Prólogo

No estás aquí. Procura que no se te olvide.

Intenta no recordar dónde estás en realidad.

Te encuentras dentro de un intrincado laberinto de tenebrosos pasillos, todos iguales entre sí. Cruzas el último con la misma facilidad con la que recorre una jeringuilla su émbolo y te ves expulsado, de improviso, al abrumador espacio abierto del interior. Hace escasos minutos viste el espacio exterior, el universo, y todo ese tinglado no te pareció más grande que esto. El espacio interior es, fundamentalmente, familiar. No se trata más que del firmamento nocturno, sin la tierra bajo tus pies.

Este lugar es, fundamentalmente, extraño. Mide treinta kilómetros de longitud y cinco de altura, y es más grande que cualquier otra cosa que hayas visto antes. Es una habitación que alberga un mundo en su interior.

Según ellos, es un mundo brillante. Para nosotros no es más que una caverna fría y oscura. Según ellos, nuestras sondas más delicadas serían como gigantescas naves espaciales que planearan sobre cualquiera de nuestras ciudades impulsadas por reactores, proyectando haces de un brillo intolerable sobre todas las cosas. Es por eso que lo vemos a través de sus ojos, con sus instrumentos, en sus colores. La traducción de los colores tiene más que ver con los matices emocionales que con el espectro electromagnético; nos hemos devanado los sesos, tanto ellos como nosotros, para llegar a esta interpretación.

Así que lo que ves es un cálido fondo verde, jaspeado de innumerables formas, tan vivaces como diminutas, escaparate de muchos más colores de los que puedes nombrar. Te vienen a la cabeza joyas, colibríes y peces tropicales. Lo cierto es que el símil con una jungla o un arrecife de coral no resulta descabellado. Es éste un sistema más complejo que el de la Tierra en su conjunto. Conforme la panorámica se acerca a la superficie, recuerdas imágenes de ciudades vistas desde el aire, o los patrones de un sistema de circuitos de silicio. También esto se aproxima: aquí, la diferencia entre natural y artificial carece de significado.

El zoom aumenta y disminuye: desde los copos de nieve fraccionados, matizados de arco iris en calidoscópico movimiento, a las vastas distancias y perspectivas teñidas de violeta del hábitat, lo que reafirma la multiplicidad y diversidad de este lugar, la ausencia de repetición. Todo lo que hay aquí es único; existen las similitudes, pero no las especies.

No puedes detenerlo; muda, infatigable, la panorámica continúa mostrándote más y más, hasta que la inhumana e irresistible belleza del alienígena jardín, o ciudad, o máquina, o mente te destroza el corazón. No piensa dejar que te marches antes de que le hayas concedido tu aprobación; es en ese momento, en el preciso instante en que te enamoras, cuando te expulsa y regresas a tu humanidad, a la oscuridad.