24
—¿Adónde vamos? —preguntó Gemma cuando el ascensor se detuvo en el Muelle de Acceso.
Las puertas del ascensor se abrieron frente a la inmensa ventana del pasillo exterior. La piel del policía adquirió un brillo grasiento cuando salió al corredor.
—Le he encerrado en el hangar de almacenamiento.
—¿Sombra está muerto? —pregunté, sorprendido.
—No —se rio el policía—. Si la descarga no acabó con alguien tan poquita cosa como tú, ¿crees que iba a matar a ese pedazo de bestia?
—¿Por qué le ha metido en el almacén? —pregunté mientras Gemma y yo le seguíamos.
—En algún sitio tenía que encerrarle —masculló el policía, observando con inquietud el mar que había detrás de la ventana—. La Comunidad le da a Doc todos los artilugios médicos que pide, pero yo no tengo una cárcel.
Sacó un frasco de pastillas del bolsillo de su chaqueta y se tragó dos sin agua.
—¿Está usted bien? —preguntó Gemma.
Grimes sacó otro frasco de pastillas con mano temblorosa. Esta vez eran cápsulas. Abrió una, se echó el polvo de dentro en la lengua e hizo una mueca al notar su sabor.
Me detuvo de golpe.
—¡Está mareado!
—¿Y? —Se secó las gotas de sudor que perlaban su frente—. Eso es lo que le pasa a la gente normal cuando se ve obligado a estar en una trampa mortal debajo del agua.
Giró rápidamente la esquina y se dirigió hacia el almacén.
Le seguí.
—Por eso no quiso ir al Saloon ayer. Le daba miedo bajar a la estación inferior.
—Que me maree no quiere decir que tenga miedo —ladró el policía.
Puede que no siempre, pero, a juzgar por su expresión, en ese caso desde luego que lo tenía.
Introdujo una llave en la cerradura de las puertas dobles. Abrió la puerta y nos hizo un gesto para que entráramos. Puse un brazo delante de Gemma para impedirle que entrara.
—¿Sombra está suelto ahí dentro?
El policía enrojeció hasta las orejas.
—¿Te crees que soy idiota, chico?
Miré a Gemma a los ojos y los dos apretamos los labios para contener la risa.
—No, señor.
Entramos en el espacio grande y oscuro. Puede que Grimes no fuera idiota, pero no sabía nada del Don Oscuro de Sombra; no le había visto confundirse con el ambiente hasta el punto de volverse casi invisible.
—Seguid andando —nos indicó el policía, mientras las puertas se cerraban detrás de nosotros—. Está al fondo.
Las bombillas que colgaban del techo, espaciadas entre sí, apenas emitían la luz suficiente para ver las celdas que se alineaban en las paredes.
—Los colonos alquilan espacios para almacenar lo que les sobra —le expliqué a Gemma mientras caminábamos por el centro del pasillo.
—No solo los colonos. —El policía nos condujo hasta el final del pasillo. En el rincón más alejado había una celda independiente, medio a oscuras—. Estoy seguro de que al biólogo marino que guardó esto no le importará que lo usemos —se rio—. Los barrotes son de titanio puro.
Una jaula para tiburones.
Gemma se escondió entre las sombras.
—No quiero que me vea.
Asentí con la cabeza. Seguramente Sombra ya le estaba causando pesadillas. Seguí al policía hasta el haz de luz.
—Sal para que este chico pueda identificarte —ordenó Grimes.
No hubo respuesta.
El policía golpeó los barrotes con un palo blanco.
—Sal o te aplicaré una descarga dos veces más larga que la de la última vez.
Se oyó el sonido de alguien al ponerse de pie. Una caja voló a través de la jaula, en dirección a la luz, y se estrelló contra los barrotes. El policía saltó hacia atrás con un grito.
—Solo estaba cambiando de sitio mi asiento —dijo una voz profunda.
Luego Sombra salió a la tenue luz. Su piel era otra vez de color café y llena de pequeñas cicatrices. Tatuajes negros rodeaban su cuello y su cráneo. La única ropa que llevaba encima eran unos pantalones, ya que había dejado su chaqueta en el suelo de nuestro vestuario. Seguramente prefería tener el torso desnudo porque así le era más fácil camuflarse. Siempre y cuando no lo hiciera delante de Grimes.
A través del vendaje que llevaba en el brazo izquierdo salía sangre. Si le dolía la herida, desde luego, no lo demostró. Apoyó un pie en la caja y el brazo derecho sobre la rodilla, dejando a la vista la quemadura en forma de pluma impresa en su antebrazo.
—¿Qué tal las costillas? —preguntó con tono burlón.
—Sí —le dije al policía—. Es el que se metió en nuestra casa.
—¿Estás seguro de que me viste, chaval? —preguntó Sombra.
—Sí, lo está —soltó el policía. Pero después se echó hacia atrás con una mueca—. ¿Qué dem…?
Me tambaleé al ver que los ojos de Sombra se congelaban hasta volverse blancos. Se lanzó contra los barrotes, haciéndome retroceder a trompicones.
—¿Seguro que me viste a mí? —preguntó mientras su piel se cubría de un millón de puntitos de luz.
El policía gritó. ¿O fue Gemma, que seguía escondida entre las sombras?
Aparté la vista de la exhibición de luces de Sombra y vi que Grimes corría hacia el pasillo. Al girar en una esquina, el uniforme se le enganchó en el borde de una de las jaulas de almacenamiento. Aterrorizado, soltó de un tirón la manga y desapareció. Sus veloces pasos resonaron por el almacén hasta que se oyó el sonido distante de la puerta al abrirse. Cuando se cerró de golpe, sentí que mi mundo, cuidadosamente construido, saltaba en pedazos.
Ahora todo el mundo sabría que los Dones Oscuros no eran un mito. No había forma de negarlo. Apreté la mandíbula y los puños y me enfrenté a Sombra.
—¿Tenías que enseñárselo?
Con la piel todavía brillando, se apoyó contra los barrotes de su jaula con despreocupación.
—¿Y tú por qué lo ocultas?
Le fulminé con la mirada, pero no contesté.
—¿Qué más te da lo que piense la gente? —preguntó.
—A ti te importará cuando Grimes vuelva con los otros.
—Eso te preocupa —observó Sombra—. ¿Sabes por qué? —preguntó con suavidad.
Me preparé para otro de sus trucos. Por supuesto, su cara se suavizó y las marcas desaparecieron. Después, cada centímetro de su piel empezó a brillar hasta volverse reflectante, como el mercurio. Incluso sus ojos. Se convirtió en un espejo humano. Mi propio reflejo me devolvía la mirada, asustada e intensa, superpuesta en el cráneo de Sombra. Eso es una estupidez, quise gritar, pero tenía la garganta cerrada. Yo no era como él. Para nada. Ese hombre era un delincuente peligroso. Había asesinado al hermano de Gemma.
—Presume de ello, chaval. —La piel de Sombra se oscureció y volvieron a aparecer los tatuajes—. Haz que se acostumbren.
—¿Me estás dando consejos?
—Serás una buena publicidad, chaval. —Los tatuajes se desparramaron como la tinta derramada hasta que cada centímetro de su cuerpo, hasta los ojos, se volvieron negros—. Eso nos ayudará a todos. Incluso a ti.
—No necesito ayuda. No soy yo el que está en una jaula.
—No todas las jaulas tienen barrotes. La reputación, por ejemplo, puede encarcelarte. —Ahora su voz era atronadora—. Y también un secreto.
—Y ser un delincuente.
Su resoplido burlón resonó en la oscuridad.
—Intentamos salir adelante Arriba, pero los chicos carecían de habilidades sociales, así que no tuvimos más remedio que alejarnos de la gente civilizada. —La sonrisa del forajido flotó en el interior de la jaula como la del gato de Cheshire: sin cara—. Atacamos sobre todo a los barcos del Gobierno. Se me ocurrió mientras estábamos en Seablite, extrayendo perlas negras por valor de un millón de dólares. Nunca vimos ni un penique de todo ese dinero, ni obtuvimos nada a cambio. Ni siquiera estudios. La Comunidad está en deuda con nosotros.
—Casi destruisteis la granja de los Peavey. —Me puse a pasear por delante de los barrotes—. ¿Es que su propiedad parecía un barco del Gobierno?
—He dicho «sobre todo».
Un susurro me dijo que se estaba alejando, como si la entrevista hubiera terminado.
—Se te da muy bien poner excusas —intervino Gemma desde su escondite—. ¿Tenías alguna para matar a mi hermano?
En cuanto ella habló, la piel de Sombra se cubrió de luz. Gemma le había sorprendido. Experimenté una punzada de satisfacción. El forajido no era un ser superior, puesto que no había notado su presencia.
Cuando Gemma salió de su rincón, su rabia se podía palpar en el aire.
—Se llamaba Richard Straid.
El color cubrió a Sombra como una ola al romper, devolviendo a su piel el tono oscuro y los tatuajes. Buscó en el bolsillo de sus pantalones.
—¿Este? —Sombra enseñó una foto; la de Richard—. La encontramos en el mini submarino que sacamos ayer.
Gemma saltó hacia delante con un grito.
—¡Dame eso! —introdujo el brazo entre los barrotes.
—¡Gemma, no!
Una sonrisa asomó a los labios de Sombra como si estuviera complacido por la valentía de Gemma. Pero en un visto y no visto, su expresión se volvió helada y la sujetó por la garganta.
—Trae la llave —me ordenó—. ¡Ya!
Al ver que no me movía, apretó más fuerte el cuello de Gemma y la obligó a mirarme. La desesperación que vi en sus ojos me desgarró el corazón.
—Si no has vuelto dentro de cinco minutos —me avisó Sombra con un tono tan frío e impenetrable como las profundidades abisales—, no tardará en dejar de respirar.