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              Llegar a tierra extraña

 

Tras padecer catorce horas de viaje en un achacoso y desbarajustado tren de línea, arribamos a Neiva. Por habernos asignado sillas en un vagón cercano a la locomotora no pudimos abrir la ventanilla de nuestro puesto de viajeros de clase económica. Al intentar subir el vidrio para recibir el aire cálido de esa zona tropical, el humo y el hollín que expulsaba la máquina por su chimenea atosigaban nuestras gargantas y ennegrecían los cobertores blancos con los que cubríamos a nuestra hijita. Hubimos de aguantar el intenso calor de los llanos desérticos del Tolima y el Huila y el sudor que empapaba nuestros vestidos. La capital del Huila era una hornacina; sin embargo, las gentes que transitaban cerca a la estación ferroviaria se mostraban alegres, llevaban ropas vaporosas por el extremado calor y se abanicaban con trozos de tela, de cartón o con sopladoras elaboradas con las hojas secas de los platanales. Alrededor del centro ferrocarrilero esperaban los buses para trasladar a los viajeros a los diferentes municipios del departamento. En torno a la mole de los trenes funcionaban tiendas, cafetines y prostíbulos cuyas hetairas mostraban sus encantos a través de sedas y encajes que las hacían atractivas. Rosita se sorprendió con la feria de mujeres que ofrecían con insistencia sus cuerpos a los viandantes. Algunas desfilaban en trusas y, cuando los posibles clientes del comercio de sus amores mostraban intenciones negociables, alborotaban sus encantos sin recato y empezaba el tire y afloje de una verdadera compraventa de actos lujuriosos. Debido a su formación conventual, mi esposa no tenía la menor idea de que en estas cálidas regiones del país a las mujeres las hormonas y la libido les afloraban igual que el sudor por los poros de su piel.

 

Casi a las once de la noche, en un endurecido y chirriante bus escalera, llegamos a Palermo. Nos detuvimos en la plaza principal del pueblo. Era una población diferente en su arquitectura a todos los poblados que había visitado en el altiplano friolento de Cundinamarca y Boyacá. Las gentes se mostraban sin afanes, con su caminar lento. El calor infernal de la noche todo lo adormecía. No había brisa y las hojas de los árboles se hallaban estáticas, como si colgaran de ramas artificiales, sin vida. Era localidad ribereña del Magdalena y la humedad se adhería al cuerpo, a las cosas, y pesaba sobre el pueblo como una nube invisible de pegatina. Nos sudaban las manos, los pies y la cara. Las pequeñas cascaditas de sudor buscaban refugio entre el pelambre de la cabeza y el del pecho de los hombres que permanecían con sus camisas desabrochadas. La nena se desesperó y hubimos de despojarla de todos los trapos que la envolvían. A Rosita se le descorrieron los polvos que se había aplicado en la cara para disminuir el sonrojo de sus cachetes expuestos, hasta hace pocos días, al penetrante clima frío y la fuerte humedad de Nazaret. Los zancudos comenzaron su voraz ataque al cuerpecito desnudo de nuestra nena y tuvimos que cubrirla nuevamente con una suave pañoleta que Rosita traía en la pequeña escarcela que Zoila le obsequió al momento de nuestra partida. Comparando las temperaturas de Albán y Facatativá con las de este pueblo huilense, era como si hubiéramos salido de una nevera y penetrado en uno de esos artesanales hornos donde asan los platos típicos y el pan de la región. Al bus escalera que nos transportó lo llamaban chiva. Era un carromato sin puertas, descapotado por los lados y adornado de mil colores con toda clase de anuncios de los servicios que prestaba. Esa gama de colores y frases le daba alegría al viajero y al paisaje que la chiva hería durante su transitar por carreteras escarpadas. A Rosita y a mí no nos causó demasiado alborozo nuestro viaje, aunque viajábamos a tierras desconocidas. El cansancio del recorrido férreo y la llegada a un destino incierto nos creaban más preocupación interior que expectativas de tiempos mejores. La chiva estacionó frente a un local iluminado donde, tal vez por el desesperante calor que se encerraba en el pequeño salón sin ventilación natural ni artificial, departían los pueblerinos en mesas colocadas afuera del negocio. Los hombres tomaban aguardiente y las mujeres y los niños los acompañaban esperando que en algún momento los contertulios decidieran partir para sus casas. Al chofer lo recibió el dueño del negocio con un trago triple de aguardiente. Fue obligado a que diera cuenta de la atención de un solo sorbo para cumplir con la orden de los anfitriones que en coro le gritaban «¡Fondo blanco, fondo blanco!» y soltaban sus alcohólicas carcajadas. El resto del municipio no poseía luz eléctrica y por ello la gente se amontonaba en el cafetín que servía de incipiente terminal de transporte de la única línea de buses entre Palermo y Neiva. En el negocio funcionaba una ruidosa planta eléctrica con la que el propietario solo iluminaba su estancia, zahiriendo el aire del poblado con el martilleo de los pistones de su máquina proveedora de luz.

 

Mientras soportábamos el jolgorio de los allí presentes, se acercó un hombre huraño que dijo ser el «colector encargado».

 

—¿Es usted el nuevo colector? —preguntó con sorna descreída. Me miraba con incisión los ojos y trataba de sonreír como diciendo: «¿Y esto es lo que envían de Bogotá para reemplazarme?».

El hombre ya había recibido seguramente el telegrama de la secretaria de Urdaneta. Rosita me codeó al ver la displicencia del personaje. Se veía que él no estaba a gusto con el despojo que le hacían de su encargo.

 

—Mucho gusto, José Dolores Gómez, a sus órdenes —me presenté sin complejos y dispuesto a enfrentar lo que fuera—. Ella es mi señora y ella mi bebita —le mostré el envoltorio donde se esforzaba por dormirse la nena entre los ruidos y las carcajadas de los allí reunidos.

—Señor Gómez, bienvenida su familia —expresó sin que se notara que sabía y sentía el significado de la palabra bienvenida—. Aquí estaremos dispuestos a colaborarle —sus palabras salieron sin la sinceridad que uno espera del anfitrión.

—¿Usted me hace entrega de su cargo? —indagué para no darle oportunidad de que permaneciera con sus inexpresivas burlas.

—¡Ajá! —expresó con admiración y miró el reloj—. Pero será el lunes. Hoy es viernes y trabajamos hasta las seis de la tarde. Ya van a ser las once de la noche y yo no trabajo horas extras —me respondió de malas maneras y regresó para ubicarse detrás del mostrador de su local iluminado.

Pensé que era el colmo que el colector de rentas fuera además el distribuidor de los licores en el pueblo. Imaginé que su negocio se derivaba de las utilidades que obtuviera en los precios que sacaba de la colecturía oficial que él mismo regentaba.

 

El chofer de la chiva, que ya había apurado entre pecho y espalda casi media botella de aguardiente, se apiadó de nosotros y nos alcanzó unas sillas para que nos sentáramos. Llevábamos algún tiempo de pie y nadie se condolía de Rosita que cargaba a Anita entre sus brazos.

 

—¡Siéntense, compañeros! —dijo el conductor—. ¿Desean tomar algo para la sed? Este calor reseca en media hora el agua del Diluvio Universal —hizo el chiste, y los bebedores que aplaudían su mofa seguían carcajeándose mientras ingerían otras copas del licor cristalino que les servía el colector que oficiaba de tendero.

Me bebí una cerveza que el saliente colector me ofreció. Yo no me explicaba por qué me ofreció cerveza sin pedirla. Pensé que no deseaba que probara el aguardiente que distribuía porque a lo mejor era del falsificado, tal como nos había informado el doctor Urdaneta cuando ofreció vincularme a su dependencia tributaria. A Rosita la atendieron con una bebida gaseosa, dulzona. La nena se había adormilado por el calor entre los brazos de la madre. Los contertulios comenzaron a mostrar sus lenguas entrapadas por el licor y era poco lo que se les entendía en sus insulsas disertaciones, cansonas como las de todos los borrachos. Las mujeres y los hijos obligaron a los bebedores a salir para sus casas y el local se fue desocupando. El colector comenzó a apagar la planta eléctrica y las luces de su negocio empezaron a diluirse en cámara lenta. En la oscuridad escuchamos los estertores del motorcito que le daba luz al almacén y el destemplado ruido de las bisagras de su portón. Con esa desapacible actitud nos estaba echando del establecimiento. El sopor que envolvía el ambiente desesperó a nuestra hija que comenzó a expulsar los griticos iniciales de una buena llorada posterior.

 

—¿Dónde se hospeda? —preguntó de pronto el colector en medio de las tinieblas, sin mayor preocupación pues aún mantenía en el fondo de su alma el malestar de tener enfrente a su reemplazo.

—No tenemos dónde —expresé en un tono angustioso ya que eran más de las doce de la noche y a Rosita se le cerraban sus ojos. Tampoco se veía una silla para pasar una mala noche mientras amanecía.

—El único hospedaje que hay en el pueblo es el Hotel La Gaitana, de propiedad del único liberal que tiene la osadía de vivir en esta hermosa población de conservadores de raca mandaca —baboseó como para tratar de provocarme creyendo que por el nuevo régimen imperante yo era uno de esos liberales—. Y, como ya podrá darse cuenta en el futuro, los servicios que allí se ofrecen son igual de malos al actual gobierno de los cachiporros —el colector dejaba translucir su sectarismo político y su aversión hacia los adversarios doctrinarios.

En las luchas intestinas entre los partidos políticos acostumbran a ponerles motes y calificativos despreciables a los contendientes. Por aquellas calendas a los liberales se les decía cachiporros y a los conservadores pájaros o chulavitas, por las armas que utilizaban o las organizaciones delictivas que frecuentaban u organizaban. Y esas expresiones tenían como objetivo descalificar a los contendores, así fueran personas decentes y respetuosas de los demás.

Cerró el negocio. Por primera vez observé que el nombre que llevaba la tienda era de un cinismo descarado: El Colector. Cuando observó que me había detenido a mirar su aviso comercial explicó que en varias oportunidades había desempeñado ese cargo y toda la población lo apodaba el colector, y por ello aprovechó la circunstancia para ponerlo en su negocio.

 

—Le tocará cambiar ese nombre para que no se confunda mi cargo con su tienda —le dije imprudentemente y por los gestos que exhibió noté que no le gustó mi proposición.

—Yo creo que es más probable que a usted lo obliguen a cambiar su apelativo que a mí el de mi negocio —dijo con la altivez de un gamonal de pueblo.

—Recuerde, señor....

—Polanía, a sus órdenes —y me alcanzó la mano para que de una vez sellara la presentación personal que me ofrecía un poco tarde. Solo mencionó su apellido, como si este hiciera las veces de nombre. Me apretó la mano con demasiada fuerza, en señal del poder que representaba y como si quisiera fracturarme los dedos.

—Las marcas comerciales no deben coincidir con los nombres oficiales del Estado, señor Polanía, porque confunden a la población —se me ocurrió inventar esa norma que jamás había existido en mis empíricos conocimientos, pero que en alguna ocasión le escuché a modo de opinión a mi abuelo como alcalde de Zapatoca cuando un vecino colgó el letrero «El despacho del gobernador» como nombre de su negocio, lo cual hacía inferir que en alguna ocasión ese individuo fue encargado de tal dependencia oficial.

—Esa debe ser una ley cachiporra que aquí no pegará jamás, señor Gómez —manifestó petulantemente, como si el Partido Conservador aún mantuviera su poder.

—No vamos a pelear por ello —aduje en plan contemporizador—. Esperemos que sea la Dirección de Impuestos Nacionales la que resuelva este pequeño entuerto.

Además, yo también militaba en el Partido Conservador desde mi nacimiento, pero, como esa colectividad no había servido para nada en mi vida, el sectarismo había desaparecido casi al tiempo con el ideario de los gestores de ese pensamiento.

—Ese entuerto, como usted lo llama, no puede ser resuelto sino por usted mismo para que haga honor a su físico —buscó insultarme con mi discapacidad pero decidí no ponerle cuidado—. Esperemos a ver quién gana —me desafió, sin vergüenza alguna por la indelicadeza de poner el nombre del cargo oficial a su establecimiento.

—Está bien. Pero desde mañana informaré el asunto al doctor Urdaneta —amenacé como si fuera un crío.

—Ese Urdaneta tiene apellido godo pero actúa como un vil y maldito cachiporro —lo agredió, como si el alto funcionario alguna vez hubiera oficiado de conservador.

—¿Será posible que nos acompañe al hotel? —expresé cortante y temeroso de que me respondiera con sus diatribas.

A regañadientes nos acompañó hasta el Hotel La Gaitana, tal vez por condolencia con mi mujer y la bebita. Estaba cerrado. Las luces apagadas dejaban entrever que era un hospedaje de fantasmas. El colector golpeó con insistencia. Nadie daba señales de vida. De pronto, por entre las rendijas del portón se filtraron las lucecitas titilantes de una vela.

 

—¡Olegaria, soy yo, el colector! ¡Abra! —ordenó como si fuera la más importante autoridad municipal.

—Ya voy, ya voy, no afane que nadie tiene prisa —balbuceó con las expresiones con las que los huilenses mostraban su talante despreocupado.

Una mujer, enfundada en una especie de túnica parecida a la de un obispo, abrió el portón con el ruidoso rechinar de unas bisagras oxidadas. El velón iluminaba su rostro sin arrugas, pero la dureza de las facciones exhibía a una mujer de más de medio siglo de vida. El colector entró y se sentó en unas sillas que para mí eran invisibles por mi tuertera y la oscuridad del recinto.

 

—¡Este es el nuevo colector municipal, Olegaria! —me presentó.

—Mucho gusto, señora Olegaria. Ella es mi mujer y ella mi nena —le señalé a Rosita que cargaba a Anita.

—Me complace mucho —manifestó con un desparpajo poco común en una subordinada, haciendo las veces de propietaria—. Espero que usted sí sea persona decente y honesta y no como los colectores que por desgracia nos ha tocado padecer en este rincón del país.

—¡Ay, no joda, Olegaria! Acuérdese de que el presidente de ustedes los cachiporros se comprometió a hacer un gobierno de «convivencia nacional». Y usted viene a meterle leña a la hoguera —el colector mostraba su beodez y sus reproches que con seguridad eran el producto de sus remordimientos interiores por haber perdido el poder.

—Pues no tengo en el momento una pieza decente para usted, su señora y la nena —Olegaria cambió el tema político que por sus expresiones la conduciría a expulsarnos de su residencia—. Pero, si para pasar una mala noche se acomodan en la única que me queda, estamos a la orden.

—Claro, señora Olegaria —acepté resignado—. Lo importante es tener dónde reposar estos cuerpos que padecieron las tortuosas quince horas de viaje en el tren de línea.

—Bueno, pues entonces vamos y los acomodo —manifestó su amabilidad conmigo—. Y como usted ya no es el colector, puede irse, señor Polanía —ordenó a su adversario a que saliera del establecimiento. Este se había adormilado de la juma y hubimos de alzarlo y ponerle sus pies en el andén. Se despertó y en medio de su trabalenguas alcohólico me ratificó que el lunes haría entrega de su cargo.

En un crujiente camastro, con colchón de hojas de plátano y bandadas de ruidosos zancudos que circundaban nuestras cabezas, pasamos la primera noche en este nuevo destino.

 

Los días siguientes, antes de apersonarme del cargo oficial, permanecimos en el Hotel La Gaitana. El domingo en la mañana nos visitó el propietario del hospedaje. Era un señor pelirrojo, de ojos castaños, de piel fresca en su cara de la que salía una barba rojiza que le daba un aire de extranjero. Recordé que a Zapatoca llegaron alemanes y europeos de distintos países y sus facciones eran idénticas a las del hombre que nos visitaba. Dijo llamarse Ascencio Lazo, pero que en el pueblo le decían Chencho. Que podía mencionarlo por el apodo porque jamás se había molestado por ello. Agregó que era el único liberal que se aventuraba a permanecer en la población, no obstante la tradición violenta de los godos y la animadversión que manifestaban a sus antagónicos pensadores. Que había instalado hace muchos años el único hotel al que le impuso el nombre de la valerosa India Gaitana, que para la época en que vivió hubiera podido ser perfectamente la dirigente liberal de los heroicos indígenas que enfrentaron al macabro ejército español que los extinguió. Con el temor de enemistarme con Chencho le informé que yo también era conservador, pero que era un godo decente, sin animadversiones, es decir, demócrata. Quise congeniar con él, pero cortó de un solo tajo mi explicación para sorprenderme con una expresión que contenía la ira que jamás dejaría a los colombianos vivir en paz:

 

—¡Jamás habrá godos decentes, ni honestos, ni demócratas! —la voz fuerte que utilizó para su sentencia era la voz revanchista de alguien que había padecido malos tratos, vejaciones y persecuciones políticas por razón de su ideario libertino.

—En mi caso puede estar seguro de que soy decente y jamás he utilizado la violencia para comportarme frente a mis compatriotas.

—Ojalá sea así —aceptó—. Pero esperemos el curso de los acontecimientos para darle crédito a la excepción de la regla que, según usted, representa —cada frase suya era la de un ser inteligente—. Por ahora, señor Gómez, quiero presentarle a mi familia. Vamos hasta mi finca que queda a orillas del río Baché y nos comemos un viudo de pescado.

Llegó a nuestras mentes el viudo de pescado que con Rosita degustamos en Puerto Bogotá, cerca a Honda, el día de nuestro escape amoroso, cuando solamente teníamos en el norte nuestra accidentada luna de miel.