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¡Por fin a las puertas del porvenir!
Después de seis meses de abandonar Zapatoca y sortear azarosos inconvenientes con astucia, ¡por fin llegué a Bogotá! El tren se detuvo en la Estación de la Sabana, el destino programado en su itinerario, un palacio inmenso parecido a las estaciones ferroviarias de Europa que se veían en revistas y periódicos de la época. Los constructores de esa mole para albergar el transporte férreo debieron calcar los planos de alguna estación del Viejo Mundo. Nos bajamos y el ruido era ensordecedor, acompañado de los chorros de vapor que exhalaban las locomotoras de carbón. En este sitio confluían todas las rutas que transitaban por los cuatro puntos cardinales del país. En absurdo desorden, capoteando el peligro, grupos de viajeros se movían por entre los rieles y las vetustas máquinas negras. Sus caras mostraban los augurios de una vida mejor —como seguramente también los reflejaba la mía— al ver que los sueños por fin se hacían realidad. Por pura inercia seguí detrás de la muchedumbre que entraba a la grandiosa sala donde reclamaban los equipajes que venían en las bodegas. Mi precario equipaje me acompañaba debajo del brazo. En muchas ventanillas se compraban los boletos para visitar otras ciudades y lugares turísticos del país. La algarabía era como de carnaval. Miraba a las personas que pasaban muy cerca de mi ojo bueno, pero naturalmente no encontré ninguna cara conocida. En ese momento debía tomar la decisión más importante de mi vida: ¿hacia dónde dirigirme? Le había escuchado a mi padre, entre sus escasas conversaciones con nosotros, que tenía un primo que administraba un hotelito en el centro de Bogotá. Ese primo se llamaba Hernando Arenas. Mi viejo era pariente cercano de unos Arenas que habían llegado a Zapatoca por allá del norte, creo que de Arboletes, un pueblo archiconservador, famoso no solo por la violencia desatada allí contra sus antagónicos sino también por los terremotos. Por ello, en sus pendencias, para mostrar hombrías inexistentes, decía que él no había nacido el día de los temblores y que nada lo asustaba. Con su manida petulancia alardeaba de que conocía Bogotá, y que el tal hospedaje se llamaba Hotel San Carlos, cerca de la Presidencia de la República. Que en Bogotá se movía como pez en el agua y era distinguido por las altas personalidades del mundo social y político. Lanzaba muchos globos al aire. Recuerdo que una vez dijo haber visitado el Palacio Presidencial con el fin de tomarle las medidas al canciller para confeccionarle sus vestidos. Esa parte de sus historias las creí a pie juntillas, porque eso sí para qué, pero el viejo era un sastre de altos quilates, aunque nunca intentó hacerme un vestidito de los que él fabricaba para los demás.
En las clases de historia de la escuela oficial se nos habían enseñado los nombres de los palacios presidenciales de algunos países: la Casa Blanca en Washington, la Casa Rosada en Buenos Aires, el Palacio de la Moncloa en Madrid, el de Buckingham en Londres y el Palacio de San Carlos para los paisanos presidentes que nos gobernaban. Se me iluminó la mente y pensé que era posible que el hotel del primo de mi padre quedara cerca del palacio de los presidentes, por aquello de llevar el mismo nombre. Pregunté dónde estaba situado, me informaron que no quedaba muy lejos de la Estación de la Sabana y por señas me mostraron el camino. Cargué mi maleta sobre los hombros y aseguré la flauta debajo del brazo. Comencé a caminar hacia el oriente, como si fuera a visitar al Señor Caído del cerro de Monserrate que se aparecía a lo lejos, elevado y erguido.
Llegué al Palacio de San Carlos porque la música marcial de la banda del Batallón Guardia Presidencial así lo indicaba. Me alelé mirando con mi ojo derecho a esos músicos con vestidos de patriotas de la Guerra de la Independencia. Sabía que esos eran los uniformes militares de la época porque en el texto escolar de Historia Patria del Padre Henao se presentaba a los soldados bolivarianos con esa vestimenta. Observé con mucho detenimiento a los que interpretaban unas flautas traversas parecidas a la mía, y me vi enfundado en esos uniformes haciendo parte de ese batallón, pero enseguida pensé en las dificultades que para una persona casi ciega implicaba marchar en las direcciones exigidas. En esas estaba cuando alcé la vista y con mi ojo medio bueno alcancé a ver, un tanto difuso, un aviso de colorines que decía «Hotel San Carlos», aviso que sobresalía en la parte alta de una casona adherida al Palacio Presidencial. Hasta pensé que el presidente se hospedaba donde el primo de mi papá. En ese instante arriaban la bandera mientras un oficial daba órdenes militares a la banda de músicos. Solo al terminar el riguroso acto milico nos dejaron pasar. Estaba ya muy cerca del hotel que presumía era el de mi pariente, cuando salió como cualquier hijo de vecino el presidente con unos doctores de gafas y unos militares. Caminaban sin más vigilancia que unos policías desarmados. Supe que era él porque tenía la misma figura del retrato que colgaba en una pared del despacho del alcalde de Zapatoca y decía «doctor Miguel Abadía Méndez, Presidente de la República». Los presentes lo saludaron con respeto, se quitaron el sombrero y se hicieron a un lado para evitar que el hombre tuviera el mínimo contacto con el pueblo. Nunca imaginé que iba a conocerlo en persona y alcanzar a percibir las fragancias de sus perfumes. Mis compañeros de escuela jamás me lo creerían si les contara.
Mi mayor asombro fue observar el hotel al lado del palacio de los presidentes. Detrás de un mostrador que servía como recepción estaba un señor que supuse era Hernando Arenas. Como no nos conocíamos, él se sorprendió al verme entrar. Debió creer que era un mendigo por las alpargatas, el vestido ajado, la añosa maleta de viaje y la cara de trasnocho de muchos días. Por mi precaria visión, al subir unos cuantos escalones de la entrada, tropecé y me fui de bruces. Ni él ni la empleada que limpiaba el piso hicieron gesto alguno para ayudarme a levantar. Además, como no tenía motivos personales para alardear de mi vida, me acerqué con humildad y el susto consabido que se derivaba de mi timidez, e hice una genuflexión para saludarlo. Dudaba aún de que este señor fuera mi pariente y pensaba que me tocaría seguir deambulando por la ciudad. El tipo que supuestamente era Hernando se quedó mirando mis ojos nubosos con desprecio. Lo pensó bastante para decirme:
—¿Qué se le ofrece, joven?
Su cara y su cuerpo eran idénticos a los de mi padre. Por eso él decía que si algún día querían ver a otra persona con su misma estampa visitaran a Hernando Arenas. Igual de acomodadito, de mañoso en sus movimientos de las manos y los tics de la cabeza. No obstante haberlo reconocido plenamente, le pregunté:
—¿Don Hernando Arenas?
—Sí, a la orden —respondió, muy seco, sin levantar la cara mientras escribía algo en un papel. Cuando me contestó que era él, debió observar mi rostro de felicidad.
—Soy José Dolores Gómez Orejarena —me identifiqué con todos mis nombres y apellidos.
—¿El hijo de Pastor? —preguntó con entusiasmo familiar, como si hubiera oído hablar de mí toda la vida.
—Sí señor —respondí con mucho respeto. Así nos había enseñado mamá Beatriz que debíamos contestarles a los mayores.
Salió de su encierro, quitándole el aldabón a una chapa de seguridad que tenía la puerta de entrada al mostrador, y se vino con excesiva calidez a estrechar mi cuerpo:
—¡Josecito!, el hijo de la bella y santa Beatricita —con todos esos diminutivos demostraba un cariño inmenso—. Pero si es la misma cara del vagabundo del Pastor. Espero que no haya heredado todas sus mañas —me decía y atropellaba las frases y las preguntas, sin darme oportunidad de contestar ninguna de sus indagaciones—. ¡Qué vaina que haya nacido con esas cataratas zapatocas! —se dolió. Como la mayoría de los santandereanos evitó tutearme, pues creía que si lo hacía se consideraba afectado en su forma de ser y lo creían homosexual. Por lo general los santandereanos no tuteamos a los hombres, aunque sí a las mujeres.
Después de dialogar sobre el transcurso de la vida en Zapatoca y yo contarle mis desgracias visuales, agregó que esos eran los designios de Dios y por algo me tocaron a mí en suerte. A lo mejor la Providencia me tenía destinado a cosas mejores, aducía. Habría que esperar, porque era demasiado joven y no era fácil predecir el futuro. Yo le escuchaba todas esas frases y premoniciones con bastante descreimiento, pero no hice ninguna objeción al respecto.
Del segundo piso bajó una mujer regularmente rolliza, de pelo en desorden y con un chicote en la boca. Era Zoila, su esposa. Es que la gente de Zapatoca tenía como afición fumar cigarros, puesto que las fábricas domésticas de enrollar tabacos eran las únicas fuentes de trabajo privado en el municipio, aparte de la burocracia oficial.
—Vea, Zoila, este es José Dolores, el hijo del nunca bien mentado Pastor Gómez.
El rostro recio de Zoila demostraba que no le hacía mucha gracia mi llegada; me saludó secamente y parecía malgeniada, sin la melosería excesiva que me demostraba Hernando.
—Mire, Zoila, prepárele algo de comer a este guaimarón y dígale a Rubicunda que le arregle un rinconcito donde pueda hospedarse y pegarse un baño porque huele a palo de gallinero.
Sin decir nada, Zoila caminó hasta el fondo del primer piso donde estaba la cocina. Al instante comencé a escuchar las asaduras en el aceite caliente y el trajinar de ollas y platos. Al poco rato se oyeron unos gritos desde el fondo:
—¡Pastor, Pastor!
—Pastor no, Zoila, este es José Dolores —la reprendió el marido.
—Bueno, como se llame, pase a comer algo —agregó la mujer, con una displicente frase. Varios años después descubrí que era su forma hosca de ser, sin que fuera de corazón duro.
Comí lo servido como si fueran los manjares del Palacio Presidencial para sus ilustres visitantes. Al fin y al cabo me encontraba a escasos metros del señor presidente. Encima de todas esas viandas, Rubicunda, una especie de ama de llaves, me ofreció agua de panela caliente para el frío. Luego me llevó de la mano como si hubiera creído que mis dificultades visuales eran totales. Me acomodó en un reducido cuarto, debajo de las escaleras del segundo piso, donde había una cama bien tendida y con olor a limpio. Me dijo que el baño era común con los del primer piso y quedaba pasando la cocina. Que aprovechara para darme una ducha en vista de que los comensales y los residentes aún no llegaban. Hernando observó la precariedad de mi ropa y me prestó unos calzoncillos limpios, seguramente de él o de alguno de sus hijos, y me regaló dos camisas para corbata. Me dijo que lavara la ropa que traía puesta y que me pusiera, por ahora, prendas limpias, así no fueran de estrene. Tomé el reparador baño y obedeciendo sus recomendaciones empecé a lavar mi ropa, pero cuando Rubicunda detectó mi poca habilidad para hacerlo se ofreció a ayudarme. Entré al cuartito y por fin, al cabo de seis meses, pude acostarme en una cama limpia. No supe la hora en que el sueño me sacó de este mundo, lo cierto es que me despertaron al día siguiente los del segundo piso cuando subían y bajaban las escaleras de madera como si estuvieran practicando un simulacro de terremoto. Parecía que la casa fuera a derrumbarse. Esperé a que el tráfico de gente por la escalera disminuyera para salir.
Empecé a organizar mi vida. No padecía dificultades de hospedaje ni de alimentación. Me preocupaba que esta agradable comodidad no fuera posible sostenerla por mucho tiempo en forma gratuita. Después de algunos días, no sé si por vergüenza o por el nerviosismo que me producían, me pareció notar en los rostros y las actitudes de Hernando, Zoila y Rubicunda, que algo querían decirme. Deseaban manifestarme que debía pagar por mi permanencia en el hotel. Refunfuñaban que hoy en día nada era gratis, que la comida costaba, que los servicios de agua, luz y demás en Bogotá estaban por las nubes. Eran insinuaciones e indirectas pero no encontraban el momento para manifestarlas claramente. Al fin, una mañana, nos sentamos a desayunar con Hernando y Zoila bajo la mirada inquisidora de Rubicunda. Mientras movía las manos y las entrelazaba sobre su prominente barriga, Hernando soltó la pregunta:
—¿Mijo, qué piensa hacer en Bogotá? —miró a Zoila y a la empleada con tembloroso nerviosismo que acompañó con el sonrojo de su ajado rostro.
—Pues no sé... ¿Usted qué piensa que pueda hacer yo con estas dificultades visuales?
—La verdad, no sé. Si es difícil que una persona con sus cinco sentidos consiga empleo, para usted va a ser casi imposible.
—¿Y no cree que con la música sea posible encontrar algún trabajo?
—No sé, Josecito, y además solamente he oído sus ensayos con la flauta. Claro que, a decir verdad, toca muy bien.
—La gente que me ha oído dice lo mismo.
—Bueno, pues si eso es así, podríamos buscar que lo vinculen a una orquesta, un conjunto musical o una estudiantina en los que la flauta sea importante. Pero yo creo que los músicos en este país no tienen porvenir. Uno los ve por ahí, andando mal vestidos, medio beodos, con los calzones escurridos, con sus tiples y guitarras buscando el centavito para comer. Esa gente vive muy mal, José Dolores.
—¿Y será difícil conseguir una beca y entrar al conservatorio o a una escuela de música donde pueda prepararme como un verdadero músico y me enseñen a leer nota, a interpretar otros instrumentos o a dirigir una orquesta?
—Averigüémoslo. Por ahora mire a ver en qué puede ayudar aquí en el hotel. Colabórele a Rubicunda a pasar los platos a la mesa y recogerlos cuando los comensales terminen de comer. A hacer mandados no lo voy a poner por sus dificultades visuales y porque no conoce la ciudad, pero por lo menos atiéndame también la recepción mientras voy a hacer compras y conseguir clientes. ¿Le parece?
—Claro, primo, digo... tío. Encantado de que me ponga a hacer algo y que le pueda servir —no sabía cómo decirle, si tío, o primo, o qué, porque no tenía ni idea de cuál era el parentesco de Hernando conmigo.
La conversación me dejó una enorme preocupación. No tenía una idea clara de cuál era el rumbo que debía darle a mi vida. Y, además, no conocía a nadie más en Bogotá.
«¡Acomídase a algo!» era la expresión de mi padre y mis tías cuando lo veían a uno por ahí desocupado o descansando. Yo la consideraba una reprimenda y vi en la cara de Zoila los deseos de enrostrarme la misma frase agresiva. Por ello, cuando podía y me estaban observando ayudaba a recoger las basuras, a lavar la loza, a barrer y siempre tendí mi cama y limpié mi cuartico debajo de la escalera.
—Bueno, vamos a ver qué podemos conseguir, José Dolores —me sorprendió Hernando una mañana muy temprano, delante de su mujer, en actitud de salir a buscar un oficio para mí.
—¿Qué tengo que llevar, Hernando?
—Su identificación y su flauta, no más.
Me dirigí a mi cuarto, escarbé en la talega que traía la ropa y encontré una tarjeta de identidad que para entonces expedían los correos nacionales a los menores de edad. En ese momento contaba con dieciséis o diecisiete años y aún no tenía derecho a la cédula de ciudadanía que solo se concedía a los veintiuno. También alisté la flauta. Le di un retoque con una bayetilla para que brillara y la envolví en ese mismo trapo, pues como era tan vieja no tenía el estuche que siempre deben tener estos instrumentos.
Pasamos por el frente del Palacio Presidencial y Hernando saludó a los guardias de la puerta que por vecindad lo distinguían. El presidente y sus ministros debían estar reunidos porque no se veía un alma diferente a los guardias. Era la primera salida que hacía por la ciudad después de mi llegada. Bogotá recibía esa mañana un sol esplendoroso, aunque el aire fresco y algo frío deambulaba por sus calles despeinando a las mujeres, jugueteando con sus faldas que revoloteaban sin recato y sacando a volar los sombreros de las cabezas que cubrían. Me quedé mirando el Teatro de Cristóbal Colón, enfrente del Palacio de San Carlos, y mi pensamiento voló para hacerme a la idea de que algún día lo conocería por dentro, ya como espectador o ya como músico de una gran orquesta.
Una cuadra más abajo estaba la Plaza de Bolívar enmarcada por el Capitolio Nacional donde se congregaban los parlamentarios, la Catedral Primada con sus enormes torres desde donde bajaban en picada bandadas de palomas a comer, un edificio que ocupaba todo un costado donde funcionaba la Alcaldía Municipal, y en el otro lado unas casonas coloniales. Frente a la catedral pasaban, por la llamada Calle Real, unos lentos y atestados tranvías que dejaban sonar sus campanas mientras muchos de los pasajeros iban parados en el escalón exterior agarrados de los parales y ventanales. En uno de los paraderos nos subimos a un tranvía que iba hacia el norte, a un sector llamado Chapinero. Así lo anunciaba el aviso del tranvía. Aparte del maquinista muy bien uniformado, había un personaje también de uniforme que era el cobrador de los pasajes. En la solapa de su chaqueta llevaba adherida una plaqueta brillosa que decía «conductor». Recorrimos un buen trayecto y en una parada Hernando me ayudó a bajar para que no me ocurriera un accidente. Me consideraba como un hijo ajeno y minusválido que le habían encargado. Regresamos a pie por la Calle Real, jugando cartas al azar para encontrar una oportunidad que enderezara y le diera sentido a mi vida aventurera. El trajín de la ciudad me asustaba, pero la experiencia de Hernando me daba seguridad. De pronto se detuvo y me dijo:
—¡Entremos a este Gran Salón Social Santafé!
No sabía qué funcionaba allí, pero a medida que fuimos entrando a una inmensa casa, descubrí que era un restaurante lujoso con arañas lumínicas en el techo, idénticas a las del Palacio de Versalles, el cual había visto en un cuadro enmarcado en la casa de Monseñor Pimiento. Caminamos en puntas de pies, sin hacer demasiado ruido sobre los tablones chirriantes de un piso de madera brillante, como si fuéramos a hacer algo indebido en el establecimiento. Al instante nos recibió un hombre vestido de negro, camisa blanca y corbatín.
—¡Aún no tenemos servicio, señores! —dijo, y con ademanes irrespetuosos nos insinuó que regresáramos a la puerta, moviendo las manos como si estuviera arreando gallinas—. El restaurante abre a las doce y hasta ahora son las diez y media de la mañana.
Hernando Arenas, de gran experiencia en estas diligencias, le explicó que no veníamos a desayunar ni a almorzar, que estábamos allí en busca del administrador o del dueño. Al instante salió un hombre medio calvo y canoso, de ojos azules y con una lengua entrapada que pronunciaba un vocabulario enredado que lo convertía de inmediato en un personaje extranjero.
—Buenos días, señor Haussemann —lo saludó Hernando, como si lo conociera.
El hombre contestó el saludo. Después me comentaría Hernando que ese apellido se lo había inventado de repente, porque los nombres de los extranjeros que conocía siempre a sus oídos les sonaban como Haussemann. Además, por informaciones de prensa sabía que el propietario del Gran Salón Social Santafé era un europeo de por allá de Austria o a lo mejor de Alemania, o «de esos países de la extranja», como decía mi abuelo.
—Señor Haussemann, estamos ofreciendo nuestros servicios como músicos para amenizar sus reuniones sociales —Hernando también se ofrecía y yo no tenía conocimiento de que interpretara algún instrumento musical.
—Señores, ya tenemos una orquesta del Instituto de Ciegos que toca en el restaurante de miércoles a domingo en las cenas nocturnas que ofrecemos ordinariamente o por encargo.
—¡Qué bueno! Mi sobrino tiene problemas de visión, pero su oído musical es de maravilla —agregó mentirosamente, porque hasta la fecha no me había oído tocar con seriedad. Solo había escuchado los ensayos que hacía en mi cuartico debajo de la escalera como para que no se me olvidaran las melodías.
—¡Qué bien! —dijo el extranjero—. Pero la orquesta fue contratada directamente con el Instituto de Ciegos y solamente su director, un maestro de apellido Posada, sería el que pudiera enganchar a su sobrino, señor...
—Arenas —completó Hernando—. De todas maneras, señor Haussemann, muchas gracias por su información.
Y nos despedimos. Hernando iba con una sonrisa de oreja a oreja y con su rostro anhelante debido a la información suministrada por el extranjero.
—Vamos a otros sitios, pero ya sé cómo organizarle la búsqueda de una actividad, Josecito.
Caminábamos hacia el sur de la ciudad cuando divisamos una casona grande que tenía un letrero donde se leía «Dancing». Mi tío —habíamos decidido que lo mejor era tratarnos de tío y sobrino para facilitar las cosas— me haló para que entráramos en ese sitio.
—Aquí viene la gente a bailar y a embriagarse con sus novias o con sus mujeres. Entremos a ver qué pasa.
Yo era como el perro faldero que hacía todo lo que su amo ordenara. Entramos directo a un salón inmenso decorado con fotografías de mujeres insinuantes que mostraban sus encantos sin recatos. Bueno, sin recatos en esa época era mostrar las piernas hasta medio muslo y los senos envueltos en encajes, porque la gente consideraba pornografía cualquier destape.
Una emperifollada mujer, llena de abalorios, nos recibió. Lo primero que preguntó fue:
—¿El joven cuántos años tiene? —se mostraba asustadiza.
Para aquellos años eran estrictas las normas con la juventud y no se permitía la entrada a esos sitios sin tener la mayoría de edad.
—No se preocupe, señora, que no venimos a bailar. Solo deseamos ofrecerle nuestros servicios.
—¡Ah, eso es otra cosa! Ya me había asustado —dijo, mientras sus ojos vampirescos oscilaban como péndulos—. ¿Qué servicios ofrecen?
—Musicales, no más —dijo Hernando—. José Dolores, aquí presente, es un flautista de lo mejor e interpreta toda clase de melodías. Está que ni mandado hacer para los servicios y atracciones que ofrece este salón.
—Bueno, pues qué bien. Sin embargo, yo no tengo ni idea de la música más que para bailar con mis bailarinas del cancán. Esperen un momento les llamo a Rosendo que es el director musical del Dancing.
La mujer entró por una puerta de cristal. Nosotros nos quedamos mirando la cantidad de fotografías de mujeres medio desnudas que adornaban el salón.
—Esta es una de esas mujeres que salen en las películas —murmuró de pronto Hernando, y señaló una fotografía en blanco y negro—. Era una de las más hermosas de Hollywood. Mírela bien, Josecito. Cada vez que oigo que esa actriz es la protagonista de una de las películas que presentan, yo no me la pierdo. Zoila vive celosa con ella, como si yo tuviera la oportunidad de conocerla en persona.
En otra de las paredes miramos la foto de un grupo de mujeres en perfecta formación que alzaban sus piernas con la indumentaria de las bailarinas de lo que llamaban cancán. Al final del salón había colgada una fotografía de la orquesta. Vi que había saxofones, trompetas, piano y batería. Pensé que faltaba la flauta y a lo mejor podría tener la oportunidad de vincularme a semejante conjunto musical.
Por fin llegó el tal Rosendo. Nos miró con desconfianza. Hombre cincuentón, de tez ajada y morena y con un pelo ensortijado al que habían invadido los grises de la edad; andaba en camisa y con un saxofón que le colgaba del pescuezo. Estaban ensayando para su presentación en la noche.
—¿Ambos son músicos? —preguntó, sin saludarnos.
—No señor. Solamente José Dolores.
El hombre fijó su vista en la mía con desconfianza y mucha sorpresa. Torció la boca como queriendo descalificarme de entrada.
—Este muchacho es un gran flautista —aseguró mi tío.
—¿Ah, sí? —preguntó—. No parece —agregó, como si la flauta se tocara con los ojos. Cuando me miró las ópticas nubes de nacimiento, el ojo derecho comenzó a extraviárseme, tal vez por la angustia que me producían las rogativas del enganche laboral. Ese «no parece» me causó preocupación.
Hernando empezó a molestarse con tanta ironía que destilaba el tal Rosendo. No lo soportaba. Con mucha rabia le dijo que por qué no me oía tocar alguna cosa, así cambiaría de opinión y dejaría de anticipar conceptos infundados.
—Bueno. Toque a ver qué sabe —dijo con ordinariez y ni siquiera nos ofreció asiento.
Desenvolví la flauta del trapo que la protegía. Le di una última brillada y comencé a tocar un pasillo colombiano que había sido la sensación en El Socorro, en la feria de Barbosa y en el Reinado de la Gallina Asada en Ventaquemada. El hombre se quedó sorprendido y abandonó sus burlas, pero fue mezquino en su apreciación, seguramente con el propósito de no crearme muchas ilusiones.
—No está del todo mal —su displicencia era como para cogerlo a patadas—. Sin embargo, vengan conmigo —y partió adelante. Entró por la puerta de cristal por donde había ingresado la matrona del cancán.
Hernando caminó detrás de Rosendo, y yo, que iba con muchos nervios, a la retaguardia. Entramos a un pequeño salón en cuya puerta colgaba un letrero: «Camerino Orquesta». Al fondo, de espaldas, mirando a la ventana, cinco músicos afinaban sus instrumentos con sus partituras en los atriles frente a los ojos.
—Compañeros, llegó Hamelín —alertó, de nuevo con tono burlón.
Los componentes del grupo se volvieron para comprobar la afirmación de su compañero y sonrieron con cierto dejo de incredulidad. Miraron primero a Hernando, pues tenía más cara de flautista que yo. Cuando Rosendo me tomó por los hombros para aclarar que el flautista era yo, los viejos músicos mostraron su asombro, no tanto por la juventud como por mi tuertera. Yo sonreía, con vergüenza, para no mortificarme.
—¡Oigámoslo y decidimos!
Me fajé con la «Guabina chiquinquireña» que era como el himno para las gentes del altiplano. Además, la toqué a propósito porque en la tapa del piano alcancé a observar adherida la imagen de la Virgen de Chiquinquirá, la misma Virgen que promovían los curas dominicos allá en Zapatoca. Seguramente el pianista pensaba que la Virgen le protegía sus amaestrados dedos evitando que la pesada tapa del instrumento le cayera encima y le cercenara sus herramientas de trabajo.
La «Guabina chiquinquireña» y el «Tú reinarás» eran los himnos con los que los padres dominicos homenajeaban a la Virgen de su propiedad. Su explotación en los peregrinajes de mayo les produjo a los curitas una fortuna imposible de calcular. Monseñor Pimiento, que era de otros curas que odiaban a los dominicos, los criticaba por su público talante monetarista. Decía no creer en milagros de imágenes fetiche, solamente en las bondades de Dios. Eran las celotipias de las comunidades pobres contra aquellas que parecía que tenían como única finalidad acumular tesoros.
Cuando terminé mi actuación, los presentes se quedaron en silencio un buen rato, sin decir si era bueno o malo. Era como si hubieran perdido el habla. La interpretación fue casi como la de un profesional, la mejor que había hecho en mi vida. Hasta yo mismo me sorprendí. Hernando se mostraba muy orgulloso de mí y sonreía de satisfacción. Rosendo y el pianista me palmotearon la espalda. Al otro saxofonista no pareció agradarle mi actuación y con un gesto imperceptible mostraba su desinterés. Algo masculló y luego dijo:
—Se le fueron de sobra unas notas —me reprendió y a lo mejor tenía razón. Es que los solistas adornamos tanto nuestras interpretaciones que salimos de la melodía y volvemos a entrar cuando se nos da la gana.
—Lo que pasa es que el que improvisa se adorna con filigranas —ratificó Rosendo mi pensamiento y el pianista asintió.
—¿Y lee partitura? —preguntó con mala intención el hombre a quien no le gustó mi actuación.
—Está en esas —se adelantó Hernando, a sabiendas de que su afirmación era falaz.
—¿Qué quiere decir eso? —insistió el contradictor.
—Que está estudiando música —agregó Hernando para impedir la derrota.
—Pero es que aquí no queremos aprendices. Aquí todos somos ya profesionales —expresó el saxofonista con la intención de que no hiciera parte del grupo.
—Pero yo sí quiero que se vincule a un aprendiz —dijo Rosendo, mostrando su carácter de director—. Hay que darle oportunidad a la gente.
—Tóquese la otra —acotó el pianista, con el intento de procacidad que esa expresión contenía—. Un danzón cubano.
Con la gente de El Socorro, cuando conformamos el trío instrumental, habíamos interpretado muchos danzones y recordaba la melodía de «Siboney». La empecé a tocar y enseguida el pianista se adhirió con sus compases, lo mismo que el del contrabajo y Rosendo con su saxofón. Finalmente entró la batería y llegaron al camerino muchas de las bailarinas del cancán a indagar quién era el nuevo músico.
El director pronunció un discurso en favor de los aprendices. Agregó que me contrataría de inmediato, pero con unas condiciones ineludibles de cumplir. Ante todo, el problema de la edad era un obstáculo insalvable. Por lo tanto habría que hacerme aparecer de más edad que la que tenía para que las autoridades que protegían el trabajo de menores no anduvieran poniendo pereque.
—¿Cómo? —le preguntaron sus socios.
—Vamos a disfrazarlo de adulto. Lo acicalaremos con un bigote postizo, y que las bailarinas del cancán le apliquen todos los días colorantes en el pelo y le pinten patas de gallo en los ojos para que aparente más años. Además debe matricularse en un instituto de enseñanza musical y debe llevar el correspondiente certificado.
—¡Listo! —afirmó Hernando—. Mañana tendrán aquí el certificado.
Nos despedimos de los músicos y las mujeres y salimos con el alma plena de felicidad, porque aunque no me dijeron cuánto sería mi paga, por lo menos ya tenía en qué ocuparme. Sin vacilar, Hernando dijo conocer al profesor José Tomás Posada, director del Instituto de Ciegos que había mencionado el señor Haussemann. Y sabía que la institución quedaba al sur de la ciudad, en el barrio San Cristóbal. Abordamos un tranvía que nos llevara allí. Yo iba con las ilusiones más allá de los límites del optimismo y ya me imaginaba como integrante de una gran orquesta en el futuro. Como nos demoramos casi dos horas en llegar, ya habían cerrado porque eran más de las cinco de la tarde. Sin embargo, golpeamos y esperamos hasta que al fin apareció el portero, quien resultó ser un ciego. En aquellos tranquilos años la confianza en la gente daba hasta para tener un invidente vigilando la puerta de entrada. Nos preguntó qué queríamos y frunció el ceño como si con ese gesto atemorizara al visitante. Hernando, muy experto y de grandes relaciones, le respondió que deseaba hablar con el profesor Posada, que éramos amigos de él.
—Dígale que lo busca Hernando Arenas, el dueño del Hotel San Carlos que queda cerca del Palacio Presidencial.
Mi tío sabía cómo suscitar el interés en las personas. Las frases, las referencias con el alto poder, así fuera por razones de vecindad, eran la clave para que las puertas se abrieran. El ciego cerró y después de un instante regresó con su rostro distendido.
—Que sigan —nos dijo, y los ojos le bailaban dentro de sus cuencas, sin siquiera él mover la cabeza—. Que el maestro Posada los espera en la Dirección.
Entramos por un patio adoquinado donde varios ciegos, en grupos, hablaban o manoseaban unos libros en braille que, según me dijo Hernando, era el idioma de los que carecían de la vista. Otros ensayaban instrumentos musicales y algunos otros babeaban, en pleno descanso, recostados en los espaldares de los escaños. Saludamos a quienes nos hacían venias o decían “buenas tardes”. Seguimos hacia la Dirección.
Un hombre de mediana estatura, de cachetes mofletudos, medio calvo y con su piel muy blanca, nos esperaba en la puerta:
—Don Hernando Arenas, ¿a qué debo su presencia en este instituto? —lo saludó con tanta amistad que parecía como si se conocieran de toda la vida. Hernando comentó, días después, que había hospedado a unos parientes del maestro en el hotel cuando llegaron a Bogotá a dar sus conciertos en el Teatro de Cristóbal Colón. También dijo que con toda la familia Posada se podrían formar fácilmente dos orquestas.
—Quería, primero que todo, saludarlo profesor. Y en segundo término presentarle a mi sobrino que acaba de llegar de Zapatoca y desea vincularse al instituto.
—¿Es ciego? —fue su primera requisitoria.
—Todavía no totalmente. Algo ve por el ojo derecho.
Cuando Hernando expresó la frase «todavía no totalmente», pensé que esa era una repentina premonición que me afectaría tarde que temprano.
—Qué pena señor Arenas, pero la primera condición para recibir a un becario en esta institución es que sea completamente ciego. De lo contrario, el Ministerio de Educación, que es el que otorga las becas, no lo hace, porque arguye que los tuertos pueden valerse por sí mismos y le estaríamos birlando el cupo a un verdadero ciego que sí lo necesite.
Pensé que no era mi día de suerte.
Después de que nos ofrecieran un café, nos sentamos para disminuir la preocupación que nos causó esa primera conversación. El profesor Posada era un experto educador de jóvenes especiales como los ciegos. De las paredes de la oficina colgaban diplomas nacionales y extranjeros en los que se le hacían honores al maestro por su profesionalismo y dedicación en la educación para invidentes. En otro diploma con letras de churumbeles creí entender algo así como si el maestro fuera doctor en música. Una vitrina de madera, muy fina, exhibía violines, flautas, saxofones, tiples, guitarras y hasta una batería.
—¿Y no podría hacer una excepción con este muchacho que hace seis meses se vino de Zapatoca a pie? Es, además, huérfano de madre —agregó mi tío con dejo lastimero con el fin de obtener piedad.
—¿Y el padre, no ve por él? —inquirió Posada.
—¡Jamás! —replicó Hernando—. Es un hombre irresponsable, de una ceguera filial infinita. Apenas murió la madre de este muchacho, ahí mismo hizo nido con otra mujer y con ella tuvo otros hijos. Este muchacho y su hermana quedaron a la deriva, como hojas secas en medio de una intempestiva avalancha de barro, para no decir que de estiércol. Excúseme las expresiones, maestro.
—Hay que demandarlo para que responda —advirtió el maestro—. Cuando se permite que la gente haga lo que se le da la gana con sus familiares, es aprobar su irresponsabilidad.
—Pero, ¿quién se va por allá a demandar a un hombre que tiene toda clase de influencias en la región? Terminan estos muchachos en la cárcel —Hernando sonrió con su ocurrencia.
—Es verdad —afirmó el profesor, acompañando la sonrisa de Hernando con un mohín risueño en la comisura de sus labios—. Por eso pienso que un país que abandona y descuida a sus niños y a la juventud no tiene porvenir. Ese siempre será el engendro de la violencia. ¡Acuérdese, don Hernando! No soy profeta de desastres pero, si no se les pone coto a estas actitudes, no nos esperan mejores días.
Hernando no sabía qué más decirle al maestro para que me recibiera y me expidiera el certificado que exigía el Dancing. Yo estaba bastante nervioso, y como me sudaban las manos me las secaba con el trapo que usaba para envolver la flauta.
—¿Y esa flauta? —preguntó el maestro Posada cuando me la descubrió.
Quise responderle diciendo que esa era mi inclinación musical, que la interpretaba lo mejor que podía, que ensayaba a toda hora, aunque empíricamente, y que en varias poblaciones de Santander y Boyacá era reconocido como músico importante, pero Hernando impidió que expresara mi discurso.
—José Dolores es muy buen flautista, a mi manera de ver. Sin embargo, usted que es pianista y gran músico podrá calificarlo. Quisiera que lo oyera. Lo único que le falta al muchacho es aprender nota para que pueda leer cualquier partitura y se convierta en profesional. Tiene las dificultades de sus ojos. Su visión por el izquierdo es nula —y por mostrarle mi ojo con el dedo índice por poco me lo introduce dentro de la pupila, y luego pasó al derecho—. Por este ojito nuboso alcanza a ver en un veinte o treinta por ciento, apenas para distinguir a las personas y no estrellarse de pronto.
—¡Ajá! —dijo el maestro ante el esfuerzo de Hernando—. Toque esa flauta para escuchar lo que sabe —ordenó.
Recordé otra de las melodías que interpretábamos con el trío instrumental en El Socorro. Era un intermezzo a las madres. Esa pieza nos salía de maravilla. Limpié la flauta, me sequé las manos y comencé a soplarla. Al terminar, el maestro Posada, que no había despegado su mirada de mis labios, dijo:
—Tiene muy buena embocadura pero deja notar su improvisación empírica.
Volteé mi ojo bueno hacia la puerta y observé a algunos ciegos que se habían acercado para oírme.
—¿Ustedes qué hacen ahí? —les recriminó Posada.
Noté que ese público de ciegos estaba encantado con mi interpretación. A continuación, para redondear la visita, Hernando preguntó:
—¿Qué le pareció, Maestro?
—No está mal, pero nos tocará utilizar las llamadas mentiras piadosas para hacerlos creer que es completamente ciego.
Esa expresión nos produjo un alivio inmenso. Hernando movía las manos, las metía a los bolsillos, las descolgaba y no sabía qué actitud asumir.
—¿Qué hacemos, profesor José Tomás?
—Matriculémoslo. Vamos a becarlo. Tráigame el registro de nacimiento, y usted, don Hernando, me firma como acudiente para que se responsabilice por el muchacho.
—No tenemos la partida de bautismo. Debemos solicitarla a la parroquia de Zapatoca, maestro.
—Bueno, me la traen después.
Busqué en uno de mis bolsillos y saqué la tarjeta postal de identidad que siempre llevaba conmigo donde aparecía mi fecha de nacimiento, 12 de abril de 1909. Me faltaban algunos años para ser mayor de edad. Se la alcancé y quedó satisfecho.
El profesor Posada dijo que los becarios tenían que permanecer internos en el instituto, que no se permitían alumnos externos. Que nos esperaban el lunes, a primera hora, con mi equipaje completo.
Expresándole nuestros agradecimientos, con venias y genuflexiones, nos despedimos del director. Quedamos de regresar el siguiente lunes para internarme. Hernando iba con una cara de satisfacción que no le había visto durante mi estancia. Se desentendía así de la obligación familiar de alojarme y mantenerme en su hotel. Me imaginaba que Zoila le hacía recriminaciones a mi tío todos los días por tenerme en el hotel desde que llegué. En cambio yo iba con algo de desconsuelo porque ya me había visto integrando la orquesta de Rosendo en el Dancing.
Bajamos hasta el paradero de los tranvías en la Calle Real. Me anunció que él me ayudaba con lo que necesitara para el internado y que el día que ganara el primer sueldo como músico, le reembolsara esos valores. Me provocaba cogerlo a besos, pero los santandereanos no somos muy cariñosos ni siquiera con nuestros familiares.