28

Sentimos llegar tarde, Sombra. —Un forajido de pelo negro y sonrisa ancha salió por una escotilla lateral del Specter y se apoyó sobre la aleta del casco. Era Anguila.

—Pensaba que no ibais a aparecer nunca. —Sombra salió del ascensor—. Si hubierais llegado hace cinco minutos os podríais haber despedido de Doc.

—¡No! —protestó Anguila, decepcionado, al tiempo que saltaba al borde de la piscina lunar.

Por la escotilla salieron más forajidos, todos ellos poco mayores que yo.

—¿Dónde está ahora? —preguntó Bonito, abriéndose paso entre los demás, con su larga trenza moviéndose de un lado a otro como una cuerda blanqueada por el sol.

—Dando un paseo por el fondo del mar —contestó Sombra.

Mi padre nos arrastró a Zoe y a mí hacia el grupo de colonos. Raj y Jibby se adelantaron con las armas preparadas, aunque si se producía un enfrentamiento tenían todas las de perder. Los forajidos estaban armados y se habían colocado sobre el Specter y a lo largo del borde de la piscina lunar. Bonito miró el agua oscura con el ceño fruncido.

—Ahogarse no es suficiente después de lo que hizo.

—Creo que lo que os voy a decir os pondrá de mejor humor —dijo Sombra con impaciencia.

Uno de los forajidos se rio por lo bajo, dejando a la vista unos dientes afilados. Le reconocí por haberle visto en la cámara de descompresión del submarino hundido y no me sorprendió ver que llevaba el brazo en cabestrillo. Una mirada de Bonito le borró la sonrisa de la cara. Supongo que no era tan temible como sus dientes hacían creer. O bien que Bonito era más peligroso, a pesar de su apariencia fría.

—¡Anguila! —Sombra señaló el videoteléfono de la pared—. Rómpelo.

Anguila pasó al lado de Gemma, que estaba apartada del grupo de colonos. Mientras apoyaba las manos en la pantalla le dirigió una sonrisa alegre.

—Tú eres Gemma. Te reconocería en cualquier parte. —Ella no le hizo ni caso—. Ya está —le dijo a Sombra.

—El ascensor también —contestó este—. Necesitamos tener ventaja.

Anguila miró a Gemma de reojo, como si quisiera decirle algo.

—¡Ya! —ordenó Sombra.

Anguila salió corriendo hacia el ascensor y apoyó las palmas de las manos en el panel de control. Sombra sonrió al ver la expresión de desconcierto de los colonos.

—Pulso electromagnético. Es muy útil. —Hizo un gesto con la cabeza y Anguila volvió al submarino—. La policía no tardará en llegar para sacaros a todos —les dijo a los colonos. Se paró al lado de mi madre—. Si quieres que estén a salvo, quedaos en el océano. Si os trasladáis Arriba, la Comunidad encontrará una excusa para estudiarlos.

—Te equivocas —dijo ella.

—¿Sí? —preguntó él en voz baja. Mientras su piel se volvía blanca, inclinó la cabeza hacia ella. Al ver que retrocedía horrorizada, descubrí una fea cicatriz rectangular en el cráneo de Sombra. Como si alguien hubiera hecho una solapa para acceder a su cerebro—. ¿Me equivoco? —gritó, dirigiéndose a los miembros de su banda.

Todos a una se levantaron las camisas, se quitaron pañuelos y gorras y mostraron sus cicatrices. Cicatrices quirúrgicas. La de Anguila recorría todo su torso, desde el esternón hasta el ombligo. La de Bonito rodeaba su oreja y desaparecía por debajo del cuello de su chaqueta de seda.

—Vámonos —ordenó Sombra.

Gemma le salió al paso.

—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Te vas y ya está?

—Estoy harto de estar en el mismo sitio.

Al ver que los ojos de Gemma se entristecían, la expresión de Sombra se suavizó.

—Estarás bien. Tienes el instinto de los supervivientes.

—Yo no quiero sobrevivir. Eso es lo que he hecho toda mi vida, excepto cuando estaba contigo. —Se le quebró la voz—. ¿Por qué no puedo vivir…?

—No —la interrumpió él fríamente.

Estuve a punto de apartar a Gemma. Sombra no podía haber sido más claro y amenazador, pero ella se mantuvo en sus trece.

—¿Por culpa de ellos? —Gemma señaló a los forajidos, cuyas expresiones iban desde la diversión hasta el aburrimiento. El único que parecía preocupado era Anguila—. Podrías preguntárselo al menos —añadió, nerviosa bajo el peso de la mirada impasible de Sombra—. Puede que no les importe si yo…

—Me importa a mí —afirmó él, con tanta dureza que ella retrocedió como si le hubiera dado una bofetada—. A ver si te enteras, pequeña. Estos feos comedores de almejas son ahora mi familia. Tú no eres más que un viejo asunto del que tenía que ocuparme. Y así lo hice cuando te mandé ese dinero. De modo que, ahora —la apuntó con un dedo—, vas a mantenerte alejada de mí.

Ella asintió. Aunque mantenía la vista clavada en el suelo, la expresión de desconsuelo que percibí en sus ojos me llenó de rabia. Sombra acababa de confirmar los peores temores de Gemma. Que no la querían. Que no era especial.

A él pareció no importarle, porque dirigió su atención a los miembros de su banda.

—¿Estáis pensando en quedaros aquí? —preguntó con voz caustica.

Todos los forajidos se metieron en el Specter, excepto Anguila y Bonito, que se quedaron en la aleta pectoral. Anguila se quedó mirando a Gemma mientras ella se retiraba hacia la pared más alejada, hasta que Bonito le dio un capón para distraer su atención. Cuando desaparecieron por la escotilla, Sombra se dirigió hacia la piscina lunar sin decirle ni una palabra más a Gemma. Sin una sola mirada.

—¡Espera! —dije andando detrás de él—. Te he salvado la vida. Estás en deuda conmigo.

Él dejó de andar.

—¿Qué es lo que quieres?

—Tu palabra de que no atacarás ninguna granja más. La que cometió una injusticia con vosotros fue la Comunidad, no nosotros.

—¡Venga ya! ¡Como si pudiéramos fiarnos de la palabra de un forajido! —se burló Raj.

Yo miré a Sombra a los ojos.

—Me fiaré de la palabra de Richard Straid.

Él curvó los labios, pero levantó la mano derecha.

—Ni granjas ni colonos —prometió.

—Una cosa más. —Me acerqué hasta Gemma, que estaba con la espalda apoyada en la pared, con la cara inexpresiva.

Sombra puso un pie en el borde de la piscina lunar.

—Mi vida no vale dos favores.

—No lo vas a hacer por mí. —Saqué un papel y bolígrafo de la bolsa del cinturón de Gemma y anduve hacia él—. Lo vas a hacer por ella. Firma esto. —Le entregué las dos cosas.

Él no se movió.

—¿Qué es?

—Un impreso de emancipación. La libera de la tutela de la Comunidad.

Cuando levantó la mano, salté hacia atrás, temiendo que me diera un golpe que me dejara sin sentido. Sus ojos brillaron con diversión y me arrancó el papel de los dedos.

—¿Se va a quedar contigo? —preguntó mientras firmaba.

—Si ella quiere.

Recuperé el impreso y miré la firma mientras Sombra saltaba al parachoques del Specter. Había firmado como Richard Straid. Con letras muy grandes. Me di la vuelta para enseñárselo a Gemma, pero vi que se metía detrás de una enorme caja de herramientas, como si intentara hacerse invisible.

—Gemma puede vivir conmigo —afirmó Jibby.

Sombra le fulminó con la mirada. Jibby volvió a camuflarse de un salto entre los demás colonos.

—Solo intentaba ayudar —murmuró.

En el interior de la cabina, la banda de jóvenes forajidos dijo adiós con la mano, con una mueca irónica, mientras su jefe entraba y cerraba la escotilla. Cuando el Specter se sumergió Gemma se deslizó por la pared hasta quedar escondida detrás de la caja de herramientas.

—¿Y ahora qué? —preguntó Jibby.

—Lo han averiado de verdad —informó Shurl, que estaba parada delante de las puertas cerradas del ascensor—. La pantalla está negra y el botón no se enciende.

—En cuanto el Specter salga de la estación —dijo mi padre—, cogeremos nuestros submarinos y buscaremos a Doc.

—Todos tenemos los submarinos atracados en el muelle interior —contestó Lars—. Si el ascensor está estropeado no podemos subir a la superficie a por ellos.

Mi madre se reunió con mi padre junto a la ventana.

—Grimes ha dicho que mandaría un pelotón de policías. Si llegan pronto… —Dejó la frase en el aire. Mi padre y ella intercambiaron una mirada sombría.

Me encontré a Gemma detrás de la caja de herramientas, con los brazos alrededor de las rodillas.

—¿Estás bien?

Sacudió la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas.

—Desearía haber nacido en otra familia.

—No necesitas nacer en otra familia para que alguien te quiera. Quédate con nosotros.

—Has confesado que tenías un Don Oscuro y ahora todos los colonos querrán irse de aquí.

Se me hizo un nudo en la garganta, pero hice un esfuerzo para encogerme de hombros como si no me importara.

—¡No va a haber más gente como tú! —Lo dijo como si yo fuera un animal exótico al borde de la extinción—. Debes odiarme.

Yo estaba muy lejos de odiarla, pero ella no esperó a que respondiera para continuar:

—Todos deben de odiarme. Tus padres; Zoe; Hewitt… Bueno, puede que Hewitt no.

A pesar de lo seria que lo dijo, sonreí.

—Pero en cuanto descubra lo horrible que es vivir Arriba, me odiará también. Y entonces…

Me incliné hacia delante y acaricié sus labios con los míos. Al instante, sus ojos se abrieron de sorpresa, pero como no se apartó presioné mi boca contra la suya, como había querido hacer desde que la encontré en aquel submarino abandonado. Cuando saboreé la suavidad de sus labios sentí un millón de chispas por dentro, como si una medusa me hubiera picado. Cuando por fin me aparté y me senté sobre mis talones, Gemma parpadeó.

—Gracias —murmuró.

Eso no era lo que yo esperaba. Puede que no tuviera demasiada experiencia con las chicas, pero sabía que ese «gracias» quedaba muy raro después de un beso.

—Sé que lo has hecho para que me sintiera mejor —continuó ella—. Y ha dado resultado. Me siento mejor, pero si yo no fuera la única chica que hay aquí, la única de tu edad, sé que…

Esta vez le tapé la boca con la mano para que dejara de hablar.

—Lo he hecho porque quería hacerlo y me parece que esa ha sido la única oportunidad que he tenido.

—¿La única?

—Normalmente, tu boca no para de moverse.

Me dio un empujón y me caí de espaldas mientras reía.

—La próxima vez sabré que estás a punto de besarme y me callaré.

—¿Cómo vas a saberlo?

—Porque —contestó con una sonrisa maliciosa— brillas.

—¿Ah, sí? —Mis ojos volvieron a posarse en sus labios—. ¿Qué estoy pensando ahora?

Ella contuvo la respiración, pero esta vez, cuando la besé, me devolvió el beso.

—¡El Specter! —gritó Jibby desde la otra punta de la habitación.

Me levanté de mala gana. Gemma, sin embargo, dobló las rodillas como si fuera a quedarse detrás de la caja de herramientas para siempre. Le di un empujón suave.

—Sombra se ha portado así contigo para que se te quitaran las ganas de vivir con él.

—Ya lo sé —contestó ella con tono neutro.

—No ha sido porque no quisiera tenerte a su lado. —La puse de pie—. Quiere lo mejor para ti.

Nos acercamos a la enorme ventana. Al otro lado, el Specter se cernía sobre nosotros como un barco fantasma.

—Eso no lo sabes seguro —murmuró ella.

Una luz fantasmal parpadeó en el interior de la cabina oscurecida del Specter. Era Sombra, que brillaba como una aparición dentro del submarino. Sus ojos buscaron, y encontraron, a Gemma. Durante un momento ninguno de los dos se movió. Luego, con la mirada clavada en la de ella, Sombra levantó el puño, se tocó el corazón y se desvaneció como una llama.

—Sí, sí que lo sé —dije suavemente.

El Specter se alejó y lo único que quedó de él fue un rastro de burbujas. Un sonoro crujido rompió el silencio que reinaba en el Muelle de Acceso.

—¿Han disparado contra la estación? —jadeó mi madre.

—¡Mirad! —Jibby señaló hacia la ventana, donde temblaba un arpón pequeño, clavado en el plexiglás. A su alrededor había una serie de grietas en forma de telaraña.

—¿Cómo pueden haber disparado eso desde un submarino? —gritó Shurl—. Es demasiado pequeño.

Hewitt se acercó corriendo para verlo mejor.

—¡Está por dentro!

De repente lo comprendí.

—Cuando Doc cayó a la piscina lunar disparó a Sombra con una pistola de arpones, pero falló. Debió de darle a la ventana.

—Mientras la punta no haya atravesado las escamas exteriores no hay peligro.

Mi padre acercó la caja de herramientas a la ventana y se subió encima. Miró con atención la capa de escamas sintéticas de fuera a través del plexiglás roto y entonces soltó la retahíla de tacos más fuertes que había oído decir en toda mi vida.

—La ha atravesado —adivinó mi madre.

Hewitt se apartó de la ventana.

—¿Qué grosor tiene la capa de escamas? —preguntó. Al ver que mi padre tardaba en contestar, gritó—: ¿Cómo es de grueso el plexiglás? ¿Cuánto se ha clavado la punta?

—Las escamas exteriores tienen diez centímetros de espesor —contestó mi padre mientras bajaba de la caja—. El arpón ha penetrado dos centímetros y medio.

—No va a resistir —afirmó Hewitt con tristeza.

—No tiene que resistir para siempre —dijo Shurl mientras le abrazaba—. Con que aguante hasta que llegue la policía…

La escama de casi un metro explotó en pedazos. El mar entró a chorro por la brecha, lanzándonos en todas direcciones.