10
—¡Es lo más imprudente y peligroso que he escuchado en mi vida! —exclamó mi madre, cruzando a todo correr la habitación húmeda—. ¡Deberías haber esperado a que llegáramos!
Salí de la piscina lunar y me quedé en el suelo, agotado por el largo trayecto que había recorrido hasta llegar a casa. Mi madre me arrastró por los pies, sin dejar de hablar.
—¡Podrían haberte visto los forajidos! —Me desabrochó el casco y estuvo a punto de arrancarme la cabeza al quitármelo—. Shurl dice que el Specter seguía allí cuando tú llegaste. ¿Qué narices te ha dado para que fueras allí sin que estuviéramos tu padre o yo?
—Déjale que recupere el aliento, Carolyn —dijo el doctor Kunze, apareciendo detrás de ella.
Respiré hondo. Si mi madre estaba así de enfadada conmigo solo por haber ido a la casa de los Peavey, de ninguna manera iba a comentarle mi encuentro con Sombra.
—Papá no habría llegado a tiempo —le dije—. ¿Gemma está aquí?
—Ya lo creo —contestó Doc. No sonreía, pero sus ojos oscuros brillaban como si estuviera a punto de hacerlo—. Shurl dice que no podría haber salvado a todos los animales sin vosotros dos, de modo que os está preparando un festín.
Me senté en el banco para quitarme las botas de bucear. No podía pensar en comida. Desde que me había encontrado cara a cara con Sombra tenía el estómago revuelto.
—Voy a cambiarme —anuncié.
Mi madre, por supuesto, no se dejó engañar.
—Tu padre sigue dándole vueltas a la avería del generador de los Peavey —dijo cruzándose de brazos—, intentando averiguar qué es lo que ha pasado, de modo que, ¿cómo te las has arreglado exactamente para llegar a casa?
No supe qué contestar. Si confesaba que había hecho todo el camino nadando, la bronca que iba a tener que aguantar duraría unos cincuenta años.
—Con la tabla manta. —Al ver que fruncía el ceño, añadí—: Llevaba una picana y mi cuchillo de buceo.
—Si estás sujetando una tabla no puedes defenderte de un tiburón blanco.
—Venga, Carolyn —dijo Doc—. Ningún tiburón va a morder a tu hijo; es más rápido que un torpedo. Además —continuó, al tiempo que me daba una palmada en el hombro—, te olvidas de que Ty prácticamente puede ver en la oscuridad. Se limita a esquivar a los tiburones, ¿verdad?
No me atrevía a contestar, así que me ocupé de secarme el traje de buceo.
—La cena ya casi está —dijo mi madre en voz baja—. Sube en cuanto te hayas cambiado.
Se dirigió al piso de arriba y yo estuve a punto de caerme del banco por la sorpresa. Es verdad que esperaba evitar una charla o algo peor, pero ahora que lo había conseguido, estaba asustado. Al menos debería haberse ido con un «ya hablaremos luego».
Dejé de pensar en mi madre cuando el maletín del médico se posó en el banco con un ruido sordo. La simple visión de esa caja de metal me ponía nervioso. Me levanté de un salto, listo para escapar de los recuerdos.
—Te agradezco que me hayas defendido, Doc —dije con el tono de voz más normal que pude—, pero estoy bien.
—Siéntate. Solo voy a comprobar tus constantes vitales.
Me clavé las uñas en las palmas de las manos para tener algo que me distrajera.
—¿No tienes que ocuparte de Lars?
—Le he dado unos puntos y algo para ayudarle a dormir. Tiene herido el orgullo, pero vivirá.
Cuando abrió su maletín, el apestoso olor a antiséptico asaltó mi olfato. Las gasas y el instrumental de acero olían igual; probablemente la mayoría de la gente ni lo notara, pero a mí me ponía enfermo.
—No se te ha hecho una revisión desde que llegué aquí hace cuatro años —dijo el médico—. Tus padres deberían haberte llevado a verme todos los años, sobre todo teniendo en cuenta que estáis viviendo debajo del mar. —Sacó un ecógrafo—. Tranquilo, no vas a notar nada.
—¡No! —exclamé, con más vehemencia de lo que pretendía.
No estaba dispuesto a permitir que ningún médico me examinara, ni siquiera uno que era amigo de la familia.
Se me quedó mirando con expresión de sorpresa y luego volvió a meter el ecógrafo en el maletín.
—De acuerdo…
Dejé que el silencio se alargara entre nosotros mientras sacaba ropa de mi taquilla. Doc estaba muy equivocado si pensaba que iba a darle alguna explicación.
—Sabes que puedes confiar en mí, Ty.
El tono cauteloso de su voz encendió mi ya alterado estado de ánimo. No era un niño caprichoso que había escupido su medicina.
—Si hay algo que quieras decirme —insistió—, sabes que no puedo contárselo a nadie sin tu permiso.
—Sí que puede —me abrí el traje de buceo—. Todavía no tengo dieciocho años.
—Pero no lo haré.
Me bajé el traje hasta las caderas y le miré.
Una sonrisa irónica curvó sus labios.
—Vale, ya lo pillo. —Cerró el maletín de golpe—. Te veo arriba.
Me concentré en respirar mientras le oía cruzar la habitación. Cuando empezó a subir las escaleras relajé los puños hasta que oí que se detenía de golpe.
—Ty, si vas a decirle a tu madre que has vuelto en una tabla manta —me aconsejó—, asegúrate de tener una. Es posible que la próxima vez se dé cuenta de que no es así.
Sólo cuando sus pisadas se desvanecieron en el piso superior, me desplomé sobre el banco, con el miedo todavía en el cuerpo.
Encontré a los otros en la habitación de Zoe. Estaban de espaldas a mí, pero me di cuenta de que los tres estaban rodeados de artefactos de mi colección. Hewitt, armado con una espada y una ballesta de ébano, también se había colocado un peto de oro. Gemma, que estaba asomada a uno de los acuarios de Zoe, iba equipada con brazaletes y la corona española que había estado admirando antes. Por supuesto, lo de Zoe era peor. Se había aprovechado a conciencia de que no estaba y se había puesto encima todas las piezas de joyería que había encontrado: una tiara, collares y un cinturón de pedrería. Era un milagro que se pudiera mantener de pie con el peso de tanto metal precioso y gemas.
—Tu habitación es increíble —le dijo Gemma a Zoe antes de que yo pudiera abrir la boca para quejarme.
Como poco, parecía demasiado agobiante. En todas las superficies reposaban tanques de vida marina y estaban adosados a las paredes. El cabecero de la cama era una mandíbula de tiburón y del techo colgaban trozos de cincuenta variedades de coral. Incluso la ventana era un acuario. Había colocado por fuera un comedero para que los peces estuvieran allí a todas horas.
—¿Por qué ese tanque es completamente negro? —preguntó Gemma.
—Porque a esos chicos les gusta vivir en la oscuridad. —Un brillo de maldad apareció en los ojos de Zoe—. ¿Quieres verlos?
Yo sonreí desde la puerta al ver que Gemma asentía, porque sabía lo que se iba a encontrar.
Zoe se dirigió hacia el interruptor situado en la pared, al lado del tanque.
—Voy a encender una luz azul para que puedas verlos, pero tienes que agacharte mucho.
Cuando Gemma se dobló por la cintura y apoyó las manos en las rodillas, Zoe pulsó el interruptor. Cuando el tanque se iluminó, apareció la cara de un pez repulsivo. Sus dientes eran como esquirlas de cristal de distintos tamaños y sus ojos saltones y rojos. Solo un panel de cristal separaba las fauces abiertas del pez víbora de la nariz de Gemma, que saltó hacia atrás con un grito que hizo sonreír a Zoe de oreja a oreja. Bajo la fantasmal luz flotaban una docena de especies temibles: calamares vampiro, peces pelícano y peces demonio.
—Los capturé en la llanura abisal. —Zoe recorrió amorosamente con un dedo el cristal—. Parecen malvados, pero son muy delicados.
Me invadió una ligera sensación de orgullo. Mi hermana había conseguido una increíble colección de especímenes raros. Ni siquiera mi madre, a quien se le daba muy bien cualquier clase de ser vivo, no sabía cómo se las arreglaba para que no se le muriera ninguno. La única explicación que encontraba era que mi hermana les daba cariño.
Zoe sacó un jurel de un cubo.
—¿Quieres ver comer a un pez víbora?
—¡No!
A pesar de la negativa de Gemma, Zoe abrió la rendija superior del tanque. Introdujo en él al agitado jurel y se desató la locura por la comida. Gemma y Hewitt gritaron asqueados, lo que me hizo reír. Zoe estaba demasiado ocupada vigilando a sus queridos monstruos como para fijarse en el resto de nosotros. Cuando Gemma se apartó del tanque y me vio, me dirigió una sonrisa tan deslumbrante que sentí una oleada de calor.
—Tu hermana ya no parece tan angelical —dijo mientras se acercaba a mí.
—Y eso que no la has visto en la jaula de los tiburones echando carnada al agua.
—Espero que no te importe. —Se tocó la corona que tenía en la cabeza—. Estábamos intentando animar a Hewitt.
Miré a Hewitt, que parecía feliz recubierto de oro.
—Habéis tenido una buena idea —dije.
—Deberías haber visto a mamá cuando le dijimos que habías ido a casa de los Peavey sabiendo que los forajidos estaban allí —se burló Zoe.
—Se puso hecha una verdadera fiera —añadió Hewitt con compasión.
—Si Gemma y yo no hubiéramos ido, tu familia habría perdido a muchos animales.
—Eso es lo que dijo mi madre —Hewitt dejó la ballesta—, pero la tuya contestó que tú vales más que una cabra. No entiendo por qué.
—Vas a pasarte meses quitando algas —predijo Zoe alegremente.
—¿Quitando algas? —preguntó Gemma.
Me encogí de hombros.
—Crecen por fuera de las paredes de la casa, de manera que tenemos que arrancarlas a mano.
—Son resbaladizas —añadió Zoe, que se veía que estaba disfrutando—, y se tarda una eternidad en quitarlas. Tanto que acabas con calambres en los dedos.
—Esa es otra de las cosas que son mejores Arriba. —Hewitt se tiró en plancha sobre la cama de Zoe—. Nunca tienes que rascar la porquería de tu casa.
—Nosotros no tenemos casas —le corrigió Gemma.
—¡Exacto! —Hewitt se sentó—. Vivís todos juntos. ¿Te lo imaginas? Mires donde mires hay más gente. Te sumerges…
—¿Sumerges? —preguntó Gemma.
—Da igual cómo lo digas. Siempre hay alguien con quien hablar. Debe de ser genial tener tantos vecinos.
Zoe dejó de dar de comer a sus mascotas para escuchar.
—Mi pensión ocupa dos pisos en un edificio de setenta y cinco alturas con más de mil apartamentos —explicó Gemma—. Todas esas personas no son vecinos exactamente.
—Claro —estuvo de acuerdo Hewitt—. Es más como una gran familia donde viven todos juntos. Allí nadie está solo nunca. —Se volvió hacia Zoe—. Ni siquiera saben lo que significa esa palabra porque nunca necesitan utilizarla.
—¿Lo está diciendo en serio? —me preguntó Gemma al oído.
—Eso me temo.
Como era de esperar, Hewitt continuó:
—Nunca tienes que hacer nada solo, siempre hay alguien para ayudarte a conseguir comida. O a cosechar las algas.
A Gemma parecía que acababan de pincharla con una picana.
—Hewitt no va Arriba muy a menudo —le expliqué en voz baja.
Hewitt me oyó.
—¡Nunca! —Estrelló el puño contra el colchón—. ¡Nunca puedo ir Arriba!
—Porque sales corriendo en cuanto pones un pie en tierra —repliqué—. La última vez te metiste en el apartamento de un desconocido y casi matas de miedo a una mujer.
—Grité «hola» —se defendió Hewitt—. No sé por qué continuó chillando.
—Puede que porque estaba en ropa interior. —Yo sabía los detalles porque había oído a la avergonzada Shurl cuando se lo contó a mi madre.
Hewitt se cruzó de brazos, enfadado.
—Sólo quería ver cómo era por dentro un apartamento de Arriba.
Un submarino avanzaba a lo lejos por el campo de algas, dejando una estela de burbujas mientras se acercaba a la casa.
—Ha llegado papá —anunció Zoe.
—La energía ha vuelto y funciona bien —dijo mi padre mientras se abría el traje de buceo, como si estuviera impaciente por librarse de él. Yo me encargué de guardar el casco—. ¿Cómo está Lars?
—Se pondrá bien —contestó Shurl bajando las escaleras—. Gracias a Ty, cuando llegamos nos estaba esperando el médico. —Cuadró los hombros—. Dame las malas noticias, John.
—Por lo que parece, no se han llevado mucho. Solo comida y Liquigen. Los cultivos se recuperarán.
—¿Y los peces?
Mi padre sacudió la cabeza.
—Se han ido. Pero nosotros tenemos de sobra. Si todas las familias os dan treinta peces, el año que viene vuestros bancos tendrán un buen tamaño.
Ella asintió y se secó las lágrimas.
—Vamos; la cena está lista.
Mientras nos dirigíamos hacia las escaleras, noté que mi padre me ponía su mano, caliente y pesada, en el hombro.
—Hoy has hecho un trabajo de hombres, Ty. Estoy muy orgulloso de ti.
«Si supieras que he perseguido yo solo a un peligroso forajido hasta mar abierto —pensé—, puede que no lo estuvieras tanto».
Entre la compañía, y que todos iban engalanados, parecía que estuviéramos en la cena de un día de fiesta. En cuanto Shurl vio a Hewitt y las chicas con sus adornos, se empeñó en que todos se pusieran algo de mi colección.
—Estamos vivos y juntos. Tenemos incluso una invitada especial —dijo, sonriéndole a Gemma—. Esta noche es una celebración.
Todos los mayores estuvieron de acuerdo. Mi madre escogió un collar de perlas «que siempre le había gustado»; el médico una vaina y una espada; mi padre se puso un medallón. El pobre Lars se pasó todo el tiempo dormido.
—Te ayudaré a limpiar y a etiquetarlo todo otra vez —me susurró mi madre mientras volvíamos al comedor y ocupábamos nuestros asientos.
—No pasa nada —contesté, a pesar de que yo no había elegido nada para mí. Hasta que los Seablite no hubieran sido capturados, no me parecía que hubiera nada que celebrar.
En el exterior, la luz de los focos gigantes que rodeaban la propiedad empezaba a perder intensidad, simulando el ocaso. Doc separó una silla para Gemma.
—¿Vas a volver a tierra firme esta noche, jovencita?
—No. Me voy a quedar en Benthic una temporada.
—¿Con quién te vas a quedar? —preguntó mi madre, dejando encima de la mesa una bandeja llena de langostas humeantes.
—Con nadie —contestó Gemma alegremente—. Voy a alquilar un camarote en el Intercambiador.
Todos nos quedamos paralizados. Si hubiera sabido lo que pensaba hacer se lo habría quitado de la cabeza inmediatamente.
—¿En la Colmena? —preguntó Doc, desplomándose en la silla.
Mi padre frunció el ceño.
—Creía que tu hermano vivía en Benthic.
Gemma asintió con la cabeza y contestó a los dos a la vez.
—Sí, pero todavía no le he encontrado.
Me alegré de que no intentara decirle a mi padre lo fuerte que era.
—¿Y qué pasa con tus padres? —preguntó Shurl.
—No tengo.
Mi madre y Shurl intercambiaron una mirada de tristeza.
—¿Hay alguien que se encargue de ti? —preguntó mi madre con cariño.
—La señora Spinner, la directora de la pensión; pero cuando Richard me mandó dinero para que me fuera a vivir con él, no firmó el formulario de emancipación. —Gemma señaló con el dedo el cuenco de comida que tenía delante—. ¿Ese es el pescado que hace que te brille la piel?
—No —contesté—. El rape no es bioluminiscente.
Gemma hundió los hombros.
—¿Quieres brillar? —preguntó Hewitt con incredulidad.
—¿Y quién no?
—La Colmena no alquila camarotes a nadie que no haya cumplido los dieciocho años, ¿verdad, Theo? —le preguntó mi madre al médico, a la vez que le pasaba un cuenco de calamares crujientes.
—No —contestó él mientras se llenaba el plato—. Va en contra de las normas del Intercambiador. Allí solo van exploradores y mineros.
—¿Allí es dónde viven los exploradores? —preguntó Gemma, muy excitada.
—Cuando son ricos —explicó Shurl mientras partía la langosta de Hewitt—. Venden las pepitas de manganeso y luego se gastan el dinero con las cartas y bebiendo.
Mi madre puso una mano encima de la de Gemma.
—Puedes quedarte con nosotros hasta que encuentres a tu hermano.
—Me gustaría, gracias.
Me miró y yo me sentí acalorado y nervioso, de modo que me concentré en echar una cucharada de gelatina de cangrejo en mi ensalada de algas.
—Puedes dormir en mi habitación —ofreció Zoe.
A Gemma eso pareció gustarle menos.
—Genial —murmuró Hewitt—. Yo dormiré en el museo de Ty.
—Mi macuto y todas mis cosas están en el Intercambiador —dijo Gemma—, en una taquilla que alquilé.
—Ty irá a buscarlas por la mañana —la tranquilizó mi madre.
—¿Cómo lo hicieron los forajidos? —preguntó Doc, mientras se servía un vaso de vino de uvas de mar—. Me refiero a lo de cortar la electricidad en casa de los Peavey. Creía que era imposible hacerlo.
—Yo también —contestó mi padre, con tristeza—. Por lo que he visto, ha sido por un pulso electromagnético, pero lo que no sé es cómo lo han producido.
—Si Grimes reúne una patrulla —dije—, quiero formar parte de ella.
—Ni aunque te ponga una estrella de oro en el pecho —replicó mi madre con firmeza.
—Ese policía alérgico a mojarse no va a llevar una patrulla a las profundidades del mar —se burló el médico, agitando el cuchillo—. Ni siquiera sabe nadar. Él es quien debería ser enviado al Continente, no yo.
Una pinza de langosta rebotó en el plato de Shurl.
—¿Te marchas?
—A finales de semana —contestó él con resentimiento—. No tengo elección.
—Si los colonos… Mejor dicho, cuando los colonos detengan a los Seablite, podrás volver, ¿no? —pregunté.
—Detener a… ¿Qué? —Shurl nos miró uno a uno.
—Nos han asignado una tarea imposible —intervino mi padre, dejando su vaso—. No tiene sentido. El Gobierno lleva años presionándonos para que agrandemos las granjas, cultivemos más campos y criemos más peces. ¿Y ahora la Comunidad retira su apoyo por una banda de delincuentes? El océano está lleno de forajidos, ¿qué tienen de especial los Seablite?
El médico se encogió de hombros.
—¿Cuánto puede aguantar la colonia sin importar suministros?
—Una semana, puede que dos —contestó mi padre en tono grave.
—No —jadeó Shurl—. Tenemos un montón de comida y…
—Después de la reunión de hoy se ha gastado hasta la última gota de Liquigen del Intercambiador —explicó mi padre—. A los colonos les ha entrado el pánico porque sin Liquigen no podemos salir de casa el tiempo suficiente como para trabajar de verdad.
—Podemos comprar Liquigen en el Continente —dije.
—¿Y pagarlo a su valor real? —preguntó Shurl sin mucho entusiasmo—. Todo lo que ganamos se va en impuestos. Si no podemos comprar al por mayor, no podemos comprar.
—Y luego está el equipamiento —añadió mi padre—. Sin un traje de buceo o un purificador de aire, ni siquiera podremos arreglarlo, mucho menos conseguir uno nuevo.
—Lo de menos son los suministros y el equipamiento —intervino mi madre mientras tiraba la servilleta sobre la mesa—. Cuando se corra la voz de que los Seablite han hundido hoy una granja, muchos colonos pensarán en serio en volver Arriba.
Recogió su plato y se fue del comedor.
Nosotros no. No podía haberse referido a nuestra familia. Miré a mi padre, pero cuando vi que no me tranquilizaba me dio la sensación de que mi futuro se hundía en el abismo, donde todo era deprimente e insondable.