto como el "hacer") a fin de obtener una mejor integración de los elementos reflejos y voluntarios en una pauta de respuesta».{2} Pero mi definición preferida es la que dio Leo Stein, el hermano de Gertrude, para quien esta técnica era «el método para mantener la vista en la pelota, aplicado a la vida».{3}
La técnica Alexander puede ayudar a la gente de muchas maneras. En gran medida, dependerá de lo que cada persona necesite y de lo que espera conseguir. En términos generales, parece que hay tres motivos principales por los que se acude a tomar clases de los profesores de técnica Alexander.
En primer lugar, el dolor. Personas con dolor de espalda, rigidez de cuello, asma, jaquecas, depresión y muchos otros males con frecuencia llegan a la puerta de un profesor de esta técnica tras haber agotado los métodos de tratamiento más convencionales. Los citados achaques son muchas veces el resultado de malos hábitos de movimiento y pueden aliviarse mediante la reeducación.
En segundo lugar, su relación con las artes que necesitan un intérprete y la necesidad de adquirir ciertas habilidades. Los malos hábitos, a menudo consecuencia de pautas generales de mala utilización en la vida cotidiana, pueden exagerarse en gran manera cuando se practica regularmente una actividad difícil o delicada. Actores que se quedan sin aliento, violinistas con el hombro izquierdo paralizado, concertistas de oboe con el labio superior rígido o deportistas con «codo de tenista»: todos ellos sufren la tensión característica de sus actividades y pueden beneficiarse del estudio de la técnica. Quienes pretenden dominar este tipo de disciplinas pueden aprender mucho observando a los grandes maestros, que a menudo demuestran una facilidad y economía de movimientos que parecen del todo naturales. Cuando Arthur Rubinstein toca el piano, cuando Fred Astaire baila o cuando Teofilo Stevenson boxea, tienen todos algo en común:hacen que parezca muy fácil. Alexander descubrió que esta cualidad de relajamiento en la acción no sólo se debe al talento innato, sino que puede aprenderse.
En tercer lugar, la transformación personal. El reciente auge de la psicología humanista y la difusión cada vez mayor de las filosofías orientales han dado lugar a una creciente comprensión de la importancia de la responsabilidad que cada individuo tiene de desarrollar su propia conciencia. A este respecto, John Dewey, filósofo de la educación norteamericano y uno de los más influyentes seguidores de Alexander, escribió:
Lo más difícil de alcanzar es aquello que está más próximo a nosotros, lo más constante y familiar. Y ese algo más próximo somos, precisamente, nosotros mismos, nuestros propios hábitos y modos de actuar... Nunca, me parece, ha habido una conciencia tan aguda del fracaso de todos los remedios y fuerzas exteriores al individuo. No obstante, una cosa es enseñar la necesidad de regresar al ser humano individual como agente último de cualquier logro que la humanidad o la sociedad puedan realizar colectivamente... Otra cosa es descubrir el procedimiento concreto mediante el cual se pueda llevar a cabo esta tarea, la más grande de todas. Y esto, indispensable, es exactamente lo que ha conseguido el señor Alexander.