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              ¡Por fin unidos!

 

Los daños a los ventanales, las lesiones personales a enfermeras y guardianes, los insultos y el desfase violento por la intempestiva locura por mi hija, fue el fundamento de la sentencia. Esos daños fueron evaluados en suma inalcanzable para mi bolsillo. Si no pagaba la cuantiosa condena sería conminado a perder mi libertad hasta el día que pagara los perjuicios morales y materiales al hospital, concluyó el fallo judicial de un circunspecto inspector de Policía auspiciador de las acciones mañosas de los mandamases de la Iglesia y el gobierno. No poseía dinero para sufragar las indemnizaciones impuestas en mi contra por el implacable juez. Juan de Dios, como siempre, acudió en mi salvación como si el verdadero ángel protector hubiere reencarnado en él. Pagó, sin reparos, la excesiva fianza calculada sin fundamento por el inspector. Debía, eso sí, resarcirle con trabajo y efectividad en la Cubides. Esa situación era la que menos  me atosigaba. Lo que en verdad me aturdía era el ilegal despojo de mi mujer y mi hija. Alejaban de mi vida a mi bien amada esposa. Y lo peor, mi hija recién nacida, en calidad de entenada, en brazos ajenos, enfrentaba un mundo áspero e injusto. Lucharía por rescatarla. ¿Cómo? Con la ayuda de Juan y George nos dedicamos a averiguar por el destino final de mi mujer y mi niña. Ellos, en la berlina, recorrieron municipios cercanos y parajes donde les habían suministrado información acerca de la bebita. Sus esfuerzos fracasaron. La preocupación por Rosita seguía latente, pero sospechábamos que permanecía en lugar seguro y que, no obstante el sufrimiento padecido por una madre primeriza a quien despojaron de su hija con los vejámenes proferidos por un dogma que reñía con el comportamiento normal de los seres humanos, permanecía postrada en Nazaret.

 

Fracasaron todas las informaciones y los intentos por contactarlas. No se daba razón de ellas. Pensé en denunciarlos, pero recordé que en Guaduas el padre Castelblanco me había informado acerca del pérfido hurto de mi partida matrimonial, y no tenía probanza que estableciera mi paternidad originada en el enlace con Rosita. El secretario del juzgado municipal me aconsejó ir hasta la diócesis. Allí conseguiría copia de mi registro matrimonial, porque todos los actos de las parroquias adscritas a la misma se archivaban en las oficinas eclesiásticas de Facatativá. Pensé que el obispo Ocampo, en alianza con mis suegros y cuñados, ya habría incinerado la única prueba de mi unión conyugal. Con ese indelicado acto, el altísimo prelado les demostraría el inmenso afecto a los Ramírez García, grandes promotores económicos de todas las actividades de la diócesis regional. Desistí de acudir en búsqueda de indulgencia para obtener la expedición de ese documento.

 

Para la recuperación de la niña, la única vía salvadora era Rosita. Ella y solo ella era quien debía declarar bajo juramento el hecho ineludible de su maternidad. Pensé que a una madre jamás se le podría negar ni objetar su gestación. En cambio, la paternidad habría que demostrarla con las acciones propias de un padre, con los parecidos físicos, los rasgos hereditarios, con testigos directos, o genéticamente, aportando pruebas inalcanzables para mi bolsillo. En mi caso, ni lo uno ni lo otro. Hasta ese momento no había realizado ningún acto paternal con mi hijita diferente a intentar rescatarla mediante acciones violentas y perturbadoras. Y, por el lado testimonial de quienes intervinieron en el parto, estaba seguro de que los médicos y las enfermeras se habrían comprometido a guardar el malévolo secreto de su siniestra participación, no en el nacimiento sino en la posterior desaparición de la bebita.

 

Busqué comunicación con mi mujer. Fernando, Alina, Coralina y los asiduos clientes de la droguería me suministraban indicios, decires, chismes, presunciones y no era posible conseguir el hilo conductor que me llevara hasta ella. Presentí que a mi mujer la habían reducido a una celda subterránea tal como tradicionalmente se castigaba a las novicias rebeldes en la Edad Media. Recordé los padecimientos de Santa Teresa de Jesús o de la madre Sor Josefa del Castillo, quienes purgaron sus pecados y sus libertinos pensamientos en las entrañas húmedas y friolentas de una bóveda de castigo. ¿Y la niña? Estaría soportando hambre, frío, soledad y seguramente malos tratos por parte de las personas que no eran sus verdaderos padres. ¿Y si tuviera cataratas como yo? ¿Quién la auxiliaría en su ceguera o en una posible tuertera hereditaria? Padecería el tratamiento que los obligados padres les propinan a los hijos no deseados, o el que reciben los desgraciados hijastros que invaden las vidas de improvisados padrastros. Con mi hermana Filomena, por razón de la desaparición de mi madre y el abandono de nuestro padre, fuimos entenados de los Orejarena. En nuestro caso, rodamos con el gracioso y venturoso cuidado, el cariño filial y el entrañable amor de mis tías que hicieron llevadera nuestra existencia en los primeros años de nuestras vidas. Pero no todos los hijastros han corrido por el mundo con igual fortuna ni con el halagüeño norte de una estrella bienhechora. Esos pensamientos me hacían llorar en las noches y el desespero me inducía a armar mostruosos planes de rescate. No tenía armas ni poder alguno con el que pudiera ingresar violentamente a Nazaret. Me tocaría hacerlo en forma subrepticia y de pronto acuchillar a la superiora. Pero desistí. No poseía talante criminal, y el valor y la hombría no me daban para un heroico acto de tanta envergadura. Recapacité, además, que en el claustro tampoco se hallaba nuestra pequeña hija y que la presunta operación de rescate quedaría inconclusa. En cambio, la riesgosa hazaña podría cobrarme elevados costos en el futuro.

 

Macabros sueños y desesperantes pesadillas eran visitantes asiduos de mi mente en los días de desesperación por reconquistar a Rosita y a la nena: una madrugada entré a Nazaret con un machete, agredí a las monjas y rescaté a mi mujer. Al llegar al portón principal, con Rosita en mis brazos, las brumas envolvían el tren que estaba pronto a partir resoplando chorros de vapor debajo de sus ruedas, pero iba en dirección contraria al destino que pretendíamos. Nos subimos y al instante escuchamos los chirridos metálicos de sus ruedas sobre los rieles y el afloje de sus frenos. Arrancó con mucha prisa, como si empezara una competencia con otros trenes. En el vagón se escuchaba una música de violines y flautas, delicada y dulce. De un momento a otro el tren se descarriló y se desbocó por un abismo infinito. Mientras los vagones que formaban el tren se deslizaban a gran velocidad por el hueco oscuro del precipicio, una filarmónica de esqueletos interpretaba el minué de Beethoven que tantas veces toqué con la profesora Radke. La directora de la orquesta era mi otrora adorada Sofía, a quien enamoré en el Instituto de Ciegos. Al observarme con Rosita entre mis brazos, con furia interrumpió la melodía interpretada por su momificada orquesta, y de sus ojos empezaron a esfumarse ruidosamente columnas de fuego azul, como las llamitas que salen de los aplicadores de un compresor de soldadura autógena.

 

Unos golpes fuertes, persistentes y apurados en la puerta frustraron esa lúgubre duermevela antes de estrellarme contra el mundo en aquel letárgico y mortal viaje imaginario. Me incorporé sudoroso y desorientado. Salí de mi pequeña pieza y acudí a responder a quien golpeaba con tan afanosa premura. Era una mujer que deseaba que le despachara una fórmula médica para salvar a una niña que padecía fiebres y vómitos ocasionados por una neumonía diagnosticada por un galeno. Pensando en mi niña indagué por su edad con el propósito obsesivo de hallar a mi hija. Pero cuando me informó que era una pequeña de tres años de edad descarté la posibilidad de encontrarla en el hogar de aquella urgida madre.

 

Transcurría el año 1941 y la violencia en el país se había desbocado. Los asesinatos selectivos y los crímenes partidistas recorrían la geografía patria. Por aquel entonces el facineroso Amadeo Rodríguez se hizo famoso en Facatativá. Faca, como la llaman con cariño sus pobladores, era una ciudad de origen liberal. Cada vez que un chusmero de don Abaleo aparecía por el pueblo, la gente se encerraba a temblar de miedo. Un martes de mercado, cuando la ciudadanía acostumbraba a invadir las plazas y los parques, la soledad era misteriosa y solo se observaba uno que otro policía armado que deambulaba por las calles como queriendo capturar a alguien. Decían que don Abaleo visitaba el pueblo con frecuencia para aplicar sus espurias y macabras leyes con su propia mano. La mención de su mero apodo hacía temblequear al más valiente de los parroquianos. Yo, como habitaba en la trastienda de la droguería, no tenía necesidad de salir a la calle. Bajé las rejas del negocio y dejé entreabiertos los postigos de una doble puerta de madera. De pronto escuché el sonido débil, delgado, melifluo de una voz femenina que pronunciaba las palabras «amor», «mi vida». Creí haber reconocido su voz, pero los peligros de la toma del pueblo me obligaron a quedarme quieto. Miré de reojo desde un pequeño escritorio en el que examinaba las fórmulas médicas y los libros de contabilidad, y no vi mujer alguna que emitiera los finos sonidos de su vocecita sino un hombre de sombrero y ruana. Pensé que la obsesión por Rosita y la niña me hacían escuchar ecos de la voz de mi mujer en boca de otros seres, tal como acostumbran los médiums en sus diabólicas prácticas de güija o espiritismo.

 

—Mi amor, soy yo, Rosita —insistió—. No te asustes. Vengo disfrazada de hombre y nadie me ha visto.

Se había vestido diferente, sin el hábito de su congregación, para engañar a sus inmisericordes perseguidores. Salté por encima del mostrador y corrí a subir la reja metálica. Volvimos a cerrar y permanecimos adentro. Nadie se enteró de su presencia en la Cubides. Después de besarnos, abrazarnos y permanecer como un solo cuerpo, entre sollozos, ella comenzó a contar los detalles de su huida:

 

—Como era el día de San Pedro, y concluían las fiestas patronales, nos invitaron a cantar en el coro de la parroquia de Albán. Los feligreses atestaron las naves de la iglesia y nosotras debíamos atravesar la nave central, entre la apretada muchedumbre de creyentes, para subir hasta el altar donde ofreceríamos un pequeño concierto de salmos, salves y aleluyas. Cuando las monjitas entramos la gente se desorganizó y yo aproveché la anarquía para escabullirme en medio de la concurrencia. En las calles del pueblo no transitaba ningún cristiano. Todos se hallaban pletóricos dentro de la iglesia celebrando la liturgia en honor de los santos de su devoción. Salí hasta donde Vicentico Ramírez. ¿Te acuerdas de mi primo? ¿El que tú decías que era como mujer vestido de hombre y que siempre lo acompañaban unos muchachitos? Pues él se sorprendió de tal manera con mi presencia que por poco se desmaya. Me dijo: «¡Mujer, ¿tú qué haces aquí?! Me vas a involucrar en tamaño lío con tu familia». Le conté toda nuestra historia, me ofreció algo de comer y me dijo que cuánto dinero necesitaba. Le manifesté que para mí lo más importante era poder salir de ese pueblo como fuera, pero que de ninguna manera podía aparecer en la calle vestida de monja. Me prestó uno de sus vestidos, un sombrero y esta ruana, y salí hasta la estación del tren que venía de la costa y aquí estoy. Te dije que te buscaría hasta debajo de las piedras, ¿recuerdas? Y debajo de estas rocas, inventando historias, te encontré en esta droguería.

La besé frenéticamente, como si fuera la primera caricia de una pareja de enamorados. Si alguien nos hubiera visto en esa escena habría creído que el Tuerto Gómez era un homosexual a quien veían besándose con otro hombre. Me sonreí con la ocurrencia, pero el momento no era para esos chistes. Luego, enrumbé la conversación hacia el tema álgido:

 

—¿Alcanzaste a averiguar algo sobre nuestra hija? —pregunté con la preocupación de un padre que se había convertido en pantera el día que supo que su hija había sido despojada de su madre.

—Desde que salí del hospital he luchado para que me la regresen, mi vida —Rosita empezaba a llorar y recostó su cabeza contra mi hombro—. Hice toda clase de escándalos, desde que amanecía hasta que anochecía les gritaba: «¡Asesinas! ¡Monjas desnaturalizadas. ¿Cuál es el amor a sus semejantes? ¡Me dicen dónde está mi hija o las denuncio! ¡Corrompidas!».

—¿En el momento del parto alcanzaste a ver a nuestra hija? ¿La viste, mi vida? —interrumpí su relato, atropellándola con toda clase de preguntas.

—No, cariño, porque una vez comenzó a llorar se la llevaron a la sala de recuperación y ni siquiera pude verle su carita.

—¿No le miraste los ojos, amor? —la preocupación por la herencia cegatona me revolvía las entrañas.

—No, y tampoco hubiera podido verle sus ojitos porque los recién nacidos los apachurran.

—¿No oíste a los médicos si dijeron que había nacido con cataratas?

—Ni oí ni vi nada, porque la raquea que nos ponen en el parto nos deja completamente obnubiladas. Como entre sueños, te vi a la salida del quirófano.

—¿No te dieron pista alguna del lugar donde pudiéramos hallarla, corazón?

—Las monjitas de la cocina me consentían porque no hacía cosa distinta a llorar. Me comentaron que la niña la tenía la jefa de enfermeras del hospital de Facatativá, en casa de una tía en otro pueblo. Que esa señora la había recibido en adopción.

—¿Cómo así? ¡Qué adopción ni que mierda! Excúsame, mi vida, se me salió esa mala palabra, pero es que la rabia no me deja pensar decentemente. La adopción es para los niños abandonados. ¡Vamos a buscar a esa malnacida enfermera!

—La jefa de enfermeras es también una monja de la caridad, amor.

—¿De qué? ¿De cuál caridad? Esas no son más que unas alimañas abortadas de las entrañas de unos monstruos —recapacité y reconocí que mi furia me hacía blasfemar—. Perdóname, mi vida, pero es que la ira me carcome por dentro. Vamos a buscar a nuestra hijita así nos toque acabar con lo que sea o pasar por encima de los obstáculos que nos interpongan.

Seguimos abrazados por unos minutos. Trataba de organizar mi pensamiento. Nos besamos muchas veces. Nos juramos amor eterno y comprometimos nuestras vidas en amar a nuestros hijos, en educarlos, en hacer una familia ejemplar. Luego, nos preparamos para salir. Rosita no tenía más ropa que el disfraz de hombre que le prestó su primo Vicentico.

 

—Arréglate como hombre, mi vida. Ponte mi ropa. Así es mejor porque no te conocen y podemos engañar a los responsables del secuestro de nuestra hija —argüí, y Rosita se arregló el pelo en una moña y se colocó el sombrero.

Recordé que en la droguería vendíamos unos mejunjes que las mujeres compulsivamente adquirían para adornar sus ojos. Saqué una cajita metálica que contenía esa pestañina y le insinué que se pintara un bigotito que cambiara su semblante. Le ayudé a dibujarlo sobre su labio superior, pero su cara la delataba. El engaño, con seguridad, se esfumaría en menos de un dos por tres; de todos modos decidimos arriesgar con esa estratagema. Por sus ojos azules y su piel tan blanca el mostacho aparecía demasiado renegrido y, de sopetón, podía causar sospechas pues la hacía parecer a un mimo. Entonces decidimos que yo era el único que llevaría la voz cantante durante nuestra propia investigación.

 

De pronto, sentimos golpes en la puerta. Le dije a Rosita que se escondiera en el baño. Se decía que la chusma de don Abaleo se había tomado el pueblo. No se sabía cuál era el motivo, pero en esa época de violencia los matones argüían cualquier disculpa. Los golpes siguieron con insistencia y escuché como si la reja fuera pateada por el visitante. Entreabrí el portón de madera y me encontré con el rostro áspero de un hombre armado:

 

—¿Es usted Gómez José Dolores? —indagó hoscamente con el tono militar que expelían sus dientes apretados. Nunca me habían nombrado así, ni siquiera cuando llamaban a lista en el instituto. Era la fórmula militar acostumbrada para referirse a las personas primero por el apellido y jamás por el nombre.

—¡.........! —me quedé sin voz y como siempre no pude controlar el esfínter de mi vejiga. Sentí húmeda la entrepierna.

Ante mi inexpresiva actitud decidió cambiar la fórmula de identificación:

 

—¿Alias el Tuerto Gómez? —cambió el nombre e insistió con mi apodo, como si fuera un delincuente. Con su nueva pregunta concluí que ya me había reconocido.

—Sí, dígame —no pude decir otros vocablos, aunque siempre había rechazado el apodo, no obstante ser una verdad de a puño. Pensaba que a nadie podían identificarlo por sus defectos.

—¿Dónde la tiene? —preguntó, agresivo y amenazante.

—¿A quién?

—A Sor Ifigenia García.

—¿¡A quién!? —pregunté con admiración y descreimiento.

—Hágase el güevón y así se va a quedar de por vida —mostró su mala educación y la tropelía de sus modales.

—No la conozco, señor.

—Míreme la cara, señor. ¿Como a quién me le parezco? ¿A su madrecita? —el hombre mostraba inquietud y pensé que ese tipo de personas no controlan sus actos. Por eso es que hacen parte de los ejércitos de matones, porque recapacitar no es propio de su talante ni de la formación militar. Y cuando reconsideran sus actos de barbarie es demasiado tarde. Bastan solo las órdenes de asesinar para que como autómatas las cumplan—. ¡Voy a entrar!

—Como quiera, pero me gustaría que trajera una orden judicial, porque esta es mi residencia, señor —aseveré, a sabiendas de que esos tipos no eran representantes estatales y de que las leyes y la constitución del país eran su altar de burlas.

—Yo no necesito órdenes de ninguna clase, señor. La única autorización que tengo es esta —y me mostró su arma. Me aterroricé con la amenaza del tenebroso cañón de su revólver.

—Si quiere entre con su autorización ilegal, pero denunciaré su atropello.

—¿Usted piensa que no puedo? —respondió con la intención de usar la fuerza. Hizo el ademán de empujar la puerta con sus fornidos bíceps.

En ese momento llegaron sus compinches y le informaron de la presencia del ejército en el pueblo. Se esfumaron apurados y yo volví a la trastienda. Rosita se había disfrazado completamente de hombre con uno de mis vestidos y se había arreglado el bigotito. No mostraba nerviosismo alguno y, por el contrario, me invitó a que fuéramos a recuperar a nuestra hija. No quise informarle que la andaban buscando para no preocuparla más de lo que estaba. Por estar emperifollándose en el baño no escuchó mi diálogo con el facineroso.

 

Salimos con tal sigilo que parecía que estuviéramos escapándonos del panóptico. Nos encaminamos al hospital. La distancia de cuadra y media que nos separaba del sanatorio la recorrimos en un santiamén. Durante nuestra corta caminata esquivamos a personas sospechosas escondiéndonos tras portones y penetrando en zaguanes de casas coloniales. La puerta del hospital, tal vez por la visita de don Abaleo, estaba cerrada. Golpeamos. Una monja entreabrió el portón y preguntó el motivo de nuestra visita.

 

—Deseamos hablar con la jefe de enfermeras, hermana —dije, y la monja con un mohín de desconfianza nos cerró la puerta en las narices. Pateé la puerta con furia y volvió a abrir. El grueso cuerpo de la monja hacía las veces de tranca de seguridad para impedir que cualquier persona pudiera ingresar al hospital.

—¿Para qué la quieren? —preguntó, como si estuviera advertida o como si alguien le hubiera alertado por la presencia del famoso tuerto que hacía atrabiliarios escándalos por la hija de la monja betlemita.

—Es un asunto personal —se me ocurrió decirle.

Nuevamente cerró la puerta y, cuando trató de pasarle alguna seguridad interior, la empujé y cayó cuan larga era sobre las baldosas de la entrada. Mientras gritaba, Rosita y yo corríamos por los pasillos del hospital. En una de las oficinas vimos en el vidrio de la puerta: «Jefe de Enfermería». Entramos sin llamar. La monja que aparecía sentada detrás de su escritorio se sorprendió y quiso salir asustada. Veía nuestros rostros descompuestos.

 

—Hermana, ¿dónde tiene a la niña? —no había tiempo de protocolos ni de saludos respetuosos. Solamente utilizamos la contundente pregunta que impedía sus posibles evasivas.

—¿Cuál niña? —preguntó con la desvergüenza de quienes mantienen temores en su haber o reatos morales por sus maldades.

—La hija de Sor Ifigenia García —la conminé de una, y empalideció.

—Aquí no hay ninguna niña hija de una monja. Eso sería el colmo —aseguraba, con la cobardía que le producían sus mentiras.

Rosita se encabritó y con rictus iracundo se le fue encima. Con sus uñas le rayó la cara a la religiosa, le haló el pelo y se acaballó sobre ella mientras la insultaba:

 

—¡Usted la tiene, hijueputa! —me sorprendí con las vulgaridades de mi mujer, pero igual yo también las hubiera dicho—. Yo soy Sor Ifigenia García y aquí di a luz a mi hija, no lo niegue, bandida. Yo vi cuando se la entregaron a usted.

En la riña, la cofia, que parecía la corneta de un gramófono musical, había caído al piso, y el grasoso pelo de la monja, revuelto, entrecano, quedó al descubierto. La jefa de enfermeras no aguantó la recriminación y empezó a llorar muy desconsolada. Parecía una vieja muñeca de trapo que los titiriteros abandonan en sus teatrines después de las funciones. Las lágrimas se mezclaban con los hilillos sanguinolentos que brotaban de los rasguños proferidos por Rosita.

 

—Sí, sí, hermana, yo la recibí por orden de la madre superiora y el señor obispo —confesó ante Rosita sus malos actos con la contrición de una pecadora—. No deseábamos que los feligreses se enteraran de semejante escándalo que afectaba la moral cristiana de nuestra congregación. Yo la entregué a una tía que vive en San Juan de Rioseco, quien prometió cuidarla —y las lágrimas sanguinolentas continuaban resbalándole por sus sonrosados pero temblorosos cachetes.

—¿Dónde está su tía? —pregunté con ira, haciendo esfuerzos por controlarme.

Rosita se despojó del sombrero alón que Vicentico le había prestado para su escape del convento y la moña del pelo se le había descompuesto. Ahora aparecía con su pelo largo y rubio, como la conocí el día que nos declaramos amor eterno en la casa de las Carrera en Guayabal de Síquima.

 

—Ya le dije, en San Juan de Rioseco —la voz le salía atiplada y se agachó a recuperar la cofia, pero la pisé y se lo impedí.

—¿Dónde queda ese pueblo? —pregunté con mucha furia, y porque no permitiría que se distrajera en cosa distinta al tema que nos tenía enfrentados.

—Abajo de Albán. Usted, Sor Ifigenia, debe conocer el pueblo.

—Sí —dijo secamente Rosita—. ¿Cómo se llama su tía?

—Agripina Sastoque —expresó su nombre con demasiado temor y mucha duda—. Ella no tiene la culpa. Trátenmela con respeto, es ya una señora de edad. Yo soy la culpable de haberla involucrado en semejante lío.

—¿Dónde está ubicada su casa? —pregunté.

—Enseguida de la oficina de correos y telégrafos —confesó la monja.

Sin pérdida de tiempo salimos de la oficina de la jefa de enfermeras. Cuando atravesábamos el portón principal del hospital llegó la Policía a dar cuenta de nosotros, pero con habilidad y rapidez nos escabullimos por unas callecitas aledañas a la gran mole del sanatorio.

 

Llegamos a la estación del tren. Había una locomotora con las calderas encendidas a punto de partir. Preguntamos para dónde iba ese tren y nos dijeron que para Barrancabermeja.

 

—¡Ese es el que nos sirve para bajar hasta Albán, mi vida!

—Yo debería quedarme, amor. Si las monjas o la Policía me encuentran en Albán, me detienen, porque mi familia dio la orden. Consideran que tener un hijo en un matrimonio no autorizado por la familia, es un delito —explicó Rosita con nerviosismo.

—Es que llegamos y al instante seguimos para San Juan de Rioseco.

Reticente y temerosa, Rosita aceptó mi explicación. Había disuelto sus presentimientos. Llegamos a Albán. La mañana mantenía una lloviznita fastidiosa y la niebla espesa cubría la población. La humedad del ambiente penetraba en la piel de nuestras caras y el frío se colaba por entre los pantalones de paño que llevábamos. Parecía como si la naturaleza buscara el encubrimiento de la operación de rescate de nuestra hija. Pasamos por la tienda del primo Vicentico. No entramos, pero el pariente de mi mujer tampoco percibió nuestra presencia por la viscosa bruma mañanera. Las densas hilachas de niebla no dejaban ver más allá de un metro, anulando también mi escasa visión. Como si todo estuviera calculado aparecieron entre las brumas las luces de un bus de línea que bajaba atestado de campesinos. Alzamos los brazos para que nos viera y se detuviera. Paró y un hombre se apeó del armatoste para atendernos:

 

—¿Para dónde van? —preguntó el ayudante del conductor.

—Para San Juan de Rio... —la respuesta quedó incompleta porque el hombre ya adivinaba adónde íbamos. Era la única vía que conducía a esa población.

—Súbanse —como Rosita estaba vestida de hombre no le ofreció la mano caballerosa en su ayuda como acostumbraban los ayudantes de bus de aquella época. El ayudante seguía mirando con sorpresa a Rosita vestida de hombre, pues por su cabellera rubia se veía a las claras que era una mujer.

Después de tres horas de recorrido llegamos a un pequeño poblado solitario, caluroso, con temperaturas más llevaderas que las de Albán. Las casas enjalbegadas con zócalos de colorines le imprimían vistosidad alegre a su arquitectura colonial.

 

—¡San Juan! —gritó el mismo ayudante y nos miró al detenerse el bus.

Pagamos el pasaje y nos bajamos. Fuimos directo a la oficina de correos a preguntar por la dirección de la señora Agripina Sastoque. Era un pueblo sin nomenclaturas y la localización de la señora nos la dio por señales la telegrafista: «Media cuadra arriba de la iglesia, cruzan a la derecha, y frente a la tienda Las Once Letras, de don Salomón Santos, está la casa de doña Agripina». El funcionario miraba nuestras caras como si fuéramos espantos aparecidos ese día en el municipio. La jefa de enfermeras nos había suministrado una dirección errada. Esa funcionaria mantenía malignos deseos de que no encontráramos a nuestra hija. Caminamos muy poco y arribamos a una casa sencilla de rústicas paredes blancas. Un portón color madera carcomido por el tiempo. Una casa adornada en el exterior con un descascarado zócalo verde bosque pintado de lado a lado de sus linderos, se presentó ante nuestros ojos. Llamamos a la puerta con una mano de hierro. En el vano de la puerta apareció una señora sesentona. Con bondadosa sonrisa nos recibió y abrió las puertas de par en par invitándonos a seguir. Rosita iba vestida de hombre, pero su cabello dorado caía en cascadas sobre sus hombros. Se había olvidado del mostachito un tanto desteñido que aún conservaba debajo de la nariz. La señora Agripina la observaba extrañada por su disfraz, puesto que no era época de carnavales en la población y acababa de celebrarse el onomástico del patrón del pueblo por el que llevaba su nombre. Aquella mujer detallaba con minuciosidad la vestimenta de Rosita y los vestigios del bigotito que estaba a punto de desaparecer. Se nos presentó con asustadiza amabilidad, nos ofreció una bebida fría y nos invitó a sentarnos en unas desvencijadas y chirriantes mecedoras de mimbre, cubiertas con añosos cojines de floripondios.

 

Sentados frente a frente, empezó a contarnos su vinculación al problema de la niña. Sus ojos se aguaron y, con voz entrecortada, nos dijo:

 

—Sin advertirme nada, mi sobrina y otra monja llegaron un día con la bebé. Ernestina, mi parienta, solamente dijo: «Tía, ha sido escogida por el obispo y la superiora de Nazaret para que se desempeñe como tutora o madre sustituta de esta hermosísima muñequita, producto de una violación a una monjita de la congregación. Los gastos que ocasione su cuidado serán sufragados por la parroquia de San Juan de Rioseco». Como podrán darse cuenta el problema me cayó del cielo. Yo soy una pobre vieja a la que sus alientos ya no le dan para cuidar bebés. Además, porque fui mujer soltera y jamás tuve experiencia alguna en la crianza de niñitos. Sin embargo, por ser voluntad de esos santos que son el señor obispo y la madre superiora de las betlemitas, no pude negarme al favor que me pedían. Hace poco vino el cartero del telégrafo a informarme que ustedes venían por la nenita. Aquí se la tengo muy bien cuidada. Es la más hermosa de las niñas que he conocido. ¿Quién es la madre? ¿Usted? —se dirigió a Rosita que aunque estuviera vestida en forma extraña no hacía dudar de su género. Mi mujer le confirmó con el movimiento afirmativo de su cabeza. Entonces nos sorprendió con su pregunta: —¿¡Ah, usted es la monjita violada!? ¡Cómo la compadezco! —manifestó su creencia en el engaño que armó su sobrina con los altísimos jerarcas de la diócesis.

—¡Jamás he sido violada! —remató Rosita—. Josecito y yo nos casamos en Guaduas el día que debía ingresar al convento. Pero nuestro amor era tan profundo y sincero que evadimos la imposición de mi familia, señora.

—Ah, ya entiendo. Esas injustas imposiciones son las que hacen a los hijos desgraciados —decía doña Agripina, aún con el agua que ensopaba sus ojos—. A mí me pasó algo parecido, aunque no con la obligación del convento, pero sí con la prohibición de enamorarme de cualquier muchacho, porque mi madre y mi padre deseaban que yo permaneciera virgen de por vida, pues creían que las relaciones amorosas eran pecados mortales y cualquier caricia era un acto sucio e impúdico que el demonio utilizaba para corromper a las mujeres. ¿Cómo les parece?

A mi mujer le afloraban las lágrimas con facilidad, y a mí también. Compadecimos a esa obligada madre sustituta y decidimos no denunciar a nadie con tal de recuperar a nuestra niña. Estábamos a unos segundos de conocerla.

 

—Aunque usted no es la culpable todos los que participaron en esto sí lo son y podrán ser juzgados por el delito que cometieron. Pero no queremos más líos con nadie. ¿Dónde está nuestra hijita? Me muero por verla...

Nos pusimos de pie y seguimos a la señora Agripina. Entramos a la única habitación que poseía. Al lado de una cama bien tendida había una pequeña cuna de fique, cubierta con una colcha de color rosa y protegida por un toldillo que la resguardaba de zancudos y demás bichos que rondaban el ambiente de esa población cafetera. Nos ordenó hacer silencio porque acababa de dormirse nuestra bebé. La miré por encima del velo protector y observé que había nacido con el mismo rostro blanco y sonrosado que tenía mi mujer, haciendo honor a su nombre. Me mataba la intriga y la curiosidad por verle sus ojitos.

 

—¡Qué linda mi bebé! —murmuró Rosita y siguió llorando mientras esculcaba en sus cobertores—. ¿Qué nombre le ponemos, mi vida?

—El que tú digas, corazón.

—Me gusta Ana. Es que pienso que Santa Ana nos hizo el milagro de encontrarla, amor.

—¡Qué linda, mi vida! —no se me ocurrió ninguna otra alabanza a nuestra hija.

—Despertémosla que quiero observarle sus ojitos, corazón —pedí con nerviosismo.

—¡Déjenla que duerma! —ordenó la cuidandera—. Sus ojitos son preciosos, tienen el color de los ojos vivarachos de los gatos monteses. Esa chiquita ve más de la cuenta. No se preocupen que el médico del pueblo la examinó y no le encontró ningún defecto.

Siguió durmiendo plácidamente y nosotros esperamos que el llanto al despertarse nos invitara a alzarla por primera vez, como sus verdaderos padres.