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Persistir en los propósitos

             

Esculpí en mi férrea voluntad el propósito de no mirar atrás en decisiones ya tomadas y en ejecución. Como dijo el héroe José Antonio Galán, mi paisano el comunero, «ni un paso atrás, ni para tomar impulso». El Socorro me acogió en su seno con cariño y calidez, y este calor humano me descontrolaba y me hacía trastabillar. Pero mi inexorable destino era otro. Con nostalgia, pues cada vez me alejaba más de mi familia, dirigí mis pasos hacia la carretera central en busca de transporte que me llevara a culminar el sueño de mi vida: la capital. Tuve que andar un buen trecho al rayo del sol cargando mis corotos al hombro, soportando el intenso calor en mis costillas, con los imborrables recuerdos de mi desaparecida madre, de mi hermana y a veces el de mi padre, a pesar de su abandono del hogar y su ruin comportamiento. Después de algunas horas de deambular por la carretera, un automotor de pasajeros que iba repleto de campesinos se detuvo para recogerme. El ayudante del conductor me preguntó para dónde iba. Le dije que para la capital. Me ofreció llevarme solo hasta Barbosa. Me acomodaron en medio de la carga, entre gallinas, colchones y baúles. Durante el recorrido se pasaba cerca de muchas fincas donde se podía observar el verde de la caña de azúcar y lo sombrío de los cafetales que, con sus árboles y hierbajos, soportaban las ráfagas de viento que esparcían el olor de las guayabas y los cítricos, por lo que se respiraba el aire perfumado que la naturaleza nos ofrecía por oleadas. Después de seis horas de zarandeo y de escuchar el ronroneo del motorcito de esos primeros buses llegados al país, llegamos a Barbosa, otro pueblo encaramado en la montaña como Zapatoca, más pequeño que El Socorro pero también de clima cálido, tal vez por su cercanía al río Suárez. Con la algarabía de las gentes que viajaban conmigo, descubrí que iban para el mercado y a la feria ganadera que empalmaba con las tradicionales fiestas de la Virgen de los Milagros. Los compañeros de viaje olían a aguardiente y a chicha, adobados con los sudores de su ropa sucia, envejecida y húmeda. Un campesino se apiadó de mi tuertera y me auxilió para bajar, dándome la mano, y me acompañó al otro lado de la vía. Esa ayuda me pareció un poco exagerada pero la acepté, con la resignación de los que somos medianamente invidentes.

 

Barbosa me subyugó desde el instante en que puse mis alpargatas en su suelo. El aire cálido golpeaba mi cuerpo y no me explico por qué se repetía esa sensación nostálgica por la tortuosa ausencia de mi madre. Es que mi madre siempre quiso vivir en un pueblo de clima cálido donde desaparecieran los chismes acerca de mi padre que la atosigaban. Pensé quedarme varios días. Sin embargo, el conductor me dijo que en ocho días salía para Bogotá, que si quería reservar un cupo le diera un adelanto. Esculcando mis bolsillos logré reunir varias monedas y le entregué cincuenta centavos del dinero que gané en El Socorro, ya que el pasaje hasta la capital valía un peso con cincuenta. Me quedé estático, sin saber para dónde arrancar, cuando vi en la esquina una tienda llamada El Barboseño. De su interior salían melodías regionales interpretadas en tiple, requinto o bandola. Dada mi afición por la música no vacilé en entrar a oír a mis colegas. Me miraron con displicencia pues era un forastero joven, tuerto y vestido como para primera comunión. Pero no me dejé intimidar y los escuché con verdadera devoción como si asistiera a un oficio religioso. Eran excelentes maestros de las cuerdas. Hacían llorar sus instrumentos mientras un par de muchachas soltaban sus dejos sonoros de cancioncitas típicas de la tierra guayabera. Me dijeron que los músicos venían de Vélez, donde se celebraba cada seis meses la Fiesta del Tiple, un instrumento de esta zona del país. Aunque algunos decían que el tiple era de origen español, o gitano, o flamenco, a mí me pareció que el sonido de esas cuerdas que producen lágrimas seguramente sí era un invento de las gentes que han padecido la violencia y las amarguras del alma.

 

Los aromas del lugar se mezclaban con la nostalgia que producía la perfección de las interpretaciones. Se alcanzaba a percibir el olor a tierra, a la boñiga de los vacunos y caballos que concursaban en la feria, y todo esto sumado a tan melancólicos y arrulladores sonidos me produjo tal tristeza que tuve deseos de regresar a la Zapatoca de mi alma. Entonces, para alejar mis añoranzas, saqué la flauta. Algunos pensaron que iba a sacar un arma y me pareció que montaron guardia un tanto desconfiados. En un intermedio de los artistas me fajé un bambuco santandereano y al instante los demás músicos empezaron a acompañarme con sus notas. Nos aplaudieron tanto que el aguardiente de sus alambiques llegaba a borbotones. Una de las dos cantantes, la primera voz del dueto, se me vino casi encima. Tenía facciones delicadas, de cacheticos colorados y ojillos de gata. Me empezó a sugerir canciones que yo no conocía. Un hombre embriagado quería seguir oyendo a las dos mujeres, pero la que vino a hacerme compañía se mostró demasiado retrechera, como si odiara al peticionario de las canciones. El hombre se mortificó por ello y me enfrentó con escandaloso reclamo. Traté de explicar mi actitud, pero sus ojos fueron tan amenazantes que impidieron que mi voz saliera a refunfuñar. Como siempre, ante el peligro desaparecieron los sonidos de mi garganta y esto al agresor le produjo más rabia de la alardeada. Desde la muerte de mi madre me convertí en un hombre asustadizo y pusilánime. La gente allí reunida también se mostró acoquinada. Por debajo de los ponchos murmuraron que era don Efra, un chusmero joven que iniciaba su estela de crueldad y sangre en la región. Seguramente se llamaba Efraín, pero con su violencia desaforada consiguió que el pueblo lo respetara y le adjudicara el título de don. Era el jefe del Partido Conservador en la comarca de Jesús María y se le achacaban cientos de muertes liberales. Se decía que había viajado a Barbosa a hacer un «trabajito». Ya para entonces «trabajito» hacía parte del lenguaje delincuencial de crímenes y atropellos. Ante tan delicada información obligué a la chica a que lo complaciera con las canciones que pedía y le ofrecí que yo la acompañaba como pudiera. Para mi suerte, como tenía buen oído podía hacer rítmicas filigranas con mi flauta a cualquier melodía que oyera. El tal don Efra me observaba con cara de querer introducirme la flauta por donde me cupiera y se me enfrió la sangre. Y eso que yo también era de origen conservador por mi familia, pero seguramente no se me notaba, porque hasta ahora no me habían visto en misas, ni en rosarios, ni en Te Deums, y ni la música de mi flauta ni nada podía evidenciar ante los demás cuál era la ideología heredada de mis mayores. Sin embargo, tocamos y cantamos para complacerlo, pero había ingerido tanto licor que terminó dormido, babeando, encima de un costal lleno de plátanos. Esto me hizo sentir más tranquilo y pude recordar muchas canciones; así seguimos tocando pero ahora acompañados por los bramidos de don Efra que roncaba como cerdo en ceba.

 

Una de las muchachas del dueto se llamaba Edelmira, y la otra, su hermana, debía ser Francisca, pues le decían Pachita, y de ahí el nombre del dueto: Pachedel. A mí me pareció que el apócope de los apelativos de las jovencitas era una marca musical poco recordable y les sugerí que se llamaran Las Florecitas del Río. Les gustó mucho y Edelmira, entusiasmada, se sentó en mis piernas y quiso darme un beso en la mejilla, pero don Efra, que se despertó en ese preciso instante, ahí mismo desenfundó su machete y nos encendió a planazos. A la pobre Pachita le propinó un tajo en una de sus piernas; la chica empalideció y se desmayó. Ante el bullicio apareció la Policía, pero con extraño respeto hacia el agresor se limitó a llamarle la atención: «Por favor, don Efra, no se tire la fiesta». El hombre los miró con ojos de pantera y les dijo: «A ustedes qué les importa, malparidos, parece que no fueran del Partido». Los agentes se lo llevaron del brazo hacia el comando de la Policía para que pernoctara allá y así protegerlo. La reunión se disolvió. Algunos acompañamos a Pachita hasta el centro de salud para que le curaran la herida propinada por don Efra con su filudo machete. Edelmira me contó que don Efra había violado a su hermana en las fiestas de Güepsa y por esa mera razón la tenía como a una de sus mujeres. El abusador era muy celoso. Con su hermana eran doce las que tenía por esposas, violadas la mayoría y a todas las controlaba con su fuerza bruta o la de sus compinches, pero no les financiaba gasto alguno. Se aprovechaba de su matonería solo para los refocilos animales de su sexo. Me dijo que Pachita había quedado embarazada por aquella violación, pero que Sérvulo, su hermano mayor, le había dado tal paliza que la obligó a abortar, porque era gran amigo de don Efra y hacía parte del ejército de secuaces y no quería que su comandante tuviera las preocupaciones de un padre por un hijo. Así era el tal Efraín, jefe conservador, que ni siquiera respetaba a los familiares de sus compinches. Creían que era Dios que podía hacer y deshacer y abusar de la gente.

 

Las Florecitas del Río maniobraron con sus encantos y argucias para que me radicara en Barbosa. A regañadientes acepté una estadía temporal, dado que no dejaba de pensar en las pendencias de don Efra y, además, la meta que me había propuesto era llegar a Bogotá. El bus en el que reservé un puesto por anticipado, había partido para la capital. Por andar de juerga no tuve tiempo de enterarme de su salida. Perdí el dinero del pasaje. Pero ellas me tranquilizaron diciendo que mientras estuviera acompañándolas con la flauta no había problema. Fuimos a la feria ganadera. Edelmira y yo parecíamos novios. Me tomaba de la mano y me arrastraba para todos lados. Alardeaba de tener novio foráneo. Despreciaba a sus coterráneos y estos se burlaban de mis ojos y ella los enfrentaba con pellizcos y cachetadas. «Prefiero un tuerto y no un pícaro de ojos grandes», les decía, aunque a mí no me halagaba demasiado su defensa. Ellas cantaban y cobraban por su actuación, y a mí como flautista me participaban de las ganancias. Me dolían los dedos de la mano de tanto tocar. Los otros músicos se mostraban incómodos porque habían disminuido sus ingresos por mi integración al conjunto. Al finalizar la feria nos llamaron a la tarima con Las Florecitas y comenzamos a tocar y cantar, pero la algarabía y el desorden que se produjo por la cantidad de gente embriagada que permanecía a nuestro alrededor no dejaba escuchar las canciones. Entre tanto, en una esquina de la plaza de ferias se había reunido un grupo bullicioso de ganaderos liberales, con bufandas y camisas rojas. Usar prendas de color rojo era una afrenta y una provocación a los del partido azul que eran la mayoría. No podía creer que unos simples colores causaran desavenencias y pasiones peligrosas. Celebraban con euforia el éxito de sus animales en las diferentes categorías. Estaban al lado de sus hermosos animales y exhibían con petulancia las medallas y condecoraciones de rechinantes colores que colgaban de las cabezas de los vacunos. Edelmira dijo que eso no le gustaba nada porque seguro terminaba en jaleo con los azules que eran superiores en la región. Los liberales de la plaza tomaban whisky y dejaban notar su prepotencia ganadora. Cuando estábamos tocando unas coplas santandereanas se escuchó una gritería acompañada de disparos. Yo solo veía por mi ojo medio bueno los fogonazos de las balas, entonces la chica me dijo que don Efra estaba asesinando a los liberales, que tocáramos y cantáramos más fuerte para opacar la balacera y el jefe conservador se pudiera escapar. La gente huyó despavorida y Edelmira y yo nos metimos debajo de la tarima y quedamos a salvo. Ese día le estampé el primer beso en la boca a una mujer. Fue el inicio de mi precaria vida sentimental y casi musical, así como mi primera experiencia ante la violencia partidista que se practicaba en buena parte del país.

 

El alcalde de Barbosa decretó el toque de queda mientras trasladaban los cadáveres de los liberales para Güepsa o para un pueblo llamado San José de Pare. Decían que los liberales anunciaron toda clase de venganzas. Los muertos eran ganaderos importantes del Vado Real y sus parientes jamás aceptarían la derrota. Ese día me sentí cadáver, porque con toque de queda andando y hasta entrada la noche no tenía adónde pernoctar. Estaba escondido detrás de un árbol cuando pasaron por ahí Las Florecitas, acompañadas de Sérvulo, su hermano, quien con ordinariez y brusquedad las llevaba a regañadientes rumbo al hotelito donde se hospedaban. Ellas me hicieron señas para que las acompañara, pero el hombre me miró amenazante y yo sabía que cualquier acción criminal pensada contra mí, la cumpliría. Los dueños de la tienda El Barboseño, ante mi desconcierto, se apiadaron y me invitaron a seguir para que durmiera encima de unos bultos de naranja. Para mi desgracia, el lugar estaba plagado de hormigas arrieras que me dieron una tremenda tunda. Desperté por los dolores de la picazón y con una fiebre altísima que calculé debía ser de cuarenta grados, y vi durmiendo en un rincón a los secuaces de don Efra. Me oriné del susto. Me toqué el pantalón y lo sentí mojado. La última vez que esto me sucedió aún no había llegado al uso de razón. Para completar, terminé desmayándome al ver la expresión con la que me miraron los hombres y al observar sus machetes embadurnados de sangre liberal. Horas después desperté en el dispensario, rodeado de Las Florecitas del Río y los otros músicos. Me tranquilicé, pero decidí tomar rumbo hacia el único objetivo que mi mente se había fijado, Bogotá, así me tocara caminar una eternidad.