19
Cabalgantes en fuga
La anarquía, la improvisación, el descontrol de la rumba y el abundante licor distribuido sin mesura por los hermanos de Rosita produjeron la descomposición total de la fiesta. Pretendieron que tuviera carácter litúrgico, más no lúdico, por el cambio de su vida mundana a la restringida y sacrificada que habría de llevar la homenajeada en el futuro. Pero los resultados fueron desastrosos. Como para no olvidar jamás este 23 de agosto. Los Ramírez, los Orejarena, el alcalde de Villeta, los concejales y un buen número de hombres y mujeres asistentes se embriagaron como zurrones de miel y se olvidaron del objetivo de la reunión. No les importó que hubieran recibido compungidos el sacramento de la comunión. Sin el conocimiento de don Antonio y doña Margarita, los hermanos de la futura monja habían escondido, en la bodega donde se almacenaban las cargas de café y panela para comercializar, gran cantidad de botellas de chirrinche y calabazos con guarapo de piña, caña y maíz que se fabricaban en la misma hacienda. Para entrar a la casona había que pasar por allí. Desde la puerta se escuchaba el burbujear de los fermentos y se olisqueaba el acre olor a caña, frutas y granos en descomposición. Por supuesto, la borrachera general permitió mi encuentro subrepticio con mi amada y futura esposa en el corral de los terneros. La noche se había tomado la región, y las hilachas de luz que despedía una luna que luchaba por despojarse de la mantilla neblinosa fueron cómplices necesarias para concertar nuestro peligroso pacto.
—¿Te vieron, mi vida? —inquirió Rosita, acezando de la angustia.
—No, amor. Allá dejé al Chunco y sus muchachos acompañando a tus hermanos que cantan precioso.
Dos caballos ensillados aguardaban al lado de Rosita. Con gran pasión nos abrazamos y nos dimos muchos besos mientras al fondo se escuchaba la algarabía de la fiesta. En ese instante escuché el crujir de ramas y hojas secas que indicaban que alguien se acercaba. La silueta de dos personas rechonchas caminaba con dificultad. Traté de esconderme detrás de los caballos y Rosita me tranquilizó:
—Es Encarnación, mi vida. Ella sabe lo nuestro y nos ha ayudado con su hijo Oswaldo que fue quien alistó los caballos. No te preocupes.
Encarnación y Oswaldo habían nacido y vivido en la hacienda, y pienso que oficiaban de sirvientes desde que tuvieron uso de razón. Se les consideraba de la familia y Rosita era la adoración de la sirvienta. El cuerpo de la mujer se había deformado por su obesidad y la aquejaban los racimos de venas várices en las piernas que le impedían movilizarse con facilidad. Rosita me comentó que la enfermedad de Encarnación tenía su origen, según un médico de Villeta, en el trabajo que la obligaba a permanecer de pie doce horas frente a los fogones de leña y carbón. Pero los Ramírez aseguraban, para exculpar la verdadera causa, que las dolorosas várices de su empleada eran hereditarias, pues su madre había padecido idénticas dolencias estando al servicio de la familia. Oswaldo había crecido al tiempo con Rosita y, sin abandonar el respeto debido de un criado a una hija de sus amos, la trataba como hermano gracias a la condescendencia de la muchacha que se alejaba cada vez más del comportamiento áspero, desagradable y prepotente de su acaudalada familia.
—Encarna, tú no sabes nada. No tienes idea de hacia dónde cogimos, así te torturen... ¿me entiendes? —con cierto temor y voz tembleque Rosita hacía las advertencias de rigor a su sirvienta.
—No señora, nadie más que sumercé sabe que soy una tapia.
Rosita había concertado todo con Encarnación y su hijo. Fue tan secreto el plan que nadie de la familia o los trabajadores sospechó nada. Yo estaba un poco asustado ya que, aunque mi talante era el de un aventurero, mi limitación visual para esta empresa nocturna presagiaba peligros inesperados en esta intempestiva decisión. Ella me urgía para que iniciáramos la cabalgata y, una vez encima de la bestia, le dije a Encarnación:
—Le encargo mi violín y mi flauta. Por favor, Encarna, dígale al Chunco que me los guarde que algún día vendré por ellos.
Arrancamos por un camino empedrado que no conocía. Rosita iba adelante en una yegua que había recorrido aquellos mismos senderos infinidad de veces, al igual que mi caballo. Por lo tanto, mi cabalgadura iba detrás de la de quien iba a ser en pocas horas mi mujer. El animal se oponía retrechero a que yo adelantara a su compañera de viaje, a menos que lo fustigara. Yo me sometí a la ruta que tomaron los equinos dado que la oscuridad me tornaba cegatón, como si estuviera transitando un largo túnel. De vez en cuando se filtraban algunos rayos de la luz de la luna por entre los ramajes de la arboleda que cubría el sendero.
—Corazón, ¿hacia dónde vamos? —ausculté por mera información. Iba organizando mi pensamiento para saber cómo responder en caso de que fuéramos sorprendidos por los fortachos hermanos de Rosita: que íbamos a dar una vuelta, a conocer la hacienda, a tomar el aire fresco. ¡Qué iban a creer esos maliciosos! «¿Y por qué a caballo?», preguntarían antes de decidirse a bajarme a puñetazos o a plomo de mi cabalgadura.
—Hacia Guaduas, Honda o Armero, hasta donde alcancemos antes del amanecer, mi vida —Rosita respondía con gran carácter y se comportaba con valor y seguridad.
—¿Y si tus hermanos nos persiguen y nos alcanzan? —expresé con preocupación para investigar cuál era el pensado de mi novia, a ver si coincidíamos en disculpas.
—No pienses en eso. Si te aferras a tus temores fracasamos. Además, cuando despierten de sus borracheras e indaguen por nosotros ya estaremos a kilómetros de la hacienda. Y deja de ser aguafiestas que jamás se van a imaginar cuál fue nuestro rumbo. Ahora tomamos un atajo que ellos no conocen, solo lo conocemos Oswaldo y yo desde cuando éramos niños —su voz era como la de una mujer que hubiere pasado por las mismas, pero observé que todo era producto de sus cálculos y previsiones de los angustiosos días en los que se desveló programando nuestra huida.
En agosto, cuando se desvanece el verano, la región se prepara para el invierno y la luna comienza a iluminar campiñas y ciudades. Al salir a campo abierto era como si el túnel construido por la penumbra y la espesa arboleda hubiera desaparecido por obra de un mago. Casi a la madrugada la luna se manifestó con todo su potencial lumínico. El camino continuaba por una sabana y la iluminación lunática nos facilitó, sobre todo a mí, poder distinguir el trayecto que recorríamos. La enorme bola que aparecía en el firmamento se había despojado de los enredosos flecos abandonados por la neblina, y su luz nos llegaba a plenitud dándole claridad a la vegetación nativa. En medio de mi tuertera alcanzaba a divisar partes del empedrado por donde el carramplonear de las herraduras de las bestias sonaba cavernoso y se mezclaba con los chirridos de los grillos y los soplidos acuosos de las ranas, como si fuera a desplomarse un aguacero de padre y señor mío. Pero no observaba nubes que así lo presagiaran y el cielo se había despejado por completo. Entonces pensé que ese coro de bichos era la despedida que ellos ofrecían a estos dos aventureros del amor.
—¿En qué piensas, Josecito, que te quedaste callado?
—En lo nuestro, mi vida, en esta aventura y en casarme contigo. Me preocupa que no traje ni mi ropa ni mis instrumentos, y tampoco dinero.
—En el primer pueblo compramos alguna ropa, y por los instrumentos no debes tener preocupación, Encarna te los cuida. Lo primero que tenemos que hacer es casarnos para que en caso de que nos encuentren y quieran encauzar mi vida por los indeseables vericuetos de un convento, no haya alternativa diferente a dejarnos vivir en paz, con felicidad y en nuestro hogar. Y en cuanto al dinero, desde ya, lo mío es tuyo.
Rosita hablaba con tanta propiedad que entendí que era la más sensata de los Ramírez. Por mi parte había sido un aventurero desde cuando abandoné Zapatoca para encontrar mi futuro. Hasta ahora no lo había logrado y creía que jamás lo obtendría con los defectos visuales que me embargaban. Es verdad, amaba a Rosita, pero me sorprendía el advenimiento de esta empresa tan arriesgada, de tanta envergadura, en la que el fracaso podría estar respirándonos en el cuello a pocos metros o a escasos minutos. Eso me ponía los nervios de punta, porque además conocía el carácter fuerte de los hermanos y padres de Rosita, por un lado, y la dureza de las recriminaciones y reclamos de los Orejarena, por el otro. La verdad es que mi vida tenía caminos sin metas fijas, tareas sin concluir, y no se vislumbraba un despejado porvenir diferente a la terminación de esta quimérica hazaña urdida por quien más tarde sería mi compañera inseparable.
Cabalgamos la noche entera y el rocío de la mañana fue nuestra compañía durante un tramo largo del incierto destino. El frío nos obligaba a adherir nuestras piernas a los vientres de los jamelgos para sentir el calor de sus cuerpos. Rosita me dijo que estábamos pasando por el Alto del Trigo, un páramo atiborrado de frailejones y pequeños arbustos de débil follaje. A la vera del camino íbamos dejando algunas casas campesinas, y en una de ellas nos ofrecieron café, pero la urgencia de llegar a algún poblado impidió que aceptáramos la invitación y preferimos continuar. Llegamos a Guaduas, un pueblo histórico famoso por su heroína Policarpa Salavarrieta, quien, al decir de los que han narrado la vida de tan importante mujer, proclamó la lucha por la libertad de los criollos y, desde luego, fue fusilada sin contemplaciones porque los hispanos aún mantenían férreamente su poder conquistador. Esas cosas las aseguraba a pie juntillas mi profesora de primaria de Zapatoca, y lo decía con tanta fe que fue suficiente su discurso para crearme la ilusión de conocer este pueblo.
Las calles y caminos de Guaduas conservaban su estructura de piedras y le daban al pueblo un ambiente colonial que lo hacía precioso. La iglesia y las casonas de la plaza principal donde fue fusilada La Pola hacían de esa comarca un paraje lleno de la añeja melancolía del pasado para que fuera visitado por turistas foráneos y nacionales. Fuimos directo a la iglesia. Nos apeamos de nuestras bestias y, en lugar de dirigirnos a la entrada principal, Rosita me llevó por detrás de la casa de Dios a una pequeña mansión donde residía el cura párroco. Golpeó y abrió la puerta una señora que, según dijo mi adorada novia, era el ama de llaves de monseñor Castelblanco, quien había sido elegido varias veces para reemplazar al arzobispo de Bogotá, pero jamás quiso abandonar el clima cálido de su Guaduas del alma por el recalcitrante frío bogotano. A Rosita la unía una estrecha amistad con ese prelado y, en varias de sus actividades caritativas de la diócesis realizadas en esa zona, le había comentado su decisión de casarse a escondidas de su familia. Me contó que al comienzo el sacerdote opuso santa resistencia, porque la prefería casada con Dios que con un muérgano humano. Pero ella lo convenció de esa ilusión, por la felicidad de su vida y la construcción de una familia al servicio del Señor. El cura accedió. Se convirtió en celestino y alcahueta de las intenciones de la fugitiva, no sin antes advertirle los peligros de su aventura.
—Carmelita, buenos días —saludó Rosita a la matrona regordeta que abrió la puerta ataviada con faldones y delantales propios para el oficio de ama de llaves—. ¿Monseñor está despierto o sigue dormidito? —preguntó con la dulzura y condescendencia de sus expresiones.
—Buenos días, señorita Ramírez —contestó el saludo la empleada con el respeto debido porque conocía a la familia de la muchacha—. Su Reverencia se despierta antes del amanecer y está orando en su capillita particular. Ya casi termina su disciplinada oración. Sigan a la sala que ya se lo llamo.
Entramos a una sencilla sala. Nos ofrecieron café, pero Rosita rechazó la invitación porque me dijo que, si nos íbamos a casar, debíamos comulgar y para ello era indispensable recibir la santa comunión en ayunas. Enseguida llegó el prelado. Mostraba un leve trasnocho, tal vez por la madrugada a oficiar la misa tempranera. Era un cura gordo, rechoncho en sus movimientos, un tanto descuidado en su vestimenta de sacerdote: en la sotana se notaban manchones de comida, quizás porque a su edad no controlaba sus movimientos al comer, o porque se había abandonado ya a su vejez. Era un cura anciano, de esos que para la época tenían el control de la región y podían disponer de la vida, honra y bienes de sus feligreses, y aún así los fervientes católicos lo tenían por santo. Nos pusimos de pie para saludarlo y Rosita se adelantó para decirle:
—Monseñor, este es Josecito, de quien le hablé —el sacerdote, en lugar de ofrecerme la mano para saludarme, me puso su brazo derecho sobre los hombros.
—Se ha conquistado usted la mejor mujer de Colombia —me halagó con el paternalismo que demostraba hacia Rosita y apretaba mi hombro con sus delicadas manos de quien no ha hecho trabajos materiales en su vida—. Espero que no la traicione ni la defraude. A Rosita, después de desechar el designio de su familia de unirse con Dios, solo le quedaba la oportunidad de amar y convivir con un hombre que la entienda, que la consienta, que le dé todos los gustos que ella pretende, los cuales, por su forma de ser, no son demasiados debido a su humildad y sencillo comportamiento. Espero que ese personaje sea usted, señor Josecito. Rosita se resigna a que le den amor y con ello es suficiente para que formen su familia —el padre Castelblanco creyó que estaba en el púlpito dando el consabido sermón con el que llenaba de advertencias sacramentales a los casamenteros. Era un tanto burdo en sus admoniciones.
—Esta deferencia hacia mí y a mi novio será eternamente agradecida por los dos —argumentó Rosita para congraciarse con el párroco—. Solo queremos, monseñor, que nos dé su santa bendición, casándonos ahora mismo, porque... ¡usted conoce a mi familia!, ya deben venir por nosotros y quiero evitar que mi vida y la de Josecito sean desgraciadas para siempre.
—En media hora celebro la misa de las seis de la mañana, Rosita. Pero no quiero que la unción de su matrimonio con este joven sea pública, porque entre los feligreses que asisten a la misa hay muchos amigos de su gran familia de Villeta.
—A nosotros no nos importa, su Reverencia. Solo queremos que un santo como usted bendiga nuestra unión, y nada más.
El senil monseñor se tornó pensativo. Se mostró nervioso y no podía mantenerse quieto. Caminaba por la sala sin decidir nada ante la petición de mi siempre bien amada Rosita. Al fin dijo:
—¿Trajeron los papeles?
—Yo traje los míos, pero a Josecito lo tomó por sorpresa mi decisión de abandonar la vocación y creo que no trajo nada, ¿verdad, mi vida?
—Solo traje la cédula de ciudadanía, su Reverencia. Este documento lo conseguí en el Instituto de Ciegos de Bogotá cuando cumplí veintiún anos.
—Con eso nos defendemos por ahora —dijo el prelado para cumplir con su laxa ayuda en las subrepticias nupcias de Rosita conmigo—. Pero me promete que antes de un mes me hace llegar su partida de nacimiento —el párroco hacía esfuerzos para no frustrar la decisión de su amiga. Veía que ella había metido su cabeza en esta aventura y no la iba a defraudar—. ¿Y qué hacemos con los padrinos o testigos de su casamiento, ah?
—¿Será posible conseguirlos aquí? —inquirió Rosita para que el prelado completara su desinteresada pero cómplice colaboración.
—¿Aquí, a esta hora, queridita? —se sorprendió mucho más el sacerdote—. Se me ocurre que puede ser Carmelita, mi ama de llaves, y Eleuterio, el campanero, ¿tienen problema con que sean ese par de humildes cristianos?
—Ningún problema, monseñor —dijimos afanados, pues creíamos que los Ramírez nos respiraban en las orejas.
—¿Han comido algo o pueden comulgar? —preguntó el cura con la solemnidad que la Iglesia le da a su sacramento para que el cuerpo de Cristo llegue a los cuerpos incontaminados y puros, sin residuos bacterianos de comidas en descomposición. Recordé la explicación que monseñor Pimiento nos daba en Zapatoca acerca del sacramento de la comunión y por qué debía recibirse con el estómago vacío. El cuerpo de Cristo debe bajar al cuerpo del pecador, con su alma, sus intestinos y todo profilácticamente limpio.
—Desde ayer no probamos bocado, monseñor. Cabalgamos la noche entera y ni agua hemos bebido —confirmó Rosita para tranquilidad del jefe de la Iglesia.
—¿Ya se confesaron? —hizo una pausa y nos observó con muchas dudas—. ¿Hasta ahora no han pecado, jóvenes?
—Meros besos, su Reverencia —aclaró mi novia con pícara sonrisa. Yo he sido muy cuidadosa en ese aspecto. Me entrego solo al amor de mi vida autorizado por el sacramento del matrimonio, padre.
—Sí, pero con malos y corruptos pensamientos antes de que Dios por intermedio de mí les dé su autorización —alertó el prelado con cierto mohín risueño en la comisura de los labios—. Yo le creo, Rosita, por tanto les doy la absolución anticipada —con el dedo índice y el dedo corazón erectos, y los demás dedos encogidos, nos bendijo en señal de perdón de los posibles pecados cometidos.
Rosita me miró con delicada malicia, como queriendo significar que habíamos desaprovechado oportunidades que hubieran quedado incluidas en el perdón impartido por el representante de Cristo en la Tierra. Pero mi satisfacción fue mayor porque esa absolución contenía la de todos los pecados, pecadillos y pecadazos que había cometido desde que salí de Zapatoca; hechos que por vergüenza jamás le había comunicado a la Iglesia a través de sus sacerdotes en el Instituto de Ciegos. Es que llegué a pensar que podría ser yo el más grande pecador del universo, pero después pude comprobar que no pasaba de ser un aprendiz de infractor de las leyes de Dios. Había otros peores, como el viceministro de Educación o las chicas del cancán del Dancing.
—Perfecto. Alístense pues y vamos a celebrar esta boda en mi capillita personal. Espérenme allá mientras llamo a Carmelita y Eleuterio.
Antes de comprometer a sus auxiliares en el padrinazgo se devolvió y me preguntó:
—¿Y usted, don Josecito, sí tiene cómo sostener plenamente a Rosita y a la familia que crezca con los dos? Le advierto que ella, aunque humilde y resignada a lo que venga, ha vivido siempre en la opulencia familiar y jamás ha padecido dificultades económicas.
Esa advertencia me produjo intranquilidad, porque mi vida había transcurrido en contravía de la que había tenido mi futura esposa. Me preocupaba que cuando empezaran a escasear las cosas mi amada se desesperara y fracasáramos en nuestro intento conyugal. Pero también conocía el pensamiento caritativo de mi amada.
—Solo poseo mi trabajo como músico, su Reverencia. Rosita lo sabe. Soy buen violinista y flautista y he trabajado en Bogotá con las principales orquestas.
—¿Y no será usted muy bebedor de licor?
—Ya no, padre Castelblanco. Después del susto que me produjo el hígado y que me postró en el hospital por casi un año no pruebo nada que tenga alcohol.
—Acuérdese de que Rosita es de familia acaudalada y está acostumbrada a no padecer necesidades. Y con esta acción subrepticia ustedes deben estar completamente seguros de que ha sido desheredada —el cura insistía en sus admoniciones, tal vez con la intención de que desistiera de mi aventura de poseer a una de las mujeres más ricas de la región, aunque testamentariamente se le hubiere despojado de sus derechos. En últimas, si de bienes terrenales se tratara estaríamos a la par, pues mi familia era poseedora de una gran fortuna, aunque a mí solo se me permitiera percibirla de lejos.
—Eso lo entiendo, padre, y me comprometo a no abandonar un solo segundo mis obligaciones. Nosotros no nos casamos por interés económico, padre —el sacerdote se rió con disimulo.
—Ojalá sea así. Que no venga el obispo, gran amigo de su casa —miró a Rosita— a endilgarme que el cura de Guaduas fue el alcahuete, el culpable del fracaso matrimonial de una hija de la diócesis. Que fui yo quien frustró el hecho de que una de sus siervas desistiera de ofrendar su vida al Señor.
Con el caminar achacoso debido al peso de su cuerpo, entró por la puerta que conducía a la sacristía. Fue a llamar a nuestros improvisados padrinos.
La capillita personal de monseñor Castelblanco tenía un pequeño altar forrado en hojilla de oro, un copón, unos cirios, un cristo en madera y, al frente de este, dos reclinatorios forrados en terciopelo para que las rodillas de los postrados en oración no sufrieran molestia alguna y por esa razón se alejaran de los actos litúrgicos.
Llegaron los auxiliares del párroco. Carmelita se había puesto un chal como pañoleta, porque era prohibido a las mujeres entrar con la cabeza descubierta a la casa de Dios o donde estuviere el Santísimo expuesto. Rosita traía en su cartera la suya. Nos arrodillamos en los reclinatorios y de pronto entró monseñor con sus galas para decir la misa. Comenzó la ceremonia que en aquella época se decía en latín y yo conocía su texto de memoria. Eleuterio, además de padrino y testigo de nuestro matrimonio, ayudaba como acólito al sacerdote, meciendo el incensario a todos lados de tal modo que la capillita se llenó de humo y olores sacramentales. Carmelita se colocó al lado de mi novia y no dejaba de mirarla con expectativa. Eleuterio también hacía lo mismo por entre las ramificaciones del humo que despedía su botafumeiro.
—Rosita Ramírez, ¿acepta por esposo al señor José Dolores Gómez Orejarena? —iba leyendo mi cédula donde aparecía impreso mi nombre. Miró a la novia con ojos incisivos, como presionándola para que no lo fuera a engañar.
—Sí, sí, lo acepto, Reverencia.
—José Dolores Gómez Orejarena, ¿acepta por esposa a la señorita Rosita Ramírez García? —miraba con incisión mi ojo tuerto como queriendo insinuarme que debía responder afirmativamente. Hasta ahora me enteraba de que el segundo apellido de Rosita era García.
—Sí, monseñor, sí la acepto.
—¿Trajeron las argollas? —indagó el párroco con cierta incomodidad, porque sabía que en un improvisado matrimonio como el nuestro era imposible que hubiéramos hecho los preparativos de rigor. Me puse nervioso. Suponía que las tales argollas no existían, que el oficiante me consideraba un hombre ruin que no había tenido siquiera el detalle de comprarlas, y que ello podría ser la muestra fehaciente del fracaso económico de nuestro matrimonio.
Rosita abrió la escarcela negra que traía, esculcó en los pequeños bolsillos y extrajo dos estuches forrados en terciopelo azul, el color de los gobernantes de turno.
—Sí, su reverencia —dijo con la felicidad de haber calculado toda la ceremonia. Sus ojos mostraban el brillo que le daba la alegría de haber culminado su ilusión de unirse a mí en matrimonio.
Ejerciendo movimientos abúlicos, con ademanes lentos y manidos, el párroco tomó en sus manos los dos estuches de terciopelo que le fueron entregados por Rosita. Sacó la primera argolla, leyó el grabado interno y le ordenó a Rosita que estirara su mano. Tomó el dedo anular de su mano derecha y fue introduciéndole el aro de oro con la parsimonia tembleque de sus manos. Luego hizo lo mismo conmigo.
—¡Os declaro marido y mujer! —dijo con orgullo y los dos padrinos y testigos se santiguaron. Después de expresar todo lo que significaba la encíclica de San Pablo que contenía las normativas matrimoniales de la Iglesia, que debíamos auxiliarnos en las adversidades y los fracasos y que el matrimonio era indisoluble y debíamos permanecer unidos hasta que el Señor nos llamara a rendir cuentas, se dirigió al pequeño altar y tomó el copón para suministrarnos la comunión. Recordé que monseñor nos había perdonado la confesión de nuestros pecados. Comulgamos y quedamos casados. Nos abrazamos, nos besamos con pasión y con un enamoramiento tal que monseñor se sintió satisfecho con las demostraciones de amor que hacíamos en su presencia. Nos abrazamos con nuestros padrinos y testigos y Eleuterio se dirigió al campanario a dar el último toque para la misa de las seis de la mañana.