11

Con la cadena de un ancla en la mano, tiré con todas mis fuerzas para atarla a un poste profundamente incrustado en el suelo marino. Una vez que mi padre puso en marcha las bombas de aire, la casa de los Peavey se infló enseguida. Cerca de mí, Gemma sostenía con decisión su cadena, a pesar de que tenía que estar de puntillas. Disimulé mi sonrisa cuando vi que se dejaba caer en el lodo para evitar que la corriente la arrastrara. Le toqué el brazo para indicarle que ya había asegurado el extremo de su cadena, entonces la soltó y me dio las gracias en silencio mientras su sección de la casa volvía a su sitio. Estaba como nueva.

El oscuro interior del hogar de los Peavey fue otra historia. Durante las pocas horas en las que la casa estuvo caída en el fondo del mar, pequeñas criaturas habían encontrado refugio en ella. Ahora los cangrejos se escabullían bajo nuestros pies, iluminados por la hilera de luces de emergencia empotradas en el suelo. Pequeños peces se lanzaban al fondo del agua poco profunda mientras Zoe lo salpicaba todo en sus esfuerzos por atrapar una raya azul.

—¿Por qué no se aplastó todo cuando la casa se derrumbó? —me preguntó Gemma—. Los armarios, por ejemplo.

—Cuando una casa se desinfla, se hunde, pero nunca se derrumba del todo —le expliqué, colgando una linterna de pilas en un gancho de la pared—. Para evitar que eso suceda hay una estructura de vigas de apoyo, y por dentro, todo, las paredes, esos armarios y los de arriba, están fabricados con materiales flexibles. Así que, aunque algo se aplaste, luego recupera su forma original.

—Tu padre debe de ser muy inteligente.

—No hizo el trabajo solo. Para construir la primera granja, mi madre y él vivieron en un gran centro de investigación submarina durante más de dos años con otros muchos ingenieros y científicos. Allí es donde se conocieron.

—¿No podemos encender las luces? —preguntó Hewitt en voz alta.

—Hasta que el agua desaparezca del todo no —aconsejó el médico, enganchando una linterna en la abrazadera que colgaba del vehículo—. Sé que los focos están sellados, pero ¿para qué correr el riesgo de que alguien se electrocute?

Yo estaba contento de que el médico se hubiera ofrecido a venir y de que mi madre se hubiera quedado en casa con Lars. A pesar de sus manos llenas de cicatrices, demostró ser de ayuda para volver a inflar la casa, pero lo más importante era que mi madre no habría reaccionado bien ante los techos que goteaban y el desastre general. El equipamiento asomaba del agua igual que sobresalían de la arena los edificios derrumbados que no habían desaparecido en el Cañón del Sueño Frío.

—Vamos a poner en marcha los ventiladores —dijo mi padre, enganchando otra linterna—. La limpieza de verdad la haremos mañana, cuando las cosas estén secas. Esta noche solo nos ocuparemos de lo que sea urgente.

Mientras encabezaba la marcha de los otros chicos al piso de arriba y a la cocina, el frío me caló hasta los huesos. Podía oír el débil borboteo del agua de un géiser submarino que volvía a recorrer las cañerías del suelo, pero el agua bombeada todavía tenía que calentar el aire de la casa. Las paredes de la cocina, generalmente acogedora, estaban negras y húmedas, y del techo caían gotas. Con expresión lúgubre y en silencio, Gemma y Hewitt limpiaron los armarios y el suelo, que estaban cubiertos de algas y de agonizantes criaturas marinas de los acuarios rotos. Zoe no hacía más que llenar con agua del mar cuencos y cubos, como una loca.

—Sujeta esto —dijo dejando en manos de Gemma un tarro.

Cuando Zoe recogió del suelo un pulpo rojo moteado y lo echó en el tarro, Gemma puso cara de asco.

—No te va a morder —la regañó Zoe.

Gemma buscó un sitio donde dejar el frasco, pero la encimera de la cocina estaba cubierta de acuarios improvisados. Cuando estaba a punto de decirle que ya lo cogía yo, el pulpo sacó uno de sus tentáculos del agua y lo enroscó en la muñeca de Gemma. Ella soltó un alarido y tiró el frasco por los aires, pero el pulpo no siguió el mismo camino; al contrario, se aferró a la muñeca a pesar de los frenéticos esfuerzos de Gemma por quitárselo de encima.

—No te muevas. —Fui corriendo a ayudarla—. Ya te lo quito.

Presa de pánico, Gemma sacudió el brazo sin parar hasta que el pulpo salió volando por la habitación y se estrelló contra la pared. Zoe corrió a por él, gritando. Cogió con ternura al cefalópodo y luego miró a Gemma con enfado.

—Podías haberle hecho daño.

—¿Hacerle daño? —barbotó Gemma—. ¡Ese trapo viscoso con ojos me ha agarrado la muñeca!

Hewitt y yo contuvimos la respiración al mismo tiempo. Zoe se puso de pie despacio y rabiosa, sin dejar de acunar al pulpo.

—¡No! —grité al tiempo que ponía a Gemma detrás de mí.

Hewitt se subió en la mesa de la cocina.

—¡Salid del agua!

—Zoe, cálmate —dije, intentando que mi voz sonara tranquila frente a la rabia de mi hermana—. Gemma no puede evitarlo. Es una Terrestre.

Gemma me empujó por la espalda.

—No sabe lo geniales que son los animales del mar —insistí—. No es culpa suya.

Zoe meditó mis palabras y luego, después de lanzarle una mirada asesina a Gemma, se fue de la cocina con el pulpo colgado de ella como si fuera un bebé. Yo me relajé un poco.

Hewitt, todavía subido en la mesa, miró enfadado a Gemma.

—¿Estás loca? No se te ocurra nunca enfadar a Zoe. Jamás.

—¿Qué os pasa a los dos? —preguntó Gemma.

—Zoe no pelea limpio —murmuré.

—¡Por favor! —resopló ella—. El año pasado compartía residencia con más de cien chicas adolescentes. Las peleas no me impresionan. Creo que puedo entendérmelas con una niña de nueve años.

—Eres fuerte, ya lo sé. —Intercambié una mirada con Hewitt, quien estaba claro que estaba pensando lo mismo que yo.

«En una pelea con Zoe, da igual lo fuerte que seas».

Nos fuimos a la húmeda sala de estar, donde nos sentamos en sillas alrededor de una estufa portátil para intentar mantenernos en calor, sin hacer caso del goteo constante.

—No sé por qué mi madre se molesta en salvar las plantas del invernadero —murmuró Hewitt—. Deberíamos trasladarnos Arriba y ya está.

Zoe se reunió con nosotros, todavía con el pulpo en brazos, aunque lo había metido en un jarrón lleno de agua. Miró de mala manera a Gemma, que se frotaba las manos encima de la estufa. Hewitt lanzó otra mirada de desagrado hacia las escaleras por las que acababa de bajar Shurl, cargada de varillas para sostener las plantas del invernadero.

—Tus padres no se van a mudar porque la casa se haya derrumbado. La arreglarán en unos días —dije, dejándome caer en la silla que estaba al lado de Gemma.

—¡Los Seablite nos han atacado!

—¿Se llaman Seablite porque son una plaga en el mar[2]? —preguntó Gemma.

—Sí —contestó Hewitt con vehemencia, antes de pararse y preguntar—: ¿Qué es una plaga?

—En realidad —dijo Doc entrando en la salita y dejando un puñado de varillas—, el nombre viene porque escaparon de una prisión llamada Seablite.

Le miré con sorpresa.

—¿Dónde ha oído eso?

—En aquel tiempo yo trabajaba en el Departamento de Soluciones Nuevas. Intentábamos solucionar el problema de la vivienda. Eso fue antes de que mi reputación profesional quedara hecha trizas. —Esto lo dijo con tono alegre, pero su sonrisa era forzada—. Mi trabajo era vigilar la salud de cualquiera que viviera en una vivienda experimental, como era Seablite. —Enseñó las palmas de sus manos, cada una de ellas con una cicatriz que iba de lado a lado—. Me lo hizo el cuchillo de un recluso.

Zoe se incorporó para verlas más de cerca. Yo me quedé de piedra. Unos años antes, el médico me había contado cómo se había hecho esas cicatrices y que ya no podía operar por culpa de todos los tendones que se habían visto afectados; sin embargo, no había mencionado en ningún momento el nombre de la prisión.

—¿El Representante Tupper nos está presionando para que atrapemos a unos convictos fugados? —pregunté, con el estómago revuelto a consecuencia de la incredulidad y la indignación.

—Y no son unos convictos cualquiera —contestó él, cogiendo una silla—. Esos hombres eran tan peligrosos que estaban encerrados en una prisión experimental.

—¿Experimental? —preguntó Gemma.

—Seablite fue la primera, y la única, cárcel submarina que se construyó —dijo él antes de volverse hacia mí—. Seguro que has pasado por encima miles de veces.

—¿Cómo? —quise saber, sin poder creérmelo—. ¿Dónde está?

—Entre esta casa y el Intercambiador. Es el edificio que albergaba un laboratorio científico. Al menos, eso es lo que se le dijo a la gente.

—¿El que tiene un letrero que pone ESTRUCTURA INESTABLE? —pregunté.

El pequeño edificio de dos pisos era tan insulso que nunca me había fijado demasiado en él.

—Ese mismo —confirmó el médico.

—¿Por qué la Comunidad le llama laboratorio científico? —Estaba que echaba humo.

Doc enarcó una ceja.

—¿Qué crees que habrían hecho los colonos si hubieran sabido que el Gobierno había construido una cárcel de máxima seguridad dentro de los límites del territorio?

Era una pregunta retórica, pero la contesté de todas formas.

—Se habrían quejado.

¿Por qué me seguía sorprendiendo por las mentiras del Gobierno?

—Hora de irse —gritó mi padre desde la puerta.

—Espera —exclamó Zoe—, quiero escuchar lo de la fuga.

—¿Qué fuga? —preguntó Shurl, colocándose al lado de mi padre con una tomatera en un tiesto.

—Los Seablite no son solo un grupo de forajidos —le explicó Hewitt—. Doc dice que son psicópatas que escaparon y que no estamos seguros aquí…

—¿Cómo lo hicieron, Doc? —pregunté interrumpiendo a Hewitt—. ¿Cómo escaparon?

Shurl y mi padre se acercaron, tan intrigados como nosotros.

—Bueno, eso es lo que nadie se explica. —El médico se inclinó hacia delante, con los ojos clavados en la luz parpadeante del interior de la estufa—. Nadie lo sabe. Una noche, la prisión se quedó sin energía; igual que ha pasado aquí. Pero es que, además, los guardias cayeron en un sueño profundo. Según comprobé luego, al examinarles, no habían sido drogados.

—Seguro que los forajidos les dieron un buen golpe en la cabeza —dijo Zoe.

—No creo —replicó Doc con seriedad—. No tenían nada que indicara algo así; ni chichones ni heridas. Y todos dijeron que al despertar se encontraban bien, cosa que sucedió treinta minutos después. Al principio ni siquiera se dieron cuenta de que los prisioneros habían escapado. La puerta que daba a la celda principal seguía sellada, y detrás de ella había dos más, también cerradas. No habían sido forzadas.

Todos nos inclinamos hacia delante, escuchando con atención, con las caras iluminadas por la luz anaranjada.

—Y las cámaras de vigilancia… eso fue muy extraño —continuó Doc, con suavidad—. Las cámaras solo grabaron interferencias durante treinta minutos exactos, y luego volvieron a funcionar como si no hubiera pasado nada.

Shurl parecía nerviosa.

—Eso no es más que una historia de miedo para asustar a los chicos, ¿verdad, Doc?

—Todo es cierto. —Levantó una mano como si estuviera prestando juramento—. Hace cinco años, los Seablite se esfumaron de sus celdas y nadie ha averiguado nunca cómo lo hicieron.

A Gemma se le iluminaron los ojos.

—Puede que uno de ellos tuviera un Don Oscuro. O que lo tuvieran todos. Vivían debajo del agua, ¿no?

—Lo pensé —le contestó Doc—. Es posible que en el tiempo que estuvieron en el fondo del mar desarrollaran habilidades desconocidas.

Mi padre se levantó, molesto.

—Cosas así son las que originan los rumores.

—Si estaban en prisión, eran adultos —dije—. Esa estúpida teoría solo se aplica a los niños.

—¿Y si no fuera solo una teoría? —preguntó Doc—. A nadie se le ha ocurrido ninguna explicación mejor para la fuga de los forajidos. —Miró a Zoe—. ¿Qué dices tú, ángel? ¿Tienes algún truco especial que enseñarnos?

Para horror mío, Zoe me miró como si me pidiera permiso. Por descontado, todos siguieron la dirección de su mirada.

—Olvida lo que te dije, renacuajo. —Mantuve un tono alegre, aunque quería estrangularla—. Tú tienes un don especial de verdad; no tienes por qué mantenerlo en secreto.

Hewitt se quedó boquiabierto.

—¿En serio? —preguntó Zoe.

—¡Claro! —contesté—. ¿Por qué no? Enséñales lo que puedes hacer, pero luego no me eches la culpa si todos se ponen a gritar.

Por una vez en su vida, Zoe se estremeció al ver que todos estaban pendientes de ella.

—¿Qué es lo que puede hacer? —Doc se echó hacia delante.

Yo me encogí de hombros.

—No hay mucha gente que sepa que puede… tocarse la nariz con la lengua.

Hewitt y Gemma aullaron mientras mi padre se echaba a reír.

—¿Lo ves? Te dije que nadie iba a querer saberlo. —Fulminé a mi hermana con la mirada—. Algunas habilidades es mejor guardárselas.

Doc era el único que no se había echado hacia atrás. Observaba a Zoe pensativamente. Demasiado. Yo atraje la atención de mi hermana e incliné ligeramente la cabeza hacia Doc. Ella esbozó una sonrisa, fingiendo inocencia, mientras sacaba su larguísima lengua y se tocaba con ella la punta de la nariz. Un coro de «¡No lo hagas!», «Para» y «No», surgió del círculo que formábamos. Doc se recostó en la silla con una sonrisa forzada.

Veinte minutos después, con el casco y el traje de buceo puestos, nadé hacia un comedero situado bajo uno de los edificios exteriores de los Peavey. Todos los demás se instalaron en el crucero que estaba suspendido sobre las algas. Tiré al recipiente de malla la bolsa de comida inservible que habíamos sacado de la cocina. Por desgracia, los Peavey ya no tenían peces que alimentar, pero se la comerían los cangrejos. Ellos comían cualquier cosa.

Mientras volvía al crucero, vi a Gemma asomada a la ventana de atrás. Al verme empezó a saludarme con la mano, pero luego se quedó quieta. Abrió la boca con expresión de sorpresa a la vez que señalaba con un dedo a algo situado detrás de mí. Cuando giró la cabeza para llamar a los otros, me volví para ver qué era lo que le había asustado.

Junto a la línea de luces, en el extremo más alejado de la granja de los Peavey, un voluminoso bulto negro flotaba por encima de las algas. Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Habían vuelto los forajidos?

El misterioso bulto se acercó más. Era un submarino, sí, pero ni mucho menos tan grande como el Specter. Como si fuera una sombra, el submarino se deslizó de lado sobre el campo. Capturado por la corriente. Moviéndose al azar… a la deriva.

Si me había estado preguntando a dónde habían llevado los forajidos el ensangrentado submarino abandonado… ya tenía la respuesta.