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              La orquesta de los invidentes

 

Transcurrieron varios años desde el inicio de mis estudios musicales en el Instituto de Ciegos. Para aquellas calendas, el maestro José Tomás Posada comenzó a ausentarse con frecuencia. Sus inasistencias al trabajo eran cada vez más prolongadas debido a las enfermedades propias de la vejez, las cuales le impedían cumplir con sus obligaciones de director con el denodado empeño que le caracterizaba. Durante sus faltas temporales poco a poco fue encargando a la profesora Radke de las tareas más delicadas, pero ella, tal vez por el frío bogotano y las razones de la edad, también comenzaba a mostrar achaques de salud. El reumatismo iniciaba un demoledor efecto en sus manos que disminuía la calidad de sus interpretaciones en el violín y la flauta.

 

Todos los alumnos habíamos progresado en la ejecución de nuestros instrumentos. Vicentico resultó ser un consagrado músico. Era un entusiasta intérprete. Jugaba musicalmente con su fagot, imponiéndole una dulzura romántica y un gran sentido musical de concertista. Y a medida que su permanencia en el instituto se fue prolongando terminó entendiendo que el compañerismo era el elemento fundamental de la convivencia colectiva. Ya para esta época había dejado las actitudes pendencieras que algún día tuvo conmigo.  Nos hicimos grandes amigos. Me invitó a conocer al encumbrado pariente que en ese momento se desempeñaba como viceministro de Educación. Llegamos a su oficina y de entrada le anunció al personaje que yo era el compañero Gómez Orejarena. Con esa presentación descubrí que Vicentico me mentaba con bastante frecuencia en su familia.

 

—Ah, ¿este es el Tuerto Gómez que tantas maldades te hacía, Vicentico? —inició así el diálogo con cierta imprudencia el funcionario, y con ello comprobé que el ciego contradictor de mis actitudes le iba con quejas a su acudiente. Desde el comienzo de la entrevista se mostró sorprendido de vernos tan amigos.

—Sí, señor —respondió con vergüenza Vicentico—. Pero eran otras épocas. Eran solo imprudencias mías por la mal entendida adolescencia. Hoy somos muy buenos amigos y nos comprendemos bastante bien en la música y las demás actividades de nuestro instituto.

—¡Qué bueno! —dijo el viceministro—. Esa convivencia es la que produce la paz. Por la falta de tolerancia es que el país va a continuar de por vida en la violencia y las confrontaciones —agregó, y nos ofreció una copita del brandy que degustaba con deleite. Vicentico se negó a tomar licor, pero como yo sí estaba acostumbrado desde cuando hice parte de los conjuntos musicales en Zapatoca, El Socorro, Barbosa y Ventaquemada, acepté y hasta me repitió la dosis—. ¡Músico que no tome no es músico de verdad! —fue su sentencia, con el desparpajo libertino de un hombre de mundo, queriendo insinuarle a su pariente que me imitara.

—Eso no es cierto, primo —arguyó Vicentico. Ratificaba con ello que aún mantenía ese hirsuto moralismo que hacía de él un hombre antipático—. El licor es el que hace que los músicos sean verdaderamente irresponsables y jamás lleguen a ser personajes de valía para el país —no sé si lo dijo para enrostrarme otra vez las indirectas que en otra época utilizaba o si esa era su manera de pensar.

—Yo tampoco tomo demasiado, pero una copita de vez en cuando no es descuadre, y menos si se trata de licor tan fino y costoso —aclaré para dejar destruidas las sospechas.

No estaba interesado en continuar con esa discusión porque me parecía que al paso que íbamos se podía convertir en una confrontación inoficiosa. Y tampoco íbamos a darle clases de moral y comportamiento a un hombre tan recorrido como el tal viceministro. Además, mi propósito como músico no era terminar metido en el alcoholismo, y menos sin dinero para ello. El funcionario, previendo también que Vicentico le endilgara que era aficionado a las bebidas, decidió cortar de raíz el diálogo:

 

—Le he propuesto a la maestra Radke que organice una especie de filarmónica con el grupo de ciegos que interpreten a la perfección sus instrumentos. El ministerio y las fundaciones alemanas que nos patrocinan están muy interesados en apoyarnos con todo el instrumental. Y, desde luego, recomendaré que ustedes dos hagan parte de ese cuerpo musical —expresó con entusiasmo inusitado el viceministro, aprovechando su poderosa influencia en el establecimiento educativo.

—Yo creo que hay material más que suficiente, doctor —enfaticé para congraciarme—. Lo invito para que nos visite en el instituto, ojalá acompañado del ministro para que nos escuchen.

—Ya los he escuchado a algunos de ustedes. Tal vez a usted no, señor Gómez. Pero a Vicentico sí, y me parece que ha hecho grandes adelantos con el fagot. De todas maneras les agradezco la invitación y en la primera oportunidad no dudaré en asistir a uno de sus conciertos.

Me sirvió otra copita de brandy Courvoisier, que era el mismo licor fino que mi abuelo Lolo tomaba para aliviar los dolores del reumatismo. Nos despedimos con un abrazo fingido como señal de la reconciliación y la paz entre la familia de Vicentico y yo.

 

Al salir del ministerio tomamos el tranvía hacia el norte para encontrarnos en un salón de baile con dos ciegos más que tocaban con maestría la guitarra y el tiple. Se celebraba en aquel sitio de diversión la despedida de soltero de uno de los instructores del instituto. Jacinto era un veterano profesor de Educación Física especializado en ejercicios y deportes para invidentes. Andaba preocupado por la obesidad que empezaban a mostrar algunos de sus alumnos, así como por la flacidez de sus carnes. Sin embargo, su talante era tolerante y no exigía demasiado. Nos trataba con alguna suavidad y laxitud, como con misericordia. Muchos desobedecían sus admoniciones sobre la salud corporal y la necesidad del ejercicio físico. Pero algunos pocos condiscípulos y yo vivíamos agradecidos con sus instrucciones, y la verdad que a varios de nosotros sus clases nos fueron de gran ayuda para mantenernos con buen aspecto. Por eso no dudamos un segundo en aceptar la invitación para amenizar con nuestro improvisado conjunto su fiesta de despedida, pues contraería matrimonio el sábado siguiente con una agraciada invidente, exalumna del instituto, que por razones familiares, según decía, abandonó sus estudios. Los cuatro que asistimos tocamos hasta bien entrada la noche, y al final el casamentero nos envió al instituto en el automóvil de un hermano de la novia. Nos invitó al matrimonio que se celebraría en ocho días y sería amenizado por la orquesta que prestaba sus servicios al Gran Salón Social Santafé. Esta era una verdadera agrupación musical bailable, apetecida por las clases pudientes de Bogotá para sus reuniones sociales.

 

Sofía, que también estaba invitada, estuvo buscándome para comprobar si yo asistiría a dicha festividad. Cuando nos encontramos en uno de los salones de clase le reafirmé los deseos de asistir a la boda del instructor. Le puse como condición la promesa de ser mi pareja en la fiesta. Me dijo que le daba un poco de vergüenza porque el baile nunca había sido su debilidad y porque habían sido pocas las oportunidades de su vida para practicarlo. Igual le manifesté que yo me consideraba el peor bailarín del país. Le conté que mi hermana Filomena, que sí era muy diestra en las danzas, decía con mucha sorna que «a José Dolores no había que sacarlo a bailar sino a caminar por el salón acompañado por cualquier clase de música». Y que entonces, como ninguno de los dos sabía bailar, caminaríamos por el salón mientras tocaba la orquesta. Ella se sonrió. Supuse que había aceptado mi propuesta. Mi pensamiento regresó a la fiesta de despedida de soltero de Jacinto y comparé mi situación personal con Sofía porque me vi reflejado en esa pareja de enamorados. ¿Estaría yo destinado a casarme con una invidente? Esas inseguridades me asaltaban aquella tarde del jolgorio prematrimonial del maestro de Educación Física. Dos minusválidos, o discapacitados, o inválidos, o como se quiera considerarnos, ¿podríamos sostener una familia? Empecé a preocuparme y a buscar algún reato de responsabilidad en mi relación con Sofía

 

El maestro Posada madrugó el lunes siguiente. Había adelgazado varios kilos y la ropa le quedaba como prestada por alguien más grueso. Le sobraban pliegues de tela en el saco y los pantalones. Se le veía demacrado y le escurrían colgajos de piel en el cuello y los cachetes. Estaba ojeroso, como sin fuerzas. La voz le salía cavernosa y débil. Nos reunió a los alumnos de los cursos más adelantados y nos informó que había firmado un convenio con la Fundación Alemana El Pentagrama para organizar y establecer una orquesta de planta en la institución. Dijo, además, que el convenio contenía la obligación de nombrar un director enviado directamente por la Filarmónica de Berlín y algunos instructores; incluía también el compromiso de suministrar un piano y como setenta instrumentos entre violines, violas, violonchelos, contrabajos, fagots, flautas, timbales, timbaleras, marimba, arpa, y otros propios para este tipo de agrupaciones musicales. Nos explicó que la orquesta berlinesa cambiaba los instrumentos cada cierto tiempo, y que en lugar de desecharlos nos los enviarían, que venían en perfecto estado. Mientras el director informaba la buena nueva mis condiscípulos y yo nos preguntábamos mentalmente quiénes serían los escogidos para integrar esa formación musical. Nuestra inquietud quedó resuelta cuando agregó que solo serían partícipes de tamaña empresa los alumnos aventajados de cada instrumento, y aparte tendrían en cuenta el comportamiento que los aspirantes hubieran observado durante su estancia en el instituto. Este último requisito me causó una gran preocupación, dado que podrían cobrarme revancha por aquellos actos que consideraban pornográficos y por los que había recibido dinero y ocasionado la suspensión de la vida académica como sanción.

 

Después de la buena noticia comunicada por el maestro Posada vino la mala. La que esperábamos desde cuando comenzó a flaquear en su asistencia. Sin más preámbulos pasó a informarnos que debido a los achaques de salud, al agotamiento producido por cerca de cuarenta y dos años dedicados al servicio de la educación de los colombianos, no tenía ya las fuerzas suficientes para una tarea tan ardua como era la dirección del instituto. Por ello no había tenido más alternativa que plantearles al ministro, al viceministro, a la maestra Radke y a la misma fundación alemana la necesidad de su retiro de la dirección. Enseguida se oyó un solo murmullo ronco y desesperado de «¡No, por favor, maestro! ¡Quédese para siempre con nosotros!». Por su parte, la profesora Radke, Sofía y Jacinto dieron rienda suelta a sus sentimientos amistosos con el director mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Como la mayoría de los alumnos también le teníamos inmenso cariño al maestro terminamos imitando la actitud de nuestros instructores.

 

Uno de los más antiguos alumnos, virtuoso pianista y organista educado por el profesor Posada, gritó desde el fondo del salón: «Maestro, no se vaya, nosotros le ayudamos», y soltó un llanto como el de despedida de un hijo a su padre el día de su funeral.

 

El maestro Posada agradeció las manifestaciones de cariño y reiteró que la decisión ya estaba tomada. Era, además, una encarecida recomendación médica. Saldría a disfrutar de una pensión que le pagaría el Ministerio de Educación Pública. La profesora Radke, con toda su sabiduría y experiencia, quedaría encargada de la dirección. Pidió que le colaboráramos en las actividades que propusiera, que para bien del instituto debíamos darle todo nuestro apoyo. Un cerrado aplauso la obligó a subir a la improvisada tarima donde aún permanecía de pie el director. En breves palabras, la alemana dijo:

 

—La tristeza nos embarga hoy con la renuncia del maestro Posada. El vacío que deja es inmenso y va a ser muy difícil que lo podamos llenar. Vamos a seguir al pie de la letra todas sus enseñanzas, doctor Posada —por primera vez oí que le llamara «doctor» y la maestra aclaró el sentido de sus expresiones—. Les explico: el profesor Posada es el único doctor en música que existe en el país. Egresado de la Universidad Austriaca de las Ciencias Musicales, jamás quiso hacer alarde de sus títulos y sus condecoraciones. Solo nos entregó desinteresadamente sus conocimientos. Siempre lo recordaremos con cariño. Yo propongo hoy, cuando acaba de hacerse pública la gran noticia de constituir una orquesta en nuestra institución, que todos los alumnos de tercero, cuarto y quinto vayan a sus salones y traigan sus instrumentos. Vamos a conformar en forma improvisada una verdadera estudiantina que será la base sólida de la futura orquesta. Le ofreceremos al maestro en su honor un concierto con todo nuestro amor, aprecio y solidaridad. Dejaremos constancia en la mente de este gran educador la satisfacción recíproca de sus valiosas enseñanzas.

Un atronador aplauso sonó de nuevo y el desorden cundió para que los alumnos trajeran sus instrumentos.

 

Como el maestro Posada había hecho los arreglos de varias obras musicales colombianas la improvisada estudiantina interpretó uno de esos trabajos: el pasillo bogotano «La gata golosa». Aproveché para exhibir mis dotes de violinista y el maestro no resistió el deseo de hacer parte de esa improvisada agrupación musical de casi cincuenta músicos. Se acercó al piano y le dijo al ciego que había sido su alumno que le permitiera acompañar esa pieza, que se hiciera a un lado. Continuó tocando y todos guardamos silencio para escucharle un hermoso solo de piano. La repetimos varias veces y, en cada intermedio, la carga de aplausos no solo llenaba el salón de música sino que, según los vecinos, se oyó por todo el barrio San Cristóbal. Creyeron que estábamos de aniversario.

 

Con nuestros rostros apesadumbrados, en silencio y en perfecta fila, hicimos calle de honor al profesor Posada mientras salía del instituto con su achacoso andar. Solo resonaba el tas, tas de su bastón en las baldosas. Desde el salón de música hasta la puerta de salida no dejamos de aplaudirlo y muchos de llorar. Algunos regresaron a sus salones de clase a continuar con las actividades ordinarias. Sofía, aprovechando el desorden y la indisciplina que produjo la salida del exdirector, me invitó a su habitación para que probara unas galguerías que le habían enviado sus familiares. Aprovechamos para besarnos y acariciarnos. Me volvió a jurar amor eterno, pero yo guardé prudente silencio y solo accedí a sus escarceos.