14
Dudé al llegar a la puerta de la enfermería. Todo lo relacionado con aquella habitación me ponía enfermo: el olor, los armarios impecables y, sobre todo, el equipamiento médico. Solo con ver por el rabillo de ojo el carro de paradas se me revolvía el estómago. No obstante, me obligué a entrar.
—Doc, ¿estás ahí? —llamé.
Me dirigí al fondo, hacia su oficina, cuya puerta estaba abierta, pasando junto a cajas apiladas. No podía creerme que la Comunidad le hubiera destituido. ¿Y si algún colono resultaba herido de gravedad? Por mucho que me desagradaran los olores y los ruidos de la enfermería, si un tiburón me arrancaba una pierna prefería que fuera Doc quien me cosiera y no Raj o cualquier otro colono.
No estaba en su despacho, que parecía estar completamente recogido. Al dar media vuelta para irme di un golpe a una caja abierta y la volqué. Me agaché para recoger los archivos que se habían caído y me quedé helado al ver uno de los títulos: Dones Oscuros: Un fenómeno submarino, por el Dr. William Metzger. Era ese estúpido artículo del que Gemma no dejaba de hablar. Leí la página por encima:
«… llevando a cabo escáneres cerebrales en adolescentes que han residido bajo el mar durante largos periodos de tiempo. Los resultados revelan que sus cerebros tienen más áreas activas… En teoría, la intensa presión del agua estimula el desarrollo del cerebro, lo que da como resultado habilidades anormales… Muchos de esos adolescentes muestran características propias de la vida marina».
Me levanté y todavía tenía la hoja en la mano cuando entró Doc. No pareció que le molestara verme de pie, en medio de sus archivos desperdigados.
—¿Me buscabas? —preguntó.
—Necesito una venda —conseguí decir—. No es para mí —añadí cuando se me quedó mirando—. No hay nadie herido, pero la necesito.
—De acuerdo —dijo abriendo un cajón.
Respiré. No iba a pedirme explicaciones.
—¿Por qué tiene esto? —pregunté levantando el papel.
Me dio la venda enrollada.
—Cuando acepté este trabajo me bajaba todos los artículos que encontraba sobre el territorio para saber dónde me estaba metiendo.
—¿Se creyó todo lo que leyó?
Hizo una mueca.
—Llevaba demasiado tiempo siendo empleado del Gobierno como para eso. No era ningún ingenuo. La Comunidad tiene todo un departamento dedicado a promocionar sus planes entre el público. —Se frotó la cicatriz de la mano—. O a desacreditar a cualquiera que perciba como una amenaza.
—Como los científicos que dicen que los océanos han dejado de crecer.
—Exactamente. Si la Comunidad no se encuentra en crisis, no hay motivo para aplicar la Ley de Emergencia. Los representantes estatales no están dispuestos a perder esa clase de poder.
Volví a meter el artículo en la caja y me agaché para recoger el resto.
—¿Te ha molestado ese artículo? —preguntó el médico, mientras se arrodillaba para ayudarme.
Me encogí de hombros y me volví hacia la puerta.
—Gracias por la venda.
—He metido en el ordenador principal una muestra de la sangre que encontramos en el submarino abandonado —dijo.
Me di la vuelta otra vez para mirarle, lleno de curiosidad.
—Si el ADN está en la base de datos del Gobierno —continuó Doc—, esta noche sabré de quien es.
—¿Así que era sangre humana?
—Sí —contestó con tono grave—. Y quien fuera que se desangrara en ese submarino no va a venir a recoger su equipo. Nadie puede vivir después de haber perdido tanta sangre.
Me estremecí. ¿Por qué razón iban los Seablite a matar a un buscador? ¿Qué podía tener este que ellos quisieran con tanta desesperación?
—Gracias por la venda —repetí mientras me daba la vuelta para irme.
Doc me puso una mano en el hombro.
—Tengo que hablar contigo sobre tu amiga Gemma.
Con bastante inquietud, le vi dirigirse hacia su escritorio.
—Esta mañana me han mandado esto. —Apartó su silla para que pudiera ver lo que había en su pantalla: una foto de Gemma con un caftán de cuello alto, probablemente sacada de una tarjeta de identificación—. Se la han enviado a todos los empleados del Intercambiador. Es un aviso de desaparición de una niña que se escapó de una pensión. —Me observó con atención—. Dice que robó dinero del despacho de la directora.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Va a denunciarla?
Se quedó pensando.
—No —contestó por fin—, pero otro lo hará.
—Entonces no tenemos demasiado tiempo.
Doc levantó una ceja.
—¿Para qué?
—Gracias —dije antes de echar a correr hacia la puerta.
—¡Es mi dinero! Richard me lo mandó y la señora Spinner se quedó con él. —Gemma echaba humo—. Dijo que me lo devolvería cuando dejara de ser responsabilidad suya, pero ¿cómo puedo dejar de serlo si Richard no firma los papeles de mi emancipación? Necesitaba el dinero para venir aquí.
—¿Cómo viniste?
—No quiero más sermones.
Me quitó la venda de las manos y se volvió a meter en el almacén de objetos perdidos mientras me quedaba esperando nervioso en el pasillo.
—El vestíbulo está vacío. Vámonos —dije cuando por fin salió.
—O sea, que doy el pego.
—Sí.
Si uno la miraba con atención todavía podía ver que era una chica, pero no creía que la gente del Saloon se fijara demasiado en nadie. Algunos se lo podían tomar como un insulto. Me asomé a la esquina para comprobar si había alguien y le hice una seña por encima del hombro.
—Si vamos a ir al Saloon, tiene que ser ahora que no hay nadie por aquí.
—¿Quién va a detenernos? —se burló ella.
—En realidad —volví a armarme de paciencia—, si me ve algún colono no solo no me dejará ir al Saloon, sino que me cogerá por el cuello del traje de buceo y me llevará arrastras a mi casa.
—¿Por qué? —Gemma parecía realmente desconcertada.
—Esas personas son vecinos míos, y eso, aquí abajo, significa algo. El Saloon es el único sitio de Benthic donde, por suerte, nadie me conoce; pero ¿quién sabe? Puede que nuestro bibliotecario esté aquí abajo echando unos tragos.
—Eso es lo más bonito que he oído en mi vida —afirmó ella en voz baja.
—¿Qué nuestro bibliotecario bebe?
Ella se echó a reír.
—Que todo el mundo se preocupa por ti.
—Sí. Es muy bonito hasta que hago algo que no debo y mis padres se enteran por seis conductos diferentes. Por cierto, colarse en el Saloon cae de lleno en la categoría de cosas que no debo hacer, de modo que si has cambiado de idea…
—No. —Me echó una ojeada—. Pero si la gente está pendiente de ti, tú también deberías cambiarte de ropa.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor en el tercer subnivel, una avalancha de ruido cayó sobre nosotros. Iba vestido como un peón de la dársena, con un mono azul y un gorro de punto que me había bajado hasta los ojos. No me preocupaba demasiado que los clientes me reconocieran, pero a lo largo de los diez años transcurridos desde que se construyó el Intercambiador, había conocido a la mayoría de los empleados. Salimos a una pasarela, cuatro pisos por encima del Saloon.
—¿Por qué hemos subido hasta aquí? —preguntó Gemma con asombro.
—Esta es la Colmena. Querías quedarte a dormir aquí, ¿recuerdas? —Señalé a cada lado del eje central, donde tres niveles de ventanillas cubrían las paredes, simulando una colmena gigantesca. Gemma se quedó atrás—. Si quieres ir al Saloon, tenemos que bajar tres escaleras.
A pesar de que hacía muchos años que no había estado en ese nivel, conocía su distribución porque lo había recorrido a mis anchas cuando mi padre supervisó la construcción del Intercambiador. En esa época, el Muelle de Entretenimiento daba sensación de serenidad, con sus paredes de cristal de cuatro pisos de altura y su panorámica submarina. Ahora la vista era la misma, pero las voces y el entrechocar de las jarras echaban por tierra cualquier sensación de paz.
Crucé la pasarela y me asomé a la barandilla para ver el Saloon. Era como observar desde arriba un criadero de anguilas, excepto que de vez en cuando aparecía una llama. Los cigarros de algas se apagaban continuamente y había que volver a encenderlos, de modo que las mesas tenían mecheros incorporados. En el bar, los hombres se empujaban unos a otros con paso inestable. Aún así, prefería chocar con jugadores y buscadores de petróleo que con un Terrestre rico. Miré a Gemma, que estaba pálida.
—¿Te lo estás pensando mejor? —pregunté.
Ella me miró con la furia de un cangrejo ermitaño defendiendo su concha.
—Vamos. Te vas a encontrar como si estuvieras en casa —la provoqué—. Con toda esa gente y ese ruido esto podría ser tierra firme. —Ella pegó la espalda al ascensor—. ¿Qué pasa?
Hizo una mueca y señaló la pasarela. La malla de acero era tan fina que a pesar de que había dos pasarelas más debajo de aquélla, era posible ver el suelo del Saloon. Con sus cables de suspensión y sus delgadas barandillas, toda la estructura parecía un andamiaje provisional.
—Vas a ser la persona con menos peso de las que han pasado por aquí.
Pisé con fuerza la pasarela que, por supuesto, tembló, pero eso era bueno. Cada una de las partes del Intercambiador estaba diseñada para ceder un poco. A veces mucho. El Muelle de Superficie se separaría automáticamente de la estación inferior en caso de que empezara a entrar agua en cualquiera de los niveles de abajo. De algún modo, me imaginé que a Gemma no le consolaría saber eso.
—Mira; es completamente segura —dije, pasando mi peso de un lado a otro, de forma que los tres niveles oscilaron.
Esa también era una buena señal en la arquitectura submarina, pero Gemma continuó pegada a las puertas del ascensor.
—Creía que estabas deseando encontrar a tu hermano.
Ella volvió a hacer intención de avanzar.
—¡Caramba! —refunfuñé. Acababa de mandar al cuerno la oportunidad de llevármela de allí, y todo porque quería que viera que el diseño de mi padre era seguro. Me puse a saltar haciendo que la pasarela brincara—. La verdad es que parece endeble.
—Sal de ahí —ordenó ella—. Ya.
Me encogí de hombros. Apoyándome en uno de los cables de suspensión, vi que se ponía en movimiento y echaba a andar por delante de la hilera de cápsulas dormitorio.
Debajo de nosotros resonaron unos pasos y una voz rugió:
—¡Fuera de mi camarote!
Miré hacia abajo y vi que había dos hombres en la pasarela inferior. Reconocí a uno de ellos; era Hathaway, «el Zurdo», el propietario de la Colmena.
—Ya no es tuyo —gruñó el Zurdo, encarándose con el otro.
Además de cobrar la tarifa por pasar allí la noche, «el Zurdo» no tenía mucho más que hacer aparte de mantener limpios los camarotes. La Colmena era un hotel muy rentable, en el cual las «habitaciones» eran poco más que ataúdes. Los buscadores las alquilaban para pasar la noche, mientras que las compañías mineras contrataban filas enteras y los mineros vivían en ellas durante todo el año.
Más abajo, la discusión por la falta de pago del buscador iba en aumento. La respiración de Gemma se aceleró cuando se asomó a mirar a los dos hombres, que a estas alturas habían llegado a las manos. Sus movimientos hacían que las tres pasarelas saltaran sin control. Gemma tragó saliva como si estuviera a punto de vomitar.
—No son más que anguilas y las anguilas no te dan miedo, ¿recuerdas?
—Esos no son anguilas —replicó ella—. Son psicópatas.
Cuando «el Zurdo» sacó una navaja de sierra, el buscador golpeó la escalera.
—Psicópatas con cuchillos enormes —rectificó Gemma—. Van a conseguir que esta estúpida cosa se caiga.
—Probablemente —asentí alegremente—. ¿Podemos irnos ya?
—¡No! —Se tapó hasta los ojos con la capucha—. No he venido al fondo del mar para dejar que me asusten un par de… —Gritó cuando el buscador pasó a nuestro lado a toda velocidad, seguido por «el Zurdo», que ahora estaba en la parte superior de las escaleras.
—Los chicos gritan —se defendió en voz baja al sorprender mi mirada de aviso.
—Y los hombres. Estoy seguro de que si seguimos por aquí oiremos a alguno.
—Asustarme no te va a servir de nada.
Se dirigió hacia las escaleras. «El Zurdo» le bloqueó el paso y la miró con desconfianza.
—Eres demasiado joven para estar aquí.
—Nos ha mandado mi madre —explicó ella con voz ronca—. Tenemos que buscar a mi padre y llevarlo a casa.
Para mi asombro, «el Zurdo» asintió.
—De acuerdo —dijo dejándola pasar—. Pero date prisa.
Me calé bien la gorra y seguí a Gemma por las escaleras hasta la pasarela intermedia.
—Buena actuación —admití a regañadientes—. Parecías un pionero de verdad.
Ella sonrió.
—Te estaba imitando.
—¿A mí?
—Algunas personas tienen cara de póquer, pero tú tienes voz de póquer: cautelosa y un poco ronca. La he imitado a la perfección.
El sonido de unas botas en la segunda escalera acabó con sus fanfarronadas. Le hice una seña para que se alejara de la parte superior de las escaleras.
—Si está subiendo alguien, no puedes bajar. No hay espacio. —No me pareció que mi voz sonara cautelosa ni ronca.
Ella se asomó a la barandilla y contuvo la respiración.
—Es tu amigo, Jibby.
—¿Está solo?
—Hay un hombre detrás de él. Un tío grande, con una barba negra muy espesa.
Debía de ser Raj, cuya boca era más grande que su ego. A ninguno de ellos le costaría reconocerme a pesar del disfraz. Giré en redondo, abrí una cápsula vacía y le hice señas a Gemma, que se metió dentro sin dudar. Me metí, como pude, detrás de ella y cerré la escotilla.
A los cinco años me encantaban esos camarotes, con sus estanterías, su mesa plegable y su pantalla de ordenador, todo ello empotrado en las paredes. Pero las cápsulas estaban diseñadas para albergar a una persona y parecían mucho más pequeñas ahora que cuando tenía cinco años. Cuando nos tumbamos boca abajo, resultó ser un sitio demasiado estrecho.
A través del cristal tintado de la escotilla, vi que Jibby llegaba a la pasarela.
—Grimes va a entregar el submarino abandonado a los guardacostas —dijo al pasar justo por delante de nuestro camarote.
Como había supuesto, junto a él apareció Raj Dirani, más grande y fuerte que nunca.
—Grimes no va a mover un dedo por un buscador asesinado. No se va a molestar en buscar al cerdo que lo hizo.
Con un pie en la escalera, Jibby se paró a escucharle. Había acertado al tomar la decisión de esconderme. Raj se tomaba muy en serio las obligaciones paternas, probablemente porque había criado solo a su hija de veinte años. Me habría llevado de vuelta con mis padres sin dudarlo.
En el interior del camarote, Gemma se sentó sobre sus talones. La parte superior de su cabeza casi rozaba el techo.
—Genial —susurró—. Ojalá yo tuviera tanto espacio para mí.
Se inclinó por encima de mí, abrió una puerta empotrada en la pared y lanzó una exclamación de deleite al ver un frigorífico en miniatura.
—Shhh. Esos no son ruidos… —Me callé cuando Raj plantó una mano en el cristal de la escotilla y se apoyó en ella.
—La banda de los Seablite hundió la casa de los Peavey —continuó Raj—. De eso no hay duda. Si lo dejamos pasar, esos delincuentes pensarán que pueden apoderarse de todas nuestras cosas: cultivos, viveros… ¡Por su culpa no conseguiré que una mujer venga aquí!
—¿Nunca se te ha ocurrido que la culpa de eso sea el olor que despides? —oí que preguntaba Jibby.
Raj lanzó un bufido y se dirigió hacia la última escalera.
En cuanto sus botas desaparecieron de la vista, me tumbé de espaldas y me encontré a Gemma inclinada sobre mí. Me puso una mano en el pecho para conservar el equilibrio a la vez que se volvía hacia la pantalla situada sobre la escotilla.
—¡También hay teléfono! —Se volvió a sentar con una sonrisa—. Aquí tenemos todo lo que necesitamos. Podríamos estar escondidos varios días y ver quién pasa. Oye, estás brillando otra vez. —Me observó con atención durante unos segundos—. Creo que brillas más cuando sientes vergüenza. Puede que esa sea tu forma de ponerte colorado.
—No estoy avergonzado.
Ahora sí que mi voz fue ronca. Una voz de póquer total. Abrí la escotilla y salí de allí. La idea de pasarme días dentro de un camarote con ella era demasiado inquietante dada nuestra precaria situación. Necesitaba concentrarme. Al levantar la vista hacia la malla de acero de la pasarela, vi que Jibby y Raj desaparecían en el interior del ascensor.
—Y no brillo.
—¡Venga ya! —se burló ella, mientras salía del camarote—. Las luciérnagas no son nada a tu lado.
—Antes de que lleguemos al Saloon —dije, en vez de preguntar qué era una luciérnaga—, necesitamos un plan.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo no acercarse a nadie. Solo buscar a tu hermano entre la gente… pero sin mirar a nadie a los ojos.
—¡A sus órdenes, capitán!
La seguí por las otras dos pasarelas sin dejar de darle más instrucciones en voz baja.
—Y no vayas enseñando su foto. No sabes si le cae mal a alguien.
—Entendido —contestó ella por encima del hombro mientras entraba en el Saloon.
Los borrachos nos rodearon, pero Gemma ni se inmutó. Se abrió paso entre la multitud tan tranquila, obligándome a seguirla. Por lo menos estaba obedeciendo el plan, pensé yo… Hasta que le dio una palmada en el hombro a un rubio delgado. Cuando él se dio la vuelta, le enseñó la foto de su hermano. Puede que si hubiera esperado a mirar bien los ojos helados del tío, no habría preguntado tan rápido.
—¿Le has visto?
El tipo tenía tres años más que nosotros. Lo más probable es que fueran dos y tuviera una tarjeta de identificación falsa; sin embargo, su expresión dura no tenía nada de joven. Tenía el pelo completamente liso, casi blanco, y tan largo que le llegaba casi al pecho. Miró la foto con atención. Por espacio de una milésima de segundo vi que una expresión de sorpresa cruzaba su rostro, pero cuando apartó la vista me pregunté si no me habría equivocado. Tan cordial como una barracuda, miró fijamente a Gemma. Me di cuenta con sobresalto de que la estaba estudiando, tomando nota de cada detalle de su cara.
Arrebaté la foto de las manos de Gemma.
—¿Le has visto o no? —pregunté, poniéndome en medio.
—No —contestó él con frialdad, antes de desaparecer entre la muchedumbre.
—¿Quieres hacer el favor de dejar de llamar la atención? —susurré enfadado.
Por algún motivo, la pregunta hizo que Gemma se echara a reír. Le tapé la boca con la mano a toda velocidad mientras los hombres giraban sus taburetes para mirar.
—De acuerdo, este es el trato —dije con mi mejor voz de hermano mayor—. Tú no vas a hablar mientras estemos aquí porque, aunque me imites, tienes voz de chica. Igual le pasa a tu risa. Y no vuelvas a tocar a ningún desconocido. —Ella me apartó la mano—. Lo digo en serio. Si no haces lo que te digo te llevaré directamente al policía y le diré que eres una fugitiva y que se te busca por robo.
Los ojos de Gemma ardieron de furia.
—¿Te ha quedado claro?
No dijo nada, solo echaba humo.
—¿Gemma?
—Me has dicho que no hable —siseó.
—¿Qué estáis haciendo aquí, chicos? —preguntó alguien detrás nuestro.
Me di la vuelta a tiempo para ver que el camarero levantaba de golpe la barra del bar y venía hacia nosotros como un huracán. Era viejo y le faltaba un ojo.
—No estoy dispuesto a perder mi licencia por un par de mocosos como vosotros.
Antes de que me diera tiempo a contestar, otro camarero se inclinó sobre el mostrador.
—Déjalos en paz, Otto. —Por el tono alto de su voz me di cuenta de que quien había hablado era una mujer—. Chicos, si sabéis lo que os conviene, será mejor que os larguéis de aquí —añadió.
Gemma me quitó la foto de Richard de la mano.
—No queremos causarles ningún problema, señor —dijo, con otra mala imitación de mi tono de voz pero utilizando un acento más áspero esta vez. Le entregó la foto al camarero llamado Otto—. Solo estamos aquí para buscar a mi hermano. No sabe que nuestra madre está enferma. ¿Le ha visto?
La expresión del hombre se suavizó.
—Ahora te sientes fatal, ¿verdad, Otto? —se burló la camarera—. La próxima vez pregunta antes de preocuparte por la licencia.
—Cierra el pico, Mel. —El viejo cogió la foto y la miró con su único ojo—. No. No recuerdo haberle visto. —Le pasó la foto a Mel.
Ella también sacudió la cabeza.
—No es que yo me acuerde de todos los idiotas que vienen por aquí —añadió, mientras me devolvía la foto—, pero intento vigilar a los jóvenes. Nunca se sabe lo que puede pasar en este pozo ciego.
—¿Por qué no nos dejáis la foto? —sugirió Otto—. Se la enseñaremos a estos matones cuando compren bebidas. Este sitio no es seguro para vosotros, chicos.
Estaba totalmente de acuerdo, pero antes de que pudiera convencer a Gemma o hacer cualquier cosa, me di cuenta de que el chico rubio estaba en una esquina, diciéndole algo al oído a un hombre enorme de piel oscura.
—Vámonos de aquí. —Puse una mano en la espalda de Gemma—. Ahora mismo.
Pero ya era demasiado tarde. Los ojos del gigante estaban fijos en nosotros.
—Acabamos de llegar —susurró ella sin ceder a la presión de mi mano—. Haremos ver que nos vamos y luego nos mezclaremos con la gente.
No podía apartar los ojos del gigante sentado en la otra punta del Saloon. Tenía la espalda contra la pared de cristal, posición que tenía que ser intencionada. Su piel era tan oscura que prácticamente se confundía con el azul oscuro del océano que había fuera. Vestía pantalones y chaqueta, pero no llevaba camisa, lo que dejaba ver su pecho musculoso. Su rostro era impasible, como si estuviera tallado en granito. Sus facciones eran anchas y duras. Tenía la cabeza afeitada y…
Sentí como si me hubieran dado un golpe en el estómago al reconocerle.
Conocía la forma de ese cráneo; esa boca que era como una cuchillada. ¿Qué más daba si la piel era negra en vez de completamente blanca? No había ninguna duda en absoluto.
Era Sombra.