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Salté hacia atrás, batiendo las piernas a toda velocidad. El forajido no me siguió. Tenía la cabeza ladeada, como si estuviera decidiendo si suponía una amenaza para él o no. Otro grupo de peces muertos se puso en medio, bloqueando la visión de Sombra. La imagen de sus ojos ciegos me impulsó a coger la tabla manta y montarme en ella.

No, Sombra no era ciego. Si lo parecía era porque debía de llevar lentillas oscuras.

La corriente arrastró a los peces a la deriva. Giré la cabeza para mirar hacia atrás, pero solo vi el campo de algas. Arranqué la manta y puse rumbo a casa. La energía había vuelto, así que no había razón para quedarse allí. Con un poco de suerte, los cultivos se recuperarían del descenso de temperatura. Los faros iluminaron a unos cuantos peces medio comidos que iban a la deriva; era lo único que quedaba del ganado de los Peavey. Todo había desaparecido, bien porque había escapado o bien porque había muerto.

El miedo fue despareciendo despacio y volvió la rabia. Los Seablite deberían haberse limitado a coger los suministros que necesitaban. No tenían por qué destruir la casa y la granja de los Peavey; todo lo que Shurl y Lars habían creado de la nada. Reduje la velocidad. Gemma tenía razón. Si seguía a Sombra y averiguaba dónde estaba la guarida de la banda, Grimes podría arrestar a todos sus miembros. Y, luego, el Representante Tupper podría «reconsiderar los beneficios de ayudar al desarrollo del Territorio de Benthic». Éramos nosotros contra ellos, así de simple. Colonos contra forajidos. Di media vuelta y volví al campo.

Era bastante fácil distinguir los tallos que ondulaban. Me situé a baja altura, sobre las algas, y seguí el camino que indicaban sus movimientos. Sombra se dirigía hacia el extremo del campo. Más allá se extendía la valla de burbujas que señalaba el límite de la propiedad de los Peavey. El final de la plataforma continental se encontraba a kilómetro y medio de distancia hacia el Este; a partir de ahí, el abismo. En su mayor parte, la plataforma bajaba suavemente hacia la llanura abisal, pero detrás de la propiedad de los Peavey no sucedía así. Hewitt y yo habíamos navegado a lo largo del borde muchas veces. Era un acantilado rocoso que caía en picado hasta el fondo marino, que se hallaba a más de tres kilómetros de profundidad. Montones de cuevas salpicaban la cara de ese acantilado. Tal vez, en una de ellas fuera donde los forajidos guardaban el Specter.

Todavía oculto entre las algas, me incorporé sobre los codos para ver cómo el forajido se alejaba. Dentro de la cúpula de metacrilato que era su casco, la parte trasera de la cabeza calva de Sombra era de un brillante color blanco sobrenatural. Cuando avanzó hacia la valla de burbujas fue cuando vi la pistola de arpones sujeta a su espalda. Era exactamente del mismo tamaño que la que yo había decidido no traer porque me parecía demasiado voluminosa. Ojalá la tuviera ahora.

A mis padres no les haría ninguna gracia el plan, pero no estaban allí. Con el regusto amargo de la adrenalina en la boca, aceleré la manta y salí disparado hacia la pared de burbujas. Al otro lado, el mar era de color azul cobalto y uniforme. En la distancia distinguí un débil brillo. No era la bioluminiscencia verdosa de una criatura marina, sino el cálido destello de la corona de luces de un casco.

Seguí a Sombra hasta que, sin previo aviso, el destello se desvaneció como si se apagara una cerilla. Viré a la derecha, preguntándome si se había dado cuenta de que le iba pisando los talones. Reduje la velocidad y di una vuelta, pero, antes siquiera de que me diera tiempo de empezar a buscarle, una luz me deslumbró. Ahí estaba Sombra, de pie en el suelo marino, con las piernas separadas, la corona de luces encendida y la descomunal pistola de arpones en las manos. Al verme levantó el arma y apuntó.

Puse la marcha atrás, pero tardé demasiado. El impacto del arpón en la parte inferior de la tabla, estuvo a punto de arrancarme los dientes. Di media vuelta y aceleré para escapar, pero la tabla, en vez de salir disparada, emitió unas explosiones. Giré los mandos a tope; sin embargo, se paró por completo. Apagué el motor e intenté arrancarlo otra vez, cosa que pareció funcionar. La tabla volvió a la vida bajo mi cuerpo, pero empezó a caer hacia atrás.

Por más que giré los mandos no conseguí que la tabla avanzara, ni siquiera que dejara de retroceder. Me moví hacia delante para asomarme a ver qué pasaba. No me sorprendió ver que de la parte inferior de la manta sobresalía un arpón que se bamboleaba por efecto del agua. De lo que no me había dado cuenta era de que la punta estaba atada a una cadena. Me senté de un salto y vi que Sombra arrastraba poco a poco su captura, como un cadáver resucitado, sin sangre y con los ojos negros.

Salté de la manta y nadé hacia arriba, deteniéndome solo para apretar el botón que liberaba las aletas de mis botas. Sombra no podría atraparme a menos que soltara su lanzador de arpones, puesto que, aunque el peso del arma no le arrastrara hacia abajo, su tamaño hacía que lo tuviera difícil. Aun así, continué braceando, ahora en horizontal.

Al final me dolían los músculos por el esfuerzo. Dejé de nadar y fui cayendo hacia el suelo, sin dejar de mirar a todos lados. En ninguna parte se veía un destello que indicara la presencia de las luces de un casco; solo una extensión infinita de agua azul oscuro.