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              El salvamento

             

Diez meses interno en el hospital en el pabellón de los cirróticos. Los médicos no encontraban cura para mi enfermedad. La hermana Lucía, quien representaba para mí la santa de los desprotegidos y los invidentes, dedicó la sabiduría que le afloraba de su experiencia, fe y entusiasmo buscando mi salvación, tanto de la de mi mortal enfermedad como la de mi corazón abatido por las mujeres que adoraba. Una mañana que mostraba el desespero que causan las enfermedades e hice algún reclamo por la desatención de las enfermeras, con su sonsonete musical paisa, me dijo: «José Dolores, hágale honor al nombre que le puso su mamá, hay que tener paciencia, no se mortifique la vida que Nuestro Amo bendito lo tiene en la lista de los salvados». Los pacientes que me acompañaban en el pabellón juraban que yo era el pariente más cercano de la monja. No tanto como su hijo, porque imaginaban que la hermana había hecho votos de castidad para reafirmar su vocación y porque comparando mi edad con la de la monja los cálculos no coincidían. Sin embargo, los enfermos de este pabellón continuaban con su maledicencia hacia mí y observaban a la monja con ojos de envidia. La religiosa detectó las habladurías, y en lugar de contestarles los calmaba ofreciéndoles de vez en cuando atenciones parecidas a las que ella con desinterés me deparaba. De la experticia que la monja poseía en las enfermedades del hígado, durante el tratamiento aprendí que los males de aquel órgano eran terribles y con este no se podían cometer irresponsabilidades ni abandonos. Mientras permanecí en el hospital vi morir a por lo menos diez internos del «pabellón hepático», como lo llamaba una de las enfermeras. Los pacientes que me acompañaban en el tratamiento por lo general eran músicos, políticos, catadores de licoreras, artistas de la radio y de los espectáculos públicos, malabaristas y domadores circenses, en fin, aquellos que para el desarrollo de sus aptitudes laborales o artísticas, por una u otra razón, debían mantener el ánimo en alto y ello solo lo conseguían con drogas espirituosas como el alcohol, o con sustancias psicotrópicas clandestinas como el éter y una especie de polvillo que se extraía de la flor de borrachero y al cabo del tiempo nombraron burundanga. Adquirieron el hábito de ayudarse con bebidas etílicas y otras sustancias y no les fue posible desprenderse de ellas. Sorprendido, vi a un sacerdote a quien, según el decir de la hermana Lucía, el demonio de su adicción se le había apoderado del cerebro y la vida desde el momento en que les exigía a sus acólitos y sacristanes que le llenaran a diario el copón del vino de consagrar para ofrendarlo en la comunión. Decía la hermana que el vino importado de España por la diócesis se agotaba en un santiamén en su parroquia y, ante tal carencia, el prelado utilizaba ron de caña para la elevación en sus misas. La hermana Lucía nos explicaba cuál era el pensamiento de ese alcohólico sacerdote: el curita decía que la diócesis a la que pertenecía su parroquia tasaba con tacañería la materia prima para semejante sacramento, dificultándose así el milagro de la transfusión en el cuerpo y alma del Redentor. Que, en cambio, la harina de trigo para las hostias abundaba y jamás fue equitativa la producción de estas con la provisión de vino, por lo que el cuerpo del Señor (las hostias) carecía de la sangre necesaria (el vino) y debía aplicársele un plasma más fuerte (el ron) para que tomara vida en el organismo del oficiante y sus feligreses lo tuvieran como el representante de Dios en la Tierra. «¡Ese monseñor estaba totalmente loco!», exclamaba horrorizada la hermanita de la caridad. Y luego concluía: «Esa era la manera como exhibía su filosofía y con esos dislates teológicos sustentaba su ejercicio sacerdotal». Sin finalizar su historia, la monja continuaba hablando sin parar acerca del desgraciado presbítero: «El rostro abotagado y los ademanes tembleques del curita eran los de un enajenado. Para engañar a los fieles y darle forma de sangre, reenvasaba el ron en las botellas del vino escanciado. Era la única forma de saciar el deseo alcohólico que lo corroía. Esa práctica sacrílega tan macabra de tratar de convertir el ron de caña en la sangre del Señor fue la causa para que la Providencia castigara su insolencia, destruyéndole su hígado, pudriéndoselo con esa cirrosis galopante que culminaría con su muerte», se alarmaba la hermana y de paso nos aterrorizaba. Adicionaba sus enseñanzas religiosas diciendo que «en la Santa Biblia nunca se mencionó la caña de azúcar como la materia prima que pudiera sustituir a las uvas en la conversión de miel de panela en sangre de Cristo. ¡Ese sí que hubiere sido un verdadero milagro y los ejércitos de feligreses no cabrían en las iglesias comulgando con ron o aguardiente!». La monja, en medio de su fundamentalismo, lo adornaba todo con cierta ironía y el exagerado humor de la mujer antioqueña. Después de esas pequeñas blasfemias piadosas, sonreía mostrando su alba dentadura. «¡Es que con las cosas sagradas no se juega, José Dolores!», me advertía mientras nos miraba a todos los que la escuchábamos. En el sanatorio vimos extinguir la vida de ese monseñor que se ahogaba con la sangre que su hígado no filtraba y se la devolvía por el esófago para terminar depositada en los pulmones. Murió a los pocos días de permanecer en el hospital.

 

En las noches o en las madrugadas, como es costumbre, llegaban las ambulancias con ese afanoso ulular de sus sirenas. Aquella vez, como a eso de las tres de la mañana, llegó en una de ellas un muchacho que no aparentaba más de quince años, su situación era lamentable y, según decía también la hermana Lucía, que todo lo investigaba, los médicos no le auguraban más de ocho días de existencia. Y así fue. Desde que llegó al San Juan de Dios los cólicos no lo dejaron en paz y los vómitos de sangre fueron recurrentes. Permanecía de cabeza entre la bacinilla y a su trasero se le adhirió el pato esmaltado que usaba para su actividad fecal que no paraba. La hermana investigó la causa de la enfermedad del joven con sus familiares y estos habían confesado que el chico era el encargado del alambique familiar desde los ocho años. Que desde esa edad jamás dejó de beber chirrinche de su propia producción. Este era el aguardiente casero que la familia bebía a diario para apagar las penas y mantenerse como en un planeta diferente a la Tierra, por las penurias económicas que padecían. «Fabricado con alcohol metílico, mezclado con gaseosa y hierbas aromáticas, dejó ciegos a tres hermanos del paciente quienes aún desconocen las causas de sus cegueras», nos aleccionó la hermana, aprovechando el caso del joven alcohólico para contarnos que la familia de ese desgraciado joven no tardaría en llegar al pabellón a pasar también sus últimos días. «Por eso, quienes se salven de esta prueba pueden dar gracias a Dios, porque esa salvación es el producto de un milagro de la Divina Providencia». Desde ese día me hice el propósito de abandonar las blasfemias y las burlas a la religión, a manera de acción de gracias si de verdad me salvaba. Dudaba de poder cumplir mis promesas. Ya había demostrado mis incumplimientos desde cuando le aseguré a Sofía que sería su amor eterno. Lo mismo hice con Edelmira, la de Las Florecitas del Río, y con Merceditas, la Reina de la Gallina Asada de Ventaquemada. Pero en esta cuarta oportunidad que me daban la vida y la Providencia, estaba dispuesto a cumplirlas con intenciones religiosas respetuosas de la doctrina y la filosofía católicas.

 

La hermana Lucía buscó a Hernando y a Zoila para comunicarles la decisión de los médicos de autorizar mi salida del hospital. Aseveraba la monjita que ya podía cantar victoria porque mi recuperación con buen juicio y disciplina sería casi total. «Ahora que sale a estrenar hígado no lo quiero volver a ver por aquí, a menos que sea a visitarme, José Dolores», y me dio un estrecho y caluroso abrazo de despedida. Tuve la intención de llenarla de besos y a lo mejor hacerla caer en tentación, pero preferí evitar los peligros de la lujuria.

 

A la primera que vi entrar al pabellón fue a Rubicunda con ese andar achacoso de la mujer que ha soportado las durezas de la vida. Detrás caminaba Zoila, con bastante lentitud, tomada del brazo de Hernando. Rubicunda me contó que a su patrona la aquejaba el pronunciamiento de las venas várices en sus piernas y que por ello no podía permanecer mucho tiempo de pie. Vi en sus rostros el deseo de rescatarme de ese pabellón de cirróticos y arrancarme de las garras de la inmunda muerte. Y es que con tanto tiempo de postración me había hecho a la idea de que mi vida se extinguiría en el sanatorio a la par con los agonizantes vomitadores, los defecadores, los quejumbrosos y los olorosos a fármacos, viendo desfilar a los detestables visitadores médicos, a los enfermeros con sus sueros y oxígenos diarios, y a las auxiliares de enfermería con su caminar de urgencias, bamboleando las bacinicas y los patos desconchinflados por el uso. La única luz que nos aliviaba en ese pabellón de moribundos era la presencia de Lucía, la hermana de la caridad que siempre nos ilusionaba con continuar en el mundo de los vivos, aunque sus acomodaticias historias de los alcohólicos que culminaban su vida internos en ese centro fueran exageradas y macabras.

 

Hernando y Zoila me llevaron al hotel. Me habían alistado una habitación más grande que la ofrecida a mi llegada. Esta nueva pieza estaba en el segundo piso de la casona. Manifestaron toda su intención de acompañarme en mi convalecencia sin que tuviera preocupaciones por ello. En mi manutención para el tratamiento solo podía tomar caldo de pollo, y al cabo del tiempo lo podía acompañar con escasas tostadas de pan. No tenía alientos para incorporarme de la cama, pero Rubicunda, con su especial dedicación, me ayudaba para usar el sanitario. Llegó incluso a darme su auxilio en la ducha diaria, sin reatos ni pudibundeces. Un día, enjabonando mis partes púdicas, me expresó que esas eran las culpables de mis problemas de salud. Consideraba que por ello debía ser perseguido por las mujeres y ellas eran las causantes de casi todos los males de los hombres. Aconsejaba que, cuando esa partecita de mi cuerpo se alebrestara, hiciera caso omiso de su inquietud y sus deseos y pensara en María Santísima o en una santa bien horrible del santoral femenino, pero jamás en meretrices de bailaderos. Le respondía con una sonrisa, pero sus palabras me llegaban muy profundo.

 

Varios meses después, frente al espejo del corredor del segundo piso, observé entre brumas que ya no estaba tan enflaquecido y que mi cuerpo volvía a erguirse. Se reflejaba en mi apariencia un semblante saludable. Rubicunda empezó a brindarme, aparte del caldo, las presas del pollo para que diera cuenta de ellas y fuera acumulando fuerzas y carnes en mis músculos que se habían convertido en un amasijo de colgandejos flácidos. Hernando y Zoila me visitaban en la habitación con bastante frecuencia. Me hablaban de variados temas, salvo de la enfermedad, el cierre del instituto y mucho menos de mi perdido empleo en el Dancing. Me creaban ilusiones, me daban ánimo, porque observaban que mi espíritu tiraba a la baja, deprimido, y que de pronto podría cometer una locura, aunque jamás pasó por mi mente llegar al extremo de intentar quitarme la vida. Zoila manifestó que a mí la suerte me esquivaba porque todo se acumuló en mi contra: el cierre del instituto y la terrible enfermedad que me postró durante un año. Por lo mismo, ella y Rubicunda se habían propuesto sacarme al otro lado. Y la verdad que así fue. Hoy mi vida se la debo a la hermana Lucía, a Zoila y a Rubicunda, a quienes considero apóstoles de mi salvación, no obstante que el Salvador nunca aceptó en el cuerpo de su apostolado a ninguna mujer. Por mi parte, no tuve empacho en permitirles esa dedicación por mi salud. Cambiaban con frecuencia los tendidos de mi cama, me ponían piyamas limpias y aseaban la habitación. La debilidad me producía demasiado sueño y comencé a fortalecer mi voluntad para incorporarme de mi lecho de enfermo. Me propuse encauzar mi vida por un sendero diferente. Hernando era un buen lector de libros y periódicos, y durante la convalecencia alcancé a hojearlos casi todos con el fin de leer algunos párrafos, a pesar de las dificultades propias de mi ojo derecho. Cuando Hernando me vio leyendo, me reprendió, alertándome que yo no debía abusar de la hilacha de vista que aún me acompañaba.

 

Una tarde me informaron que tenía visita. Llegaron Vicentico y su madre a indagar por la suerte del enfermo. Me trajeron de obsequio algunas manzanas y todo mi equipaje, junto con el violín y la flauta. La mamá de Vicentico se alegró al verme tan repuesto y, como si fuera también de su familia, me dijo:

 

—José Dolores, esta es una segunda oportunidad que te brinda Dios. Ojalá no la desaproveches. Tú tienes un gran talento, pero debes abandonar tus disipaciones y los vicios que no traen nada bueno. Fíjate en Vicentico que no toma, no fuma, ni tampoco le gustan las mujeres.

Las consejas de la madre de mi amigo me calaron hondamente, pero en lo que pienso que carecía de razón era en aborrecer a las mujeres. Es que, en definitiva, me consideraba un mujeriego de muchos quilates. Lo que debía hacer era dosificar esta práctica y conseguir solo a las que comprendieran mi talante y mis aficiones. Le agradecí a la señora de Almonacid las deferencias que tuvieron conmigo al hospedarme en su casa. Me excusé de los desfases y desafueros cometidos por mis embriagueces y trasnochadas, pero me dijo que ella entendía la actitud de los jóvenes de la época de extralimitar sus locuras y no me reprochaba por ello. Que de todas maneras, si algún día deseaba volver a hospedarme en su casa, mi pieza estaría siempre a mi disposición porque Vicentico había demostrado tener un especial cariño por mí.

 

Transcurridos varios días de mi convaleciente presencia en el Hotel San Carlos pude incorporarme de la cama sin ayuda de nadie. Me bañe, me acicalé, me vestí con mis mejores galas y bajé al comedor. Abracé a Zoila y a Rubicunda, y estreché la mano de Hernando, quien como buen santandereano jamás aceptaba ni abrazos ni caricias de otros hombres, así fueran sus familiares más cercanos. Les comuniqué la decisión que estuvo revoloteándome en la cabeza desde el día que salí del hospital. Había resuelto irme para Bituima a visitar a mis tías y primos. Buscaba con ello alejarme de los vicios y las disipaciones que ofrecía con tanta fuerza una ciudad como Bogotá. Hernando, en cumplimiento de su promesa, quiso darme para el pasaje de ida. Rechacé su pretensión, pues aún me quedaba algún saldo de los dineros devengados en el Dancing. De todas maneras me obligó a que aceptara su ayuda. Me dio una gran vergüenza tener que recibírsela, pero accedí pensando en los días por venir, porque mis tías me daban de todo menos dinero. Me acompañaron hasta la Estación de La Sabana a tomar el tren que iba para Villeta. Recogí mis pasos en aquella estación, los que había recorrido el día de mi llegada por primera vez a Bogotá. Me auxiliaron comprando el tiquete y me acompañaron hasta el vagón del tren en el que estaba ubicada mi silla de viaje. En un mapa me señalaron la población de Albán, donde debía apearme para tomar un bus hasta Bituima.

 

El verde de la sabana era tan bello que creí estar transitando los senderos del edén. Alcanzaba a observar la gama de colores por la sombría ventana de mi ojo derecho. La enfermedad del hígado había disminuido mi visión, pero la hermana Lucía aseguró que la recobraría poco a poco. Recordaba el verde de los frescos del paraíso de la Capilla Sixtina que aparecían en las ilustraciones que traían los libros religiosos importados de Europa. Monseñor Pimiento tenía una colección completa de ellos, y yo para entonces algo veía con cierta nitidez. Cuando salimos de la planicie, el tren empezó a descender ayudado por dos locomotoras, una adelante y otra atrás que lo iban frenando, porque ese descenso era inclinado y prolongado y el tren podía descarrilarse y desaparecer en las profundidades de aquellas hondonadas. Llegué a Albán y me bajé del largo tren. El pueblo era tan pequeño que caminé diez minutos y ya estaba fuera de él. Pregunté por el bus que iba para Bituima y me dijeron que hasta allá no iba ningún bus, que solo llegaba hasta Guayabal de Síquima, una población pequeña como Ventaquemada. Llegué allí y unos arrieros me ofrecieron su compañía para que acaballado en una de sus mulas de transportar café y panela me llevaran a mi destino. Con mi deteriorado equipaje, mi violín y mi flauta llegamos a ese pueblo cafetero al cual los indígenas habían bautizado así: Bituima. Jamás pude encontrar el significado de ese nombre, pero era una población pequeña, de clima cálido, donde no se veían gentes en las calles. Le pregunté por los Orejarena a un hombre que aparecía detrás de un mostrador de una tienda distribuidora de abarrotes. Él los conocía y me señaló el lugar donde encontrarlos. Me monté de nuevo en la bestia de los arrieros que me transportaban y continuamos el viaje por un camino empedrado. Escuchaba el restallar de los cascos de las bestias al contacto con las piedras. Los arrieros también los conocían: me dijeron que los señores Orejarena eran dueños de la hacienda La Sensitiva, un latifundio inmenso con siembras de café, plátano y caña de azúcar, y con más de dos mil cabezas de ganado. Al decir de ellos, eran los más ricos de la región. Sentí gran satisfacción, porque si todavía mis parientes recordaban mi existencia no debería sufrir en adelante penurias ni atafagos en mi nueva vida.

 

Llegamos a La Sensitiva y escuché a los arrieros saludando a dos mujeres que les respondieron con sus voces cascadas. Me apeé de la bestia. Para congraciarse con las achacosas damas, los muleros ayudaron a descargar mi maleta, así como el violín y la flauta que iban en el mismo estuche. Eran mis tías que acababan sus ojos en pequeños bordados de punto de cruz en el granité y en los tejidos de croché, balanceándose en unas mecedoras que había en la terraza, en medio de flores que expelían olores reconcentrados. Por entre la nubosidad estacionada en mi ojo derecho reconocí a tía María por sus cabellos canosos, a tía Francisca y a mis primos George y Fernando, quienes ayudaban a ensillar unos caballos y eran hijos de la difunta Belarmina Díaz con Juan de Dios Orejarena. Hacía casi diez años que no los veía. Mis primas Alina y Coralina permanecían internas en el Colegio de la Presentación de Facatativá donde concluían sus estudios secundarios. Evitaban con ello «que terminaran enredadas con mayordomos o chisgarabises que andaban a la caza de jugosas herencias», dijeron mis tías cuando indagué por ellas. Las hermanas de mi madre habían envejecido y sus gafas gruesas las identificaban como oriundas de Zapatoca, con sus cataratas en los ojos. Los Orejarena y los Gómez terminamos todos con idéntico sobrenombre en la misma canasta apodíctica de los Gómez tuertos. Me abrazaban, se persignaban, hacían la señal de la cruz en mi boca, me sobaban la cabeza y la espalda, como si yo fuera un extraterrestre aparecido súbitamente en La Sensitiva. No pensaron que hubiera sobrevivido solo desde que salí de Zapatoca hacia un destino incierto. Con el talante de los santandereanos mis primos me saludaron de mano, sin la melosería de los sabaneros de Bogotá.

 

Los primos alistaron caballos para salir a visitar a unas amigas y deseaban que los acompañara, pero mis tías se lo impidieron porque «el niño acaba de salir de un hospital donde estuvo al filo de la muerte y no puede ser su compañero de vagabunderías». Para ellas seguía siendo «el niño», bordeando ya los veintiséis años. Pensé: «¿Qué tal que supieran todo lo que había vivido desde mi salida de Zapatoca?». Con esas prohibiciones me obligaron a recordar a Las Florecitas del Río de Barbosa, a la llanerita de Tunja, a Merceditas en Ventaquemada, a mis veleidades con Sofía en el Instituto de Ciegos, y lo de Mireya en el Dancing; en fin, había recorrido ya lo que supuestamente viviría un hombre de cuarenta años. Si mis tías hubieran sabido el transcurso vital de mi existencia habrían sentenciado: «¡Este muchacho se maduró biche!».

 

Todavía me sentía débil, sin fuerzas como para recorrer caminos empedrados a caballo, y acepté la prohibición de mi tía Francisca que era la más autoritaria. George y Fercho se burlaron de mi sumisión mostrando gesticulaciones en la cara, haciendo musarañas con los dedos de sus manos y partieron al galope en sus bestias. A partir de allí, María, la tía menos vieja, comenzó una política de predilección hacia mí, de adulaciones y pechiches sin causa que pensé aprovechar mientras la recuperación de mi salud fuera total.

 

—Dizque eres un gran músico, nos dijo Hernando Arenas en una de sus cartas. Que aprendiste música y violín, y eso nos enorgullece —Francisca me miraba por encima de sus gruesas gafas y su voz denotaba satisfacción y cariño—. Un día de estos tienes que complacernos con lo que aprendiste. ¡Cuánto hubiere querido tu mamá Beatriz verte hoy como un hombre hecho y derecho!

Ese recordatorio me volvió a entristecer por la prolongada y definitiva ausencia de mamá Beatriz. Recaí en la animadversión hacia papá Pastor por su abandono e irresponsabilidad. Jamás olvidé mis malquerencias contra él, aunque mis tías, Hernando, Zoila e incluso la hermana Lucía hicieron lo imposible para que dejara mis rencores y restableciera el amor filial hacia mi padre. «¡Es tú padre y no hay manera de desconocerlo!», decían, buscando mi aceptación. «Todos tenemos el padre que Dios nos dio y no podemos evitarlo», culminó su perorata la tía Francisca.

 

—¿Y papá Pastor en qué anda, qué hace, a qué se dedica? —aproveché el tema para hacer una retahíla de preguntas imprudentes, porque para Francisca ese hombre había dejado de existir.

Entonces quien contestó fue tía Marucha:

—¡A ese vagabundo le ha ido como a los perros en misa! —se alegró y demostró satisfacción con una leve sonrisa—. La nueva mujer le salió una fiera. Lo tiene completamente dominado y ya no es el hombre que hacía y deshacía con sus petulancias y sus falsas pretensiones. Por ahí, antes de venirnos de Zapatoca, lo vimos medio achilado, sin sus ficticias elegancias y creo que la esposa hasta le hizo cerrar el tal Pespunte. ¡Es que el que la hace la paga! En esta vida la ley de la compensación es inexorable —concluyó María, y Francisca aceptaba sus tesis sin levantar la cabeza del tambor donde bordaba y empastelaba en granité de colorines un mantel para la casa. En el piso se había formado toda una maraña multicolor de hilachas y retazos que iban cayendo de su pequeña obra artesanal.

—¿Y no tengo más hermanos? —curioseé para picarles la lengua al par de mujeres.

María estiró el pescuezo y alzó otra vez su cabeza del bordado para decir con ironía:

—Por ahí como que tuvo solamente uno y sin saberse si fue con la ayuda de alguien...—la tía regresaba con la consuetudinaria basa en sus respuestas.

—¡María, te prohíbo que hables así de ese hombre! Podrá ser el demonio o lo que sea, pero es nuestro demonio familiar. Jamás ha sido cornudo y hay que asegurarlo siempre así para que la reputación de las dos Beatrices quede incólume —Francisca, como mujer mayor de la familia, utilizó la reprimenda de la que siempre hacía gala—. Está bien que no lo quieras, pero la otra Beatriz es una señora muy respetable y, además, también es de nuestra familia.

—Para mí esa zorra dejó de ser de la familia —maldijo María, quien con sus dichos mostraba una fidelidad a mamá Beatriz a toda prueba—. Una mujer que no espera que pase siquiera el velorio y termina encamándose con el viudo no es una mujer decente, ¡es una zorra!, Pachita.

—¡Eso no es cierto, María! —reafirmó Pachita—. Ella hizo lo que tenía que hacer. Ella no se amancebó con él sino que contrajo matrimonio por la ley de Dios. El desgraciado es el otro que no esperó el enfriamiento del cadáver de nuestra hermana para refocilarse en nupcias con la otra. ¡Él es el verdadero miserable!

—Bueno, no nos amarguemos la vida —concluyó María, mientras yo las miraba precariamente con mi disminuido ojo derecho—. Hablemos de otra cosa. ¿Has tenido muchas novias, Josecito?

—¿Yooo?, ¿un tuerto? ¿Con esta presencia, tía? Eso a mí nadie se me arrima —simulé ficticios despechos a sabiendas de que mis inclinaciones y experiencias mujeriles habían sido para no arrepentirme de nada.

—No trates de engañarnos, mijito. Un músico es un músico y las mujeres nos derretimos por ellos así sean tuertos, bizcos o ciegos. Alguien que a toda hora nos esté cantando o tocando románticas melodías hace que una se muera por ellos. Además, Hernando nos cuenta que tú eres muy simpático y que las mujeres se mueren por ti, ¿es eso cierto?

—Ya le dije tía María. No he sido muy de buenas con las mujeres. He tenido algunas novias que me han abandonado, porque... ¡estuve muy de malas! —respondí para mentir—. En el hospital, por coincidencia, dos de las que parecía pudieran ser mis novias se encontraron, formaron su zaperoco y me botaron a la caneca de la basura.

—¡Con las mujeres no se juega, Josecito! —entreveró la tía Francisca para regañar como siempre—. O se es fiel o mejor es no picar aquí y allá. ¿O por qué crees que María y una de tus primas Gómez se quedaron para vestir santos, ah? Porque los desgraciados hombres pretendieron jugar con ellas, ¿verdad, Marucha?

—Sí, pero les fue muy mal —contestó Marucha—. Claro que a nosotras no es que nos haya ido muy bien. Siempre he creído que es mejor mal arrejuntadas que solteronas con deseos reprimidos, hijo.

Este diálogo con mis tías me fascinaba porque parecía reflejarse mi mamá en sus caras, gestos y dichos. Me entró la nostalgia pero hice esfuerzos por sobreponerme.

 

—No más desventuras, Josecito —era la prohibición que tía Francisca siempre aplicaba a los temas que le causaban malos ratos—. Tú debes venir agotado del viaje. Tu habitación está al final del corredor. Es la misma de George y Fernando. Como esos vagos se fueron a buscar a sus amiguitas, puedes acostarte en la cama que te indiquen las empleadas, mijo.

En realidad me sentía bastante cansado pues aún quedaban rescoldos de la enfermedad. Una de las tres empleadas que tenían en la hacienda me sirvió en el comedor un caldo de gallina, casi con medio animal adentro. No me sentí capaz de meterle el diente a tan suculento plato. El solo tamaño de la presa hizo que mi apetito desapareciera.

 

La cama era cómoda. Antes de acostarme indagué por lo que guardaban o escondían mis primos en sus armarios. Una deslumbrante estrella del cine parlante aparecía en un cuadro que adornaba la cabecera de la cama de George. En la otra pared había un poco de fotografías de mujeres que no alcanzaba a distinguir, pero después me enteré de que eran chicas de la región de Guayabal de Síquima. Encontré una enorme fotografía detrás de la puerta del armario que guardaba la ropa y las cosas personales de George. A esta foto le habían estampado un beso con los labios embadurnados de colorete. Debajo de los labios rojos, en letras grandes, el nombre de Silvia. ¡Que mujeriego era mi primo! También me sorprendió una fotografía de unos músicos con sus tiples, guitarras y bandolas. Detrás de esos artistas locales aparecían George y Fernando como si fueran parte del conjunto musical. No encontré nada que insinuara que mis primos practicaran algún deporte, ni siquiera un balón de fútbol. Supuse entonces que eran unos muchachos vagabundones dedicados al jolgorio. Apagué la luz, me recosté a medias, pero me quedé dormido.

 

Como a eso de las tres de la mañana desperté con los acordes de una estudiantina de instrumentos de cuerda. Me ofrecían una serenata de bienvenida. Empezaron con la «Guabina chiquinquireña» y continuaron con la «Guabina santandereana», dos piezas que mis primos me habían escuchado en Zapatoca antes de que partiera hacia El Socorro. Encendí la lámpara como novia en vísperas del casamiento y salí al corredor donde se hallaban los serenateros. Abracé a mis primos, saludé a los músicos y lo primero que George me ofreció fue una copita de aguardiente. La rechacé porque aún estaba convaleciente del absceso hepático y recordé las palabras de la hermana Lucía de que un trago más que llegara a probar en mi vida y era hombre muerto. Los borrachos de mis primos insistían, pero el bandolista, un hombre curtido en el campo y en la música, les dijo:

 

—No jodan más. Ya les dijo que no tomaba y punto —se quedó serio y se acomodó para empezar a rasgar las cuerdas de su bandola.

—Ah, mira, José Dolores —interrumpió George al músico, poniendo su mano sobre las cuerdas—, te relacionamos con el famoso Chunco Reyes, el mejor bandolista del país —alardeó muy orgulloso y se atravesó a la interpretación de un bambuco propuesto por la bandola que era la que llevaba la melodía.

El Chunco se puso de pie, con la solemnidad de estos actos de presentación, para darme a conocer su nombre:

 

—Mucho gusto, señor Gómez, soy José Joaquín Reyes, a su mandar —y me ofreció una incompleta mano derecha que carecía de casi todos sus dedos. Detecté que de su mano colgaba de una cuerda la plumilla de la bandola. Descubrí entonces que su defecto era el causante de su apodo, chunco—. Estoy seguro de que usted integrará nuestro conjunto, así no tome ningún licor.

—Es posible, señor Reyes —balbuceé con cierto temor a su oferta—. Todo depende de quién se arriesgue a sacar mis instrumentos de esta casa, solicitando el respectivo permiso de mi tía Francisca.

Los allí presentes se rieron un poco escandalosos, pero cuando observaron los ojos de tía Pachita cortaron de inmediato.

 

Mis primos y los músicos habían llegado a caballo. Tres mujeres acompañaban a ese grupo de fiesteros y permanecían acaballadas de medio lado sobre sus bestias, tal como acostumbraban las mujeres en aquella época. Se apearon para que fueran presentadas. Silvia, la misma de la foto con el beso impreso, quien oficiaba como novia de George, me fue presentada. Alcancé a ver su difusa imagen con la precaria y titilante luz de un candil de querosene que prendió una de las empleadas de La Sensitiva. Su figura de mujer altiva sobresalía entre las demás. Le pude ver algo su cabello largo y ondulado y unos ojos negros, como los de las bailaoras de flamenco que de vez en cuando visitaban el Dancing. Fue quien más se dedicó a hablar conmigo. Parecía la más conversadora e intimante. Otra de ellas era una posible novia de Fernando, pero escondía en sus timideces las ganas de mostrarse como tal. Y finalmente las acompañaba una señorita que dijo llamarse Rosita Ramírez, muy callada. Desde que fuimos presentados supe que era una mujer campesina, sana, y escasamente le escuché risas ante las ocurrencias de los malévolos de mis primos. Esas muchachas eran hijas de grandes terratenientes de la zona, pertenecían a familias adineradas y habían concluido estudios secundarios en colegios de monjas en Facatativá. Solo esperaban a los príncipes azules que encauzaran sus vidas hogareñas. Se habían preparado para ello en los colegios de las hermanitas de la Presentación. Lo cierto era que mis primos estaban a años luz de ser los príncipes azules que deseaban. En medio de la serenata, cuando los músicos interpretaron una rumba criolla muy alegre, invitaron a bailar a las muchachas que venían con ellos. George, con el machismo del que siempre hizo gala, sacó un revólver e hizo tres tiros al aire para exhibir la felicidad viril delante de las mujeres. De inmediato, tía Francisca salió de su habitación con otra lámpara de querosene y suspendió la reunión. Cuando ella decía que había que acabar con la «guachafita» no había poder humano que la hiciera desistir.

 

—¡Tía!, espere un momento. Queremos oír a José Dolores que, según Hernando, es un gran artista con el violín y la flauta —imploró George, buscando que la tía Pachita retrocediera en su intención de acabar con el festín.

—No señor —con ojos rabiosos, acompañados de una voz hosca que le salía del fondo de su alma, la tía Francisca mantuvo férreamente su decisión—. El niño acaba de salvarse de la muerte y está en convalecencia. No insistas, Jorgito.

Era la determinación final de la tía y no había nada que la hiciera revocar. Además, a George le decía Jorgito, porque los demás le llamaban Yorch, como si fuera gringo. Y fue así como la serenata feneció y yo conocí a Rosita Ramírez, con quien más tarde forjaríamos una gran amistad. Era la única que no venía acompañada y su dulzarrona y sensual voz me conmovió. Mis primos regresaron con los músicos a llevar a sus amigas y volvieron a La Sensitiva a las seis de la mañana a escuchar la cantaleta y la reprimenda de mis tías. Cuando me incorporé para bañarme y acicalarme, ellos se tiraron en la cama a pasar la juma.