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Un corazón sorprendido
Pasados seis meses de mi llegada a La Sensitiva, tía Francisca continuaba dándome tratamiento de convaleciente. La sopa de gallina, acompañada de papas y arroces sin sal, me rebotaba el guargüero y me sabían al asqueroso murrio del hospital. Aún conservaba deseos de ingerir alcohol, aunque fuera beberme una cerveza. Pero las admoniciones de la hermana Lucía habían surtido su efecto y todavía temblaba ante su sentencia de muerte si probaba siquiera una gota de aguardiente. Frente a ese desolador panorama de fiestas y rumbas no tuve alternativa diferente que acompañar a Juan de Dios a sus diligencias comerciales y de negocios. Transcurrían los años treinta, época de recesión en el mundo, y los cultivadores de café y otros productos de las labores agrícolas, que eran el sustento de muchos hogares, se vieron altamente afectados. Escaseaba el dinero en efectivo y no había oportunidades de trabajo. Para mí fue una fortuna ser pariente de familiares acaudalados que jamás me negarían lo que llamaban un plato de sopa. Acompañé a Juan de Dios a celebrar toda clase de negocios. Como el tío cargaba dinero contante y sonante en abundancia pudo realizar infinidad de transacciones. Compraba café a irrisorios precios, pues por ser de los pocos que poseían dinero en efectivo se arrogaba la facultad de fijar el valor de las mercancías, y los vendedores, ante la crisis, inclinaban la cerviz frente a sus precarias ofertas. Lo vi comprando a precio de huevo inmensos lotes de ganado a los ganaderos que estaban a punto de perder sus tierras. Agrandó su patrimonio comprando propiedades a bajo costo. En sus manos quedaron algunas casas, fincas, lotes y hasta un edificio en Bogotá de propiedad de personas que por la crisis perdieron sus capitales. Adquirió una berlina casi nueva y con ella viajamos a Facatativá a visitar a sus hijas Alina y Coralina en el Colegio de la Presentación. En Zapatoca mantuve con ellas, más que con el resto de la familia, una estrecha y calurosa amistad. Ese encuentro con las niñas me produjo gran alegría y quedamos de vernos en las vacaciones de final de año. Mis primas expresaron tanta algarabía al verme que su efusividad fue reprimida por la monja de Disciplina diciéndoles que esos abrazos y esos besos en las mejillas con los hombres, así fueran familiares, no eran propios de niñas decentes.
Al final de la tarde empezó el regreso a Bituima. Cuando salíamos del casco urbano de Facatativá, el propietario de una droguería le suplicó a mi tío que se la comprara pues su mujer estaba al borde de la muerte y no tenía un céntimo para curarla. Era bien extraño ver a la gente con problemas financieros buscar a Juan de Dios Orejarena como si condujera la carroza milagrosa repartidora de dádivas y pócimas curativas para las dolencias del espíritu. En esa forma, el tío terminó siendo un hombre poderoso en la década de los treinta. La droguería continuó atendida por su anterior propietario y por ello devengaba una comisión en las ventas, previos los inventarios de rigor.
Esos acompañamientos a cuanta transacción perfeccionara mi tío Juan terminaron por aficionarme a los negocios. Me faltaba capital. Casi nada. Sin este elemento esencial, de qué me servía aficionarme a los negocios. Era inocuo, pero el hombre vive de ilusiones. Uno de esos días en que viajamos a Albán para hacer el negocio de un lote grande de mulas de carga para el café, el viejo celebró el convenio al calor de unos tragos de whisky, sin abandonar sus puros que le enviaban de Santander. Ese día me obligó a tomarme una cerveza y prometió callarlo ante sus hermanas. Es que mis tías terminaron viviendo en la misma casa con su hermano Juan de Dios una vez enviudó de Belarmina Díaz. Sin embargo, le daban tratamiento de hijo, de hermano menor, de dependiente, y no escatimaban oportunidad para llenarlo de admoniciones por sus desfases vagabundescos.
—Una no más, Josecito —advirtió.
La bebí con demasiado temor, pero una vez escanciada la botella no sentí malestar alguno y empecé a tornarme confianzudo con las bebidas alcohólicas. Cuando estábamos para salir rumbo a Bituima escuchamos una cabalgata. Juan de Dios me informó que eran los Ramírez que les gustaba salir en paseos por la provincia en grupos grandes. Entre ellos alcancé a divisar a Rosita. Venían de Facatativá de visitar a una de sus parientes que era profesora en el Colegio Nacional de esa población. Adujeron que todos los hombres Ramírez eran egresados del Colegio Nacional, menos las mujeres que eran de La Presentación. Fuimos a su encuentro y, después del protocolo de los saludos, se apearon de las bestias y entramos a una tienda de propiedad de otro primo de los Ramírez que por coincidencia se llamaba Vicentico, o por lo menos lo mencionaban con ese diminutivo. Era un joven bajito, regordete, también de ojos azules como todos los Ramírez, con una vocecita almibarada, nada varonil, con un mandil de cuero sucio, oloroso a sudor; pero en su persona se mostraba atento y generoso. Detrás del mostrador lo acompañaban varios jóvenes volantones con modales feminoides. Le pregunté a Juan de Dios si eran los hijos del tendero y me dio a entender, con malicia, que eran sus amiguitos, que había sospechas de que Vicentico llevaba una vida extraña, sin mujeres, y que parecía que se entendía mejor con los hombres, y sonrió con malicia. De inmediato hice la comparación con el ciego Vicentico del instituto que aborrecía a las mujeres y, en cambio, tenía especial predilección conmigo. Es posible que ese nombre, que se prestaba con facilidad a pronunciarlo en diminutivo, fuera la causa de las tendencias afeminadas de quienes lo llevaban. No pregunté más porque me dio pena con Rosita que, afortunadamente, no escuchó lo respondido por mi tío. Este nuevo Vicentico que se cruzaba en mi vida nos ofreció cerveza a todos. Cuando recibí la botella y alcé el brazo para beberla, Rosita me lo impidió. Con su mirada, acompañada de su edulcorante voz, me dijo:
—Voy a reemplazar a tu tía Francisca, José. Es mejor que no lo hagas. Acuérdate por las que pasaste en ese hospital donde, al decir de George y Fernando, estuviste al borde de la muerte.
—No es sino una, Rosita —quise conquistar su aceptación, pero fue imposible. No quería enojarla y preferí obedecerle.
Juan de Dios y los Ramírez aceptaron varias veces el halago cervecero del tal Vicentico. Tenían sus ojos vidriosos. Con la irresponsabilidad de conducir un automóvil en estado de embriaguez, Juan de Dios nos transportó en la Berlina recién comprada hasta el poblado donde haríamos conexión con las bestias. Lentamente fuimos bajando hasta Guayabal de Síquima, población donde terminaba la carretera para vehículos. De ahí en adelante, hacia Bituima y La Sensitiva nos trasladamos a caballo por camino de herradura. Para todo este recorrido invitamos a Rosita. A regañadientes, sus hermanos, en una exagerada demostración de celos trataron de impedirlo ya que eran desconfiados guardianes de su hermana. Pero tal vez como íbamos acompañados por Juan de Dios dieron su bendición al paseo con la muchacha.
Al arribar a la hacienda, lo primero que Francisca le dijo a su hermano fue: «No le habrás dado trago al niño, ¿verdad?». Juan de Dios se abstuvo de dar respuesta y continuó su andar hasta el comedor. Marucha me convenció de comer algo y como siempre me sirvieron la sopa de gallina que estuve a punto de trasbocar.
Los pocos encuentros que tuve con Rosita fueron suficientes para encapricharme con ella. Marucha y Francisca me enrostraban esa obsesión porque, según mis tías, Rosita había sido educada para monja y creían que el mundo con sus pecados y vanidades había sido extraditado de su pensamiento. Agregaban que George, Silvia y Fernando, con una muchareja que poco les agradaba, estaban haciendo lo imposible por liberar a Rosita de ese deseo monjil de integrar una comunidad religiosa. Y a fe que lo estaban logrando. Se habían sorprendido de que, a las tres de la mañana, una futura monja, acaballada en un animal, acompañara a unos vagos borrachines y serenateros. Pachita no lo podía creer. En cambio, esa actitud para mí fue premonitoria. George me contó que cuando Rosita supo el objeto de la serenata para darme la bienvenida no dudó un instante en acompañarlos.
Por información de Rosita supe que los Ramírez vivían en una hacienda enorme llamada El Cairo que hacía parte de la jurisdicción de Villeta, vereda Quebradanegra. No sé cuál fue el origen del nombre de la hacienda, pero imaginé que pudo ser por algo relacionado con la religión o con lo misterioso de sus historias y fantasías. Me contó que con ella eran quince hermanos. Los mayores estudiaban en Bogotá en diversas universidades, aunque Enrique, el más guapo de los muchachos, era un abogado recién egresado. Muy desparpajada me dio a conocer otras actividades de su familia. Que las mujeres permanecían en casa, ocupadas en oficios caseros y la elaboración de artesanías para la venta con cuyo producto auxiliaban a familias pobres de Albán, Bituima y Facatativá, porque ese dinero no lo necesitaban los Ramírez.
Las muestras de cariño de Rosita me impulsaron a tener un nuevo contacto con ella. Me aventuré a visitarla una tarde en la que todos los Orejarena habían salido de La Sensitiva. Ordené que me alistaran un caballo, pedí acompañante y nos fuimos hasta El Cairo. Los padres de Rosita permanecían en la hacienda ordenando y vigilando los trabajos de la peonada. Era una verdadera hacienda rural atendida por sus propietarios. Estos eran bastante adinerados, porque la hacienda poseía un descomunal establo, de mayor tamaño que la casa de la vivienda, donde se ordeñaba el ganado lechero, se herraban los caballos y se encerraban los terneros para impedir que se tomaran la leche para la venta y el consumo de la hacienda. Producían mucha leche y fabricaban quesos de la mejor calidad. Las mujeres se ocupaban en algunos de esos quehaceres, aunque les limitaban su presencia entre los peones que trabajaban la agricultura y la ganadería. Con bastante esfuerzo visual observé a doña Margarita, la madre de los Ramírez. Le descubrí su figura de matrona corpulenta, trozuda, de piel bastante blanca y sonrosada, de ojos azules profundos y mirada adusta, nada parecida a la dulzura de Rosita. Tenía el cabello totalmente blanco y lo controlaba con una trenza larga que, no sé por qué, pero tal vez por alguna película del oeste que presentó la cervecería en las paredes de la iglesia de Zapatoca, me hizo comparar la imagen de doña Margarita con el rostro sereno y adusto de un jefe indio del oeste llamado Toro Sentado. No pude evitar la comparación. Por su parte, don Antonio, el padre, era un hombre hiperactivo. Todo estaba bajo el control del viejo Ramírez: el ordeño, el herraje, la fábrica de quesos, la venta de suero, el trapiche, la miel, la panela, la compra de café que venía de tierras templadas y los árboles frutales. Nada quedaba fuera de su rígida autoridad y hasta el destino y los horarios de sus hijas, así como la preparación de su futuro, estaban bajo su responsabilidad. Rosita, con la preocupación dibujada en su rostro sonrosado, me contó que don Antonio Ramírez estaba interesado en que una de sus hijas menores integrara una comunidad como las hermanas de La Presentación o las betlemitas, educadoras de varias generaciones de colombianos. Y desde luego habían pensado en ella, aunque no estaba del todo convencida. Creía que podía ser más útil a la humanidad como persona común y corriente que como hermana de la caridad.
Los Ramírez mostraban cierta desconfianza hacia mí. Sus actitudes eran distantes. Yo no esperaba ese trato displicente dado que yo hacía parte de la pudiente familia Orejarena. Don Antonio andaba cabalgando, recorriendo sus extensas dehesas. Escasamente me saludó desde su caballo y continuó en su labor. Doña Margarita estaba pendiente de quien llegara a la hacienda, sentada en esa mecedora que parecía un trono, y me saludó sin efusividades, distante, porque tal vez sospechaba el motivo de mi visita. Debieron haber escuchado mi nombre en varias oportunidades y los chascarrillos que le encimaban a Rosita conmigo. Imaginé que le decían que, en lugar de casarse con un ciego que no la veía, era mejor que se casara con Dios que la veía en todas partes. Me ofrecieron refrescos porque el calor de la región era agobiante. El Cairo quedaba abajo de Bituima, en un hoyo en la falda de la cordillera, y su clima era sofocante. Ya no eran tierras templadas para el café sino demasiado calurosas para producir caña de azúcar, frutales como el mango y la patilla, y una ganadería resistente a los calores como la cebú.
—¿Cuánto hace que llegó usted, señor Gómez? —inquirió la matrona, con mohines y mirada desconfiada que jamás abandonaría. Aguzó el oído para escuchar mi respuesta con el malhadado propósito de que cayera en una mentira para reprochármelo.
—A Bituima llegué hace como ocho meses —expliqué y quise desnudar mi alma—. Venía convaleciente de una enfermedad que me atacó en Bogotá y me postró durante diez u once meses en un hospital.
—¿Ah, sí? ¿Y qué tipo de enfermedad tuvo usted? —sorprendida, frunció el ceño. Con seguridad creería que mi ceguera era producto de la lepra, el tifo o una tuberculosis.
—Un absceso hepático ocasionado tal vez por parásitos y algo de licor. Usted sabrá que yo soy músico y las bebidas espirituosas no faltan, doña Margarita —en forma imprudente me asaltó la sinceridad.
—Dígamelo a mí que tengo la misma tragedia con mis hijos músicos. No se cansan de beber y hemos hecho hasta lo imposible para que frenen esa tendencia. Hemos pagado promesas y hasta contratamos a un exorcista para que les aplicara una sanación. Pero no —doña Margarita ensopaba sus ojos por el fracaso en el comportamiento de algunos de sus hijos—, es que estas regiones producen mucha caña de azúcar y por supuesto la gente se da sus mañas para fabricar sus propias bebidas espirituosas. Vea usted, José Dolores, ¿José Dolores me dijo que se llamaba? —ahí comprobé más su desconfianza al dudar de mi nombre—, aquí en la hacienda, antes que comer, antes que la paga del jornal, ninguno de los peones sale a trabajar si no se le abastece el calabazo con una panela diaria para sus bebidas fermentadas. No me explico cómo hacen para laborar con sus cerebros zurumbáticos. Afortunadamente el trapiche da para todo. Pero el día que no hay ni panela ni miel hay huelga en la hacienda. A propósito, ¿desea tomarse un guarapo que Antonio ordena hacer para la familia con buena agua y con la mejor miel?
—No señora. Los médicos me amenazaron con que el día que probara cualquier licor me tenía que considerar difunto.
—¡Qué bueno! —se alegró la matrona—. O sea que usted con esas prohibiciones se convierte en el hombre perfecto para cualquier mujer.
Con esta sentencia aproveché para preguntar por Rosita. Me dijo que estaba en la casa de una familia de cuidanderos quienes tenían un bebé enfermo.
—Es que Rosita es un alma de Dios y no debe desperdiciar más su vida en asuntos mundanos y pecaminosos —me advirtió para que, si de pronto pretendía relaciones amorosas, desistiera de las mismas y no fuera a cometer el pecado de hacerla caer en tentación.
Se quedó observando profundamente mis ojos y curioseó:
—¿Y qué le pasó en sus ojitos, señor Gómez? —preguntaba en forma huraña, con un tono de maldad, menospreciándome con su indagación, buscando disminuir mi estima personal. Ni siquiera dijo «ojos» sino «ojitos», en señal de hacerme ver el abusivo criterio de insignificancia que me adjudicaba. Se abstuvo de decirme «tuerto», pero por la forma como lo preguntó no cabía duda de que pudo expresarlo.
—Cataratas —dije—. Es que los nacidos en Zapatoca llegamos con ese sino trágico en nuestras vistas. Parece ser que es una enfermedad congénita ocasionada por la alcalinidad del agua —aduje con la misma explicación que daban los médicos del pueblito.
—¡Qué calamidad! —mostró asombro la matrona—. Y lo peor es que, si es hereditaria, los hijos en varias generaciones van a padecer de lo mismo.
—No soy completamente ciego, doña —le dije con la voz endurecida y creo que fruncí el ceño en demasía—. Por el ojo derecho veo bastante bien —mentí un poco.
Doña Margarita expresaba todo tipo de comentarios que me obligaran a abandonar mis intenciones de conquistar a su Rosita. Llegué a pensar que era mejor desistir de mi ilusión y regresar a La Sensitiva. La posible suegra no concebía que una de sus hijas fuera a mantener amores con un tuerto que tenía un futuro incierto por sus cataratas hereditarias. Finalmente, agregó:
—Antonio y yo hemos forjado esta familia y esta hacienda con tesón y con trabajo —entornó los ojos y luego los fijó en mi ojo derecho por el que aún me penetraban difusas imágenes de ella y la hacienda—. Hacemos esfuerzos para que esta fortuna conseguida con el sudor de nuestras frentes no se diluya ni se dilapide, señor Gómez, pero con seguridad terminará cayendo en manos intrusas. Declaramos en un testamento, por insinuación de nuestro hijo Enrique, abogado prestigioso de Facatativá, que los bienes quedarán solamente en manos de los hombres, con el compromiso de que auxilien y financien a las mujeres de la casa hasta que puedan valerse por sí mismas, cuando la Providencia nos llame a rendir cuentas.
La matrona exhibía audacia infinita. Sin nadie estar auscultando su riqueza, ni el destino de la misma, me fue comunicando decisiones íntimas de la familia que a lo mejor las mismas mujeres no conocían. Terminadas sus advertencias, se presentó Rosita.
—¡Hola, Josecito! —me saludó demasiado cariñosa y esta actitud produjo cierto malestar en doña Margarita—. ¿Cómo vas con tu convalecencia?
—Ah, Rosita, ¿ya sabías de las dolencias de tu amigo?
—Claro, mamá, desde el día que llegó —respondió la hija—. Sabía de su hospitalización, de sus calamidades visuales, pero también de sus enormes cualidades artísticas que, aunque no ha querido demostrarlas, George y Fernando Orejarena las han alabado demasiado.
—Qué bueno, hija. Me extraña sí que sepas tantas intimidades de tu amigo. Pero... en fin, al hombre hay que mirarle su espíritu laborioso, su deseo de progresar y su manera de ser. Son más importantes las cualidades para el trabajo que para las actividades artísticas. Yo no digo que las mujeres aspiremos siempre al hombre mejor parecido de la Tierra, porque también existen los que no lo son tanto —y de soslayo me miraba con intermitencias a medida que mascullaba su pensamiento—, y esos a veces son mejores que los que se las dan de tan señoritos.
—Yo ya soy una mujer hecha y derecha, voy a cumplir casi treinta años y no tienes porque repetírmelo tantas veces —reviró Rosita, un tanto altanera—. No quiero quedarme para vestir santos —culminó con semejante amenaza.
—¿Cómo, Rosita? —la matrona se alarmó ante las frases de su hija y transformó las líneas de su rostro—. Tú no puedes tener ese pensamiento. Tú tienes un compromiso ineludible con la diócesis y así quedó transcrito en el testamento mío y de tu papá. Prácticamente hiciste votos de pobreza, de castidad y de todas las virtudes que les exigen a los religiosos. Me sorprendes con tus expresiones. No habrás cambiado de parecer, ¿verdad? ¡Tienes un compromiso con Dios y si lo incumples sería una desgracia para la familia! —y finalizó su reprimenda con un fuerte suspiro. Pensé que se había atorado con los venenos de su saliva.
—Sí, mamá —confirmó el presentimiento de la matrona—. No había querido decírtelo a ti ni a mi padre para no mortificarles la vida. Además, me sorprendes con el abuso de que mi destino quedó incluido en un testamento. Mejor dicho, con ello me están desheredando de por vida. Quieren convertirme en un escaparate sin pensamiento, sin futuro, sujeta al legado de la familia
—Hija, no te atrevas a contestar tan de mala manera —alzó la voz doña Margarita y levantó su brazo derecho con el puño cerrado—. Tu padre es capaz de desheredarte.
—No me importa —dijo con desfachatez la muchacha—. El dinero y los bienes terrenales no lo son todo en la vida. Da lo mismo la pobreza practicada por las religiosas que las que padecen la mayoría de las mujeres en Colombia.
Doña Margarita comenzó a llorar y suspendió tan desapacible diálogo. Me consideré culpable de ese abrupto rompimiento entre la hija y la madre por el porvenir que le habían asignado a Rosita. La señora me miraba con ojos de discordia y yo, por mi único ojo, atiné solamente a bajar la vista y a no entrometerme en la discusión familiar. Rosita me miró con ojos alerta para que no me inmiscuyera en la conversación, pero supo entender mi silencio. En momentos difíciles esos silencios son tan necesarios como la vida misma. Me ofreció un refresco y la señora Margarita se incorporó con dificultad de su silla mecedora. Sus sirvientes acudieron pronto a refugiarla en su habitación para que rumiara sus tristezas y desgracias al concluir que se estaba diluyendo la aspiración de tener en la familia una hija monja o un hijo cura. Rosita me comentó que, en cuanto a los hombres, ninguno había nacido con disposición para ofrecer su vida al Señor. Que esas eran ambiciones de las familias católicas con las que hacían desgraciados a quienes aceptaban esos sometimientos. Rosita me sorprendía cada vez más con su pensamiento. La perorata ante los designios indignos que le habían preparado en su familia, no solo me creó un sentimiento de amistad sino que sembró la semilla de un incipiente enamoramiento de esa valerosa mujer.
Regresé a La Sensitiva lleno de contradicciones en mi cabeza. De lo que sí estaba completamente seguro era de que Rosita podía ser la mujer de mi vida. Debía realizar algunos otros encuentros hasta lograr que la muchacha aceptara, en principio, ser mi novia, de manera decente, no como las amantes pasajeras que encontré a lo largo del camino de Zapatoca a Bogotá.