29
Crepúsculo infernal
El director de Impuestos en Tunja reservó para nosotros alimentación y hospedaje en el Hotel Savoy. Esas residencias eran para huéspedes permanentes y tenían una ubicación privilegiada en el marco de la Plaza de Bolívar. De acuerdo con mi nuevo sueldo solo alcanzábamos a contratar dos alimentaciones. Cada «alimentación», como las llamaba Dioselina, la administradora, era para una sola persona, pero nosotros las repartíamos entre los seis. La familia entera cupo en una alcoba grande, la que se había adecuado con tres camas, quedando así poco espacio para transitar. En la cama semidoble dormíamos Rosita y yo. En una de las sencillas acomodamos a las niñas Anita y Rosa Cristina, y en la otra a los dos jovencitos Juan y Jesús, uno en la cabecera y otro a los pies de la cama, situación que producía entre ellos refriegas y peloteras infantiles por el control de las escasas cobijas con las que los arropábamos. Los escarceos amorosos con mi esposa se presentaban esporádicamente, cuando los niños dormían a pierna suelta. La alimentación del hotelito era regular, de mala calidad, y mis hijos permanecían con hambre. Se elaboraba a base de calabaza, arroz, papa, yuca y plátano; meras harinas y escasas proteínas. Diferente a la comida en Palermo que era a base de pescado y plátano. Por supuesto, cuando llegaban las comidas a la habitación, los niños se botaban como rebaño de ovejitas a dar cuenta de ellas, sin que Rosita y yo, a veces, pudiésemos probar bocado. Pero así se nos adhirieran las tripas al estómago preferíamos que los niños no se acostaran sin comer.
Una vez dejé instalados a Rosita y mis hijos, el director me otorgó la licencia para viajar a Bogotá con el fin de que fuera operado de mis cataratas hereditarias. Urdaneta me concedió la licencia para que no tuviera dificultades en la operación.
Llegué al Hotel San Carlos. Hernando, que ya estaba informado del motivo de mi visita, me dijo:
—Díaz Guerrero lo espera a las ocho de la mañana en su consultorio.
—¿Qué tengo que llevar? —pregunté, creyendo que habían instruido a mi pariente de los requisitos para la hospitalización.
—Nada —respondió—. Primero debe practicarse unos exámenes de sangre, orina y demás para saber si usted, mijo, no tiene problemas para la cirugía.
Zoila me atendió con esmero. La comida era espléndida y me causaba malestar interior pensar en Rosita y mis niños que estarían padeciendo hambre y frío en esa ciudad. En la noche lloré porque mal que bien en Palermo ya nos conocían y nunca soportamos hambre, y mucho menos frío. Ahora en Tunja, en las circunstancias en las que llegamos, debíamos aceptar con resignación nuestra sencilla forma de vida mientras esperábamos que mis ojos recuperaran la visión. En ello había puesto todo mi empeño.
Después de establecer que gozaba de buena salud para la intervención quirúrgica, Díaz Guerrero ordenó mi hospitalización en La Misericordia, un inmenso centro hospitalario que funcionaba en el sur de Bogotá. Ese sanatorio pertenecía al servicio de la Caja Nacional de Previsión.
Me operaron, me extrajeron las cataratas y una de las enfermeras me alcanzó una piedrecilla para que la palpara. Me dijo: «Esta roca era la que se le había clavado en su ojo izquierdo e impedía su vista, señor Gómez». Permanecía con los ojos totalmente vendados y la enfermera me daba la manutención directamente en mi boca. En el hospital estuve quince días y, a diario, Díaz Guerrero me desprendía los vendajes para aplicarme unas gotas mientras decía:
—Va por buen camino, don José Dolores —me ofrecía tanta condescendencia que lo comparaba con mamá Beatriz.
Me entusiasmaba demasiado, pero no podía olvidar los padecimientos de mi mujer y mis hijos. Hernando me dijo que había llamado al hotel y había hablado con Rosita. Le manifestó que estaban bien, que no me preocupara y estuviera tranquilo en mi recuperación. Yo sabía que ella lo decía para que mis nervios no afectaran la operación, pero en el fondo imaginaba sus hambrunas y sus congeladas noches en esa ciudad paramuna.
Al cabo de un mes regresé a Tunja, después de una prolongada convalecencia. Tenía que mantener los ojos vendados hasta que el oculista diera la orden de despojarme de los parches que inhabilitaban mi vista. Hernando había comunicado a Rosita mi regreso y ella, anhelante y dichosa, esperó ansiosa mi llegada en el terminal de los buses. Este era el mismo paradero donde había conocido a la llanerita de mis disipaciones cuando venía de Zapatoca buscando venturoso porvenir. Regresaba en otras condiciones, sin las locuras lúdicas de aquella época en las que carecía de ataduras hacia alguien. Hoy tenía a Rosita y mis cuatro hijos.
El mismo día de mi regreso informé por teléfono al director y este me dijo que no me preocupara, que cuando estuviera listo para trabajar me presentara.
Llevaba mes y medio en el hotel y aún no me habían pagado la incapacidad. Una mañana no llegó el desayuno a la habitación. Rosita y mis hijos se desesperaron y yo, con los ojos vendados, no sabía qué hacer. Indagué con la dura y huraña Dioselina, quien me dijo que hasta que no pagara siquiera un mes no me podían dar más servicio de comida. Con seguridad era una mujer solterona a quien nunca la había presionado el hambre de unos niños. Llamé al director. Me dijo que el dinero de la nómina no había llegado a ese departamento, que tenía que buscar solución a mi problema. Que de todas maneras él buscaría la manera de aliviar esa calamidad, sobre todo por los pequeños. Me pareció un hombre bondadoso. Sin embargo, no conocía su talante de jefe en las cosas del trabajo.
Hacia la media mañana de aquel día, Isabel, la secretaria del director, llegó a la habitación hotelera con unos talegos de pan y frutas para nuestros hijos. Agradecí, y mientras la funcionaria nos hacía la visita los pequeños comieron como si acabaran de salir de una cueva de niños perdidos. A Rosita y a mí la calamitosa y transitoria ceguera, así como la incertidumbre futura acerca de mis ojos, nos quitaban el apetito. Isabel se preocupó por mi situación de ceguera y se aventuró a predecir que me encomendara a la Virgen de Chiquinquirá para que el resultado de la operación fuera satisfactorio, porque ella conocía casos tremendos en los que quienes padecieron cataratas concluían su vida en total ceguera. Sus brujeriles premoniciones nos causaban inquietud. También dijo que por el puesto no debía atemorizarme pues en este momento había más de tres vacantes para escoger. Todo dependía de mi vista y solo esperábamos con euforia el destape de mis ojos una vez finalizara la convalecencia.
Díaz Guerrero arribó a Tunja un viernes en la mañana. Me buscó en el Savoy. Llegó en su berlina último modelo, me recogió como en ambulancia de sanatorio y nos fuimos al hospital donde podía manipular mi curación. Hizo a un lado mis vendajes y cuál sería mi sorpresa: comencé a ver como si acabara de nacer al mundo de los videntes. Volver a ver la luz con esa intensidad abrumó mi pensamiento de ilusiones. Todo lo veía reteñido, las gafas de Díaz Guerrero, su rostro, su figura regordeta, su bata de médico de color verde manzana, sus ojos grisáceos, todo, a la enfermera que lo acompañaba que poseía buen cuerpo y cara agraciada y a las monjas del sanatorio. Miré por la ventana y observé los terrenos estériles de Tunja hacia el lado del batallón de militares, las grandes extensiones de cultivos de papa y trigo por el lado de la montaña, en fin, la claridad de la ciudad. Empecé a conocer ese «mundo ancho y ajeno», como leí alguna vez en el Quijote. Me tapé el ojo derecho y por primera vez vi algo por el izquierdo, aunque fuera unos rayos de luz que desde que tenía uso de razón jamás había visto. Al cubrirme el ojo izquierdo constataba que la visión del derecho había mejorado ciento por ciento. Sin embargo, observándome que me hallaba empalagado con mi vista, el oculista dijo:
—Esta dicha hay que dosificarla. Solamente puede descubrir sus ojos por cortos periodos y volverlos a tapar. No debe abusar, José Dolores. Aún no es tiempo de trabajar y le daré la incapacidad que necesite.
—¿Cada cuánto puedo darme el lujo de ver, doctor Díaz?
—Por ahí cada dos horas y por quince minutos nada más —fue muy coercitivo en sus mandatos—. Si abusa, no respondo.
El oftalmólogo me condujo nuevamente al hotel. Los comensales del Savoy preguntaban con curiosidad si la operación había salido exitosa. Díaz Guerrero, con el rostro huraño por el acoso de los curiosos, se aventuraba con un «vamos a ver, vamos a ver…». Les informamos a Rosita y los niños lo ocurrido y brincaban de la felicidad. Rosita me comentó que Isabel había regresado con el sueldo de un mes para que pagáramos el hotel. Por supuesto, la alegría fue inusitada y la familia se unió al festejo y a esa felicidad sin límites. Nos despedimos del médico y por primera vez probé algunas frutas de la región que me supieron a gloria, aunque nunca había probado la gloria, pero imaginaba que así debían ser las mieles del paraíso de las que hablaba monseñor Pimiento.
Por intermedio de la Caja Nacional el médico me otorgó un mes más de incapacidad. Rosita con sus delicadas manos me aplicaba los curativos vendajes para mis ojos. En los momentos que me liberaban de las vendas podía ver a mis hijos, los amelcochados ojos de Anita y de Juanito, los ojos oscuros de Rosa Cristina y la carita de niño Dios de Jesús que jamás había observado con nitidez. Esta descripción fue premonitoria, porque en Navidad nos pidieron prestado al niño menor para que se desempeñara como niño Jesús en el pesebre de tamaño natural que la iglesia de San Ignacio montaba para sus feligreses.
El lunes siguiente, terminada la incapacidad médica, me presenté a la Dirección sin los incómodos parches de pirata de ambos ojos. Debía ponerme unas gafas oscuras para evitar que la inclemente luz del sol hiriera mis pupilas recién intervenidas por la cirugía. Aún no me quitaban los puntos de la operación. Saludé al director y a Isabel con efusividad, y esta me dio tan sorpresivo abrazo que hasta el jefe hizo mohines de extrañeza. «¡Qué bien que no te hubiera ocurrido lo peor!», dijo la secretaria con la expresión de alguien que viene de un aquelarre. Todo lo veía bien. Mientras el director efectuaba varias diligencias me senté a esperarlo en una pequeña sala de recepción. Sobre una mesita de centro reposaban revistas y periódicos. Tomé uno de los diarios al azar y pude leerlo a la perfección, cosa que en mi situación anterior de aprendiz de ciego realizaba con precariedad. Sin embargo, recordé las admoniciones del médico cuando empezaron a arderme los ojos y preferí suspender la lectura. Por fin llegó el jefe:
—José Dolores, está usted muy bien recomendado por Urdaneta, mi jefe. Por lo pronto voy a colocarlo en la oficina de Finiquitos y Requisitorias. Allí, ahora con sus nuevos ojos, tendrá usted que establecer quiénes deben impuestos, quiénes han pagado más de lo liquidado y hacer los requerimientos por escrito —me lo dijo con tanta seguridad que pensé que toda mi vida había tenido ojos buenos.
Me llevó al tercer piso a la oficina de Finiquitos y Requisitorias. La verdad es que era la primera vez que oía la palabra finiquitos. Miré en el diccionario y advertí que era «finalizar, finiquitar, terminar», y pude deducir que esa oficina se encargaba de las cuentas particulares de personas naturales y jurídicas. Era un trabajo pesado para mis ojos porque debía auscultar con minuciosidad las declaraciones de renta de los ciudadanos obligados a ellas.
Después del primer día de trabajo, cuando llegué al hotel, el semblante de Rosita era de disgusto. Indagué por su mala cara y no me contestó. Miró para el lado de nuestra cama y allí reposaba un estuche de violín. El Chunco Reyes me había enviado el instrumento junto con una carta que pude leer con claridad. Me dijo que la flauta se la habían robado en una fiesta pero que ya había descubierto al ladrón. Que solo había que esperar. Anunció que deseaba viajar a Tunja en un compromiso musical y de paso visitarnos. Saqué el violín del estuche y le di mis buenos arcazos en doble y triple cuerda, de tal manera que los niños se interesaron en el instrumento. Jesús fue el más sorprendido con el sonido y me dijo que quería tocarlo como yo. Se lo presté y con sus pequeñas manos hizo el esfuerzo de darle unas pasadas del arco por sus cuerdas.
—Ahora es que vuelvas a tus andanzas de la música y las vagabunderías que de ahí se derivan —advirtió Rosita con talante autoritario y cantaleteado. Era la primera vez que mostraba ese estilo regañón, debido tal vez a la situación económica que padecíamos y a la inseguridad vital hacia el futuro. Es preciso que cuando algo se prohíbe la curiosidad por practicar los impedimentos sea imparable. Pensé buscar músicos en Tunja con los que pudiera ensayar y ponerme nuevamente a tono, pero no quise darle contrariedades a mi mujer, quien parecía resignada a nuestra vida en semejante frío y con tantas dificultades que había que ser monje cartujo o monja betlemita para resistir.
Con mis nuevos ojos desempeñé con lujo y habilidad las funciones asignadas. El jefe y los demás compañeros se mostraban satisfechos. Desde luego, empecé a notar que mis ojos terminaban fatigados después de cada jornada laboral. Llegaba al hotel y me recostaba mientras los niños comían, y al cabo de algunas horas me despertaba sobresaltado y por intermitencias, en tinieblas pasajeras, como si alguien apagara y prendiera el foco interno de mis ojos. Pensé que eran pesadillas. Me fui hasta el hospital y un oculista de turno me advirtió que estaba abusando demasiado de mi vista recién operada. Que debía suspender por un tiempo las actividades que me ocasionaban esas molestias. Me dio algunos días de incapacidad para ponerme en observación porque esa calamidad visual era preocupante para él. Además, dijo que la presión arterial de mis ojos se había elevado sin motivo y que ello nos podía conducir a las molestias de un grave glaucoma.
Mis dificultades en la vista se presentaban con altibajos. A veces mis ojos eran unos soles, todo lo veía con claridad. Otras veces se convertían en penumbra y las imágenes de las personas o de las cosas eran difusas, borrosas, sin definición, color ocre. El jefe empezó a mortificarse con las recurrentes incapacidades, y con los errores cometidos en la liquidación de los finiquitos y la elaboración de requerimientos. Se me trasladó entonces para la sección de archivo, la que se hallaba ubicada en el sótano del edificio. El cubículo del archivador era un cuartico oscuro, húmedo, invadido de cucarachas y ratas, que me produjo mucha depresión. Esta nueva situación laboral me indujo a hacerle el reclamo al jefe. La respuesta del encumbrado fue la de que había otros funcionarios mejor dotados para las labores importantes de la oficina de la administración. «Agradezca que con su discapacidad todavía mantenga el empleo». Al observarle el rostro mientras expresaba con inquina su desapacible advertencia, le vi erupciones y turupes de monstruo. El sueldo se disminuyó porque la labor de archivo era parecida a la del aseo y la calidad del empleo era la peor que un funcionario pudiera desempeñar. Mis antecesores terminaron con rinitis, sinusitis y artritis. Decían los malintencionados que el archivo era «la oficina de las itis» por las enfermedades que allí se padecían. Ya los adivinaba endilgándome una «cieguitis» para que hiciera rima con sus burlas.
Las dificultades económicas para el sostenimiento de la familia hacían presagiar un incierto futuro. Nos fuimos del Hotel Savoy porque el costo de las dos pensiones alimenticias se hacía impagable para mis ingresos. Isabel aconsejó que nos fuéramos a vivir a una casa que ella conocía cuyo arriendo me permitiría aprovechar un saldo dinerario para alimentarnos. Estuve dubitativo con la propuesta por saber de quién provenía. Imaginaba que la vivienda era una casa embrujada pero omití mis malos pensamientos. Nos fuimos a un pequeño apartamento, de un segundo piso, donde en los momentos de mis esporádicas e intermitentes cegueras unas escaleras de caracol me ocasionaban accidentes inesperados. Pero allí la vida se hizo más llevadera, porque la destreza económica de Rosita en el manejo de los poquísimos ingresos era para que hubiera sido nombrada ministra de economía de un país en quiebra. Sin embargo, comíamos mejor que en el Savoy. No sé si fue coincidencia o por los avatares del destino pero el pequeño y acomodaticio apartamento era de propiedad de un mezquino anciano cuyo nombre era Vicente Paredes, a quien en Tunja lo apodaban don Vizo. Su tacañería le produjo enormes réditos ya que poseía dieciocho casas y apartamentos que mantenía alquilados. Durante mi vida tuve que soportar a varios hombres con el nombre Vicente, como si este fuera un karma que me persiguiera.
El oculista del hospital de Tunja empezó a aplicarme vendajes en los dos ojos. Cada vez, esas vendas permanecían más tiempo impidiendo mi visión, y del sol tan solo percibía el poquísimo calor que al medio día el astro rey depositaba en esa friolenta ciudad. Pensé que estaba preparándome para ciego y comencé a desesperarme. Me tropezaba con todo. El genio se me alborotó y por cualquier contrariedad gritaba, llamando a los niños o a Rosita para que me auxiliaran. A veces permanecía el día entero encerrado oyendo radionovelas de la única emisora que funcionaba en Tunja, la Radio Boyacá. En esa estación se trasmitían solamente, además de las radionovelas, el Santo Rosario, la Santa Misa, el Santo Trisagio y otro poco de religiosidades. Parecía la emisora del Vaticano. Mis hijos habían conseguido ingresar a una escuelita que funcionaba en los predios de la Universidad Pedagógica. Rosita se dedicaba con resignación y paciencia a atenderlos y cuidarme durante las épocas de los vendajes visuales.
Cuando me quitaban las vendas de los ojos presentía que había perdido la vista. Aunque guardaba en lo más recóndito de mis ojos y de mi corazón alguna esperanza. Presentía que cualquier día las retinas volverían a su sitio y entraría, como reflectores de circo, la luz por los ventanales de mis ojos. La preocupación mayor era que todo lo veía tras una cortina roja, a veces de un rojo intenso o de un claroscuro nuboso, como si siempre estuviera atardeciendo o amaneciendo. Las figuras y siluetas de personas y cosas perdían su forma. Por supuesto, no pude continuar con juicio en el trabajo y la Dirección de Impuestos decidió desvincularme del cargo en forma injusta, pues aún transcurría la incapacidad médica. Quedé desempleado y sin ingresos jubilatorios. El desespero cundió en mi mujer. Me gritaba, me respondía de malas maneras y creo que empezaba a pesarle no haber aceptado el destino trazado por sus padres. Hubiera podido ser hoy la madre superiora del convento, sin atafagos, ni necesidades. Pero, desde luego, cuando llegaban nuestros hijos se derretía por ellos y cambiaba su talante para conmigo. Retornaba la dulzura amorosa de su voz. Pero la situación había que enderezarla. Pensamos en regresar a El Cairo, así fuera con la cabeza gacha a pedir perdones. No nos dejaríamos morir de hambre.
30
El túnel negro de mi vida
Decidí consultar a un jurista acerca de mi nueva situación. Me aseguró que la invalidez acaecida en mis ojos era del ciento por ciento para trabajar. A usted, señor Gómez, no pueden sacarlo de nómina hasta no empezar a recibir la mesada pensional. Se lo garantizo por el alma de mi madre que está en el cielo, me dijo y suspiró con tanto entusiasmo que lo detecté de inmediato. Si hubiera sido mi jefe habría salido dando saltos y tumbos de felicidad. Pero no era más que una expectativa que me generaba el jurista para que lo contratara. Me dijo que no necesitaba pagarle ahora; que lo hacía por misericordia, por mi mujer y por mis hijos. Sólo pretendía un porcentaje de lo que saliera, si algún dinero salía el día de mañana. De todas maneras, la suerte había asestado un golpe mortal a mi devenir vital. Con inseguridad conservaba esperanzas de enderezamiento. No me quedaba ilusión diferente a la de que mis hijos en el futuro fueran alguien en la vida.
Nos atrasamos en el pago de los arriendos. El propietario del pequeño apartamento, sin inmutarse ni mostrar indulgencia con mis párvulos, comenzó su inconsecuente política de presión para que desocupáramos. Nos cortaba la luz y el agua y nos miraba como leprosos. Por tantas incapacidades concedidas por los médicos, los últimos salarios debía pagarlos la Caja Nacional. Ello no fue posible sino hasta después de ocho meses. Rosita se convirtió en un sartal de nervios porque había días en los que enviábamos a los niños a la escuela con una mera taza de agua de panela. Al fin, una mañana me dijo:
—Voy a buscar trabajo porque esta situación de penurias se hace insostenible.
—¿Y dónde? —pregunté con la brusquedad que la ira me ocasionaba por tener que subsistir en la discapacidad. Para aquel entonces el orgullo de los hombres era evitar que sus mujeres trabajaran, para que su dedicación exclusiva fuera en la crianza de los hijos. A mí me retorcía la autoestima permitirle a Rosita la búsqueda de un trabajo. Porque... el hombre que ponía a trabajar a su mujer era un incapaz y un atenido.
—En alguna parte —expresó con la inseguridad de quien no ha trabajado jamás—. Voy a buscar a ver qué consigo.
—¿Y como... en qué?
—Así sea de empleada del servicio pero no podemos dejarnos morir de hambre.
Estando en esa discusión matrimonial oímos golpes en la puerta. Rosita corrió a abrir. Eran el Chunco Reyes y los integrantes de su conjunto:
—¡Hola, tuerteras! —me saludó con la chacota que siempre utilizaba.
—Dirás cegueras, Chunquito —y las lágrimas se me escurrían por entre los vendajes. Recordé que Díaz Guerrero ordenó que evitara llorar porque el ácido fuerte de las lágrimas agredía las heridas de la operación. Pero... ¿quién le decía a las lágrimas que se congelaran? El dolor que me produjo el lagrimeo brotado ante la presencia del Chunco me hizo sentir como si alguien hubiera claveteado alfileres en mis pupilas.
—¿Qué te pasó, Josecito? —expresó muy preocupado.
—Me operaron de los ojos, pero el remedio fue peor que la enfermedad —le dije con dejo de amargura, sin resignación.
—Bueno... pero estás vivo que es lo importante. Nadie se ha muerto por quedar ciego —manifestó con su consabida tranquilidad.
—Yo sí creo que estoy muerto en vida, Chunquito, qué le vamos a hacer. Y lo más grave es la situación de mi familia. Llevamos varios meses aguantando y ni Rosita ni yo sabemos cómo salir del atolladero.
—Por eso no te preocupes, tuerteras —sus expresiones eran muy animosas—. Hoy vengo a ofrecerte un trabajito que te ayudará mucho. ¿Cómo andas con ese violín?
—Mal, muy mal. No he vuelto siquiera a sacarlo de su estuche.
—Pues sácalo y vamos hasta el Club Boyacá y ensayamos. Tenemos un contrato en Boyacá por varios días y te ganarás los pesitos. Te voy a adelantar algo para que Rosita haga mercado y los chiquilines puedan comer estos días.
El Chunco Reyes ayudó en el alistamiento del violín. Por mi parte no auguraba nada bueno pero me aliviaba el dinero que ganaría en esos toques con la orquesta del Chunquito.
Con ellos estuve tocando varios días y obtuve ingresos que permitieron ponerme al día en los arriendos. Así las cosas fueron más llevaderas.
Se acercaba el día definitivo para el diagnóstico médico. Rosita y yo caminamos hasta el hospital con los temores y las inseguridades de lo que nos diría el oculista. Rosita había adquirido destrezas de lazarillo y me llevaba de gancho, evitando tropezones y golpes. Parecíamos siameses. Los niños estaban en el colegio. Entramos al hospital y el oftalmólogo nos esperaba. Rosita esperó afuera y yo ingresé al consultorio llevado de la mano por el mismo galeno. Me guió hasta la silla examinadora como si fuera un condenado que llevan vendado a la silla eléctrica. Entre tanto, inició un diálogo a manera de paliativo de lo que podía sobrevenir:
—¿Ha seguido el tratamiento que le ordenó el doctor Díaz, señor Gómez?
—Más o menos, doctor, mi situación económica y familiar me causa malestares y desavenencias. Creo que se me ha subido la presión sanguínea en los ojos porque a veces siento dolores intensos como en el fondo de las pupilas.
—Mala cosa —dijo, y su voz sonaba algo acoquinada. No le veía pero imaginaba sus gestos de preocupación.
Me despojó de los vendajes y las tinieblas habían invadido los dos ojos por completo.
—¡Mierda, se le desprendieron las retinas! —la voz alta que utilizó para esa sentencia hizo entrar a Rosita al consultorio—. Señora, muy grave lo ocurrido. Se nos va a quedar ciego su marido.
—¡¿Cómo, doctor?! —Rosita preguntó casi con un grito.
—Sí, muy grave, señora. Después de un glaucoma fulminante esta calamidad en los ojos es la más grave —el médico conceptuaba sin dejar de examinarme y poner sus friolentas manos enguantadas sobre mis nubosos ojos. El hombre habló con extrema franqueza y yo regresé a la mudez que aparecía cuando los hechos de la vida me golpeaban. Sin embargo, Rosita trató de buscar un rayo de luz:
—¿En Bogotá será posible un examen, doctor?
—Tal vez el doctor Díaz que lo operó tenga un diagnóstico diferente, pero no creo, señora. Intentémoslo.
Me daba la impresión de que acababan de leernos una sentencia de muerte.
—Lo único que puedo hacer es darle la certificación de su ceguera para que empiece a tramitar la pensión por invalidez en el menor tiempo posible.
Salí del sanatorio llorando, sin vendas en los ojos pero completamente ciego. Rosita lloraba y sus actitudes compungidas le causaban un pequeño temblor en el cuerpo. Buscamos unas callecitas desoladas e hicimos todo lo posible por recorrer nuestro camino por senderos más largos para que pensáramos en nuestro futuro y en el de nuestros hijos. Imaginé a mis niños en la escuela, sus risitas, sus ocurrencias, su resignación, su forma de ser con la sensatez extraña de personitas tan recién llegadas a la vida. Caminamos de norte a sur de la ciudad, sin musitar palabra. Ambos llorábamos. Me daba la impresión de que Rosita llevaba a su marido muerto para el cementerio. La garganta se me atragantó por completo.
Regresamos al centro de la ciudad. Me pareció que habíamos caminado toda la eternidad. La gente nos saludaba sin saber lo que estábamos padeciendo.
Entramos al apartamento. Rosita me tomó por el brazo para subir las escaleras de caracol que nos llevaban al segundo piso donde vivíamos en una sola habitación. Era ya un minusválido al ciento por ciento. Me hervía la sangre, porque había podido evitar la ceguera total. Todo por esa maldita operación de cataratas. El trabajo de los tales finiquitos me condujo a las tinieblas. Me hubiera quedado en Palermo de por vida.
Mi mujer me dejó sentado en la cama, mientras, dijo, iba a comprar lo del almuerzo porque los hijos no tardarían en llegar de sus colegios. Sentí que había salido hecha un mar de lágrimas.
Aproveché la ausencia de Rosita. A tientas busqué el violín. Lo encontré y lo puse bajo el brazo. Desorientado no supe qué hacer con el instrumento. Bajando las escaleras de caracol trastabillé varias veces. Quedé sentado y el estuche llegó primero al portón. Salí para la calle acompañado de las tinieblas. Jamás, ni siquiera cuando me atacaron los mosquitos de la ceguera allá en Palermo, tuve que utilizar bastón. Me llevé el violín porque pensaba venderlo o empeñarlo. En la oscuridad de mi vida atravesé la calle. Un ciclista me atropelló y me despojó de la suela de uno de mis zapatos. La planta de mi pie derecho quedó descalza sobre el pavimento. Pisé un charco de la calle y sentí la humedad. La empellada del desbaratado zapato cubría mi empeine. El accidente me causó heridas y raspones que hicieron sangrar mis piernas, y mi pantalón quedó destrozado. Las gafas oscuras desaparecieron. Los transeúntes gritaron al verme volar por los aires. Una mujer soltó una especie de aullido: «Mataron al pobre cieguito». Me auxiliaron y me incorporé. El violín seguía aprisionado contra mi pecho y la violencia del golpe no logró que lo soltara. Al fin y al cabo era el único patrimonio que tenía. Pregunté a quien me auxilió por la dirección de la casa de empeños. El hombre me dio las indicaciones como si yo fuera una persona vidente. Con bastante dificultad conseguí llegar cerca de la prendería. Alguien desconocido me condujo hasta la puerta.
—¡A la orden, señor! —me atendió con alguna amabilidad la persona que seguramente se hallaba detrás de un mostrador o una vitrina.
—¿Cuánto me da por este violín? —le pregunté al señor o señora que me atendió.
—Nada —dijo la señora o el señor con voz afeminada—. Esa vaina en este pueblo no se vende, nadie los quiere. Esta es época de armas, de funerarias, de muerte —su voz era la de un ser más desesperado que yo—. Si desea se lo puedo cambiar por otra cosa con la que pueda salir de sus dificultades.
—¿Qué me da a cambio? —insistí, intrigado.
—Pues... así, lo que tengo disponible, muy útil en estos tiempos tan violentos, es un revólver muy bonito y experimentado —agregó con la despreocupación que ponía a sus expresiones—. Creo que si lo pone en venta se lo rapan los godos o los cachiporros —no sabía si me estaba tomando del pelo o hablaba en serio.
—¿Y tiene permiso? —pregunté, porque el salvoconducto era la permisibilidad para poderlo llevar.
—¿Cómo se le ocurre? Estas armas solo las pueden llevar los policías, el ejército y los delincuentes que, a la hora de la verdad, todos cargan sus permisos legales o falsificados.
—¿De quién era ese revólver? —quise averiguar.
—No sé, pero lo trajo para empeño un guardián de la cárcel de Tunja. Dijo que se lo había comprado al Quintanilla, el chusmero que asoló la región de Miraflores. Como podrá darse cuenta, está comprobada su eficacia.
Recordé que Quintanilla era mi paisano. Hijo del carnicero de Zapatoca. Se había descarriado con las tropas chusmeras de los liberales y había afincado su humanidad en Boyacá para dar cuenta de los godos y enfrentarles su violencia con más violencia.
«¿Qué hago yo con un revólver en esta situación tan desesperada?», pensé y quise reversar el negocio, pero el prendero me fue sacando del almacén. Mi crisis económica, moral y espiritual era tal que acepté el cambio sin saber qué utilidad darle a ese aparato. Dejé el violín y salí con el tesoro delincuencial de mi paisano. En realidad nunca supe qué hacer con él pero me sentía seguro y con un valor inusitado. Le moví la aguja del gatillo hacia atrás y continué con él en la mano por si de pronto alguien quería despojarme de ese tesoro criminal.
Pregunté donde quedaba la Administración de Impuestos y me pusieron de cara hacia el sitio. Me dijeron que quedaba a una cuadra de donde estaba. Pensaba armar un escándalo por mi jubilación. Es que con un revolver lo oyen a uno, así no pensara usarlo.
Dicen quienes me vieron salir de la casa de empeños que tomé rumbo hacia la gobernación. Que llevaba un paquete en la mano, que me tropezaba con las personas, con los cubos de la basura, que había pisado a un desorientado perro y este me había encendido a mordiscos, hasta cuando en la esquina de la pulmonía, como llamaban a ese sitio en Tunja por las corrientes de aire que revoloteaban, atravesé la calle y el camión recolector de basuras me atropelló con su enmugrecido parachoques. Que el paquete cayó al otro lado del andén e hizo un disparo que se alojó en el balcón de la gobernación. Por llevar el arma engatillada la bala se disparó. Hubiera deseado que ese disparo me hubiera correspondido a mí, pero la mala suerte tampoco me ayudó. Cuando estaba tirado en el suelo se acercó un gendarme y me dijo que era de la Policía. Me ayudó a incorporarme. Ya no tenía el revólver en mis manos:
—¿Está bien, señor? —indagó con preocupación.
—Sí, yo creo que el camión no llevaba demasiada velocidad —dije, como para congraciarme. —¿Y el paquete que traía? —pregunté ingenuamente.
—El paquete es un arma de dotación oficial, señor —aseveró el policía, con voz marcial.
—¿Y ...? —murmuré, haciéndome el imbécil.
—El porte ilegal de armas está penalizado. ¡Acompáñeme! Esa arma es de propiedad del Estado –endureció su diálogo.
La actitud de condescendencia se transformó en hostilidad. Me llevó casi a empellones, sin soltarme, creyendo que me fugaría, hasta el comando de la Policía y el jefe preguntó:
—¿Qué le pasó a este pobre cegatón? —lo dijo con el irrespeto de quien tiene el poder ante una persona inerme.
—Lo atropelló el recogedor de basuras.
—¿Y?
—Se descubrió que portaba un arma del gobierno, sin salvoconducto –me quiso lanzar al foso de los leones.
Me preguntaron paso a paso por mi vida, desde que nací hasta el accidente. Dije que era ciego casi de nacimiento, y el comandante, en medio de las risas de sus dirigidos, expresó:
—El delito cometido es mucho más grave. Un ciego con un revólver es más peligroso que una loca con una barbera —soltó tal carcajada que sus subalternos hicieron coro, como si mi situación fuera para armar semejante zaperoco burlesco.
—Sí, mi coronel, al caer el arma se disparó y la bala se incrustó en el balcón del despacho del señor gobernador. Por poco da cuenta de él —adujo, con demasiada adulación el gendarme que me recogió.
—Esto es más complicado de lo que yo creía, porque no solo cometió el delito de porte ilegal de armas oficiales, sino también el de intento de homicidio contra la primera autoridad del departamento. A lo mejor es godo —dijo con mala intención, porque para esta época el gobernador era de filiación liberal y se prestaba para endilgarle cualquier culpa a los conservadores. Si llegaban a enterarse de mi filiación política pagaría más cárcel que Quintanilla, el dueño del arma, o que el mismo don Efra que hasta ahora no había purgado un solo día de detención, no obstante sus miles de crímenes.
No podía creer que me estuviera sucediendo eso a mí. Un pacífico minusválido. Pensé que estas disparatadas actitudes solo se veían en los melodramas, en las tragicomedias, pero me sucedió a mí. Pensé en mis hijos y en Rosita, quienes a esta hora no sabían de mi paradero.
--¡Llévelo para el panóptico mientras un juez se hace cargo de esta vaina! –expresó, sin indulgencia, el comandante.
Mientras me conducían casi a empujones hacia la cárcel, traje a mi mente la tan memorizada frase de Francisco de Paula Santander que colgaba en el despacho de Urdaneta. Con esa frase los rojos provocaban a los azules, porque decían que los fundadores de los dos partidos enfrascados en el conflicto habían sido Bolívar y Santander: «Las armas os han dado independencia, las leyes os darán libertad».
Esa santanderista sentencia iba en contravía de mi vida. Produjo todo lo contrario de lo que significó en la época. El arma no me dio independencia y las leyes me quitaron la libertad.
Por mantenerse el país en estado de sitio mi proceso era tramitado por los militares, quienes al enterarse de mi filiación política tenían el expediente en el olvido, tirado en un anaquel, cubierto de polvo y hollín. Rosita me visitaba acompañada de los niños. En algo recibía consuelo. Un compañero de prisión, a quien le decían “manivela”, por sus manías y movimientos, según decían, se dedicó a ser mi ángel de la guarda. Me auxiliaba hasta para vestirme, porque como fui medianamente vidente, con Rosita, me volví un inútil. Rosita empezó a trabajar de auxiliar de cualquier cosa en la oficina de correos y con ello pagaba arriendo y hacía de tripas corazón para la manutención de mis hijos. En mi causa penal nadie movía un dedo. El expediente, al decir de Manivela, dormía el sueno de los justos. Así como iba la investigación, no era más que una sentencia soslayada de cadena perpetua. Creo que mis ojos se deterioraron más, porque llorar en silencio hace que las lagrimas se reconcentren y quemen las corneas y los párpados.
Al cabo de algún tiempo, durante los sucesos del Bogotazo, el 9 de abril de 1948, un guardián me ayudó a salir del panóptico de Tunja cuando encontró que los portones yacían sobre el piso. La chusma había entrado a la fuerza a liberar a sus compinches. Nada ni nadie impidió esa fuga de la ergástula porque el hombre que me llevaba del brazo era un uniformado de la seguridad carcelaria. Cuando sentimos los primeros tiros para recapturar presos, el policía me soltó y mientras corría le escuché en la distancia: «Piérdase, cieguito, porque lo van a joder». Rosita, como siempre, fue mi salvadora. Me encontró en dirección contraria a mi casa. Mi vida siempre transcurría en contravía a la de todos. Caminaba apoyado en las paredes y escuchaba los disparos y los gritos de la revuelta a lo lejos.
--¡Vamos para la casa, mi vida! ¡Los niños te esperan! ¡Vamos que todo va a pasar pronto! Ni un día más en esta mierda de pueblo – era la segunda vez en la vida que le escuchaba una palabra procaz a mí mujer. Me dio un beso de esposa, con el sabor y la ternura de siempre. Decidimos que regresaríamos a El Cairo una vez se aclarara mi situación judicial.
--¡Yo seré tus mismos ojos! –dijo, Rosita, entre sollozos y suspiros profundos.
F I N