20

Justo cuando llegamos a la valla de burbujas de los Peavey, desenganché el lazo de la cola de la ballena y descendimos al suelo. Aparté las burbujas y encabecé la marcha a través del campo de algas, pero tuve que pararme antes de llegar al final. Al ver la expresión interrogante de Gemma, señalé un submarino que acababa de llegar, arrastrando una red cargada de peces de roca. Cuando un montón de colonos se juntó para soltar la red y descargar cubos, aprovechamos el jaleo para pasar sin que nos vieran.

Señalé con un dedo a mi madre y Gemma la miró mientras ella destapaba un contenedor. Una nube azul saltó del recipiente; un grupo de sábalos adultos. Cada familia del territorio había traído algo de su propio criadero para reponer lo que Shurl y Lars habían perdido. Mi madre sonrió y nos saludó con la mano al vernos. Sabía que creía que acabábamos de llegar del Intercambiador después de recuperar la bolsa de Gemma. Ahora iba a tener que reavivar sus temores contándoles al resto de los colonos mi encuentro con Sombra. A nuestro alrededor, mis vecinos se hicieron señas unos a otros a toda velocidad. Me pregunté si Gemma entendería que estaban preguntando quién era ella.

Lars corría de un lado a otro, moviendo las manos sin parar, mientras los colonos nadaban hacia la piscina lunar y subían al interior de la casa. Gemma dio un salto para seguirles, pero volvió a hundirse de inmediato. En lugar de recordarle que sacara las aletas de las botas, hice señas a los colonos que estaban junto a la piscina lunar. Al instante se desenrolló una escalera de cuerda que estuvo a punto de darle un golpe al bajar. Cogí la escala, la tensé y, describiendo una curva con el brazo, le indiqué que la utilizara. Pensé que se enfadaría por mi broma, pero me sorprendió con una sonrisa de agradecimiento antes de empezar a subir hacia la casa.

Dentro del vestuario, los colonos se quitaron los cascos y se secaron los trajes de buceo con toallas hasta que la tela metálica quedó reluciente. Saludé y contesté a todos los que me llamaban o me sonreían, pero mis ojos estaban fijos en mi padre, que estaba al otro extremo de la habitación hablando con un grupo de colonos que no habían estado presentes en la reunión con Tupper del día anterior.

Gemma, sentada al borde de la piscina lunar, respiró hondo para limpiarse los pulmones a la vez que miraba a su alrededor con curiosidad. Rogué para que no dijera nada sobre el brillo de los otros niños.

Unas exclamaciones de sorpresa y desaliento llenaron la habitación.

—¡No pueden hacerlo!

—¿Qué va a significar eso para nosotros?

Estaba claro que mi padre acababa de comunicarles la decisión de la Comunidad de abandonar el territorio. Con el corazón en un puño, coloqué mis botas y mi casco contra la pared.

—Ty —susurró Gemma—. Esos niños nos están mirando.

—Te miran a ti.

Puse su casco al lado del mío.

—¿Por qué?

—Jibby te lo dijo ayer y no le creíste.

En el otro extremo de la habitación, mi padre subía las escaleras seguido de un grupo de colonos furiosos. Los que se quedaron se dedicaron a limpiar la zona del equipo.

—Hola, Pete —saludé a un vecino—. ¿Está Doc aquí?

—Sí —contestó él—. Arriba. Hola, Gemma —añadió con una sonrisa.

Gemma se quedó boquiabierta, aunque reaccionó enseguida y le devolvió la sonrisa.

—Vale, ya lo entiendo —me dijo—. Aquí soy algo que no se ve todos los días.

—Algunos incluso dirían que un bicho raro.

Sus ojos brillaron de alegría como si acabara de hacerle un cumplido.

—Mira detrás de ti —dije cuando la superficie de la piscina lunar empezó a borbotear. Gemma se dio la vuelta para ver una forma oscura que subía por el agua y se detenía a sus pies—. Es un submarino —la tranquilicé—, no otra espeluznante ballena cantarina.

Ella me dio un empujón.

La escotilla del submarino se abrió y se oyó la voz de mi madre.

—¿Quién me echa una mano con toda esta comida?

Al momento se formó una fila de gente que se fue pasando bandejas y cuencos, sacándolos por la escotilla y llevándolos al piso superior.

—¿Lo ha hecho todo ella sola? —preguntó Gemma mientras me pasaba un pastel de piña de mar.

—No, todas las familias han contribuido con algo. Mi madre se ha encargado de recogerlo todo para traerlo hoy. Es más fácil descargar un solo submarino —le expliqué.

—¡Gemma! —Jibby se abrió paso entre la fila hasta llegar a nosotros—. ¿Qué te parece Benthic?

Me pasó una bandeja de tortas de cangrejo sin despegar los ojos de Gemma.

—¡Me encanta!

—¿Sí? ¿Qué parte?

Yo no salía de mi asombro. En un solo día había presenciado una pelea a cuchillo, se había librado de que la capturaran los forajidos y había descubierto que su hermano había sido enviado a un reformatorio submarino. Esa no era exactamente la mejor imagen del Territorio de Benthic.

—Esta. —Señaló con un gesto la hilera de colonos que hablaban entre ellos.

—¿Quieres quedarte para siempre? —preguntó Jibby—. Tengo cuarenta hectáreas de tierra.

Al ver que Gemma ponía cara de extrañeza, se lo traduje.

—Te está pidiendo que te cases con él.

Ella tosió para disimular la risa.

—¡Soy demasiado joven!

—¡Ah! Bueno… —A Jibby se le cambió la cara—. Es que esto es asquerosamente silencioso si no tienes a nadie cerca —masculló.

—Siempre eres bienvenido a nuestra casa —dije—. Ya lo sabes.

No hizo ni caso.

—¡Ya sé! ¿Qué tal si te quedas una temporada? El tiempo que quieras —le dijo a Gemma—. Tengo tres dormitorios vacíos. Puedes elegir el que quieras. Caramba, puedes quedarte con toda la casa. Yo me trasladaré a uno de los edificios exteriores.

Al ver que ella tardaba en contestar, salí de la fila para mirarla de frente.

—No te lo estarás pensando, ¿no?

—¿Una casa entera? —preguntó ella con mordacidad—. Nunca he tenido una habitación para mí sola.

Yo no sabía si estaba bromeando o no. Di media vuelta y me dirigí hacia las escaleras.

—Mientras lo piensas voy a preguntarle a Doc por ese sitio que hemos encontrado.

—¡Sin mí no! —exclamó.

Dejó en las manos de Jibby una cazuela llena de marisco y corrió detrás de mí.

—La invitación sigue en pie —gritó Jibby—. Vale indefinidamente.

La planta principal de la casa de los Peavey estaba llena a rebosar de colonos ocupados en limpiar los destrozos. Doc estaba en la salita, discutiendo acaloradamente con un grupo de personas. No me vi capaz de empezar a hacerle preguntas delante de los demás. Estaba demasiado enfadado por sus mentiras de antes, de modo que me sentí aliviado cuando Shurl se abalanzó sobre mí y me puso una bandeja en las manos.

—Ty, ¿quieres empezar la fila del bufé? La comida está empezando a enfriarse. Y tú, Gemma, cariño, coge dos raciones de todo. Estás tan delgada que la marea de una piscina podría hundirte.

Obedecí las órdenes porque, cuanto más lo pensaba, más cuenta me daba de que quizá no fuera una buena idea hablar de los Seablite delante de Gemma cuando ella sabía que su hermano era uno de los «prisioneros fugados» de la historia de Doc.

Después de servirnos comida del generoso despliegue de la mesa, Gemma y yo nos reunimos con Hewitt y Zoe en las escaleras que conducían a los dormitorios. Detrás de las ventanas, las luces que delimitaban la propiedad fueron perdiendo intensidad hasta imitar la pálida iluminación de la luna.

—¿Por qué pareces tan desanimado? —preguntó Gemma a la vez que se sentaba al lado de Hewitt—. Me parece increíble lo rápido que se ha arreglado tu casa.

—¡Qué suerte tengo! —Hewitt cogió la pinza de cangrejo que tenía en el plato.

—No creerías en serio que tus padres iban a trasladarse Arriba, ¿verdad? —pregunté sentándome dos escalones más arriba—. Son más fuertes que todo eso.

—Pero yo quiero vivir en un sitio donde no tenga que pasarme el día trabajando además de hacer los deberes del colegio. Los Terrestres —señaló a Gemma—, no tienen que hacer nada. Aprietan un botón y tienen comida. Tocan un interruptor y la basura desaparece. Giran un pomo y entran los amigos.

—¿De verdad? —Zoe le dio un golpecito para que se sentara a su lado. Hewitt cambió de escalón al instante.

—A mí no me mires —dijo Gemma encogiéndose de hombros—. Yo no soy tu modelo de Terrestre.

—Esa clase de vida inútil es la que destrozó este planeta —estallé—. La gente quería que todo fuera fácil y que estuviera a mano. Mira donde nos ha llevado eso.

—¿Por qué tú no eres como los otros Terrestres? —preguntó Zoe.

—Yo estoy bajo la tutela de la Comunidad.

—¿Y? —Hewitt me dio la espalda.

—Bueno, las familias pagan para que sus hijos vivan en pensiones —explicó Gemma—, mientras que a mí me trasladan a cualquier dormitorio que tenga una cama libre ese mes. No pasa nada —continuó rápidamente—. La mayor parte del tiempo estoy con niñas pequeñas y son divertidas. —Sonrió—. Les he enseñado todas las palabrotas que sabía a niñas de seis años.

—Por favor, no… —me apresuré a decir.

—¡Enséñamelas! —gritó Zoe al mismo tiempo.

—… se las enseñes a Zoe —terminé.

Ella abrazó a Gemma.

—¡Mis padres te adoptarán! Siempre han querido tener más hijos, ¿verdad, Ty? Los quieren —continuó como si yo le hubiera contestado—. Pero no han tenido más porque mi madre se asustó mucho cuando Ty fue al hospital.

Hewitt estaba concentrado en apartar los guisantes de su plato.

—Gracias —dijo Gemma con una sonrisa—. Pero voy a irme a vivir con mi hermano.

—Aún tienes que encontrarle. ¿Y si ni siquiera está en Benthic? —preguntó Zoe.

—Sé que está aquí —respondió Gemma después de dirigirme una mirada de pánico—. Lo único que no sé es a qué se dedica.

—Ya basta, renacuajo —intervine.

Quería que Zoe dejara en paz el tema del hermano de Gemma, pero también quería escuchar lo que decían, en voz cada vez más alta, los que estaban en la otra habitación.

El gruñido de Raj Dirani se oyó con toda claridad.

—Tupper dijo que vivos o muertos. Yo digo que la próxima vez que alguien vea al Specter, le lance un torpedo.

—Enseguida vuelvo —dije, dejando mi plato a un lado.

Recorrí en silencio el pasillo y me escondí en un rincón de la cocina, por si a mis padres se les ocurría pensar que no tenía edad suficiente para esa clase de conversación. Los mayores habían dejado de volver a llenar los armarios y estaban reunidos en círculo.

—¿Los ejecutarías sin un juicio? —preguntó mi madre con vehemencia—. Aunque Tupper lo permita, sería tomarse la justicia por su mano, y eso ni es justicia ni es nada.

Lars se tocó el vendaje que tenía en la cabeza con expresión ceñuda.

—Tenemos derecho a protegernos nosotros mismos.

—Si empezamos a saltarnos las leyes —dijo mi padre—, esta no será una comunidad que merezca la pena salvar. Me uniré a una cuadrilla siempre y cuando la intención sea encontrar a los forajidos y entregárselos a la Policía Marítima.

—¿Crees que habrá algún juez que los condene? —preguntó Doc sin levantar la voz. Al ver el ceño fruncido de mi padre, levantó sus manos llenas de cicatrices—. Lo único que digo es que, como sabes, el sistema legal está saturado. Las cárceles de tierra firme están hasta arriba y lo mismo sucede con los barcos prisión. A menos que las pruebas sean sólidas como una roca, el criminal sale libre.

Doc tiene razón —dijo Lars—. Sabemos lo que sabemos, pero no tenemos pruebas. Ni siquiera conocemos sus identidades. Sus guantes de buceo no dejan huellas dactilares y cuando roban a los barcos de suministros mantienen sus cascos oscurecidos.

—Sombra no. —Raj se quitó el cigarro de algas de la boca—. Es muy difícil no distinguir a un albino en un grupo de sospechosos.

—Sombra no es albino. —Las palabras salieron de mi boca antes de que me diera cuenta.

Todos los que estaban en la cocina se volvieron a mirarme.

—¿Por qué dices eso, hijo? —preguntó Lars.

El alma se me cayó a los pies. Había planeado hablarles de mi descubrimiento, pero ese no era el lugar ni el momento. La expresión de furia que apareció en la cara de Raj me dio miedo.

—John, tu hijo dice que Sombra no es albino —gruñó Raj—. ¿Qué sabe él que nosotros no sabemos?

—Ya le he dicho a Grimes todo lo que sé —tartamudeé.

Raj aplastó su cigarro en una taza.

—Ese espalda seca tiene cerebro de mosquito. Sería incapaz de pescar un pez en una bañera.

—Dinos exactamente lo que le dijiste a él —exigió Lars.

Haciendo caso de lo que había dicho Gemma sobre tener secretos, lo solté todo. Cómo me había encontrado con Sombra cara a cara en el campo de algas y que luego le había reconocido en el Saloon. Ni siquiera me callé mi encuentro con él en el ascensor ni la captura del submarino, aunque vi que mis padres intercambiaban una mirada que me heló el alma. Sabía lo que estaban pensando; que no se podían fiar de que yo siguiera las reglas y me mantuviera a salvo.

—¿Por qué iba Sombra a utilizar pasta de zinc? —preguntó Shurl cuando terminé de hablar—. ¿Por qué no se limita a oscurecer su casco como el resto de la banda?

—Porque si te toparas con él le reconocerías por su tamaño —mascullló Lars—. O al menos sospecharías. Sin embargo, si crees que es albino, te centras en eso.

Raj desenfundó su pistola.

—El tamaño no detiene a un arpón —dijo, a la vez que comprobaba que el tambor estaba cargado de mini arpones.

—Esta discusión ha ido demasiado lejos. —Mi madre lanzó una mirada severa a todos los reunidos—. Raj, deja el arma.

—Claro —dijo él enfundándola—. Pero volveré a sacarla en cuanto llegue al Muelle de Entretenimiento. —Miró a Lars—. ¿Vienes?

—No podría detenerme ni un corrimiento de tierras. Vamos a decírselo a algunos de los otros también para que nos acompañen.

—Sombra no está allí ahora —indiqué—. Ya os he dicho que el Specter vino a por nosotros.

No sirvió de nada. Salieron de la cocina hechos una furia, dejándome hecho polvo, con la duda de si había hecho bien en contarles todo aquello. La mirada de decepción de mi padre me indicó lo que estaba pensando.

—Voy a buscar a Zoe y a Gemma —dijo mi madre—. Nos vamos a casa.

Shurl y ella salieron de la cocina. Lo mismo hizo mi padre.

Estaba a punto de seguirles cuando Doc me detuvo, cogiéndome del brazo.

—Espera un minuto —me ordenó en voz baja. Parecía desconcertado por algo, incluso preocupado—. Descríbeme otra vez al hombre que has visto en el Saloon. El que tú crees que es Sombra. Pero esta vez háblame de sus facciones, no del color de su piel.

—¿Por qué?

—Dame ese gusto.

Eso era lo último que me apetecía hacer.

—He encontrado Seablite —dije en cambio.

Me miró con dureza, pero algo en mi expresión debió de indicarle que no iba a poder conmigo.

—No está escondida —dijo con resignación antes de coger su plato de comida.

—No era una prisión —declaré sin poder disimular la rabia—. Era un reformatorio.

—Técnicamente sí —reconoció encogiéndose de hombros—. Si hubieras conocido a esos chicos, lo entenderías. Todos ellos eran sociópatas y criminales.

—Solo eran niños —repliqué—. Más jóvenes que yo. Y la Comunidad los tuvo esposados en el fondo del mar.

—¿A dónde quieres ir a parar?

—Mintió cuando dijo que era una prisión. Estaba encubriendo lo que hizo el Gobierno.

Doc dejó el plato de golpe en la encimera.

—¿Crees que no me gustaría hablar de lo que pasó allí? ¿Qué no lo he intentado? —Sus ojos oscuros lanzaban chispas—. Hace cinco años, la Comunidad clasificó de confidencial el incidente de Seablite y si alguien se atrevía a hablar de ello le despojaban de todo lo que era importante para él. A mí me degradaron y desacreditaron. Así que no me des lecciones de honestidad, Ty. Todos tenemos nuestros secretos.

Vacilé, pero no encontré ninguna razón para ocultarlo.

—El hermano de Gemma fue enviado a Seablite.

Doc se quedó más blanco que el papel.

—¿Cómo se llamaba?

—Richard Straid.

Doc se frotó una de sus palmas con cicatrices, repentinamente pensativo.

—Te acuerdas de él. ¿Forma parte de la banda? —pregunté, expresando la preocupación que me acosaba desde que Gemma encontró su foto en la pared del reformatorio.

—No —contestó Doc, todavía sumido en sus pensamientos—. Era el buscador que asesinaron en el submarino.

La tristeza me invadió como el veneno de un pez globo. Tristeza por el chico pecoso de la foto, pero sobre todo por Gemma.

—El ordenador ha confirmado la identidad hace una hora —continuó Doc en voz baja, mirándome a los ojos—. El ADN de Richard Straid estaba en el sistema porque pasó una temporada en una institución del Gobierno: un reformatorio.

—Debió de discutir con los otros —conjeturé en un intento por hacer que todo aquello tuviera sentido—. Luego Richard se convirtió en buscador por su cuenta. ¿Y después qué pasó? ¿Los miembros de la banda decidieron que no podían confiar en él?

—Debía conocer sus verdaderos nombres —coincidió Doc.

—Así que le persiguieron y le mataron.

La idea me puso enfermo. Quizá fuera mejor no decírselo a Gemma. ¿Qué tenía de malo dejar que creyera que su hermano seguía por ahí, aunque no pudiera encontrarlo?

—Como acabamos de hablar, lo mejor es decir la verdad siempre que se puede —señaló Doc como si me hubiera leído el pensamiento—. Tráela y se lo diré.

—No hace falta —dijo una voz calmada detrás de nosotros—. Lo he oído.